LAS REGLAS POR ALGO ESTÁN

Martín Cagliani

Argentina

—No lo veo muy apto —dijo Staner.

—Sin embargo cumplió decenas de misiones similares con éxito sobrado, señor —afirmó Sokal, ayudando a sus palabras con un leve cabeceo de afirmación.

—¿Decenas de misiones? ¿No estará exagerando Sokal?

Señor. Puede ver su Hoja de Vida, si lo desea —contestó Sokal, intentando no demostrar su enojo—. Son varios tomos.

—Está bien, está bien. Confío en su palabra. Es que lo veo muy flacucho. Y esa forma en que se sienta. ¿Porque no usa una silla? ¿Acaso tiene Mal de Guerra? —Staner no dejaba de mirar por el cristal hacia el hombre que esperaba en cuclillas para ser llamado.

—Ayer le hicieron un análisis psiquiátrico, señor. Y dio ciento por ciento normal.

—¿Qué? Ni usted, ni yo llegamos al ochenta por ciento. ¿Cómo es eso posible? —dijo Staner mirando a Sokal con los ojos bien abiertos.

—No lo sé, señor. Pero cada vez que vuelve de misión le hacemos un examen psiquiátrico, como a todos, y siempre da ciento por ciento.

—Hágalo pasar, ya tengo ganas de conocer a este espécimen tan interesante. ¿Cómo es que nunca había escuchado de él?

—No lo sé, señor —dijo Sokal desganado mientras abría la puerta de la oficina—. ¡Scomic! el general lo va a ver ahora. Adelante.

Scomic se levantó lentamente, y miro por unos segundos a Sokal, luego entró con pasos largos pero tranquilos en la oficina. Se paró en posición de firme delante del escritorio del general Staner, que se había sentado y hacía como si revisara algunos informes.

Siguiendo con el teatro de que estaba ocupado, Staner dijo, sin levantar la vista: —Conque usted es el famoso Scomic —pero no recibió respuesta de su subalterno, así que levantó la vista y vio la cara seria de Scomic, plagada de cicatrices, con la vista fija en un punto en la pared. Su mandíbula estaba perfectamente alineada con el suelo, su pecho sobresaliente y sus brazos ambos bien pegados al cuerpo.

—¿No le va a contestar a su general? —preguntó Staner.

—Perdón señor, pero no debo haber escuchado la pregunta —dijo Scomic.

—La acabo de hacer.

—Le pido disculpas, señor. Pensé que era una afirmación.

—Nadie le ordenó pensar —dijo Staner, reclinando su asiento. Hizo una pausa y se dirigió a Sokal—: ¿Usted piensa que este soldado es capaz de cumplir con la Misión 0? —Scomic ni se inmutaba.

—Tiene sobrada experiencia, aparte de ser el mejor de mis hombres, señor —dijo Sokal, demostrando su orgullo en toda la cara.

—Son mis hombres, teniente. Bueno, infórmelo sobre la misión y que parta inmediatamente. Pueden retirarse.


—Antes que nada, debo prevenirlo Scomic. Esta es una misión suicida. Nadie le va a ordenar ir. Sólo le estamos pidiendo que la realice como voluntario —dijo Sokal.

Estaban en la pequeña oficina del teniente Sokal, con un gran mapa desplegado sobre el estrecho escritorio. La habitación no era más que un cubo de tres metros por tres, con las paredes grises, llenas de manchas de humedad. La lámpara que colgaba del techo apenas desplegaba una luz amarilla, pero todos en S estaban acostumbrados a vivir bajo tierra y con poca luz.

—Si mi nación me necesita para esta misión, —anóteme enseguida, señor dijo Scomic.

—Tiene que firmar este acuerdo Sokal le alcanzo un papel. Léalo antes.

—No es necesario, señor. Si usted ya lo vio no hay porque perder el tiempo —dijo Scomic firmando el documento y devolviéndoselo a Sokal.

—Ese espíritu es el que necesitamos para esta misión —dijo Sokal mirando a su soldado, exudando orgullo por todos sus poros. Scomic era su mejor hombre. Doscientas dos misiones cumplidas con total éxito, casi una por mes a lo largo de sus veinte años de servicio. Jamás una herida grave. Si llevaba hombres a su cargo, todos volvían sanos y salvos. Nunca una queja. No había soldado mejor en ningún ejercito del mundo.

Revisaron juntos el mapa y el itinerario que Scomic debía seguir. Sokal explicó todos los pormenores de la Misión 0. Era una misión de un solo hombre. Debía llevar el mínimo indispensable de su equipo. Sólo un revolver, con muchas municiones de repuesto. Si todo salía según lo planeado, la misión debía cumplirse en seis horas máximo. Así que no cargaría ni con alimentos ni con provisión de agua.

—Solicito permiso para llevar un perro, señor —dijo Scomic, sin dejar de ver fijamente hacia un punto imaginario detrás de la cabeza de Sokal.

—¿Un perro? —preguntó Sokal, visiblemente asombrado.

—Puede servirme en la parte final de la misión, señor.

Sokal lo pensó unos instantes al ver la cara inmutable de Scomic, y dijo: —Permiso denegado. El perro sólo le va a estorbar, ya que recién lo necesita al final de la misión. Tendrá que arreglarse solo —Scomic se limitó a asentir—. Si no tiene ninguna duda —Scomic negó con la cabeza—, el helicóptero lo está esperando. No le deseo suerte, porque eso se hace con los mediocres. Éxito en esta misión Scomic. Sin duda es la más difícil y complicada de todas. Sé que usted puede cumplirla y regresar con vida. Pero si no es así, le digo ahora que fue todo un gusto haber tenido un soldado como usted en mis filas se estrecharon las manos, y Scomic dejó la oficina.


El Punto de Encuentro... sonaba gracioso en una misión suicida. Pero ahí era donde el helicóptero dejó a Scomic, y volvió enseguida a la base.

Cinco kilómetros. Esa distancia debía recorrer Scomic para llegar al Punto Muerto. En ese lugar debía activar el explosivo que llevaba en su mochila, y salir del lugar sin ser detectado. Luego, si llegaba o no con vida al Punto de Encuentro era tarea suya. El helicóptero volvería a buscarlo exactamente en seis horas.

Scomic era un hombre bajito, un metro sesenta de altura; muy delgado, de cara angulosa y tez oscura. Su rostro tenía la paz y tranquilidad de una laguna al amanecer. Sus treinta y seis años de vida los había dedicado a las armas. Había comenzado a ser entrenado desde niño, no conocía otra forma de vida. Sólo pensaba en el ejército, en su misión actual y en sus misiones pasadas. Una única vez, sólo una, su pensamiento había sido distraído por otra cosa. Nadie lo sabía, ni lo sabría jamás.

En una de las decenas de misiones que había realizado, Scomic se había encontrado con un testigo. Siempre había testigos, y él tenía orden de eliminarlos. Pero en esta ocasión no había podido. El testigo era una niña. Una chiquilla de no más de dos años. La misión había consistido en eliminar a los padres de la niñita. Fue la única vez que Scomic quebró las reglas. No lo anotó en su informe. Nadie supo jamás que Scomic había dejado un testigo con vida. Para sus superiores la niña no había sido un problema.

Scomic no había hecho el más mínimo ruido, como siempre. Pero de alguna forma la niña se las arregló para verlo mientras eliminaba al senador Dogel y a su esposa. Nunca supo el nombre de la niña hasta que le dieron la Misión 0.

Cuando vio a la niña parada, mirándolo con sus ojitos celestes como preguntando qué pasaba, su corazón dio un vuelco. Jamás había visto niños desde que él fuese uno. Su vida estaba dedicada íntegramente al ejercito de S. Instantáneamente dejó de lado la regla de eliminar a los testigos. Tomó a la niña y la sacó de la habitación de sus padres. La metió en otra que pensó debía ser la suya, enseguida de posarla en el suelo la niña se puso a jugar.

Con su pequeña manito invitaba a Scomic a que jugase con ella. Scomic miro su reloj y vio que tenía tiempo de sobra para llegar al Punto de Encuentro. Pasó tres horas jugando con la niña. Luego partió, subió al helicóptero y no volvió a pensar más en el asunto.

Hasta el día en que Sokal le contó los pormenores de la Misión 0.


Sólo estaba a cien metros de su objetivo. El Punto Muerto parecía tranquilo. Era una noche sin luna, y una suave brisa de invierno recorría la calle. Scomic pensaba en su misión. Tenía tiempo de sobra, había recorrido los cinco kilómetros rocosos en veinte minutos. Le había sido fácil infiltrarse entre las defensas de D. Lo difícil sería salir.

Tenía que poner un explosivo justo en mitad de cuadra, y volar dos manzanas completas. De un lado de la calle estaba el senado de D, en sesión nocturna; del otro lado el cuartel general de policía. El resto de los edificios de las dos manzanas eran viviendas civiles.

Scomic jamás había pensado en los civiles que morían por estar cerca de los objetivos. No le interesaba si no tenía que ver con su misión. Pero esta vez había una casa en la cual vivía un civil que sí le interesaba: la niña. La hija del senador Dogel.

Para su misión le habían dado todos los datos de cada una de las viviendas civiles, por si necesitaba usar algo de ellas. También sobre cada uno de los civiles. Ahí había leído el nombre de la hija del desaparecido senador Dogel: Delfina.

Mucho tiempo estuvo hundido en los más profundos pensamientos.

En sólo cinco minutos, colocó y activó el explosivo. Debía quedarse hasta verlo explotar. Sus órdenes eran poner el reloj del explosivo a quince minutos, tiempo suficiente para alejarse del lugar. Pero Scomic lo programó a una hora. Partió enseguida a la vivienda civil en la cual estaba Delfina. Forzó la entrada, elimino a la señora que se interpuso en el camino y a un hombre que estaba sentado en un sillón. Eran dos ancianos.

Ilustración: Valeria Uccelli

Buscó a Delfina. Estaba en el piso de arriba; durmiendo. Había crecido mucho. Ocho meses habían pasado. La observó como dormía durante más de media hora. Recordaba todo lo que habían hecho aquel día. Una marquita en su vida, un remanso. Habían jugado, y habían charlado. Delfina hablaba mucho. Scomic no sabía que era lo que había sentido ese día, pero las personas normales solían decirle felicidad.

Miró su reloj y partió enseguida.

Desde lejos vio la explosión que devastó a las dos manzanas. No quedó edificio en pie. Las alarmas sonaron por todo D.

Todas las puertas de la ciudad se cerraron automáticamente. Pero Scomic ya había trazado su ruta de escape a la perfección. Para él "misión suicida" era otra forma de llamar a una misión, no veía la diferencia.

Caminó hacia la red de cloacas por las cuales se escaparía. Tuvo que eliminar a varios policías y vigilantes en el camino, pero ninguno le opuso digna resistencia. Los cinco kilómetros que separaban a la ciudad del Punto de Encuentro los hizo caminando tranquilamente. No tenía apuro, nadie lo buscaría fuera de la ciudad.

Pensó mucho en su misión. Pensó en Delfina. Aquel día en que la conoció, le había hecho una pregunta antes de dejarla: "Si pudieses tener cualquier cosa de este mundo, ¿qué pedirías?", una pregunta que él siempre se hacía; a lo que Delfina contestó: "un perro". Scomic jamás se había olvidado de eso.


Llegó al Punto de Encuentro, y se prometió a sí mismo que nunca más quebraría las reglas. Hacerlo... sólo traía tristeza. Por algo estaban las reglas.


Martín Cagliani nació en el 74. Estudió Antropología e Historia y también Guión de Cine y Televisión. Se dedica a escribir desde hace apenas unos 3 años, aunque siempre tuvo la manía de inventar historias en su cabeza. Es un lector empedernido. Publicó muchos artículos de historia y periodismo científico, algo a lo que se dedica esporádicamente. Ya han aparecido dos cuentos suyos en antologías y va por más. Dirige Golwen, un e-zine inclinado a lo fantástico.


Axxón 141 - Agosto de 2004
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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