LOS GLOBOS AZULES

Adriana Alarco de Zadra

Perú

—María Guadalupe está en Hibernazul.

—¿En Hibernazul?

—Así es.

—¿Ese nuevo invento para rejuvenecer?

—Exacto. "La nueva forma de quedar suspendido entre la vida y el más allá", como explica la televisión. No envejeces, no enfermas, te oxigenas y absorbes fluidos que te van regenerando.

—Parece maravilloso.

—Es maravilloso. ¿Quiere probar?

—No. Nada de eso.

—Yo tampoco, pero lo estoy meditando.


Antonio Luis en verdad se lo estaba pensando. Ahora que Lupe estaba suspendida dentro de un globo azul para rejuvenecer, él tenía toda la libertad para hacer aquello que le viniera en gana sin tener que sufrir sus ataques de celos y sus malhumores. Se sentía indefenso cuando ella se molestaba al acompañarlo en sus excursiones al aire libre. Le reprochaba que le salían arrugas por su causa. En cambio, él le aseguraba que su piel se volvería opaca y pálida si no tomaba el sol.

¡Claro que sí! Pero para ella, como para muchos en la ciudad, el sol se había vuelto el enemigo número uno. A Lupe le habían asegurado que al salir del Globo Azul, exponerse al sol era casi como freírse en una sartén. Aunque la publicidad no especificaba ningún peligro:

HIBERNAZUL ESENCIAL

¡Lo más moderno y actual!

Otras frasecitas ridículas se leían en varios avisos luminosos que mostraban una bella mujer suspendida dentro de una esfera, como:

Venga al Globo Azul flotante

¡Su tratamiento impactante!

Aunque algunos aseguraban que envejecer era un mal del pasado, que Hibernazul era el invento más importante del momento, le parecía un gasto estrafalario la forma de hibernación. Pero no pudo negarle aquella satisfacción a su mujer.

La ciudad vivía de noche y el tráfico era intenso. Por las calles y veredas caminaba gente apresurándose a llegar a sus trabajos nocturnos. Otros paseaban bajo los carteles iluminados que se prendían y apagaban sobre la juventud arremolinada en las esquinas. La gente entraba y salía por las puertas de vidrio de los cafés y, aunque no se vieran bien las caras, se notaba una frenética alegría de vivir.

Antonio se encontraba en el Bar Hot Pepper considerando que era libre por un mes. Pidió varios tragos de colores increíbles, que lo hicieron sentir eufórico y desinhibido.

—No importan los estragos —recalcó el camarero indicando el calendario— para la fiesta de fin de siglo puedes hibernar tú también. ¡Últimamente han mejorado los resultados! Casi la mitad de los parroquianos que han probado el tratamiento, han rejuvenecido.

—No veo que los resultados sean tan magníficos, la verdad.... —y se volvió para observar a un anciano que bebía una copa de vino en un rincón—. A mi mujer le han prohibido salir de día después del tratamiento pues la luz puede causarle daños irreversibles.

—¡No puedo creer que quieras seguir siendo un viejo! —El camarero señaló a su cliente a través del espejo, sujetando el trapo con el que limpiaba el mostrador.

—Dicen que hay que rejuvenecer poco a poco porque puede deteriorar la memoria.

—No interesa. ¡Si me vuelvo joven tendré nuevas experiencias y nuevas memorias! Fíjate, allí hay un parroquiano que aunque parece un adolescente, en verdad tiene 40 años. ¿No es sorprendente?

Verdaderamente, parecía muy joven y tenía un aire soñador y desganado. Probablemente tenía un trabajo nocturno y le faltaba sueño. Al poco rato vieron que desaparecía detrás de la cortina de la entrada, remolcado por una hermosa muchacha, de quien no se pudo adivinar la edad.

Mucha gente en su oficina también trabajaba de noche y se encerraba en sus habitaciones durante el día, entre ellos, su jefe. Como él era uno de los pocos empleados que trabajaba de día, se sintió libre de la presencia de su jefe y de su mujer. Esa noche perdió los estribos y se dejó llevar por el desenfreno. Decidió tomar pastillas pero le hicieron perder interés y concentración. Al día siguiente, se mostró intolerante en el trabajo, no terminó nada de lo que tenía pendiente y levantó barullo en el barrio.

—No importa —se dijo— pronto saldrá María Guadalupe de Hibernazul para llenarme la vida de sentimientos de culpa y de escenas de celos. Pensar que fue la pareja de mis sueños, pero el tiempo tiene sus trucos y te hace cambiar la perspectiva sobre las personas a quienes entregas tu afecto.

Transcurrió el mes. La mujer salió de su reclusión y Antonio la encontró espléndida. Parecía más joven, no sufría de celos y se había convertido en la más dulce y serena de todas las féminas que conocía.

Sí, comprendió que Lupe había perdido la memoria. No recordaba quién era él, ni los momentos felices que habían vivido juntos. Felizmente, tampoco tenía reminiscencia de las veces que pelearon por causa de sus malditos e infundados sentimientos de envidia hacia las demás mujeres que se atravesaban en su camino. Eso le desconcertó un poco pero se veía tan bella y delicada que no podía creer lo que había sucedido. Pero claro, la joven mujer en la que se había convertido Lupe no podía contarle nada de su experiencia dentro de los Globos Azules; no recordaba casi nada.

Pasaron la noche juntos y aunque él gozó teniéndola en sus brazos y acariciándola, ella sonreía feliz pero no demostraba sentimientos. Tenía cerca de sí a la mujer más maravillosa que hubiera podido desear, joven, bella, sonriente. Sin embargo, el frenesí que sentía no era compartido. Ella yacía, hermosa y espléndida, sin mover un músculo, sin participar, perdida en otro mundo. Probablemente, el tratamiento la había dejado exhausta. Recordaría poco a poco cuán felices habían vivido juntos. Antonio pensó que sólo debía tener paciencia y suprimió sus sentimientos de frustración e insatisfacción. La mujer de sus sueños había regresado.


A la mañana siguiente, Antonio la contempló dormida con su cabello rojo desparramado sobre la almohada. No tenía una arruga, a pesar de haber cumplido 50 años. Él ya los había cumplido y cuando se miró al espejo, se dio cuenta de que parecía muchísimo más viejo que ella. Estaba lleno de arrugas, los ojos hinchados por las bebidas exóticas, las pastillas y la vida desenfrenada. Su cuerpo ya no le obedecía, había perdido la flexibilidad de otros tiempos. Se echó la culpa de la indiferencia de la mujer. Ya no la excitaba.

—Debo hibernar yo también —se prometió.

No era la primera vez que reflexionaba seriamente sobre el experimento rejuvenecedor en los Globos Azules, tan de moda en esos días: ¡Hibernazul Esencial, lo más moderno y actual!


Al día siguiente decidió volverse joven y se encaminó hacia el centro de la ciudad. Había encargado a la madre de Lupe que no la dejara salir a tomar sol durante el día. Cuando llegó al Instituto Globos Azules se encontró en un ambiente cálido y acogedor. Observó el lugar sin gravedad donde hombres y mujeres se rejuvenecían dentro de sus bolas de oxígeno bajo un cartel que señalaba: HIBERNAZUL ESENCIAL. Los pacientes flotaban dentro de bolas de material azul plastificado, bajo un techo transparente en forma de pirámide.

—No lo hagas— le comentó un trabajador con buzo azul donde se leía HIBERNAZUL. Antonio contempló con asombro al hombre que le pareció decrépito y anciano.

—Podrías hacerlo tú —contestó Antonio—. Me parece que podría ayudarte.

—Ya lo hice. —Al viejo le rodaron unas lágrimas por las mejillas. —No podrás creerlo pero yo he hibernado varias veces.

—Pues si hubieras hecho el tratamiento rejuvenecedor, en estos momentos tendrías que ser un bebe de leche —indicó Antonio con serias dudas sobre la capacidad mental del viejo.

—Yo no te lo aconsejo.

—Lo ha probado mi mujer y ahora está espléndida.

—Si tú lo dices....

Antonio se alejó, pensando que había hablado con un viejo demente.


Se inscribió en los Globos Azules para volverse joven y saludable junto con un grupo de afanosos trabajadores de mediana edad. El tratamiento rejuvenecedor duraba un mes y lo pasaría en un cubículo donde no le faltaría nada. Había adelantado sus vacaciones y desembolsó por adelantado casi el doble de la cifra pagada por su mujer, para lograr prioridad. Saldría para los festejos de fin de siglo. Al final del ciclo debería atenerse a las reglas, seguir las instrucciones de no tomar sol ni repetir el tratamiento antes de los 6 meses. Cuando le tomaron sus datos, le aseguraron que se le quitarían las arrugas, se le estiraría la piel, se volvería más fuerte, más varonil, más entusiasta.

Esa afirmación era prometedora. Aunque también especificaron que no se preocupara si al término del tratamiento no recordaba dónde vivía o si le sobrevenía amnesia temporal, ya que luego le regresaría la memoria. Los carteles de HIBERNAZUL ESENCIAL con luces intermitentes le aseguraban que era el último invento, lo más actual, lo más moderno y aquello que nadie debería dejar de probar. Era el tratamiento revolucionario de los últimos tiempos. Por la cantidad de gente que luchaba para rejuvenecer, no podía ser de otra manera.

Ilustración: Valeria Uccelli

Tranquilizado, entró en su bola oxigenada cubierto solamente con un liviano manto de material esponjoso. Se reclinó y paseó los ojos por el entorno. La bola se elevó por los aires y se deslizó en medio de la enorme pirámide transparente. Cientos de bolas azules flotaban en el espacio junto a él.

La felicidad lo embargaba. Se acurrucó en posición fetal y sintió que había regresado bajo la protección maternal, estable y armoniosa. A su alrededor paseaban, suspendidas en el ambiente, otras bolas azules, cada cual con un cliente que buscaba el mismo resultado: la juventud. Desde una esquina de la pirámide iban entrando otros globos mientras de la cúpula recogían a quienes terminaban el tratamiento. En cierto momento le pareció ver caras conocidas, ¿sería su suegra? ¿habría dejado sola a Lupita? No puede ser, se dijo..... a menos que... Pero alejó los pensamientos inquietantes y se adormeció entre los vapores voluptuosos y sensuales del Hibernazul. Consideró que no debía preocuparse. En ese momento era un hombre sereno y contento que iba a volver a vivir su juventud.

Intermitentemente, entraban nubes de vapor con olores diferentes a su cubículo esférico. Respiraba y sus pulmones se llenaban de juventud, sus venas latían con estrépito, y su sonrisa se volvía cada vez más hilarante. Desde adentro, él podía interrumpir o abrir las válvulas de vapor que lo envolvían, alimentaban y preservaban. Decidió que cuanto más fluidos, más juventud y mantuvo las válvulas abiertas todo el tiempo que le era permitido hacerlo, sin que se acabara el vapor.

El viejo decrépito debió haberse equivocado. Nadie puede volverse una pasa arrugada como él en un lugar tan fascinante y agradable, un Hibernazul que te hidrata la piel y la mejora, la rejuvenece, la suaviza. El cubículo se llenó de música, de magia, de felicidad. Era como una droga. Estaba hibernazulando... se rió por la palabra que no recordaba haber oído nunca. Tan feliz se sentía que ya no se acordaba ni cómo se llamaba. ¿Juan? ¿Mateo? Esos nombres le eran familiares. Quizás su nombre era Juan Antonio, o Mateo Luis...

A los pocos días olvidó qué estaba haciendo dentro de la bola azul. Probablemente había nacido allí y vivía como una célula desde que alguien lo creó.

En cierto momento se tocó con las manos y empezó a descubrir sus formas. Tenía una boca y también ojos. No sabía para qué servían, pero era maravilloso tenerlos y no ser una superficie plana. Sin embargo, de a ratos recuperaba la memoria y estaba seguro de que esa sensación de felicidad iba a terminar en algún momento.

Al mes, salió de su encierro. Todavía era de noche pero en la recepción de los Globos Azules, iluminada con luces artificiales, los espejos reflejaban un hombre joven, sonrosado, sonriente, satisfecho. No recordaba exactamente quién era, ni su nombre, ni su trayectoria. Debían haber olvidado la fecha de su salida porque nadie fue a recogerlo. Por lo tanto, en la puerta le entregaron un plano con indicaciones del lugar donde debía dirigirse. Vagó por la ciudad buscando el Refugio Esencial para Huéspedes sin Memoria indicado para cobijarse. Pronto amanecería y la ciudad parecía desierta. Unas pocas personas caminaban preocupadas por las calles preguntándose unas a otras por sus familiares desaparecidos. Algunos personajes a quienes se les acercó vestían mantos largos hasta los pies y tenían la cara tapada. Se alejaron espantados con ademán febril, sin contestarle. Sus ojos lanzaban destellos aterrados detrás de los velos con que cubrían las caras arrugadas, ardorosas, abochornadas y escapaban por los recovecos. No era gente joven ni sana. En ese momento no quería ocuparse de los enfermos ni de los ancianos. ¡Tenía toda una vida por delante y no debía desperdiciarla!

Finalmente, junto con otros jóvenes desmemoriados a quienes interpeló, llegó al lugar indicado en el plano que le habían entregado en el Hibernazul. Se acordó que sabía leer al ver el cartel de la entrada: REFUGIO ESENCIAL: Prohibido tomar sol. El lugar era administrado por un anciano que le pareció conocido.

—Te dije que no hicieras el tratamiento. Eras un hombre entero. Ahora, te han oxidado el cerebro.

—No entiendo — contestó Antonio.

—El oxígeno de los Globos Azules ha oxidado mis células, que están deteriorándose. Las tuyas también. —El anciano rellenó el formulario de entrada con el número asignado en su identificación.

—Te equivocas. Yo he estado de vacaciones. Sólo que no recuerdo la dirección de mi casa. Mi madre debe estar esperándome para que no falte a la escuela. Me dijeron que aquí podía alojarme hasta que recupere la memoria y encuentre mi casa.

—Tú eres un hombre casado. Según lo que he sabido, tu mujer también hizo el tratamiento para celebrar el comienzo del nuevo siglo, y rejuveneció. Deben cuidarse porque a la mayoría de las personas, como a mí, el tratamiento les oxida la piel, que se vuelve acartonada y envejecida apenas le cae un poco de sol. No hay remedio.

—No puedo creer que.... —recordó a los extraños personajes envueltos en mantas que había cruzado por el calle hacía un momento. Efectivamente, estaba escrito en las instrucciones. Se dio cuenta que no recordaba mucho. Además, no podía ser que estuviese casado, ¿con quién? ¿De qué nuevo siglo le hablaba? ¿Siglo XVIII? ¿Siglo XXIII? No podía acordarse.

—No te preocupes —dijo el anciano—. Quizá recuperes algo de tu memoria. Yo hice el tratamiento cuando recién era un experimento y en aquel entonces no era un anciano. A pesar de que seguí las reglas escrupulosamente al principio, me descuidé, no seguí las instrucciones y salí a la luz del día. Como ves, la piel se me ha secado por esa razón. Al menos sólo me he deshidratado y arrugado. A algunos se les oxida el cerebro; espero que no sea tu caso porque, mientras tanto, quienes manejan los Globos Azules se llenan de oro y luego nadie recuerda adónde fue a parar su dinero. A nadie le importan los desmemoriados ni los arrugados. Todos quieren ser jóvenes.

Nuevamente, Antonio pensó que el anciano decrépito estaba desvariando. Él acababa de llegar de las vacaciones que había transcurrido viajando en un globo por el espacio exterior. ¿Cuál espacio? La memoria le estaba fallando. Seguramente su madre iría a buscarlo pronto para que no falte a sus cursos. ¿Cursos? ¿Estudios de qué? Estaba en el año .... —no recordaba bien pero ya le vendría a la mente.

Varios jóvenes compartían el dormitorio con él. Algunos llegaron ese mismo día, otros con anterioridad, pero todos estaban muy silenciosos y revisaban los diarios para buscar trabajos nocturnos. En las instrucciones explicaban que no debían exponerse al sol pero ya no recordaba la razón. A través de la ventana vio los fuegos artificiales que iluminaban el cielo estrellado con sus estallidos, pero estaba muy cansado para salir y averiguar qué estaban festejando.

Entró al baño y se miró en el espejo. Era un joven guapo. En algún lugar del mundo estaba la chica de sus sueños. —Ya la encontraré —pensó. —Si ese viejo loco no me trae mala suerte y mi madre viene pronto a recogerme. ¿Mi madre?

No la recordaba bien, pero no era importante. Estaba seguro de que apenas lo viera, su madre lo reconocería. Y se echó a dormir para descansar del largo y pesado viaje por el espacio que había hecho. ¿En el espacio? ¿Viajaba por primera vez? ¿o era la segunda....? Se durmió profundamente.

Abrió los ojos al despertarse abruptamente y, junto a él, vio a la chica de sus sueños. Caminaba por el dormitorio buscando un lugar que no encontraba. No tendría más de veinte años, pelirroja, adorable. Se levantó.

—Hola, ¿qué haces aquí? ¿adónde vas?

—Me he perdido. Mi madre está en Hibenazul y yo salí para celebrar el fin de siglo. No encuentro mi casa. Por esa razón me han traído aquí, al refugio para Huéspedes sin Memoria.

Permaneció mirándola embelesado. Esa era la chica con la que siempre había soñado. La invitaría a salir, por supuesto.

—¿Cómo te llamas?

—Lupe María, o María Guadalupe, no estoy muy segura. ¿Y tú?

—Creo que mi nombre es Mateo o Antonio, pero tampoco estoy seguro. — Pensó que la amnesia lo confundía. Se rebuscó los bolsillos para hallar su identificación que no encontraba. —No importa, pronto lo recordaré.

—¿Estás solo? —Lo miró con ojos de aprobación. —¿No tienes novia?

—Por ahora, no. ¿Por qué lo preguntas? ¿Eres celosa?

—Un poquito, sí.

—Eso no es raro. Por supuesto que van a venir a recogerme pero no sé si me reconocerán porque he cambiado durante las vacaciones.

—Sucede todo el tiempo. Fíjate, ya es de día. —La hermosa joven levantó las cortinas que oscurecían el ambiente y miró hacia la calle.

—El cartel dice que no hay que tomar sol, pero no recuerdo si es una advertencia para todos o solamente para algunos.

—Total, somos jóvenes y nadie nos puede prohibir nada. ¡Tenemos toda la vida por delante! —Estaba contenta de haber encontrado el Refugio y conocido al muchacho tan simpático pero tan inseguro de sí mismo. Tenía una cara conocida pero no recordaba dónde lo había visto. Pensó que la vida no podía negarles nada y las reglas estaban hechas para ser rotas. Señaló su sombrero de paja con una cinta roja. —¿Podríamos salir a pasear?

—Mi madre me debe estar buscando por toda la ciudad. Es decir, yo también estoy perdido y no recuerdo dónde queda mi casa. —Antonio dudaba si era una buena idea, ya que recordaba las advertencias del anciano portero.

—¡Por supuesto que no! Regresaremos en seguida. —La chica se colocó un par de anteojos oscuros en forma de corazón y lo miró divertida—. La mía también vendrá en algún momento para llevarme de regreso, aunque ahora debe estar en Hibernazul. Aquí se presentan todos los que andan extraviados.

—¿Y si nos hace daño?

—¡No vas a creerle al viejo loco de la puerta! ¡Además, se ha quedado dormido!

—No sé a quién preguntar. No conozco a nadie aquí.

—Ya que estás solo, vayamos a pasear un rato. Es un día maravilloso de sol y los jardines se ven repletos de flores preciosas. Yo tampoco recuerdo si puedo exponerme al sol o no, pero no importa. —Le alcanzó un par de anteojos ahumados que sacó de su bolsa y un sombrero de ala ancha que colgaba en una percha—. Vamos a cubrirnos, además, nadie nos obliga a obedecer.

—He olvidado si tengo algo importante que hacer. Quizás... no debo mojarme con la lluvia.

—No te preocupes, que no lloverá. ¿No ves que es un lindo día? Además, si no recuerdas algo es seguramente porque no tiene importancia. Salgamos de una vez. —La chica escudriñaba la calle desde la ventana detrás de los vidrios oscuros—. No veo a mucha gente. Hay sólo ancianos porque los jóvenes descansan de los festejos de fin de siglo. Además, sabes bien que la mayoría de las personas trabaja de noche.

Sin hacer caso de la prohibición ni las instrucciones se dieron la mano y abrieron la puerta. El sol esplendoroso entró a raudales y los iluminó mientras marchaban rumbo a la ciudad. El astro calentaba una ciudad tranquila, casi desierta. Unas pocas personas caminaban adormecidas por los paseos y jardines y en medio de la plaza resplandecían los chorros de agua que brotaban de la fuente. Esta vez no tuvieron miedo de perderse, ni de olvidarse, ni de caminar bajo los rayos del sol porque estaban juntos. Se miraron bajo los sombreros y a través de los anteojos, felices de conocerse, y cada uno pensó que, finalmente, había encontrado a la pareja de sus sueños.


Creció en Lima; de joven trabajó y viajó a visitar a sus parientes en EEUU y en Italia, donde permaneció estudiando algunos años.

Se casó con un italiano que fue a trabajar a Perú y vivió en lugares apartados de los Andes peruanos, chilenos y ecuatorianos. Cuando nacieron sus tres hijas les escribió cuentos y poemas, dramas y canciones. Algunos de ellos fueron publicados en EEUU, Italia, España, Ecuador y Perú y ganó varios premios de Teatro Infantil en Perú y en España. Ha escrito sobre las plantas, la geografía, los minerales y los animales que se encuentran en Perú. Los últimos libros se los dedicó a sus nietos. Escribe cuentos de ciencia ficción desde hace poco. Esos cuentos han sido publicados en revistas y fanzines de España, Mexico, Perú y ahora, en Argentina.

Libros publicados: "Perú, el libro de las plantas mágicas" (Lima 1988 y 2000) "Nuestra Fauna" (Lima 1997); "Teatro Didáctico" (Lima 1996); "Leyendas de Oro del Perú" (Lima 1996); "Omagua e le ombre consigliere della selva amazzonica" (Italia, 1995); "La saggia scimmia Mashin e altre leggende della selva amazzonica" (Italia, 1995); "Perú, los minerales maravillosos" (Lima 1992) "Brújula para Niños" (Ecuador, 1990); "Teatro, 4 Obras premiadas" (Lima 1983); "Perú, el libro del viajero" (Lima, 1978-1981). Su página web es: www.adrianaz.com


Axxón 141 - Agosto de 2004
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Perú: Peruana).

            

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