MEMORIAS

Eduardo J. Carletti

Argentina

Luego de los interminables exámenes, el médico personal de Diego pasó más de una hora deliberando con el equipo de oncólogos de una clínica de Buenos Aires. Después salió, se sentó junto a su paciente y le dijo:

—Lo lamento mucho, Diego. Es cáncer... está generalizado y no hay forma de controlarlo. Te queda poco tiempo.

Decirlo de esa manera tan abrupta podría parecer cruel, pero el médico conocía la personalidad de su paciente y sabía que no le hubiese gustado que fuera indirecto.

Sólo porque él quiso que se lo diga, y porque sabía que no le podía andar con vueltas, le comunicó lo que le calculaban de vida: no más de tres meses.

No hubo exclamaciones. Diego Aguilar dejó abandonado el café que estaba tomando, puso una cara que se podía interpretar como "Bueno, me lo imaginé", le dio la mano a cuatro o cinco, recogió sus cosas y salió.

Fabián era médico de Diego pero también su mejor amigo, y jamás había pensado que le tendría que decir que estaba por morir. Esa noche sintió necesidad de embriagarse. Cuando Diego lo llamó, tenía más de un par de copas encima. Sin embargo, el alcohol no lo había liberado de la pesadumbre, y su amigo lo notó.

Quizás para animarlo, le dijo, entre otras cosas, que dejara de lamentarse, que le daba carta blanca para buscar una solución, si es que pensaba que se podía encontrar alguna, por remota y costosa que fuera.

Cuando Fabián farfulló que no se le ocurría ninguna idea, Diego le nombró media docena de líneas de investigación que había visto en la red, llevadas adelante por distintos grupos. Le dijo que dejara de ahogar su pena y que se pusiera a trabajar. Que, si algo de todo eso servía, se pusiera a la cabeza de la investigación para buscar un resultado que le permitiera salvarse. Le dijo que el remedio que descubrieran sería gratuito para que todo aquel que tuviese el mal, en cualquier lugar del mundo. Que crearía una Fundación para cumplir con eso.

No estaba bromeando, y cuando decía que buscara a los investigadores no se refería a los de Argentina, sino a investigadores de cualquier país.

Fabián conocía el mundo científico. Le dijo que un intento así costaría muy caro. Diego contestó que no se hiciera problemas: podría pagarlo.

No estaba fantaseando ni perdiendo el tiempo. Era un hombre que no se detenía nunca. Una hora después estaba volando hacia la India.

Diego Aguilar podía estar enfermo y moribundo, pero contaba con mucho, mucho dinero.

Luego de una semana, el médico presentó su informe. Diego estaba de regreso en su casa, frente a su pantalla de pared de cuatro por tres, observando las imágenes que había registrado.

Fabián fue breve: —Diego, tenemos una posibilidad. Es remota, pura fantasía aún...

—¿Hay algo que tenga que hacer? —preguntó con calma.

—Esperar. Y, por favor, no ilusionarte aún. Es algo que todavía está demasiado en el aire. El grupo que estaba trabajando en esto duda que se pueda hacer nada en menos de dos o tres años. Hace falta mucho desarrollo aún.

»De todos modos, están de acuerdo en intentarlo. Pidieron unos fondos... bueno, me dijiste que el gasto no importa. Aquí está el presupuesto. —Le pasó una pequeña carpeta—. Dijeron que con todo ese equipo quizás se pueda llegar a algo.

»Cuando llegue el momento, deberás internarte y...

—Está bien, no hacen falta detalles... ¿Eso es todo? —El millonario tenía fama de ser en extremo práctico. Más ahora que podía contar los días de su futuro en un número de apenas dos cifras.

—Es mucho dinero. Retiramos un equipo de investigadores de su trabajo en Suecia, un equipo internacional de la Unión Europea. Son tipos caros.

Diego hojeó la carpeta. Cualquier otro se hubiese sobresaltado, pero Aguilar no demostró el impacto.

—Está bien —dijo.

Se quedaron en silencio.

—¿Fabián?

—No, no es nada. Sólo que estoy muy impresionado... Es una inmensa responsabilidad

Diego le palpó el hombro amistosamente. —Lo vas a hacer bien... —dijo con extrema calidez.


Aguilar coleccionaba imágenes. Su colección de fotografías era célebre en el mundo. Desde placas de vidrio cubiertas de plata, tomadas en el siglo diecinueve en forma experimental, hasta encuadres 3D hechos por astronautas directamente en Marte, las lunas de los planetas exteriores y algunos asteroides.

Había sacado fotos toda su vida, las primeras a los ocho años con una Kodak de su abuelo. Ahora trabajaba con equipos absolutamente especiales. Estaba lejos ya de sus primeros pasos con una cámara digital común, costosa pero común, que se había comprado poco después de acertar un premio de lotería. Después de treinta años de hacer crecer su colección por medio de diversas tecnologías, utilizaba ahora cámaras desarrolladas especialmente para él.

Su base de datos electrónica era el conjunto más grande de sistemas de registros de datos en todo el mundo. Incluso pagaba equipos de gente que digitalizaba diariamente millones de viejas fotos, que habían sido impresas sobre papel o almacenadas en forma de negativos originales. Su memoria de imágenes tenía los sistemas de respaldo más ingeniosos y seguros que se hubiesen creado. Aguilar no se limitaba a ser un consumidor de tecnología avanzada: se interesaba en cualquier investigación sobre registro de datos y aportaba al financiamiento de varias de ellas. La tecnología de su base de datos era muy cara, única, y adelantada en el tiempo.

No le importaba el precio. Para él lo importante era la eficiencia.

Su afición era viajar por el mundo y registrarlo. Obsesivamente.

Un recorrido de diez kilómetros se convertía en, como mínimo, cien mil imágenes. Las cámaras que llevaba, unidas a una breve mochila, se conectaban directamente por satélite. Cualquiera diría que una actividad así hubiese dejado secas sus cuentas en pocos años, pero su fortuna no estaba pasiva y dedicada sólo a sus gustos. Había creado, casi sin quererlo, varias empresas relacionadas con su actividad fotográfica y de registro electrónico, y algunas de ellas se habían posicionado muy bien en la industria. Nadie lo sabía, pero era dueño de porcentajes importantes de Kodak, Canon, Nikon, Epson... y más. La lista era impresionante.

Como es lógico, no todo era registrar: también consagraba una parte de su vida a contemplar sus fotos.

Y todos los días se tomaba unos minutos —que a veces se hacían horas— para revivir aquellas figuras que había perdido para siempre.

Una de las fotos mostraba a Gloria con unas medias de nylon blancas de tejido abierto, a cuadros.

Le gustaban mucho esas medias.


Ilustración: Valeria Uccelli

Ella estaba sentada en el suelo, en un rincón de su casa de Entre Ríos, en una pose difícil de describir, sexy y angelical. Una pierna —la derecha— apoyada contra el piso, con la rodilla hacia el fotógrafo. La otra pierna con la rodilla hacia arriba y el pie extendido delicadamente hacia delante. Se tomaba esa pierna con ambas manos, la derecha abajo, la izquierda arriba, y sonreía. Una sonrisa maravillosa. El bordado superior de la media de esa pierna se podía ver muy bien y era exquisito. Ese día Gloria tenía los cabellos sueltos, en bucles, de un rubio ceniza. La parte superior de la cabeza parecía, por las sombras, un poco más oscuro, pero él sabía que era todo oro. No estaba maquillada, o no parecía maquillada. Parecía un ángel.

La otra foto que siempre miraba era de una niña muy pequeña, con rasgos que él reconocía micrón a micrón, cuya descripción se hubiese parecido la de otras niñas de apenas tres años en todo el mundo. Para él, por supuesto, tan acostumbrado a evaluar pixeles, todo era único. La mirada de asombro, la sonrisa tan parecida a la de su madre. Cuando la miraba, recordaba los abrazos apretados y su perfume único.

Las dos eran las últimas fotos.


La mayor parte de los días de sus últimos meses los pasó viajando y registrando lugares que tenía anotados para visitar desde hacía casi veinte años. Las guerras y los problemas políticos muchas veces impedían que pudiese visitar algunos sitios, aunque ofreciera todo el dinero que tenía para ofrecer.

Pero el mundo giraba y las políticas cambiaban y las fronteras se abrían. Aguilar tomaba el avión de inmediato. Algunas veces había sido el primer turista en ingresar a un país que antes estaba cerrado a todos los extranjeros.

En un convulsionado fragmento de África occidental que después de varias masacres se había convertido en país independiente, logrando la paz, fotografió unos insectos de colores variados. Había miles de variedades y buscó sin cesar, junto a un ejército de casi doscientos chicos, todas las tonalidades que se pudieran encontrar. Al que encontraba un color nuevo le pagaba diez dólares. Si el color era repetido, un dólar. Con diez dólares una familia comía dos semanas.

Las tonalidades parecían interminables, pero ocho días después la variedad cesó. La estrella de las fotos fue un ejemplar que era mitad hembra del lado izquierdo y mitad macho de la otra parte. La coloración era muy diferente, convirtiéndolo en un polichinela de los insectos.

En la frontera entre Irán e Irak fotografió extensiones de arena, rocas, laderas abruptas, largartijas, plantas achaparradas de flores increíbles, sorprendentes hileras de hormigas subiendo por estériles paredes, hombres sin dientes y mujeres de ojos cansados.

En el piso de los arrecifes de las Filipinas pasó casi un mes fotografiando variedades de moluscos, peces, corales, gusanos de colores exorbitados, medusas y miles de formas de vida más. En la ciudad, fotografió las chicas que se ofrecían a precios de regalo, dueñas de bellezas que competían sin vergüenza con las del fondo del mar. Fotografió hombres que las adulaban, hombres que las llevaban y hombres que las maltrataban. Fotografió policías que no hacían nada y niños que dormían en las calles.

Fotografió una batalla que se desató en una isla del Caribe cuando él estaba registrando las casas coloniales y los vehículos de un siglo atrás. Las tomas mostraban gente bailando sobre los restos de vehículos militares incendiados, mujeres muy hermosas caídas y cubiertas de sangre, carteles escritos sobre descascaradas paredes, el carro de un florista volcado, una alfombra de rosas y claveles sobre duros adoquines y un niño con los brazos abiertos, ropa muy blanca y piel oscura yaciendo sobre un río de su propia sangre.

Los últimos días de trabajo fueron difíciles. Estaba muy cansado. Se miraba en el espejo y veía el color cada vez más amarillo de su piel y las ojeras enormes cada vez más oscuras. Tomaba decenas de medicamentos y leía las noticias de su médico, que lo alentaba a la distancia, desde Córdoba.

Veía a Fabián en la imagen de su teléfono satelital y podía ver que él también tenía ojeras, pero de cansancio.

En Myanmar fotografió a los primeros tigres salvajes que se habían detectado en catorce años. Estaba débil, y al ver a esos animales tan poderosos y bellos moviéndose en libertad, pero tan cerca de la desaparición como él, lloró. Los tigres le regalaron una escena de esperanza: desde su plataforma elevada, cubierto de la percepción de los animales por equipamiento fabricado por tecnología de guerra, fotografió un parto.

La vida, el nacimiento, la fuerza y elegancia de esos animales, esa belleza dolorosa, los contornos tan únicos de sus colores y perfiles, la esperanza que brotaba de la escena, le recordaron a Gloria, su ángel. Con ella ya no habían esperanzas. Su avión había caído, llevándola a la muerte junto a un centenar y medio de pasajeros, entre los que estaba Valeria, la pequeña hija de ambos.

Había pasado mucho tiempo. No podía creer que hubiera estado solo veinte años y que lo único que le quedara de ellas fuera el recuerdo. Y el amor.

Cuando estaba en la Antártida, registrando las crecientes áreas de roca que iban apareciendo debajo del deshielo, los lodazales interminables y las laderas cubiertas de pájaros, su cuerpo colapsó. Lo transportaron a Buenos Aires.

Lo ubicaron en una sala especial. Pidió su cámara. Apenas podía sostenerla. Fotografió enfermeras, pasillos y paredes cubiertas de azulejos blancos.

En otra época había fotografiado hospitales decrépitos, con gente muriendo en los pasillos, carteles indicadores a los que les faltaban letras, cucarachas que corrían por los ángulos de las paredes y revoques cubiertos de mugre. Luego esos hospitales se habían reconstruido y mejorado con sus donaciones, y entonces había regresado a tomar nuevas imágenes.

Cuando llegó Fabián, la cámara estaba montada en un brazo móvil controlado con un par de joysticks y estaba fotografiando su propia cara. La enfermera le sostenía el brazo.

Aguilar era un hombre muy reservado, no muy afecto a dejar ver sus sentimientos, pero cuando vio entrar a la habitación a su médico y amigo dejó escapar una lágrima. Fabián vio la leve gota que resbalaba por la mejilla.

No pudo hablar por unos segundos.

—Estamos haciendo todo lo posible para alistar el sistema —dijo por fin el médico—. Tenemos muy poco tiempo.

—Me dijeron que me quedaban tres meses —reclamó—. ¿Por qué estoy aquí?

—Nuestro cálculo era aproximado. Esta no es una ciencia exacta.

—Faltaban quince días. —Reclamaba su tiempo.

—Te entiendo, pero así son las cosas...

Se miraron unos segundos en silencio. Diego se pasó la mano por la cara, miró la humedad en su palma.

—Dijiste algo sobre el sistema —apuntó el enfermo. Intentaba sonreír.

—Estamos trabajando a toda máquina, pero...

—Sí, ya sé... siempre hay un pero...

—Sí, pero éste no es un pero cualquiera.

Le dio unos papeles y Diego los hojeó sin ganas.

—Mejor explicámelo vos —pidió. Debía estar verdaderamente mal.

Fabián abrevió lo mejor que pudo.

Podían leer el contenido de la mente de Diego con un nuevo sistema de escaneo no destructivo y registrarla en una memoria. El banco que resguardaría su personalidad estaría conectado a un gigantesco pack tridimensional de redes neuronales donde los recuerdos no serían solamente recuerdos, sino procesos constantes, dinámicos y autorealimentados. Cuando su parte biológica finalmente colapsara, él estaría envuelto en un mundo virtual y no notaría la diferencia, excepto que a partir de ahí se sentiría bien. Estaría sano y consciente.

Si él quería, dejarían el cuerpo conservado en criogenia. Y quizás algún día, en el futuro, si se encontrara la forma de curar el cáncer y volver atrás el daño que había causado, además de eliminar los estragos de la criogenia, podrían retornarlo a él.

—Guardarán mi cerebro —dijo Diego.

—No, sólo guardaremos el contenido. Los cerebros no se mantienen bien de ningún modo sin un cuerpo que les dé sostén, hasta ahora no se ha logrado. Y el tuyo está un poco impactado por los problemas de filtración de tu sangre. Es más...

—Deberá ser urgente —interrumpió el millonario. Se lo veía en los ojos.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy mismo, si es posible.

—Bueno, no esperemos más. Dale para adelante...

Pero vio algo en los ojos de su amigo. Lo tomó de un brazo: —¿Podré ver mis fotos?

—Ése es el problema.

Fabián desvió la vista. Diego lo estaba mirando de un modo terrible.

—Para colocar tu mente tenemos que usar un almacenamiento gigantesco. Esto te lo podría explicar mejor uno de los informáticos. No hay nada en el mundo capaz de esto... —Titubeó—. Digo mal. Sí hay...

Aguilar abrió mucho los ojos. Entendió de repente.

—¡No usarán mi sistema de registro de datos!

—Diego —en años que se conocían nunca lo había llamado por su nombre—, es tu vida. No hay otra manera de salvarte... Si hubiésemos tenido esos quince días más.

No pudo seguir.

Diego negó con la cabeza varias veces, giró la vista contra la pared, hacia el lado opuesto, y se negó a contestar nada más.


No dio autorización. Estaba conectado a una cantidad de tubos que intentaban controlar su flujo de sangre y mantenerlo limpio.

Pidió salir de ahí. Pidió que lo desconectaran.

—No puedes volver a tu casa... —dijo el médico, con lágrimas en los ojos.

Firmó papeles donde ordenaba crear una Fundación que se dedicaría a mantener a toda costa y ante toda vicisitud su colección de imágenes y a ponerla a disposición de cualquiera que quisiera verla. Dejó en claro que todas y cada una de las imágenes eran importantes —mucho más que importantes, valían más que su vida—, pero si se presentaban inconvenientes, si el dinero se acababa, había orden estricta de mantener intactas para siempre, por todos los medios posibles y con el recurso de cualquier tecnología, dos imágenes en especial.

Lo llevaron a una sala especial, toda para él. Pidió su pantalla.

Pasó los últimos días observando sus fotos.

El día que entró en coma definitivo estaba mirando la imagen de las medias.

Ese día ella tenía los cabellos sueltos, en bucles, de un rubio ceniza. La parte superior de la cabeza parecía, por las sombras, un poco más oscuro, pero era todo oro. No estaba maquillada, o no parecía maquillada. Parecía un ángel.

La sonrisa era la de un ángel que recibe a alguien en su reino.



Eduardo J. Carletti

Eduardo J. Carletti nació en 1951 en Buenos Aires, Capital Federal de Argentina, pero se fue a vivir al campo a los 5 años, de modo que su vida está marcada por la vida tranquila, entre gallinas, tierra, pájaros e insectos. Una de sus más importantes obras, además de haber engendrado dos hijos, haber encontrado a la mujer de su vida y tener el más magnífico recuerdo de sus padres, pleno de amor y orgullo, es Axxón. Los demás datos se encuentran en una mini-biobibliografía que se publicó hace un tiempo en la revista A Quien Corresponda y que fueron reproducidos en la Enciclopedia de la Ciencia Ficción argentina en el link al principio de este párrafo.




Axxón 142 - Septiembre de 2004

            

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