OBRA MAESTRA

Juan Pablo Noroña

Cuba

El camino a las ruinas uscas estaba en muy malas condiciones. Obviamente no se utilizaba lo suficiente como para justificar su mantenimiento frecuente, y en una colonia reciente y atrasada como Tauma Tau las autoridades destinan sus recursos a necesidades más perentorias. A resultas de eso, no pasaba un minuto sin que le encareciese a Gayda la seguridad nuestra y del slider en que viajábamos, y siempre después de un trompicón. Así era casi imposible usar un telecom. —Gayda, lo siento, pero tenemos que parar —anuncié—. Tengo que hacer una llamada. Estoy preocupado.

—Y yo necesito descansar, caramba —dijo ella—. Este camino es infernal.

Llamé sólo con la opción de sonido, pues tenía por visto el mal funcionamiento de las repetidoras del planeta. Inge respondió enseguida. —Inge, cómo va todo por allá —pregunté—. ¿Dice Chibbas que se siente encerrado? ¿Quiere salir? Manténlo en el hotel. ¿Cómo rayos...? No sé, haz lo que se te ocurra, drógalo, haz el amor con él, lo que te venga mejor. Pero tiene que estar a mano, por si hay oportunidad. ¿El equipo está listo? ¿Todo el mundo todo el tiempo? No sé por cuánto, no depende de mí, sino de los uscos, si alguno se digna... sí, eso mismo. Bueno, mantén el látigo en alto con esas fieras, en especial con Juárez. Necesito este reportaje.

Cerré el telecom y le hice a Gayda un gesto hacia delante. Ella entendió. —Está bien, ahí vamos —accedió con un suspiro de fastidio.

Y nos zarandeamos por dos o tres minutos más. Hasta que lo vi.

Un usco esculpiendo. En un campo a la derecha del camino. Agarré el codo de Gayda y tiré con tanta violencia que la hice perder el control y atascarse. —¡Hey, qué haces! —protestó ella cuando el vehículo se detuvo, y me insultó coloridamente. Pero yo le tapé la boca y señalé hacia el usco. Ella volteó, lo vio, y al instante fue a por la cámara.

Desplacé a Gayda de los controles y saqué el slider de la cuneta, casi destrozándolo. Al hacerlo no me percaté de que mi camarógrafa se había puesto de pie para tener mejor ángulo. Por poco la hago caer fuera. Por suerte se agarró a tiempo del parabrisas. No me cubrió de denuestos, sin embargo; el usco acaparaba toda su atención.


Ilustración: Marian Sciannameo

Giré el slider y crucé con el corazón en la boca la línea perimetral entre el camino y el campo. Él no se movió. Veinte metros de altura, cinco de diámetro, carmelita gris verdoso, manchado, flotando a medio metro del suelo. Textura... indescriptible. Era un magnífico ejemplar, según mis conocimientos. Acerqué el slider a menos de veinte metros. El usco estaba en pleno proceso creativo. Sostenía sobre una prolongación de su base el material de trabajo, un basalto de 10 toneladas, y lo trabajaba con una trompa brotada de su cima. Simplemente pasaba el apéndice y quitaba los volúmenes que le sobraban. Sin golpes ni abrasiones. Cómo lo hacía, no me lo podrían explicar todos los académicos del imperio. Gayda filmaba todo.

—Oigan... —se escuchó una voz humana interpelándonos. No hicimos caso. Yo estaba desesperándome al descubrir justo en ese momento que no tenía un plan definido punto por punto, y Gayda era una prolongación de su cámara. Entonces se hizo oír el zumbido de un stumper activándose. El sonido era amenazante y consiguió mi atención.

—Oigan ustedes... esto es propiedad privada. —Era un tipo robusto, de mediana edad, con aspecto de granjero.

—¿Propiedad privada? ¿Está usted loco? —Gayda reaccionó con irritación—. ¿Dónde y cuándo compró un usco?

—El usco no... esta es mi tierra.

Miré alrededor de mí. Estábamos en un campo de cultivo. El futuro sitio de la obra maestra del usco interrumpía surcos de tierra preparada. —Caramba —me introduje—. El usco no parece saberlo.

—A él no le importa un pepino. Vino a poner su maldita piedra, como usted ve.

Gayda filmaba al granjero. A él no le gustó. —Sáqueme eso de mi vista. —Agitó el stumper ante la cámara—. O se lo rompo. —Ella volvió a enfocar al alienígena, que como tema era más interesante.

—Disculpe usted —le dije al granjero—. No nos fijamos. Además, usted comprenderá que un usco trabajando no es cosa de todos los días. Nos dejamos llevar.

—Yo estoy aburrido de verlos haciendo de todo, hasta copulando. Salga fuera de mi campo, y fílmelo con zoom, si quiere.

Desvié mi vista hacia el usco. Seguía trabajando, sin dar señal visible de percatarse de nuestra presencia. La obra parecía ser el centro de todo su interés. Me daba cierta curiosidad qué estaba haciendo en particular. —¿Es cierto que ustedes los de Tauma Tau son capaces de adivinar lo que va a esculpir un usco? —interrogué al granjero.

El tipo me miró fastidiado. —Váyase, o lo saco.

Podía tratarme como quisiera. Lo importante era que podía sacar una buena historia de esto. Mi carrera venía necesitándola. Me sacaría de los sectores marginales, catapultándome directamente hasta Kentrum. Todo estribaba en conseguir un poco de colaboración de los uscos. Colaboración, o lo que fuese. Lo importante era hacerlos reaccionar. A eso había venido aquí. Tener éxito donde todos los especialistas imperiales en Contacto habían fallado, esa era la base de mi historia. Mi plan era practicable, y no carecía de posibilidades. Llevaba 200 días estándar estudiando a los uscos. Me sabía todo lo poco que se podía conocer sobre ellos. Así que si algún hombre iba a tener suerte, ése era yo.

—Apuesto 100 transas a que no adivina qué va a hacer el usco —declaré.

La proposición lo puso a pensar. E incluso asintió. —Un llagado —dijo—. Va a hacer un llagado.

—¿Qué es un llagado?

—Una especie de pájaro. Grande, torpe. Necesita alturas para despegar.

—¿Y por qué un... llagado?

—Se vería bien aquí, supongo. Como que falta, además. ¿Cuándo me paga?

—Cuando él termine.

Había un truco allí. El granjero no era tonto. Verlo terminar significaba quedarme. —Está bien —aceptó—. Me paga 100 transas más, no aterriza su vehículo, no se bajan de él, no me molestan, y pueden ver al maldito bicho jugar con su piedrita.

Gayda dejó de filmar e intervino, molesta. —¿Y si tengo que hacer pipí? —El lenguaje recatado era señal de ira.

—Pues apunte fuera del vehículo y yo miro a otro lado.

Escuché como a lo lejos la discusión entre Gayda y el granjero. No me importaba en lo más mínimo. Ni tampoco al usco, de seguro. De creer las historias, podría embestirlo hasta desguazar el slider, y seguiría sin hacerme caso. Era, de cierto modo, insultante. Pero esa indiferencia del usco era la misma para todo lo humano sobre Tauma Tau, así que no me sentía especialmente aludido.

Los uscos son un enigma. Para empezar, no se sabe qué son, si verdaderos sofontes, si animales con instintos extraordinarios, o el decorador automático de alguien. No hacen más que pasear, reproducirse, mirar puestas de sol, pelearse, y hacer obras maestras de escultura. Ninguna de estas actividades puede ser determinante para clasificarlos. Una cosa es segura: la naturaleza de Tauma Tau no produjo su morfología, pues no hay nada similar en el planeta. Es artificial o introducida. Lo primero indica que son artefactos o que hubo manipulación genética, señales ambas de inteligencia suya o ajena. Lo segundo apuntaría a migraciones espaciales de vida, pero esto ha quedado descartado porque en un imperio humano de miles de parsecs de extensión no hay más presencia ni vestigios uscos. Si vinieron, fue de tan lejos que no pudo haber sido en esporas, sino en vehículos. Además, están las ruinas. Inmensas ciudades hechas a la medida usca, construidas con grandes placas pétreas de miles de años de antigüedad. Los uscos las evitan cuidadosamente. Por tanto han de tener relación con ellas, pues o las temen, o las odian, o quieren olvidarlas, o están programados para no acercarse a ellas. A lo que todo el mundo llega como conclusión es que en Tauma Tau hubo alguna vez la presencia de una raza inteligente, de la cual lo que tenemos hoy en día son los uscos y las ruinas. Ahora, que estos artistas ambulantes sean la evolución posterior de esa especie sofonte, o un artefacto autoconsciente o no, ya es misterio, conjuntamente con sus intrigantes características. Y lo seguirá siendo, mientras dure su indiferencia a todo lo humano. Si en algún momento cambiaban de idea, habría muchas preguntas.

El granjero y Gayda dejaron de pelearse y cada uno se dedicó a su trabajo. Él se alejó y se puso a colocar alguna clase de equipo sobre la línea perimetral. Mi camarógrafa volvió a enfocar al usco.

—¿Qué hace ese cavernícola? —me preguntó Gayda.

—Debe ser algo contra intrusos. Me tiene sin cuidado. Ya estamos dentro.

—Tuvimos suerte de llegar antes de que lo colocara.

—Tuvimos suerte de pasar por aquí. Esto es exactamente lo que nos hacía falta.

—El que no tiene suerte es el granjero. Primero el usco y ahora nosotros. Puede ponerse muy molesto. Mucho más, quiero decir.

—Un granjero xenófobo no va a ser problema. Tengo a las autoridades en un bolsillo. El Líder del planeta es un tipejo ansioso de salir bien en las noticias. También quiere el status de Colonia Imperial para su pequeño sistema, y la colaboración con Medios de Commoditas Basque es un paso al respecto. El cuarto poder no es poco poder.

Nada iba a impedirme tener mi oportunidad con el misterio de Tauma Tau. Si la aprovechaba bien, estaba hecho. Sería mi éxito contra el fracaso de todos los demás. Todos esos xenoarqueólogos que se devanaban los sesos intentando deducir en las ruinas la historia prehumana de Tauma Tau. Los biólogos que no atinaban a ponerse de acuerdo sobre la fisiología usca y se arrancaban las cabezas por teoría más teoría menos. Los especialistas en Contacto, que no sabían dónde meterse. Los Fuerza y Sombra del ejército imperial, locos por copiar el blindaje dinámico de la piel de los alienígenas. Las Casas Industriales, que darían trillones de transas por la tecnología, especialmente las de Biónica, si era cierto que los uscos eran el producto de la automanipulación genética. Los Magister Ludi, de quienes se decía que aún no habían introducido en un Juego a los uscos, por no saber cómo. Todos los que se habían declarado vencidos y habían dado a los uscos por imposibles me cargarían en andas, incluyendo a mis jefes. Dentro de mi cabeza ya sentía las felicitaciones y saboreaba la victoria de antemano.

Pero apartando mis ideas sobre el futuro, en ese mismo momento había varias cuestiones de simple curiosidad que siempre quise saber acerca de los uscos y no requerían cooperación para averiguarse. Quizás el granjero se aviniese a otros negocios.

—¡Oiga, 50 transas más! ¡Voy a acercarme a tocarlo! —Tuve que gritar, porque ya estaba lejos.

El granjero se encogió de hombros. —¡Sírvase usted! ¡Pero no he visto dinero aún!

Saqué las monedas de mi bolsa y las coloqué en un sobre plástico. —¡Aquí tiene 150! ¡El resto, si gana la apuesta! —Tiré el sobre en el suelo, no sin cierto regocijo al pensar en cuán barato me saldría este triunfo, aproximé el slider al chico grande. Las sienes me latían de emoción cuando me puse en pie, cuidando quedar en buena perspectiva contra el usco—. Gayda, muñeca, haz que este cilindro inteligente luzca mejor que yo, si es posible.

—Me vuelves a llamar muñeca y te filmo el culo por dentro.

—¿De verdad? ¿Tanto te gusta?

Ella sólo gruñó. En situaciones normales, mi orgullosa camarógrafa me habría comido vivo por hacerme el simpático con ella, pues proviene de un planeta muy matriarcal, pero estaba absorbida por el usco. Gayda también comprendía las posibilades, para ella, para mí, y para todos, y se concentraba en su parte del asunto.

Lo toqué. Puse mi palma sobre la superficie. Presioné. Deslicé mi mano suavemente. No sentí nada, sólo la resistencia. Olí. Los olores agrícolas que nos rodeaban, el de mi cuerpo, el plástico caliente del slider, la excitación de Gayda; no más. Me quedaba una sola cosa, y descubrí que también carecía de sabor. Todo muy lógico. La blindada piel de los uscos no liberaba materia de ningún tipo. Bajo ninguna clase de ataque. A estas alturas no se había podido analizar ninguno, por la imposibilidad de tomar muestras o recoger restos. Ni siquiera de especímenes muertos, porque nunca se había sabido de alguno. Según el reducido conocimiento humano sobre ellos, un usco era un gran pedazo de algo existiendo allí.

Quedaba por mí cambiar eso, y de paso hacerme de fama y fortuna, o al menos de una carrera exitosa. Volví a llamar al hotel. —Inge, vieja bruja. —En realidad mi productora es preciosa—. Encontré a un chiquilín. Este servirá. Está trabajando. Ven con todo. —Y estaba seguro. Lo sentía con mi órgano del éxito. Para participar a Inge de mi euforia, activé la imagen y apunté el ojo del telecom al usco.

Gayda paneaba con lentitud precisa. Me dejé caer al lado suyo, sonriendo seductoramente. Debía ensayar y estudiar mi imagen para cuando saliera en el reportaje. —Gayda, mu...jer, dime cómo me veo —inquirí—. Por la cámara, quiero decir.

—Como siempre.

—Eso no significa nada.

—Yo, personalmente, miraría las zonas marginales del holo.

—Tú debes ser, definitivamente, una de esas chicas que miran las noticias por otra cadena.

—Eso mismo.

Por supuesto, no todo el mundo pensaba de la misma forma sobre mí, de lo contrario no sería reportero y presentador estrella. Al nivel de sector estelar, al menos. Y pronto llegaría a mucho más. Yo sería famoso en toda la galaxia por establecer contacto con una especie inteligente, y aquí en este planeta en particular me haría muy apreciado. Los colonos libres de Tauma Tau tenían que convivir con los gigantes flotadores, y una apertura en la comunicación daría camino a mejores relaciones. De seguro los humanos podrían construir edificios fuera de las ruinas uscas y no temerían que un indiferente cilindro volador de paso se los derribase. Tampoco tendrían que apresurarse a sembrar un campo para que unos artistas de 40 toneladas lo descartasen como estudio. Ni dar kilómetros de vuelta cuando una parejita se situase en una carretera de montaña a ver el crepúsculo. En resumen, se librarían de muy pesados problemas.

Mientras yo pensaba en todo esto el usco había cambiado su técnica de trabajo. Ahora se le había acabado el basalto, y le añadía material de sí mismo a su obra de una forma que ya estaba documentada. Aplicaba su trompa, creaba un coágulo de materia adherida en la zona, estiraba la proboscis, ésta se rompía, y nuevo basalto del más común y corriente. Los fisicoquímicos ya ni se preguntaban cómo. Lo interesante era que, según mis datos, al cabo de un tiempo tendría que "comer”; incorporar sustancias a través de una vacuola. Probablemente le haría un pozo al granjero.

Me había olvidado por completo del tipo. Él seguía trabajando, y ya tenía mucho avanzado, pues estaba a buena distancia del punto donde comenzara. Debía estar colocando algún obstáculo al paso de intrusos. Claro que de seguro estaría pensando en humanos, no en los uscos, imposibles de detener.

El trabajo del granjero fue inútil por completo, porque el cóptero de transporte llegó volando. Todos lo observamos llegar y descender lentamente. Todos, menos el usco. Él no se inmutó ni cuando vio aterrizar el enorme aparato a apenas 10 metros de su obra. Es conocido que si alguien afecta de algún modo una escultura usca, el artista vuelve al lugar y la repone o repara cuantas veces haga falta, pero nunca hace nada por protegerla antes del daño. En cuanto a su propia seguridad... cualquier cosa capaz de amenazar a un usco era incapaz de tomar tierra en un planeta.


Ilustración: Luis Di Donna

El granjero corría hacia nosotros, histérico, gritando, empuñado y activado el stumper. Pero los primeros en salir del transporte fueron los Fuerza de Orden. Bien armados. Él se dejó caer de rodillas poco antes de llegar. —¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! ¡Me van a pagar esto!

Uno de los Fuerza se le acercó con un ck-lector en la mano. —¿Es usted Olioni Chepubu, propietario de la parcela 3763 del área agrícola 9? —El granjero no dio señal de nada—. Es mi deber informarle que mediante acuerdo entre Recursos Bomoni, las autoridades de Tauma Tau y Commoditas Basque se cede a la última todos los derechos de orden público en esta área hasta que la voluntad expresa de alguna de las partes rescinda el acuerdo. En virtud de la cesión, Medios de Commoditas Basque expropia el terreno temporalmente. También debe saber que Commoditas Basque indemnizará todas sus pérdidas.

El agricultor se paró, tomó el ck-lector, caminó hasta el sobre que yo había tirado, lo recogió... y se dejó caer a sí mismo sentado. Justo ya brotaba del transporte un ejército de equipo técnico necesitado de mucho espacio. Y de último, pero no menos importante, Chibbas Juárez, el artista mejor pagado del Imperio. Y me hizo el honor de dirigirse directamente a mí, lo cual afortunadamente Gayda estaba filmando. —¡Hola, Ciro, querido amigo! ¿Qué tal va nuestro pequeño proyecto?

—Todo se desarrolla según el plan que te describí cuando generosamente aceptaste mi invitación a participar, Chibbas. —Participar generosamente por 300.000 transas y toda la publicidad de Commoditas Basque—. Puedo garantizarte que no vas a confrontar ningún problema.

Juárez me sonrió. Pero sus dientes querían morderme, estoy seguro. La culpa era suya, por intentar arrebatarme piltrafas de celebridad. —Magnífico, Ciro. ¿Pero por qué no me presentas a la hermosa dama?

—La dama está con la cámara, Chibbas. ¿Cómo te ha ido hasta el momento en Tauma Tau?

—Bien. Y he tenido la interesante experiencia del primer hotel subterráneo de todos mis viajes.

—Esa curiosa circunstancia se debe, Chibbas, a que el Tauma Velvet está construido fuera de las ruinas de una antigua ciudad usca, y nuestros espectadores deben saber que los uscos vagabundean por cualquier área excepto las ruinas, y el efecto de su vagabundeo puede ser devastador para cualquier edificación que sobresalga más de 30 centímetros del suelo. Ellos simplemente la pasan de lado a lado, como amargamente aprendieron los primeros colonos.

—Supongo que eso influye mucho en la arquitectura —intentó Chibbas—. Veo que también afecta la agricultura. Esto es un campo de cultivo.

—Pertenece a un colono que se atrasó en la siembra, Chibbas. Se sabe que los uscos sólo entran en campos en los cuales no ha crecido nada aún. Tienen cierto respeto por las plantas de todo tipo. De hecho, la única protección contra los uscos es una cortina de árboles.

—¿Protección? ¿No se supone que sean enteramente inofensivos?

—De intención son inofensivos. Pero cuando pasean o se aparean pueden ser arrasadores sin quererlo, ni evitarlo tampoco. También sus peleas son peligrosas. Combaten, aun no sabemos por qué motivos, y lo hacen con pulsos gravitatorios. —Yo lo sabía todo sobre los uscos y podía dar una conferencia a cualquiera en cualquier momento. Era importante que se me viese informativo y conocedor en el reportaje, para así vincular mi imagen con el tema en los espectadores—. Pero no temas, Chibbas. Son seres lentos. Su velocidad máxima es de diez kilómetros por hora, y les toma un minuto llegar a eso. Podemos reaccionar a tiempo.

—Pero lo más importante es que todos son artistas natos. —Era su carta final para robarle importancia a mis conocimientos—. ¿Verdad, Ciro? Como yo, por ejemplo.

—Cierto, Chibbas. Esculpen. Cualquier estilo reconocible. Realismo, expresionismo, estilización, abstracto, retrato, grupos, relieve. En muchos materiales. Roca, barro, nieve, arena, madera. También trenzan mimbre y junquería. Y se ha reportado lo que pudiera llamarse muralismo y tapicería. Son grandes estetas. Se especula que se regalan mutuamente puestas de sol.

—Se acabó el ck —interrumpió Gayda—. Esperen a que ponga uno nuevo. Descansen un poco, si quieren.

Sonó mi telecom. Era el jefe de equipo. Ya habían armado todo el tinglado y estaban listos para el gran número. —Chibbas, viejo amigo, van a sacar a tu nene.

La panza del transporte se abrió con lentitud efectista. Ya bajada la rampa emergió de la oscuridad un gran plato de carga. Sobre él, un magnífico bloque de 20 toneladas de mármol níveo de Fambull. Él solo era un cuarto del presupuesto de todo esto. El plato de carga rodó hasta 2 metros de la obra maestra del usco, activó su gravogrúa, y colocó el carísimo pedazo en tierra. Inmediatamente lo rodeó un andamio automático. Chibbas sacó del mono de trabajo su herramienta universal, que pulía, cortaba y perforaba, se puso el casco con respirador, y saltó sobre el mármol.

Los 20 técnicos estaban todos en suspenso, hasta las maquillistas. Gayda no decía palabra. El granjero no miraba. Chibbas, metido en su arte. Yo esperaba. Un minuto, cinco. Diez. Quince, veinte. Comencé a sudar. Chibbas ya estaba adelantado en su trabajo, pero el usco no mostraba interés en el otro artista ni en su obra. Seguía creando, afanosamente quizás. Sólo paró de esculpir en el minuto 24, segundo 49, décima 4. Entonces se detuvo, quieto. Y el milagro. Giró su trompa en dirección al bloque de mármol, del cual ya emergía un contorno humano. Y la trompa creció. Se estiró hasta hacer contacto.

—¡Gayda, toma eso, por la Llama del Eterno! —grité al oído de mi camarógrafa—. ¡Criatura! ¿Lo tienes?

—Sí, lo tengo. Pero no me muevas.

El usco convirtió su trompa en una pala de hoja fina, finísima, y recortó la mitad superior del mármol, llevándose de paso los soportes del andamio. Chibbas dio con sus huesos en el suelo. La pala englobó la sección, el alienígena la recogió, y el bulto cuadrado se movió a lo largo del apéndice hasta perderse dentro del cuerpazo.

No lo pude soportar. Salté del slider y corrí a golpear al usco. Le di puñetazos, lo pateé, intenté morderlo. Lo insulté. Hablé horrores de su raza y de su planeta. Él se tragó 100.000 transas más de mármol níveo de Fambull, y mi carrera, y mi futuro. No sé cuánto tiempo más estuve fuera de control, pero cuando me recuperé ya el transporte se había ido, presumiblemente con todo el equipo. Sólo quedaban Gayda en el slider, el granjero, y el sucio pedrusco de mierda. Supongo que todos los interesados en el éxito le hacen rápidamente el vacío a quien lo pierde.

El granjero estaba cerca de mí. Él también estaba molesto. —Dígame ahora para qué me hizo perder todo el trabajo de este campo con este show. Aparte de para hacerse famoso.

—Hombre, yo intentaba comunicar dos especies inteligentes. Y de paso, tener el crédito.

—¿Y para qué?

—¡Comunicación, señor, comunicación! ¡Hasta usted debe comprender eso!

—Pero no veo la necesidad.

—¡Para ustedes mismos, que viven aquí! ¡No saben nada sobre los uscos, y tiene uno plantado en su campo! —Y quizás tendría otro mañana, y pasado mañana, y eternamente.

—Plantado no, flotando. Ya se irá.

—Y usted jamás sabrá nada sobre él.

—Maldita la necesidad que tengo de perder tiempo en saber más sobre él.

Vi rojo. El granjero estaba cuestionando la necesidad misma del Contacto. —¿Y ahora mismo qué sabe, tipo listo?

—Que es inofensivo. Y que él sabe que yo soy inofensivo para él.

—¿Como una planta y otra, verdad?

—¿Me estás queriendo insultar, chiquillo rico? Voy a meter este stumper en tu oreja y vas a pensar que todo tu cráneo es una campana.


Ilustración: Valeria Uccelli

Gayda se rió. Y no paró de hacerlo cada vez más fuerte, hasta caer en carcajadas. Ambos la miramos con ojos turbios de ira. —¡Ya, ya! —nos dijo cuando pudo hablar, pero aún entre risas—. Perdónense mutuamente. Los dos tuvieron un mal día.

Yo no estaba listo para eso todavía. —Usted ni siquiera siente la curiosidad de hablar con alguien de otra especie inteligente. Ni siquiera se pregunta en qué podrían ayudarse el uno al otro. Qué podrían intercambiar. En qué podrían mejorar la vida el uno del otro. ¿Ni siquiera las razones prácticas? ¿Ni siquiera pedirle que tome en cuenta la propiedad ajena cuando vagabundee por ahí?

Entonces el granjero me sorprendió sonriendo de oreja a oreja. —Ah, bueno. Usted quiere convertirlo en algo cómodo. También sacarle algún provecho, de paso. Haberlo dicho. Bueno, pues como mismo ellos no hacen daño intencionalmente, y eso se lo aseguro, tampoco quieren hacernos ningún favor. Eso me basta.

—Los uscos nos ignoran. ¿No le molesta eso? ¿Al menos?

El granjero chasqueó la lengua y puso una expresión pensativa. —Algunos días, por la mañana, cuando el café queda malo. Pero si quisiera hacer algo acerca de eso, jamás esperaría la colaboración de un usco. Además no veo qué pudiéramos hacer que le diese algún interés en nosotros o en lo que podamos hacer. Él vino aquí a poner su piedrita. De paso, gané mi apuesta.

Para darle la razón, el maldito, indiferente, inconmovible usco seguía, seguía tallando su obra maestra.



Juan Pablo Noroña

Juan Pablo Noroña, nacido en La Habana, Cuba, cosecha del 73. Filólogo, lector y escritor de cf, pero, en sus propias palabras, aborrecedor del cypunk y la niu weif. Su actividad actual consiste en corregir estilo en una emisora de radio de su ciudad natal. Axxón publicó sus relatos "Hielo” (N° 136) e "Invitación” (N° 140). "Hermano cósmico” acaba de aparecer en Erídano, un especial de Alfa Eridiani dedicado a la cf cubana.


Axxón 142 - Septiembre de 2004

            

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