EL ARCHIVO MAGGI

Martín Cagliani

Argentina

La peor manera de enterarte de algo malo es que te lo diga alguien que no tolerás. Ayer a la mañana vino el hijo de puta que más odio en el mundo a darme la peor noticia que alguien me podía dar.

Yo estaba en el trabajo, sentado frente a mi escritorio, revisando unos documentos. No hacía quince minutos que había llegado. Serían las nueve de la mañana como mucho. Gloria, mi jefa, me miraba desde la otra punta de la habitación, expectante. Se había perdido el archivo Maggi, y si no lo encontraba entre esa pila de documentos, estábamos todos fritos. Yo sabía que no existía ni la más mínima posibilidad de que el archivo Maggi estuviese en alguna de las cajas de documentos "ocultos". Se suponía que yo era un experto en Maggi, pero hacía seis meses que John Maggi había sido asesinado. Nadie me había dicho que el caso debía seguir abierto. Yo había guardado el archivo en las cajas de documentos "oscuros", pero por alguna razón lo debían haber movido, y nadie me había avisado. El estúpido Archivador tenía la costumbre de ponerle un código a los CDs que guardaban la información. Y como era un "experto", nadie lo podía contradecir. Yo odiaba eso, porque si el tipo no estaba, nadie podía encontrar nada en el Archivo.

Gloria me dijo cuando llegué: "Rosentani, el Archivador se murió. Maggi está vivo. Encuentre el archivo Maggi, que debe estar en esta caja". Yo casi me cagué en los pantalones cuando me dijo que John Maggi estaba vivo, y peor, que el Archivador estaba muerto. "Si alguien se entera de lo que le hicimos a Maggi, estamos todos fritos. Y sabe muy bien lo que digo", me había susurrado Gloria al oído.

Tantos años estudiando su caso me habían hecho tomarle cierto aprecio a Maggi. No quería encontrar su archivo. Estaba seguro que debía de estar en la caja de documentos "oscuros", a no ser que el idiota del Archivador lo hubiese movido a la caja de "ocultos" cuando, supuestamente, habían matado a Maggi.

Ahí estaba yo, inmerso en esa caja horrible de cartón medio podrido (¿cómo podían guardar los CDs en esas cajas?) cuando llegó el mal parido ése a darme la noticia. Se asomó por la puerta de entrada al sector de escritorios. Era un lugar muy feo para trabajar, realmente. Cuarenta escritorios uno casi pegado al otro, en cuatro filas de diez. Yo estaba en la última fila y era el de más a la derecha.

El tipo era alto, y siempre andaba de traje. Usaba el pelo bien corto, lo que resaltaba las profundas entradas que tenía en su frente. Venía caminando hacia mí con cara de afligido. Recuerdo que me pregunté, muy molesto: "¿Qué hace este reverendísimo hijo de puta acá?". Llegó hasta mi escritorio y se quedó unos segundos mirándome. Yo lo miraba con ojos de furia; si hubiesen pasado unos segundos más creo que lo agarraba a trompadas.

—Siento ser yo el que te lo diga... tu celular no anda, así que vine yo personalmente a darte la noticia. No quise mandar a otro... Fue hace unas horas... —me dijo, aspiró profundamente por la boca y se quedó en silencio mirándome.

—Hablá, rubio —le dije.

—Bamby... se nos fue, loco.

Vi como el rubio maricón ese me sacaba el corazón, lo tiraba al piso, lo pisoteaba todo y después se comía los pedazos. Me quedé helado. Miles de recuerdos de mi Bamby pasaron delante de mis ojos tan rápido... pero tan detalladamente. El Dogo me miraba, como queriendo abrazarme para consolarme. Eso me sacó de golpe de mi estado de shock.

—Ni se te ocurra, rubio de mierda. ¿Qué pasó? ¿Cómo que se nos fue? ¿Te dejó? —pregunté, sabiendo que la respuesta era que el amor de mi vida, la luz de mis ojos, la llama que me mantenía vivo... se había muerto.

—No seas así, Mago, no en este momento. La mataron a balazos... No se sabe bien qué pasó. Los testigos dicen que no fue un asalto, sino que un tipo la estaba esperando en la puerta de casa y la llenó de balas. Yo estaba duchándome, viste que ella siempre sale... salía temprano a correr. No sé. No entiendo nada. La policía dice que sería un loco. Pero... ¿por qué a Bamby? —me dijo con los ojos llenos de lágrimas. Casi que sentí ganas de consolarlo.

—No seas llorón. ¿Recién ahora me avisás? —dije, y justo llegó Gloria junto a nosotros. No la vi venir.

—¿Qué pasa, Rosentani? ¿Haciendo sociales en horario de trabajo? Vamos, que hay mucho que hacer —dijo mirándome de reojo, con cara de pocos amigos.

—Falleció mi... —lo miré al Dogo— más querida amiga. Este hombre es su marido, me trajo la noticia.

—¿Y? ¿No querrá irse al velorio no? Con todo lo que tiene para hacer —me dijo Gloria, señalando la pila de documentos con la nariz.

El Dogo se quedó de una pieza al ver semejante despliegue de falta total de sentimientos humanos. Pobre, era un dulce el tipo. Persona más buena no podía existir sobre la tierra. Sabía que yo lo odiaba con toda mi alma, y sin embargo me tenía aprecio. Se bancaba todo lo que le decía como si fuesen halagos. Lo vi ahí, destrozado. Él también amaba a Bamby como a nada en el mundo. Por un momento dejé de lado mi odio hacia él y sólo sentí lástima. Él jamás comprendería lo que mi jefa acababa de decir. Para él, yo tenía un simple trabajo de oficina. "¿Qué había más importante que la muerte de un ser querido?", seguro estaría pensando. Pobre iluso, si supiera las cosas que ocurren a espaldas de la gente... "normal".

Lo miré al Dogo intentando poner cara conciliadora, y le dije a Gloria:

—No se preocupe, Gloria. Enseguida termino con este tema personal, y retomo mi trabajo.

Ella me miró unos segundos, le dirigió una mirada de desprecio al Dogo y se fue con el aire de superioridad que siempre tenía, como si fuese de dos metros de altura, y en realidad apenas si medía uno cincuenta. El Dogo me miraba sin entender nada.

—Dogo... Nunca vas a comprenderlo, pero no puedo dejar mi trabajo. Aunque no lo creas te agradezco infinitamente que vinieras a avisarme. —Le pedí que me dijera dónde la iban a velar. Pero resulta que como tenían que hacer la autopsia faltaban como doce horas para el velorio. Me daba tiempo de terminar con el asunto Maggi, o eso creía. Ese rubio bonachón de dos metros de altura me había robado el amor de Bamby; me había robado el corazón. Y ahora lo había hecho pedazos ante mis ojos.

Con los años aprendí a vivir sin el amor de Bamby. Pero en ese momento no podía pensar cómo sería la vida sin ella en el mundo. No podía concebir un mundo sin Bamby. Sin esos ojos color miel. Esa piel tan blanca. Esa voz más dulce que el néctar. Su sonrisa eterna. No podía creer que no podría tener más todo eso. Cuando me di cuenta, nos estábamos mirando fijamente pero sin vernos con el Dogo. Los dos inmersos en profundos recuerdos.

—Me voy Mago. Tengo muchos trámites para hacer. —Me dio una tarjeta—. Llamame al celular. —Me miró en silencio unos segundos; yo no dije nada—. No podés faltar al ritual, Mago. Ella lo pidió. Teníamos que estar los dos. Nada en el mundo puede ser más importante que eso, Mago. —Su rostro estaba serio.

—Ahí voy a estar, Dogo. —Miré el reloj: nueve y veinte—. ¿Te llamo a las tres de la tarde?

—Sí. Ya voy a tener todo organizado. Supuestamente en doce horas me dan... —se largó a llorar y entre sollozos dijo—: su cuerpito.

—Dogo... —dije, y aspiré profundamente por mi nariz—. Esto no puede quedar así. La tenemos que vengar.

—Callate. Sería un drogadicto, jamás lo encontraríamos. Aparte que está mal hacer eso. La policía se va a encargar.

No pude más que sonreír para mis adentros ante la ingenuidad del pobre rubio grandote ese. La policía, ja. Me saludó, lo saludé, y se fue. Gloria me miraba desde la otra punta. Me señaló su reloj.

Por unos segundos me olvidé de Bamby, y pensé en volver al trabajo. Pero no pude. Me senté e hice como que removía los documentos. Saqué algunos CDs y los puse en la computadora, pero ni me fijaba en los archivos. Aparte que no podía dejar de pensar en Bamby, estaba convencido que el archivo Maggi no podía estar en esos CDs. Se me mezclaron el yanqui John Maggi y mi Bamby en la memoria, y esa mezcla me produjo un flash. Como si me hubieran golpeado con un puño en la frente, me vino una loca idea. Imaginé al diminuto John Maggi asesinando a balazos a Bamby.

"No puede ser", pensé. ¿Por qué Maggi querría asesinar a Bamby? Él ni sabía de mi existencia, y menos podría saber de Bamby. Hacía seis años que no éramos pareja. Abrí el primer cajón de la izquierda; ahí guardaba una foto de ella. No nos dejaban poner cosas personales sobre el escritorio.

Que hubiesen matado a Bamby de esa forma era totalmente descabellado. O sea... ¿a qué persona normal la matan así a balazos en la puerta de su casa? A nadie. La mafia mata así; en las películas. No podía sacarme a Maggi de la cabeza.

John Maggi había sido un asesino a sueldo del Instituto por muchos años. Se encargaba de atar los cabos sueltos que dejaban los investigadores. Yo era un simple analizador cuando Maggi trabajaba para el Instituto. Muchas veces lo había visto entrar y salir de la oficina de Gloria, hasta que una vez entró, pero no volvió a salir. Nunca supe por qué lo habían "dado de baja". Dos años después de ese episodio, me llega a mi escritorio un archivo para analizar. Ya era un jefe analizador para esa época. El archivo tenía un código, como todos. Pero en esa época todavía usábamos papel para guardar los archivos. Dentro de la carpeta el título del archivo decía: Maggi.

Yo ni me acordaba del asesino supuestamente dado de baja, ya que ni el nombre me sabía antes de leer el archivo. Ahí estaba toda su vida. Lo primero luego de la hoja del título era una foto grande de él. Ahí recordé de golpe de quien se trataba. Era un hombre bajito, apenas si un poco más alto que Gloria. Era extremadamente delgado. Cabeza toda pelada. Su rostro parecía una calavera, ojos hundidos, pómulos salientes. Las mejillas tan chupadas que se le marcaban los dientes en la delgada piel de su rostro. Que era casi traslúcida, se le notaban todas las venas, y tenía muchas manchas solares.

Había sido enviado por la central del Instituto en Estados Unidos; del mismo lugar había llegado la orden de darlo de baja. Estaba todo en el archivo. Pero al parecer acá en Buenos Aires no habían hecho caso de la orden. Había sido caratulado como "sujeto de experimentos". Un informe con la firma de Gloria decía que era el sujeto perfecto para experimentar una nueva droga que los investigadores estaban desarrollando. Yo sabía que en Buenos Aires no teníamos permiso más que para hacer experimentos sociales: ver las reacciones de la gente ante el asesinato de un periodista. Ligarlo a un empresario controvertido. Luego simular el suicidio del empresario. Ese tipo de experimentos pedían desde la central del Instituto en Houston, Estados Unidos.

Pero en el archivo estaba todo documentado como si fuese lo más normal del mundo. Yo soy antropólogo. Mi trabajo era analizar las investigaciones llevadas a cabo por los investigadores. Yo debía analizar antropológicamente los informes. Para los estudios de campo estaban los investigadores. Jamás conocí a uno personalmente, y firmaban los informes con iniciales, a veces con números. En ese momento no supe por qué me entregaron el archivo Maggi a mí, que no entendía nada de drogas. Yo me limitaba a analizar la conducta del sujeto durante los experimentos, pero eso lo podría haber hecho mejor un psiquiatra.

Ese archivo fue mi material de estudio durante años; me lo sabía de memoria. Los experimentos que se habían llevado a cabo en ese pobre hombre habían durado seis años. Luego lo habían "exterminado", o eso decía en los informes que yo había analizado. No entendía cómo Maggi podía estar vivo. Y si estaba suelto por las calles, sería muy peligroso luego de las cosas que le habían hecho.

Gloria sólo me había pedido el archivo. Ella sabía muy bien que yo estaba más que familiarizado con el archivo Maggi, pero no me había hecho ni una sola pregunta. Ni me había dado más información que la muerte de Maggi y del Archivador.

No podía dejar de pensar en Bamby. Gloria ni se había inmutado cuando escuchó que mi más grande amiga se había muerto, pero ella era así: un cubito de hielo, o mejor dicho todo el freezer. Así que no se me ocurrió seguir ligando la muerte de Bamby al caso Maggi.

En eso, mientras simulaba revisar los CDs, me quedé de piedra. Ahí estaba, uno con el código 15-11-29-7-666. ¡El archivo Maggi! Me sabía el código de memoria. El idiota del Archivador lo había movido nomás. Pero si Gloria lo sabía y yo no, significaba que alguien más había estado analizando ese caso luego que yo lo diese por concluido a la supuesta muerte de Maggi.

¿Por qué ahora estaba en la caja de documentos "ocultos"? El experimento debía de haber seguido. Seis meses. Ese tiempo había pasado desde la supuesta "exterminación" de Maggi. ¿Qué le habían hecho en esos seis meses? ¿Cómo se había escapado del Instituto? ¿Lo habían dejado salir ellos? Tantas preguntas me atormentaban en ese momento que no la vi llegar. Gloria estaba ahí parada frente a mí. No había dejado de observarme en ningún momento.

—Lo encontró —dijo, y me lo sacó de la mano—. ¿El archivo viejo en papel?

Yo la miraba en silencio. Me moría de ganas de leer los informes sobre estos últimos seis meses. Gloria me hizo un gesto de impaciencia.

—Fue incinerado cuando lo pasamos a CD.

—¿Es cien por ciento seguro eso? —dijo, poniendo la cara de costado, como para hacerme notar lo que me podía pasar si la respuesta era no. Asentí con la cabeza.

Me dio una sonrisa malévola, me dijo gracias y se fue. Me dio escalofríos verla sonreír, jamás lo hacía. Se encerró en su oficina y no volvió a salir hasta la hora del almuerzo. Le gritó algo al analizador que tenía más cerca, y éste apareció al rato con comida comprada. Yo seguí con mi rutina de hacerme el que trabajaba, pero no pude dejar de pensar ni en Bamby ni en el archivo Maggi.

A Maggi le habían hecho alucinar las cosas más horribles que pueda alguien imaginar. Se había mantenido de una pieza, si bien ya estaba loco desde antes. Su estado mental no empeoró por las horribles experiencias que le hacían alucinar con esa nueva droga. Pero hace unos siete meses, de golpe el tipo empezó a reaccionar mal ante las imágenes. Al principio enfrentaba lo que le apareciera. Pero en los últimos días se tiraba al suelo, ponía su cuerpo en forma fetal y empezaba a temblar.


Ilustración: Mauricio J. Schwarz

Realidad virtual le decían al experimento. Mediante esa droga podían lograr que Maggi viera lo que ellos querían. Pero por alguna razón, que jamás se dijo en los informes, sólo lo hacían interactuar con criaturas horrorosas y en situaciones en que cualquier ser humano normal se habría muerto del miedo. Maggi no se había repuesto de la última experiencia; y ya sin el efecto de la droga seguía alucinando cosas sin parar. Decidieron exterminarlo, o eso decía el último informe que yo analicé. Recién cerré el archivo Maggi cuando me llegó el acta de defunción del médico forense del Instituto.

Seguí pensando y recordando, tanto el caso Maggi como mi vida con Bamby. A eso de las tres de la tarde salí al vestíbulo a llamar por teléfono al Dogo, a ver si tenía noticias. Me dijo que la familia quería velorio; así que habría un velorio a las nueve de la noche, a la mañana siguiente sería la cremación. Y luego con el Dogo llevaríamos a cabo el ritual.

Cuando volví de hablar por teléfono Gloria estaba sentada en mi escritorio mirando mi computadora.

—A mi oficina, Rosentani, que tenemos que hablar —me dijo mientras miraba un archivo. Se levantó y enfiló hacia su oficina, sin mirar a ver si la seguía. Yo por supuesto iba detrás de ella, y entramos en su oficina.

—Como le dije, Rosentani, John Maggi está vivo —dijo Gloria, mientras miraba por la ventana que daba a la calle. Yo no dije nada—. Jamás fue exterminado. Eso fue una simple formalidad para ocultar el verdadero experimento que queríamos llevar a cavo. —Hizo silencio unos segundos, como buscando las palabras adecuadas, yo esperé—. Pero todo salió mal. El sujeto se volvió loco y no responde a nuestras directivas. Está suelto en la calle, sin dirección alguna. Puede ser capaz de hacer cualquier cosa. Usted sabe muy bien las alucinaciones que lo atormentan constantemente. Es imposible para él ver la realidad... Este experimento estuvo mal desde el principio, ya que no está permitido. Pero si salía bien iba a lograr que nos habilitaran para experimentar con drogas. Por alguna razón Maggi dejó de seguir las órdenes. —Me vio con ganas de hablar, hizo silencio y con un ademán me incitó a hacerlo.

—Supuestamente Maggi había dejado de obedecer y resistir las alucinaciones hace siete meses. Esa fue la razón de que se decidiera exterminarlo —dije.

—Ese informe también fue fraguado. Nadie debía saber que lo habíamos dejado libre en la sociedad. Es que... supuestamente no era libre, la droga lo ataba. La necesitaba y por ende nos necesitaba a nosotros. Y debía seguir nuestras órdenes. Pero... hace nueve días no acudió a recibir su dosis diaria, y ya no supimos de él.

—¿Quién estuvo analizando el experimento en estos seis meses? —pregunté, ante el silencio de Gloria.

—Amenabar. —Me miró en silencio unos segundos y dijo—: Está muerto. Presumimos que fue Maggi.

—¿Cómo pudo enterarse Maggi de quién analizaba su archivo? —dije, sorprendido ante la noticia.

—No lo sé.

—¿Estoy en peligro?

—No lo sé.

—¿Por qué querría Maggi asesinar a su analizador?

—No lo sabemos. Pero los rastros nos llevan a él. —Me miró en silencio unos segundos, y luego bajó la vista, como avergonzada—. Maggi usa unas balas especiales en su revólver. Las hace él mismo. Son de un material especial que le proveía el Instituto desde la Central. Creemos que lo tendría guardado en algún lado, junto con un arma. Y bueno... encontramos esas balas en el cuerpo acribillado de Amenabar. —Me dio una mirada desconfiada.

—¿Por qué estoy ahora en esta oficina? —pregunté. Ella me miró fijo.

—Esas balas —ya sabía lo que iba a decir, maldita puta— también fueron las que mataron a Bernarda Spina. —"Bamby", pensé, mirando con odio a Gloria.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? —dije, alterado.

—No lo sé.

—¡No saben una mierda!

—Tranquilo, Rosentani —me dijo. Por unos segundos me había olvidado con quién estaba hablando. Podía matarme ahí mismo si se le daba la gana—. No tenemos idea lo que está pasando por la mente de John Maggi. No sabemos qué es lo que persigue. Fue él quien mató al Archivador también. Aparte que no quiero que Maggi asesine a todo mi personal, usted puede ser de mucha utilidad, Rosentani. Es el único experto en Maggi vivo.

—¿Y los investigadores?

—Los mató a los tres.

—¿Cómo pudo matar a tanta gente en nueve días?

—Rosentani... no creo que se esté dando cuenta de la magnitud de este asunto. Esos asesinatos no tienen la más mínima importancia. Si no encontramos a Maggi y lo eliminamos antes que la Central se entere, nosotros vamos a ser eliminados. Toda la sección Buenos Aires del Instituto va a ser borrada de la existencia. Y usted sabe muy bien que no van a parar ahí, sino que van a borrar a todos los testigos, o sea... familiares. Maggi es muy peligroso, puede delatar todo el accionar del Instituto en Buenos Aires. ¡Casi cien años de historia, Rosentani!

—Pero yo soy un simple antropólogo. Corro dos cuadras y me desmayo, no tengo ni idea cómo se maneja un arma...

—Silencio. De esas cosas se van a encargar nuestros agentes. Lo que quiero de usted, Rosentani, es su cerebro. Usted se sabe a la perfección la vida de John Maggi. Conoce cada uno de los cientos de experimentos que le realizaron, y sabe exactamente cuáles fueron sus reacciones. Y lo que es más importante... usted es un analizador, Rosentani. Hace muchos años que trabaja para nosotros. Y sabe perfectamente cómo analizar los datos que los investigadores consiguieron. Yo leí sus informes, Rosentani, y no tengo idea de lo que quieren decir. No tengo idea de cómo pueden servir para encontrar a Maggi, pero usted sí, Rosentani.

"Me parece que ya sé que mi apellido es Rosentani", pensé. Tenía toda la razón, yo era un experto. Pero no sabía por dónde empezar. Me despachó a mi escritorio a pensar, con el CD del archivo Maggi. Apenas me senté no pude sacar a Bamby de mi cabeza. Abrí el cajón y miré su foto. Tenía que encontrar al tipo ése. Y lo tenía que hacer ese mismo día, ya que a la mañana siguiente sería el ritual. Podía faltar al velorio, pero al ritual no.

En el archivo Maggi había cientos de páginas. Yo me las sabía casi de memoria. Pero volví a leer todos mis informes. Leí los resúmenes mensuales de los experimentos. Escuché las grabaciones con los relatos que Maggi hacía de las experiencias. Pasé horas analizando y pensando. Gloria pasó esas horas hablando por teléfono. Debía estar coordinando a los agentes que estaban en la calle.

Estaba tan contracturado y cansado que me soné todos los huesos. Mientras estiraba mis brazos intentando tocar el techo, mi cuello sonó. Y vino a mí como una descarga eléctrica. John Maggi no estaba loco, o mejor dicho, no como nosotros creíamos. Maggi había sido reactivado por la Central del Instituto en Estados Unidos. Nos estaba eliminando, Maggi estaba limpiando a la sección del Instituto en Buenos Aires.

Allá en la Central tenían la nómina completa de todos los integrantes de esta sección, todos nuestros parientes, todos los posibles testigos. Corrí a contarle mi descubrimiento a Gloria, pero me detuve frente a su puerta. ¿Por qué simplemente no me iba corriendo? Me escapaba. Recuerdo que lo primero que me vino a la mente fue la imagen de John Maggi cazándome como a un conejo.

Gloria abrió la puerta y me miró desde abajo, desde su metro cincuenta de altura.

—¿Qué pasa Rosentani?

—Maggi fue reactivado —dije. Gloria miró para todos lados y me metió de un brazo dentro de su oficina. Tenía mucha fuerza.

—¿Qué? —dijo con cara desencajada.

Le expliqué toda mi teoría y la convencí. Se sentó en su sillón mullido, detrás del escritorio, y pensó durante un largo rato. Después me miró con ojos de resignación.

—Me tendrían que haber avisado, Rosentani. Esto no se hace. Veintinueve años le di al Instituto, y así me lo agradecen. —Yo no entendía nada. ¿De que estaba hablando?— Como jefe de sección merecía haber sido informada sobre la limpieza de mi sección. Para eso tengo mi píldora. Un jefe de sección no puede ser eliminado, se le tiene que dar la posibilidad de terminar con su propio contrato.

—¿Qué contrato? —grité yo—. Salvémonos. Traiga a todos los agentes al edificio, podemos enfrentarnos contra Maggi.

—No sea estúpido, Rosentani. —Tenía un aura de sabiduría que la envolvía por completo—. Maggi es uno más de los peones del Instituto. Nadie escapa del Instituto. No se olvide que ponemos bombas y asesinamos gente para ver como reacciona la sociedad. ¿Le parece que no lo van a hacer para dar de baja la sección Buenos Aires? Vaya al velorio de su novia, Rosentani. No quiera escapar. No va a poder. —"No es mi novia", pensé. "Ya no".

Abrió un cajón del escritorio, agarró algo. Se lo metió en la boca y bebió agua del vaso que tenía en el escritorio. Pasaron unos pocos segundos antes que su pequeña cabeza pegara contra las hojas que había sobre el escritorio. Gloria estaba muerta. Salí corriendo, y ya estaba bajando por la escalera, cuando me acordé de la foto de Bamby. Volví a buscarla. Después me fui, corrí, y corrí. La gente me miraba por la calle, yo estaba agotado pero no paré de correr.

Me metí en un barsucho, pedí el teléfono y llamé al Dogo. Casi no podía hablar de lo agitado que estaba.

—¿Qué pasa Mago? No me asustes —me dijo.

Yo logré calmarme y medio entrecortado le dije:

—Dogo, estoy metido en un quilombo que no te das una idea. No me hagas preguntas, pero es cuestión de horas para que me maten.

—¿Quién te quiere matar?

—Callate. Me tenés que aguantar en algún lado seguro Dogo, tengo que aguantar hasta el ritual. No puedo faltar al ritual.

—Estoy en la casa de mis viejos Mago, venite para acá. ¿Te acordás la dirección?

—No

—Riobamba 297. 6° A —alcanzó a decir y le corté.

Al salir del bar miré para todos lados por si Maggi me estaba siguiendo. No vi nada. Estos yanquis hijos de puta no tenían el más mínimo problema en asesinar a toda la sección. Y lo peor de todo es que capaz que tenían investigadores estudiando la reacción de la gente ante estos asesinatos. ¿Qué sección nos estaría estudiando? ¿Rosario? ¿Córdoba?

Llegué al departamento de los padres del Dogo y no volví a salir hasta la mañana siguiente. No fui al velorio. A las nueve de la mañana de hoy fuimos todos juntos a la cremación de Bamby. Yo trataba de estar siempre rodeado de gente, para que nadie pudiese identificarme. No presté la más mínima atención a la ceremonia. Cuando nos dieron la urnita con las cenizas de Bamby nos fuimos con el Dogo a cumplir con el ritual.

Bamby siempre había dicho que quería que sus cenizas fuesen devueltas a la tierra. Pero no en un entierro común y corriente. Ella quería un ritual especial. Con el Dogo fuimos a un terrenito que Bamby tenía preparado para esta ocasión. Estaba a unos ciento cincuenta kilómetros de la ciudad. Era un amplio terreno, de una hectárea, lleno de árboles. Sólo el centro estaba libre de árboles, ya que estaba destinado al ritual del retorno a la tierra. Bamby se reía mucho cuando contaba los pormenores del ritual, lo había inventado ella totalmente, pero nos había hecho jurar, una noche, antes que el Dogo me la robase, que lo seguiríamos si ella moría antes que nosotros, y nosotros dos también deberíamos ser "enterrados" de ese modo.

Llegamos muy rápido con el auto del Dogo; yo no dejaba de mirar hacia atrás por si nos seguían. El Dogo jamás preguntó qué estaba pasando. Cruzamos el pequeño bosquecito y llegamos al centro. Entre los dos cavamos un pozo de un metro de profundidad. El Dogo trajo el roble que había comprado. Esparcimos las cenizas de Bamby por el hoyo y leímos unos pasajes de nuestro libro favorito, El Señor de los Anillos, y algunos de otro libro del mismo autor. Luego escribimos su nombre en un papelito y los dos dejamos en ese papel unas palabras para ella. El papel debía ir al fondo del pozo, y el roble encima. Lo plantamos y cubrimos el pozo. Nos miramos con el Dogo; los dos estábamos llorando a lágrima tendida.

Yo me olvidé del asunto Maggi hasta que volvimos al auto. Ahí le pedí al Dogo que me prestara su auto, yo lo dejaría a él en alguna parada de micros. Tenía que escapar. Pero de repente se me cruzaron las palabras que me había dicho Gloria: "Nadie escapa del Instituto". Le dije que se fuera, que yo volvería por mis medios y me quedé ahí en el bosquecito de Bamby. Ella quería que fuésemos enterrados ahí. Así que decidí esperar a Maggi en este bosquecito. Si no llega en un día, es porque logré escapar. Para este momento ya debería saber que me había ido corriendo del Instituto y que Gloria se había suicidado.

A un profesional experto como Maggi no le llevaría mucho tiempo encontrarme. Acá estoy, escribiendo esto a las apuradas y sin fijarme en el lenguaje ni en las incoherencias, en la notebook que le pedí al Dogo. Hace ya seis horas que espero a Maggi. No creo que tarde en llegar, la última batería de la computadora se está por terminar. Espero, Dogo, que me entierres acá, y al remover la tierra encuentres esta computadora y que no tardes mucho o se va a pudrir. Son muchos peros. Quién va a creer esto, si sólo hubiese tenido más tiempo para contar sobre el accionar del Instituto.


23 de septiembre de 2003 - 16 de julio de 2004


Martín Cagliani

Martín Cagliani nació en el 74. Estudió Antropología e Historia y también Guión de Cine y Televisión. Se dedica a escribir desde hace apenas unos 3 años, aunque siempre tuvo la manía de inventar historias en su cabeza. Es un lector empedernido. Publicó muchos artículos de historia y periodismo científico, algo a lo que se dedica esporádicamente. Ya han aparecido dos cuentos suyos en antologías y va por más. Dirige Golwen, un e-zine inclinado a lo fantástico.


Axxón 143 - Octubre de 2004

            

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