LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Fabio Ferreras

Argentina

—Estuvo bastante cerca, pero no lo suficiente.

Eso fue lo primero que alcancé a escuchar, mientras me ocultaba silenciosamente tras el barril. Luego del largo camino recorrido (un viaje del que no guardaba ningún recuerdo) me sentí cansado, desfallecido, casi incapaz de pensar. Así que me limité a seguir oyendo la conversación.

—Necesitamos más que eso, lo necesitamos todo —agregó la voz—. La Verdad que nos diste no nos alcanza.

Asomé un ojo por un lado del barril. Allí enfrente había dos tipos gordos, calvos, vestidos con mugrientas camisetas sin mangas y pantalones de cuero abiertos en mitad de la pantorrilla; sus hombros anchos relucían de grasa. Entre ambos, tirado en el piso, un hombre del que no pude distinguir mayores detalles debido a la distancia o la penumbra. Estaba acurrucado, igual que yo, pero bañado en lo que imaginé sería su propia sangre, puesto que los otros no parecían heridos. Le habían arrancado la oreja izquierda. La reconocí a unos tres metros de distancia de mí, caída en el piso como un plato invertido.

—Necesitamos lo absoluto y definitivo. Tus mentiras no nos satisfacen —insistió la voz. Y entonces, dirigiéndose a su compañero, dijo—: La otra oreja.

—¿La derecha? —preguntó el más bajo de los dos, absurdamente sorprendido.

—Claro. ¿Cuántas creés que tiene?

El interpelado se limpió la navaja en la pernera del pantalón; quedó marcada una traza recta y roja, indeleble, justo por debajo del vientre fláccido. Avanzó un paso y se detuvo, vacilante. Pareció que la indecisión le cruzaba la mirada, pero sin duda fueron simples ideas mías. Los Castigadores carecen de alma (porque eso es lo que eran, advertí: Castigadores). Y en el caso de que tuvieran algo parecido al alma, yo me encontraba demasiado alejado como para poder distinguir el más mínimo brillo de piedad en una mirada tan ciega como la de aquel gordo, de manera que me acomodé mejor tras el barril sin quitar mi ojo de la escena, absorbido por la trama que se desarrollaba en aquella oscura bodega.

—¿La otra oreja, estás seguro? —preguntó el segundo Castigador— ¿Y si mejor probamos con otra cosa...? ¿Con las uñas, los ojos, las pelotas...? Las orejas son puro cartílago; una vez me dijeron que con el tiempo vuelven a crecer.

—Y a mí me dijeron que vas a reventar como un sapo si no le arrancás la otra oreja. Dale. La Verdad espera; yo no tengo tanta paciencia como Ella.

—Está bien.

El gordo volvió a ponerse en movimiento. La víctima intentó escabullirse al advertir lo que estaba a punto de suceder, pero ya ni fuerzas le quedaban. Lo único que logró fue reabrirse las heridas y enfurecer todavía más al Castigador Jefe. Éste le propinó una terrible patada en el costado, que dejó al hombre boca arriba y sin aire, jadeando y suplicando por el perdón. O al menos eso imaginé: su lengua no había quedado tirada junto a la oreja porque los Castigadores le habían obligado a tragársela.

Las cosas habían llegado demasiado lejos. No lo digo por el mártir que se ahogaba en su propia sangre, gimiendo y llorando, ni tampoco por los dos Castigadores y su Búsqueda de La Verdad. Lo digo por mí. Porque había llegado el momento de hacer algo; de intervenir en ayuda de uno u otro bando, pero intervenir.

Me incorporé con la brusca intención de que me descubrieran; fue una acción inútil porque el barril tras el que me ocultaba era más alto que yo, así que siguieron sin advertir mi presencia. Tanteé mis bolsillos traseros queriendo encontrar algo que pudiera utilizar como arma; encontré un pañuelo, dos fósforos quemados y una foto carné desdibujada; la imagen perdía definición del cuello para arriba, como si fuera la instantánea de un fantasma. No busqué en los demás bolsillos porque los tengo todos agujereados; si alguna vez guardé en ellos algo que pudiera usar como arma, ya hacía tiempo que lo había perdido.

Booo fabóoooo... —suplicaba la víctima desde el piso, haciendo uso de su recién adquirido idioma. Esta vez sí creí comprenderlo... comencé a experimentar cierta simpatía por el tipo, así que eso resolvió por cuál bando me definiría.

Di un paso al costado. Habría dejado el escondite de todas formas: el olor a vino pasado que surgía del barril había comenzado a descomponerme.

Los Castigadores seguían sin verme. No sé si ya lo dije antes, pero la bodega era enorme y la iluminación muy deficiente; un par de bombillas arrojaban algo de luz en el ambiente: una en la entrada, sobre el portón principal, la otra sobre los dos Castigadores y su presa, cubriéndolos como un halo que se me antojó de santidad. Había cierto toque de misticismo en el aire... pude experimentarlo en cuanto caminé hacia la luz.

Que nadie me malinterprete, todo aquello estaba muy lejos del heroísmo o de la necesidad de hacer justicia. Yo no era, ni soy, ni seré ningún héroe; jamás. Fue simplemente uno de esos momentos de la vida en que tenés que obedecer un impulso, ignorando consecuencias, aunque hacerlo significara sucumbir bajo tu propio empuje suicida.

Tal como dije, empecé a caminar. Pasé junto a la oreja, la dejé atrás, y fue entonces cuando comprendí que todo era mucho más complicado de lo que creía, que las cosas estaban distorsionadas, terriblemente distorsionadas, y que el sentido era otro diferente al que percibía. Me frené en seco, a escasos dos metros de los Castigadores y su Castigado... y sucedió algo curioso: por un momento me pareció que ellos no eran tan reales después de todo. En el suelo estaba la víctima y junto a ella los dos Castigadores, que me miraron y

VERDAD NÚMERO DOS:

le ordené:

—En el estómago; un golpe nomás, como para que se vaya haciendo a la idea.

El Mondongo se acercó al acusado y le aplicó un tremendo zurdazo en la barriga, ante el cual aquél se dobló en dos y se despatarró por el suelo, no sin antes expulsar el aire con un soplido ahogado. Saqué mi libreta de «SANCIONES INCURRIDAS» del bolsillo trasero derecho: el único sin agujeros de todo el puto uniforme.

—Casi no necesito preguntarte nada ¿verdad? —comencé, dirigiéndome al acusado al tiempo que buscaba una lapicera que aún funcionara—. A estas alturas ya nos conocemos bastante, compañero. Todo el puto día persiguiéndote por este jodido barrio mugriento, así que no me vengas ahora conque no sabés lo que andamos buscando... ¿Estamos?

El turro no me respondió; intentaba aspirar algo de aire (reconozcamos que el golpe del Mondongo había sido un poco excesivo para tratarse del comienzo del interrogatorio), así que le di un par de segundos de respiro, aunque más que nada los utilicé para buscar la lapicera. Que no encontré por ningún lado, cosa que me enfureció bastante.

—Sácale la oreja... —decidí—. Este tipo va a aprender a respetarme.

El Mondongo obedeció, y los gritos del acusado resonaron en todos los rincones de la roñosa bodega como los desvaríos de un pastor enloquecido que se rebela contra un Dios injusto y caprichoso. Puede parecernos una frase un poco empalagosa, pero se trata del tipo de parrafada que agrada a mis superiores, de modo que me apresuré a anotarla en la libreta antes de que se me fuera de la mente. Es que terminaba de encontrar por fin la puta lapicera.

—Muy bien, ahora sí que nos vamos a entender...

Procedí a hacerle la pregunta.


Ilustración: Duende

La carcajada del acusado me sorprendió como pocas cosas lo han hecho en mi larga vida de Castigador; no hacía ni un minuto atrás el tipo estaba tratando de respirar, y ahora lo tenía enfrente de mí, cagándose de risa como si nada. Me sacó de las casillas. Me entretuve pateándolo dos minutos seguidos.

—Mondongo, la lengua. Acabo de decidir que las respuestas va a tener que dármelas por escrito.

El Mondongo volvió a obedecer, aunque en esta oportunidad creí notar cierta resistencia en su proceder, casi como si dudara de mi capacidad de llevar a cabo un procedimiento de Búsqueda tan rutinario como aquél.

El acusado se tragó la lengua. Volví a hacerle la pregunta.

Ahora sí que no hubo risas; lo interpreté como el primer triunfo de la noche. Lo que sí hubo fue un atropellado farfullar que puede describirse como un intento de comunicación por parte del acusado. Poco a poco, el asunto iba mejorando.

—Estuvo bastante cerca, pero no lo suficiente —suspiré, resignado—. Necesitamos más que eso, necesitamos todo. La Verdad que nos diste no nos alcanza. —Durante un momento llegué a pensar que algo parecido a la comprensión le cruzaba por la mirada, pero sin duda que no pudo ser así. Todos sabemos que esta gente carece de sensatez. Y en el caso de que la tuviera, el ambiente se encontraba demasiado oscuro como para poder distinguir el más mínimo atisbo de razonamiento en un rostro tan animal como el de aquel imbécil—. Necesitamos lo absoluto y definitivo —continué, triunfante—. Tus mentiras no nos satisfacen. —Y dirigiéndome al Mondongo—: La otra oreja.

—¿La derecha? —cuestionó éste descaradamente, con semejante cara de sorprendido que hubiera sido graciosa en otras circunstancias.

—Claro. ¿Cuántas creés que tiene?

—¿La otra oreja, estás seguro? ¿Y si mejor probamos con otra cosa...? ¿Con las uñas, los ojos, las pelotas...? Las orejas son puro cartílago; una vez me dijeron que con el tiempo vuelven a crecer.

—Y a mí me dijeron que vas a reventar como un sapo si no le arrancás la otra oreja. —La situación se estaba volviendo insostenible. Controlé mi paciencia, pero sólo logró serenarme la idea de encargarme personalmente del Mondongo cuando la Búsqueda terminara.

Fue entonces cuando comprendí que había un error dando vueltas por el aire, que las cosas estaban equivocadas o a punto de equivocarse, y que nada tenía sentido.

—Dale —dije, con insólito nerviosismo—. La Verdad espera; yo no tengo tanta paciencia como Ella.

—Está bien.

El acusado intentó arrastrarse por el piso y lo disuadí con una patada en el costillar; sentí que algo blando y húmedo cedía bajo mi bota negra de Castigador Jefe.

El Mondongo estaba a punto de extirparle la segunda oreja cuando experimenté la sensación de ser observado. Me di vuelta y la convicción de que todo era un error se transformó en

VERDAD NÚMERO TRES:

euforia. Muy atrás quedaron las casas residenciales (o las que todavía se consideraban como tales), los pocos edificios que aún se dignaban a permanecer de pie y las docenas de plazas inundadas de escombros; entrábamos en el reino de los estacionamientos vacíos, de las ventanas ciegas, de los almacenes abandonados y del enorme cráter donde alguna vez funcionara un shopping o un cabaret.

La euforia de la persecución.

Un día y una noche corriendo tras el acusado, persiguiéndolo de calle en calle, entrando y saliendo de construcciones arruinadas y decrépitas. Un día de esos en los que da gusto servir como Castigador... No digo que me haya resultado fácil, ni mucho menos... la panza me bamboleaba de un lado para el otro, entorpeciendo mi avance y demorando el indudable desenlace. Terribles las miradas de furia que el Jefe me soltaba de vez en cuando.

Nunca antes lo había visto tan encarnizado (y eso que el Jefe y yo venimos trabajando juntos desde hace varias Búsquedas); parecía tomarse este caso con exagerado entusiasmo, casi como un asunto personal. Cuando por fin arrinconamos a la víctima en aquella bodega roñosa, el Jefe, en lugar de serenarse, fue perdiendo gradualmente la poca paciencia que suele tener: me obligó a extraer una oreja primero y una lengua después.

Obedecí. Pero empecé a dudar cuando me ordenó extraer la segunda oreja; comprendí que las cosas habían llegado demasiado lejos. No lo digo por la pobre víctima que se ahogaba en su propia sangre, gimiendo y llorando, ni tampoco por nosotros dos, pobres Castigadores veteranos y nuestra estúpida Búsqueda de La Verdad. Lo digo solamente por mí. Porque había llegado el momento de cuestionar, de poner en duda preceptos que siempre consideré básicos, que habían formado parte de mi entrenamiento y de mi...

Booo fabóoooo... —suplicó la víctima desde el piso. Sus ojillos rodaban enloquecidos, alucinados, desde unas cuencas que parecían hundirse hasta la nuca. De repente, esas cuencas se clavaron en algo que se encontraba a mis espaldas, algo que sin duda sólo existía en la fiebre de su delirio. Pero me resultó imposible ignorar esa mirada y negarme al impulso de girar y verificar que no tenía a nadie detrás de mí, que ya no

TODAS LAS VERDADES EN UNA:

vendría ningún tipo de ayuda.

Claro que no. Estoy solo, y solo me estoy muriendo, porque nadie me va a salvar de ésta.

Sangre en mi garganta y bajando por mis mejillas. Respirar se transforma en un reto que se vuelve más difícil segundo a segundo. En el último minuto de mi vida tengo tiempo suficiente para preguntarme la razón por la que me están matando.


Ilustración: Valeria Uccelli

Los Castigadores. Los Castigadores y su estúpida Búsqueda de la Verdad.

Y más allá, todos nosotros, seres comunes, indefensos, que corremos de un lado para el otro, rezando (¿a quién?) para que los Castigadores no se fijen en uno, para que no te conviertan en su blanco circunstancial.

Ya destrozaron todo lo que había para destruir. ¿Acaso dejaron algo? ¿Acaso supieron alguna vez lo que reclamaban? Lo llaman La Búsqueda de la Verdad, pero también podrían decirle Carrera de Obstáculos, o Siga Participando. Es una forma de bautizar algo que ni siquiera saben qué es, porque no lo conocen, ni conocerán jamás.

Booo fabóoooo... (por favor... ¿soy yo el que balbucea tan lastimosamente?)

La verdadera ironía se encuentra en mi propia situación, que es terminal y desesperada, y consiste en que, en este último minuto, acabo de percibirla.

A la Verdad que tanto buscan.

En mi delirio invento o imagino que alguien llega en el último momento, alguien que viene a salvarme de los Castigadores. Lo siento surgiendo desde atrás del barril de vino, al límite de la zona iluminada de esta bodega-tumba. Tiene mis propios rasgos, viste mis mismos harapos. Se hace las mismas preguntas que me hago yo.

Entonces ocurre lo increíble: los Castigadores llegan a percibirlo. Al otro-que-soy-yo. Tanto el que parece ser el Jefe como el gordo que lo acompaña se sobresaltan y lanzan una espantada mirada por sobre sus hombros.

Nunca supe si llegaron a verlo porque es en ese instante cuando me muero.

Pero ¡ah, la Verdad! ¡La certeza de que en aquella bodega por fin se ha respondido la pregunta que tanto los desespera, aunque sean incapaces de comprenderlo!

¡El alma existe, estúpidos! ¡No hacen más que liberarla cada vez que nos matan! ¿No pueden verme, acercándome a mi propio cadáver con paso lento?



Fabio Ferreras

Fabio Ferreras es otro de los habituales de Axxon desde que apareció con "Vivir a diario", en el N° 124, al que siguieron "Cierto tufo a podrido", en el N° 133 y "Espora", en el N° 140, en colaboración con Graciela Lorenzo. Su cuento "Desde la jaula" fue publicado en la antología Fabricantes de Sueños, una recopilación española de los cuentos más significativos escritos en castellano el año anterior. Ferreras es argentino, ingeniero industrial, nacido en 1972 en Bahía Blanca, una gran ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires.


Axxón 145 - Diciembre de 2004
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Argentina: Argentino).

            

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