NUNCA TRABAJES PARA UN EXTRAÑO

Raúl A. Alzogaray

Argentina

Nos cazaron como a moscas. Iribarne, Arregui, Bartel, todos muertos. Soy el último y mi tiempo se acaba. Ya vienen a buscarme. Esta calibre 22 no los va a detener, pero no importa. Estoy cansado. Quiero que todo termine.

El trabajo, nuestro último trabajo, fue vigilar a alguien. Era lo que mejor sabíamos hacer. Teníamos años de experiencia y una bien ganada reputación. Hay que vigilar a un tipo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, nos dijeron los que vinieron a contratarnos. Es un trabajo tranquilo, sin riesgos, nos aseguraron. La cosa pintaba bien, excepto por un detalle. No sabíamos para quién íbamos a trabajar. Los que vinieron a contratarnos esquivaron el tema. No les insistimos; en nuestra actividad, la discreción es fundamental. Claro que eso no nos impide hacer algunas averiguaciones por nuestra cuenta. Esta vez lo intentamos, pero fue inútil. Nadie los conocía ni había oído hablar de ellos. Nadie tenía la menor idea de quién los mandaba.

Desde un principio habíamos decidido no trabajar para extraños. Con el tiempo, esto se convirtió en una de nuestras principales reglas. Cumplirla era relativamente fácil, ya que teníamos nuestra propia cartera de clientes y rara vez estábamos ociosos. Normalmente habríamos rechazado este trabajo, pero nos hicieron una oferta que no pudimos rehusar. Seguro que cada uno aceptó al escuchar la cifra que ofrecieron pagarnos. Al menos ese fue mi caso. Los demás tendrían sus motivos; el mío era simple: ya había pasado los sesenta y hacía un tiempo que el cuerpo me pedía descanso. Quería retirarme, irme a vivir a una casita que estaba comprando en las sierras de Córdoba. Terminar de pagar las cuotas me llevaría años, pero si manejaba bien el pago de este trabajo, podría liquidar la deuda mucho antes de lo pensado.

Así que les dijimos que sí, que aceptábamos. Esa misma tarde, tal como nos lo habían prometido, la mitad del pago fue acreditado en la cuenta corriente que les indicamos. En seguida transferimos la guita a cuentas personales. Mi parte la distribuí entre cinco bancos diferentes.

Al otro día nos citaron en un departamento en Congreso. Todo el trabajo lo van a hacer acá, nos dijeron. El lugar parecía la sala de controles de un canal de televisión. Había computadoras y aparatos de audio y video. Una de las paredes estaba recubierta de monitores. Durante los días siguientes nos enseñaron a usar los equipos. Tienen que aprender a sacarles el jugo, nos decían.

Las cámaras y los micrófonos tenían una sensibilidad exquisita. Ajustando debidamente el zoom, se podían distinguir las facetas de los ojos de una mosca posada a varios metros. Si la mosca se ponía a volar, se podía subir el volumen hasta escuchar el sonido de su aleteo. La visión nocturna producía imágenes tan nítidas como la diurna. Lo más sorprendente era el registro fisiológico. Un monitor mostraba las pulsaciones y los electros del corazón y el cerebro de cualquiera que se pusiera cerca de una cámara determinada. Si varias personas se ponían cerca, la pantalla se dividía automáticamente en áreas que mostraban en forma separada los registros de cada una. No es posible, decía Bartel, esta tecnología no existe. Pero existía y él no podía disimular su entusiasmo. De los cuatro, era el que más entendía de electrónica. Él era quien se encargaba de la instalación y el mantenimiento del modesto equipo que usábamos en nuestro trabajo. Ahora estaba fascinado con esta tecnología de avanzada que ponían a su disposición. Encima, con entrenamiento gratuito.

Las instrucciones eran vigilar al Flaco, así es como lo llamó Iribarne, hasta que nos dijeran basta. Teníamos que controlar que la imagen y el sonido se mantuvieran claros, ajustar el ángulo de alguna cámara, cuidar que todo se grabara correctamente. Cada veinticuatro horas teníamos que compactar las grabaciones y enviarlas a una dirección de correo electrónico que nos habían dado.

El Flaco laburaba para un despachante de aduana, en una oficina de Chacabuco al cuatrocientos. Llenaba formularios e ingresaba información a una base de datos. Siempre almorzaba el menú del día en un bar de Perú y Belgrano. Llevaba una vida solitaria. Alquilaba un departamento en Boedo, donde no hacía mucho más que mirar la tele hasta quedarse dormido. Dos veces por semana visitaba algún boliche bailable cerca de Once, Constitución o Liniers. Esos días volvía al departamento con alguna peruanita o paraguaya que despedía antes del amanecer. Le pagaba un taxi y nunca volvía a buscarla.

El asunto de las cámaras nos intrigó desde el principio. Cubrían todos los rincones del departamento del Flaco. Las que más nos desconcertaban eran las de exteriores. Cada mañana, de lunes a viernes, el Flaco caminaba hasta la parada del colectivo, lo tomaba y viajaba al centro. Bajaba en Piedras y Diagonal Sur, iba hasta el edificio donde trabajaba, subía en ascensor al octavo piso. Nunca lo perdíamos de vista. Si un día se le ocurría andar tres cuadras más y tomar otro colectivo, varias cámaras filmaban el camino alternativo. Si una noche se metía en el bar menos pensado a tomar un café, allí había una cámara que nos enviaba su imagen.

Un día, Arregui fue a Chacabuco al cuatrocientos y se paró en la vereda del edificio donde trabajaba el Flaco. Al otro lado de la calle, a unos veinticinco metros del suelo, había una cámara dirigida hacia la puerta de entrada. Comunicándonos a través de un teléfono celular, guiamos la mirada de Arregui hacia la cámara. Déjense de joder, dijo mientras nos miraba desde la vereda, en esa dirección sólo hay cielo abierto. Ni bien terminó de pronunciar la frase, sonó el teléfono. Una voz anónima nos advirtió que no nos pasáramos de listos. No volvimos a pasarnos.


Ilustración: Ferran Clavero

Una tarde, Iribarne me llamó al celular. Esta noche va a pasar algo, me dijo. Hacía como ocho meses que vigilábamos al Flaco. Habíamos establecido turnos rotativos de seis horas y quedamos en que si pasaba algo fuera de lo habitual, el que estuviera de turno le avisaría a los demás.

Fui el último en llegar al departamento. Arregui me puso al tanto. Esa tarde, alguien a quien Bartel llamó el Narigón, había ido a buscar al Flaco a la puerta del trabajo. Se metieron en un bar y hablaron de un tipo al que parecían haber estado buscando durante largo tiempo y al que ahora habían encontrado. Quedaron en reunirse esa noche en el parque Ameghino, donde se les uniría un tercero.

Los tres fueron puntuales. Se encontraron en el centro del parque, debajo de un jacarandá. El tercer tipo rengueaba. Parecía tener un problema en la rodilla que le impedía extender la pierna. Bartel lo bautizó Highlander (porque no puede estirar la pata, aclaró). Cruzaron la calle en dirección a una vieja casa de dos plantas, de esas con molduras floridas sobre los dinteles. La puerta de calle, dos altas hojas de madera agrietada, tenía llamadores de bronce y estaba sin llave. Entraron con toda naturalidad. Una gastada escalera de madera los condujo a un pasillo apenas iluminado. El Narigón avanzó sin dudar hacia una de las puertas que daban al pasillo, la abrió y, seguido por los otros dos, entró a una pieza. Adentro había un ropero, un sofá, una alfombra y una cama de metal. Sobre la cama, vestido únicamente con un slip diminuto, un tipo enorme dormía boca arriba. El Urso, murmuró Arregui.

Los tres intrusos se distribuyeron alrededor de la cama del Urso. El Narigón a la derecha, Highlander a la izquierda, el Flaco a los pies. Se quedaron quietos, los brazos colgando a los costados de los cuerpos, las cabezas inclinadas. Noté que movían los labios. Bartel también debió notarlo, porque subió el volumen. Eso nos permitió escuchar una especie de rezo o cántico que los tipos susurraban. Durante un buen rato no pasó ninguna otra cosa.

Debí quedarme dormido. Lo siguiente que recuerdo es a Iribarne tocándome el hombro. Habían pasado casi tres horas. Los tipos seguían rezando o lo que fuera que estaban haciendo. El Urso dormía, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, pero algo le estaba pasando. Su corazón había enloquecido; la pantalla indicaba ciento noventa latidos por minuto. En un par de segundos superó las doscientas pulsaciones, entonces se detuvo. Los tres que rodeaban la cama hicieron silencio. Abrieron los ojos, se miraron unos a otros y se quitaron la ropa, dejándola caer al suelo. Cuando terminaron, el Narigón retrocedió hasta un rincón de la pieza. Se sentó en el suelo, puso las piernas contra el pecho y las rodeó con los brazos, escondiendo en ellas el rostro. Highlander se acostó boca abajo sobre la alfombra. El Flaco se tendió de costado sobre el sofá, usando las manos como almohada.

Revisamos la pieza en busca de alguna pista que nos indicara la causa de la muerte del Urso. No encontramos nada. Examinamos el cuerpo. Ni una marca. El tipo parecía dormido. Sin embargo, su pulso era cero, los electros eran líneas rectas.

No sabíamos qué hacer, así que no hicimos nada. Es decir, seguimos haciendo lo que nos habían encomendado. Ahora eran el Flaco, el Narigón y Highlander los que dormían. Sus funciones vitales se veían normales. Una de las cámaras ubicadas dentro de la pieza estaba dirigida hacia un balcón que daba a la plaza. Era una noche fresca. De la tierra de los canteros se elevaban hilos de vapor. Un perro ladró a lo lejos.

Iribarne me ofreció un mate. Estaba muy caliente, como le gustaba a él; demasiado caliente para mi gusto. Bartel nos convidó bizcochitos de grasa. Arregui tenía puestos los auriculares y escuchaba la radio de su walkman. El humo de los cuatro puchos apoyados en el cenicero se arremolinaba entre nosotros. Le devolví el mate a Iribarne. En ese momento empezó a suceder.

Primero fue el Flaco. Su electrocardiograma se volvió irregular, su pulso se debilitó. Al Narigón y a Highlander les pasó lo mismo. Unos segundos más tarde, los tres corazones se habían detenido. Bartel estuvo a punto de decir algo, pero el sonido que salió de los parlantes lo interrumpió. Era como si alguien estuviera arrugando papel de aluminio al lado de los micrófonos. Las imágenes de los monitores que mostraban el interior de la pieza se llenaron de puntos blancos y negros. Ya no pudimos ver más nada.

Iribarne preguntó si el desperfecto era acá o allá. Bartel habló de interferencias generadas por perturbaciones espontáneas en los campos de energía de la baja atmósfera. Arregui se quitó los auriculares y todos pudimos escuchar el tango que en ese momento estaban pasando por la radio. De pronto, las imágenes de la pieza se recompusieron. En la pieza, casi todas las cosas seguían en el mismo lugar. El ropero, el sofá, la cama con el Urso arriba, las ropas apiladas en el piso. Sólo faltaban el Flaco, el Narigón y Highlander. En sus lugares había tres montones de algo que parecía ceniza. La inspeccionamos con el zoom y sí, de cerca también parecía ceniza. Un pequeño montón con forma de volcán en el rincón del Narigón; dos siluetas vagamente humanas, una sobre la alfombra, otra sobre el sofá.

De repente, algo se movió en la pieza. Era el Urso, que ahora estaba sentado en la cama. Su corazón y cerebro funcionaban normalmente. Se puso de pie, buscó ropa en el ropero, se vistió sin apuro y salió de la pieza. Apenas lo hizo, ocurrieron dos cosas: todos los monitores se apagaron y sonó el teléfono. Arregui atendió, escuchó y colgó sin decir una palabra. Dicen que el trabajo está terminado, dijo Arregui, que les mandemos el último tramo de grabación y nos vayamos.

Cuando salimos a la calle, ya había amanecido. Estaba nublado. Nos metimos en un bar y pedimos cuatro desayunos americanos. Hablamos poco, en voz baja, con cierta melancolía. Siempre nos sentíamos así al terminar un trabajo. No discutimos lo que acabábamos de presenciar. Nunca lo hacíamos. El vacío, lo llamaba Iribarne. Cada trabajo que hacés te deja vacío, decía. Más tarde nos despedimos en la vereda del bar sin imaginar que no volveríamos a reunirnos.

A Iribarne lo liquidaron esa misma noche. Lo encontró Bartel, que había ido a visitarlo y me llamó desde el lugar del hecho. Fueron por lo menos cuatro tipos armados con hachas, dijo. Le temblaba la voz. Rajá de ahí, le dije. Le dieron sin asco, dijo antes de cortar.

Marqué el número de Arregui. Una grabación me informó que su celular estaba apagado o fuera del radio de alcance del servicio. Salí disparado para su casa. Dejé el auto a tres cuadras y seguí a pie. Estuve un buen rato en la esquina de lo de Arregui, fingiendo esperar el colectivo. No había ni un alma. Fumé un par de puchos antes de acercarme a la casa. La puerta de calle estaba entreabierta. Era demasiado tarde. Me asomé al interior y comprobé que Arregui y su mujer habían recibido el mismo tratamiento que Iribarne.

Fui al viejo galpón en la Boca, donde tenía escondidos guita, fierros, documentos y provisiones para varios días. Lo había usado como escondite un par de veces que las cosas se pusieron fuleras. Agarré una buena cantidad de dólares, un pasaporte con un nombre que no era el mío y un pasaje abierto con destino a Madrid. No estaba en mis planes borrarme para siempre, así que dejé el auto, los fierros y bastante guita para cuando volviera. Antes de salir, llamé a Bartel. Le di instrucciones para encontrarnos en el patio de salidas internacionales de Ezeiza.

Bartel no apareció. Días después, en un cibercafé de Barcelona, en la página de Internet de un diario argentino, leí que habían encontrado algunas partes de su cuerpo al costado de un arroyo, en la zona industrial de Lanús.

Anduve un tiempo vagabundeando por pueblitos perdidos en el lado español de los Pirineos. Viajaba en micros locales y no pasaba dos noches seguidas en el mismo pueblo. Una tarde, sin premeditación, crucé la frontera. Días después, en el subte de París, tuve la certeza de que me seguían. Subí y bajé de los trenes varias docenas de veces, hice combinaciones en una y otra dirección sin lograr sacármelos de encima. No intentaban abordarme, se limitaban a seguirme conservando la distancia. En la estación Denfert-Rocheau se comieron un amague y se quedaron arriba del tren. Corrí a la calle. Salí justo a la entrada de unas catacumbas abiertas a los turistas. Un cartel indicaba que faltaban unos minutos para la hora de cerrar. Sin pensarlo dos veces, pagué la entrada y descendí. Pasé la noche escondido detrás de una pila de fémures y calaveras del siglo XVIII. Al otro día salí mezclado con un grupo de turistas japoneses.

En Roma estuve unos pocos días. Enfrente del Coliseo, dos mujeres de aspecto árabe se abalanzaron sobre mí. Seguro que sólo querían unas monedas y quizás arrebatarme la billetera. Pero me tomaron por sorpresa y reaccioné en forma instintiva, dándole una piña a la más joven. La piba se quedó sentada en el suelo, llorando, mientras la sangre que le salía de la nariz le manchaba la blusa bordada. La otra, que llevaba un bebé en brazos, desapareció entre la gente que iba y venía.

Seguí viaje a Estambul. Me estaban esperando a la salida del aeropuerto Atatürk. Busqué una oficina de turismo dentro del aeropuerto y contraté una excursión que incluía el cruce del Bósforo. En el lado asiático de la ciudad tomé un micro de larga distancia. Viajé varias semanas sin rumbo fijo a través de Capadocia. Visité ciudades subterráneas, fortalezas de piedra y chimeneas de hadas. En Ankara descubrí que todas las cuentas bancarias en las que había distribuido el pago del trabajo estaban bloqueadas. Decidí volver a Buenos Aires. Pasé dos semanas volando de un continente a otro, haciendo los transbordos más inesperados.

En Ezeiza tomé un taxi a la Boca. Desde el auto vi lo poco que quedaba del galpón. Un incendio lo había convertido en un amasijo de hierros y escombros chamuscados. Seguí viaje a San Telmo, donde visité a un conocido que me proveía fierros a buen precio. El tipo me debía varios favores, pero lo único que logré sacarle fiado fue una una Walther calibre 22 y una docena de balas de cobre.

Fui a Retiro y tomé un micro que iba para el norte. Bajé en una estación de servicio al costado de la ruta 9, un poco más allá del cruce con el camino a Ascochinga. Desayuné un café con leche con medialunas en un motel para camioneros. A medida que amanecía fueron apareciendo las siluetas de las sierras donde estaba la casita que nunca iba a terminar de pagar. Con los últimos billetes que me quedaban alquilé una pieza. Me afeité, estuve un buen rato bajo la ducha y me metí en la cama. Dormí hasta hace un rato. Ahora es de noche. Un auto acaba de entrar al patio del motel. Agarro la Walther y miro por las rendijas de los postigos. Está oscuro afuera, pero los reconozco. Vienen directo hacia mí. Sé lo que llevan en esos estuches.



Raúl A. Alzogaray

Raúl A. Alzogaray es Biólogo. Se dedica a la investigación y a la docencia universitaria. Ha publicado numerosos artículos de divulgación científica en diarios y revistas. Es colaborador de Futuro, el suplemento de ciencias del periódico Página/12, y autor del libro Una tumba para los Romanov (Siglo XXI, 2004), donde describe la aplicación de los análisis de ADN para resolver misterios criminales, históricos y biológicos. "Nunca trabajes para un extraño" recibió el Segundo Premio en el Concurso de Cuento Fantástico 2004 de la Fundación Ciudad de Arena y su publicación en Axxon es un adelanto del libro Antología del Cuento Fantástico Argentino Contemporáneo, décimo número de la colección de literatura fantástica y de ciencia ficción que está publicando Página/12, editada por Gabriel Guralnik.


Axxón 145 - Diciembre de 2004
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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