LA MÁQUINA VERDE

José Antonio Fuentes Sanz

España

Las figuras tridimensionales avanzaban sobre el mapa holográfico simbolizando, junto a los aviones en el suelo, a los contingentes de tierra y aire. Cada bloque de soldaditos marcando el paso representaba a una brigada de bravos cretinos a las ordenes de un inepto general.

El mapa holográfico era fantástico. Una representación a escala por satélite, de 36 metros cuadrados, con proyectores en el techo, innumerables elementos, indicadores holográficos de brigadas, divisiones y cuerpos a los que pertenecían, cantidad de soldados, armamento, niveles del terreno, vegetación, casas para las zonas edificadas y estado climático. Inclusive había un montón de manchas: rosa para las zonas pobladas, verde para los cultivos, amarillo para los páramos, azul para los campos de minas y rojo para los sectores contaminados.

La primera vez que Aisha entró en el Cuartel General, recién llegada como ayudante del general Dmitriev, el lugar estaba vacío, porque todos se habían ido a la sala de conferencias para oír el discurso de un gerifalte, y al ver el mapa tridimensional exclamó:

—¡Fantástico, una máquina de matar marcianitos!

Entusiasmada, dio ordenes a las figuritas durante una hora, destituyendo a unos cuantos jefes que le parecieron más ineptos de la cuenta y enviando las escuadrillas de cazas al combate, hasta que le entró hambre y fue a tomar un tentempie a la cantina.

Cuando regresó, la sala estaba llena de gente gritando que algún malhechor había enviado dos divisiones a tomar por saco y se montó un descalabro enorme. Incluso arrestaron al guardia, que había ido al retrete y se entretuvo con una revista de "solo para hombres". No la pillaron, aunque se habló de espías, traidores, sabotaje y no sé cuentas cosas más.

El general Dmitriev, su superior, incluso le preguntó con retintín:

—¿Tú sabes algo de todo esto?

—¿Quién? ¿Yo? ¡No, qué va!

De todas formas pudo notar que algunos lamentaban que "el desconocido" no hubiera estado más rato dando órdenes. Tampoco devolvieron el mando a los generales destituidos, señal de que no lo había hecho tan mal.

Con quince años, Aisha era auxiliar a media paga, cuyas funciones oscuras se podían calificar de "ayudante de cámara" del general Dmitriev. Vamos, que era la chica de los recados y le traía el café al general, que mandaba la brigada de su comunidad.

Los tres mil quinientos hombres y mujeres kaciaks eran la aportación de su raiss a la Liga de Ciudades y Territorios (de mayoría vitjeb) contra la Mancomunidad de las Tierras Altas (que eran kaciaks), porque se negaban a cambiar los cultivos de adormidera y marihuana por otros de perejil y albahaca.

Además de ventajas comerciales y financieras, el tratado de su comunidad con la Liga les había ascendido de categoría social. Ahora ya no eran bárbaros incivilizados, ahora eran maníacos homicidas peligrosos.

No sabía exactamente qué significaba esta última frase, pero era estupendo: cuando entrabas a la cantina inmediatamente te hacían un pasillo hasta la barra para que te pudieras instalar cómodamente y pedir sin hacer colas.

Y, por si fuera poco, el puesto de ayudante le supuso un primer contacto con los vitjebs, que eran raros como marcianos.

Eran paticortos, con las pantorillas igual de largas que los muslos; tenían unos ojitos pequeños que movían en todas direcciones, con un iris ridículo, y, para colmo, eran cortos de vista y no distinguían más que un puñado de colores. Lo único que tenían de bueno sus ojos era un campo de visión más ancho.

Todos padecían osteoporosis más o menos avanzada, que dejaba los huesos reducidos a un canuto, parecían caminar un poco agachados y en vez de tener chicha sobre esos huesos tenían celulitis. Eran tan blandos que se podía clavar un dedo hasta tocar esqueleto.

Eran horribles, muchos incluso tenían una barriga enorme para meter todo lo que comían, que podía ser mucho. Algunos comían tanto como los kaciaks, y eso que decían tener un metabolismo más bajo, pero luego con cualquier esfuerzo se quedaban con la lengua fuera. Y eran torpes y lentos, tenían unos reflejos penosos.

Y a pesar de que cacareaban de duros, eran muy delicados. Enfermaban en seguida, incluso las radiaciones más moderadas les afectaban y también eran muy vulnerables a un producto llamado dioxina. Uno de los médicos le dijo:

—Vuestro organismo tiene más glóbulos blancos y ha desarrollado vías de desintoxicación para las dioxinas.

—¡Ah! —respondió Aisha.

Excusas bobas en su opinión ¿Qué tenían que ver los glóbulos blancos con la celulitis?

Y encima eran una sociedad la mar de rara. Había casi tantos hombres como mujeres. Para una chica kaciak era muy chocante. Aunque siempre se referían a los kaciaks como ellos, en realidad eran ellas. De nacimiento ya eran siete contra cuatro varones.

Razonó que era porque cuando los vitjebs se metían en guerras eran bastante ineptos y perdían soldados a porrillo, necesitaban tener muchos hombres para cubrir pérdidas.

De todas formas, a pesar de que había hombres en cantidad, noto que su presencia en el Cuartel General sentaba mal a las mujeres vitjebs que trabajaban allí. Al día siguiente de su llegada se presentaron reteñidas y repeinadas, con un kilo de maquillaje en la cara y metiendo tripa. Y todas se apuntaron a aerobic, aunque luego en la cantina cada una se zampara dos docenas de bollos y un café con sacarina. Y decían de ella cosas como:

—¡Pero mirad, qué pedorra! ¡Qué pinta vistiendo! ¡Qué vulgaridad!

Mirando el lado positivo, los chicos le decían cosas como:

—¡Qué ojos de gata! ¡Qué piernas más largas! ¡Qué sonrisa! ¡Qué par de domingas!

Claro: ella era normal. Tenía las piernas correctas, con las pantorrillas más largas que los muslos. Los ojos con su gran iris sin blanco ocular y su pupila que se abría y cerraba para calcular distancias y captar detalles. Veía en menos ángulo que ellos, pero veía mucho mejor y con más tonos de color. Sobre los delgados huesos, con refuerzos longitudinales estriados para evitar fracturas, tenía músculo y no tejido adiposo y celulitis. Además tenía las protuberancias adecuadas en los lugares correctos; las mujeres vitjebs parecían tener ese mismo porcentaje de tejido distribuido entre la barriga y las caderas.

Y lo más importante: pensaba correctamente. Con la cabeza, y no con el espíritu que decían ellos. El doctor, a quien consultaba para aclarar conceptos, le dijo:

—Es que vosotros tenéis más desarrollado el hemisferio matemático, el que hace cálculos de probabilidades. Nosotros somos más intelectuales en el plano abstracto.

Aisha opinaba que ese planteamiento "intelectual" consistía en estar mucho tiempo mirándose el propio ombligo y admirándose de lo redondo que era. Seguro que tenía la culpa la caja tonta, ante la cual pasaban tantas horas. Incluso preguntaban cosas tan raras como:

—¿Y no te causa ningún problema moral estar en guerra con vuestros hermanos?

—¡No, claro que no! —respondía Aisha asombrada.

Vamos, que sus hermanos de la Mancomunidad ya eran mayorcitos para cuidarse solos. Y además, sólo les hubiera preocupado si la Liga pudiera ganar la guerra. Aisha no entendía qué problema moral podía tener animándoles a saltar desde el piso más alto.

Pero confirmaban su opinión de que, salvo honrosas excepciones, aquellas personas podían ser marcianos. Marcianos aliados, encima.

Ahora, ella y el general Dmitriev estaban en el Cuartel General junto a cien hombres histéricos alrededor del mapa holográfico, donde movían soldados y tanques como los niños jugando al parchis, mientras el general Hinric, comandante en jefe, les vigilaba, dispuesto a ser un gran general.

Su nombramiento fue decisión del Ministro de Defensa, quién ordenó claramente al Estado Mayor General:

—¡Quiero a un general invicto para este puesto!

Y ni siquiera sus detractores más encarnizados negaban que el general Hinric, quién había pasado sus veinticinco años de carrera militar dirigiendo un almacén de mantas y potes de alubias, era un general invicto.

En opinión de Aisha hubiera sido mejor mantener al anterior comandante en jefe, el general Kraczek, a quién hacía unos meses destituyeron tras pedirle un plan que pusiera fin a la guerra. Fuera por su incompatibilidad política con los objetivos de la Liga, por falta de tacto del general al exponerlo o, según pensaba ella, por pura envidia de que a los capitostes no se les hubiera ocurrido un plan tan acertado, el Ministerio de Defensa rechazó su idea:

—¡Pedid la paz, imbéciles!

Así que Kraczek fue "retirado" y en su lugar tenían a Hinric, que no era mal tipo, a pesar de lo que decían a sus espaldas, pero era más tonto que la madre que lo parió.

Luego de nombrar a Hinric, el Ministro llamó a Dmitriev para consultarle sobre las tácticas kaciaks en general y del general Kabalev, comandante en jefe enemigo, en particular.

—Verá usted —le explicó al Ministro—, no somos muy partidarios de dar batallas decisivas. Suponen un enorme gasto de material, son difíciles de controlar y el factor suerte juega un papel importante porque hay demasiados imprevistos y son muchas las cosas que pueden salir mal. Es mejor realizar acciones a más pequeña escala, más controlables y que, si van mal, no te dejan sin comodines.

En realidad era la estrategia seguida por Kraczeck en los últimos dos años. Y si bien no había ganado ninguna batalla de importancia, comparado con la racha de desastres cosechada por sus antecesores, su periodo de mando era la gloria.

Pero este razonamiento tan sensato no entraba en los planteamientos del Ministro, deseoso de unir su nombre a algún hecho glorioso.

Así que él y otros memos se encasquetaron el sombrero de Napoleón y trazaron un plan por su cuenta, consultando de cuando en cuando a Dmitriev para preguntarle si tal o cual, y nombrándole luego asesor en el Cuartel General del Ejército.

Luego publicaron el plan, que llamaron Operación Mercurio. De momento, solo para los oficiales superiores: reunir un GRAN EJÉRCITO y dar una GRAN BATALLA.

—¡Que listos! ¿Y de dónde van a sacar un ejército para la gran batalla? —preguntó Aisha en la cafetería, zampándose un bollo—. Si ya les faltan soldados para completar todas las divisiones que tienen.

Los vitjebs habían basado su guerra en que tenían más pasta y muchos más soldados que los kaciaks, pero no tardaron mucho en comprender que la superioridad numérica y material no siempre implicaba competencia, algo que escaseaba a todos los niveles, ni tampoco resultados prácticos.

—No, Aisha, no lo entiendes —le respondió el general, que era muy listo y ya había calado al gerifalte—. El Ministro cree que si va a batalla con un ejército lo suficientemente grande, gane o pierda, Kabalev sufrirá pérdidas demasiado graves para poder continuar peleando.

Aisha mordisqueó otro bollo.

—O sea: que van a dar batalla a guantazo limpio, a ver quién es más bruto.

Dmitriev rió.

—No, no lo has entendido: creen que pueden obligar a Serguei a retirarse sin combatir. Piensan que no arriesgará su Ejército en una batalla comprometida.

—Vamos, que se están pegando un farolazo —razonó Aisha.

No añadió más, pero pensó que eran muy optimistas. Para empezar necesitaban sacar un nuevo Ejército de ninguna parte porque las tropas del frente no podían retirarse sin dejar un agujero, y las del Ejército de maniobra y la reserva estaban muy reducidas. Pequeñas batallas no implicaban pequeñas pérdidas. Tras casi nueve años de guerra, faltaba gente como para llenar una ciudad de tamaño medio.

—¿Y qué pasa si el general Kabalev decide aceptar la batalla? —preguntó.

—Será interesante —sonrió el general Dmitriev.

De todas formas, como el Estado Mayor de Kraczek creyó que lo de la batalla iba en serio y se atravesó con el plan diciendo que ni hablar, también los destituyeron y buscaron a otro grupo de oficiales para reemplazarlos, encabezados por el general Dubois, otro distinguido general de Intendencia.

Dubois no era mal tipo, pero cuando Aisha lo conoció, parecía tan tonto que creyó que fingía. Fue espantoso descubrir que hacía esfuerzos intelectuales cada vez que contaba hasta diez. Y lo peor era cuando tenía que llegar hasta once y se le acababan los dedos.

Dubois y Dmitriev se llevaban a muerte porque este último, el primer día, le miró de arriba a abajo y le preguntó para asegurarse de su labor en el Estado Mayor:

—¿Qué? ¿Cantamañanas profesional?

Dubois se lo tomó muy a mal, así que ahora Dmitriev y el Estado Mayor no se hablaban si no era estrictamente necesario.

Tampoco terminaron aquí los problemas, porque cuando el plan estuvo detallado y lo entregaron al Ejército de maniobra para que lo pusieran en práctica, los tres generales de Cuerpo y siete de los ocho generales de división se negaron a ejecutarlo diciendo que era una estupidez. Bueno, razón sí que tenían, pero de todas formas les dieron vacaciones forzosas a los diez y pusieron a unos chicos más simpáticos que decían que sí a todo, aunque no tenían idea de nada.

Y ya puestos, también destituyeron a veintisiete generales de brigada. Por si acaso. Alguno dijo en voz alta que perderían y varios pusieron mala cara, cómo dando a entender que era un mal plan.

Parecían tan animados destituyendo gente que Aisha pensó que también destituirían a los infantes que debían pelear. Sospechaba que no lo hicieron porque no encontraban sustitutos. Pero, por si las moscas, los juntaron a todos en dos divisiones, que ahora se movían en reserva detrás de todo el Ejército, para que su escepticismo no se contagiara a los reclutas recién llegados. Separados, pero lo bastante a mano para contar con ellos si algo se torcía.

Así que ahora el Ejército tenía un montón de generales nuevos, que se pasaban medio día en el retrete (debían ir muy estreñidos) leyendo los manuales de campo, para refrescar las lecciones de la Academia.

Además, como la mayoría eran de Intendencia, ahora no funcionaban bien ni los batallones de combate ni los de logística y había un bollo de cajas cambiadas de destino que daba miedo.

—¿Como se supone que vamos a limpiarnos con esto? —preguntaban los responsables de higiene, mostrando los pepinos perforantes para los tanques.

Les habían llegado en vez de los rollos de papel higiénico, y todo el mundo estaba de mal humor porque debían limpiarse con hojas de informes, que eran muy rígidas. Pero al general Dmitriev no le pareció mal el cambio.

—Debe ser algo nuevo —sugirió con descaro—. Tal vez alguno debería probarlo a ver si limpian bien, parecen de la medida justa.

La sugerencia no sentó bien entre los del Estado Mayor, que tenían un elevado concepto de sí mismos y de sus traseros, que a fin de cuentas era dónde almacenaban la materia gris, entre capas de celulitis y manteca.

Presumían de cultos e inteligentes, y hablaban de filósofos como Aristóteles, San Agustín y Kant, pero ignoraban a pensadores de aplicación cotidiana tan importantes y de tanto peso como Atila, Tamerlan y, el más grande, Temujin, al que ellos llamaban Gengis Khan.

Y es que en aquel Ejército, mucho ideal de democracia y mucha libertad, pero solo para halagar a los jefazos. Lo descubrió acompañando al general Dmitriev y a otro general de la Liga, en una revista a los reclutas del Centro de Instrucción.

En aquellos momentos rebañaban el plato intentando encontrar soldaditos, porque hacía falta un montón de gente para realizar el PLAN y vaciaban hasta las alcantarillas buscando personal capaz de empuñar un fusil, aunque fuera cegato y no hiciera diana a diez metros ni con el señalizador láser.

También había cantidad de soldados que de un día para otro pasaron de oficinistas, lavanderos, choferes y mozos de almacén a ser infantes y tripulaciones de tanques, que llegaban directos de fábrica, aún con la pintura fresca.

El otro general, un gordito con pinta de vendedor de helados, explicaba la instrucción seguida por la tropa, sorprendiendo a Aisha. Fue cuando vio que el Centro de Instrucción era una escuela donde los aspirantes a soldados aprendían a distinguir la culata del fusil de su cañón y en qué extremo debían situarse para no pegarse un tiro en el hombro.

—¿Esto es un campo de instrucción? ¡Yo creía que era una especie de hospital a lo bestia dónde los médicos les cortaban un trozo de cerebro a los aspirantes antes de enviarlos a pegar tiros!

—¡Chisttt! ¡Que te va a oír!

El general gordito miraba hacia ellos como si sospechara que acababan de decir algo que no le gustaría escuchar. Aisha siguió barruntando en voz baja:

—¿Y no podrían encontrar reclutas más aptos?

Dmitriev le guiño un ojo con picardía:

—Es que según las ordenanzas, el general tiene que ser el más listo de todos.

No, si ya lo decía: hubiera sido mejor dejar a Kraczek, que como era un tío listo podía reclutar soldados más competentes. Y, reflexionando, agregó:

—¿Seguro que no desafían ninguna ley científica siendo tan bobos?

La verdad es que aquella tropa no parecía la unidad de élite que anunciaban con tanto rebombo y platillo. La mayoría parecían comprados de saldo en un mercadillo de ocasión, en lotes de "Cien soldados a diez pavos".

Al final de la inspección, el general vendedor de helados señaló exultante a la tropa, que parecía muñequitos en el escaparate de una juguetería, y preguntó:

—Y bien ¿que le parece?

Bueno, en realidad se lo preguntó al general Dmitriev, pero fue Aisha quién respondió:

—¡Un rebaño de borregos camino del matadero!

La que lió el fulano aquél: que si ataque a la moral, que si insultos al Ejército, que si derrotismo, que si buñuelos fritos... El general Dmitriev cortó en seco:

—¿Se toma en serio la opinión de una chica de quince años? ¿Es que tiene razón?

—¡No, claro que no! —admitió el otro, azorado.

De todas formas, insistía tanto en que aquella pandilla de inútiles era el no va más, que ella decidió salir de dudas.

Se fue derecho al que le pareció el más machote entre todos y, para ponerle a prueba, le arreó un par de cuchilladas. Solo le clavó cuatro dedos de hoja, eso sí, no fuera a pensar que iba en serio.

Se montó un escándalo enorme. En vez de pelear, el fulano se tiró al suelo dando alaridos. Sus colegas desaparecieron tan rápido que pareció un truco de cámara. Luego llegaron los de la Policía Militar, y uno de ellos quiso pegarle, porque con el griterío del tipo aquél en el suelo, creían que le había hecho algo malo. Al final casi acuchilló de verdad al Policía, para que aprendiera a respetar a una jovencita indefensa.

De todas formas la llevaron ante un juez, y la de barbaridades que dijeron delante del letrado: que había intentado asesinar al soldado aquél, por ejemplo.

—¡No, oiga, que si hubiera querido asesinarle ya estaría muerto! —protestó ella.

Y el juez le puso una cara muy rara, como si ella también dijera barbaridades. Luego le preguntaron si quería alegar alguna circunstancia atenuante:

—¡Yo también me asusté cuando empezó a gritar! —alegó.

—Ésa no es una circunstancia atenuante.

—¡Ah! ¿No? —se sorprendió ella.

Habían dicho que podía alegar cualquier cosa. Suerte que el general llegó para arreglarlo todo, y pronto quedó claro que sólo había sido un malentendido.

—A partir de ahora, tú a mi lado y no te muevas. Y nada de acercarte a los soldados de nuestros colegas. Ni los mires, por si acaso. Que se estropean enseguida.

—Bien —aceptó ella, disgustada—. ¿Pero por qué han montado tanto espectáculo?

No podía ser sólo por el soldado. Si con un par de tiritas estaría como nuevo. Y además tenían cantidad de ineptos como ése, no les podía venir de uno. Por un momento parecía que se les había acabado el mundo con las dos cuchilladas.

—Un día de éstos te lo explico.

Y así quedó todo. Aunque ahora, que miraba el tablero repleto de bloques de soldaditos avanzando, pequeños engranajes de la máquina verde que es todo Ejército, seguía preguntándose de dónde habían sacado a tantos imbéciles para participar en aquel disparate.

El teniente general Konstantinov, representante del Estado Mayor General y supervisor de la operación, intervino para aclarar el mar de dudas entre aquella cuadrilla de cotorras que solo decían incoherencias:

—Bueno, hay que hacer algo —sugirió—. La mente pensante ¿Qué dice?

Aisha se emocionó con "la mente pensante".

—¿Se refieren a Herbert ?

Herbert era el chico que reparaba el aire acondicionado. Además de guapísimo era listo, él único capaz de cambiar una clavija sin electrocutarse. Un prodigio de la naturaleza entre tanta abominación protoencefálica.

Había estado discurriendo cómo intimar con él. Después de la experiencia traumática con aquel soldado descartó darle un par de puñaladas para llamar su atención, y empezó a frecuentar la cafetería a la misma hora que él.

Dmitriev negó con la cabeza, decepcionándola, y señaló al general Hinric.

—Ésa es la mente pensante.

Los soldados de comunicaciones, sentados frente a sus equipos de radioteléfono, aguantaban la respiración. El general Hinric en encefalograma plano era temible, pero cuando pensaba era verdaderamente peligroso. Al final, el general levantó la cabeza y pronunció aquella rimbombante frase aprendida en alguna revista de aventuras durante sus visitas al retrete:

—Señores, debemos trazar un plan inmediato para envolver al Ejército enemigo. Esta va a ser una gran batalla en una situación difícil...

—¿Pero no es Serguei quién tiene dos veces menos soldados? —preguntó Aisha en voz baja.

—... y las victorias sólo son realmente grandes cuando se ganan con todo en contra —concluyó el general Hinric—. Es entonces cuando brilla el genio militar.

Aisha echó un vistazo al Estado Mayor de caras adustas y funciones neurales restringidas a la médula espinal.

—Pero ¿qué está diciendo?: si esta cuadrilla navegan ciegos y a tientas en un inmenso océano de tenebrosa oscuridad —opinó—. ¡Huyyy! ¡Que bonito me ha quedado! ¡Suena poético y todo!

Y fue a buscar papel y lápiz para apuntarlo, le parecía una buena frase.

—Dubois —exigió Hinric—, encárguese de que el grueso del Ejército se concentre en el punto H del mapa, parece el lugar más probable para la batalla.

Dmitriev sonreía mientras Dubois se estrujaba las neuronas para encontrar el punto H, donde el grueso del Ejército enemigo estaba detenido por motivos desconocidos. Ahora el PLAN pendía de un hilo: de la decisión del general Kabalev.

El general Hinric nada sabía de lo que tramaba el Ministro. Fuera porque pensaba que no mostraría el mismo entusiasmo o porque no confiaban en sus dotes de actor, nadie del Ministerio ni del Estado Mayor General le contó al interesado que creían que no habría batalla.

Aguardó acontecimientos, con el ojo puesto en el radioteléfono que comunicaba el Cuartel General con el Ministerio, pendiente de que llamarán para anular la operación cuando vieran el percal en que se metían. Tampoco se sorprendió a medida que pasaban las horas y nadie llamó.

Uno de los oficiales de Inteligencia acudió blandiendo una hoja de papel impreso.

—¡Hemos identificado a una de las divisiones del punto H como la del general Merkle!

Hubo muchos vítores y alegrías, mientras se daban palmaditas en la espalda, confiados en tener identificado al centro del Ejército enemigo. Merkle era el más reputado general kaciak, siempre en el meollo de la acción.


Ilustración: FRAGA

Aisha escuchaba, disgustada. Claro, como ellos se adjudicaban el papel de buenos de la película, alguien tenía que hacer de malo. Y dieron el papel al general Hadd Merkle, contando historias horribles de él para inflar aún más su autoimagen de luchadores por la libertad.

Por supuesto era absolutamente falso. Todo el mundo sabía que Merkle solo era un ancianito sentimental cuyos momentos de felicidad se limitaban a escuchar los gritos de sus enemigos al ser aplastados bajo las cadenas de los tanques.

—Incluso tenemos una fotografía del general Kabalev en ruta desde el Cuartel de Merkle hacia el suyo.

Mostró la foto y un montón de rostros se agolparon para verle. Era cierto, era el general Kabalev, caminando campiña a través para estirar las piernas.

—¿Qué estará haciendo? —preguntó uno.

—No sé —respondió otro—. Pero tiene mala cara. A lo mejor esta enfermo.

Hubo expresiones de alegría, a ver si palmaba de una vez. La verdad es que era competente y les había dado sopas con honda demasiadas veces.

—A lo mejor tiene algún otro problema —sugirió otro.

—Sí ¿pero cual?

Lo que nadie podía imaginarse en el Cuartel General de Hinric era que Serguei Kabalev acababa de pasar la semana más horrorosa de su vida.

Su Ejército vivaqueaba esperando provisiones frescas y dinero para compensar los seis meses de atrasos que sufrían. Llegaron provisiones, pero ni un solo billete. Las arcas de los jefazos estaban secas, la guerra dificultaba las exportaciones de narcóticos y sin batallas importantes tampoco capturaban armas para vender en el mercado libre.

Necesitaban dinero fresco para vivir aunque estuvieran dispuestos a luchar de fiado y tenían una forma de expresarlo enormemente desagradable, especialmente las compañías femeninas que formaban más de la mitad de su Ejército, cubriendo la escasez de hombres.

Empezó el lunes a primera hora con la negativa de sus veteranos infantes a moverse si no aportaba alguna solución. A media mañana las chicas se manifestaban ante su Estado Mayor agitando grandes pancartas al grito de:

—¡Sueldos! ¡Sueldos! ¡Sueldos!

Incluso blandieron pancartas de "Huelga, huelga, huelga", hasta que Merkle les recordó que si hacían huelga no podían saquear, así que estas pancartas desaparecieron. Luego siguió un tira y afloja que logró apaciguar los ánimos temporalmente.

El miércoles por la mañana ya casi las tenía convencidas para que dejaran de hacer el bestia cuando salieron con otra reclamación: querían cobrar lo mismo que los hombres.

—¡Sois infantería ligera! ¡Vuestro trabajo es disparar y correr, no asaltar trincheras y luchar cuerpo a cuerpo! ¡No hacéis el mismo trabajo y tampoco tenéis porque cobrar lo mismo!

La pelotera fue de órdago y a punto estuvo de que una le agujereará el pellejo.

El viernes por la mañana llegó la mandamás, Mizna Karsinova, quién tuvo más éxito. Pagó un mes de sueldo en especias y logró calmar los ánimos. En cuanto Mizna se fue, volvieron a las andadas para cobrar lo que faltaba de una forma u otra. Al final le sugirieron tres posibilidades.

—¡Atacamos al IX Ejército vitjeb! ¡Lo capturamos y pedimos una reparación de guerra por devolverlo! —sugirió la negociadora—. ¡Para continuar la guerra tendrán que recuperarlo y pagar!

Serguei no lo veía tan claro.

—Ellos no lo llaman "reparación de guerra", lo llaman "rescate", y a lo que queréis hacer lo llaman "secuestro". Además ¿y si en vez de pagar piden la paz?

Era un grave inconveniente, sí. La paz implicaba falta de botines, implicaba paro, la paz era mala. No entendían por qué los vitjebs tenían esa obsesión por la paz.

—Bueno, pues nos vamos directos a su capital, Estepolis. La cañoneamos y cuando esté en llamas la asaltamos ¡Hay muchos bancos, almacenes, y boutiques de ropa! ¡Y muchas casas de gente rica!

Serguei reflexionó:

—Bueno, sólo tenemos que pasar por encima de su Ejército, por supuesto salvar el cinturón de fortificaciones que la rodean, cañonearla... y luego entrar en una ciudad de doce millones de habitantes a través de un laberinto de calles en llamas y llenas de escombros.

A regañadientes la negociadora admitió que a lo mejor pecaban de optimistas y que era un bocado demasiado grande.

—Pues vayamos al sudoeste, allí cultivan la patata. Encontraremos comida fresca y unas cuantas cajas de ahorros rurales donde podremos presentar las nóminas para que las paguen.

Parecía la opción más viable. No era una gran solución, pero capearía el temporal hasta que volviera la época de la abundancia. Fue a consultarla con Merkle, quién se mostró de acuerdo, y, con esa idea en mente, regresó a su Puesto de Mando.

Caminaba a paso vivo cuando cruzó ante una de las compañías auxiliares que tanto le mareaban a golpe de pancarta, con el gran cartón de "Nuestra lealtad se llama salario" sobre la tienda de mando, donde la capitana Delniak estaba sentada tomando el fresco. La saludó como correspondía entre un caballero y una dama, entre un superior y su subalterna y, como no, entre un padre y su hija.

—Caramba, capitana Delniak, que bien se la ve ahí sentada. Seguro que criará unas preciosas almorranas.

—Gracias, amable señor, le deseo que lo vea con los ojos en la mano.

Desde luego. Cinco minutos de felicidad y veintisiete años de martirio. Y luego su media naranja preguntaba por que no paraba nunca en casa.

Al lado de la capitana se alzaba el estandarte de la compañía, que él mismo impuso como reglamentario cuando empezaron a exigirle privilegios especiales, mostrando en rojo sobre fondo verde a una señora mayor de barbilla pronunciada y gorro picudo montada a horcajadas sobre una escoba. No estaba seguro si no se daban por aludidas o simplemente eran desvergonzadas.

Continuó, dirigiendo una mirada compasiva a la mascota de la compañía. Fue idea suya el sugerirles la mascota que debían llevar las compañías:

—Un animal de fuerza, valor, rapidez y agilidad, representando las cualidades de la infantería ligera ¿Que tal un águila? Las legiones romanas y Napoleón tenían águilas.

Sabía que las únicas estaban en los zoológicos. Eso las distraería mientras buscaban infructuosamente. Confió demasiado.

Águilas no encontraron ninguna, pero al pobre "Chindasvinto" lo capturaron en un descuido cuando bajo a picotear un cadáver tras una escaramuza.

—Bueno, no es un águila —admitió la capitana Delniak—. Pero es su primo hermano y, además, es una gran mascota.

Con dos metros de envergadura era, innegablemente, una gran mascota, a pesar de estar racionado a una dieta de lagartijas. Además, Serguei no estaba seguro de que "Chindasvinto" desentonará. Parecía el más simpático de la compañía.

Entró a su Cuartel General, donde la antena parabólica sintonizaba la frecuencia de los satélites-espía de la Liga, proporcionando valiosa información de las actividades militares (propias y del enemigo). La decodificadora escupía las comunicaciones del Cuartel General del general Hinric, supuestamente invulnerables y con un encriptado basado en un número primo de 160 cifras imposible de descifrar.

Uno de los agentes de Mizna conocía a un chico muy simpático del Cuartel General en Estepolis que, previo pago en una cuenta secreta, proporcionaba puntualmente cada principio de mes la clave para descifrarlo, así que toda la información "Top Secret" enemiga salía directamente decodificada.

—¿Alguna novedad?

—El Ejército de Hinric viene hacía aquí.

Serguei se sentó tras su escritorio. El Ejército de maniobra y todas las reservas disponibles de la Liga avanzaban sobre un frente de setenta kilómetros, sin prisa pero sin pausa.

—¿Para qué?

El general Hinric no era precisamente el militar más inteligente bajo el sol llameante. Como muy bien expresó él mismo en una ocasión, aquella gente era una banda de imbéciles incompetentes. Pero unos imbéciles incompetentes con muchos medios materiales para compensar sus pifiadas. Por suerte, estos medios eran finitos y, tras el prodigioso derroche al principio de la guerra, empezaban a tocar fondo.

—Lo único que dicen es "¿Qué tal va el plan?" y "Seguimos el plan. Todo va bien". Vienen con ocho divisiones incompletas —explicó el ayudante entregándole una hoja impresa con los efectivos calculados.

Serguei ya tenía suficientes problemas con la huelga para que, encima, el general Hinric viniera con una ofensiva de pacotilla. Estaba a echarse a cara o cruz si iba directo hacia ellos y les pegaba una tunda de palos, para luego presentarle a Mizna una lista del material a reemplazar, o les desgastaba con batallas menores antes de darles una buena patada, que era más económico y menos arriesgado.

Entonces sonó el teléfono. Si hubiera ocurrido en otro momento y en otro día, tal vez no hubiera ocurrido nada más. Pero fue precisamente en aquel momento.

—¿Si?

La voz al otro lado tenía acento de Oriente Medio y sonaba jovial y simpática.

—¡Serguei, muchacho ¿Qué tal?!

Serguei la reconoció en el acto.

—¡Moustapha! ¿Cómo estas? ¿Cómo marchan los negocios?

Moustapha era uno de los principales compradores del mercado libre de armas. Nada de cuatro fusiles y varios cargadores a precio de saldo. Armamento pesado: tanques, cañones y todo lo que se terciara. La guerra entre kaciaks y vitjebs alimentaba guerras en otras partes del mundo. El armamento salía de las fábricas, se entregaba al Ejército de la Liga, este lo perdía en batalla y la parte capturada era vendida por los kaciaks para autofinanciarse.

Moustapha, cuando llegaba, era algo grande. Compraba lotes de tanques de cien en cien y pagaba al riguroso contado. Últimamente, tal y como estaba el panorama, algunos intentaban apretarles con giros de letras a noventa días.

—¡Bien, Serguei! ¡Tengo un negocio en marcha!

—Tú dirás.

—Tengo una ofensiva a punto y necesito madera para que la caldera coja velocidad: me hacen falta quinientos tanques.

Serguei dejó escapar un suspiro de desesperanza, no los tenía. A punto estuvo de decirle a Moustapha que llamara a otra parte. Entonces le vino la inspiración. Cogió la hoja impresa con los efectivos estimados de la Liga.

—Dime, Moustapha ¿Cuanto pagas?

—Trescientos mil por tanque.

—Nuevos valen dos millones, sube a quinientos mil y cerramos trato.

—De acuerdo, Serguei ¿Los tienes?

—¡No, todavía no! —admitió Serguei, repasando la lista, donde la estimación de 2.900 tanques parecía brillar con luz propia—. ¡Pero los tendré! —garantizó con un tono que al general Hinric le hubiera dado escalofríos—. Dame quince días.

—Sin problemas —aceptó Moustapha.

Animado, Serguei ordenó una inmediata reunión de tropa, la que en pocas horas se congregó cerca de su Estado Mayor. Llegaron a pie y en camiones, dejando únicamente en los campamentos al personal imprescindible, junto con las avanzadillas que se retiraban frente a los vitjebs. Eran suficientes para equipar tres divisiones completas.

Formaron en un gran cuadro, visible desde los satélites-espía enemigos, atentos a que no fueran a caerles unos cuantos misiles por sorpresa, e impacientes por oír a su general. A ver si ya se había decidido e iban por los cultivadores de patatas del sudoeste. Serguei, sobre el techo de un tanque, en el centro, explicó su plan:

—¡Muchachos, viejos soldados, hijos e hijas mías...!

Las chicas arrugaron la nariz inmediatamente, el general no solía ser tan amable. Seguro que estaba por pedirles que batallaran gratis haciendo el primo de nuevo. Peor aún: era capaz de pedirles prestado para pagar a los veteranos de la infantería de línea.

—¡...ya se que habéis tenido mucha paciencia y que estáis pasando grandes estrecheces...!

Hombre, por fin se daba cuenta. Más vale tarde que nunca.

—¡...pero ahora, tras tantos infortunios, llega el momento de la recompensa!

Las muchachas se ilusionaron. Irían a Estepolis, con sus grandes bancos, sus supermercados atestados de comida y almacenes de ropa llenos de modelitos para poder saquear.

—¡Por el Oeste...! —y señaló el oeste como si no supieran dónde estaba— ¡...llega un Ejército de la Liga! ¡Un gran Ejército con muchos tanques, aeronaves, blindados, cañones e infantes!

Hubo caras largas. En resumidas cuentas: volverían a pringar a cambio de un "gracias". Pero el general dio la nota, positiva para variar.

—¡Os propongo un trato: derrotemos a ese Ejército y todo el botín que quede en el campo de batalla es vuestro!

Saco una calculadora del bolsillo mostrándosela mientras hacía números.

—¡Teniendo en cuenta sus efectivos y los precios del mercado libre, si una quinta parte de su material cae en nuestras manos... y fijaos que pongo una cantidad modesta, que puede ser mucho mayor... podemos lograr de un solo golpe al menos trescientos cincuenta millones de pavos que irán directamente a vuestros bolsillos, como compensación por estos meses de atrasos! ¡Esta vez ni yo, ni Mizna tendremos parte en este negocio! ¡A cambio, no quiero volver a oír hablar de esos sueldos atrasados! ¿Estamos de acuerdo?

Hubo silencio mientras intercambiaban miradas calculadoras.

—Hombre, pues no es mala idea —decían.

Parecía que, por una vez, el general se mostraba sensible a las necesidades e inquietudes de la tropa.

Serguei estaba contento. Ya los tenía convencidos. Ahora a montar el plan de batalla en inferioridad numérica.

Suerte que el general Hinric era más inútil que una escoba en el desierto. No era un fulano de romperse la cabeza. Cogería el manual y lo aplicaría al pie de la letra para asegurarse que luego no pudieran pedirle responsabilidades si algo se torcía.

El manual tampoco era un prodigio de imaginación, más bien del tipo: "sujete el clavo con dos dedos, apóyelo contra la pared por la punta, coja el martillo por el mango con la mano libre, golpee con la cabeza del martillo en la cabeza del clavo hasta hundirlo, tenga cuidado con los dedos, retire los dedos y continué golpeando hasta clavarlo a la altura deseada". Así y todo alguno acababa con la mano escayolada.

Su Estado Mayor y los generales, con Merkle a la cabeza, acudieron inmediatamente. Discutían las posibilidades cuando se presentó la capitana Delniak con una nueva petición.

—¿Que ocurre ahora? —se impacientó Serguei.

—¿Habría algún problema en retrasar la batalla hasta el dos o el tres del mes que viene?

Serguei y Merkle intercambiaron una mirada.

—Supongo que no —decidió Serguei, eso le daba tres o cuatro días más de margen—. Pero, ¿a qué viene esa petición?

—Estamos a día 25 —explicó la capitana señalando el calendario electrónico colgado en la pared—. ¡Y ellos cobran puntualmente cada fin de mes! —explicó exultante, con los ojos relucientes—. ¡El día tres aún no habrán tenido tiempo de gastárselo y tendrán la cartera repleta!

El general no veía mal que sus chicas pudieran obtener alguna pequeña compensación en concepto de intereses por los atrasos.

—Ningún problema. Lo que lleven en sus bolsillos es vuestro —accedió Serguei.

Y la capitana Delniak regresó a dar la buena noticia a las compañeras. Por fin podrían cobrar una paga extra. Le dedicó un buen pensamiento al general enemigo, el tal Hinric, que les traía las nóminas como si fuera un Papá Noel moderno.

Ignorante de lo que pensaban sobre él, el general Hinric elaboraba su plan de acción. Había leído como cinco veces el Manual de Batalla 276-M para estar seguro de no meter la pata y diseñar un plan según las ordenanzas: reunir un Ejército superior en hombres y armas, tecnológicamente más moderno, llevar la iniciativa con una fuerza abrumadoramente superior, envolverle en todas las dimensiones (tierra, aire, electrónicamente y psicológicamente), atacar únicamente cuando la victoria fuera segura y perseguirle hasta su destrucción.

Dmitriev no perdía de vista el silencioso radioteléfono. Por lo visto en el Ministerio empezaban a creerse su propio plan. El general Hinric incluso le preguntó a él, mientras Dubois se estrujaba las neuronas.

—¿Usted que opina?

El general Dmitriev parafraseó a un oscuro dictador protoeuropeo con una cita que venía al pelo:

—Hace unos meses estaban al borde del abismo, hoy tienen la oportunidad de dar un paso al frente.

Satisfechos y sin pararse a entender lo dicho, Hinric y su Estado Mayor idearon el plan de batalla definitivo, según el terreno y el despliegue enemigo.

Aisha escuchó aburrida como elucubraban toda suerte de disparates, a ver quién lograba lucirse diseñando el plan más fantasioso de todos. Hasta que finalmente tuvieron un ataque de sensatez. Y, para hacerlo más increíble, fue Dubois quién lo tuvo:

—¿No creen que dada la inexperiencia de nuestros soldados, si intentamos alguna maniobra envolvente puede desorganizarse todo el ataque?

Vamos, que si los soldados de primera línea se perdían de vista entre sí, probablemente algunos acabarían dónde Marco Polo perdió el gorro. Así que simplificaron.

—Muy bien, cuando la aviación conquiste el espacio aéreo sobre el campo de batalla, ablandaremos sus defensas con una cortina de artillería y efectuaremos un asalto masivo directamente contra el centro del Ejército enemigo.

Aisha pensó que Herbert hubiera hecho un plan mucho mejor en menos de la mitad de tiempo. Pero le marginaban a reparar el aire acondicionado para que el brillo cegador de su superior intelecto no ocultara sus marchitos resplandores.

—¡Cinco días hablando para este plan! —comentó al general Dmitriev—. ¡Pero si yo lo hago en cinco minutos!

Dmitriev sonrió cínicamente. Al menos todos habían tenido la oportunidad de exponer un grandioso plan, grabado en soporte digital, que luego incluirían en su expediente. Si incluso los había que se colocaban dando el perfil bueno a la cámara cuando hablaban.

—Y preguntó yo —continuó Aisha—. Con todos los adelantos médicos que tienen, los injertos de neuronas y demás ¿no pueden encontrar generales más listos?

—Claro —aceptó Dmitriev—. Pero los generales más listos les dicen que van a perder esta guerra.

Entonces se les acercó el general Dubois:

—El general Hinric quiere que acompañen al general Konstantinov a inspeccionar el frente.

Dmitriev ni preguntó por el motivo, no le interesaba. Aisha asintió contenta, podrían salir al aire libre. Allí se acumulaba humo a medida que quemaban neuronas con tan ímprobos esfuerzos.

Fue un viaje muy rápido, en transporte aéreo. Una aeronave pequeña y compacta, con motores de flujo de hidrógeno que hacían poco ruido, dotada de mueble-bar y un pequeño televisor de pantalla ferroeléctrica.

—¡Miré, general, están explicando el plan por televisión!

Bueno, en realidad explicaban una sarta de fantochadas increíbles, haciendo alarde de la cantidad de soldados y material reunidos para la batalla decisiva. Salieron el Ministro y el jefe del Estado Mayor General explicando que la victoria era segura, y más de un especialista que avaló lo que decían.

—¿Esto es bueno? —preguntó en voz baja para que no la oyera el general Konstantinov.

—No —respondió Dmitriev—. Para ellos no.

Por la ventanilla el suelo pasaba a toda velocidad: piedra, arena y sal, salpicado de manchas verdes, mares de plástico, ciudades y líneas de asfalto cortando la inmensa planicie de Asia Central.

Arriba se movía la escuadrilla de cazas que les escoltaban. Aeronaves enormes y muy caras, que dejaban estelas de vapor de agua al quemar el hidrógeno de sus depósitos. Uno descendió lo bastante como para ver sus toberas vectoriales que le permitían maniobrar en vertical y despegar en unos pocos metros de pista, y también los misiles.

—¡Cómo se nota la falta de dinero! —le dijo a Dmitriev, señalando los puntos de anclaje vacíos.

El general sonrió, de buen humor. Las armas ultramodernas eran muy caras y complicadas de fabricar. La voracidad de la guerra jugaba en contra cuando los cálculos de tiempo fallaban. Y teniendo en cuenta que llevaban ya ocho años y once meses más de los previstos, los cálculos habían fallado mucho.

En algunos momentos hubo tal escasez de armas de última generación que incluso probaron a ver si simulando el ataque y transmitiendo el ruido de la explosión por un altavoz ("PUM") lograban engañar al enemigo.

Aterrizaron a cincuenta kilómetros del frente, en un apartado y polvoriento aeródromo, rodeado de depósitos de suministros, con innumerables soldados que daban vueltas fingiendo tener mucho que hacer para que no les dieran un fusil y les enviarán a pegar tiros.

El Ejército del general Hinric avanzaba en una formación muy escalonada, con tres líneas de divisiones paralelas al frente, extendiéndose durante decenas de kilómetros por caminos y carreteras, ocupando hasta el último tramo de asfalto o tierra compactada.

Sin hacer caso de aquellos domingueros, dando botes por la campiña en un todoterreno, entre carreteras atestadas de camiones pesados con atascos de docenas de kilómetros, llegaron hasta una de las compañías del flanco derecho, que les esperaban para cubrir los últimos tramos del avance.

—¡Tú! —gritó el capitán de la compañía al verla.

El mundo era un pañuelo: eran la compañía del tipo de las dos cuchilladas.

—Vamos, capitán, sin rencores —pidió Dmitriev—. Lo pasado, pasado está.

Nadie lo veía muy claro, pero los dos generales entraron en el tanque de mando y a ella la metieron en otro, con un pelotón de infantes. Un bicho enorme, con un cañón electromagnético sobre la barcaza, cargado de metanol hasta el techo y con paredes de whiskers y cerámicas de dos palmos de grueso.

A pesar del incidente con el fulano fueron muy caballerosos. Se apretujaron en la cámara de la tripulación, en la parte trasera del vehículo, para dejarle dos asientos libres, casi poniéndose unos encima de otros y pegándose a las paredes para dejarle más espacio, no fuera a sentirse oprimida.

—Muy bien, reiniciamos la marcha. Adelante compañía —ladró la radio.

El conductor, sentado al principio de la cámara, detrás del gran motor y el deposito principal de metanol, conducía mirando las tres grandes pantallas por dónde veía el exterior, atento a los baches y al terreno.

El jefe del vehículo, que controlaba el cañón electromagnético, estaba pendiente de sus doce pantallas, mostrando cada una un sector de 30°, buscando enemigos y girando el cañón de un lado a otro por si tenía que disparar.

—Mantened los ojos abiertos. Vehículo enemigo en retirada. Contacto fallido, seguimos adelante.

Los cuatro infantes de línea llevaban exoesqueletos ligeros de piezas imbricadas cubriéndoles de pies a cabeza, fusil electroquímico, un montón de cargadores y granadas. Se les apodaba "caimanes" por su aspecto escamado, aunque aquellos tipos llevaban el exoesqueleto con tanta marcialidad que deberían apodarse "cucarachas".

Un soldado con mono balístico de acero espumado, casco y chaleco, se ocupaba de revisar que los exoesqueletos estuvieran debidamente sellados y en condiciones de uso, además de ayudarles a ponérselos y quitárselos.

—Hazme sitio, muchacha —le pidió.

Encogió las piernas un poco para permitirle comprobar al soldado sentado enfrente, con un exoesqueleto pesado, que en realidad era un pequeño y compacto robot bípedo monoplaza hecho de whiskers, cerámicas y espumados, con una plancha de seis dedos de grueso protegiendo pecho y espalda.

Era un "cangrejo", el eslabón entre la infantería pesada y los vehículos acorazados. Sustituían a los antiguos pelotones de armas pesadas: eran ametralladoras, lanzagranadas y morteros ligeros todo de una pieza.

Acercó la cabeza para ver mejor el fusil modular de tres cañones. Era tan grande y pesado que un hombre sin ayuda electromecánica no podría levantarlo y menos disparar con él. Sujeto al brazo del robot parecía una gran pinza que justificaba el apodo de "cangrejo".

Los soldados cuchicheaban animadamente sobre los kaciaks a los que se enfrentarían. El sargento del grupo decía:

—Esto va a ser fácil. Están en las últimas y ahora tienen mujeres en primera línea. Algo así como un club de animadoras para hacer bulto y dar garbo a los pocos hombres que quedan.

Todos asintieron, muy contentos de que la resistencia viniera de muchachas con pompones y minifalda.

—¡Contacto con el enemigo! —trompeteó la radio—. ¡Elevación fortificada! ¡Detened los vehículos tras la cresta! ¡Todos abajo y que nadie dispare salvo para responder a fuego hostil! ¡Tenemos órdenes de no iniciar ninguna acción!

Se detuvo el tanque, se abrió la gruesa compuerta trasera y la parte final del suelo basculó, haciendo de rampa, hasta tocar tierra, para permitir salir al pelotón.

Primero el "cangrejo", al que desengancharon de su arnés (una medida de seguridad para evitar que en algún bote saliera despedido y aplastara a la tripulación). Luego los "caimanes", que se abrieron en abanico delante del "cangrejo", separándose para ofrecer menos blanco. Por último el de mantenimiento, cerca del "cangrejo" para auxiliarle.

Había poco movimiento en tierra, aunque en el aire volaban cazas, aeronaves tácticas, zánganos radiopilotados y misiles subsónicos. Los misiles y la artillería antiaérea disparaban a lo lejos, aunque de momento ningún bando intentaba invadir el espacio aéreo del otro.

—¡Santa Virgen de Kazán! ¿Qué es esto? —decían los soldados.

Estaban en un páramo pedregoso, que no parecía el desierto de piedra que acostumbraban a ver. Entre los guijarros había pequeños cubiletes de polímero alineados simétricamente a cortos intervalos regulares y de cada uno brotaba una planta. El suelo contaba con una fina capa de grava y arena mezclada con granos de cerámica y plástico que retenían la humedad y los minerales. Hasta una altura de un metro había vegetación. Bueno, en realidad era un campo de marihuana.

—¡Mirad, ahí están!

Entonces se les pasó de golpe el optimismo, contemplando a su enemigo a través de prismáticos y visores.

Aisha contempló entusiasmada a la compañía femenina desplegada seiscientos metros delante de ellos, cien metros entre vehículo y veinte entre cada tirador a pie, aunque un grupo permanecía junto al tanque de mando, reconocible por la simbólica crin de caballo en la antena.

—¿Habéis visto? —decía uno—. ¡Tienen una cabellera humana en la antena!

Se leía la pintada en el lateral del tanque con el eslógan de la compañía: "VIVAN LOS BANCOS". Y debajo, alguna chica perspicaz y emprendedora había añadido: "Y LAS CAJAS DE AHORRO TAMBIÉN". Seguramente eran la capitana con sus oficiales y el personal de la oficina.

Llevaban fusiles de rail, cuyo pesado proyectil atravesaba la mayoría de los blindajes, excepto los más gruesos. Un arma estupenda con tres defectos que la impopularizaron entre los militares más conservadores y cabezas cuadradas: el peso y tamaño de la munición limitaban su cantidad; como había poca munición, el arma era semiautomática para no malgastar; y como era importante que cada proyectil diera en el blanco hacia falta un buen tirador, algo cada vez más raro entre los reclutas.

Empezó a levantar una mano para saludarlas, pero uno de los "caimanes" la miraba de reojo y desistió. Se estaban volviendo muy sensibles con estas cosas. Ya no se podía ni saludar a los parientes.

El capitán, por su parte, contactó directamente con su general para pedir explicaciones. La verdad es que pinta de animadoras no tenían, incluso para los supuestos gustos macabros de los kaciaks.

—Contacto con el enemigo —anunció—. Una compañía de infantería ligera, doce tanques y un centenar de efectivos... oiga ¿sabe que esta pandilla tiene un montón de equipo que parece nuestro?

En el otro radiocomunicador, el general Kolozov, que pasaba por ser uno de los generales con menos sentido común, asintió:

—Si. Quitan el equipo a los soldados que matan. Nada anormal.

El capitán tragó saliva mientras los soldados murmuraban por lo bajo a través del radiocomunicador.

—¡Que barbaridad! ¡Pues sí que han matado gente estas gachis! —decían.

—Tienen un estandarte con una bruja —siguió el capitán.

A la mayoría les parecía un estandarte tétrico y siniestro, ondeando al viento.

—Y nosotros tenemos uno con un caballo —replicó el general—. Déjese de estandartes.

El capitán continuó con su descripción.

—Y tienen como mascota a un buitre repelente...

—¿Lo prohibe alguna ley?— preguntó el general Kolozov.

Aisha estuvo de acuerdo.

—¿Y qué se supone que deben tener como mascota? —preguntó por el radiocomunicador—. ¿Un canario?

Aquella gente se ahogaba en detalles sin importancia.

—Y tienen cara de locas peligrosas —prosiguió el capitán—. Nos miran de manera muy rara. Y hacen gestos, señalándonos.

La mayoría cuchicheaban que parecían a punto de echarse una carrera hacia ellos para ponerles las manos al cuello.

—Nada importante —explicó jovialmente Kolozov—. Andarán escasas de víveres. A veces se comen a los enemigos muertos.

—¿Co... Cómooooo?

Uno de los "caimanes" corrió hacia ella para preguntarle cara a cara:

—¿Tu nos comerías?

—¡Claro que no! —protestó Aisha, indignada.

¿Qué se habían creído? ¿Que era una muerta de hambre? Ella sólo comía alimentos de calidad garantizada.

—Pero no siempre —puntualizó Kolozov—. Solo de cuando en cuando. La mayoría de las veces se limitan a beberse la sangre.

—¿Queeeeé?

—La mayoría de los pozos de agua están contaminados o son salados —explicó Kolozov.

En estas Aisha vio a la capitana adelantarse unos pasos tras dejar un plato sobre la oruga del tanque. Por lo visto habían interrumpido su almuerzo. Empezó a hablar por su comunicador mientras hacia gestos hacía ellos, y a falta de puntero usaba el tenedor para señalarles.

La compañía se quedó de piedra, interpretando aquellos gestos a la tremenda:

—¿Habéis visto?

—¡Si, el teniente va a ser el primer plato!

—¡Y el sargento Kirchnev el segundo!

Empezaron a ponerse nerviosos.

Aquellas menganas luciendo equipo robado a los muertos, estandartes macabros, buitres enormes, dudosos gustos gastronómicas y cara de lunáticas, intimidaban a cualquiera.

Uno de los sargentos sugirió que debían dispararles. Poco faltó para que le pegaran.

—¿Y si se enfadan? —preguntaban los demás.

De todas formas, el general Dmitriev hizo un balance positivo.

—Aquí todo parece normal. Vamos a otro sector del frente.

—¿E... e.. esto es normal? —preguntó el capitán.

El general Konstantinov no decía nada, pero también él parecía pensar que la normalidad brillaba por su ausencia.

—Sí, hombre sí. No hay de que preocuparse —mintió Dmitriev.

En éstas el comandante del batallón metió baza:

—¡Capitán Leonard ¿Que diablos esta haciendo?

—Señor, estoy desplegando la compañía. Es que delante tenemos...

—¡Ya he oído la conversación con el general! ¡Despabile un poco! Y si se encuentra desanimado hágase esta pregunta: si esas mujeres toman al asalto su posición ¿Por dónde van a meterles el cañón del fusil?

El oficial farfulló mientras intentaba dar una respuesta coherente, mientras la compañía se abría aun más, careándose con sus oponentes y confiando en que el sector se mantuviera tranquilo durante la batalla.

Una vez seguros que las de enfrente sólo miraban, desilusionando a Aisha, que esperaba ver un tiroteo y unos cuantos muertos para tener algo que contarle a Herbert, vinieron a buscarles en un todoterreno blindado.

A través de senderos y carreteras secundarias fueron a la 9 División, una distinguida unidad veterana que ahora se componía de reclutas inexpertos, enfrentados a los soldados de Merkle, donde esperaban que tuviera lugar la batalla principal.

Encontraron a ambos contingentes estudiándose mutuamente sobre un campo de adormidera, con unas cuantas avanzadillas y algún que otro cañonazo, pero nada digno de mención.

Allí estaban las brigadas de infantería pesada, con tanques y cañones, aeronaves, pelotones de infantería y todo el personal. Olía muy mal porque se había producido un terrible ataque de diarrea y continuamente iban a las letrinas. Curiosamente, el parte médico lo consideraba algo muy positivo: eran las unidades con menos problemas de estómago y estreñimiento a causa de las raciones frías distribuidas.

—Allí están —anunció Dmitriev, señalando a sus viejos colegas de la división de Merkle.

A Aisha le embargó el entusiasmo al verlos. Por fin un grupo de soldados que valían la pena, aunque fuera de lejos. Aquellos veteranos de mente fría, corazón helado y expresión psicopática que les había hecho mundialmente famosos. Altos, fuertes, con gastados exoesqueletos surcados de arañazos e impactos, oscuros, tranquilos e inexpresivos junto a sus tanques, que ya las habían visto de todos los colores.

Los oficiales, con los prismáticos ante los ojos y un móvil en la oreja, hablaban con los compradores mientras hacían estimaciones sobre las capturas en el campo de batalla. Eran gente sería y competente y no querían guardar stocks de productos difíciles. Además, así no perdían el tiempo e iban a lo práctico. Eran buenos profesionales, sin duda.

Aunque de nuevo los de la Liga se empeñaban en ver el lado negativo.

Muchos soldados decían que parecían socios cooperativistas de pompas fúnebres excesivamente empeñados en conseguir "clientes" para su negocio, porque debían cobrar comisión por cada fiambre que conseguían, y que además daban una impresión siniestra con aquellas banderas negras de calaveras y tibias cruzadas, y los buitres dando vueltas en círculos sobre sus cabezas esperando el momento de bajar a almorzar.

Por darles la razón, Aisha admitió:

—Bueno, un poco serios sí que son ¡pero no parecen los malos de una película gore!

—¿Habéis visto a ése, junto al tanque 99? ¡Le chorrea sangre de la boca mientras nos mira!

Aisha lo enfocó.

—¡No, hombre no! ¿Que no ves que son cuatro gotitas de sangre? ¡Se ha cortado afeitándose!

Eran tan exagerados que algunos incluso decían que usaban calaveras como faros de los tanques. Si sólo eran adornos para darle vida a aquellas moles pardas rayadas de castaño.

Pero el desánimo tampoco les duró mucho, al poco empezaron a cantar para recobrar brío. Se notaba su influencia multicultural por el tono de corrido mejicano. La letra no la tenían muy clara, aunque el estribillo parecía simpático:

—¡Aaaaayyyyyy! ¡Aaaaaaaaayyyyyyyy! ¡Aaaayyyyyyaaaaaayyyyyy! ¡Que nos van a zurraaaaar!

El general al mando de aquella brigada acudió a conversar con Dmitriev y Konstantinov.

—Necesitaríamos algún refuerzo. Parecen muy profesionales. No será un paseo.

Era listo el individuo. Vamos, con la de patadas que les iban a dar en el trasero a aquellos panolis vitjebs, Aisha no pudo evitar decirle por el radiocomunicador:

—Seguro que no. Cuando acaben no se podrán sentar en un mes.

Mejor haber callado ¡Cómo se lo tomaron! Todos lo interpretaron en el sentido de que los soldados de Merkle les iban a hacer algo muy, muy, pero que muy malo.

Los soldados desplegados en líneas alternas con huecos entre ellos, como los escaques de un ajedrez, empezaron a mirar hacia atrás, inquietos al estar tan solitos en primera línea, temerosos de lo que los malvados kaciaks podían hacerles a los fofos y tiernos vitjebs, buscando a alguien que les defendiera si eran atacados.

No, si sentido común e inteligencia, cero. Pero de imaginación y vanidad... si la mayoría eran tan feos que parecían salidos de un Picasso.

Los infantes que se veían las caras con los chicos de Merkle empezaron a cuestionar por radio por qué la segunda línea estaba tan atrás y por qué los "cangrejos" estaban aún más atrás, y los oficiales empezaron a correr de un lado a otro para evitar que fueran a retaguardia para "reagruparse".

En éstas, el general Konstantinov decidió dar por terminada la visita.

—Po... podemos regresar.

—¿Seguro? Aún podemos inspeccionar varias brigadas más...

—E... es igual... creo que ya he visto todo lo necesario.

Y regresaron al Cuartel General, dónde ya ultimaban los preparativos y cursaban instrucciones para los contingentes aéreos.

—¿Cómo ha ido todo? —preguntó el general Hinric.

—¡Bien! —respondió Dmitriev—. No he visto nada fuera de lo normal. Todo va como debe ir.

Al general Konstantinov se le debía haber contagiado la diarrea, porque lo primero que hizo fue encerrarse en el retrete. Y al salir parecía que, además de haberse desatascado la tripa, se le había desatascado el cerebro, prueba inequívoca de lo estrechamente asociados que tenía ambos órganos. Fue directo a Hinric y le dijo:

—¡Cre... creo que esta batalla la vamos a perder!

Dmitriev permaneció a la escucha, regocijado, mientras Konstantinov desembuchaba y Hinric escuchaba pacientemente hasta el final.

—¡No sea tan negativo, hombre! —protestó Hinric—. ¡Si esta batalla no tuviera posibilidades el Ministerio no la habría ni autorizado! ¡No debe dejarse impresionar por esa gente!

Aisha tironeó de una manga a Dmitriev.

—¿No deberían haber llamado para anular la batalla? —preguntó en voz bajita.

Dmitriev asintió.

—Deberían. Pero como han pregonado a los cuatro vientos que va a haber batalla, ahora tienen que pelear.

Vamos, que no iban a quedar como unos vulgares fantasmones ordenando una retirada a tiempo. Miró el radioteléfono y se imaginó al Ministro y al Estado Mayor General, haciendo de tripas corazón mientras intentaban convencerse de que aún podía salir bien. Siempre quedaba un pequeño resquicio de esperanza.

En éstas apareció el coronel Kaulev, jefe del Estado Mayor de su brigada, para hablar con Dmitriev. Algún asunto oficial, porque vio que apuntaba algo en un papel al despedirse.

Ya volvía a la brigada, cuando reparó en ella y, tras vacilar un momento, se le acercó:

—¡Eh, Aisha! ¿Quieres entrar en la timba?

Aisha abrió mucho los ojos. Si era una buena apuesta podía redondear el sueldo a fin de mes.

—¿De qué va?

—¡De la batalla!

Aisha se sorprendió.

—¿Se hacen apuestas? ¿Es que alguien cree que los de la Liga van a ganar?

Kaulev se horrorizó.

—¡No, claro que no! —bajó la voz y agregó—. ¡Apostamos a ver, de las ocho divisiones que tiene el general Hinric, cuantas se va a cargar Serguei en esta batalla! ¡Yo he apostado que seis!

Aisha reflexionó, le pareció que Kaulev se dejaba llevar por sus prejuicios contra los vitjebs.

—Doscientos pavos a que son cuatro —cuchicheó—. ¿Cómo está?

—¡Pseee! ¡Tres a dos!

Lo anotó en su papel y regresó a la brigada, la timba quedaba cerrada.

Aisha se acercó al mapa holográfico dónde el general Hinric daba las últimas instrucciones.

—¡Señores, cursen las órdenes! ¡Empieza la Operación Mercurio!

Mientras los de comunicaciones enviaban las órdenes a los contingentes aéreos y alertaban a los de tierra, Aisha cruzó los dedos, a ver si había perdido doscientos pavos o ganado cien. Y más les valía darse prisa, porque ahora en primera línea hasta los más bobos sospechaban que les iban a dar para el pelo.

Y en el Cuartel General, con el corazón en vilo esperando el momento del triunfo, contemplaron cómo las figuritas se ponían en movimiento, marcando el paso como un moderno Ejército de zombies (de la cabeza ya estaban incuestionablemente muertos) en pos de la catástrofe.



José Antonio Fuentes Sanz

De José Antonio ya hemos dicho que nació en 1969 en Tarragona y que se pasó tres años en el Ejército, lo que le significó una gran pérdida de tiempo pero le sirvió para resultar verosímil produciendo relatos de corte bélico. Escribe para divertirse, tanto novela como relato corto y su primera aparición pública fue "Fabricando la leyenda de Alonso de Moncada", en Axxon N° 136.


Axxón 145 - Diciembre de 2004
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: España: Español).

            

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