KARMA

Jean-Pierre Planque

Francia

A Johan

Algo me ha hecho sospechar hace un momento: alguna cosa fallaba en el ceremonial de Henry. Una mínima diferencia respecto de las otras tardes me había chocado, de forma inconsciente. De ordinario, después de cenar, le llevo su taza de café al salón donde me espera, sentado en su sillón favorito, volviendo distraído las páginas del periódico de la tarde, o soñando despierto en medio del humo de un cigarrillo. Me siento a su lado bajo el ópalo de la lámpara, ciñendo sobre mi cuerpo desnudo la sedosa segunda piel de una bata puesta de prisa. Henry coge con delicadeza la taza entre pulgar e índice, el rostro vuelto tres cuartos hacia mí, siempre sonriendo, y la lleva hasta sus labios con devoción. Tengo el tiempo justo de poner sobre el plato el disco que ha preparado. Con los primeros acordes de Rêveries nocturnes de Satie, su diestra roza mi nuca antes de acariciarla con dulzura; luego sus dedos despeinan mis cabellos como harían con el pelo de un animal de compañía. Un gato, es un poco lo que soy en el ceremonial de Henry.

Durante unos minutos, saborea conmigo este instante de paz silenciosa robada, dice, al demonio de los relojes, luego se levanta con lentitud, me da un beso en la frente antes de decir con una voz apenas audible: «Me voy. Hasta luego, cariño.»

Son entonces las ocho menos dos minutos. No hace falta mirar el reloj de pared para asegurarse: el ceremonial de Henry funciona a la perfección. Una larga serie de veladas idénticas ha permitido situar cada elemento en el espacio y el tiempo, puede que casi al segundo. Sin embargo, aquella tarde...


Su paso regular por la escalera que conduce al primer piso me indica el fin del ceremonial. Henry no volverá a aparecer hasta el día siguiente, con las primeras luces del alba. Sola con las Nouvelles pièces froides o justo en mitad de un concierto de Rachmaninoff, me gusta imaginarlo allá arriba, encerrado en su despacho secreto, escribiendo o tecleando las páginas de su última novela.

He recibido la orden, desde que llegué a su casa, de no molestarlo bajo ningún pretexto, de no tratar nunca de descubrir lo que ha bautizado como su "Creatorio" y que, de seguro, debe encontrarse allá arriba, bajo el tejado, en una especie de desván habilitado a tal fin. Nunca he violado esta regla, respetando su necesidad de aislamiento, aun cuando, a menudo, mis sueños me guiaban hacia él y lo llamaban a gritos.

Por la mañana, viajero fatigado, deposita sobre un mueble las hojas arrancadas a la noche y se lanza sobre el desayuno que le he preparado. Hablamos sin entrar en detalles de su novela en curso, de sus nuevas ideas o de sus personajes. Sus novelas se venden bien, vivimos de ellas holgadamente.

—Unos años más —dice a menudo—, y nos iremos lejos de aquí. Nos instalaremos bajo el sol, cerca del mar. Sólo tú y yo. Para entonces habré purgado...

¡Qué extraña expresión! Esa palabra, cuyo significado comprendí más tarde, parecía sonar tan mal en su boca que yo siempre le preguntaba: «¿Purgado? ¿Purgado el qué, Henry?»

Estábamos fuera del ceremonial. No obstante, como para excusarse de un dolor que lo atormentase, respondía de forma invariable:

—Mi ansia de vivir como todo el mundo.

Por lo general, se levanta y se estira como un gato su animal favorito, después de mí con deleite y precaución, echa un vistazo a la hora, y luego me invita: «¡Ven, vamos a tomar un baño!»


Aquella tarde, algo no iba bien. Algo sin importancia, lo más probable, había hecho descarrilar la maquinaria hábilmente engrasada del ceremonial. Una referencia temporal que se había desplazado algunos segundos. ¿Acaso mi intuición me había advertido del drama? En todo caso, he tenido que mirar el reloj de pared dos veces antes de rendirme ante la evidencia:

¡Ocho y dos minutos! Los pasos de Henry me martilleaban los tímpanos. Se siguió un horrible grito y ruidos que no conseguí identificar; ruidos parecidos a los que produciría una reja que alguien sacudiese con rabia.

Vacilé entre unas ganas estúpidas de reír y el terror más descabellado. Henry era un maniático que lindaba con la locura y yo le había seguido dócilmente en este juego ridículo cuyos peligros consideraba desde aquel momento. Aquel grito... ¿Fantasía de escritor, puesta en situación para entrar en el cuerpo de una historia, decía? No, todo aquel barullo no podía sino estar ligado a haber rebasado la hora. Por otra parte, no tuve tiempo para seguir haciéndome preguntas. Henry bajaba corriendo la escalera como un loco y aparecía en el salón, los cabellos desgreñados y la mirada apagada. Pasó delante de mí, haciendo caso omiso de mi presencia. Su rostro parecía viejo, irreconocible.

Habiéndose dirigido hacia el bar, intentó servirse un scotch; intento de lo más peligroso que me lanzó en su auxilio. Me hizo a un lado con violencia antes de derrumbarse gimiendo. Unos sollozos desgarradores, intolerables, que me sacaron de mi estúpido asombro.

—¿Vas a explicarme por fin a qué viene todo esto? —grité—. Henry, tengo derecho a saberlo. ¡Quiero saberlo!

Lo sacudí sin contemplaciones, como si se hubiese tratado de la más lastimosa piltrafa. Mi cólera debía ser igual de lamentable. Sin embargo, su rostro recuperó un poco de color. Me miró largo rato, luego, emergiendo de otra parte lejana, su voz llegó hasta mí, cansada, monocorde:

—La puerta estaba cerrada. Cerrada, ¿comprendes? El sistema de cierre es automático. Ellos estarán allí en un instante...

Era un extraño, hablando de su infierno a otro extraño. Mas ¿no está la vida hecha de forma que los peores tormentos y las mayores alegrías son incomunicables? Trágica farsa. Si el hombre que se encontraba delante de mí me hubiera dicho: «La razón entre el número de bariones y el de fotones susceptibles de ser observados es de una mil millonésima parte. Hay un barión por cada mil millones de fotones de media en todo el universo, ¿te das cuenta?», el resultado hubiese sido más o menos el mismo. Un cambio profundo se produjo desde aquel momento en mí. Las cosas seguían siendo confusas; era como si Henry me hubiese traicionado, como si hubiese dejado participar a desconocidos en nuestro juego sin saberlo yo. Creo que ya no estaba lejos de odiarlo.

¡Cartas trucadas, enorme farol!


De los dos tipos que vinieron a buscar a Henry, no conservo más que vagos recuerdos. Simples polis de civil, corteses y discretos, a quienes siguió sin decir ni pío. Pero ¿por qué sintió la necesidad de confiarme, en un suspiro: «Decírtelo todo sería demasiado largo. En la caja de mi escritorio, encontrarás una carta dirigida a mi abogado. Ábrela, haz lo que te creas que debes...»?

Tuvo incluso el cinismo no, no creo que haya sido cínico, estaba perdido, por completo perdido de abrazarme como nunca antes.

—Vamos, venga, no perdamos tiempo —ordenó el poli más joven con una voz neutra, empujando a Henry hacia la puerta mientras el otro sonreía de forma extraña.

Estúpida. Me he quedado plantada, allí, en mitad del salón (¡nuestro salón!), y luego he subido. El "creatorio" de Henry era muy particular.


De lo que había sido un desván, no quedaba nada; el conjunto había sido reordenado por completo... pero no de la manera cálida, íntima y propicia para la creación que yo siempre había imaginado. Tropecé con los barrotes de una sólida reja de cierre electrónico que bloqueaba la entrada a una habitación única de cuatro metros por tres. Pude distinguir sin dificultad el interior de una celda iluminada a giorno por una luz blanca. Ciega y muda por el momento, una pantalla de video ocupaba toda la superficie de la pared opuesta a la litera. Pero el elemento más desconcertante en aquel decorado ya de por sí poco común era sin duda el enorme procesador que, en un rincón, ronroneaba apaciblemente.

No supe hasta más tarde de la verdadera omnipotencia de ese objeto; pues era él, el Amo que nos había dirigido, a Henry y a mí, desde siempre...

Todavía no podía imaginar demasiado: Henry sentado sobre ese camastro improvisado, cada noche vigilado por aquel cerbero impasible, forzado a escribir en aquel cuarto glacial, visualizando tal vez, tecnología obliga, su propia creación sobre aquella pantalla. Quizás el ordenador le ayudaba en su trabajo. Todo aquello seguía siendo del todo incomprensible: ¿por qué se veía forzado Henry a ir allí cada tarde dentro de esa celda, a una hora muy precisa, para escribir? Por otra parte, ¿cómo había podido enlazar dos ideas en aquel decorado? La hora condicionaba la apertura y sin duda el cierre de las rejas. Habiendo llegado tarde a la apertura de aquel infierno, los polis... ¿Polis? ¿Celda? Henry estaba preso en su misma casa un cierto número de horas por día, y debía cumplir ciertas tareas a cambio de un régimen abierto. ¿Podía ser que el ordenador-carcelero administrase su cautividad en comunicación con algún centro de control? ¡Eso explicaba la pronta aparición de la policía en la casa. Quizás. Quizás... ¡No se me ocurrían más que "quizás"!

Decidí esperar a la mañana siguiente, sin darme cuenta ni por un segundo de lo absurdo de la situación en que me encontraba... Mi espíritu parecía vacío, libre de obrar a su antojo. Era una sensación por completo nueva, pues no importa lo que retrocediera en mi pasado... ¿Pasado? Qué extraña palabra. ¿Había tenido alguna vez un pasado que me perteneciera? Mi vida había comenzado cuando había cerrado la puerta de aquella casa. Eso era una certeza bien anclada en mí. Henry y yo sin embargo éramos íntimos. Desde la primera mirada... Allí incluso mis recuerdos resultaban vagos. Estaba cansada, fatigada, a la vez libre y del todo impotente. Mis pensamientos se aferraron a Henry, boya de imprecisas formas...

Henry había vivido con su secreto escondido en lo más profundo de él durante varios años. ¿Qué había sido yo pues para él y por qué no me había dicho nada? Caí en la cuenta de su frialdad, su distanciamiento, sus aires de gran señor exiliado en una tierra ingrata. Yo, que tanto tiempo había respetado sus silencios y su extraño comportamiento, atribuyéndolos a un alma de escritor inspirada sin cesar, atormentada, obsesionada por alguna sombría inspiración. La imagen del Genio.

Tempestad bajo el cráneo. ¡Hay que ver lo huecos que pueden sonar ciertos arquetipos! No me acuerdo de haber ido a la escuela ni a cualquier otro lugar del que tenga imágenes. Pero, ¿no es uno de los fines de todo condicionamiento tergiversar orígenes y recuerdos? ¡La boya, la boya, rápido!

Un objeto, sí, un animal de compañía, eso es lo que yo era para él. No había tenido más importancia a sus ojos, y estaba resentida con él por haberme ocultado todo. ¿Qué había hecho que mereciese la prisión? ¿Había robado? ¿Matado? No me imaginaba a Henry quitando la vida a otro ser, tan tranquilo él, tan atento, tan poco dado al arrebato, amante de los gatos, de la vida ordenada...

¿No había él representado un personaje durante todo aquel tiempo? Es cierto que nuestros días juntos se limitaban a la rutina, que nos adormecíamos mutuamente. ¿Nos habíamos amado alguna vez? Mucho tiempo atrás, quizá. Habría sido incapaz de decir cómo nos habíamos conocido y en qué circunstancias, ni siquiera qué me había seducido de él. La puerta se había cerrado detrás de mí, me encontraba en una casa que me parecía conocer, enfrente de un hombre que despertaba en mí un sentimiento de respeto mezclado con amor. No podía ser sino su mujer. ¿Y antes?

¿ANTES?

Cuanto más tiempo pasa, más me parece que todas las cosas que hemos sido no han existido, que han muerto con él. ¿Sería posible falsear los recuerdos? ¿Condicionar el amor? ¿Meterlo en la memoria? No sé nada sobre tecnología de punta...

"Gatita, estás en todas mis novelas, en todos mis pensamientos. Estamos unidos, más unidos de lo que nunca podremos imaginar. Si llegara a pasarte cualquier cosa, yo no sobreviviría".

¡Henry, poeta a ratos, y cuán sincero!

Ahora que he descubierto y comprendido todo, sus propósitos me vienen a la cabeza y todos tienen un doble sentido, pues él lo SABÍA. Qué pensar si no de las palabras que yo misma había pronunciado durante los extravíos de la razón que sólo el amor (¿amor?) puede explicar:

"Puede que nos hayamos conocido en otra vida; tengo la impresión de conocerte desde siempre...", o bien: "Probablemente un espíritu amigo nos ha llevado el uno hacia el otro (Me acuerdo de haber dado unos pasos de baile a través del salón, describiendo grandes círculos con los brazos). Quizá está ahí, en este cuarto, mirándonos y velando por nosotros."


¡Misticismo de bazar! ¿Cómo no lo había visto?


He dormido unas horas, hecha un ovillo encima del canapé del salón, debatiéndome en medio de insólitos sueños. Un rápido vistazo hacia el reloj me ha indicado que eran las ocho y media. Allá arriba, la reja probablemente se había abierto, a menos que la ausencia de Henry haya bloqueado para siempre el mecanismo. Iría a ver. Más tarde. Por el momento, me sentía más bien debilucha, aún muy afectada por los sucesos de la víspera y fatigada, fatigada como nunca...

En el salón, flotaba un olor dulzón. Un olor que no evocaba en mí nada concreto. Mi malestar se acentuó. Tuve que emplear todas mis fuerzas para levantarme, coordinar mis movimientos, y abrir de par en par las ventanas al aire fresco de fuera que me azotó el rostro. Mi cerebro volvió a funcionar correctamente. ¡Qué bien sentaba volver a la vida! Decidí ir hasta la caja para vaciar el contenido. Allí encontré un grueso sobre marrón dirigido al Sr. Karani, abogado, un cuaderno de espiral con las páginas dobladas, recortes de prensa, algunas fotos amarillentas...

Lo he llevado todo a la cocina y, en compañía de rebanadas de pan bien untadas de mantequilla, me he puesto a abrir el sobre. Contenía algunas hojas mecanografiadas. Henry se dirigía a su abogado:

«Estimado Sr.:

Me atrevo a esperar que no leerá nunca estas palabras pues ello significaría que habríamos fracasado. Escribo "nosotros", pero se trata por supuesto de mí, y sólo de mí frente a la justicia; aun cuando hemos elegido de común acuerdo esta demente solución. La locura... ¡Cuántas veces la he rozado! Pero el sistema KARMA vigilaba, dosificaba con un rigor del todo científico, conociendo mejor que yo mis límites y umbrales. Es una experiencia totalmente inhumana, al menos en sus primeros pasos. Las imágenes proyectadas por KARMA son insoportables y sin parangón alguno en nuestro mundo cotidiano. Tenga en cuenta que me he visto obligado cien veces (¡muchas más!) a revivir mi crimen, a perpetrarlo una y otra vez, y sobre todo a VERME llevarlo a cabo. Y esos gritos... Esa sangre... Una y otra vez, hasta la extenuación. Un infierno. ¡El Infierno! ¿Cómo ha podido salir a la luz tal abominación? ¿Cómo ha podido nacer de un alma humana? Sí, lo sé, acabé con el ser al que más amaba del mundo. Lo destrocé, lo destruí. Soy un asesino, un cabrón de la peor especie. ¿Pero qué puede decirse de quienes imaginan tales suplicios?

Maté a Irene por celos y estaba fuera de mí. Usted que defendió este argumento lo sabe, y temo que los jurados... ¡Ah, les hacía mucha falta un condenado para poner a prueba su porquería! Sr., nos equivocamos: lo que llaman con elegancia "pena kármica substitutiva" vale por mucho más de cien años de pena ordinaria en la clásica cárcel. Evidentemente, es limpia, discreta, eficaz, pero con este sistema se llenarán los asilos psiquiátricos. A menos que lo perfeccionen..."



Ilustración: Valeria Uccelli

Mis manos temblaban. El hombre a quien había amado había matado a otra mujer. Era horrible. No comprendía aún el funcionamiento del sistema del que hablaba Henry, pero no había duda de que el infierno estaba allí arriba, en aquella celda. Por lo demás, se me hacía difícil comprender sus sufrimientos, sus angustias o su indignación. ¿Qué había venido a hacer aquí yo? ¿Qué papel me habían asignado? Pasé por encima con rapidez la parte siguiente que hablaba de cosas menos importantes, instrucciones que Henry daba al abogado. Una frase me llamó la atención; seguí leyendo:

"Puede que, a ojos de ellos, haya soportado demasiado bien las imágenes de KARMA y esta semidetención... Han llevado la experiencia más lejos. Sin embargo, me niego a creer que la segunda fase haya sido prevista desde el principio. He reflexionado. Han tenido que ocultarle a usted la continuación, la segunda parte del Infierno. Es innoble. Cómo han podido... Ya conoce los tratamientos en boga hace unos años, la moda de los "revivientes" que tanto escandalizó a las buenas gentes antes de ser tachada de ilegal. Recuerda la caza de brujas y el desmantelamiento de los laboratorios especializados...

¡ELLA ESTÁ ALLÍ! La han "mantenido" y me veo obligado a vivir con ella cada instante de mi vida. Pago por la noche mis errores del día, mi Karma. En esta farsa macabra, soy un peón al que manipulan y vigilan. Cada uno de mis pensamientos es examinado, sopesado; mis sentimientos, mis pulsiones, mis actitudes de cara a ELLA deciden el castigo nocturno. ¡En caso de que haya tenido un gesto de impaciencia, un pensamiento negativo referido a ella durante el día, me lo harán pagar centuplicado, en la celda, por medio de imágenes, gritos, sangre! ¿Cómo podría ser sincero delante de esta falsa Irène, esta reviviente de recuerdos falseados?

¡Ah, han hecho un buen trabajo! Su cuerpo está intacto. Han reconstituido los tejidos. Ni la menor cicatriz que señale las heridas que le infligí en mi locura. Imagine lo que sentí al verla de nuevo, cuando me la entregaron..."


Había tres fotos. Fotos de pareja feliz que habían sido manipuladas con frecuencia. El hombre, moreno, más bien delgado, sonreía al objetivo abrazando contra él a una mujer nórdica de largos cabellos rubios con la misma sonrisa. Había mucho sol y felicidad en aquellos rectángulos de cartón. Al dorso de uno de cada dos, Henry había escrito, con su fina caligrafía:

      "IRÈNE ES UNA REINA"

Palabras muy simples que quizá Irene había pronunciado cuando era niña, y que me han hecho llorar...

He rasgado esas estúpidas imágenes. ¿Qué significa la felicidad cuando se es "reviviente"? Yo había sido esa bonita mujer y había reído, llorado. Tal vez incluso había amado. ¿Varias veces? ¿Una de más? Mi nombre había sido Irène y quizás había sido reina en el país del sol antes de que me encerrasen en este cuerpo fatigado.

En el cuaderno, Henry había estado escribiendo una especie de diario donde hablaba mucho de nosotros, antes. Es decir, de ellos... He sabido también lo que habían borrado de mi memoria; cosas sin importancia, naderías que constituyen la vida. Mencionaba asimismo su infierno, su lucha contra el pasado, contra aquellos que lo acosaban. Su vida amañada, conmigo, también. Henry había matado a Irène en el salón, a las veinte horas, con un fondo de música clásica, en el ambiente acogedor que reproducía lo que yo había bautizado como el Ceremonial. Sospechaba que le había engañado, que se había acostado con Dios sabe quién...


Me pesa el cuerpo. El olor dulzón y ácido que había percibido al despertarme ha invadido toda la cocina. ¿Es acaso el olor de la muerte? ¿Por qué no me han desconectado? ¿Tienen curiosidad por ver hasta dónde puedo llegar?

No subiré allí arriba, no iré a ver al abogado. Voy a destruir todos estos papeles. Una voz me lo ordena, dentro de mí, desde lo más profundo. ¿Quizá lo que queda de Irène?



© Traducción: Fermín Moreno González
(Publicado en el n° 1 de la revista SABLE)



Jean-Pierre Planque

Jean-Pierre Planque nació en 1951. Ha publicado más de cuarenta relatos en revistas profesionales, semi-profesionales, y diversos fanzines de cf en Francia, Canada, Belgica, Bulgaria, Rumania y España. Actualmente vive en la isla caribeña de Guadalupe y reparte el tiempo entre la redacción de sus ficciones y su condición de webmaster del sitio que creó, INFINI. En Axxon #139 fue publicado su relato "Por un plato de cornigoules".


Axxón 146 - Enero de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Francia: Francés).

            

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