FICCION BREVE (UNO)

Varios

Pensamos que una pieza fuera de programa sería bien recibida por los lectores y armamos este mosaico de ficciones breves, generadas por escritores que ya han habitado las páginas de Axxon, lo que nos exime de presentarlos. En todos los casos hemos puesto los enlaces a sus apariciones anteriores. Que las disfruten.



PLACEBO EXPRESS

Michel Encinosa Fú


Barci abre las piernas y cierra los ojos.

Todos la miran. Callan.

Trino desciende sobre las piernas abiertas de Barci.

Todos lo miran. Son muchos.

Trino entre las piernas abiertas. Los mira. Muchos. Tantos. Demasiados. Trino cierra los ojos y penetra en Barci.


Barci se pega otro dermo en el cuello y mira hacia abajo. Todas las torreagujas son iguales. Las calles, también. Hormigas bajo el zapato. Sólo hormigas.

Con los brazos en cruz, Barci deja que el viento fluya por sus manos, entre sus dedos. Allá el viento, si le gusta fluir. Barci prefiere ser piedra. O aluminio.

Barci es aluminio bajo la ropa, y odia desnudarse. Sólo una vez se contempló en un espejo. Nunca se toca a sí misma. Se baña con chorros a presión, mantiene su cuerpo depilado, y ante el menor indicio de escozor cierra los puños y llora hasta que pase.

Allá a lo lejos, en algún lugar de la ciudad, está Trino. Barci lo odia.

Barci imagina ser el viento y con las manos del viento se toca de pies a cabeza, pegándose un dermo tras otro, temblando.

A un lado, bajo una sombrillita, el ojo de la cámara se apaga.


Trino construye una pirámide de botellas vacías, y la corona con una cereza. Ya no hay más botellas. Sólo cerezas, un pomo lleno. En la etiqueta ríe un niño. Pero ese niño no es Trino. Ya no lo es. Las cerezas ni siquiera le gustan. Nunca le gustaron. Pero se ve bonita ahí, en lo alto.

Virgen, tiene que quedar al menos una botella por ahí. Al menos una.

Trino se marea de pared a pared, de gaveta a gaveta, asciende y desciende. En derredor todo son 3Ds familiares. Trinito abrazado a mamá, Trinito a caballito en el pecho de papá, Trinito a hombros de abuelo, Trinito en las rodillas de abuela; Trinito escoltado por tías, tíos, primas, primos, amiguitas, amiguitos.

Trino la emprende a manotazos con las 3Ds. Virgen, otra botella, por favor.

Más allá de esa pared, en algún lugar de la ciudad, está Barci. Trino la odia.

Trino quiere ser una cereza y escala la pirámide, que se derrumba bajo él. Los vidrios le cortan las nalgas y los muslos.

A un lado, sobre la mesa, el ojo de la cámara se apaga.


Los muchos, tantos, demasiados, miran los cuerpos sobre la alfombra. Tienen derecho a mirar, han pagado.

A la derecha del retablo, una pantalla de cinco por cinco metros, y en ella, Barci sentada en el borde de una azotea, mirando hacia abajo. Por el borde de la pantalla pasa un cintillo: "...Hormigas bajo el zapato. Sólo hormigas..."

A la izquierda del retablo, una pantalla de cinco por cinco metros, y en ella, Trino alzando una pirámide de botellas vacías. Por el borde de la pantalla pasa un cintillo: "... Trinito a hombros de abuelo, Trinito en las rodillas de abuela..."

Al fondo, el dueño bosteza y opina que es hora de redecorar la sala.


Barci, piernas abiertas en ángulo de sesenta y brazos en cruz, recita la letanía al oído de Trino:

"Ven acá mi niño, mi querido, mi sol, mi santo. Ven con mami, ven con papi, no te sientas solo, no quieras sentirte solo. No seas un edificio ardiendo en medio del desierto, un pájaro volando sobre los hielos, una palabra al final de una página en blanco. Ven conmigo, sabes que tengo que quererte, sabes que tienes que quererme. Ven con abuela, ven con abuelo, ven con tía y con tío, ven con todos nosotros, sabes que tienes que querernos así como tenemos que quererte. Un beso, un cariñito, qué nene más mono, eres un primor, un sol, un santo..."

Trino es multitud y mareo sobre Barci, flotando en la nada.

Barci imagina flotar en el viento.


Trino destroza las entrañas de Barci y ríe.

Palpar. Trino palpa a Barci, estira las manos y palpa todos los confines. No debe quedar rincón alguno sin palpar. Tocar. Trino toca a Barci, toca hasta su sombra sobre la alfombra, y le sopla su respiración en la nariz. Apretar, degustar, poseer hasta el límite y excederse. Trino ríe al sentir el vientre de Barci bajo el suyo, al reconocer las arqueadas, al ver su tráquea ondular con los buches de vómito.

Entonces Trino oprime entre sus manos las sienes de Barci. Oprime con ganas de romper en añicos. Tras lamer el cráneo sudado de Barci, aferra sus hombros y los dobla hacia atrás. Más atrás, más, mucho más.

Barci es puente aéreo, nuca y pies sus puntos de apoyo.

Trino ríe alto, muy alto, y grita luego al oído de Barci:

—YO SOY TÚ —vocifera hasta romperse la garganta—. YO SOY TÚ.


Los cuerpos ya no se mueven.

Los otros, los muchos, tantos y demasiados, callan.

El dueño respira muy hondo, calculando cuánto costará la remodelación.

Trino emerge de entre las piernas de Barci, y le tiende una mano.

Barci cierra las piernas y escupe a Trino.

No hay aplausos.

Las pantallas se apagan.


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IOD EL ÚNICO

Antonio Mora Vélez


Las ráfagas de estrellas moribundas anunciaban la agonía de la pequeña galaxia, que era literalmente engullida por su vecina colosal, no obstante la tenaz resistencia de dos millones de años. Iod observaba desde su cubil la maniobra y pensaba en los millones de planetas que irían a desaparecer en el cataclismo, y en los miles de millones de seres que morirían sin darse cuenta.

Iod vivía en al séptimo cielo y para él las galaxias eran objetos diminutos que le entretenían sus observaciones. Vivía solo desde tiempos inmemoriales, sin padres ni hermanos ni esposa ni amigos. Y así había sido siempre. Ignoraba sus orígenes, sólo sabía que era Él, el Único y el depositario de la Fuerza, puesto allí para cumplir una misión que le sería revelada a su debido tiempo.

Miró —un millón de años después— cómo el último de los anillos de la galaxia pequeña se perdía en un desfiladero de materia oscura y generaba un estallido multicolor que semejaba el brillo del nacimiento del universo, por los tiempos del primer círculo. Percibió el llanto de los elementos disparados hacia la eternidad. Y alcanzó a sentir el dolor de una especie que había logrado acercarse a su pensamiento y que perecía devorada por el fuego.

Iod centró su mirador hacia ese sector del cielo y logró ver las ilusiones de sus pequeños seres diseminadas por el espacio que se llenaba de cenizas y escombros. Pensó que eran buenas y decidió salvarlas.

—¡Vengan! —le dijo a las pequeñas espirales que flotaban en el espacio que se abría.

Las cadenetas del mensaje se movieron hacia Él y Iod las envió con su fuerza hacia otro lugar del cosmos, y las sembró en las aguas de un planeta azul, para perpetuar las ilusiones de la especie devorada.

—¡Que la vida, sea! —dijo en el instante de la siembra.

Y la vida fue, una vez más, y el planeta se llenó de plantas y de mares y con el correr del tiempo, de seres inteligentes que pensaron en Iod, pero de un modo diferente.


Sincelejo, Colombia, septiembre 29 de 2003



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EL IMPERIO DE LAS COTORRITAS

Fernando Sorrentino


La gente suele llamar "cotorritas" a esos pequeños homópteros verdes, del todo inofensivos y cuya vida es brevísima, que, en las noches estivales, giran en torno de las lámparas encendidas. Ninguna idea inteligente parece regir sus movimientos. Carentes de la aguda vista y de la rapidez de reacción que poseen las moscas, resulta muy fácil darles muerte, estrujándolas entre el índice y el pulgar. Incapaces, a diferencia de los mosquitos, de picar, son, en cambio, un suplicio para quien lee o come. Se lanzan ciegamente contra el rostro o los ojos; se ahogan en nuestro plato de sopa; borronean nuestras escrituras. Al tiempo que apartamos cinco o seis cotorritas que caminan por nuestro tenedor, otras diez o doce se nos meten en las orejas y en las narices.

¿Por qué serán tan torpes, tan imbéciles, las cotorritas? Su conducta es la menos sensata de la de todos los seres vivientes, y yerran quienes creen que el mismo fenómeno se manifiesta en todas las especies de insectos. Por ejemplo, un hombre puede mantener con una cucaracha una relación, si no amistosa, sí lógica: el hombre intentará matar a la cucaracha, y ésta procurará huir y ocultarse. Con las cotorritas, ello no es posible: nadie sabe nunca qué hacen, para qué ni por qué lo hacen.

"Pero —se pregunta el doctor Ludwig Boitus en uno de sus últimos estudios—, la conducta de las cotorritas, ¿es realmente tan desatinada? Partamos de la base de que todos los seres vivientes conducen sus acciones hacia la preservación de su especie. ¿Por qué habrían de ser las cotorritas una excepción a esa regla sólidamente comprobada? [...]. El investigador moderno —agrega— no puede limitarse a afirmar que los actos de las cotorritas son gratuitos y carentes de sentido. Debe, por el contrario, esforzarse para encontrar el verdadero sentido de esa conducta en apariencia absurda o ilógica. Nosotros vemos sólo una forma exterior en el comportamiento de las cotorritas; debemos ahora encontrar la razón de ser de esa forma".*

El doctor Boitus señala dos hechos que han pasado, en general, inadvertidos: últimamente las cotorritas giran menos en torno de las lámparas que alrededor de las cabezas de los hombres; su número es cada vez mayor. Luego subraya que, si bien las cotorritas parecen carecer de la mínima arma ofensiva o defensiva, unas quinientas o un millar de ellas, acosando de continuo, incesantemente, a un hombre —metiéndose en sus orejas, en sus ojos, caminando por su cuello, introduciéndose bajo sus uñas, no permitiéndole hablar, impidiéndole comer en paz, no dejándolo meditar, leer, escribir, dormir—, pueden llevarlo —y, de hecho, lo llevan— a un estado de total enajenación. Llega el instante en que, no las cotorritas, sino el hombre, ya no sabe qué hace, para qué ni por qué lo hace: el instante en que ya no sabe ni siquiera quién es. Y es en este momento, en que el hombre pierde conciencia de sí, cuando se resigna inexorablemente a que las cotorritas lo rodeen y lo dominen. Más aún, ya no podría vivir sin las cotorritas, sin sentirlas dentro de sus orejas, de sus ojos, de su boca. Se ha producido ese fenómeno que "en el campo de la drogadicción se conoce como dependencia. Y ésta —continúa Boitus— es la verdadera razón de ser de las cotorritas, la razón latente bajo aquella conducta en apariencia desatinada e ilógica".

Las cotorritas van, implacablemente, expandiendo su imperio. Hasta la fecha, se han apoderado de todos los países civilizados, y su dominio es más intenso en las naciones de tecnología más avanzada. Donde haya una lámpara eléctrica, allí gobiernan las cotorritas.

Precisamente, un mapamundi que ilustra el artículo muestra cuán pocos son los países aún libres del Imperio de las Cotorritas. Sin embargo, creemos que la inclusión del mapa es falaz, ya que no se trata de un imperio político. Las cotorritas sólo imperan sobre las mentes; cuando éstas se han "cotorrizado" —para emplear el neologismo creado por Boitus—, cotorrizan entonces a los cuerpos, que efectúan, en consecuencia, acciones esencialmente cotorríticas. Y concluye el doctor Boitus: "Hasta ahora, están casi libres de las cotorritas sólo las comunidades primitivas y los países más pobres, donde aún no se han desarrollado de manera eficaz los medios de comunicación masiva".


* Boitus, Ludwig: "Función de la conducta de los insectos en la preservación de la especie", en Anales del Mundo Contemporáneo, xxxiv, 158, La Plata, Universidad de La Plata, enero-febrero, 1973.

[De El mejor de los mundos posibles, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1976.]


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RECHAZO

Fernando José Cots


—¿No pueden reconsiderarlo?

—No, lamentablemente no.

—Pero... pero mi amigo es un hombre solvente. ¡Puede pagarlo!

—No es cuestión de dinero, doctor. Entienda, investigamos a cada uno de nuestros postulantes.

—Mi amigo es hombre prudente...

—Pero tiene dos hijos adolescentes. Por lo que sabemos, ya una vez les sacaron el auto y terminaron en la comisaría.

—¡Por favor, fue un incidente sin importancia! ¡No habían chocado, ni siquiera estaban borrachos!

—Algo habían tomado, el asunto es que no pasaron el control de alcoholemia. A ellos los sacó su amigo casi enseguida, pero el auto tuvo que pasar la noche en el corralón municipal. Y ese es un riesgo que no nos podemos permitir.

—¡Pero nadie está libre de eso! Un inspector que busca coimas y... si uno se pone en duro, al corralón sí o sí.

—Lo sabemos... ¿Qué instrucciones le dimos cuando le vendimos su auto?

—Pues... a ver... en caso de robo a mano armada... o de ser secuestrado el auto por la policía, antes de abandonar el móvil activar la alarma secreta. Colocar el seguro cuando se lo deja estacionado en cualquier parte...

—Suficiente. Ese auto es sólo para usted, doctor. No tiene hijos, su esposa no sabe manejar, es de confianza. Si alguien intenta robarlo en el estacionamiento, antes de cinco minutos hay un comando nuestro en el lugar. Si conecta la alarma cuando se lo roban, lo ubicamos por satélite en cuestión de segundos. Lo llevan al corralón y lo vigilamos toda la noche. Lo esencial es que no esté más de cinco minutos fuera de su control o del nuestro. Pero no podemos hacer esta maniobra en forma constante, es sólo para emergencias.

—O sea que mi amigo...

—Su amigo es imposible. Espero que no le haya dicho nada...

—¡Por favor! Pero aún así... ¿Qué problema hay con el corralón municipal?

—Según la ley, ninguno. Pero sabe cómo son los funcionarios corruptos. En el caso de un automóvil común, un guardia que hace la vista gorda, entra un mecánico y no lo desmantela, pero le cambia todas las piezas buenas por otras que están al borde del colapso.

—A un amigo le hicieron eso...

—¿Ve? Cuando usted paga la multa, sale andando; pero a las dos horas se le planta y debe ir al taller.

—Entiendo.

—Por supuesto, el que hace toda esa maniobra es un mecánico. Alguien que sabe algo, aunque sea un poco, de mecánica automotor.

—Sí, me doy cuenta. Lo menos que va a pensar es que no es un motor ordinario.

—Y si el tipo tiene la cabeza para algo más que el peine, se va a dar cuenta que el auto funciona con agua de la canilla.

—Y ahí el secreto se va al diablo...

—¿Comprende, doctor? Nuestra industria es clandestina, artesanal cien por cien. Sólo vendemos a clientes especiales, que se contactan por enlaces. ¡Hasta falsificamos planillas y obleas de la I.T.V.! ¡Claro que nos gustaría tener una industria a la luz del día, concesionarias, publicidad y todo eso!

—Pero si ellos se enteran...

—Del cliente van a llegar a nosotros. Y le puedo asegurar que no son nenes de teta. No es la primera vez que descubren una fábrica como la nuestra. Más aún, sospechamos que tenemos competidores secretos... y sospechamos que ellos sospechan de nuestra existencia y de la existencia de los otros.

—¿Qué pasó con los que fueron descubiertos?

—De los que nosotros sabemos... bueno, familias enteras han sido masacradas. Los talleres explotaron misteriosamente y, en algunos casos, robaron todos los automóviles que pudieron encontrar... previo matar a los dueños y a sus familias. ¡Hay historias que erizan los pelos!

—¿No hay forma de que esto cambie?

—¿Sabe la plata que mueve el petróleo, doctor? Este negocio sale a la luz, se afirma... y se vienen todos abajo. ¡Van a cuidar el quiosquito con uñas y dientes! La única forma de que cambie...

—Diga...

—Sería que se agote todo el petróleo. Que no quede una gota ni para muestra. Y aún así, habrá que esperar veinte años.

—¡Veinte años!

—Ellos van a quemar los últimos cartuchos en mantenerse, mientras esperan el milagro de nuevos pozos. Sólo cuando colapsen económicamente, recién entonces saldremos... nosotros y nuestros hipotéticos competidores. Y espero que ellos y nosotros seamos más civilizados... si es que queda algo de civilización para entonces.

—¿Cuándo calcula que sea eso?

—Francamente... sabemos que el petróleo se va a acabar algún día; pero no sabemos cuándo. Es posible que, cuando se funde la primera fábrica de motores a agua, nosotros ya no podamos verla.

—Triste realidad...

—Triste realidad, doctor.


../../c-119Quilino.htm

../../rev/123/c-123Caracoles.htm

../../rev/137/c-137Cuento1.htm



BREVES

Diego Escarlón



La novela

Él se dijo en voz alta que la novela era muy mala. Cuando el personaje comenzó a leer un libro, él dejó de leer, volteó hacia atrás y vió los gigantescos ojos del ofendido autor, que inmediatamente procedió a borrar el indeseable crítico del argumento. La novela mejoró, pero él nunca lo supo.


El bolfo

Veo jugar a Cristina con el bolfo y sonrío. Ella pesa quince kilos, pero es mucho más ruidosa que la tonelada de carne peluda a su lado. A veces se le sube a la cabeza y salta en el aire para que él la atrape. Otras le da instrucciones, imitándome el tono de padre, para que se comporte como un árbol o un caballo, y luego se ríe de sus intentos, el bolfo nunca ha visto ni árboles ni caballos. La invito a pasear por la playa de cristal, a contemplar la aurora de mediodía o a tomar un helado en el bar del hotel, pero ella prefiere jugar con él. No importa. No, mientras la vea contenta. No sé como decirle que cuando regresemos a casa no nos dejarán pasar un bolfo por la aduana.


Medicina

Sus cerebros habían sido irradiados por el motor abierto cuando la nave se estrelló. Él parecía estar bien, pero cuando en el hospital le dijo que quería conocer la galaxia, vivir aventuras, que ya no la amaba, ella corrió en busca de un disociador molecular para curarlo.


El hombre invisible

El hombre invisible salió y se escurrió entre las sombras hacia el parque, mientras los guardias lo buscaban por todo el edificio. Palpó las piedras del camino en la oscuridad, buscando el sitio donde había escondido su bastón, a la vez que repasaba mentalmente lo que había escuchado en la conferencia secreta. Los guardias lo apresaron con facilidad al ver el bastón de acrílico transparente, alejándose tanteando el suelo entre los árboles. Las retinas invisibles también son transparentes a la luz.


../../rev/108/c-108Nanos.htm

../../rev/109/c-109GalDE.htm

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../../c-118Ander.htm



HORA NOVENA

Jorge De Abreu


Me llaman el cayari aunque nací en Obrelon, pero así debe ser. Así está escrito. Siempre todo está escrito; escrito en mil formas

Veo a mis escarnecedores, los veo bajo la interfaz, agitando sus pseudópodos, enfebrecidos. Los guardias se desplazan con suaves movimientos ondulatorios por entre los postes de los condenados apartando a los curiosos. Algunos familiares agitan sus diafragmas con desesperación perturbando continuamente el agua del arrecife.

Alzo mi diafragma al cielo y observo quedamente, meditabundo, el umbral del universo. ¿Cuántas veces lo habré hecho?, he perdido la cuenta; en realidad, no vale la pena contar. El negro espacio es siempre el mismo: insondable, las constelaciones difieren como gotas de luz en una charca, una vez aquí otra allá, muchas o pocas, pero siempre son los mismos puntos de luz refulgente.

El viento, frío y quemante, reseca lentamente mis húmedas membranas, contraigo con dolor el diafragma. Siento como mi cuerpo se incrusta lentamente al poste, siento la potencia de la muerte hender mi plasma.

Los guardias están ahora en grupos, se distraen lanzando erizos plateados contra los postes. Los mirones observan el espectáculo desde los alrededores. La multitud es indiferente a mi martirio, ¡cómo me aclamaban antes! Todo ha sido olvidado: el portento del tamán, mis arengas... sólo queda su condena y el jolgorio del pueblo ante mi muerte, ¡oh, cruel destino!

¿Por qué? Por qué tantas veces, tantos mundos, tantos seres. Por qué. Mis carnes se estremecen ante tantos escarnios pasados, mi dolor es infinito y mi tristeza inconmensurable. Ya no recuerdo la primera vez, si alguna vez la hubo. Siempre todo estuvo escrito, escrupulosamente anotado. Dolor y monotonía. No cuestiono el fin, sólo reniego de los medios.

Una nueva punzada de agonía me contrae contra la piedra aspérrima y mis membranas palpan el recuerdo de millares de eras de evolución. Presiento mi fin, la pérdida de fluidos en este ambiente inhóspito alcanza su límite, pronto mi plasma, deshidratado, se cuarteará como un cuero seco. Sin agua, la entropía enseñoreará mi bioquímica moribunda y entonces moriré. La muerte, la he sentido en formas tan distintas y, sin embargo, paradójicamente, tan parecidas, un lento discurrir hacia la nada. Me siento cansado, recuerdo tantas veces en que mis fuerzas mermadas por el suplicio conducían a mis pensamientos hacia la misma idea: Cansancio, cansancio de morir.

El cielo, tan distinto aquí afuera, comienza a oscurecer. Todo encaja como siempre. Recuerdo mi futuro en los millones de millones de eventos pasados. El sufrimiento no es distinto, sólo varía la forma. Mi diafragma se contrae espasmódico:

—Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has desamparado?

El viento ruge y agita las aguas con ira.

—Tengo sed...


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Axxón 146 - Enero de 2005

            

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