SIN NOMBRE

Eduardo J. Carletti

Argentina

Sin Nombre avanza en silencio, en una noche de bruma ácida, entre los olores de la podredumbre y el deterioro.

Sin Nombre es uno de los tantos que apenas sobreviven aquí, en este mundo despreciado, rodeado de basura, muerte y soledad.

Sin Nombre no es una invención. No es un extraño.

Sin Nombre existe: eres tú.


No te descuides, ten calma, camina con sigilo. El muelle es viejo, el cemento está decrépito, las baldosas se fueron hace mucho, pedazo a pedazo, y ahora puedes ver el esqueleto de hierro de esa gigantesca construcción que otrora fuera un signo de grandeza. No es que se vaya a derrumbar a tus pies, todavía falta mucho para eso. Quiero decir que tengas cuidado de las apariencias. Si miras con cuidado verás que, tal vez en alguna rajadura, o en lo profundo de una grieta, hay alguna zona de brillante metal, o de límpido plástico, que no encaja para nada con la totalidad.

No, no interpretes mal, no hay nada falso en ese muelle. Es viejo de verdad. Tampoco son signos de que se haya intentado reconstruir o reforzar algo. A nadie le importa eso. Lo que verías —si te fijaras— son unos artefactos casi invisibles, productos ya casi incomprensibles de una tecnología ajena, que están ahí para espiarnos. Ojos, oídos, captores.

Y no te confundas, con esto no pretendo que creas que a ellos les importa algo de nosotros. Pero es obvio que nos vigilan, digamos que por seguridad, aunque no todo el tiempo. Los ojos están ciegos casi siempre y los oídos por lo general no le prestan atención a nada; pero cuando sea necesario podrán verte, estarán a tu espalda y sabrán lo que haces.

Por eso ten cuidado. No del óxido ni de los cascotes. Ten cuidado de no sobresaltar sensores, de no despertar sospechas, de no llamar la atención, de no preocuparles. Ellos están acostumbrados a vernos arrastrar. Arrástrate.


¿Cuál es tu nombre? ¿Juan? ¿José? ¿Pedro? ¿Daniel?

No tienes nombre. No conviene tener nombre en esta época y por lo tanto no lo tienes. Digamos entonces que eres el anónimo caminante del puerto, la sombra que avanza en la noche neblinosa, agazapada entre herrumbre y destrozos, máscara y guantes, oscura ropa sobre carne y metal, a la búsqueda de algún resquicio de salvación, de un pequeño madero en medio del naufragio que te permita elevarte un centímetro más sobre la mierda, antes de que la mierda te ahogue.

Sé que odias las metáforas. Sé que odiarías estas descripciones. No son para ti, realmente. Eres un hombre de acción; es decir, eres un hombre vivo, lo cual es sinónimo de lo anterior, y nunca te detendrías a leer dos frases seguidas. Pero esto va dirigido a otros, a esos pocos que, creo, todavía leen, o al menos están en posición y condiciones de poder hacerlo, y tal vez ellos, si logro conmoverlos, pueden hacer algo para torcer —si es posible— el curso suicida de este barco.

Sí, otra vez la metáfora. Pero no me odies; no odies a alguien porque hace algo distinto a lo tuyo. No soy tu enemigo. Sé muchas cosas sobre ti porque eres, como yo, uno de los condenados. Sé que odias la muerte, sé que odias la muerte incesante de los que te rodean, de quienes amas, de tus amigos, de tus conocidos, de tus vecinos... Hasta odias la muerte de tus enemigos cercanos —no, por cierto, la de ellos, los lejanos— porque esas muertes se parecen a lo que imaginas para ti. La muerte es sólo una. No hay diferencias en la muerte. Y la muerte ronda a tu alrededor.


Sin un nombre con que identificarte, avanzas hacia la hecatombe. La oscuridad es la oscuridad total de una noche sin luna, sin estrellas y sin luces. Tienes tus sub/ojos de segunda mano, unos Croock-1.5+ que te envidiaría cualquiera. Los conseguiste una noche parecida a ésta, allá en el abismo del tiempo, cuando eras casi un niño, matando a varios para obtenerlos. Gracias a ellos ves en la oscuridad, aunque sólo lo necesario. Tus ojos de plástico no son muy buenos, al menos no tan buenos como habrán sido hasta que fallaron allá, en el otro mundo, y fueron descartados para luego incluirlos en un embarque con destino al enésimo mundo, a aquel que no tiene ni puede pagar —ni siquiera puede soñar en pagar— bioimplantes de nueva tecnología.

Quizá esos ojos costaron una tonelada de trigo (¿dos?, ¿tres?) o veinte barriles de petróleo. Nadie sabe, porque es imposible saber lo que se negocia entre éste y el otro mundo, cuánto valen las cosas. No se sabe simplemente porque es innecesario. Esas cosas no se pueden comprar, sólo se pueden robar.

Y para eso estás aquí.


Avanzas con sigilo, sabiendo que habrá otros, que no serás el único en esta noche de piratas, que deberás luchar por ese instante mágico de la hecatombe en que puedas manotear un artilugio desconocido, una pieza usada y descartada que le agregará un grado a tu capacidad de competir, a tu poder de supervivencia.

La nave —no es un buque, no al menos algo que se pueda llamar buque— está flotando quieta a dos metros sobre el agua sucia, sobre la mierda. Su metal impecable brilla bajo tus ojos de plástico, brilla odiosamente. No hay brillo en otras cosas de tu mundo. El brillo viene de afuera. Viene, se burla un momento, y se va. También odias el brillo. Y la limpieza. Y el zumbido de poder que emana de la nave. Eres odio. Odio puro.

Hay una confluencia de líneas, un centro atractor en el movimiento de los muchos fantasmas oscuros que brotan de esa noche y de esa niebla ácida que cubre las estrellas. Las máquinas mudas que cumplen el trabajo saben que todos ellos, silenciosos piratas de negro, están allí y se acercan, pero no se inmutan. Hay desprecio y tranquilidad en sus movimientos suaves y exactos. Esto no es indicativo de lo que son capaces de hacer si se las irrita. Las máquinas reaccionan; cualquier descastado que haya asistido a un loco intento de este tipo y haya sobrevivido para contarlo lo sabe. Lo harán si se sobrepasan sus umbrales preprogramados, si esas alimañas insignificantes que se mueven por allí osan acercarse lo suficiente para tener entidad, para adquirir una etiqueta y un número significativo en sus programas.

Pero hablamos de las máquinas de ellos, y ninguna alimaña se enfrentaría a las máquinas de ellos. Las alimañas, tú entre ellas, esperan.


Sin Nombre espera en la oscuridad. Los contenedores son descargados con precisión y van quedando ahí, sobre el cemento y la mugre, alineados en forma obsesivamente milimétrica por los brazos gigantescos de las maquinarias de la nave. Sin Nombre tantea sus bolsillos, donde lleva seis granadas Kenyat-Koomey, las únicas capaces de rajar las paredes de los contenedores. Tecnología de ellos contra tecnología de ellos. Ninguna otra combinación es posible. Ni en sueños.

Su idea y plan primordial es no usarlas. Va a esperar hasta que otro gaste las suyas. Desde ya que no es tan inocente ni tan estúpido como para ignorar que los otros querrán hacer la misma jugada. La escena se convertirá en un gigantesco arco tensado hasta lo insoportable y la flecha será disparada en el último momento posible por aquel que tenga un infinitésimo más de tensión nerviosa.

Sin Nombre está tenso, pero procura dominar al máximo su nerviosidad, cosa difícil cuando la supervivencia depende de obtener antes que otros un artefacto que te cambie las capacidades físicas —incluso las mentales— lo suficiente para superar a los competidores la próxima vez. Él tiene el mejor ejemplo en su cuerpo: su brazo derecho es un implante que consiguió hace dos años, durante un ataque, un brazo cuya mano es torpe y temblorosa para cualquier tarea delicada pero es excelente y certero para manejar armas. Su brazo derecho ya ha matado a más de seiscientos hombres en distintas situaciones, provistos todos ellos a su vez de diversos tipos de bioimplantes, y en cada ocasión, fuera cual fuera el arma que empuñaba, pudo salir triunfador gracias a la velocidad impresionante de los servomecanismos de su implante. Pero las ventajas, en ese mundo de muerte, dolor, degradación y mierda, no duran para siempre. Si él se duerme una sola vez, un segundo tan solo, si cede un ápice en su carrera de pirata, si una sola vez resulta superado por otro u otros, esos otros tendrán implantes similares o mejores a los suyos y ya no podrá competir. Eso no es una fantasía. Él lo sabe. Le pasó a los otros, a los que murieron.

Además, cosa no desdeñable, estarán los policías.


Sabes que los policías tienen mejores implantes que los que tienes tú. Es una cuestión simple: los Señores de aquí, los verdaderos destinatarios de esos contenedores que llegan periódicamente, los únicos que pueden pagar —porque pagan con el único dinero válido para los del otro mundo, los pocos recursos naturales que quedan en este infierno desolado—, se repartirán lo mejor entre ellos y sus familias, pero nunca olvidarán a sus esbirros, a sus ejércitos personales, ya que para estos Señores, que están sumergidos en el mismo pantano de mugre que tú —aunque en el mejor barrio, sin duda—, también pesa la necesidad de supervivencia y para eso es necesario que los que hacen el trabajo sucio estén bien provistos.

Sé que esta circunstancia no te preocupa mucho. Sabes que los policías tienen una desventaja frente a gente como tú, frente a los piratas. Ellos viven bien. La desesperación siempre ha triunfado sobre la prepotencia. Ellos tienen el poder, tienen las mejores armas, pero están haciendo un trabajo. Cuando lo terminan, sea cual sea el resultado —es decir, si no mueren en la lucha, claro—, vuelven a sus casas lujosas y protegidas, a sus mujeres y comidas opulentas, hasta que les llega el turno de enfrentar la próxima emergencia. Es obvio que si luchan con demasiada intensidad, si se exponen demasiado, los desesperados, que son muchos, tendrán una mayor posibilidad de enfocar una mira y matarlos. Los policías sólo actuarán, lo sabes muy bien, como valla de contención. Para ellos será suficiente el logro de dos objetivos: que los piratas se lleven lo menos posible del embarque y salir con vida de la batalla. Así que no serán ellos los verdaderos enemigos. Los enemigos peligrosos son tus colegas.

Otros como tú, que tampoco tienen nombre.


Los sistemas de estiba terminan la descarga, se retraen tras sus portillas brillantes y la nave zumba con fuerza. Los policías arman una formación de honor, saludando a la nave del otro mundo, y mantienen a la vez una hilera inversa, en protección ante el ataque que saben inminente. Hay dos filas de oscuros uniformes, una de cara a la nave que se retira, la otra de cara a la noche del infierno, espalda contra espalda, en tensión, a la espera del transporte automático que se llevará ese cargamento de valor ambiguo (basura-allá/tesoro-acá) y de la conflagración inminente.

La nave emite un silbido que se eleva en tono hasta sobrepasar los umbrales auditivos y se desliza acelerando. Como una burla, como una odiosa burla, se despliegan amplias banderas a cada lado. Centenares de metros de rojo, blanco y azul impecable. Si eso es posible, si eso tiene sentido, odias los colores. Nada rojo, azul o blanco puede ser bueno. Las banderas flamean en su glorioso egoísmo. Odias, también, esas estrellas.

En un momento la nave ya no está. Un transporte terrestre que esperaba, de acuerdo a las reglas de importación, a unos centenares de metros, rueda hacia ese escenario que es, por un instante, un escenario estático. Los policías esperan, congelados en su lugar, a que las sombras se lancen sobre ellos. Tienen confianza en su poder, en los mecanismos de muerte y destreza que cada uno posee multiplicado diez veces, pero en su interior, si conservan todavía algo de humano, han de tener miedo.

Tal vez piensen, inútilmente, en lo bueno que resultaría que esta vez no haya ataque, aunque eso es —lo saben— pura quimera. Tal vez no piensen en nada.


Al instante siguiente, cuando el transporte ya extiende sus garras de metal hacia el primer contenedor, se desata la batalla. Los policías no son, por ahora, el blanco. Se ve una figura negra que brota de la negrura, una figura de movimiento fugaz que se desliza por el borde del muelle, casi imposible de enfocar visualmente —aun con la ayuda de la electrónica— debido a la velocidad de sus piernas bioimplantadas.

La figura pasa como un rayo por delante de los contenedores, suelta algo y se ve un relámpago. Ya hay otras sombras en movimiento.

Todo se acelera, se dispara en una secuencia atroz de imágenes relampagueantes. El ataque deja como consecuencia inmediata un contenedor abierto. Los policías forman una trama de hilos de luz con sus armas, protegiendo la parte del cargamento que permanece intacta. La figura que hizo el primer disparo se enciende en una llamarada, convirtiéndose en humo. Tocado y hundido. Hay otras figuras que llegan, manotean y corren. Dos, tres, cinco humaredas más.

Te lanzas hacia adelante. Los policías cuidan el brazo robot del transporte, que introduce contenedor tras contenedor en su panza. El contenedor rajado, abandonado e indefendido, es foco de la depredación. Las figuras saltan, reptan, se deslizan, brincan o corren, pasan por la abertura, manotean algo y luego intentan escapar. Muchos caen. Nubes de humo y olor a fuego humano. Algunos escapan.

Sabes que no hay tiempo que perder. Lo más valioso de la carga estará, lógicamente, en el corazón del contenedor, y las manos rapaces ya se acercan al tesoro. Saltas —tus piernas F-Jumpty nunca te han fallado— al mismo tiempo que lanzas la granada. Lo inteligente de la operación es que nadie espera el estallido de una granada en ese preciso momento, cuando el contenedor está abierto y ofreciendo sus mejores tesoros al que se quiera servir.

No logras sorprenderles del todo, sin embargo. Hay un policía que está atento. Un rayo de luz violenta brota de su silueta y da en tu brazo izquierdo, que estalla en pedazos. Pero ya es tarde. La granada se prende de la pierna de un uniformado. El hombre estira su mano —muy veloz para ser de carne— e intenta arrancarla. El garfio se ha prendido con mucha fuerza y al salir arrastra tela y partes metálicas. Tras la máscara inexpresiva del policía no se oye ni un solo sonido. Ni la muerte parece suficiente para inmutarlos. ¿Tendrán algo humano?, te preguntas.

El estallido es mucho más violento de lo acostumbrado, ya que esta vez no hay una pared casi indestructible para absorber el impacto. La mayor parte de los policías vuela en pedazos y algunos, los más afortunados o los más artificialmente reforzados, vuelan completos, como muñecos de trapo, hacia el río y hacia la oscuridad de la zona portuaria. Varias sombras, varios sin nombre, caen o son despedazados.

En esa batalla no hay bandos. Cada uno es un ejército, un enemigo más.

Te levantas de tu lugar tras el contenedor abierto, das la vuelta, abres la grieta del todo con tu mano de acero y te pones a elegir con tranquilidad. El transporte robot no presta atención a la situación y sigue cargando contenedores intactos. Ves sombras que se han quedado esperando, quietas, a que termines tu selección. No hay ley entre los descastados sin nombre, pero un pirata capaz de dejar limpia la zona de saqueo hasta el punto de poder servirse con tranquilidad merece respeto. Cuando te vayas, seguirá la batalla. No antes.

Tomas embalajes de diversos tipos, todos envueltos en esos papeles brillantes a rayas rojas y blancas y azules o azules con estrellas blancas, los colores y las formas de tu odio. Los introduces rápidamente en tu bolsa de pirata. Hay cientos de ojos esperando. No sabes de qué serán capaces. Cuando la bolsa ya no puede contener ni un alfiler más, te detienes. Ya es suficiente, piensas. Conectas tu sistema de carrera y sales del escenario a doscientos cincuenta kilómetros por hora, arrastrado por un exoesqueleto casi insustancial desplegado bajo tu ropa.

El sistema no es perfecto. Las baterías colapsan en tres o cuatro segundos, a dos o tres cuadras de distancia. Te arrojas al suelo en las sombras, entre las ruinas, y estudias tu alrededor. Nadie.

Reptas entre los desperdicios, alejándote de la batalla que se reinicia allá atrás, entre fogonazos y carreras veloces.

Estás fuera. Y lo has logrado.


Tu refugio. Enciendes una débil luz. Te quitas la máscara y curas las llagas que han dejado la atmósfera ácida y el roce de la máscara del respirador sobre tus mejillas.


Ilustración: Valeria Uccelli

Miras lo menos posible tu rostro arruinado. En algún estante de tu cueva tienes guardado un estuche con una cara nueva para implantarte; una maravillosa, incorruptible y perfecta cara de facciones perfectas. Pero no puedes usarla: la odias. Es la cara de uno de ellos, la cara de uno de esos hombres de otro mundo que vislumbraste alguna vez en una portilla elevada, mirándote despectivamente desde su imponente nave. Ojos claros, piel blanca, nariz recta, boca fina, cabello delgado con un increíble brillo de oro.

Miras un instante tu derruido rostro, la media nariz, los labios partidos en trozos ya irreconciliables, pero alejas la mirada del espejo. No deseas saber más. Es tu cara, tu cara de siempre, la que recuerdas, la que vale, la única que puedes aceptar. No podrías llevar la cara de un extranjero. La cara de tu odio.

En silencio, como si fuera una noche de fiesta, revisas tus paquetes. Mientras los papeles de envoltorio arden en una fogata improvisada, lees los folletos y haces el inventario actualizado de tus nuevas habilidades. Ves que tu suerte no fue perfecta. No hay nada con qué reponer tu brazo izquierdo destrozado. Aunque eso, claro, no es tan importante. Ya conseguirás uno para reemplazarlo.

Lo primero que te aplicas, con una sonrisa, es un par de ojos Lynx Mark-XIII, el último y maravilloso invento del mes, según reza el folleto. Dejas los viejos en la caja del nuevo par, por si acaso, ya que la etiqueta de exportación muestra, por toda explicación, una sola palabra: INTERMITENT.

A eso siguen otras partes, cada una de ellas mejor, más avanzada, más exacta y poderosa que la que tenías. Ya no necesitas cirugía: tu cuerpo de carne fue quedando en la bolsa de basura de varios cirujanos pirata. Los implantes entran con exactitud en sus enchufes. Un miembro aquí, un sensor más arriba, una placa pectoral más abajo, un módulo de energía en aquel costado.

Pruebas cada uno con cuidado para ver si, a pesar de ser nuevos modelos, sus fallas resultan tan malas como para empobrecerlos hasta el punto de que no convenga el cambio. Pero la ciencia del otro mundo es maravillosa. Cada parte nueva resulta, inevitablemente, mejor que la anterior.

Una vez reconstruido, separas lo sobrante, que ya verás de intercambiar —si encuentras con quien— por algo más interesante. Un brazo izquierdo nuevo, un par de ojos que no sean intermitentes, quizás hasta una chica para pasar un buen momento.

Te recuestas en el cemento para descansar ese resto de cuerpo que aún está ahí, bajo el plástico y el metal, sufriendo resabios de tensión. Con el relax viene lo malo. La realidad que muerde y desgarra. El grito de odio de la verdad.

Eres una rata, un gusano, una sabandija de la peor clase. Acabas de darte una orgía de bajeza y suciedad, te has regocijado revolcándote en la basura. Bebes de las letrinas de tus enemigos. Estás en el otro extremo del caño de sus cloacas, esperando que lancen sus excrementos para alimentarte.

La imagen es tan dolorosa que aprietas los dientes con fuerza, masticando el odio y la vergüenza. No puedes soportar más. Cierras el puño, presionando el microémbolo en la palma de tu mano, y un segundo después el cálido, dulce, placentero y delicioso plax corre por tu venas.

Nunca sabrás, Sin Nombre, si ese depósito fue siempre parte del implante o si lo pusieron para ti, para la rata. Sabes que ellos nunca fueron "señoritas", que siempre se dieron con algo. Pero sospechas que ahora ponen plax en todos los implantes que mandan para mantener a las ratas tranquilas, pacíficas y contentas.

Cierras los ojos para llorar, pero no puedes hacerlo. Maldices en silencio, con toda la fuerza de tu mente. Pero no logras nada. No hay desahogo posible. El universo sigue igual. Sucio, miserable.

Mientras la somnolencia de la droga hace presa de tus restos de carne y te va relajando, vuelves a la realidad y piensas en ti, en lo que te espera mañana. Debes salir a la caza, matar a alguien y arrancarle el brazo antes de que una situación cualquiera de peligro te ponga como víctima en desventaja, con un brazo menos.

Un resabio de tu yo, un esbozo de ti mismo que emerge del sopor de la química se retuerce furiosamente en tu interior, rechazando la idea.

Luego la droga avanza y entonces sí, planeas, en medio de la soledad y la inconsciencia, tus próximos movimientos de cazador.



Eduardo J. Carletti

Eduardo J. Carletti nació el 17 de abril de 1951 en el barrio de Caballito en Buenos Aires, Capital Federal de Argentina. A los 5 años sus padres lo llevaron a vivir, junto a sus dos hermanos, a un lugar que para entonces era más campo que lugar urbano. Su infancia, esa época de la vida que se cree es la que marca a las personas, estuvo rodeada de la naturaleza y los momentos de intensa tranquilidad de las tardes, el olor a ozono y a tierra mojada de los días de lluvia, el sonido de los pájaros e insectos cuando apretaba el sol. Eduardo está feliz de haber puesto a Axxón en este mundo, un hito importante de su vida, que se completa con cosas no menos trascendentales como haber engendrado dos hijos, haber encontrado a la mujer de su vida y tener el más magnífico recuerdo de sus padres, pleno de amor y orgullo. Para más datos, se puede picar el link que lleva a una mini-biobibliografía que se publicó hace un tiempo en la revista A Quien Corresponda de México, y que fue reproducida en la Enciclopedia de la Ciencia Ficción argentina.


Axxón 146 - Enero de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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