INICIACIÓN

Ricardo Castrilli

Argentina

Cruzamos el vado pensando en Raquel. Sobraban las evidencias: las miradas furtivas, atentas al más leve signo de vacilación en el otro, el silencio, los rodeos innecesarios. La orilla opuesta era un blanco no del todo deseado, y nosotros éramos la flecha de Zenón: nunca llegaríamos al otro lado, abrumados por un trayecto infinito. Raquel nos había hablado de aquel sabio Antiguo que había descubierto la imposibilidad de cazar a la liebre con una flecha que jamás podría llegar a destino. Nos lo contaba mientras asaba para nosotros, en una hoguera, la liebre que su flecha sí había alcanzado, vaya uno a saber por qué.

Ustedes están acá. Trazaba, primero, una marca en el polvo y llevaba su vara a tocar una piedra, más allá. La liebre, acá. Lanzan una flecha que vuela derecho hacia la liebre. Entonces, ¿qué pasa?

¡Tenemos otra vez liebre para cenar! decía Nahuel.

Ajá. La flecha, ¿desaparece del arco y aparece clavada en la liebre, o tiene que recorrer todo el camino antes de clavarse?

¡No!, ¿cómo desaparece?, ¿nunca miraste las flechas? Van viajando, uno las ve. Tiene que volar desde aquí hasta aquí.

¿Tiene que recorrer todo el camino?

¡Claro!

¿Pasando por todos los puntos, uno detrás del otro?

Pero claro, Raquel le decía yo.

Ajá. Entonces, antes de llegar a la liebre, la flecha tiene que pasar por acá, ¿no es cierto? Tocaba con la vara un punto a mitad de camino, y nosotros asentíamos con la cabeza, ya no demasiado seguros de saber de qué se trataba todo ese asunto. Entonces, supongamos que la flecha llegó hasta ahí. Le queda por recorrer todo esto, ¿no? y medía con la vara el tramo restante.

Sí le decía yo. La mitad del camino.

Bueno; pero esa mitad que queda sigue siendo lo mismo, el camino que existe entre la flecha y la liebre, aunque sea más chico, ¿no? ... tiene que ser recorrido por la flecha punto por punto, y tiene una mitad, un punto medio.

...Y, sí.

Entonces, antes de clavarse en la liebre, la flecha va a tener que pasar primero por ese nuevo punto medio. ¿no? Y, una vez que llegue a ese punto, se va a encontrar con que tiene delante otra etapa de la misma clase por cubrir, con otro punto medio que alcanzar antes de llegar al final, y después otro, y otro, y otro más. ¿Me siguen?

Nosotros la seguíamos, sí, pero por algún motivo no la podíamos alcanzar. Nahuel miraba la liebre, y no parecía estar pensando precisamente en las dificultades de la trayectoria. En mi cabeza, la idea luchaba contra el torrente de flechas que sí llegaban a destino en la corta y única experiencia de mis once años de correrías por los bosques; un torrente obstinado, pero no tan frío como ese otro que, varios años y toda una niñez después, interrumpía la evocación con sus aguas de deshielo entumeciendo mis piernas jóvenes y me devolvía la noción del tiempo y el espacio, del vado y de la orilla que, por fin, estábamos por alcanzar, a despecho de Zenón. Un instante después estábamos sobre la arena cálida, y el río superado, atrás, rugiendo.

Ya no habría obstáculos ni pretextos. La senda, a partir de ese punto, fluía sin sobresaltos por entre los gigantes de un bosque más antiguo que los Antiguos hasta la casa de Raquel, nuestro pasaje a la edad adulta.

Subimos, recuerdo, la cuesta suave que remonta la loma, sin otra compañía que el sonido de nuestras sandalias en el pedregullo, los rezongos de la brisa entre las hojas y los reclamos cada vez más lejanos del torrente. Desde la cima se alcanzaba a divisar la casa, un bastión solitario de los tiempos en que el cemento era algo más que una piedra grande y dura amortajada en varias capas de papel podrido. Por supuesto, no nos fijábamos en los detalles en aquel momento; esas precisiones son más propias de este viejo que, ahora, toda una vida después, desgrana sus recuerdos con nostalgia que de aquel joven que avanzaba a tropezones hacia su mayoría de edad.

Nos acercamos por el descampado que circundaba la casa sin lograr quitarnos de encima una molesta sensación de desnudez. Presentíamos a nuestra víctima acechando detrás de las ventanas, advertida del despojo inminente. Sin embargo, las cortinas no se movían. Estaban los perros, pero apenas si nos habían dedicado alguna mirada curiosa. Nos conocían; en aquel tiempo los desconocidos no eran cosa frecuente.

La puerta estaba cerrada, como era de esperar. Cualquier otra situación hubiese constituido un insulto inadmisible. Forcejeamos un rato con el pestillo, que, sabíamos, estaba falseado, y entramos.

¡Qué significa esto? La imagen misma de la indignación nos contemplaba desde el pie de la escalera, un libro en una mano y los anteojos en la otra, como sorprendida en mitad de un movimiento. — ¿Cómo se atrevieron a entrar? ¡La puerta estaba cerrada!
—Eso ahora no importa. Venimos a tomar lo que es nuestro. — Nahuel, como casi siempre, había hablado primero.

—Aquí no hay nada que sea de ustedes, si mal no recuerdo. ¡Salgan ya mismo de mi casa, o...!

—¿O qué, Raquel? Somos jóvenes y fuertes, somos dos, y vamos a llevarnos lo que vinimos a buscar, lo quieras o no. ¡Más te vale que salgas de ahí y nos dejes pasar!

Y la buena de Raquel interpretaba a la perfección su no escrito papel, insertando las expresiones correctas. —¿Cómo? (asombro). Sí. Ya veo, parece que va en serio (aceptación). Entonces, (espanto) ¿...qué puedo hacer yo, mujer, débil y casi anciana? —Se hacía, por fin, a un costado, con un gesto de resignación casi convincente. —¡Pero no me lastimen, por favor!

Pasábamos a su lado, no sin reprimir un escalofrío. Esa mujer que se decía débil y anciana seguía siendo más alta y robusta que yo, y algunas partes de mí todavía parecían recordar las dolorosas caricias que esos dos brazos eran capaces de prodigar cada vez que nuestra conducta se salía de sus carriles, en los no tan lejanos días en que ella era la encargada de enseñarnos las cosas del mundo de los Antiguos.

—Tienen que prestar atención, chicos. ¡Hay todavía tantas cosas que tienen que aprender...! —Solía decirnos, cuando se hartaba de nuestras payasadas y distracciones. —¿Qué es lo que van a hacer, si no, cuando las cosas comiencen a acabarse, o los aparatos dejen de funcionar y ninguno de ustedes sepa cómo arreglarlos, cómo fabricar otros? ¿Qué van a hacer cuando ya no haya depósitos de alimentos en buen estado, cuando se pudra todo en los envases...? —Y nosotros sabíamos que se había vuelto a abrir la vieja herida, y que Raquel se calzaría los lentes, anunciando, de esa manera, que iba a hablar de Cosas Importantes, y comenzaría a divagar por entre las infinitas visiones del tiempo Antiguo, historias de antes de la Plaga, de cuando había gente por todos lados y Ciudades y Combustible para hacer funcionar los automóviles y Aviones que volaban como los barriletes pero sin hilo, y todo lo demás. Al principio había sido interesante; costaba tanto imaginar las calles llenas de vehículos moviéndose todos juntos, las veredas atestadas de cientos y cientos de personas desconocidas, las casas en buenas condiciones y habitadas, todas llenas hasta el punto en que —decía Raquel— no alcanzaban para todos... ¡El dinero, ese concepto descabellado que se nos escapaba, pese a todos los esfuerzos y explicaciones...! Pero la repetición había terminado por cansarnos. Era historia Antigua; ya nada de eso existía. Y, sin embargo, cuando Raquel entraba en uno de sus monólogos, la escuchábamos. Ella era una de los Antiguos, de los pocos que quedaban, los inmunes a la Plaga. Y nosotros habíamos llegado a aceptar ese gesto, tan suyo e inconsciente, de acomodarse los anteojos, como una especie de señal, un ritual de trasvase de conocimientos entre un mundo y el otro, una ceremonia en la cual Raquel oficiaba de sacerdotisa. Usaba esos lentes cada vez que leía algunos de los miles de libros que, trabajosamente, le habíamos ido ayudando a acarrear desde la Biblioteca, antes de que el techo se viniese abajo. Eran la cuchara con la que ella extraía los conocimientos Antiguos de la Gran Sopera y nos los servía a nosotros.

Nahuel ya estaba en la sala, buscando su trofeo personal. Los ritos de Iniciación tenían sus facetas privadas, y la elección del objeto del despojo era una de ellas. Era demasiado sencillo, en aquellos tiempos, cosechar lo que se necesitaba de entre las ruinas del mundo de los Antiguos: no había nadie que reclamara nada, nadie que se opusiera diciendo: —¡Hey, no toques eso! ¡Es mío! —Sólo había que buscar. Si uno de los jóvenes pretendía demostrar que era digno de contarse entre los Mayores tenía que conseguir algo de la manera difícil: quitándoselo por la fuerza a otro Mayor. Había que vencer la resistencia de los vivos. Y tenía que ser con algo importante, significativo. Viendo cómo Nahuel revolvía libros, armarios y cajones, caí en la cuenta de que, perdido en mis propios divagues, ni siquiera me había puesto a pensar en qué cosa me llevaría. Yo, Lucas, el Pensativo, como me solía decir Raquel cuando me pescaba en alguna de mis escapadas interiores.

—¿Por dónde andás, ahora, Lucas? —me decía, revolviéndome el pelo con una de sus manazas—. ¿Por qué no terminás con esas cuentas, así te podés ir a jugar afuera con los demás?

—Estaba pensando, Raquel.

—Si, ya sé que estabas pensando. Y eso está muy bien, hijo. Alguien tiene que pensar. Todos deberíamos aprender a pensar de nuevo, si queremos salvar algo del desastre. Ahora son otras las reglas del juego.

—Pero, ¿por qué nos tenemos que romper la cabeza pensando en estas cosas que no son reales? ¿Para qué me sirve aprender a sacar estas cuentas tan difíciles con ceros y decimales cuando todas las cosas se pueden contar de una manera más fácil? Yo voy al árbol y junto una manzana, o tres, o quince, si quiero, no cero coma veinticinco manzana; voy a alguno de los depósitos y traigo una lata de tomates o cuatro paquetes de fideos, o una caja con veinticuatro paquetes, o cinco cajas, sí voy con el carro. Un carro, con dos ruedas, ¿entendés? ¿Para qué sirve todo ese otro lío de números?

—¿Para qué sirve? Decime: cuando en el Comedor hacemos torta, ¿vos te comés una, o dos, o cinco?

—¡No, porque no me dejan!

—No seas tramposo. Vos te comés una fracción de torta, un pedazo menor que uno. Ahí empiezan a funcionar esos números que no te gustan.

—Si, pero sí yo me como un pedazo de torta, es uno otra vez. ¡Un pedazo! —Y ahí la remataba con mi artillería pesada, algo que me había estado dando vueltas por la cabeza desde hacía días: —Además, a veces decís cosas que están equivocadas, como el problema del hombre de la flecha.

—¿Qué hombre?

—El Antiguo que largaba una flecha que no llegaba nunca a la liebre.

—¡Ah, el amigo Zenón! Pero eso es solamente una paradoja, hijo.


Ilustración: FRAGA

—Bueno, no sé. De todas maneras, está mal.

—¿Por qué, a ver?

—Vos decís que la flecha llega primero a la mitad del camino, después a la mitad de lo que le queda, y después a la mitad del pedacito que le queda, y, así, nunca va a poder llegar porque siempre le queda algo por recorrer, ¿no?

—Sí. Pero no lo digo yo. Lo dice Zenón.

—Bueno, pero está equivocado. Porque para llegar a la primera mitad del recorrido, entre el arco y la liebre, antes tiene que pasar por la mitad del camino que hay entre el arco y ese punto medio. Y para llegar a ese punto, antes tiene que pasar por el punto que queda en la mitad de ese pedazo de camino. Y, si seguís así, te vas a encontrar con que la flecha nunca pudo ni siquiera salir del arco. ¿Viste, cómo estaba equivocado? ¡La flecha ni sale del arco! —Y me ponía de pie, enardecido por mi triunfo, e improvisaba una danza de guerra alrededor de Raquel, que se había quedado sin palabras, y después de unas pocas vueltas y viendo que no decía nada decidía dar la clase por terminada por abandono y me iba afuera con los demás chicos. No fue sino hasta mucho tiempo después que alcancé a darme cuenta de que las lágrimas que asomaban bajo los lentes no eran de frustración por la derrota, sino de orgullo y esperanza.

Un estruendo de batalla de salón me trajo de vuelta a la realidad. Nahuel había encontrado lo que buscaba: una caja de cartuchos de escopeta que varias veces habíamos visto por ahí. Raquel intentaba una floja resistencia, apenas reglamentaria pero suficiente para volcar una silla y un par de libros de los estantes. La eludió con facilidad, y alcanzó la puerta con un salto y un alarido triunfal. Salió corriendo, sin esperarme, ansioso de mostrar su trofeo a los demás, de comenzar de una vez sus días de adulto entre los adultos.

Era mi turno. Y todo estaba bien, ahora. Ya no había incertidumbres. La evocación no había sido estéril. Comprendía mi lugar y mi destino.

Alguien tenía que pensar. Alguien debía tomar la posta, mantener vivos los conocimientos. Transmitirlos.

Raquel me contemplaba, expectante. Me acerqué despacio, tomé los lentes —éstos mismos, mi trofeo de toda una vida— de entre sus manos temblorosas, y me fui.

Ella no opuso resistencia, pero eso quedó sólo entre nosotros.



Ricardo Castrilli

Ricardo Castrilli nació en Buenos Aires en 1951. Está radicado con su familia en El Bolsón desde 1981. Fue en ese lugar que afloraron sus inquietudes literarias, gracias a lo cual ha obtenido algunas distinciones a nivel local y regional. (Certamen Municipal de Cuento y Poesía, El Bolsón, Concurso de Cuento Breve Fundación Cooperar, El Bolsón, Premio Isidro Quiroga, Comodoro Rivadavia, Concurso de Cuentos Banco Provincia de Neuquén). Axxón ha publicado sus cuentos "Cronoplasma" (N° 139), "Propiedad horizontal" (N° 140), "Tiempo, maldita daga" (N° 145) y su relato "Mate en tres" apareció en la antología Ficciones en los 64 cuadros publicada por Ediciones Desde la Gente.


Axxón 147 - Febrero de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Argentina: Argentino).

            

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