LOS OLVIDADOS DE DIOS

Antonio Cebrián

España

Todo empezó en el atardecer de aquel fatídico 11 de julio. El por qué de aquella fecha tan anodina no ha sido explicado todavía. Quizá se deba a un desajuste entre el calendario humano y el divino. El caso es que dejó con el culo al aire a todos los agoreros profesionales que andaban de vacaciones esperando fechas importantes y alineaciones planetarias para vaticinar grandes desastres.

El Sol descendía ya camino del horizonte, cuando todo pareció detenerse. Mi reloj se había parado y no sólo el mío, como pude comprobar después. La propia puesta de Sol había quedado como congelada. Lo que al principio fueron sólo comentarios de curiosidad se convirtió en una alarma social creciente cuando, tras varias horas, el Sol continuaba en el mismo sitio. Los noticiarios comenzaron a hacerse eco del fenómeno y las primeras especulaciones hablaban de experimentos científicos ilegales que habrían provocado alguna especie de accidente temporal.

Las noticias que llegaban de diversos puntos del planeta acerca de muertos que habían salido de sus tumbas no tuvieron inicialmente demasiada repercusión en las grandes ciudades donde se acostumbraba a incinerar los cadáveres. Alguien afirmó que se trataba de una gran broma urdida por los medios de comunicación y todo pareció ir a volver a la normalidad; pero el Sol no se ponía y la presencia creciente de extraños harapientos de aspecto siniestro deambulando por las calles nos hizo pensar que algo grave estaba sucediendo.

El "bombazo" lo constituyó la intervención televisiva del Papa y otros dirigentes religiosos afirmando que había comenzado el Juicio Final. La polémica suscitada fue enorme y encarnizada. Por doquier grupos de teólogos y científicos se aprestaban a exponer sus teorías mientras la gente de "a pie" poco podíamos hacer sino seguir estupefactos las noticias que se emitían de modo continuado en todos los canales de televisión.

—Siempre han habido agoreros que vaticinaban toda clase de catástrofes... afirmó un periodista entrevistando a un teólogo renombrado—. ¿Cómo es que nadie ha advertido nada? ¿Dónde están las plagas bíblicas, los Jinetes del Apocalipsis?

—Todas esas plagas han estado presentes de forma continuada en el Tercer Mundo, ¿cómo íbamos a distinguir las de origen divino? se excusó el experto.

Se declaró el estado de excepción.

El ejército había recibido orden de tomar las calles para acabar con la invasión de estos supuestos "muertos vivientes" a los que nadie había dado todavía una explicación. Los intentos de autopsia realizados hasta el momento habían resultado infructuosos al escapar el paciente mientras los médicos pesaban o analizaban alguna de sus vísceras.

Pronto las autoridades desistieron en su empeño de detenerlos al comprobar que todos parecían caminar en una misma dirección sin causar ningún daño a su paso. El problema más acuciante lo constituía ahora la aparición de los Arcángeles, gigantescos, volando majestuosos y portando grandes trompetas. Comenzaron a ser avistados en todas partes del planeta simultáneamente.

A estas alturas, los dirigentes y ciudadanos de ortodoxia católica habían aceptado la explicación del Vaticano y abandonado sus puestos para unirse a la peregrinación de los muertos hacia algún lugar de Oriente. Los radioastrónomos informaron de la presencia en aquella dirección de un potente foco emisor de rayos X y otros tipos de radiación a unos sesenta mil kilómetros del planeta. Parecía estar abriéndose una especie de puerta.

Muchos colectivos y grupos de poder de Estados Unidos, junto a otros países de ortodoxia cristiana pero no católica, pertrechados con un ejército de abogados, habían alegado un defecto de forma. El Fin del Mundo no se estaba llevando a cabo correctamente según lo indicado en sus Sagradas Escrituras, por lo que no acatarían el proceso.

Las cadenas de televisión estaban entusiasmadas ante el hito histórico de la retransmisión en directo del Juicio Final. Los grandes periódicos, por su parte, manifestaban su disgusto al no poder publicar la noticia en la edición del día siguiente, puesto que no habría día siguiente.

Y entonces sucedió algo inconcebible.

Desde Oriente Medio donde había un descontento notorio por la iconografía que acompañaba a los acontecimientos— llegaron las imágenes de un general árabe posando junto al enorme cuerpo de un arcángel derribado por sus baterías antiaéreas pocas horas antes.

—No aceptamos esta farsa occidental y vamos a pararla. Sólo Alá puede juzgar al mundo.

El escándalo fue mayúsculo. ¿Podíamos matar Ángeles? ¿Podíamos enfrentarnos a Dios? Los científicos se apresuraron a dar explicaciones:

—No podemos enfrentarnos al Creador. Pero tenemos informes, pruebas durante mucho tiempo ocultadas por diversos gobiernos sobre la existencia de Dios y la naturaleza de ese ser superior. Quizá por la discordancia con la iconografía bíblica es por lo que dichas pruebas e informes han sido silenciados desde el principio.

—¿Y qué es lo que sabemos exactamente? inquirió el periodista.

—Bueno, en contra de las creencias tradicionales, Dios no puede intervenir de forma directa en nuestro mundo, por lo que los Milagros en el sentido literal de la palabra, no existen. Él creó el Universo, lo que implica que estaba fuera de él para poder hacerlo. Y así parece haber seguido desde entonces, fuera del Universo material y del tiempo que nosotros conocemos. La única forma en que puede intervenir es a través de "mensajeros" ; personas, animales o cosas que realizan las acciones por él. Su forma de acceder a nosotros es a través de estas "materializaciones" y... cualquier cosa material puede ser destruida. La pregunta es: ¿podemos destruirlas a un ritmo mayor del que él puede crearlas?

El cisma fue radical. Por un lado quedaron los creyentes devotos, horrorizados por el sacrilegio que suponía enfrentarse al Creador; por otro lado los escépticos, los indecisos, los que querían que todo continuara igual; y completando el mapa, un sinfín de grupos defensores de su respectivas confesiones religiosas que exigían la titularidad y control del proceso.

No tengo ni idea de quién fue el primero en mencionar la palabra "guerra". Quizá los partidarios del Juicio Final que pretendían obligar a todos a asistir a él "vivos o muertos" —a quién le importa la diferencia—, o tal vez los "anti-juicio" —entre los que me contaba—, que intentábamos defender a toda costa nuestro actual estatus; incluso es posible que terceras partes de confesiones no concordantes intentaran alimentar el proceso con carnaza para saciar el ansia de la deidad —al más puro estilo ancestral— con la esperanza de poder permanecer a salvo, al margen del singular acontecimiento. La cuestión es que de la noche a la mañana, me encontré inmerso en el más inesperado e inverosímil conflicto de la historia de la Humanidad, en pleno campo de batalla disparando contra los que antes eran mis amigos y compañeros. Una guerra absurda —como todas— pero con un surrealista e insólito elemento añadido: como si de un juego infantil se tratara, los muertos, instantes después de ser abatidos, se levantaban y se marchaban de allí.

Los cinco misiles nucleares que hicieron explosión en las proximidades de la supuesta puerta estelar parecían haber ralentizado el proceso y se afirmaba que no podría abrirse con éxito en ese mismo lugar a causa de la radiación. Los arcángeles, después de sufrir considerables bajas habían dejado de sobrevolarnos.

Las últimas noticias que recibimos hablaban de un diálogo. Se afirmaba que uno de aquellos Ángeles se había comunicado con algún representante de las fuerzas "anti-juicio", un equipo de eruditos tuvo que hacer de traductor del arameo o algo parecido y se alcanzó un principio de acuerdo. Al parecer, el Juicio Final se llevaría a cabo en el Tercer Mundo y las zonas pobres del planeta, mientras que en el resto se postergaría hasta una fecha más carismática aún por determinar. Parecía una decisión acertada. Al fin y al cabo, ¿no era allí donde se habían producido las plagas? Además, ellos no tenían mucho que perder. Al menos no tanto como nosotros. Aquello nos pareció un buen comienzo. Existía una voluntad de negociación; pero poco tiempo después empezaron a circular rumores de descontento. Por ejemplo, se decía que el Ángel en cuestión no era un auténtico portavoz del Creador; hubo incluso quien afirmó que se trataba del Diablo disfrazado. Y si se abría el vórtice para juzgar a los pobres, ¿qué impediría a Dios extender el Juicio a todo el planeta? ¿Podía Dios faltar a su palabra? ¿Podía mentirnos conculcando sus propios mandamientos? En realidad, no tuvo problemas a lo largo de la historia para matar y exterminar incluso inocentes—, pero, evidentemente debía poseer poderosas razones para hacerlo. Probablemente, en el pensamiento de Dios, la muerte no ocupase un lugar tan alto en la lista de maldades e impurezas, al fin y al cabo, para él, matar es atraer a alguien hacia sí; como invitarlo a su casa.

Realmente, el acuerdo resultaba harto precario desde nuestro punto de vista. Por otro lado estaba el asunto del Sol. Algo tendríamos que hacer con él; no iba a quedarse ahí para siempre. Era un problema para nosotros pero todavía lo era más para los del lado opuesto del planeta a los que el acontecimiento había sorprendido en plena noche.

Sentado en una especie de hondonada que hacía las veces de trinchera y sujetando el arma junto a los voluntarios compañeros de mi destacamento, aguardaba en silencio el devenir de los acontecimientos. Nadie tenía ganas de hablar. Tan solo intercambiábamos alguna mirada huidiza.

¿Nos estaríamos condenando por eso?

Al fin y al cabo, lo único que hacíamos era defender nuestro modo de vida; proteger a todas esas personas que verían truncada prematuramente su existencia; todos esos niños apenas recién llegados a este mundo y que no tendrían ocasión de conocer, aprender, disfrutar, amar... No se podía cortar por lo sano de aquella forma tan injusta y desigual. ¿Y qué me dicen de las religiones no cristianas?; de pronto aparece un Ángel y les dice: "Ese Alá o Buda, o cualquier otro— que adoráis es una farsa. El auténtico Dios es el de vuestro enemigo y es contra el que habéis estado haciendo la Guerra Santa... ". ¿Qué iba a ser de ellos? ¿Se condenarían todos? ¿Sólo por haber nacido en determinada cultura y haber adquirido el legado de sus padres? No. Había que negarse a aquello. Debíamos exigir un Fin del Mundo más democrático... más plural...

¿Nos estaríamos condenando por eso?

Nos comunicaron por radio que un grupo "pro-juicio" se acercaba por el oeste, aunque las informaciones de logística no eran muy fiables.

No sabía muy bien qué iba a pasar ni lo que haríamos. Ni siquiera podíamos esperar a que cayera la noche. Lancé el reloj fuera de la trinchera con todas mis fuerzas, estaba harto de mirarlo y ver siempre las nueve.

A lo lejos pudimos escuchar a un oficial del bando enemigo:

—¡Bien, cabezas huecas! ¿Os habéis dado cuenta de que tenemos ventaja sobre vosotros? Nosotros queremos ir al Juicio Final, por lo que no nos importa morir. Si nos matáis, iremos antes a donde queremos. Pero..., ¿y vosotros? ¿Qué pensáis hacer? ¿Vivir para siempre?

—¡No va a haber Juicio para nosotros! Eso está ya pactado. ¡Asoma la cabeza que te voy a dar una entrada para la primera fila! respondió alguien desde nuestro bando.

—Basta de cháchara y vamos a machacar ya a esos sacrílegos, que para eso nos pagan - exclamó el oficial enemigo dirigiéndose a sus tropas—. Y se alzó con intención de salir de la trinchera mientras con la mano daba la orden de avance.

—Total... ¿Cómo nos van a pagar el salario si el fin de mes no va a llegar nunca? refunfuñaba alguien.

No habían terminado de incorporarse con intención de seguir al oficial cuando el casco de éste retornó botando a la trinchera seguido del cuerpo del oficial mismo, que rodaba con la mano aún alzada en gesto de "adelante" , cierta expresión de perplejidad en el rostro embarrado y una bala en la cabeza.

Se congregaron a su alrededor con estupor, como sorprendidos de que aquello pudiera pasar en mitad de una conversación, y retrocedieron bruscamente cuando el oficial se levantó nuevamente y, sin mediar palabra, salió de la trinchera por el lado opuesto al frente y se marchó.

—Creo que no voy a acostumbrarme nunca a esto dijo alguien.


En el otro bando, yo seguía acurrucado en mi puesto, sin prestar atención al tipo que, unos metros más allá, parloteaba: "Creo que le he dado a uno... Hasta me parece que lo he visto salir por el otro lado..." Ajeno a todo, intentaba encontrar alguna salida a aquella absurda situación.

¿Y si me refugiara en algún lugar? En una cueva recóndita... ¿Podría Dios encontrarme? ¿Cuánto iba a durar el juicio? ¿Podría sobrevivir durante todo ese tiempo? y después... cuando Dios se marchara con las almas o los cuerpos— de toda la humanidad al exterior del Universo, ¿se destruiría todo? No parecía probable. Si en su inmensa mayor parte el Cosmos está despoblado, ¿por qué no puede quedar la Tierra vacía donde está? ¿Para qué tomarse la molestia de destruirla? ¿O de destruir el Universo entero?

En ese caso, podríamos quedar algunos "descolgados" aquí y allá. Los "olvidados de Dios". Incluso podríamos reproducirnos y regenerar la especie a espaldas suyas. ¿Podría él no percatarse de tal cosa?

¿Estaríamos condenándonos por ello?

Podríamos incluso construir templos. Volver a adorarlo y hacer que todo siguiera como antes. Al fin y al cabo ¿Por qué ese empeño en acabar con todo? ¿Acaso le puede molestar nuestra insignificante presencia?

Bien pensado, en realidad no necesitamos a Dios, tan sólo necesitamos creer en él.

Y si el Diablo, ocupado en atender apropiadamente a toda la muchedumbre que el Gran Juicio le procure, nos olvidase también... Nuestro mundo sería entonces un mundo sin Bien ni Mal. ¿Qué clase de mundo sería éste? ¿Sin tentaciones?, ¿sin pecado?, ¿sin... fatalidad?, ¿sin premio ni castigo divino?...

¿Y nuestras almas? ¿vagarían eternamente sin destino cuando muriéramos?

Las dudas me atenazaban.


De momento sigo aquí sentado, esperando la orden de atacar. Aunque creo que no la voy a obedecer. Tengo demasiado que perder. Si me matan, podría condenarme eternamente.

La explosión del obús en plena trinchera ha sido providencial (de "milagrosa" se podría calificar de no ser por las inoportunas circunstancias). Me he dejado caer para hacerme pasar por muerto. Cuando los cadáveres de mis compañeros se levanten (y una vez compruebe que la explosión realmente no me ha matado), me marcharé con ellos.

Así lo hago. Caminamos. Nos alejamos hacia el Este. Atravesamos campos, y montes sin seguir carretera ni camino alguno. El grupo va creciendo; continuos afluentes de harapientos y descarnados engrosan la siniestra columna. Los hay de todas clases, género y condición. Desde los heridos recientes que marcan el camino con su sangre aún caliente; los mórbidos esqueletos de blancos cabellos apenas recubiertos por cecina ya incorruptible, hasta las informes nubes de polvo y ceniza de los pobladores de tiempos y lugares ya olvidados.

¿Cuál será la necesidad de sacar los cuerpos de las tumbas si sus almas ya los abandonaron?

En el cielo se intuye algo. A lo lejos, con el brillo tenue y palpitante de lo inmensamente grande y a la vez, remotamente lejano; se puede apreciar una especie de círculo luminoso, como una gigantesca puerta.

Sintonizo una emisora en el pequeño receptor de radio que siempre llevo encima y me entero de que la puerta estelar por fin se ha abierto, las procesiones de muertos confluyen bajo ella y son absorbidos en un espectáculo nunca mejor dicho— celestial.

Los medios de comunicación están muy molestos porque varios reporteros han sido absorbidos mientras hacían su trabajo a pesar de llevar las identificaciones bien visibles.

No sé cuanto tiempo hemos caminado, pero los pies me duelen horrores. ¡Claro! A ellos no les molesta. ¡Están muertos!... Pero yo no.

Subo a la espalda de uno de ellos. No ha protestado. El olor que desprende no es agradable, pero no es peor que el de algunos vivos que conozco. Continuamos caminando día y noche. A la bajada de un repecho puedo ver a lo lejos como nuestra columna es, a su vez, afluente de otro río inmensamente mayor. Ha llegado el momento de abandonar la grotesca comitiva y poner en práctica mi plan.

Recojo víveres y agua —además de los mínimos pertrechos para sobrevivir— a medida que atravieso pueblos abandonados. Tirando de un pequeño carrito con la carga me interno en las montañas y me refugio en una gruta bajo tierra, es pequeña pero confortable. Sello la entrada con piedras y barro y me preparo para esperar aquí todo el tiempo que sea necesario.


La tierra tiembla. Del exterior me llegan sonidos irreconocibles y terroríficos; se diría que el infierno se ha abierto tras el pequeño y frágil muro de piedras que me aísla del resto del Mundo.

Me siento frente a la puerta para mirar a los ojos a cualquier ente, humano o divino, que pudiera traspasarla en mi busca.

Pero nada ocurre.

Los ruidos han cesado, el suelo está firme. No sé que hay ahora tras la puerta. No tengo la certeza de que aún exista un mundo tras ella. ¿Qué puedo encontrar ahí afuera cuando salga? ¿Y si el juicio no ha finalizado por completo? No me gustaría interrumpir semejante proceso. Seguiré aquí, en la oscuridad, mientras me queden víveres y mi mente pueda soportar el cautiverio.



Ilustración: Mauricio J. Schwarz

No sé si han pasado semanas o meses; olvidé hacer muescas para contar los días, aunque, en realidad, no creo que hubiera calculado bien su duración, sin reloj y en la más absoluta oscuridad, porque también olvidé traer fósforos y velas.

Busco infructuosamente y por enésima vez la maldita nuez que oí rodar por entre las piedras del suelo. Si no la encuentro en las próximas horas, tendré que dar por terminado mi encierro.


Voy a salir.

Comienzo a horadar el muro trabajosamente. ¿He mencionado que olvidé traer herramientas de cualquier clase? Poco a poco, las piedras van cediendo y una a una, caen al suelo a la par que mis uñas—. Las manos me sangran, por momentos pienso que he empezado a excavar en el sitio equivocado, en una pared distinta a la de la puerta, o que en el exterior un corrimiento de tierras ha sepultado la entrada. Creo que no voy a poder salir.

Al fin, el primer haz de luz aparece entre las piedras, blanco, brillante y luminoso hasta el infinito. Abrasa mis retinas, pero me deleito contemplándolo, y saboreo el dolor que produce en mis ojos, disfrutándolo como un ciego que ve por primera vez.

Cuando el muro por fin se desmorona, el estallido de luz es insoportable. Me cubro y poco a poco dejo que mis ojos se aclimaten. El paisaje no ha cambiado, aunque no parece el mismo. Flota en el ambiente una extraña sensación de quietud, de paz, como de olvido. El pequeño aparato de radio, que en el interior de la cueva no funcionaba, no capta ninguna emisora tampoco aquí afuera.

He explorado los alrededores y oteado desde algunas colinas cercanas pero no he encontrado rastro alguno de personas o animales, sin embargo, descubro con júbilo que el Sol ha avanzado en el cielo.

¿Realmente estoy sólo? ¿He sobrevivido al Apocalipsis? ¿Es esto posible sin el consentimiento de Dios? Por un momento me asalta una duda inquietante: ¿y si él me ha elegido a mí como un nuevo Noé, el único superviviente y futuro padre de una nueva humanidad?

No es posible. No tengo una mujer, ni he conservado conmigo animales de ninguna clase. Aunque sí que guardé por error, todo sea dicho—, varios sobres de semillas de zanahoria. No parece una materia prima muy prometedora para repoblar el planeta.



Ilustración: Mauricio J. Schwarz

Han pasado días quizá semanas—; he sobrevivido alimentándome de raíces y bayas silvestres. Descubrir que aún existen animales ha sido una bendición —quizá no sea la palabra más apropiada— y ha ampliado notoriamente mi dieta.

Hoy he visto a alguien. Mi corazón ha empezado a latir desbocado y el estómago a segregar ácidos hirvientes, pero he creído más sensato disimular y pasar de largo. Me estaba espiando entre unas rocas mientras me dirigía al huerto. Probablemente esté tan sorprendido como yo de ver a otro ser humano compartiendo esta insólita situación. No censuro su timidez, a mí mismo me asusta un poco la idea del encuentro. ¿Hablará mi idioma? ¿Qué voy a decirle? ¿Podría ser una mala persona ahora que supuestamente no hay mal ni bien en este mundo? ¿Soy yo una mala persona por lo que he hecho? De momento finjo que no lo he visto y dejo en sus manos la decisión sobre nuestro encuentro.

Cada día me cruzo con él más o menos en el mismo lugar. Nuestra cita diaria se ha convertido en una especie de rutina y cada vez, él se oculta menos, como si quisiera que yo lo viera y diera el primer paso. Creo que ambos tenemos claro que el otro conoce nuestra presencia, pero no sabemos muy bien como comportarnos.

A veces pienso en ir junto a él y abrazarlo. Festejar con júbilo el fin de mi soledad y el comienzo de una nueva vida. Además, es de suponer que si en esta pequeña región hay dos personas, en el resto del mundo debe haber muchas más. Deberíamos ponernos en contacto, reunirnos y reorganizarnos formando una nueva sociedad. Podríamos ser tan felices en este nuevo mundo...

Ahora, si me disculpan, he de ir al huerto. Tengo que recoger mi primera cosecha de zanahorias, no vaya a ser que mi nuevo vecino esté tramando arrebatármelas.



Antonio Cebrián

Antonio Cebrián es un ascendente escritor español que ha empezado a construir una carrera sólida, jalonada por algunas distinciones interesantes, como haber quedado finalista del Pablo Rido con "La ciudad de los muertos", (que luego venció en I Concurso Vórtice de Ciencia Ficción) y del Domingo Santos con "Como perros en la ciudad" (que apareció en Visiones 2004). Se declara "animalejo nocturno", ya que todo su trabajo suele hacerlo por la noche, mientras los niños están durmiendo, los aparatos de TV permanecen apagados y la obra de enfrente está cerrada... Este es el propicio ambiente de trabajo le ha permitido a Antonio crear "Los olvidados de Dios", su primera aparición en Axxón.


Axxón 147 - Febrero de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Tema religioso: Ciencia Ficción: España: Español).

            

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