VIVIR DEL CUENTO

Alfredo Álamo

España

"El rayo de la muerte pasó muy cerca del joven Harris; el oscuro pasadizo debía estar plagado de trampas, señal inequívoca de que el malvado científico se encontraba escondido en algún lugar cercano".


—No, así no —dijo Fu-Manchú atusándose los largos bigotes mientras leía por encima del hombro de Marcos—, yo hubiese colocado una trampa más elaborada, algo que revelara mi crueldad innata.


"Un centenar de afilados dardos salieron disparados en dirección a Harris, que pudo agacharse en el último momento para descubrir, horrorizado, que el suelo del oscuro pasadizo empezaba a estar plagado de escorpiones venenosos".


—¿Mejor? —preguntó Marcos levantando la vista del teclado.

—Mucho mejor, joven y poco brillante escritor occidental —sonrió Fu-Manchú dejando ver unos incisivos superdesarrollados—, mucho mejor. Ahora tengo hambre, ¿qué festín tenemos esta noche?

Marcos miró el sandwich de pollo con mayonesa que tenía encima de la mesa; no parecía un gran banquete para el emperador de la maldad, pero aún así se lo ofreció.

—Mmmm, pollo con mayonesa —se relamió el cruel personaje agarrando el sandwich con sus alargadas uñas—, de esto no teníamos en las Montañas del Lamento.

Qué ganas tenía Marcos de terminar aquel cuento. Fu-Manchú se había mostrado como el malvado y cruel señor de la oscuridad que se suponía que era. Punto aparte era su gusto por los kimonos de colores chillones dos tallas más largas de lo que necesitaba, permitiéndole ir por todo el apartamento de Marcos sin que se le vieran los pies. Era inquietante.

Mientras Fu-Manchú se terminaba la cena de Marcos sentado en el sofá, alguien llamó a la puerta.

—Debe ser Laura —dijo Marcos levantándose rápidamente—. Venga, al armario.

—Me estás dando órdenes —se enfureció el malvado oriental—, ¿a mí?

—Puedes llevarte el sandwich —cedió Marcos—, pero no hagas ruido

—De acuerdo —suspiró Fu-Manchú deslizándose hacia el dormitorio dando ligeros mordiscos a su cena.

De repente un pensamiento cruzó el cerebro de Marcos, ¿había quedado hoy para cenar con Laura? No podía recordarlo; cruzó los dedos al abrir la puerta de su pequeño apartamento, esperando que no fuera así. Laura estaba en la puerta, tan guapa como siempre, cargada con una bolsa de deporte.

—Hola, Laura —sonrió Marcos ayudándola con la bolsa, que pesaba muchísimo—. ¿Qué llevas aquí dentro?

—Te traigo los libros que me pediste —dijo Laura aliviada de quitarse el peso de encima—, los de fantasía épica. Pesan un montón.

Marcos hizo memoria; se los había pedido para documentarse sobre el tema antes de seguir con un cuento de cazadores de dragones que tenía a medias. Bueno, ahora estaba con lo de Fu-Manchú, pero lo siguiente sería ese cuento.

—¿Has cenado ya? —le preguntó Laura observando con ojo crítico las cajas de pizza amontonadas en una esquina de la cocina

—Ehhm —carraspeó él—. Sí, sí. Ya he cenado.

—Entonces —se acercó ella—, supongo que podríamos... estaría bien que jugáramos un rato, ¿no?

Él la besó y ella le pasó los brazos por encima de la cabeza. Fue un beso largo, un buen beso, no el mejor beso de sus vidas, pero sí uno bastante resultón.

—¿Vamos a la cama? —susurró ella

—S-sí... ¡No!, no —exclamó Marcos pensando en Fu-Manchú escondido en el armario de su cuarto—. Quedémonos aquí, en el sofá.


Media hora más tarde Laura dormía con la cabeza apoyada en el pecho de Marcos que, pensativo, intentaba estirar ese pequeño momento de felicidad. Unos golpecitos en su hombro lo sobresaltaron y casi estuvo a punto de despertar a Laura.

—¿Pero qué? —susurró en voz baja

Fu-Manchú lo había tocado con una de sus largas uñas; estaba escondido detrás del sofá. Le acompañaban Sir Cedric de Rossport, con su armadura pesada, y Vespius, señor de los vampiros de la Tracia, envuelto en su capa de satén rojo.

—No cabemos en el armario —susurró el vampiro—, la tripulación de la nave colonial betana se ha puesto muy pesada con eso del espacio vital.

—O te buscas un apartamento más grande —añadió Sir Cedric—, o terminas algún cuento de una vez para que podamos irnos. Pero así un caballero no puede vivir.

Marcos se irguió con delicadeza dejando a Laura reposar sola en el sofá.

—Estais locos —dijo poniéndose los pantalones—, ¿y si ella se despierta, qué, eh? Bueno, vamos al cuarto y lo discutimos.

Sir Cedric se levantó con dificultades y al final tuvieron que ayudarle sus compañeros de armario. Marcos cerró la puerta del comedor y entraron en su habitación. Un par de pequeños robots daban vueltas alrededor de la cama y algunos seres extraterrestres de grandes cabezas siamesas estaban mirando por la ventana.

—Estamos hacinados aquí dentro —se quejó Vespius—, añoro los espacios de la Tracia... ¿Cuánto hace que no me escribes algo bonito?

—Es que me he quedado atascado contigo, Vespius —agachó la cabeza Marcos—, no sé si vas a ser un vampiro maligno o un alma torturada que intenta hacer el bien.

—Y yo qué —dijo Sir Cedric—, llevo seis meses encerrado en un cajón, a punto de ser devorado por una lamia de mala reputación. Al final me voy morir de aburrimiento, como no pase algo.

—Lo sé, lo sé, pero escuchad, no es tan fácil —se defendió Marcos—, también están los hermanos alien, la comuna robot, los viajeros del espacio...

—Y ahora también éste —dijo Vespius señalando con la cabeza a Fu-Manchú—, llevas dos semanas con él.

—Soy un personaje interesante sobre el que escribir —dijo Fu Manchú sonriendo de manera torva y amenazadora—, estoy definido, no como otros.

—¿Estás insinuando algo? —lo encaró Vespius.

—Sí —dijo Fu Manchú—, que en la Tracia no hay vampiros.

—¡Te vas a enterar! —gritó Vespius sacando sus colmillos.

—¡Basta ya! —chilló Marcos separándolos

La puerta del cuarto se abrió de golpe, Laura estaba allí con la ropa en la mano y con una expresión de profunda incredulidad en el rostro.

—¿Qué haces chillando solo? —le preguntó a Marcos.

—Esto.... —dijo Marcos tratando de encontrar una buena excusa—. Estoy practicando los diálogos de mi cuento en voz alta, para ver si quedan creíbles, ya sabes.

—Ya —dijo Laura poco convencida

—Si, sí, mira: "Atrás, Harris, si da un paso más su joven prometida caerá en el lago de magma". —Y luego, cambiando la voz. —"No se atreverá, Fu Manchú, conozco el secreto de su guarida celeste".

Laura dio un paso atrás. —Bueno, supongo que este tipo de cosas viene con el pack del escritor de cuentos —suspiró desapareciendo por el pasillo.

La puerta del armario se entreabrió lentamente.

—Casi nos pilla —dijo Sir Cedric

—Nos ha ido de un pelo —añadió Vespius

—Venga, venga, haced sitio —se oyó desde el fondo del armario a un montón de voces quejosas

Uno a uno volvieron a salir los personajes hasta ocupar casi toda la habitación. Marcos se sentó en el suelo, desesperanzado. ¿De verdad tenía tantos personajes, tantos cuentos inacabados? Fu Manchú se le acercó.

—Joven Marcos —dijo—, los diálogos bien.

No pudo menos que reírse.


"El dragón levantó sus alas y agradeció a Sir Cedric el favor que le había hecho.

—¿Deseas algo de mí? —preguntó el mágico ser en la mente del caballero.

—Sólo que recuerdes anidar lejos de las ciudades de los hombres —dijo Sir Cedric.

—Algún día eso será imposible, mi buen amigo.

—Algún día ya no seremos necesarios.

Sir Cedric despidió al dragón que se alejaba hacia el horizonte montañoso de Khadarr; se sentía triste al dejarlo marchar así, pero los tiempos cambiaban demasiado deprisa. Algún día, pensó, algún día."


Marcos pulsó la última tecla de "Sir Cedric y la Orden del Dragón" y respiró aliviado Llevaba una semana escribiendo sin parar intentando terminar todos los cuentos que tenía pendientes, la verdad es que se sentía culpable de no poder dedicarles más tiempo, pero no había tenido más remedio. Ahora sólo le quedaba acabar con Fu-Manchú.

—Ha llegado la hora de mi "Grand Finale", ¿verdad? —preguntó Fu Manchú apareciendo súbitamente tras Marcos, el cual tuvo que ahogar un sobresalto.

—Si, bueno, no —dijo Marcos—. Es el final del cuento, nada más.

—No he podido evitar fijarme —dijo el oriental moviéndose silenciosamente a su derecha—, en que estás terminando los cuentos de manera un tanto, como decirlo, rápida.

—Bueno —dijo Marcos claramente sorprendido—, había tantos personajes a los que complacer que decidí hacer tábula rasa y empezar de cero. Pero no los podía borrar, así que les escribí un final.

Fu Manchú sonrió satisfecho de tener razón con su teoría.

—Es lo que pensaba; qué previsibles sois los occidentales —comentó.

—Pero no te preocupes, contigo puedo estar un poco más de tiempo —dijo Marcos sonriente—, te prepararé una muerte digna del mejor villano.

Una sombra de buen humor relampagueó en los ojos del malvado doctor. Era la primera vez que Marcos veía esa expresión y no acabó de gustarle demasiado.

—No hace falta que te esfuerces, joven Marcos —dijo Fu Manchú señalando al ordenador—, abre mi archivo.

"Fu.doc" se abrió con un rápido doble click, Marcos contuvo la respiración. Tenía cinco páginas más que la última vez que lo había abierto.

—¿Has escrito tu propio final? —preguntó asombrado Marcos.

—Así es —sonrió Fu Manchú ahora a la izquierda del joven.

—No me lo puedo creer. ¿Tu propia muerte?

—¿Muerte?, ¿de verdad creías que ese patético detective que te inventaste que, por cierto, ni siquiera se ha atrevido a salir del armario, podría acabar conmigo?

Marcos se puso a leer las páginas que había escrito Fu Manchú y, para su sorpresa, no estaban mal del todo.

—Tienes muchas erratas —le recriminó—, pero por ahora me gusta.

—¿Erratas? —se indignó—, deberías intentar escribir a máquina con estas uñas tan largas.



Ilustración: Ferrán Clavero

"La joven Lady Smithers extrajo del cuello de su prometido el cuchillo ritual y la sangre del detective Harris salpicó su níveo rostro.

—Tenías razón —dijo la joven—, ha sido excitante.

—Ven conmigo a la cámara nupcial —exclamó el apuesto sabio del mal—, toda esa sangre no debería desperdiciarse.

—¿Y mañana? —preguntó la mujer arrastrándose ante su nuevo amo.

—Mañana los vientos de la guerra nos llevarán lejos de aquí, donde menos esperan mis enemigos encontrarme. Londres.

Los esclavos mudos del doctor cerraron las puertas de la cámara celeste. El cuerpo del osado Harris fue lanzado al vacío por uno de los desfiladeros del Himalaya. Las águilas jugaban en el cielo esperando la llegada de un ocaso que prometía noches de dolor."


—¿Qué tal? —preguntó Fu Manchú ansioso.

—Bueno, es algo cruel, ¿no crees?

—Sí, claro, como debe ser. Y es un "final abierto", ¿no?. Así, si quieres, algún día puedes escribir mis aventuras en Londres.

—Claro, claro —dijo Marcos.

—Falta que escribas la palabra "Fin" —le señaló Fu Manchú—, esas son las normas.

Marcos tecleó lo que le pedían, total, con éste por fin terminaba todos los cuentos pendientes. Cuando grabó el archivo de nuevo, Fu Manchú empezó a desvanecerse en su presencia envuelto en una niebla blanca.. Siempre tan teatral.

—Ha sido un placer, joven Marcos —dijo antes de desaparecer por completo—, nos veremos en "Fu Manchú y las calles de Londres" —profetizó—, o tal vez antes.

El silencio se hizo dueño de la casa; menudo descanso, pensó Marcos. Por fin tranquilidad y soledad. Laura siempre preguntaba por qué nunca podían ir al dormitorio, pero ésta noche... Una cena romántica y luego una noche en una cama ancha. Cómo lo echaba de menos.

Apagó el ordenador y preparó unas cuantas velas por la casa. Todo iba a salir perfecto, vaya que sí. El timbre sonó y Marcos se acicaló un poco el pelo con la mano camino de la puerta.

—Hola Laura —dijo Marcos en tono empalagoso.

—Hola —sonrió Laura—, te he traído un par de cosas más —dijo enseñándole una bolsa de plástico.

—¿El qué? —se intrigó.

—Pues tenía tres libros de Lovecraft que me dejaste.

—Ah, sí, ya no sabía dónde los había puesto —dijo Marcos—. Gracias.

—Y tu cuento. —añadió Laura.

—¿Mi cuento? —se extrañó Marcos

—Si, hombre —le recordó Laura—: "La sombra nocturna de Ryleh y otras historias primigenias".

Un golpe enorme y contundente surgió del cuarto de Marcos; de repente el recibidor olía a salitre y a pescado podrido. Un crujido de madera y un sonido de chapoteo hicieron que Marcos tragara saliva con dificultad.

—¿Estás bien, cariño? —le preguntó Laura.

—Sí, es que de repente me apetece cenar fuera, ¿te importa?

—No, no, me da igual. ¿Coges los libros?

—Si, sí, claro.

Con un gesto rápido dejó la bolsa al lado del comedor, encima de un charco de agua que empezaba a llegar desde su cuarto.

—¿Piensas terminar el cuento? —le preguntó Laura desde la escalera—, ¿o vas a hacer como siempre dejándotelo a medias?

Marcos cerró la puerta con llave y retrocedió todavía algo pálido.

—O acabo con él —dijo Marcos alcanzando a Laura en el ascensor— o él acabará conmigo.

—Ese es el espíritu —dijo Laura sonriente


"Aquella noche maldita los hombres de bien temblaron en la pequeña ciudad costera; algo innombrable se había escurrido fuera de su prisión del fondo del mar. Poco podía imaginar el joven Marcos las terribles pruebas que le esperaban a lo largo de la noche, una noche cuajada de peligros, trampas y seres monstruosos"

Fu Manchú sonrió como sólo los grandes villanos podían sonreír y luego siguió escribiendo, pulsando tecla a tecla con sus largas uñas el que iba ser su primer relato de horror.



Alfredo Álamo

La ventaja que ofrece Alfredo Álamo, a la hora de armar la presentación de un nuevo cuento, es que su actividad es tan intensa que siempre hay algo nuevo que poner. Ya saben que nació en Valencia, España, en 1975, por lo que aún no ha cumplido los 30. La novedad es que estará en Visiones 2005 y en Fabricantes de Sueños 2005. De Alfredo publicamos "De nuevo, el principio" en Axxón 133, "Dios del ácido" e "In vino Veritas" en Axxón 135, "Átomo Jack y el mercader de sueños en Axxón 138, "Deseos" en Axxón 143, y "Vuelta al hogar" en Axxón 145 (¿Habré olvidado alguno?). Su cuento "Masas" fue seleccionado para la antología de distopías Mañanas en sombras, que publicará el mes próximo Ediciones Desde la Gente.


Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Metaficción: Fantasía: Realismo conjetural: España: Español).

            

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