EL SEÑOR ROBÉLIO EXHORTA AL JUEZ

Miguel Carqueija

Brasil

Ciudad de Marte, 27 de abril de 2416


Yo, Robélio Mathias Alves, ciudadano de la Colonia de Marte, industrial jubilado y propietario, matrícula 0103.461.340-5, en pleno uso de mis derechos civiles y constitucionales y de mis facultades mentales, utilizando mis prerrogativas de ciudadano contribuyente, por medio de este documento, me dirijo al Excelentísimo Sr. Juez del 3° Tribunal de Causas Regionales, Dr. Gugliano Menta, y paso a relatar a Su Excelencia las razones y tristes sucesos que dan fundamento y origen al presente exhorto:


Como Su Excelencia sabe, mi familia, de respetable genealogía, emigró a Marte hace tres generaciones y aquí se estableció, participando vivamente de las actividades de terraformación y de construcción de las grandes cúpulas, como así también de la exploración de los bolsones subterráneos y de la domesticación de las especies nativas que aquí existían.

Hoy, en Ciudad de Marte, solamente resido yo, ya que todos mis parientes, incluidos mi esposa e hijos, prefieren vivir en otras colonias marcianas, según me dijeron, para evitar perturbar mi sosiego, lo que demuestra muy bien la alta consideración que tiene mi familia por mí.

Pues bien, Excelencia, a pesar de que soy un hombre pacífico, respetable y ordenado, recientemente mi vida se ha visto convulsionada por acontecimientos deplorables en los cuales se trasluce mi inocencia, al igual que la de Queridinha, la amable criatura a la que ahora me referiré.

Tenía a Queridinha desde hacía ya cinco años terrestres; nunca me acostumbré al calendario marciano, ya que todos nuestros patrones culturales están basados en la Tierra. Menciono ese detalle, Excelencia, porque me agradan mucho los detalles; soy un hombre detallista y metódico y pondero mucho todo lo que hago, digo o escribo, y quien me conoce sabe que este es mi estilo de vida inamovible, el estilo del que sabe lo que quiere, lo que hace, lo que dice y lo que escribe. ¿Está claro? Entonces, Excelentísimo Sr. Juez, prosiguiendo con este muy doloroso aunque necesario exhorto, recuerdo a Su Excelencia que mi modesta mansión posee un agradable bosque cultivado especialmente para la cría de hidras unicéfalas, que hasta incluye un tanque especialmente reservado para el esparcimiento de esas criaturitas tan agradables, reconstituyendo de la mejor manera posible el ambiente de los lagos subterráneos de Marte, con luz polarizada y prismática, etc. Ese bosque ocupa uno de los ángulos del cuadrilátero de mi propiedad, justamente el que apunta al nordeste, donde se sitúa la Comunidad Operaria, y puedo garantizar que solamente escogí esa ubicación porque, en ese trecho, el suelo era más fácil de excavar y de adaptar a las necesidades de Queridinha, que allí pudo crecer sana y feliz, hasta que el destino se torció para estropearlo todo.

Tengo la certeza de que Su Excelencia, Meritísimo Juez, está acompañando con su atención e interés mis amenas y modestas observaciones, y ciertamente no se está cansando de la objetiva exposición que estoy desarrollando. Pues bien, Excelencia, es en este punto de mi humilde exhorto que aparece Honorio. Me apresuro a explicar que Honorio, de todos los criados de la familia que acompañaron a mis parientes, es el único ser humano a quien honré con el magnífico privilegio de habitar, en carácter permanente, en la Mansión Mathias Alves. Todos los servicios venían siendo ejecutados satisfactoriamente por los autómatas, normalmente los mejores empleados, ya que no exigen salarios, reducción de jornada, vacaciones, licencias y otras tonterías conocidas con el término genérico de derechos laborales. Contraté a Honorio sólo porque el veterinario de Queridinha, el Dr. Cosme, me aseguró que únicamente un ser humano podría tener la sensibilidad necesaria para cuidar bien de una delicada hidra. Los robots, me dijo, son de metal y muy duros. Para dar un baño a Queridinha, frotarle la piel tierna, quitarle los indeseables piojos, eran preferibles manos humanas, de carne y hueso, que no lastimarían a la pobrecita.

¡Ah, qué viejo imprudente, ese Cosme! ¡Por su culpa, la tragedia se abatió sobre mi casa! ¡Justo a mí, que soy tan bueno y nunca le deseé el mal a nadie! Que el diablo se lo lleve... Al menos podría haberme ayudado a escoger mejor a la persona. Ese Honorio llegó con una pila de cartas de recomendación y exigió nada menos que dos salarios mínimos. ¡Qué desplante! Hasta tuvo la petulancia de decir que aceptaría ser el mayordomo de la mansión, con uniforme y todo, y que cuidar de Queridinha sería apenas una de sus atribuciones. Pensé en rechazarlo de inmediato, pero ahí me dije que, en todo caso, disponer de un mayordomo no era tan mala idea. El hombre tenía sus habilidades: sabía cuidar o podar las plantas de grosella, programar los robots, lavar el aerocoche. Hice la prueba y, durante un tiempo, me pareció que, a fin de cuentas, no era tan mala persona y que incluso trataba muy bien a Queridinha, como ella lo merecía. Hoy pienso si no habrá sido todo una farsa para aprovecharse de mi generosidad. Pero como Queridinha parecía estar feliz y bien alimentada, toleré todo, hasta el ocio dominical reclamado por Honorio.

Meritísimo, soy un hombre bueno, paciente y tolerante, tal como Su Excelencia debe estar advirtiendo. Pero me gusta que los que dependen de mí me hagan caso. El último martes 23 de abril, necesité ausentarme para ocuparme de negocios impostergables en Bradburnia. Llamé entonces a Honorio y le hice algunas recomendaciones elementales. Tan poco exigente fui, que no tardé más de tres horas en explicarle al Sr. Honorio todo lo que esperaba de él durante mi ausencia.

Y a pesar de todo esto, Excelencia, el Sr. Honorio descuidó lo más importante: ¡la alimentación de mi Queridinha! Creo que cumplió con ese elemental deber hasta el domingo, cuando, sin intención de privarse de su maldito día libre, se fue a disfrutar de alguna disipación, olvidando programar a los criados-robots para la indeclinable tarea de cuidar del bienestar del animalito. Y el hecho es que, abandonada sin su ración hasta mitad de la tarde, Queridinha comenzó a dar señales de inquietud. Por fin, viendo que nadie atendía sus angustiosos y dolorosos ruegos, la muy desdichada resolvió huir en busca de alimento: excavó por debajo del muro y, emergiendo en el lado opuesto, partió en dirección a la Comunidad Operaria. Ahora bien, lo mínimo que los miserables habitantes locales podrían haber hecho era ofrecerle sus gallinas, pavos y cabritos a Queridinha. No lo hicieron y, para peor, con una repugnante falta de solidaridad, se encerraron en sus cobertizos o huyeron, llevándose a sus animales. Su Excelencia seguramente sabe que una hidra unicéfala como Queridinha, especie de dinosaurio marciano, pesa unas cinco toneladas y puede fácilmente, si así lo desea, echar abajo paredes que no sean muy reforzadas. Entonces, Queridinha acabó por derrumbar la pared del convento de las Ursulinas, donde devoró a la Madre Superiora, ya que las demás monjas lograron escapar. Después se acostó en el claustro a reposar y hacer la digestión. Pero, ¡ay! En vez de eso, comenzó a sentirse mal, presa de horribles dolores. Cuando supe del caso y avisé a Cosme, ya era demasiado tarde. Al tratar de conseguir un antídoto, Queridinha se había comido los bananeros del convento, regresando a la mansión la madrugada siguiente. Honorio la encontró en un estado lamentable y me llamó. Cosme ya no podía hacer nada. Agonizó durante tres días y, como si no alcanzara con todo ese sufrimiento, hasta debí movilizar a mi abogado, el Dr. Percival, para frenar las pretensiones malintencionadas de las monjas que, sin respetar el estado en que se encontraba mi pobre y difamada mascota, querían que fuese arrestada.


Excelentísimo Sr. Juez:


VISTO Y CONSIDERANDO:


que Queridinha era, podríamos decir, la razón de mi vida;

que la Madre Superiora, con imprudencia indigna de una religiosa, era obesa e indigesta en demasía, siendo inadecuada para el delicado aparato digestivo de una hidra;

que una religiosa tiene la obligación de velar por sus actos, evitando toda y cualquier clase de liviandad;


CONCLUYO:


Su Excelencia, que la Madre Anselma es absolutamente culpable por la muerte prematura de la infeliz y recordada Queridinha. Esa mujer hizo muy mal en concentrar su dieta en los hidratos de carbono, pues debería haber tenido la sensatez de prever que, si un día era devorada por una hidra de consideración, podría ocasionarle daños al inocente animal. No lo hizo, y el resultado fue esta tragedia. Se merece el infierno.

Y de este modo, Excelencia, llego a mi


EXHORTO:


Exhorto a Su Excelencia a que obligue a los habitantes de la Comunidad Operaria al pago, so pena de prisión con trabajos forzados, de una indemnización por valor de 250 millones de escudos marcianos, por la falta de compasión manifestada hacia Queridinha, en una actitud repugnante e ignominiosa.

Exhorto a que el Sr. Honorio, por su imperdonable negligencia, sea exiliado a una de las lunas de Júpiter durante los próximos cincuenta años.


Ilustración: Elmo (Antonio J. Morata)

Exhorto finalmente a que el Convento de las Ursulinas sea condenado a pagarme una indemnización de 500 millones de escudos, por la pérdida irreparable de la amada e inolvidable Queridinha, mi indefensa y adorable hidra unicéfala. Eso, o la confiscación judicial de los bienes de esa Orden.

Excelentísimo Sr. Juez, cierro aquí mi angustiado exhorto. Despidiéndome, declaro ante Su Excelencia que, con la simplicidad y humildad de quien solo desea el bienestar general, lo único que solicito es que se haga justicia y se alivie mi corazón herido por las maldades de terceros y por la lacerante pérdida de mi tan estimada Queridinha.

Respetuosamente,


Robélio Mathias Alves


Título original: O Senhor Robélio depreca ao Juiz
Traducido del portugués por Claudia De Bella © 2005


Miguel Francisco da Cruz Carqueija es carioca. Autor experimentado y prestigioso en la escena brasilera, colabora con la mayoria de los fanzines y revistas del género en su país. Entre otros, ha publicado los libros de cuentos A volta dos dinossauros (1992), A caixa lunar (1994) y A rainha secreta e outras histórias (2001), y las "noveletas" "A âncora dos argonautas" (1999) y "A Esfinge Negra" (2003). Participó además en las antologías de CF & F Verde, Verde (1988), Dinossauria Tropicalia (1994, GRD) y Como era gostosa a minha alienígena! (2002, Ano-Luz).


Axxón 148 - Marzo de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciencia Ficción: Humor: Brasil: Brasilero).

            

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