FINAL DE FIESTA

Marcelo Di Marco

Argentina

Desde el otro extremo del salón, Madame von Belsen me miraba sin ningún disimulo: sus ojos brillaban de voracidad, apenas interceptados por las parejas que giraban en la danza.

—¡Señor Bergen! —chilló, agitando el brazo en alto.

Semanas sin encontrarnos, era necesario que viniera hacia mí. Y lo hizo con la destreza de un cocodrilo que sale morosamente de su inmovilidad, que se desplaza en su charca a la búsqueda de alguna presa. Y no sólo debido a su andar de reptil contrastaba entre los invitados: los caireles de la araña se descomponían en cientos de fulgores sobre sus pechos desnudos. Más y más cerca, ya la veía con claridad. Todo el mundo me había asegurado que la mastectomía había sido poco prolija, y ahora yo podía verificar el horrendo trabajo del cirujano, el consecuente implante de tejido artificial. Pero Madame se empeñaba en exhibirse: su vestido siquiera la cubría de la cintura para abajo.

—No sabe cuánto lo he extrañado, señor Bergen —me dijo, arrebatándome mi copa sin derramar una gota de champán; apenas los jirones que reemplazaban sus senos se agitaron como borlas raídas.

—Detesto estas fiestas tanto como usted, Madame von Belsen —le respondí con una reverencia—. Si lo desea, conozco un sitio que nos merece a los dos. Allí vive cierto niño que deseo presentarle.

La idea pareció seducirla: terminó de beber, depositó la copa a sus pies, la estrelló de un tacazo (una esquirla me repiqueteó en el zapato) y me indicó que me montara en su estrecho lomo.

—Con cuidado, señor Bergen —dijo, acomodándose sonoramente las coyunturas a medida que yo descargaba mi peso sobre ella—. Apenas me he recuperado de la intervención.

Sentí bajo mis asentaderas su estructura admirable. Madame era una sensual tramoya de engranajes, un mecanismo de placer que se entregaba a quien quisiera someterlo.

Desplegó las membranas de sus alas, y le tironeé del pelo tal como me había enseñado y nos elevamos por sobre el rock y las cumbias y las parejas y los músicos y los mozos que nos observaban displicentes.

—¡Adiós, imbéciles! —gritó Madame agitando en pleno vuelo las patas traseras a manera de timón.

—No soporto la gente aburrida —dije, por si hiciera falta.

—París, Nueva York o Pernambuco, hoy todas las fiestas son iguales, señor Bergen: los mismos peinados, las mismas ropas, el mismo maquillaje de tucán, la misma estridencia...

—... los mismos detalles fashion, Madame —interrumpí, asintiendo—. La misma alegría falsa. Pero pronto todo cambiará, se lo prometo.

Planeábamos directo a la salida. Antes de que cruzáramos el umbral, un cristal de la araña me acarició la frente. Ni siquiera sentí vértigo. Aquello era una delicia.

Montado en potra de nácar, me dije. Y tanteé fibrosidades en busca de los pechos de Madame, olvidando que los había perdido para siempre.


Habíamos surcado la noche, el mundo bajo nosotros. El balcón de aquel departamento —un piso décimo— nos recibió en nuestro aterrizaje. Nadie nos había visto: jacarandaes frondosos rodeaban el edificio.

Detrás del ventanal de su cuarto, el niño dormía. No pude dejar de evocar mi propia niñez, ya lejana. Reflejado en el vidrio, noté que el cairel me había dejado pequeñas estrías de sangre. Madame von Belsen —yo ya había desmontado— también lo advirtió: desenrolló hacia afuera la lengua de camaleón y deslizó su humedad por mi herida. El efecto fue balsámico.

Percutí el vidrio con mis uñas: era de madrugada, pero temía despertar a los padres del niño.

Él me descubrió de inmediato, no bien abrió los ojos. Bajó de la cama y descorrió la puerta del ventanal con la lentitud de un minutero. Entramos. La habitación olía a azahares.

—Me llamo Peter —le dijo el niño a Madame. Y sin esperar a que yo los presentara, nos ordenó que lo siguiéramos en puntas de pie.

Iluminada por un candil, la cocina parecía una ilustración de Norman Rockwell: se lo hice notar a mi dama, que sonrió complacida. Peter abrió una alacena, sacó una cajita de plástico transparente y la alzó a la altura de nuestra mirada.

—Es horrible —dijo Madame al ver la araña que contenía—. ¿Está toda como aplastada, ¿no?

Peter no le hizo caso.

—Así, señores —le dijo a la araña, arrancándole una pata—. Así no van a poder moverse tan fácil, ¿ven?

Con los dedos en pinza alzó a su víctima y la expuso a la luz del quinqué. Una pelusa de aspecto áspero le cubría el vientre a la araña. Peter la rozó con la yema del dedo. La araña aún temblaba con un resto de vida.

—Eso —dijo—. No tienen que morirse —y le arrancó otra pata.

Una por una, dentro de un cenicero de mármol travertino rojo, las negras patitas amputadas parecían signos rúnicos.

—¿La cazaste fácil? —murmuró Madame.

—La vi abajo del borde roto de una teja —explicó Peter desprendiendo otra pata del cuerpo mutilado—. Y la volé de ahí con mi cortaplumas. Traté de no matarla ni lastimarla mucho.

—Lo bien que has hecho —dijo mi amada acariciándole el pelo.

—Era preciso. Según un libro de mi abuelo, las cosas funcionarán solamente si el bicho es mantenido con vida —Peter hizo rodar el bultito palpitante entre sus dedos. Oprimió.

Y yo podía imaginar los gritos de dolor de la araña, podía adivinar su desesperación: febril, agitaba en el aire aquellos minúsculos anzuelos cercanos a la boca, armas con las que seguramente atraparía a sus presas.

—Antes de que yo los atrape a ustedes —le dijo Peter a la araña, sonriente, como si me hubiese leído el pensamiento.

—Así es la vida —dijo Madame—, así de simple es la magia de la vida. La ley del más fuerte termina por imponerse: el pez grande se come al chico.

—El hilo se corta por lo más delgado —apunté yo.

—Donde manda capitán no manda marinero —aseguró la voz atiplada de Peter—. La gallina del palo de arriba caga a la del palo de abajo —se agachó, y del fondo de la alacena sacó un palo de amasar—. Y las fiestas de mierda —dijo mientras aplastaba una y otra vez a la araña pasándole por encima aquel rodillo—, y las reconchudas fiestas de mierda alguna vez terminarán como se debe.


Aprovechando vientos propicios —amo el flap-flap de las alas de Madame—, regresábamos al grandioso salón.


Ilustración: Endriago

Debajo de nosotros, ejércitos de bomberos y policías hacían su trabajo.

Descendimos a distancia prudencial, con un leve carreteo, en el parque adyacente.

Nos aproximamos más y más, hechos de cautela, sombra y sigilo.

Logramos asomarnos. Todo se presentó ante nuestros ojos tal como lo habíamos esperado:

—Mozos muertos, señor Bergen —recitó Madame von Belsen—. Parejas aplastadas, mesas y sillas y equipos de sonido destrozados...

—Músicos mediocres —completé, en éxtasis— que en su agonía se abrazan a instrumentos ahora mudos.

En fin: el desastre que había producido la enorme araña al desprenderse del techo era realmente indescriptible, de manera que no lo describiré.

En alas del deber cumplido, Madame y yo nos alejamos de allí.

Según creo, no volveremos jamás.


Marcelo di Marco nació en Buenos Aires, Argentina, el 18 de octubre de 1957. Es escritor, editor, ensayista y docente. Su obra literaria ha sido ampliamente difundida en revistas, radios y periódicos de la Argentina. Desde 1980, textos suyos han aparecido en numerosas antologías de poesía y narrativa. El fantasma del Reich, un libro de cuentos (Sudamericana, 1995), mereció el primer premio de la Fundación Antorchas. Actualmente dirige colecciones de poesía y narrativa y se desempeña como Secretario de Redacción en varias revistas especializadas en poesía, literatura fantástica y cine fantástico y bizarro. Enseña literatura creativa en el Taller de Literatura Fantástica en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires.


Axxón 149 - Abril de 2005

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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