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Recuerdo perdido
por Enrique Bustamante

 


La conversación transcurre en medio de un silencio cósmico. Brock le pregunta a Ames:

—¿Participarás en el concurso?

Sí. Sin duda —contesta Ames—. He soñado una nueva forma artística. Algo original.

Evocación de ondas sonoras y flujos energéticos en un vacío silencioso de longitudes de onda.

En su famoso artículo El final del arte, Arthur Danto sostiene la posibilidad de visiones filosóficas de la historia que permitan, e incluso demanden, una especulación sobre el futuro del arte. Estas visiones tendrían que ver con la pregunta sobre si el arte tiene futuro, pero también, y de una manera mucho más problemática, con aquellas preguntas que se interrogan sobre las características del arte venidero, es decir, sobre cómo serán las obras de arte futuras o cómo serán apreciadas. Danto llega a la conclusión de que "nada pertenece tanto a su propio tiempo como la incursión de una época en su futuro", y que, por tanto, cualquier posibilidad que imaginásemos remitiría inequívocamente a nuestro propio momento histórico. Si el artista visionario Albert Robida imaginó, en su serie titulada Le vingtième siècle, un futuro plagado de referencias a las formas o elementos ornamentales propios de su tiempo, Buck Rogers hizo lo propio en sus trabajos trasladando los lenguajes decorativos de la década de 1930 al siglo XXI. Cansada de su periplo por el futuro, la ciencia-ficción de hoy parece instalada en un presente de implantes tecnológicos o frías pantallas de mitos ciberpunks, en un universo de mundos paralelos y diosecillos cuánticos. Pero nada ni nadie parece dispuesto a imaginar cómo serán los artistas o el arte del futuro. No parece probable, por tanto, que en el futuro podamos encontrarnos con nada parecido.

En un breve y hermoso relato titulado Recuerdo perdido, Isaac Asimov recrea la posibilidad del último esfuerzo del arte y del fracaso del último artista. Brock y Ames son seres energéticos que llevan vagando por la galaxia infinita desde hace miles de siglos. La memoria hace que Ames (simple fusión de longitudes de onda) recuerde su propio pasado, una sombra indefinida de su pasado, y sienta la nerviosa tentación de compartirlo con Brock. Las cargas de energía que constituyen su individualidad y sus líneas de fuerza extendidas ponen a ambos en contacto. Brock le pregunta a Ames:

—¿Participarás en el concurso?

Sí. Sin duda —contesta Ames—. He soñado una nueva forma artística. Algo original.

El posterior comentario de Brock parece el análisis pesimista de un crítico de arte actual ante un hecho consumado:

—¡Cuánto esfuerzo derrochado en vano! —exclama Brock—. ¿Cómo puedes creer que exista una nueva variante, después de dos mil siglos? No podemos descubrir nada nuevo.

Pero Ames ha tenido una intuición y cree encontrarse ante todo un descubrimiento. La materia, piensa Ames: una sinfonía de materia; abandonar por un momento la energía y experimentar con la materia. Lo que Ames está planteando a Brock es el recuerdo improbable de lo que ambos fueron en el pasado, la construcción de objetos e incluso formas abstractas que recuperen de alguna manera su rostro humano. A Brock, sin embargo, la idea le repugna: "no recuerdo nuestro aspecto", dice, "todos lo olvidaron ya". No obstante, Ames lo intentará acumulando materia dispersa en los intersticios de la galaxia, barriendo volúmenes de años-luz elevados al cubo, seleccionando átomos, obligando a la materia a disponerse en formas que creía conocidas y que no son más que juegos de su memoria. Toda la esperanza de Ames se concentrará en una pregunta:

—¿Qué hay de malo en recordar?

Para cuando Ames obtenga la respuesta ya será tarde, porque la superficie de su escultura no es más que una representación áspera y fría de su antigua forma humana, dulce y tibia, y el recuerdo que Brock buscaba evitar hará que ambos (hombre y mujer en el pasado) sientan el terrible vacío de lo perdido. Las lágrimas de materia de Brock anegarán la escultura y la fuerza de su energía partirá en dos la creación de Ames. Ames buscará a Brock siguiendo su rastro energético, en el inexorable destino de la vida, y la metáfora de Asimov situará al arte del futuro ante una última y definitiva alternativa: el recuerdo de lo humano, de lo que fue humano, incluso más allá de toda memoria posible.


Ilustraciones de Valeria Uccelli
Axxón 149 - abril de 2005

 
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