CORDERO EN SALSA

Michel Encinosa Fú

Cuba

La Señora Chávez sacó la cabeza por la puerta de la cocina:

—¡A cenar!

El Señor Chávez sonrió y apagó la panopantalla. Pesadamente, se dirigió a la mesa y ocupó la silla principal.

Willie vino corriendo con el visor de Cazador Solitario puesto y disparando a diestra y siniestra con el subfusil. Se metió bajo la mesa, emergió por el otro lado, y soltó la espoleta de una granada de humo, con los labios apretados y los músculos en tensión.

Sally llegó tiesa, estrenando los primeros ajustadores de su vida. Masculló "hola, gente", se dejó caer en la silla y subió sus pies enfundados en turbopatines sobre la mesa.

Connie levitó de la sala al comedor, con las pupilas dilatadas y evitando colisionar con los muebles. Antes de sentarse, susurró seis veces "descarbonizamiento".

La Señora Chávez trajo una fuente de carne de cordero en salsa:

—Te ves agotado hoy, querido... Willie, quítate eso de la cabeza y deja de matar fantasmas... Sally, saca tus ruedas de la ensalada... Connie, por favor, ¿no piensas saludar?

—Saludar Serena ensenada de insania senil —declaró Connie, poniendo los ojos como platos—. Remanso de paz. Montaña, viento, dios.

—Carajo —Sally se estiró hacia Connie—. Oye, ¿qué te pones ahora? ¿Delfinador, Aguilamiento...? ¿O conseguiste Tránsito Cero? Dime, carajo, ¿es Tránsito Cero...?

—¡Sally Chávez! ¡Saca las ruedas de la ensalada ahora mismo! —la Señora Chávez alzó la fuente sobre su cabeza—. ¡He dicho mil veces que nada de fango en el mantel!

—¡Fango! ¡Todos a la trinchera! —Willie buceó bajo la mesa, con tal pericia que ésta se estremeció y la jarra de agua adoptó un ángulo incorrecto—. ¡PUM PUM PUM...!

—¡Santo cielo! —la Señora Chávez atajó la jarra con una mano, mientras depositaba la fuente con la otra.

Sally aplaudió, entusiasmada:

—¡Bravo, mamá!

—Alma en gracia... —la Señora Chávez miró a su esposo—. ¿Pondrás alguna vez en línea a estos críos?

El Señor Chávez sonrió y siguió tamborileando con los dedos sobre la mesa. Connie se miraba las uñas, alejando y acercando las manos a su rostro. La Señora Chávez pescó a Willie por el cuello, lo sentó de un golpe, sirvió la sopa, y regresó a la cocina.

Sally cuchicheó al oído de Connie:

—Oye, gusana, si es Tránsito Cero, me das uno... O cuento lo que tú sabes.

—Sabes, no sabes, si sabes, nada sabes —canturreó Connie.

Willie sorbía la sopa como un animal. La Señora Chávez acudió, le quitó el plato, y volvió a hacer mutis.

—¿Por qué mamá nunca come con nosotros? —preguntó Willie, sin dar importancia a la retirada de su sopa.

—Porque se esconde a fumar sin que papá la vea —replicó Sally en voz alta—. No puede comer sin fumar al mismo tiempo. Vicio por simbiosis sinérgica, le dicen ahora. Por eso está tan gorda. Y con los dedos amarillos.

—¿Y papá lo sabe? —Willie miró al Señor Chávez, intrigado.

—Sí, Willie, papá lo sabe —respondió la Señora Chávez desde la cocina—. Alguien va a limpiar el piso con la cara.

El señor Chávez terminó su sopa, sonrió y puso el plato a un lado.

—La cara es el espejo del rostro... —empezó a decir Connie.

Tocaron a la puerta.

Al instante, Sally despegó con los turbos al máximo, y abrió:

—¡¡Hey, gente, es Percy!!

—¡Pues ya no hay sopa! —replicó la Señora Chávez.

—Realmente, no apetezco sopa —declaró Percy. Colgó su gabán en la percha y se acercó a la mesa—. Pero la carne en salsa huele muy bien.

—Sírvete tú mismo —ofreció Sally, con una reverencia.

—Gracias, hermanita —Percy ocupó la silla a la izquierda del Señor Chávez—. Hola, papá. Qué onda, Willie. ¿Verde y bien, Connie? Esto huele regio, de verdad.

—Tiene ajo —advirtió la Señora Chávez, desde la puerta de la cocina.

Al hablar se le escapó una bocanada de humo, y el Señor Chávez frunció el ceño. La Señora Chávez se escondió.

—No importa —Percy empezó a servirse—. Tomé un antialérgico en el taxi.

—Podría ser arsénico en vez de ajo —comentó Sally.

—Para algo me implanté una barrera de toxinas en la laringe —rió Percy—. Mi trabajo tiene sus riesgos.

—Nunca he visto en los noticieros a un ingeniero moral asesinado —gruñó la invisible Señora Chávez.

—Es que sólo ves los noticieros corporativos. De vez en cuando conecta los independientes. Los corporativos son basura.

—Todo es basura —afirmó Connie—. Basura eres y a la basura volverás.

—Basura vas a comer si no me das un Tránsito Cero —le susurró Sally—. Anda, por favor, una vez lo probé y...

—¿Probaste qué, Sally, querida? —la Señora Chávez, salida de la nada, se inclinó sobre ella, sirviéndose la carne en salsa—. No olviden la ensalada, niños, es buena para el cuerpo... ¿Qué probaste, Sally?

—Probó a Timmy.

Todos se volvieron hacia Willie de inmediato. Todos menos Sally. Cuando lo hizo, aferraba el tenedor de un modo extraño.

—¿Cómo, Willie? —la Señora Chávez puso su plato en la mesa.

Sally encogió los hombros.

—A Timmy, a Timmy, el del 4to F —asintió Willie entre un bocado y otro—. En la escalera de servicio. Él se bajó los pantalones, y ella lo probó.

Todos miraron a Sally.

—¡¡Eso es mentira!! —gritó ella.

—Qué rápido se madura en esta casa —rió Percy, con la boca llena—. Menos mal que me fui. Ya estaría podrido.

—Señorita, tenemos que hablar. —La Señora Chávez bajó su cara hasta la de Sally, quien no respondió; el tenedor de su mamá era más grande que el suyo. La Señora miró al Señor Chávez. —¿Y tú no piensas hacer nada?

El Señor Chávez enarcó las cejas, y alargó la mano hacia la ensalada. Percy se la alcanzó. Ambos se sirvieron.

—Tú ya estás podrido —disparó Sally entre temblores, mirando a Percy.

—¿Y eso a qué viene? —se sorprendió él.

—Por favor, por favor, por favor... —canturreó Connie.

—Mierda —Sally apretó más el tenedor—. Te lo dije; dame Tránsito Cero o... Tú lo quisiste —volvió a mirar a Percy—. Yo estaba allí en el sofá, hace cuatro años, siete meses y once días, y los vi a ustedes dos arriba de esta misma mesa.

—¿Quiénes dos? ¿De qué estás hablando? —Percy rió, pero sólo con la boca.

Sally miró a Connie:

—Y supongo que tú tampoco te acuerdas, ¿verdad? Estabas en short y sin nada más. Y tú misma lo cogiste por la camisa y él te mordió los...

—¡¡¡CÁLLATE!!! —explotó Connie, y bajó los ojos.

Bajo la mesa se produjo un intercambio de patadas. Casi todos dijeron: "¡augh!". Connie empezó a recitar un poema de Tennyson.

La Señora Chávez paseó la mirada por la mesa:

—¿Me dirán qué es todo esto? ¿O tendré que ponerlos en línea yo misma?

Willie la emprendió con la tabla de logaritmos en voz alta.

—Cosas de niños, mamá —dijo Percy.


Ilustración: Endriago

—Yo no soy tu madre —la Señora Chávez cogió su plato—. Pregúntale a ese teratogénico mental qué tinaja alquiló para tenerte —y se fue para la cocina.

—¿Qué cosa es una tinaja? —preguntó Willie.

Percy se dispuso a explicarle.

De la cocina llegaba un murmullo.

—¿Alguien oyó sonar el videófono? —preguntó Sally.

—Habrá llamado a la Señora Chaviano —conjeturó Connie, mirando una rodaja de zanahoria al trasluz—. Esta familia de vampiros que tiene, ya sabes...

—En todo caso, será al Señor Chaviano —objetó Sally, y se estiró hacia Percy. Casi mete un codo en el plato del Señor Chávez, quien lo retiró un poco, suavemente.

—Metastático palimpsesto de menestral gnosis, sálvanos de todo mal —rezó Connie.

—Los vi en el centro comercial —dijo Sally al oído de Percy—. Fui a comprar un Yupi Lindo, y los vi. Mamá y el Señor Chaviano. Besándose debajo del puente de las flores.

Percy explicaba a Willie las artes de hornear arcilla, y replicó en voz alta:

—¿Y qué tiene de malo besarse debajo del puente de las flores con el Señor Chaviano?

Algo se rompió en la cocina. Tal vez un plato. O dos.

El videófono del cuarto sonó.

El Señor Chávez se levantó de la mesa, sonrió, y acudió a la llamada.

Rostro blanco marfil en la pantalla. Voz atonal:

—Mi Coronel, Señor. La redada se efectuó según el libro. Pero tenemos doce niños..., ya sabe usted, Mi Coronel. Niños de neón, sabandijas de la calle, no se sabe de dónde salieron... Lo vieron todo.

—¿Todo?

—Todo, Mi Coronel, Señor.

El Señor Chávez meditó unos segundos y se pasó la lengua por los labios:

—Póngalos en línea, Teniente. Coja un láser y mátelos a todos.

La cara del Teniente pasó del blanco marfil al blanco blanco:

—Eh... Sí, Mi Coronel, Señor... A la orden, Señor.

El Señor Chávez cerró la comunicación y, siempre sonriendo, regresó al comedor.



Michel Encinosa Fú nació en La Habana en 1974. Actualmente es considerado uno de los principales creadores del fantástico cubano en general y de la fantasía épica en particular. En Axxón le ha sido publicado su relato "Laura y Paula" (144) y participa con frecuencia en nuestra sección Ficción Breve.


Axxón 150 - Mayo de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia ficción: Ficción especulativa: Cuba: Cubano).

            

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