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LÍMITES EN LA CIENCIA FICCIÓN NORTEAMERICANA
por Jorge Korzan

 


Una cosa que me parece notable en la CF norteamericana es su negación de la existencia de límites. Pareciera que no hay obra en donde no se postule, o quede sobreentendido, que con suficiente conocimiento, energía, organización y/o dinero todo es posible. A veces, remarcando la dedicación, esfuerzo o testarudez en conseguir lo que se busca y mantenerlo. Una suerte de positivismo a ultranza, una fe permanente en la iniciativa, el ingenio y la capacidad científico-tecnológica del Hombre.

Rara vez en los argumentos, en los escenarios, hay restricciones serias, importantes. Rara vez hay finales "abiertos", a mi entender, donde la situación no se ha resuelto, donde los protagonistas, incluso con todo el Poder que los acompañe quedan con las manos vacías, impotentes.

En la Ciencia Ficción Europea existen casos así, y un buen ejemplo de esto es Solaris, de Stanislaw Lem: frente al Océano pensante y sintiente de Solaris, hagamos lo que hagamos los Hombres para comunicarnos, siempre terminamos en el mismo punto, que es vernos a nosotros mismos. El Océano "sabe" que estamos ahí, pero ¿eso significa algo?

Podría decirse que, esencialmente, Solaris es una declaración de cuán finito es el Hombre frente al Universo, cuán pocas garantías tiene de llegar alguna vez a comprender nada. Que hay hechos que posiblemente sean incomprensibles de por sí, y frente a ellos quede patente que la Ciencia y la Tecnología son muletas para nuestra tranquilidad psicológica. También puede decirse que aquí Lem plantea un NO a la posibilidad de comunicación con un ser extraterrestre y no-humano, un límite.

Los hermanos Boris y Arkadi Strugatski, en un par de obras (Stalker, o Picnic Extraterrestre y Decididamente tal vez) plantean un límite semejante: la distancia ya no es cultural o física, se trata de una diferencia de niveles —o tal vez de estados— que bloquean la posibilidad de percibir al otro con los recursos naturales o inclusive los artificiales, los manofacturados a partir de su inventiva. Nada es suficiente.

Arthur C. Clarke, en 2001 y El Fin de la Infancia, donde roza lo filosófico, postula que para ir más allá de lo que nos rodea hoy y abarcar las estrellas, el Hombre es tan limitado que necesariamente debe transformarse en otra cosa: o un "Hijo de las Estrellas" o en parte de una SuperMente casi divina, frente a la cual hasta los SuperSeñores que asisten a la transformación de la Humanidad en El Fin de la Infancia reconocen estar a la zaga, prisioneros de su Poder y de sí mismos, sin que su Ciencia y Tecnología casi milagrosas generen diferencia alguna.

John Brunner, en Todos sobre Zanzíbar, Orbita Inestable, El Rebaño Ciego y Eclipse Total remarca otros límites: económicos, ecológicos y sociales, que si se franquean provocan catástrofes demoledoras.

Los límites en estos ejemplos son verdadera o potencialmente reales. Límites que refuerzan (y nos recuerdan) la tragedia de reconocernos limitados. Límites que están allí, pero a su vez plantean alternativas. No son límites para que bajemos los brazos y nos quedemos quietos, sino para crecer y mejorar nuestros esfuerzos.

En cambio, la CF norteamericana muchas veces me deja la impresión de que solo hay una alternativa: el "modo americano" de hacer las cosas. Como si el concepto de base fuese "¿para qué sugerir otra cosa si ya está bien claro que la que utilizamos funciona?". Y desde luego, no se plantea que en esa alternativa única haya límites infranqueables, o que obliguen a cambiar de postura.

Como si en última instancia la CF norteamericana fuera una especie de homenaje al Poder.


Los clásicos de CF norteamericana de los 50īs, y la obra de Robert Heinlein en particular, hacen hincapié en temas como la responsabilidad individual, el valor del esfuerzo de los protagonistas, el deber de "hacer lo correcto" frente a cualquier situación, sin que importen las circunstancias. En última instancia el límite está dado por el interés, la capacidad y la voluntad de los protagonistas de la obra, siempre soportados por alguna organización, o un esquema socioeconómico (invariablemente capitalista o, al menos, que involucre comercio), o una parafernalia tecnológica apabullante que permita cualquier clase de acción. De alguna manera, sin importar si es razonable o no, ningún problema queda sin solución, buena o mala. No importa la magnitud del problema (es común que la salvación de un Imperio Galáctico dependa de la acción de un solo hombre, por ejemplo), y no quedan cabos sueltos. Desde luego, no hay límites infranqueables o que tengan que tenerse en consideración.

Esta fe declarada en la propia capacidad, en el propio desarrollo, es un efecto positivista que viene muy bien en un esquema social donde se proclama el individualismo y el progreso del individuo con su propio esfuerzo, y la coordinación socio-económica favorece la obtención de resultados. Esquema que como sistema los EEUU han probado y aplicado con excelentes resultados en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la carrera Espacial de los 60īs y 70īs, la Globalización.

Amparadas en ese éxito, muchas ideas de la CF norteamericana, a mi entender, nacieron como una proyección de la realidad de los EEUU de la época en que se gestaron. De la imagen de Edison surgió la idea del científico solitario que revoluciona el mundo con sus inventos y de ahí imaginar un Zefram Cochrane que invente solo la Impulsión Warp de Star Trek hay un paso. Gene Roddenderry sirvió en la Flota Americana del Pacífico contra los japoneses, y de ahí por qué no imaginar la Flota Estelar. Isaac Asimov expandió la Biblioteca del Congreso a la Enciclopedia Galáctica, la urbanización acelerada de su Nueva York natal a ciudades que cubren planetas enteros como Trántor, las Estadísticas que adoran los estadounidenses a la Psicohistoria, y si Ford de la noche a la mañana llenó de autos EEUU y luego al mundo, ¿por qué la US Robots no podía llenar de robots la Tierra y luego la Galaxia? E infinitos etcéteras. Desde luego, si los EEUU se transformaban en Potencia Planetaria y luego en Imperio de Occidente, qué mejor proyección a futuro que imaginar Imperios Galácticos.

¿Podría haber sido de otro modo, con este esquema de pensamiento?

La proyección es un modo natural de pensar cuando se observa algo de desarrollo exitoso: ayer en mi pueblo, hoy en mi país, mañana en el mundo, el mes que viene en la Galaxia. Pero semejantes proyecciones quedan truncas si se plantea de base que la Velocidad de la Luz es insuperable, que los contactos con ETs son inviables, que existen límites al progreso humano y su ingenio y poder se tienen que amoldar a ellos. Al Poder no le gustan los límites.

Stanislaw Lem y los hermanos Strugatski, en cambio, en un entorno social comunista, conocieron límites. Esquemas burocráticos kafkianos, políticas opresivas, riesgo de deportación a Siberia por examen de sus obras, necesidad de mantener corrección política. Límites frente a los cuales la mejor iniciativa individual poco o nada podía hacer, donde forzosamente había que adaptarse o rendirse ante una situación que podía ser inconmensurable, aplastante. Comunicarse con el Océano de Solaris es como conseguir de inmediato interés exclusivo del Politburó de Moscú, siendo uno un vulgar profesor de escuela o un campesino ucraniano o uzbeko.

De la misma manera, en la historieta argentina El Eternauta los sucesos ocurren y los personajes se adaptan como pueden, igual a como su autor, Héctor Oesterheld, veía a sus vecinos adaptarse a los vaivenes de la Argentina de su tiempo: una supervivencia permanente frente a lo imprevisto que anda libre por ahí, sin control. Espíritu que Latinoamérica hoy comparte, y que se ve reflejado en las obras de Carlos Gardini, Sergio GvH, Alejandro Alonso y largo etcétera.

Esto podría demostrar entonces que la CF norteamericana no considera límites por una razón histórica y social: si sus autores no sufrieron limitaciones severas, si no fueron testigos de casos donde ocurrieron persecuciones, censuras, deportaciones, si no vivieron estos temas en carne propia o las vieron en la calle, mal podrían haber reflejado esto en sus escritos. Cada escritor es en esencia hijo de su entorno, su cultura y su tiempo.


Mencioné a Heinlein y a los autores clásicos de 1950, pero ¿acaso esa actitud en la CF norteamericana no cambió con el tiempo? ¿No cambió la situación en EEUU con Vietnam y Watergate en los 60īs y 70īs, con la aparición de nuevos autores, con el surgimiento de ópticas diferentes?

La óptica pudo haber cambiado, pero la no-restricción, la falta de límites, siempre ha permanecido. En Star Trek los recursos de la Enterprise parecen infinitos, la Flota Estelar siempre provee, los ET que aparecen son siempre humanoides y con razonamiento análogo a los Humanos y su Federación.

En el universo del Espacio Reconocido de Larry Niven, el Universo puede ser tremendo, pero en última instancia es divertido: reina la tecnología Titerote por todas partes y es posible hacer cualquier cosa, y los Humanos se las arreglan siempre, sin importar que la tecnología reinante termine siendo alienígena, aún frente a los Kzinti que, pese a lo que son, terminan comprendiendo y aceptando de facto la forma de ser humana, igual que todas las razas ET que dan vueltas por ahí, como si ser humano fuera el estándar universal.

El Cyberpunk también deriva hacia una postura análoga. El escenario de Neuromante de William Gibson es un mundo donde las Corporaciones son todopoderosas por tener el poder político y económico, donde los dueños de las Corporaciones son semidioses con el poder del dinero, servidos por IAs, que también son todopoderosas por tener inconmensurable inteligencia. Que semejante estructura abarque el sistema Tierra-Luna y no el Universo es cuestión de tiempo. Los héroes aquí son descastados fuera del sistema, delincuentes, adictos a drogas o al ciberespacio, una lacra. Pero también se las arreglan, con mucha o poca suerte siempre sobreviven; o sea, siempre hay solución. El mismo esquema positivista, pero oscuro. Como la cosa es dark, no pidas happy ends.

Cuando en La Edad de Oro de Wright se pone un límite, que es que la velocidad de la luz es insuperable, el autor responde planteando que los personajes de la Ecúmene Dorada son prácticamente semidioses, a los que esa limitación les parece tranquilamente soslayable, y si existe límite es sólo a nivel declarativo, con lo que se esfuma para el lector. O sea, en esencia, si existen límites no son importantes.

Y como caso extremo tenemos a John Varley y su Trueno Rojo, donde esencialmente una nave espacial perfectamente operativa se construye con los rezagos de un desarmadero, y además con un esquema de propulsión y energía completamente nuevos que no sólo permiten la llegada a Marte en tiempo récord, sino también la colonización de otros sistemas estelares. Aquí la "propulsión hiperespacial" no se obtiene por investigación razonable, se saca de la galera por genialidades insólitas y esfuerzo de mano de obra. Qué diferencia con Eclipse Total, de Brunner, donde la Humanidad solo tiene una nave interestelar, hipercompleja, tan cara que de sufrir un accidente la economía de la Tierra no podría costear la construcción de otra (algo para nada descabellado, cuando se ven hoy las postergaciones y retrasos en los programas espaciales por el costo astronómico de los proyectos).

¿Entonces esta "resistencia al límite" es idiosincrática? Sería fácil caer en la tentación de decir sí, y más en estos tiempos.

Resulta estremecedor leer hoy a Olaf Stapledon en La Ultima y la Primera Humanidad (¡de 1931!) describiendo a los estadounidenses como una raza de adolescentes brillantes pero inmaduros, con bárbaro egotismo, el intolerante optimismo de la juventud, sin autocrítica, y creciente vulgaridad y superstición.

Pero seríamos injustos, pues hay excepciones.

Ursula K. LeGuin pone límites en la saga del Ecumen. Todos los mundos del Ecumen están habitados por humanos o humanoides descendientes de Hainitas, con lo que la comunicación entre ellos tarde o temprano se vuelve viable pese a las discrepancias de costumbres e idiomas. Las Naves NAFAL no superan la Velocidad de la Luz, con lo que las sociedades planetarias quedan entre sí relativamente aisladas (pese a que luego se populariza el Ansible para comunicaciones interestelares instantáneas, y luego los discípulos de Shevek de Anarres desarrollan el Churten, el viaje instantáneo, pero que tiene un grado de dificultad muy grande). En este escenario, estos límites tienen un peso por sí mismos, particularmente en Los Desposeídos, donde Shevek y su Ansible (que rompe la limitación de la velocidad de la luz) son el nudo del conflicto en la historia. Pero además brindan un marco de contención a la autora para la creación de complejas sociedades con diversos conflictos, donde nosotros mismos podemos vernos reflejados de diferentes formas, donde (también en particular en Los Desposeídos) se plantean alternativas para nuestra sociedad.

Y el otro caso es Cordwainer Smith. Su Instrumentalidad es hiperpositivista dentro de términos extraños y hasta arbitrarios. Una civilización exitosa, que ha colonizado la Galaxia dando a los hombres largas vidas felices y sin conflictos. Pero en sus historias acerca del Subpueblo se vuelve evidente que la Instrumentalidad es tan perfecta y eficiente que se ha vuelto límite. Con el Redescubrimiento del Hombre se busca trascenderla, para entre otras cosas "recordar lo que era ser humano".

Además, si esto fuera idiosincrático no explica el embrujo de la CF norteamericana en nosotros, lectores y escritores de CF, ni siquiera fundamentando la influencia de la cultura de EEUU en nuestros entornos de vida. Hay algo más.


Postulé al comienzo, como al pasar, que la CF norteamericana es homenaje al Poder.

Pero ¿cuál Poder? En las películas de CF originadas en Hollywood se refuerza el Poder de los EEUU. Aún en la escena más trágica y el contexto más pesimista, aparece la Bandera como en Fuga en el Siglo XXIII (Loganīs Run), donde en un mundo postnuclear, en el que de nuestra civilización no queda ni el recuerdo, dos protagonistas pelean a muerte con dos astas con la bandera de barras y estrellas hecha jirones, pero reconocible. En Armagedón e Impacto Profundo, la salvación de la Tierra de impactos meteóricos devastadores recae (con resultados buenos y no tanto) en la NASA y los EEUU. Es obligado citar aquí Independence Day, aunque el mensaje es tan obvio que no requiere siquiera comentarios.

No me refiero a ese Poder, sino a otro más profundo: el Poder del esfuerzo e ingenio humanos. El que a través de la Ciencia, la tecnología, la Industria y el Comercio nos da energía barata, telecomunicaciones, el auto, los electrodomésticos, el avión y los medicamentos, la medicina y el llegar a avanzada edad, infinito etcétera. Que a través de la investigación nos ha llevado al fondo de las fosas abisales, a lo profundo del desierto, las selvas y los polos, y la superficie de la Luna. Que nos permite difundir nuestras ideas por Internet y disponer de información al instante sobre lo que pasa en cualquier punto de la Tierra. Que nos muestra el posible Comienzo y Final del Universo y nos permite ahora soñar con ser dioses capaces de alterar genomas, crear seres vivos a nuestro antojo y quizá vencer a la muerte.

Muchos de estos avances se gestaron o popularizaron primero en EEUU: la electricidad, las comunicaciones, la computación e Internet, la electrónica y la genética, los autos y la aviación, la producción en masa con su sociedad de consumo y la oferta inagotable de cualquier cosa. Esta es una razón histórica.

Los estadounidenses tienen muchísimas razones para estar orgullosos de ese Poder, porque en gran medida ellos lo han forjado y exprimido al máximo. Es su carta de presentación universal, y de él dependen absolutamente. Y aquí tenemos una caracerística idiosincrática.

¿La CF norteamericana es un reflejo de esto? Sin ninguna duda, y hasta podría extenderse este concepto a la CF en general, porque este Poder también nos sirve a nosotros. Nos acompaña siempre. Y siempre cambia, avanza, progresa. Tanto, que no damos abasto siquiera para registrar cuánto. Es tan omnipresente y para nosotros está tan asumido que en palabras de Aldous Huxley, en La filosofía perenne, tenemos:

"(...) la religión del Progreso Inevitable, que es, a fin de cuentas, la esperanza y la fe (contra toda experiencia humana) de que se puede obtener algo por nada".

Como si estuviéramos tan acostumbrados a la energía barata, la tecnología, las comunicaciones, que nos resulte habitual suponer que cualquier cosa puede hacerse porque siempre estarán ahí, como si fuesen subjetivamente gratuitas, olvidando lo inexistentes que eran para todas las generaciones de hombres anteriores, como mucho, a nuestros abuelos.

Es lógico pensar, en una sociedad como la norteamericana, que se ha beneficiado tanto con este Poder, que un límite evidente sobre él implica dejar de endiosarlo, un dolor para las ilusiones, un caer en la incertidumbre de no disponer de esa especie de Confianza Infinita frente a la Creación. Un dolor que es un aprendizaje: reconocer que toda potencia y poder no sólo son limitados, sino que exigen una administración, y eso involucra invariablemente una responsabilidad.

Esto no los abarca sólo a ellos, también a nosotros: porque para nuestro normal modo de vivir, imaginar un límite a lo que nos rodea es tan impensable y cuesta tanto esfuerzo como ponerse a pensar que todo eso nos faltará.

Hoy en día esto es muy evidente pues estamos comenzando a ver, a comprobar, que ese Poder tiene límites reales, que su exceso provoca efectos colaterales como el Cambio Climático, las nuevas enfermedades como el SIDA, el ébola, los priones; desórdenes como la obesidad, el abuso de los medicamentos, los trastornos obsesivo-compulsivos; la superpoblación y el impacto en los recursos naturales y alimentarios, la desigualdad social y la exclusión de millares de personas, el tráfico de drogas y de armamentos planetario, el Terrorismo y la delincuencia dando vueltas al mundo. Todos confluyendo para aumentar la pobreza, la injusticia, la inseguridad, la incertidumbre, y socavar la "fe en el Progreso Inevitable" con hechos que vemos todos los días en TV.

¿El enamoramiento de la sociedad norteamericana con la ciencia y la tecnología fomentó ese orgullo y pasión por el poder tan característico? ¿Fue al revés? ¿O en realidad ambos elementos se retroalimentaron entre sí? Un estudio sociológico daría una respuesta muy apropiada. Pero lo que aquí me interesa señalar es que en la CF norteamericana y muy posiblemente en la CF en general esta relación está claramente documentada.

Posiblemente la CF del siglo XX haya sido reflejo y homenaje de la Adolescencia del Hombre: un descubrimiento de las fuerzas que puede manejar, del Universo que tiene ante sí mismo, de la Ciencia, Tecnología, Economía y Cultura que dispone como herramientas. Una gozosa experimentación en búsqueda de hasta dónde llegar en ese nuevo panorama, y una recopilación de los sueños y temores de todas estas acciones de descubrimiento y uso de nuevas energías y capacidades.

Pero cuando el adolescente descubre y asume sus límites, madura y llega a la adultez. Deja de regodearse en sí mismo y vanagloriarse de lo que puede llegar a hacer, toma responsabilidades y tiene otros intereses. No por eso llega a adulto necesariamente limitado: de hecho, como adulto llega a sus logros más altos, a darles sentido o crear sentidos nuevos.

Quizá sea ese el desafío del siglo XXI: entender los errores y excesos del siglo XX, y llegar a una Humanidad más adulta. Como acompañante fiel posiblemente la CF también llegue a un nivel más elevado y adulto, registrando este cambio, dejando atrás la ilusión y la gloria del poder ilimitado para buscar otros horizontes.

Si este planteo es cierto, a la CF le queda mucho camino por recorrer. Todo lo que vimos sólo fue el principio.


© Jorge Korzan - 2005

Ilustraciones de Valeria Uccelli
Axxón 150 - mayo de 2005

 
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