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El Gaucho de los Anillos

La yunta e’ torres
Capítulo 8

Armó a la hora e’ comer
el Golum un reñidero:
al Sam lo peliaba fiero
y gritaba que era un brujo
porque preparó un puchero
con las liebres que le trujo.

El otro le retrucó:
“¡No digás más disparates!
El hocico ése callate
y ponele alguna tapa,
y andá a buscarme unas papas,
batata, choclo y tomate.”

“¡Andá a buscátelas vó,
panzudo cabeza e’ buyo!”,
y se alejó entre murmullos,
no juera a pedirle ayuda.
“¡Con lo güenas que son cshudas,
las quieye quemá con yuyos!”

Cuando estaban ya los hobbits
tragando que daba gusto,
de entre medio e’ unos arbustos
salieron unos soldaos.
Casi se mueren del susto,
y además, atragantaos.

“¡Vea usté a estos dos petisos!”,
habló en llegando el primero.
“¿No le dije yo, aparcero,
que por acá había gente?
¡A veinte leguas se siente
el olor de este puchero!”

“Por mucho que se comente
del que come y no convida,
si andan buscando comida
les cuento que no hay pa’ todos”,
los anotició el Frodo,
“ansí que mejor se olvidan.”

“¡Qué me va a importar a mí
si tiene mucha o poquita!
Hasta la última ramita
me apaga, ¿comprende, amigo?
¡Haga ya lo que le digo,
no quiera que le repita!”

Los llevaron a esconderse
en el medio e’ un matorral.
“La van a pasar muy mal”,
dijeron, “si no se callan.”
Contestó el Sam: “¡Amalaya!
¡Mire qué cacho e’ animal!”

Un bicho ’el tamaño e’ un rancho
venía aplastando los yuyos
y haciendo mucho barullo
con una trompa muy larga.
Llevaba a manera e’ carga
encima ’el lomo un mangrullo.

La pampa toda temblaba
debajo e’ las patas gruesas,
y atrás de la bestia ésa
caminaban unos pardos
que andaban llevando fardos
encima de la cabeza.

Con la quijada en el suelo
y los ojitos fugaos,
dijo el Sam entusiasmao
viendo pasar al gigante:
“¡Mire usté, es un olifante!
¡Se viene un circo al poblao!”

Lo hizo callar el milico:
“¡Qué circo ni qué ocho cuartos!
Éstos son unos lagartos
que vienen a conchabarse
con el Saurón, pa’ engancharse
cuando haga e’ tierras reparto.”

Cuando menos lo esperaban
se vino la acometida:
se apareció una partida,
ninguno vido de diánde,
que espantó al bicho tan grande
y a naides dejó con vida.

“Van a venir con nosotros
ya que acabó el amasijo”,
uno e’ los soldaos dijo,
y como quien chivos lleva
los jue arriando hasta una cueva
que usaban como cobijo.

“Yo me llamo Faramir”,
dijo el jefe ’el contingente.
“Me cuenta acá el suteniente
que andaban por Itilién.
¡Les conviene que me cuenten
qué buscaban, por su bien!”

“Le cuento lo que haga falta,
capitán, no se me agite”,
y contestanto el envite
con toda tranquilidá
le habló e’ la comunidá
que se armó con gente e’ elite.

El rubio se conmovió,
se le conoció en la pose.
“¿Ansina que lo conocen
a mi hermano el Boromir?
¿Y qué esperan pa’ decir
puánde se anda? ¿Que los trocen?”

“Vaya a saber”, contestó.
“Nos separamos por juerza.
Jue en una ocasión alversa
yendo pa’ Minas Tirí.
Si lo busca por ahí,
en una de ésas conversan.”

Pero no dijo ni mú
de que le quiso robar.
De aquello, mejor no hablar,
que podía darle vergüenza,
o tomarlo como ofensa
y mandarlos estaquiar.

El otro respondió al fin:
“Ya vamo’ a ver si eso es cierto.
Endemientras, les alvierto
que no salgan del cuartel.
Bastante con el infiel
tenemos ya en el desierto.”

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