OCÉANO

Eduardo J. Carletti

Argentina

Algunas veces cuando nadamos en el océano nos sentimos uno con él y cuando salimos volvemos a sentir la separación.
¿Qué es la conciencia cósmica?
Paramahamsa

Cuando vio a su padre en la televisión después de dieciocho años de haber muerto, se quedó pasmado. Estaba muy serio, muy calmo. Habló sobre la guerra inminente.

El breve discurso dejó en esa misma condición —atónitos— a setenta y pico de millones de habitantes en Argentina. Luego supo que le había pasado lo mismo a la gente de todo el mundo. Quizás no a todos; algunos estaban haciendo otras cosas: durmiendo, jugando en los parques, haciendo deporte, trabajando en el campo o moviéndose en un vehículo sin un receptor encendido. Muchos eran niños incapaces de entender el asunto.

De todos modos, el suceso era muy grande, y no tardó en propagarse.


—Tuve una sensación... No sé, de mucha paz. —decía ella—. Ese fondo liso, indefinido, como... borroso, me dio la idea de algo muy grande, como el océano... era como cuando me pongo a meditar frente al mar...

La hermosa pelirroja se detuvo un momento y tragó. La cámara la apuntaba de cerca, a los ojos húmedos, grandes.

—De adolescente, junto a mi padre, solía quedarme horas mirando el mar, sin hablar. A él le gustaba muchísimo el mar. —Sonrió con amargura—. Mi padre murió, ya lo sabe...

El entrevistador lo sabía; era una diva famosa de la TV.

—Pero no podía creer que lo estaba viendo de nuevo, vivo, y que me estaba hablando de algo tan actual. Como le decía —el periodista se estaba impacientando, pero después de todo ella se extendía sobre lo que él le había preguntado—, nos sentábamos frente al océano y parecía que el océano nos hablaba. Y nos transmitía paz.

La mujer estaba llorando. Con suavidad, desprendiendo lágrimas sin control, pero sin histeria.

El periodista no sabía qué decir, así que se limitó a palmear levemente su espalda.

El reportaje sacudió a todo el mundo. Fue la primera vez que se describía a la persona que había dado el mensaje.

La descripción no coincidía.

Todos —como ella— habían visto a sus padres, madres o hermanos fallecidos. O a sus abuelos.

Descubrieron que nadie había visto lo mismo esa mañana de enero, porque quien hablaba por la TV era una persona distinta para cada espectador.


Después de la emisión, las vías telefónicas y las redes de todo el mundo se saturaron. El impacto más fuerte lo recibieron los dirigentes. El público pedía respuestas. Y la Iglesia. Un golpe muy grande para la Iglesia, que siempre había tutelado las formas de inmortalidad.

El gobierno de los Estados Unidos recibió un total de mil trescientos setenta y cinco millones de e-mails y cartas despachadas en un par de días. Debían suspender —ordenaban todas esas personas— su idea de "ayudar" a aquel país de Asia.

Ayudar es un eufemismo; la idea era la de siempre: invadirlo para remover a sus gobernantes y poner otros más afines a sus intereses.

El presidente Arbust contestó con un largo discurso en el que remarcaba la necesidad de que su gran país interviniera por la fuerza en Asia, por el bien de la paz en el mundo, la tranquilidad de las personas de bien y las formas libres de comercio. Norteamérica no podía permitir que unos líderes asesinos se rieran del mundo.

Los líderes de ese país no se reían del mundo: sólo mostraban una sonrisa nerviosa cuando los cronistas del mundo les preguntaban sobre la inminente guerra con los Estados Unidos.

—Esa guerra puede producir centenares de miles de muertos —había dicho esa cara en la TV que todos habían visto distinta—, y yo ya no puedo recibirlos.



Morir es trasladarse a una casa más bella, se trata sencillamente de abandonar el cuerpo físico como una mariposa abandona su capullo de seda.
Estas palabras de gozo son las que pronuncia cada día la doctora Elisabeth Kübler-Ross junto a la cabecera de sus enfermos.
Contraportada del libro La muerte, un amanecer
Elisabeth Kübler-Ross

El enfermero abrió la parte trasera de la ambulancia e inició el gesto de trepar, un esfuerzo innecesario. Enseguida se le vio la cara extraña, de horror e incomprensión. El cuerpo apareció flotando por la abertura, como un globo de gas arrastrado por la leve corriente de aire. No había mucha gente, pero el rumor creció en volumen hasta tapar el sonido del motor. Con leves roces de la punta de los dedos, llevó el cuerpo flotando —no era un cadáver, pero tampoco estaba vivo— hacia el interior de la clínica. Parecía un globo de plata. El rostro no estaba cubierto. Tenía una expresión calma, inexpresiva, como la máscara de Tutankamón.

—El senador ha... muerto —informó un secretario desde el estrado de prensa del Congreso—. Su estado es... no podemos dar precisiones, ni tampoco puedo expresar mi opinión. Sólo podría adelantarles que aquí se cree que la transformación es cosa de esa entidad.

—¿Llamarán al presidente? —interrogó uno de los periodistas.

—El presidente está por llegar.



¿Quién soy? Soy el universo; soy la mente universal.
The Highest State of Consciousness, p. 21.
John White

Los habían reubicado en una plaza de poca importancia. "Pacíficamente", decían los voceros del gobierno. Los palos en la espalda todavía le dolían.

Para los artesanos el lugar no era comparable con la peatonal turística, transitada por decenas de miles de personas a la hora, pero les hacían llegar algunos tours y algo se vendía. Esos dos días había llevado unos billetes a casa, y aunque fuera lo justo para comer lo sentía como un retorno de entre los muertos. Estaba hiperactivo y sonreía. Ninguno de esos turistas sabía lo que significaba su gesto, pensando que no sería más que una máscara para vender mejor.

A la tarde se acercó un alemán y le mostró una tarjeta. Supo de inmediato que esa cartulina con su letra había viajado al otro lado del océano y ahora regresaba en otras manos. Nahuel tenía sus secretos: además de sus humildes trabajos de artesanía vendía piezas de alfarería indígena de gran valor y rareza, rescatados por sus primos en los vados de Catamarca y Tucumán. Una sola de ésas bien vendida y podía salvarse por un año.

Esa temporada había más turistas de Europa: un cambio de moneda muy favorable los ayudaba a superar su miedo a la inseguridad que se vivía en el país.

El alemán le mostró una foto; Nahuel la reconoció. Ahí estaba él, posando con actitud de indio americano, y a su lado una señora de anteojos —la "suiza de los tres mil dólares"—con un cacharro de cerámica en brazos.

Esa pieza la había vendido unos seis años atrás, cuando Argentina era otro mundo.

Hizo un gesto de contrariedad, negando con la cabeza: —Hoy no traje nada de esto.

El alemán se quedó mirándolo: —¿Speak English? —preguntó tímidamente.

—¡Verónica! —gritó Nahuel. El alemán se sobresaltó. Luego devolvió una amplia sonrisa al ver a la chica que se aproximaba.

Verónica era muy bella; una joya que muchos de esos hombres forrados en verdes querrían llevarse. Aunque no estaba en venta.

Ofrecía mates de madera en un puesto cercano, labrados con delicadeza por ella misma, y era la que mejor hablaba el inglés entre los artesanos.

Yes, mister?—dijo con gracia. Las palabras en inglés en boca de Verónica parecían idioma de los ángeles.

Please, I need some information.

All right, ask me.

El alemán pidió datos sobre la pieza de la foto. Mostró otras imágenes con detalles ampliados. Nahuel entendía algunas cosas. El tipo quería saber el lugar preciso de donde provenía el material y quería saber si tenía más piezas.

Tuvo dudas, pero al fin contestó que sí.

Eran de un arroyo de Fuerte Quemado, donde vivía su familia. Tenía en Buenos Aires seis o siete cajones de manzana llenos de alfarería recogida allí, delicadamente envuelta.

No le dijo ninguna de las dos cosas. La primera porque temía que el tipo se fuera directamente allá a comprarle a un lugareño o a buscar él mismo, la otra porque la cantidad excesiva de oferta podía bajar el valor de esas "piezas únicas".

Le dijo que eran de Catamarca. Y que algo más tenía.

Al día siguiente trajo tres piezas, dos eran fragmentos y la otra la representación indígena de una tortuga, una pieza completa que, por la experiencia que tenía, debía reportarle por lo menos mil dólares.

El alemán le compró las tres. Estaba tan contento que sacó una carpeta y le mostró unas fotos. Le estaba explicando algo en un inglés entrecortado que no podía captar. Llamó a Verónica.

—La foto es de un cuadro de Jan van der Meer, conocido como Vermeer, un pintor holandés famoso. Me muestra esta parte —señaló—, y luego esta otra foto. Mirá el rincón derecho, arriba.

El cuadro del holandés tenía como motivo principal una chica tras un escritorio, tocando una especie de guitarra. El fragmento señalado mostraba un mapa de Europa. La característica más notable era que estaba muy detallado y se veían unos barcos fuera de escala alrededor de España y en otros lugares.

En la pieza de alfarería de la cultura Santamaría aparecía una forma similar a la península ibérica, lo cual podía haber sido pura casualidad. Alrededor de ella se veían figuras simplificadas de barcos ubicados en los mismos lugares que en la pintura de Vermeer.

Nahuel no captaba del todo lo que estaba pasando.

El alemán habló un rato más, entusiasmado. Nahuel no supo si por las alfarerías que se llevaba o por la cara deliciosa de Verónica.

Verónica se giró. La vio rara.

—Dice que el pintor vivió en Holanda entre 1632 y 1675 y que nunca pisó América. Pero además las cerámicas tienen más de dos mil años, quizás dos mil quinientos.

—Es una coincidencia asombrosa.

Nahuel no creía que esas figuras estilizadas de los indios de América tuviesen relación con el cuadro del europeo. Era pura casualidad.

El alemán abrió un libro delgado y lujoso, uno de esos con pinturas famosas. Lo abrió en las últimas páginas y le señaló un retrato en el que se veía un hombre sonriente con un gran sombrero. Van der Meer. O Vermeer.

—Ajá —dijo Nahuel.

El alemán desenvolvió la pieza grande que acababa de comprar. Le temblaban las manos.

Nahuel abrió los ojos muy grandes. Casi todas las piezas tenían figuras de animales. Ésta tenía una cara humana. El parecido no podía ser casual: estaba viendo, dibujado con esmero por un indio americano de dos mil años atrás, en tonos de ocre, negro y ladrillo, el mismo rostro del retrato de Vermeer.



Es vasto, y no sólo está vivo, sino que es inteligente.
VALIS (SIVAINVI)
Philip K. Dick

—Yo qué sé... pero como lo veo es una mina de oro —insistió Conrado.

El productor de TV lo observaba en silencio, con el ceño fruncido.

De lunes a viernes, sin falta, Conrado traía sus "descubrimientos". A veces aparecía dos veces en el mismo día. El productor lo odiaba, pero la realidad es que el hombre había descubierto algunas perlas.

En el ambiente le decían "Porky". Había alcanzado cierta fama en el mundillo: gordo, pelado, colorado, con moño en lugar de corbata, de buen humor pero muy, muy hipócrita. Ni siquiera era único: tenía un hermano que parecía un clon, salvo que era abogado. La gente del ambiente había sufrido algunos chascos con él y por eso se sabía que llevaba adelante su bufete con un título falso en la pared.

Fuera de ese "Porky", Conrado no tenía ningún otro título. Pero a pesar de resultar molesto por su insistencia —y ridículo—, cumplía con su trabajo. En algunos equipos de producción decían que era un error de la naturaleza: una reercarnación de Duckman —mentiroso, mañero y lleno de vicios— en el cuerpo de su compañero de trabajo, Cornfed, el chanchito serio, ridículo pero honrado.

Estaba allí vendiéndole un "fenómeno" para el show de las 23.

El productor protestó: —No me digas que de verdad es el nuevo Mesías.

—No, loco. Lo que pasa es que hace unos trucos que van a dejar a la gente con la boca y los ojos más abiertos que nunca.

El productor bufó, se arrellanó con desgano y se dispuso a ver lo que le ofrecía el gordito. Y Conrado no debió esforzarse mucho más.

La prueba fue contundente. Lo tomaron.

Presentaron al "Mesías" como mentalista. En los adelantos publicitarios mostraban trucos más o menos normales de adivinación, hipnotismo, dominio del cuerpo, etcétera... Lo que el hombre les había "vendido" a los productores.

Cuando estuvo en cámara apartó la mesa con sus "utensilios" de magia y lanzó un breve discurso:

—Soy quien recibe vuestras almas, pero ya estoy saturado. La nueva guerra será un problema muy grave para mí. Esa guerra puede producir centenares de miles de muertos, y yo ya no puedo recibirlos.

Cuando todos se quedaron pasmados, viendo hablar a sus seres queridos muertos en lugar de ver la cara de un personaje de TV, agregó que era un Mesías y debía dar una prueba.

—Para que nadie crea que hay truco, propongo que cada uno piense en lo que más desea. Sin decirlo. Y piensen en su genuino deseo, no en pavadas como hacerse millonario. Hablaré en los oídos de cada uno de ustedes para detallarles qué es lo que me piden.

Y el milagro se cumplió. En todo el mundo. Simultáneo en varios lugares y en otros a horas diferentes, pero cercanas. El Mesías de cada lugar apareció con rasgos raciales diferentes y en el idioma de cada región, pero afirmó que todos eran uno.



Cuanto más avanza la práctica de la contemplación, la mente se establece más en el "Ser eterno" como su propio yo, el yo termina siendo "Eso", en este proceso aparece la reencarnación que lleva a la iluminación, a la conciencia cósmica por la ley del Karma, así se supera la ilusión de la existencia.
Bases de la Meditación Trascendental

Había pasado a llamarse "El Parque de las Estatuas".

Colmado de muertos flotantes, era visitado por miles de personas. La intención no había sido convertirlos en espectáculo, pero así es la raza humana.

La cúpula había quedado ahí luego de la Exposición Mundial de Caracas, años antes. Tenía doscientos metros de diámetro y unos treinta en su parte más alta. La habían ido llenando de estatuas metálicas, brillantes como espejos. Acudían al lugar científicos de todo el mundo con sus equipos, humanos e instrumentales. Acudían periodistas, militares, religiosos, dirigentes de toda clase de entidades y también personas de cualquier origen, además de los parientes. El control había escapado de las manos de los responsables.

Cuando un científico de la Universidad de Toronto estaba por apuntar su láser sobre ella, la estatua del senador se esfumó. Desapareció el brillo de la plata y la estatua se convirtió en hombre. Ahora era un cuerpo muerto.

Se armó un revuelo. Los periodistas se empujaron como rugbiers para sacar fotos y entrevistar al apabullado científico. Antes de que se lograra algún orden, estallaron otros focos de atención. Las estatuas se estaban volviendo cadáveres a ritmo creciente. La gente común se horrorizó y muchos salieron corriendo.

Se perdió el control peor que antes.



El éxtasis es una vivencia de sentido global que trasciende la comprensión meramente intelectual. Un buen ejemplo lo ofrece el genuino "extasis" alcanzado por Arthur Koestler, al margen de toda confesión religiosa. Koestler, que a la sazón era ateo militante, pasó mucho tiempo en las cárceles de Franco, esperando ser ejecutado. Cierto día que estaba resolviendo problemas de geometría analítica para no perder la cordura, tuvo una experiencia extática de pocos minutos, que se repetiría durante todo el año 1938. Sintió que "el Yo había dejado de existir". Para describir su experiencia, Koestler usa palabras muy similares a las de Dick, pero no atina a explicar sus contenidos, si los hubo: "el carácter primario de este estado es la sensación de que se trata de algo más real que ninguna otra cosa que se haya experimentado antes; de que, por primera vez, se ha levantado el velo, y uno está en contacto con la "realidad real", con el oculto orden de las cosas, con la estructura del mundo revelada con los rayos X, normalmente oscurecido por las capas de lo que es ajeno"
Idios Kosmos, cap. 8.
Pablo Capanna

La entidad —así lo había explicado a través de su comunicación con interlocutores personalizados— era una forma organizada de energía, prácticamente inmortal. Una mente inmensa, poderosa, indescriptible. Llevaba más de dos millones de años en contacto con nosotros.

¿Dónde? (una pregunta que preocupaba mucho a los sistemas de defensa de los grandes países). Todo alrededor. Esa entidad no era de otro sistema solar: nuestro sistema solar era parte de ella. Y no era de otra galaxia: una buena parte de nuestra galaxia también era parte de ella.

—Esta entidad —explicó un científico en la emisión de la tarde de Discovery News—, horrorizada de nuestra mortalidad, ha estado guardando la mente de todos los seres humanos desde el principio de la existencia de la especie, desde que detectó la conciencia y el pensamiento racional. Pero sus recursos están por agotarse. Su poder tiene límites. Se le está terminando la capacidad de guardar información. Está por dejar de almacenar mentes, pero no puede, sabiéndolo, no puede de ninguna manera, dejar que las mentes de los humanos se pierdan. Por eso, entre otras cosas, ha comenzado a manipular el tiempo en pequeñas burbujas para mantener a los moribundos en el último instante de su vida. Ese recurso también tiene límites. Así que viene a plantear el problema a los propios humanos, pidiendo ayuda para solucionar el problema.

¿Cómo solucionar esto? La entidad había ensayado muchas maneras. Ninguna había sido buena. La entidad creía que a las personas —a tantas personas en el mundo, todas interesadas de manera directa— se les podía ocurrir alguna idea.


La entidad era muy poderosa, pero no omnipotente. No podía quebrar las leyes del universo. Durante dos mil milenios había usado parte de sí misma, de su cuerpo de energía, para alojar la información de todas esas mentes. Allí estaban miles de millones de difuntos. Pero esa parte de su organismo estaba por desbordar de mentes humanas.

Las potencias habían conducido guerras atroces, produciendo millones de muertos en apenas días.

Seguían haciéndolo.

Con ese proceso, la entidad estaba resintiendo su propia mente. Tenía miles de millones de años de vida por delante, pero si todo seguía así, en un decenio ya no podría recordar ni las cosas más simples. Había ocupado el área disponible de su memoria con un océano de información formado por una cosa llamada Humanidad. La entidad no era egoísta —un ser de esas dimensiones y poder difícilmente pueda serlo— y no podía concebir la idea de librarse de la carga que había absorbido durante dos millones de años.

Las mentes de los humanos vivían en su interior y seguirían allí.

No podía concebir que los seres humanos perdieran sus mentes al morir.

Pero estaba por llegar a la situación de no poder guardar memoria de sus pensamientos, es decir, de lo que transcurría en su conciencia, y eso la llevaba al borde del fin de su personalidad, o de un congelamiento, por lo menos. La entidad era poderosa, pero no sabía cómo iba a ocurrir. Siempre había confiado en su mente, pero esto escapaba a su capacidad y tenía miedo de no poder manejarlo.

Aunque estaba en juego su propio yo, aún así seguía guardando, segundo a segundo, nuevas mentes humanas.



Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
La Biblia, Salmo 23:4

Luego de su "venta" mediática por TV, la entidad no lo había abandonado: seguía hablando con él. Lo llamaba por el portátil, o por cualquier teléfono, y le explicaba cosas. Parecía ET haciendo su phone home, pero al revés.

Le decía, por ejemplo, que se habían colapsado los vórtices temporales y que no podría seguir salvando las mentes de las personas de ese modo. Necesitaba ayuda.

Conrado no podía creer lo que estaba escuchando.

¿Nosotros? ¿Ayudar a Dios?—Increíble. Así lo veía él.

—No soy Dios. No soy el dios que ustedes se imaginan —oyó en el auricular.

Conrado pensó un minuto.

—¿Y nosotros cómo podríamos ayudar?

—Evitando muertes, evitando que haya excesivas muertes en corto tiempo. Con el ritmo normal lo podré manejar —la voz de la entidad parecía perturbada—. La guerra...

—Te equivocaste de país... Aquí no podemos hacer nada, no tenemos voz. Deberías de hablar con algún yanki, en todo caso... —Trató de no sonar sarcástico, pero no estaba seguro de haberlo logrado.

—En este momento estoy hablando con miles de personas en todo el mundo —explicó Océano con una voz muy calma.

Conrado se quedó atónito. Por supuesto que creía en lo que le estaba diciendo esa cosa, estaba seguro de que podía hacer eso, hablar con miles de personas al mismo tiempo, pero no se imaginaba cómo podía hacerlo si no era Dios. La imagen de Dios pidiendo la ayuda de miles de personas con un tono que casi sonaba a ruego le heló la sangre. Tenía la misma sensación que otras personas: una inmensidad, un océano. Pero el océano estaba cubierto por una gran tempestad.

Sintió un frío terrible que corría por su espalda.



El rey Asoka (¡con acento en la 's'!), de la India, hizo grabar sobre piedra las enseñanzas del Perfecto (Buda), omitiendo su nombre, cosa rara en cualquier soberano. Para este soberano, precursor de Nietzsche, todo filósofo no es más que aquel que ha tomado conciencia de los pensamientos informulados de su tiempo y, habiéndoles dado forma mediante la palabra o la escritura, consigue que también sean comprendidos por los hombres que hasta entonces no habían sido capaces de expresarlos.
biografía de Buda, p. 16.
Maurice Percherón

Colocar dos mentes en un cuerpo: esquizofrenia y posesión. Tomar una mente y alojarla en otra persona: reencarnación. Sistemas energéticos ambulatorios autosostenidos: fantasmas. Alojar mentes en sistemas físicos: poltergeist, lugares embrujados.

Descubrieron signos de Océano en todas partes. En los yacimientos arqueológicos se habían hallado infinidad de objetos que no correspondían a su época, testimonio de experimentos de inserción de mentes o de desplazamientos temporales que nadie se explicaba. La entidad manejaba poderes insustanciales y podía dejar mensajes de ese tipo en cualquier sitio físico. Como búsqueda de una solución, había envuelto a los moribundos en cápsulas en las que no transcurría el tiempo, para ganar tiempo, justamente, hasta encontrar una solución a la crisis de almacenamiento. Era una entidad de energía y era lógico que pudiese manipular la energía como nosotros manipulamos la materia que nos rodea. Podía modular las señales de las estrellas —o simular la modulación— y hacernos creer que nos hablaba Dios.

La entidad era honrada, ética y había intentado hacerse conocer de un modo racional durante bastante tiempo. Infinidad de hombres habían sido tratados como locos, o estúpidos, a causa de estos intentos.

Los especuladores, con gran apoyo de espacio en los medios, intentaron relacionar —quizás con razón, quizás no— todo tipo de fenómenos inexplicados y experiencias humanas con la presencia de la entidad a lo largo de esos dos millones de años. Los mitos de aquellas religiones que hablaban de otra vida, experiencias místicas que daban la sensación de unirse a un todo, estados alterados de consciencia, las comunicaciones de los médiums, posesiones, dobles personalidades, reencarnaciones, el crecimiento de las experiencias llamadas "paranormales" —brujas, demonios— justamente en épocas en las que se produjo enormidad de muertes a causa de una peste, el resurgimiento de fenómenos que se asociaban a la histeria —poltergeist, aparición de estigmas— en los peores momentos de las recientes guerras. Muchos muertos, mucho trabajo para la entidad.

No se concluyó nada.



Quizás lo más aterrador de la muerte sea la idea de la pérdida de toda la riqueza de nuestra experiencia personal acumulada, y parece de poco consuelo saber que toda esta "experiencia" permanece inscrita en el universo, aun cuando no permanezca en nosotros
El lenguaje de la locura, p. 99.
David Cooper

Meses después del mensaje de Océano por TV, el mundo fue olvidando el episodio.

Claro que es una forma de decirlo. Nadie lo olvidaba, mucho menos las instituciones y personas religiosas, que estaban impactadas o se obcecaban trabajando febrilmente en la negación, pero surgieron otras urgencias. Muchas personas se sentían en paz, porque ahora sabían que sus mentes vivirían eternamente.

Por primera vez en la historia, una enorme cantidad de hombres podía ir a la guerra con menos miedo a la muerte. Serían capaces de guerrear con sus mentes tranquilas, siempre y cuando la causa fuera "justa" . La muerte ya no era un final: se había convertido en la puerta de entrada a la eternidad.

Las agencias de inteligencia del norte se encargaron de propagar el concepto.

La inminencia del ataque de Estados Unidos sumió a Asia en un caos. Lo que pasa en cualquier lugar de Asia involucra, se quiera o no, a Japón y a China. Y también a un par de países no tan importantes pero con poder nuclear. Estados Unidos, con enérgicos discursos de su presidente, arrastraba otros países tras de sí. Algunos debían aportar hombres, equipos, inteligencia; otros debían poner dinero, en forma directa o no.


Ilustración: Valeria Uccelli

Los que lo aportaban de forma indirecta lo sufrían como crisis económicas. En las crisis económicas mueren muchas personas, de muerte real y de muerte en vida, pero la CNN ni se acuerda de consignarlo.

El mundo se estaba olvidando del asunto de Océano. Salvo algunas personas, unas mil que hablaban con él por teléfono.

Conrado hablaba regularmente con su amigo. Lo consideraba así, merecía ser llamado amigo. Era un ente poderoso, absolutamente diferente a nosotros, y se preocupaba por el bien de las personas a pesar de que su mente, su "ser", estaba en riesgo. La misma entidad agregaba un adjetivo: le llamaba "riesgo fatal".

El día que el teléfono dejó de llamarlo, supo antes de que lo dijeran los Noticieros que había caído la primera bomba —H o A, la letra ya no tenía importancia— en algún lugar del Oriente. Él mismo sentía —como en las películas de aventuras— que se había generado un gran vacío. Como un gran, gran silencio.

Volvió a sentir el frío.

Conrado no le podía llamar muerte. La concreción de ese temido "riesgo fatal" sonaba horrible, como el título de una película muy violenta, pero era mejor que muerte. Una entidad con miles de millones de mentes en su interior, ¿podría morir?

Quizás nunca sabría la respuesta.



Eduardo J. Carletti es el creador y director de Axxón, algo más que una simple "revista literaria" que ha llegado para modificar ciertos criterios encastrados en lo que se suele llamar "cultura". Pero Eduardo J. Carletti es, al mismo tiempo, uno de los escritores más interesantes de su generación, injustamente relegado por su condición de editor, de "motor" del proyecto Axxón. Estamos tratando de modificar esta situación, "instándolo" (es una forma delicada de decirlo) a que revise los cuentos publicados en sitios perdidos, a que termine sus textos inconclusos, a que escriba nuevos. ¿Se entiende la idea? "Océano" es uno de esos textos.


Axxón 152 - Julio de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Filosofía: Argentina: Argentino)

            

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