ESPECIAL CUENTOS
"MI PROPIA MUERTE" (2)

Cuando planteamos la morbosa consigna que consiste en describir la propia muerte en un relato breve no imaginamos que la respuesta sería un vendaval de cincuenta relatos. Esto significa que si un tercio de ellos posee méritos suficientes como para aparecer en las sucesivas entregas de este especial, tendremos cuatro o tal vez cinco MI PROPIA MUERTE. Vamos pues por la segunda.

Otra vez hay escritores expertos y desconocidos, algunos de ellos debutantes, lo que nos permite augurar una saludable renovación de los que solemos llamar "autores de la casa" . Vamos a las presentaciones.

Susana Sussmann: Cuando presentamos "En sus manos.." en Axxón N° 150, dijimos que Susana Sussmann nació en 1972 en Valencia, España, de madre española y padre alemán, pero desde que tiene 8 meses de edad vive en Venezuela. Estudió física y se especializó en el área de cuerdas y supercuerdas (física teórica). Tenemos otro cuento de ella que nos gusta y publicaremos muy pronto.

Claudio Alejandro Amodeo: nació en la ciudad de Buenos Aires el 6 de noviembre de 1977. En Axxón se han publicado sus relatos "La chica de rojo" (149), "La muerte interior" (150) y "Encuentros" (152). Está haciendo un gran trabajo en el Taller 7, tanto sobre sus propios textos como en la faz organizativa y en los aportes para el crecimiento del grupo. No es poca cosa.

Marcelo Di Lisio: nació en San Martín, Pcia. de Buenos Aires, en 1968. Está casado, es papá de dos hijos y el tercero está ahí, a un mes de distancia. De profesión diseñador gráfico, coordinador del área de diseño de Synaptic Links. Lector de Ballard, Disch, Varley, LeGuin, Bester, George R. R. Martin, Boris Vian, Cortázar, Fontanarrosa, Bioy Casares, y los otros también, claro. Acaba de animarse a escribir algo y este es el resultado.

José Carlos Canalda: (Alcalá de Henares, España, 1958) es tan frecuente en Axxón que nos limitaremos a señalar en qué números están sus cuentos... y es casi seguro que nos estamos olvidando de alguno: "Érase una vez" #138, "Reality show" #142, "La lámpara" #148, "Manuscrito encontrado en un manicomio" #150, "El fin del mundo" # 150.

Daniel Antokoletz Huerta: (Buenos Aires, 1964) vuelve a decir presente, como lo hizo en Axxón N° 152 con "Medusa en la ciudad". Se comenta que entre 1993, cuando su cuento breve "La sentencia" recibió la Primera Mención del Premio "Más Allá", y nuestros días, se conservó en un ataúd criogénico porque estaba impaciente por conocer el futuro.

Alejandro Moia: nació en marzo de 1980 en la Capital Federal, Argentina. Lector desde siempre de ciencia ficción, trabaja de programador desde que egresó del colegio Pio IX. Emigró a Madrid en 2003 para dar, dice, el siguiente paso migratorio dentro de un tiempo.

Otros seis enfoques del "gran tránsito", diferentes, cada uno de ellos determinado, promovido, tallado y mordido por las pulsiones que nos desvelan o nos hunden en pavorosos abismos. Como dije en la primera entrega, y no temo repetirme, ya nos enteraremos si acertaron o si por lo menos se aproximaron a la cosa en sí misma, aunque eso, claro, no sirva para nada...


Ilustración de Fernus

QUIERO VIVIR

Susana Sussmann - Venezuela


Quiero vivir... Ésas fueron las últimas palabras que pronuncié como ser humano en aquellos lejanos días en los que pensaba que la inmortalidad no podía reservarme más que libertad, felicidad y poder.

He sido un bebé muerto en el vientre de una madre que lo odiaba. Sentí cómo mi corazón latía más y más lentamente, se iba deteniendo, mientras mis manos arrugadas trataban con urgencia de asirlo a través de la ropa y de la carne. Me ahogué en la sangre putrefacta de un enfermo de cáncer pulmonar. Las ruedas de un camión rompieron casi todos mis huesos y derramaron mis sesos por la carretera. Fui adicto y viví la inenarrable experiencia de morir en pleno éxtasis de lujuria. Me envenené por accidente cuando mi madre me tomó en brazos luego de manipular sus pesticidas. Me rompí la nuca cuando se estrelló el ultraligero en el que volaba. Una mina de oro se desplomó sobre mi cabeza y duré varios días agonizando hasta que la sed y la fiebre me vencieron. Fui una adolescente anoréxica que acabó abriéndose las venas.

Todo comenzó cuando viajé al norte de México en busca de un tema para mi trabajo de grado. Yo quería investigar sobre el uso terapéutico de las plantas alucinógenas en los rituales indígenas, así que busqué y busqué, hasta que encontré a un viejo indio que aceptó enseñarme, y me tomó como su aprendiz. Con la excusa del peyote y de los hongos, poco a poco fue introduciéndome en el extraño y aterrador mundo de la brujería. Fueron años de zozobra. La vida de un brujo era terrible, y muy dura y peligrosa.

Con el largo entrenamiento fui aprendiendo a expandir poco a poco el capullo que encierra mi energía vital, y a moldearlo como si de gelatina se tratara. Abandoné gradualmente todas las cadenas que me ataban a mi antigua vida, y al final me mudé a vivir con mi maestro en su choza. Yo mismo fui descubriendo que la vida no es más que la existencia de un capullo de energía, y que toda esa energía proviene de una fuente primigenia. La muerte es la disolución de ese capullo y el regreso a la fuente. Lograr la inmortalidad se reduce a disolver el propio capullo, pero sin disgregarse en la fuente primigenia, conservando así la conciencia de ser.

Aprendí a hacerlo, y lo conseguí, al igual que mi maestro lo había hecho algunos años antes. Los chamanes que logran la inmortalidad nunca regresan para contar cómo es la vida después de la vida. Y los aprendices actúan basados en la fe. Yo tenía fe en que podía conseguirse (nunca encontraron los restos de mi maestro) y creía, como todos los demás, que la inmortalidad era deseable. Qué estúpido y arrogante fui.

Logré morir sin morir, expandir mi capullo de energía hasta el infinito, y volver a cohesionarlo. Vi la fuente de la vida y de la conciencia, el origen de toda la energía vital del universo, más negra que la más oscura noche. La amenazadora sombra me recordó con vaguedad la imagen de un águila enorme, presta a devorarme. El águila finalmente me tragó y me encontré inmerso en la nada. Durante un tiempo inconmensurable sentí cómo mi ser iba disolviéndose, y por poco caigo en el olvido. Cuando ya todo parecía perdido logré reunir de nuevo los fragmentos de mi conciencia, y así como fui tragado por el águila inmortal, fui escupido, como diría mi maestro, igual que una semilla de durazno. Conservé mi conciencia desde ese día. Pero no soy libre, ni poderoso, ni feliz. Sin poder evitarlo me siento atraigo por los capullos en expansión de aquellos seres que van a morir.

En estos momentos me encuentro compartiendo los últimos instantes de vida de una mujer. Ignoró cómo morirá, cómo moriremos. Tampoco sé cuándo será, pero el momento se aproxima. Ella es escritora, como lo fui yo en vida. Lo peor de todo es que he podido comprobar que ella ha leído los libros acerca de mi aprendizaje que yo publiqué hace años. Eso me ha llenado de horror, pues, ¿a cuántas personas puedo haber inducido a buscar la inmortalidad con mis escritos?

Estos pocos días que he pasado a su lado me han permitido influir ligeramente en su subconsciente, mientras duerme, y deseo que estas líneas que ella escribe ahora sirvan de advertencia a aquellos que creen, como creía yo, en la maravilla de la inmortalidad. Nunca lo intenten en sus casas. Les aseguro que se arrepentirán por toda la eternidad.

Yo, que añoraba vivir por siempre, ahora imploro lo que me está negado: vivir... mi propia muerte.


EL LIBRO DE LAS PREDICCIONES

Claudio Amodeo - Argentina


En quince minutos habré concluido la escritura de estas palabras. Cerraré con mis manos gastadas las solapas del último volumen de mi obra y lo introduciré en un sobre con el rótulo: "para Horacio Bermúdez, el hijo del tiempo". Lo colocaré sobre la pila de hojas presentes en el escritorio. Me relajaré en mi sillón térmico de piel cultivada del siglo XXII y serviré un último vaso de whisky escocés del siglo XX. Miraré por la ventana con mirada parsimoniosa y veré a los niños jugando con una improvisada pelota de cuero y retazos de tela cosidos. Me permitiré soñar con aquellas florecientes generaciones pero contendré la tentación de predecir su destino. El trabajo ya estará finalizado. Nada restará por agregar a mis líneas. Una obra magnánima de revelación del futuro que será escudriñada durante siglos por eruditos y profanos en busca de afrentas y esperanzas. El libro de las predicciones estará terminado y mi vida realizada.

Entonces, los niños se alejarán como espantados por alguna extraña visión. Dejarán olvidada su pelota desgajada meciéndose bajo una imprudente ventisca otoñal. La hojas secas se arremolinarán y bailotearán sin disimulo. Afuera alguien divisará la llegada de una tormenta y apretará el paso. La calle quedará desierta. Será la hora.

Un dolor persistente se alojará en mi pecho instantes después. Sabré con seguridad su procedencia y su infalible desenlace. Será cuestión de esperar. Una mano involuntaria se posará sobre el estigma y en vano intentará aliviar su carga. Recordaré a todas aquellas personas que me precedieran, protagonistas tristes de mis predicciones, y me contentará la idea de saber, por fin, qué sintieron al ver la profecía cumplirse en su propia carne. Desconcierto, resentimiento y finalmente, resignación. Sentimientos que marcan el conflicto de la pérdida y la posterior llegada del equilibrio natural de la Vida. Pensaré en las profecías, en sus oscuros designios y en la futilidad de los intentos por desviar el curso de los acontecimientos. Todas se cumplirán, implacables, porque no existe ni existirá voluntad suficiente en el ser humano para revocarlas. Se cumplirán hasta que otro profetice en el nombre del Cielo y su palabra sea más poderosa y eficaz que la mía. Se cumplirán sólo hasta que aquel que me las sembró en la lengua y en la pluma decida no hacerlas realidad.

El vahído será el siguiente mensajero de la fatalidad. Mi cabeza parecerá no hallar reposo sobre mis hombros. La sensación de algo hinchándose dentro de mi cráneo me invadirá. El flujo del aire se ofuscará. Como si un trozo de alimento se atorase en mi garganta, indeciso de continuar su camino o regresar al exterior. El ahogo, sin embargo, no me inquietará demasiado. Sabré que ése es el momento y tendré la esperanza de un deceso pacífico, sosegado. Las ideas se presentarán confusas, inconexas. No me será posible reconocer mi entorno de inmediato pero luego me aliviará poder redescubrir mi escritorio y mis anotaciones imperturbables. El vaso de whisky caerá de mi mano flácida y estallará con un sonido apagado. No veré sus pedazos ni su contenido desparramados. Habrán desaparecido de mi realidad percibida. Su recuerdo se borrará de mi conciencia, las cosas perderán su valor, se relativizarán. Ya no habrá más niños jugando ni hojas de otoño arremolinándose. No sabré si hay sol o si llueve ni tampoco me inquietará saberlo. Sólo importará el final. Sólo pensaré en su llegada. La ansiaré.

Una mueca contorsionará mi rostro. La punzada aguda me dirá que ya no será agradable ni tranquilo el final. Con la cabeza inclinada sobre mi pecho divisaré la sombra esparcirse en el suelo del pasillo, acercándose. En algún punto de mi mente sabré de su llegada, ágil y silenciosa. La oscuridad se ceñirá sobre la habitación cual manto nocturno y entonces veré su máscara. Pálida, fría, inexpresiva. Me mirará como quien mira una pila de ladrillos que debe transportar. Una mirada tediosa y meditabunda que piensa y repiensa el modo más simple de cumplir la tarea. Allí estará, frente a mí, el protagonista más asiduo de mis adivinaciones y quizás, el más noble de ellos. Es dueño y a la vez esclavo de su trabajo. No puede sino ejecutar una y otra vez aquello para lo que fue destinado, de forma casi mecánica, impersonal. Su figura espectral se alzará y aleteará sobre mi cabeza. Me escrutará como buscando información, ávido de conocer mi pasado y mi destino aunque más no sea para romper la monotonía de su existencia. Pero ése es un conocimiento que sólo se otorga a aquellos que demostramos la capacidad de amar al Cielo más que a nuestras propias vidas y de ser leales incluso en los momentos de tormento. Sus cuencas vacías semejarán los valles sobre la superficie pálida de la luna. Su manto oscuro se ceñirá sobre mi cuerpo letárgico formando un pabellón semicircular y me rozará en forma descuidada con su helada sustancia mortuoria.

En aquel duelo atemporal nos examinaremos como cumpliendo los pasos de un milenario ritual. Girará suavemente a mi alrededor sin quitarme la oscura y profunda mirada de encima y ejecutará su tenebroso réquiem con voz cavernosa. El sonido parecerá provenir de muchos lugares al mismo tiempo, rebotando en la sala y multiplicándose aún más. Hará vibrar el aire con su gorjeo y lo cargará de angustia. Será un canto que evocará los llantos de millares de seres sufrientes a lo largo de la historia, y que cada vez se hará más extenso y sombrío conforme haya sufrimiento en la tierra. Mi corazón también entonará aquel quejido como resultado de una empatía macabra. Ambas voces se harán una y el torbellino tragará la visión borrosa de la habitación a oscuras.

Caeré de rodillas, obnubilado, y en un ultimo esfuerzo soplaré las palabras que habré guardado celosamente hasta ese momento. Las palabras que aliviarán mi conciencia y me permitirán descansar en paz: "Que se cumpla en mí tu voluntad".

Luego, el fin del dolor. El despertar de la pesadilla.



Ilustración de Fernus

EN COMPAÑÍA

Marcelo Di Lisio - Argentina


¿Quién será ese buen amigo
que morirá conmigo
aunque sea un tanto así?
J.M. Serrat


Estoy tan cansada. No aguanto más. Llevo cuarenta días en el hospital. Antes me internaban, en dos o tres días lograban compensarme y me mandaban para casa. Pero ahora no doy más, llevo tanto tiempo, me duele todo el cuerpo y no sé de dónde sacar oxígeno con lo poco que me queda de pulmones. Respirar es una tortura que me deja exhausta. La lastimadura en la pierna volvió a sangrarme y tengo tantas manchas y venas destrozadas en los brazos, las pantorrillas, los tobillos, ah... si por lo menos no me doliera la espalda.

Hace años que el simple hecho de reírme junto a quienes me acompañan puede desencadenar el más terrible acceso de tos, pero hasta la semana pasada al menos podía hablarles sin agitarme, en cambio ahora ya ni ganas ni fuerzas tengo. Le dije a mis hermanas que sólo se queden ellas conmigo, que le digan a los chicos y a los demás que no vengan a la clínica, yo no quiero que me vean así. Las tres se quedan conmigo y me cuentan cosas de afuera. A la noche se turnan... Ahí viene la enfermera con el nuevo aparato para el oxígeno.

Mierda. Me deja aniquilada. Dos horas y media con la mascarilla sobre mi cara, agarrada con elásticos, presionando, para recibir el oxígeno en forma directa. Es increíble lo que me pican las mejillas, los pómulos, el mentón. Esto es lo único que me faltaba para seguir hinchándome como un sapo, mirá cómo tengo los pies. Y tengo que repetir estas sesiones cuatro veces al día. Cómo voy a hacer para soportarlo. Ojalá se les muriera el aparato.

Ya les dije a las tres todo lo que tienen que hacer, anoche le dije a Silvia lo que tenía que darle a cada una de las nenas. Para los nenes algo se me va a ocurrir. Anoche estuvieron todos acá conmigo, se lo dije a Silvia y me preguntó que quiénes habían estado, le dije que los chicos, todos los sobrinos, sabés cómo se reían, y se me quedó mirando. Después se fue al baño y yo la oí llorar. ¿Me estaré olvidando de alguien? No, creo que no.

Entra una de las enfermeras y me pregunta si agarré algo hoy. Pero hoy salió el veintiocho y yo le jugué al ochenta y dos. Casi. Tendría que haberle jugado a los dos, le dije a Silvia. Las enfermeras me prometieron que no me van a abandonar, siempre que vienen les digo no me abandones, mirá que vos me lo prometiste. A veces durante la noche me despierto tosiendo y encuentro a alguna de las enfermeras sentada en la penumbra, mirándome en silencio desde el silloncito al lado de mi cama. Dice que así descansan mis hermanas también. Le digo que por la mañana le cambie el agua al jarrón de las flores, están lánguidas y descoloridas, como yo, pienso, se están yendo conmigo. ¿Alguien más vendrá conmigo? ¿Me van a dejar ir sola?


Está parado delante mío. No lo vi entrar, tenía puesta la mascarilla del oxígeno mientras desde el silloncito miraba perdida la tele suspendida ahí arriba. Todavía tengo que aguantar el sopor de media hora más de oxígeno. Me atonta. No recuerdo haberlo visto entrar. Ahora desvio la mirada porque no me gusta que me vean en este estado, sin embargo ellos vienen, no me dejan sola en ningún momento. Menos mal, no quiero que me dejen sola, pero es horrible que me vean tan desmejorada y toda conectada. ¿Habrán venido los otros chicos y no me di cuenta? Me gustaría que vinieran todos, pero para qué, mejor no.

¿Qué hacés, flaca?, me dice y se agacha adelante mío. Me agarra de la mano. Tiene los dedos fríos, decían que estaba haciendo frío. Hace tanto que no veo el sol, por la ventana del cuarto apenas entran unas gotas pálidas, más que nada durante la mañana. Tan poco sol en el cuarto, tan poco oxígeno en mis pulmones. ¿Se estará muriendo también? El sol digo. Estoy tan cansada, le digo. Me mira con los ojos húmedos y se queda agachado agarrado de mi mano hasta que varios minutos después viene la enfermera y me saca la mascarilla. No me abandones, le digo cuando sale. Me quedo temblando y quisiera que él se vaya. Me apoyo con el brazo en la mesita, por Dios. Respiro en profundidad y es tan inútil.


Recién me dijo Silvia que don Carlos anduvo por casa y le comentó que el jardín estaba hecho un desastre, que el pasto estaba crecido y las flores todas bichadas. Él siempre me da una mano con las flores. Ahora cuando me mejore tengo que ir a revivirlas. Quién sabe ellas también vengan conmigo, quizás yo no vaya a mejorar, como esa manzana oxidándose entre las cajas y cajas de pastillas sobre la mesa de luz. ¿Cuántas cosas morirán en el mundo en el mismo momento que yo? ¿Yo seré esas cosas? ¿Esas cosas serán parte de mí y se van a morir junto conmigo porque yo me estoy muriendo? El perro que escucho ladrar todas las noches, un árbol en una isla en el Tigre, un pibe enfermo de repente en un pueblito de quién sabe qué país y tantas otras cosas.


Me están pasando morfina. La vez pasada le pifiaron a la dosis y tuve que aguantarme no sé cuántos días de dolores en la espalda. No quiero acordarme. Estoy la mayor parte del tiempo inconsciente. Abro los ojos y los veo, alguno sentado en la cama, otros en los sillones, alguno parado contra la pared. Cierro los ojos, me duermo, los vuelvo a abrir y las caras son otras o están cambiadas de lugar. ¿Alguno de ellos moriría por mí?


Estoy en coma, eso dijo el médico. Cada vez respiro más pausado. A veces pasan varios segundos entre una respiración y otra. Me gusta pensar que esas estrellas detrás del vidrio agonizan conmigo, que ya casi no existe el jardín que cuidé con tanto amor durante tantos años, que soy el jardín apagándose junto con cada una de sus plantas, que estoy conformada por una legión de seres, objetos y astros que desparramados por el universo son parte de mi muerte, que yo soy quien yace en esta cama en un hospital y todos ellos son parte de mí, como si fueran mis brazos, uno más de mis cabellos, mis uñas, mis poros y ahora juntos exhalamos por última vez para morir, yo, nosotros.


CARA Y CRUZ

José Carlos Canalda - España


Todos nosotros, a lo largo de nuestra vida, hemos cometido errores. A veces éstos no revisten especial trascendencia, o bien acaban solucionándose con el tiempo, pero otros, los peores, pueden acarrear consecuencias irreversibles... y generalmente negativas.

Esto último, para mi desgracia, es lo que me ocurrió a mí hace ya demasiado tiempo, con el agravante de que sé que estoy condenado a purgar por ello durante toda la eternidad. Fue culpa mía, por supuesto, y ahora soy plenamente consciente de que me cegó la ambición, pero ya es demasiado tarde para el arrepentimiento.

Todo empezó el maldito día en que tropecé con el demonio. Le llamo así debido a que él fue el responsable de mi desgracia, aunque la verdad es que desconozco si su naturaleza era diabólica, angelical o simplemente mortal, aunque me consta que era ajeno a nuestro planeta y, quizá, también a nuestro universo. En realidad nunca lo llegué a saber, ni creo que ahora esto importe demasiado.

Hasta ese momento yo había sido una persona normal, perdida en el mar de la tranquila y acogedora mediocridad. Mi vida transcurría sin sobresaltos, lo cual no me satisfacía ya que ambicionaba más, mucho más, pese a sentirme incapaz de conseguirlo, lo cual había acabado sumiéndome en una profunda frustración. Y entonces apareció él, ofreciéndome justo aquello que anhelaba: la fama, el dinero, el reconocimiento social, el éxito con las mujeres, una salud a prueba de enfermedades y de los achaques de la edad... y cegado por tamaños oropeles, le vendí mi alma.

Bueno, en realidad lo de vender el alma no debe interpretarse de forma literal, ya que no fue un pacto diabólico en el sentido tradicional del término. El culpable de todos mis males se me presentó como un científico procedente de una remota y avanzadísima civilización galáctica, llegado a nuestro planeta en misión investigadora. Nuestro encuentro fue casual, tropezó conmigo al igual que podría haberlo hecho con otro cualquiera de los miles de millones de habitantes de la Tierra, pero en mala hora me tocó a mí...

Él me ofreció lo que a mí me parecieron unos dones maravillosos aunque, según afirmó, se trataba de simples aplicaciones de su desarrollada tecnología natal que nada tenían de mágico, aunque a mí me lo parecieran. Qué más da. El caso fue que, gracias a su ayuda, y cuando ya me había resignado a dejar que lo que me quedaba de vida se fuera desgranando con languidez, vi abrirse ante mis ojos la posibilidad de alcanzar todo aquello que tantas veces había ambicionado en vano. Fui débil, y sucumbí a la tentación.

Claro está que tenía un precio, y en honor a la verdad he de reconocer que no me engañó. Me engañé yo solo. Aparentemente, lo que me pidió a cambio de su ayuda no era demasiado, ni aparentaba exigir un esfuerzo inasumible; al contrario, parecía ser tentadoramente fácil.

Lo que mi interlocutor deseaba era una copia de mi espíritu, como decía él, o de mi mente, por utilizar un término más científico. No, no se trataba de entregarle mi alma, puesto que yo la conservaría intacta; según afirmaba yo no sufriría el menor daño durante el proceso, ni me quedaría la más mínima secuela de ello... y a cambio de tan mínimo sacrificio, tendría todo lo que ambicionaba.

No lo dudé un solo instante aunque, eso sí, movido por la curiosidad le pregunté para qué quería esa copia. Su reticencia en responderme debería haberme alertado sobre sus verdaderas intenciones, pero estaba tan obnubilado que no quise verlo. Finalmente, y a regañadientes, me dijo algo así como que formaba parte de un vasto experimento de sus congéneres para recrear una especie de universo virtual, el cual pretendían poblar con muestras —es decir, copias de mentes de seres reales— tomadas en multitud de mundos distintos.

En qué consistía el experimento, y qué les iba a ocurrir a esos fantasmas fue algo que rehusó explicarme, alegando que no lo entendería. Pero, añadió, no tenía por qué preocuparme, puesto que yo continuaría siendo el mismo... aunque, eso sí, sensiblemente mejorado en mis expectativas sociales. Eso acabó de disipar mis dudas.

Y la tragedia se consumó. El duplicado se realizó con total éxito, y los hechos discurrieron exactamente tal como el visitante me había explicado. Con lo que no contaba era con que la copia virtual tendría no sólo los mismos recuerdos que el original hasta el instante mismo de su desdoblamiento, sino también idéntica personalidad. Es decir, sería otro yo exactamente igual en todo al primero excepto en su inmaterialidad, por otro lado innecesaria en un entorno virtual, pero tan real a su modo como el modelo del que había sido copiado a imagen y semejanza suya... y por supuesto, compartiría con éste las mismas inquietudes y los mismos sentimientos que lo singularizaban como un ser humano.

Eran, pues, dos individuos desdoblados, pero cada uno de ellos estaba vivo en su correspondiente entorno; la cara y la cruz de una misma moneda, ahora separadas y condenadas a llevar una vida independiente. Y sí, a mí me tocó la cruz, tuve la mala suerte de ser la copia inmaterial, pero no por ello menos real, entregada a mi inhumano carcelero a cambio de que mi egoísta hermano pudiera disfrutar de los beneficios de su traición sin importarle lo más mínimo las desgracias que con ello me acarreó. Me consta que es así, puesto que él fui yo hasta el mismo momento en el que nuestras almas se desdoblaron, razón por la que los reproches que le pueda hacer a él no tengo otro remedio que hacérmelos también a mí... y bien cara he pagado mi avaricia.

Pero no es él, sino yo, quien está purgando sus penas en este lúgubre lugar, compendio de todos los infiernos surgidos de las mentes más tortuosas del universo, víctima inocente, junto con mis desdichados compañeros de infortunio, de la perversidad de unos seres crueles que, pretendiendo jugar a ser dioses, tan sólo consiguieron ser diablos, los cuales nos mantienen recluidos en un mundo infernal fruto de su sádica imaginación que no por virtual deja de ser menos real para nosotros, puesto que los padecimientos que nos infligen los sufrimos de forma tangible en nuestros inmateriales cuerpos.

Y así será para siempre, ya que entre nosotros no existe la muerte salvo que algún día nuestros torturadores decidieran concedernos el don de la desaparición, algo que al parecer no entra en sus planes dado que constituimos, o al menos eso creemos, una especie de circo macabro cuyo único fin parece ser la diversión de estos malditos, que gozan recreándose en nuestros infortunios, e incluso hay quien afirma que puede que no seamos sino una única variante de un sinfín de infiernos virtuales, cada uno de ellos con una copia de todos nosotros, los cuales servirían de recreación particular para cada uno de estos miserables demonios. Puede que sea así, aunque carecemos de pruebas para demostrarlo.

Ojalá la moneda hubiera caído del otro lado y fuera el otro quien estuviera en mi lugar, ya que se merecía sobradamente este castigo.


AYER VI MI MUERTE

Daniel Antokoletz Huerta - Argentina


Soy el doctor Mayer y ayer vi mi propia muerte. Cruel destino saber que se va a morir, pero hiel dolorosa saber cuándo, cómo, y no poder evitarlo.

Pueden decirme que eluda las circunstancias en las que muero, que evite ciertos movimientos. Es inútil. Hace tiempo quedó demostrado que el futuro es un pasado que aún no sucedió. Pueden intentar lo que quieran. La muerte llegará... y llegará como está grabado en la historia del mañana.

Las pruebas del sistema temporal funcionaron a la perfección. Si bien los campos cuánticos generan una distorsión de varios milímetros, el túnel no se puede abrir lo suficiente como para que lo atraviesen átomos completos, apenas permite el paso de fotones. Quizás en un futuro alguien logre descomponer la materia en fotones y volver a reconstituirla en otro tiempo. O quizás ensanchar los túneles lo suficiente como para poder enviar algo más que luz. Pero por ahora no.

Nos costó mucho controlar los rulos endecadimensionales. Al fin, luego de muchas pruebas, pudimos acoplar agujeros cuánticos del jurásico y los arqueólogos ya saben con certeza la apariencia de los velociraptors, el comportamiento de los gallimimus, y la escasa ferocidad de los tiranosaurios. Los historiadores pudieron observar el caos de las batallas medievales, asesinatos reales y a los verdaderos héroes de las revoluciones. Actualmente, los turnos concedidos a becarios e historiadores ocupan el tiempo disponible de los próximos dos años.

Pero para mí ver el pasado no alcanzaba; quería que sirviera para anticipar: quería ver el futuro.

Como soy uno de los investigadores que diseñó el sistema dispongo de dos horas semanales para experimentos personales con el proyector temporal. Decidí ver dos meses en el futuro. ¿Cómo saber si es el futuro o el pasado? Muy simple: a partir de ahora puse un calendario en la pared del laboratorio, y tacho día por día.

Me senté frente a los controles. Luego de complejos cálculos ingresé las coordenadas.

Después de varios intentos, en el visor apareció la imagen del superconducto del laboratorio. Redireccioné el campo hacia la pared donde puse el indicador. No estaba. Pensé que estaba observando el pasado cuando de casualidad vi el clavo del que había colgado el calendario. Moví el punto de vista hacia el piso: quizá se había caído. Pero no, el piso brillaba más que de costumbre.

Recalculé las coordenadas a un mes en el futuro, y el calendario apareció frente a mí. Pero las tachaduras no indicaban un mes, sino apenas una semana.

Verifiqué todo.

La torsión espacio-temporal era muy clara: un mes en el futuro.

Maldije el momento en que decidí ver que sucedería en un futuro más cercano. Maldije mis ansias de conocimiento, y maldije mi incontenible curiosidad.

Redireccioné los campos cuánticos a una semana en el futuro. Cada vez me era más fácil moverme entre las intrincadas fórmulas. El visor estaba completamente a oscuras. Controlé los indicadores y constaté que el túnel cuántico se había establecido. Giré el punto de vista. La negrura seguía ocupando toda la pantalla. Moví las coordenadas espaciales.

De pronto, el visor se iluminó y percibí una superficie rugosa de color rosáceo que ondulaba. Alejé más el punto de vista y pude ver mi propia frente, pero mis ojos... mis ojos estaban vueltos hacia atrás, y me sacudía. Con mis brazos tiesos y mi boca echando espumarajos, caía al piso. Arqueado, en una convulsión interminable me veía sin poder hacer nada. Un hilo de sangre y saliva se deslizaba de mi boca. Con un último sacudón quedé tendido, inmóvil. Mi pecho no subía ni bajaba.


Sólo, de una manera miserable, he muerto... mejor dicho moriré. Y, lo peor de todo es que yo mismo me asesinaré. En realidad ya lo he hecho. Puedo imaginar los protones, neutrones y electrones de mi cerebro entremezclándose. Mis neuronas desintegrándose en una sopa de partículas desordenadas. El campo de distorsión temporal que circunda al túnel cuántico me mató.


NO ME QUIERO MORIR

Alejandro Moia - Argentina


Qué día complicado en el trabajo, no tuve un minuto libre, sólo pude parar para tomar café. A ver, voy a revisar el correo... Bandeja de Entrada, 123 mails, cuánta gente que me quiere y escribe. Veamos: viagra, teens, solidaridad con Brian, envía este mail a 10 personas, listas, padrones, cd's, un burro, libros de CF en CD, no, ni loco; bah, todo spam, a la basura. Carpeta de Axxón, 63 mails, cuántos mmmm veamos... uy, este es interesante: Convocatoria, Especial "mi propia muerte". Un comentario de otra lista... wow, ¡qué bueno! Es una idea genial, me re interesa, me tengo que poner ya a escribir algo, pero antes le respondo: Sergio: me muero de ganas de mandarte un relato. ¡Enviar!


—¿Qué pasó?

—Estás muerto.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Es por el mail que acabás de enviar. Nosotros lo sabemos todo.

—¿Pero no era que esa ley al final no la aprobaron...?

—No te confundas, estás en la entrada al cielo, aquí todo se sabe.

—¿Es eso legal y constitucional?

—Silencio. Para poder entrar debés pasar una prueba. Tenés que ag....

—Pará, pará. ¿Vos quién sos? ¿San Pedro?

—Correcto, Saint Peter. Puedes llamarme Pete.

—Ah... eh... ¿esa es la entrada al cielo?

—Sí.

—Pero no llega a medir un metro, es muy bajita.

—Sí, hay que entrar arrodillado.

—Ah... arrodillado... Pete. Pero yo no quiero entrar.

—¿Cómo osas rechazar la entrada al cielo?

—Es que no vale, quiero seguir vivo. Me trajeron por la fuerza, además nunca acepté un Términos y Condiciones donde les diera a ustedes derecho a saber todo sobre mí, y vos encima me venís con esas "pruebas" para entrar al cielo. ¿Y si entro y le digo a ya-sabés-quién lo que estás pidiendo y cómo llegué acá? ¿Eh? ¿Te gustaría? ¡Puedo armar un quilombo bárbaro!

—Mmmm un tipo conflictivo. Desequilibrarías el orden celestial, así que te doy otra oportunidad para que recapacites y cuando vuelvas estés listo para pasar la prueba. Podés regresar a la vida.


¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? Ah, acá en casa, qué terrible lo que pasó, y qué peligroso que es desear las cosas sin pensar. Bueno, ¿en qué estaba? Ah, sí, el relato. Mejor me pongo a escribir algo así le mando.

Listo, ya está. Pero no me termina de convencer... está más o menos, no sé si lo aceptará, aunque la verdad, es que me muer... ¡NO!


—¿Estoy muerto?

—Sí, y nosotros no te vamos a dar otra oportunidad.

—¿Qué? ¡No! Estoy en el infierno y ¡eh! ¡Qué hijo de mil, estoy del lado de adentro!

—Jajaja antes fuiste al... arriba por error, ahora sos mío para toda la eternidad.

—¿Sos el diablo?

—El mismísimo. Satanás. Lucifer. Pero puedes llamarme Lucy.

—Uff, cómo están. ¡Mirá! ¡Atrás tuyo! ¡Es San Pete!

—¡¿Sí?! ¡¿En serio?! ¡¿Dónde?!

—¡Matanga! ¡Te afané el tridente!

Rápido, tengo que salir de acá, antes de que me alcance... debo llegar a la puerta, ¡wow! ¡Qué puerta! Se nota que este lugar es mucho más concurrido que el otro, debe medir casi cien metros, y esa cerradura inmensa... ¿pero cómo la abro? A ver... sí, ¡parece que funciona! Claro, este es el infierno, donde los pecados reditúan, y tantos años de abrir la máquina de café del trabajo con un clip no fueron en vano, doblo un poco el tridente, lo meto en la cerradura, tiro para abajo, giro... ¡listo!


¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? De nuevo, volví. Esto de ser creyente es muy peligroso, no quiero serlo más. Estos tipos te llevan y te traen a su antojo, mejor me hago ateo.

Bueno Sergio, esto es lo que realmente pasó. No te mando el cuento original, por las dudas. Y hacé lo que quieras con esto, publicalo o no; la verdad es que ¡no me importa un carajo!


Axxón 153 - Agosto de 2005
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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