OJO EN EL CIELO

Paula Ruggeri

Argentina

Philip K. Dick, Phil para sus amigos, Phil Trafa para su mujer, se despertó esa mañana como siempre, destapado. Su esposa roncaba a su lado, envuelta en todas las mantas. Phil masculló una de sus palabras favoritas. Tenía tres o cuatro de esas y las usaba en toda ocasión. Fue a la cocina y se hizo un café que le salió aguado. No importaba, ella lo hacía peor. Se duchó. Al salir de la ducha resbaló con el jabón y casi se cae, pero no se cayó. Como por milagro se mantuvo en pie.

Otra vez, pensó. Fallan las leyes naturales. La Naturaleza no permite que no te caigas cuando resbalas con el jabón. Comprensiblemente, no haber muerto por una caída en la ducha lo llenó de desconfianza. Ayer había tenido la misma sensación. Se había servido una taza de café y estaba riquísimo. Eso jamás ocurre. Sacudió los hombros, como tratando de liberarse de esa sensación de irrealidad. No lo logró.

—Buen día, querido. Espero que hayas dormido bien. —La voz de su mujer, alegre, puso todos sus instintos de alerta en funcionamiento. Algo no andaba bien. Normalmente, ella se despertaba a las puteadas limpias. La vio acercarse en bata, con una taza de café en la mano.

—¿Te gustó anoche?

Fue como si me caminara un elefante por arriba, pensó pero dijo: —Eh, sí. ¿Estás bien?

—Claro que sí. Estoy maravillosamente bien.

Dick se puso los anteojos para verla mejor. Se los saco, se restregó los ojos, la miró de nuevo. No había dudas, estaba tan horrenda como siempre. Eso, pensó, sí es real. Sin embargo...

—Creo que pasa algo malo, Margot. El mundo es diferente. Las leyes naturales fallan. Creo que la realidad es un ojo que nos mira y tiene miopía. O astigmatismo, tal vez se esté quedando ciego, tal vez...

—¡Uf, otra vez estas estupideces! Hablo en serio, Phil Trafa, te volviste loco, ¿entendés? Colifa. Demente. Psicótico. ¿Tomaste las pastillas que te dio el doctor?

—¿Qué pastillas?

—Éstas, tarado. —Le revoleó una caja en la cabeza. Las pastillitas de colores se derramaron por el piso—. Cinco cada cuatro horas. Ahora andá a trabajar que se te hace tarde. Pero escuchame bien, Phil Trafa, no hables de esto en el trabajo ¿entendés? O te despedirán.

De mala gana, Philip K. Dick, Phil Trafa para Margot, se puso los pantalones y fue al trabajo.


Su trabajo no era un gran trabajo. Trabajaba en un taller como mecánico y no ganaba un gran ingreso. Pero era suficiente para que Margot se hiciera un implante de pestañas cada semana, comiera dulces por tonelada y mantuviera su auto rojo, vistoso, funcional. Pero lo que no podía permitirse era una mascota. Siempre la había querido. Pero era tan difícil. Ni en cuotas la podía comprar.

En el trabajo, Phil se mantenía todo lo callado que podía. Que no era mucho.

—¿Sabés, Bill?

—¿Qué, Phil?

—Creo que el mundo no es real. ¿No te parece que un vulgar mecánico gordo como vos no debería tener una mujer tan bella como Norma Jean? ¿No creés que ella debería casarse con una estrella de béisbol, o un gran escritor, o alguien así? Mirate, Bill, y decime si no tengo...

—Callate, Phil, o te voy a partir la tenaza en la cabeza. Tenés algo con mi esposa, ¿verdad?

—Mirá, Bill, podés partirme la cabeza con la tenaza y estaremos en un mundo real. Pero si partís la tenaza en mi cabeza, eso no haría más que demostrar que yo tengo razón y que las leyes naturales fallan y...

—Decime, decime que dormiste con Norma y entonces...

—No dormí con tu mujer, Bill. Lo que te digo es otra cosa.

—Entonces, si no dormiste con mi esposa, callate y dejá de buscar problemas.

—Bill.

—¿Qué pasa ahora, Phil?

—Hoy me resbalé con el jabón en la ducha y no me caí.

—Qué mala suerte. Podría trabajar tan tranquilo...

—Mi mujer se despertó tan alegre esta mañana, ¿sabés? Eso no es real. Ayer el café me salió rico. Creo que hay un virus en el sistema o tal vez nos invadieron los ultracuerpos, tal vez la Tierra fue destruida y nosotros somos venusinos...

—Phil, calmate, ¿querés? Estás chiflado, pero todos te queremos. Te diré lo que pasa: el mundo lo tenés pintado en los ojos, ¿ves? Y a veces se descascara un poco la pintura, como en este auto, ¿ves? Necesitás chapa y pintura, eso es todo. ¿Por qué no vas al doctor? Te hará bien. Ahora dejame trabajar, ¿querés? Callate un poco. El silencio es salud.

—Bill.

—Callate o te parto la tenaza en la cabeza.

¿Por qué insistía en querer partir la tenaza y no la cabeza? Phil no pudo dejar de pensar en eso.

Cuando volvió a su casa, encontró a su esposa leyendo un libro entre montones de envoltorios de chocolate. Al menos eso era normal. Pero tuvo una corazonada.

—¿Qué leés? —le preguntó, con tono indiferente.

—Leo a Stephen King y no deduzcas estupideces. Esta está buena de verdad.

—¿Ah, sí? —murmuró él. Sus sospechas estaban confirmadas. Su esposa se había licenciado en Letras y solo leía a Shakespeare y esos otros que no se acordaba. Él no era instruido y ella siempre se burlaba de él con citas que no comprendía.

—Phil, ¿de qué te disfrazarás para la fiesta del doctor Sherwood? Yo no sé si ir de aldeana o de Gatúbela, o tal vez de Cleopatra.

—No iré —dijo él.

—Sí irás. El doctor Sherwood es la personalidad más importante del condado de Essex.

—Estamos en Nueva York.

—No interesa. Yo te digo que irás. No voy a una fiesta de disfraces desde hace veinte años. Es una invitación formal. Tal vez él después lleve el automóvil a tu taller. Pero no creo. Tiene un Mercedes.

—Iré de mecánico —contesto él con voz sombría.

—Dios mío. ¿Por qué no te gusta leer, ni bailar, ni las salchichas ni las películas de amor ni nada que me guste a mí? ¿No querés disfrazarte de Marco Antonio o de Batman o de bandido romano?

—Anacoreta de Alejandría —empezó a decir Phil rojo de furia...

—Anixamandro, bestia —le dijo su mujer. Sintió que la ira lo tomaba por los cabellos como Minerva a Aquiles (yo también soy culta). Enrojeció y tartamudeo.

Anixamandro decía que el mundo era...

—Un solipsista, eso es lo que era. Dejate de pavadas que tengo que implantarme las pestañas nuevas para la fiesta del Dr. Sherwood. No el bosque de Sherwood, el doctor. A vos el bosque no te deja ver el árbol. Siempre fuiste un idiota. —Se fue dando un portazo.

—Anacoreta —masculló—. A eso debí dedicarme y no a la caza de brujas.

La puerta se abrió nuevamente de un golpe y asomó Cachavacha con los pelos parados.

—Tal vez el doctor Sherwood te dé otras pastillas, algo que te saque esas idioteces de la cabeza. —Y volvió a dar un portazo.

Phil escuchó arrancar del auto y tomo la honda. Rápidamente abrió la ventana y con certera puntería le asestó un piedrazo al auto de su vecino, Flanders.

—¡Maldición! —masculló. Seguramente Flanders vendría a asestarle un sermón de predicador peor que un mazazo en la cabeza. Y si eso no sucedía y sólo lo demandaba el seguro, entonces eso no era real. Cerró la ventana de un golpe, como es costumbre en la familia Dick.

Pero la ventana no se rompió.


En la fiesta del doctor Sherwood todo transcurría con normalidad. El predicador estaba de Demonio de Tasmania y su mujer de bailarina de cabaret. Flanders estaba de sacerdote y le dedicó un sermón sobre la honda y sobre un tal David que mató a un pobre Goliat y fue preso y sobre doscientos dólares. La mujer de Flanders estaba de bailarina de cabaret. Margot se había disfrazado de aldeana. Él de bandido romano.

Todos comían y bebían y trataban de hablar con el doctor Sherwood. Margot había aplastado a Mistress Sherwood y lo había logrado.

Nadie le prestaba atención.

Salió al parque a meditar. Era raro que todo se presentara tan normal. Eso significaba algo, ¿qué? Una voz argentina interrumpió sus pensamientos.

—¿Querés champán?

Sobresaltado, se dio vuelta. Esa forma de hablar no era normal, pensó. Y lo que tenía frente a sus ojos, tampoco.

Una mujer... la palabra es "angelical".

Eso sugerían las dos alas blancas que cargaban sus hombros y la aureola brillante que exhibía sobre su cabeza. Tenía una cabellera larga, espesa, de un color castaño dorado. Tenía los ojos más dulces... esa dulzura forzosamente debía hacer desconfiar a un hombre como Philip K. Dick. Otro diría que tras ella se escondían segundas intenciones. Él se dijo, sencillamente, que ella era extraterrestre. Alta, delgada, sonriente, llevaba dos copas de bebida burbujeante en las manos.

—Qué buen disfraz —atinó a decir él, aceptando la copa. Ella era ligera. Aérea... Liviana como una copa de champaña, pensó. Lo que lo maravillaba eran sus pestañas. Castañas, aterciopeladas, sedosas. Eran naturales. Hacia años que parecían siglos que no veía pestañas como ésas. Cortaban la respiración. Se sintió mareado. Podría acariciarlas, besarlas, rociarlas de amor oleaginoso. 'Oleaginoso', repitió para sus adentros. Otra vez sucede lo mismo. ¿Por qué pensé oleaginoso? —se preguntaba. ¿Por qué antes dije 'anacoreta' en lugar de 'Anixamandro'.

—¿En qué pensás? —le preguntó el ángel rubio.

—En aceite —dijo él maquinalmente—. Adiós. —Pensativamente volvió sobre sus pasos pero, para su sorpresa, el ángel lo tomó de los hombros.

—Sé que pensás —le dijo—. Por eso estoy aquí. Pensaste 'oleaginoso'. Eso es una falla del sistema, un virus. Al Señor no le gusta cuando un virus se infiltra en el sistema. La Informática Celestial...

—¿La qué? —Phil se volvió y la encaró con ojos enrojecidos. Pensó que ella le tomaba el pelo.

—Pensás que te tomo el pelo.

—Sí.

—Pero si no tenés... —ella rió y volvió a parecer ligera como...— como champán, ¿eh?

A Phil le causaba rabia esa intromisión en sus pensamientos.

—Te dicen que delirás —prosiguió ella—. Vos decís que no. Pero cuando alguien te cree, como yo... sos vos mismo el que no confía en su propio pensamiento y eso lo convierte en un delirio. ¿Querés volver a la normalidad? Rojo. ¿Querés ver la realidad? Azul. Como en todo, vos elegís.

Le mostró dos caramelos. El rojo era de ají. El azul era de ajo.

—¿Me estás cargando? —dijo él—. Se compran en cualquier kiosco.

—¿Te estoy cargando qué, un muerto?

—Dejá de hacer juegos de palabras imbéciles.

—Dejá de molestarte cuando otros son más brillantes que vos. Si querés volver a tu mundo de mentiras, Rojo. Pero si querés ver la realidad, por negra que pueda ser, azul. Vos elegís. Tomalo o dejalo.

—Andate al...

—¿Adónde? —preguntó ella con ansiedad.

—No, no vas a hacer otro juego de palabras idiota. Dame la azul.

Ella se rió. Luego le dio el caramelo.

—Esto que hacés es muy importante.

—Bah. Me gustan los de ajo.

—En gustos no hay nada escrito, dijo un chancho comiendo basura.

—¿Querés que me lo coma o no?

—¿Y qué esperás? Me estás haciendo perder un tiempo terrible. Juega Racing hoy, sabés —consultó un reloj diminuto en su cabello—. ¡Pero la...! Dale, tomate el ajo que no llego.

Philip K. Dick, Phil para sus amigos, Piltrafa para su mujer, abrió el envoltorio del caramelo. Mirándola muy fijo, abrió la boca y...

Y...

Abrió los ojos en un fondo negro. Todo era negro. Espacio sin profundidad, sin color, sin perspectiva. Sin geometría, sin nada de nada.

Bajo sus pies, nada.

Sobre su cabeza, nada.

A la derecha, nada.

A la izquierda, nada.

Lentamente, giró para ver que había detrás.

Lentamente...

Primero vio una calva como la suya.

Luego vio una barba blanca de quince metros.

Luego vio unos ojos pequeños, negros y llenos de arrugas.

Luego una nariz así de larga.

Luego... acabemos de una vez. Vio a un viejo igualito a Panoramix. Y por supuesto, era Dios. ¿Quién más?

—Hola —dijo Phil K. Dick. Sonó un poco cohibido, como confundido. Estaba impresionado, pero quien no lo estaría.

—No me hables que estoy muy furioso. Y mi Ira es la peor Ira. Te borro y hago otro dibujito. Eso haré si me molestas.

—Pero yo...

—Pero yo, nada. ¿Sabes qué es esto?

—No —admitió.

—Esto es el Universo. No es nada. Tu mujer, tu auto, tu vecino Flanders, no existen. Nueva York, Estados Unidos, el planeta Tierra, no existen. El ángel burbujeante de champaña, no existe. ¿Sabes por qué existen para ti todas esas cosas?

Dick no respondió. Era la confirmación de su más profundo espanto. Al fin balbuceó...

—Lo tengo...

Dios lo miraba mientras se acariciaba la barba con dedos largos y huesudos.

—Tengo... —Dick comenzó a temblar...

—Dilo de una vez.

—Pintado. —El temblor no le dejaba articular bien las palabras. Comenzó a toser, ahogado. Una náusea como una marea lo envolvió y tuvo una convulsión.

—¡En los ojos! —gritó Dios en su terrible Ira—. ¡EL MUNDO LO TIENES PINTADO EN LOS OJOS! ¡SÍ, SÍ, SÍ! —Comenzó a reír con carcajadas terribles.

Dick se dejó caer en la nada.


—Bueno, bueno. Tampoco es para ponerse así. Anda, sé buen chico, siéntate. Así. ¿Estás mejor?

Con su Infinita Paciencia, Dios se sentó a su lado. —Escucha, Dick, muchacho. Te lo contaré con florecitas y pajaritos para que lo entiendas.

»Yo había creado un mundo completo. Con árboles, con peces, con vacas, con hombres. Los hombres los hice a mi imagen y semejanza.

»Ése fue mi peor error. Mira mis uñas. ¿Las ves? Largas y sucias. Mira mi barba, desgreñada, roñosa. Soy un sucio y un mal tipo.

»Que sea sucio y un mal tipo no quiere decir que no pueda crear cosas hermosas. ¿Sabes quien fue Miguel Ángel? Jamás se lavaba las manos antes de comer y tampoco después. ¿Has leído a Petrarca? Bueno, aunque pocos lo sabemos, Laura no lo quería por que él le pegaba. ¿Has leído a Quevedo? Se emborrachaba. ¿Balzac? Un tacaño. ¿Víctor Hugo? Era tan mujeriego que le robó la mujer a su propio hijo. Así es... —suspiró—. Yo hice cosas bellas. Y el hombre las destruyó. El mundo me había tomado tanto trabajo. Milenios. Después me sentí tan cansado que me tomé una siesta de dos milenios de nada y con qué me encuentro cuando me despierto... —su voz pasó del murmullo al trueno bíblico—. ¡CON UN BASURAL! Con parquímetros, con automóviles, con supermercados, con tintura para el pelo...

»Comprenderás que lo destruyera.

»Entonces me sentí vacío. Cuando un artista destruye su obra... Conserva algunas cosas que valen la pena. —Metió la mano en la barba y sacó el "Nacimiento de Venus" de Boticelli—. ¿La conoces?", preguntó.

—Mi ángel rubio como la...

—Como la champaña, sí. Con pestañas naturales y sedosas. El original se llamó Simonetta Vespucci. Murió amarga y consumida a los veintitrés años. ¿Y sabes por qué? —preguntó con voz dulce.

—No. ¿Por qué?

Dios le pegó un mamporrazo y gritó: —¡PORQUE LOS HOMBRES ABUSARON DE ELLA! ¡Y ELLA SE MATÓ DE HAMBRE!

Dick se desmayó otra vez.

Cuando despertó había un montón de libros delante de él. La Divina Comedia. Don Quijote de la Mancha. Los Tres Mosqueteros. El Club Dumas. Y Ojo en el Cielo, de Philip K. Dick.

Dick lo tomó y lo miró con asombro.


Ilustración: Luis Di Donna

—Yo nunca este escribí un libro.

—Tú no. Y eres, como bien dice tu mujer, un bruto y un ignorante. Philip K. Dick fue un autor importante del siglo XX. Se dedicó a la ciencia ficción y a la paranoia por partes iguales. Él me dio la idea.

»Destruí todo. Inventé un nuevo Philip K. Dick. Pinté el mundo tal cual era en sus ojos, tus ojos. Así ya no tuvo que tomarme los milenios que me tomó antes.

—¿Y por qué hiciste el mundo tan malo como era antes?

Dios suspiró.

—Por algo el hombre está hecho a mi imagen y semejanza. Por no perderme la telenovela, qué quieres. Sino, qué hago aquí. Solo y aburrido. Y bien, Dick, me has causado un problema, lo voy a solucionar. Ahora lo sabes todo. Pero lo olvidarás todo. No querrás pasar la Eternidad así, conversando conmigo. A pesar de ser un polemista brillante, por supuesto. El problema es que tú no lo eres. Vas a volver a tu mundo. Puedo hacer algunas concesiones. ¿Quieres ser más guapo? ¿otra mujer?

—Quiero a Simonetta Vespucci.

—No. Ella no. No me la arruinarán de nuevo.

—Bien. Quiero un millón de dólares.

—Bah. Te los gastarás en dos años. No.

—Quiero ser más sabio.

—¿Para qué? ¡Mira para lo que sirve!

—Está bien, quiero otra mujer y una mascota de verdad.

—Oh, bueno. Eso no es difícil. Muy bien, Phil. Vas a olvidarlo todo y volverás a la fiesta del Doctor Sherwood. ¿Quieres un perro o un gato?

—Un perro. ¿Podrías ahorrarme la fiesta del Doctor Sherwood?

—Muy bien, volverás a tu casa, a dormir.

Dick sintió los párpados pesados. El negro se volvió neblinoso y de la niebla emergieron los colores primarios, se mezclaron y aparecieron verdes, violetas, rosados...

—Adiós, Phil.


Despertó en su cama, como siempre. Como todas las mañanas, su mujer lo había destapado. Tomó el café aguado de siempre, su mujer le gruñó como siempre. Lo único que lo alegraba de haberse casado con ella eran sus pestañas. Eran verdaderas. Ya no se veían como ésas. Por lo demás, se preguntó por qué no se había hecho sacerdote en lugar de dedicarse a la caza de brujas. Pero tenía un perro. Eso era lujo.



Paula Ruggeri nació en Buenos Aires en 1970. Ha publicado relatos y ensayos en revistas y antologías de Argentina, España y México; algunos de sus textos están disponibles en Internet. Es autora del libro El gran compendio de las criaturas fantásticas (2005) y este es su primer cuento en Axxón.


Axxón 153 - Agosto de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Metaficción: Argentina: Argentino).

            

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