PLEAMAR

Marcelo di Lisio

Argentina

Vuelvo a la ciudad de Las Grutas como vuelvo cada noche de esas pesadillas en que una y otra vez te vas para siempre. Despierto aferrado al endeble recuerdo de las líneas de tu rostro, ese que poco a poco, noche a noche va desdibujándose en mi memoria dejando apenas estas hebras de sensaciones que me catapultan a la vigilia.

Los recuerdos que hoy tengo de tus facciones se asemejan cada vez más a esas figuras difusas en los cuadros de los pintores impresionistas donde todo se resuelve con unos pocos trazos de pincel sobrecargado. Nada me gustaría más en este momento que ser el dueño de esa audacia que tenían Monet o Seurat para dejar de lado los detalles y atrapar las emociones que despiertan un rostro o un paisaje y, en forma inversa, deducir desde estos despojos de sueños cada expresión olvidada de tu cara.

Me pregunto dentro de cuántas noches nadaré desesperado el oleaje de mis sábanas luchando para no perder el último color de tus mejillas, tus últimas pupilas, tus labios. Dentro de cuántas noches llegará el olvido absoluto.


El jueves de la semana pasada, por segunda vez desde que llegué a estas playas, entrada la noche bajé a la zona de los balnearios y hundiendo mis zapatillas en la arena caminé en silencio hacia el sur, siguiendo la curva del golfo San Matías, rumbo a Piedras Coloradas, donde se encuentran las rocas artificiales.

A pesar de que recién comenzaba el mes de enero hacía frío. Anduve un rato largo con las manos escondidas en los bolsillos de la campera de jean. Más tarde busqué abrigo en un primer cigarrillo ignorando deliberadamente la mirada altanera de la luna. Podía imaginar su sonrisa burlona flotando en algún lado encima de mis hombros, sus amagues tratando de mojarme los pies empujando cada lengüetazo de espuma que las olas arrojaban a mi paso. Cada ola como un dedo derramándose desde el cielo diciéndome estoy acá, no te hagas el distraído.Su luz blanqueando el perfil de mi cara. Si hubiera podido arrancármela de un manotazo lo hubiera hecho.

Sabía que debía ir con cuidado, había concluido la bajamar y con ella las pocas horas de acceso libre para llegar a las coloradas. La marea estaba casi en su momento de esplendor, tendría que llegar a las rocas lo más rápido posible si quería encontrar a Cecilia sin ponerme en peligro.

Empujado por el agua que subía y se acercaba cada vez más me fui pegando al acantilado sembrado de enormes cuevas que habían sido talladas en la piedra por siglos de vientos y oleaje marino. Cada tanto fue necesario que ingresara en alguna de estas grutas y esperara hasta que el agua se retirara para seguir mi camino.

Nunca supe bien por qué en nuestro país el fenómeno de las mareas parece encontrar su pico de esplendor en esta franja de la costa sur que descansa sobre el Atlántico. Dos veces al día en un plazo de pocas horas, bajo el influjo mudo de la luna, la playa de piedra y arena se ve inundada por el oleaje en estampida que crece devorándolo todo. Horas después el proceso se revierte y rápidamente el agua comienza a retroceder desnudando el vientre rocoso del lecho, descubriendo enormes piscinas talladas en la piedra por la mano del hombre, infinidad de caracoles de formas caprichosas y estrellas de mar. Cuando parece que llega al punto máximo de retroceso y parece que va a frenar sigue descendiendo hasta exhibir desniveles abruptos contra los que las olas rompen con violencia explotando en llamaradas de agua y espuma.

Lentamente me fui acercando al último murallón de rocas. Arriba, más allá de la avenida costanera, iban quedando atrás las luces de las últimas casas que ahora con mayor frecuencia se alternaban con terrenos descampados. Muy lejos, a mi espalda, había quedado el cartel de neón del balneario de aire mediterráneo, ahora pequeño e ilegible. Desde hace ocho años la totalidad de la energía eléctrica de la ciudad se obtiene gracias a los grandes desplazamientos del agua de mar provocado por las mareas. Durante el proceso de pleamar y bajamar el océano atraviesa las compuertas del moderno embalse construido en el golfo para agitar las cuatro turbinas sumergidas que generan electricidad. Hoy en día tanto Las Grutas como la ciudad de San Antonio Oeste se iluminan gracias a este tipo de energía.

Las pocas personas que durante el día se animaban a avanzar hasta esta zona de la playa lo hacían para escapar del ruido y las rutinas para turistas anunciadas por los altoparlantes de los balnearios. El destino del recorrido solía ser la mayor parte de las veces el laberinto de rocas que, desparramadas en un desorden estratégicamente diseñado, formaba parte del último murallón que trataba de poner freno al oleaje en las playas de la ciudad.

Había caminado algo más de dos kilómetros cuando empecé a divisar los primeros reflejos con que la luz de la luna recortaba las rocas separándolas del océano que tenían como fondo. El corazón me empezó a latir fuertemente y sentí la sangre bombeando en mis sienes. En ese momento la pleamar cubría prácticamente todo el murallón y sólo se veía el lomo de las rocas asomando apenas sobre el agua según avanzaban y retrocedían las olas. Llegué a la gruta más próxima y buscando reparo del viento me senté a esperarla.


El problema con Santiago es que hace tiempo me di cuenta de que me mira torcido, como si desconfiara de mí o pensara que estoy loco. Tal vez lo que sienta sea lástima por mi historia, mi situación como le gusta decir. Al principio intentó conversar conmigo sobre Cecilia, incluso intentó disuadirme para que abandonara los viajes a Las Grutas, me pidió más de una vez que no volviera a verla aduciendo que toda la situación me estaba haciendo mal. Algún verano inclusive me invitó a pasar unos días en su casa de Villa Carlos Paz junto a él y Adriana, pero a mí me costaba horrores pararme enfrente suyo y sentir todo el tiempo su mirada cuestionándome. Está claro, él no me cree.

—¿Por qué lo hacés, Pedro?

—¿Qué cosa?

—Los viajes. Tenés que dejar de ir.

—¿Otra vez con eso? Santi, ya lo hablamos —miro el mouse rígido como una piedra entre mis dedos—. Voy porque está ella. Es un regalo que me hace la marea, ¿no sabías?

Santiago me sonríe ausente, como si estuviera pensando en otra cosa. Con un plano enrollado golpetea el borde del tablero de dibujo.

—No podés vivir enganchado a eso. Pasó un montón de tiempo, supongo que lo suficiente como para que hayas aprendido a olvidarla y lograr que Cecilia no vuelva.

—¿Y por qué mierda pensás que quiero olvidarla?

La banda elástica que mantiene enrollado el plano se corta entre sus dedos.

—Por algo que acá y en cualquier lugar del mundo se llama salud mental,Pedro, por eso.

—Si vos supieras cómo me cansan estas charlas. En el fondo lo que más me jode es que todos se quieran olvidar de Cecilia, que la nieguen y que nunca la hayan ido a ver. No puedo aceptar que ahora encima traten de ignorarme a mí. ¿Tenés idea cuándo fue la última vez que Nacho o las chicas me dirigieron la palabra? ¿Sabés cuánto hace que ninguno me pregunta por ella? ¿De qué salud mental me hablás? Ustedes... —Busqué su rostro en la penumbra—. Acompañáme, Santi.

Lo oigo suspirar, como resignándose. La oscuridad de la tarde que las ventanas arrojan dentro de la oficina hace que el silencio se multiplique en el aire.

—A lo mejor no puedo ir, Pedro. O no quiero.

—¿Te das cuenta?

—No soy yo quien se tiene que dar cuenta. El año pasado no la viste... —otra vez los golpecitos con el rollo sobre el tablero.

El nudo que sentía en la garganta se cerró un poco más. No pude contestar. Santiago encendió la lámpara sobre su tablero e ignorándome volvió a trabajar.

Sin haberlo consensuado tenemos un trato. Él se hace cargo de los proyectos en la oficina durante los quince días en que viajo al sur. Atiende a los pocos clientes que durante el mes de enero visitan el estudio de arquitectura. En febrero es mi turno de quedarme en Buenos Aires, y es entonces cuando la soledad en la oficina puede volverse insoportable si, como el año pasado, vuelvo de Las Grutas sin haber podido ver a Cecilia.


Hay un momento preciso en que logro divisarla, casi podría decir que adivino por dónde va a aparecer. Esto generalmente ocurre en ese lapso en el cual el sol termina de hundirse en el horizonte y las primeras horas de oscuridad.

A veces puedo divisar, si todavía queda algo de claridad, su cabello negro asomando sobre el agua que sube sin parar. Otras veces la veo salir cortando las olas de la mano de la luna, su cuerpo chorreando agua caminando decidida hacia el lugar en que la espero sentado. Casi siempre me encuentra llorando mi emoción sin saber qué decir, se agacha frente a mí y me mira sonriendo con sus ojos negros. Yo no sé decir si ella también llora.

—Te estaba esperando.

—Por eso vine, Pedro, porque sé que me esperás.

Siento todo el vacío del mundo en el pecho, como si una desmesurada extensión de nada se abriera paso dentro de mí.

Cecilia entrelaza sus dedos por detrás de mi cuello y apoya el mentón sobre mi frente. Sus cabellos mojados se pegan a mis mejillas y siento la sal del agua quemándome los labios.

—Caminemos —me dice.

—Esperá, Ceci, el agua...

—No importa. Sólo un rato, dale, acompañame —me extiende su mano abierta mientras se incorpora—. Por favor.

Hace siete años que religiosamente viajo a Las Grutas para encontrarme con Cecilia. Siete años que en el mes de enero, a la hora en que empieza a atardecer, camino por la playa hasta las rocas coloradas para verla salir del agua cabalgando la marea que la empuja hacia mí. Cecilia montada en la pleamar caminando mojada, su rostro hecho de pasado, sus manos blancas de sal goteando algas.

—Es enorme.

—¿Qué cosa?

—La luna. Es enorme —repite—. Mirá.

Miro hacia abajo, temeroso de las olas cercanas. Saco los cigarrillos del bolsillo de la campera. La llama del encendedor dibuja su rostro contra el cielo. Aspiro el humo y exhalo apuntándole justo al corazón de la luna. Pongo el cigarrillo entre los labios de Cecilia y tirando de su remera con los dedos empiezo a caminar hacia el acantilado.

—Vení, mejor vamos a alguna de las grutas, está subiendo mucho el agua y eso no me gusta nada —le digo.

—¿No te gusta la luna?

—¿Sabés que no?

—A mí me hace compañía cuando estoy sola.

—Pero ahora estás conmigo.

De repente siento frío en los pies, tengo las zapatillas mojadas. Lentamente la ola regresa al mar.

—Salgamos de acá, Cecilia. Quiero que vengas conmigo.

—Pedro, me voy.

Me paro en seco y después de algunos segundos la enfrento. No consigo verle los ojos escondidos en algún rincón del rostro en sombras. Apenas por encima de su cabeza está la luna empujando la marea. Puedo sentir a mis pies toda la playa pulsando bajo su influjo.

—Ya no puedo volver. Toda esta mentira, este juego que te empeñás en jugar es una ilusión y nada más, y te está enloqueciendo Pedro, te estás yendo.

—Mierda, al final resulta que te estás pareciendo a ellos. ¿Ninguno se da cuenta que no puedo abandonarlo? ¿No ven que no quiero?

—Por dios, pensá en lo que decís. ¿Cuánto tiempo más vas a soportar venir hasta acá? Todos los veranos, por siempre, para ver qué —su voz se apaga—, un recuerdo. Tenés que olvidarme, ¿entendés?

Le doy otra pitada al cigarrillo y lo tiro a la arena húmeda.

—Olvidáme —repite abrazándome por detrás.

—¿De qué me querés convencer? —le digo—. Ellos tampoco me creían y sin embargo acá estás. Pero vos... es claro... si hasta en mis sueños te estás desdibujando.

Le busco la mirada pero sólo veo la idea de algo, una nebulosa de gestos y sonrisas que me deslumbraron en el pasado y que ahora caen uno detrás de otro, acumulándose, superponiéndose como acrílicos en la paleta de un pintor hasta que pierdo la conciencia y no veo más nada.


Durante mucho tiempo planeamos el viaje descartando distintas posibilidades, haciendo pesar en la balanza motivos sentimentales en algunos casos, motivos de kilometraje en otros, supuestas comodidades, posibilidades de aventura. Finalmente optamos por la aridez y las playas del sur pero la premisa de cuidar la aridez de nuestros bolsillos.

Nacho manejó el viejo Peugeot 205 con el que se jactaba de haber desovillado una buena parte de las rutas del interior del país en compañía de Fernanda. Daniela viajó en el asiento trasero manipulando un descomunal mapa que desplegado atravesaba el auto de ventanilla a ventanilla. Juntos integraban el trío más equilibrado que me tocó conocer en mi vida. Por increíble que parezca jamás los vi discutir y, si la pareja de Nacho y Fernanda fuera una mesa, podría verse a Daniela como la tercera pata necesaria para equilibrar el más mínimo desnivel. De todas formas por el bien de los tres y para cambiar un futuro que cada vez se sentía más a gusto con la soledad de Daniela, todos intentábamos colaborar en la búsqueda de una cuarta pata.

Como ellos viajaron con espacio de sobra cargaron además con las carpas y la mayor parte del equipaje, en tanto que con Cecilia nos acomodamos tranquilos en el auto de Santiago y Adriana. La amistad que las unía podía rastrearse en las canchas de deporte de algún club de barrio en los primeros años de adolescencia. Con Santiago nos conocimos en un pasillo del tercer pabellón de Ciudad Universitaria mientras buscábamos nuestros nombres escondidos en los listados de alguna cátedra con la misma pasión que ponía Daniela para encontrar caminos de ripio en el mapa de la Patagonia. En la fiesta de graduación de Santiago conocí a Cecilia y a los demás. Fue casi al año de ése evento que empezamos a planear el viaje.

El camping en el cual decidimos establecernos tenía salida directa a la playa, podíamos dejar los autos junto a las carpas debajo de la arboleda y caminar hasta alguna playita alejada de los balnearios donde se juntaba la mayor parte de los turistas. Así un día supimos de la existencia de la playa de las Piedras Coloradas donde varios años atrás habían diseñado el murallón de contención para frenar las olas. Nos llamó la atención una serie de carteles que anunciaban las rocas artificiales. Se decía que las habían hecho traer de Italia y aunque probablemente esto fuera cierto lo indudable era que formaban parte de otra de esas artimañas políticas con que el gobierno de turno intentó atraer el turismo. Serpenteando sobre la arena, amontonadas unas sobre otras, era sumamente difícil diferenciarlas de las verdaderas piedras del paisaje.

Vimos también los carteles de advertencia sobre las mareas pero al cabo de dos o tres días ya nos habíamos familiarizado con el ritmo del avance y retroceso de las olas.

La primera tarde que estuvimos en las rocas transcurrió con normalidad, llegamos al lugar con la bajamar y cuando emprendimos el regreso el agua recién empezaba a subir. Si bien el fenómeno era bastante previsible en cuanto a sus manías y horarios no dejaba de provocar cierto temor entre las chicas del grupo.

Al día siguiente Nacho convenció a Fernanda y decidimos quedarnos un rato más. En ciertos lugares de la playa habíamos visto un par de simulacros de escaleras talladas en el acantilado que podían servirnos como vía de escape si llegaba a ser necesario. Nos pareció que las rocas que formaban parte del murallón rompeolas eran un buen sitio donde sentarnos a tomar sol y descansar. Estuvimos varias horas perdiendo el tiempo entre mates y chapuzones. Apenas el agua empezó a subir Daniela fue la primera en emprender la retirada hacia el sector más seguro cercano a las escaleras.


Ilustración: Marian

Hacía rato que el sol había perforado la cáscara del horizonte y entre bromas fuimos atrasando la retirada. Los primeros instantes de luna en el cielo nos encontraron aún sobre las rocas y arrojándonos al mar.

—¿Qué les parece si vamos volviendo? —grité a los que estaban en el agua.

—Va quedando poca playa —acotó Fernanda buscando a Nacho que sacaba la cabeza de entre las olas—. ¿Por qué no salís, Nacho? Me está dando miedo.

—No sean cagones, che —gritó Cecilia antes de tirarse de nuevo al agua.

—¿Dónde está Daniela? —preguntó Fernanda mientras comenzaba a guardar los restos de la mateada en su bolso.

—Está llegando a una escalera. Vamos, Cecilia, esto no da para más. La marea está subiendo demasiado, la punta del murallón ya quedó bajo el agua.

—La última vez —gritó Cecilia.

La luna observaba todo desde el cielo mientras empujaba la marea hacia el acantilado. Quizás era esa su forma muda de expulsarnos de nuestro paraíso íntimo. Quizás la marea era la manzana a morder, una manzana que no dejaba de crecer.

Fue un instante antes de que la tarde le terminara de ceder el cetro a la noche. Cecilia trepó una vez más a las rocas. La imagen tuvo algo de visión y mucho de artificial. La vi saltar de una piedra a otra mar adentro, su cuerpo mojado despidiendo destellos bajo la luz de la luna, mis ojos saltando de la figura de Cecilia al disco blanco en el cielo. Resbaló y tras golpear en una saliente con el costado derecho de su cuerpo cayó al agua. La vi hundirse y luego salir a flote con la inercia de alguien que ya no controlaba sus movimientos. Desesperado salté sobre las rocas gritándole a Nacho que estaba en el agua para que se acercara a ayudarla. Fernanda gritaba a mi espalda mientras inútilmente buscábamos el cuerpo en la oscuridad. En un momento la luz de la luna me mostró el rostro de Cecilia inconsciente sobre la cresta de una ola y me tiré. Segundos después salí a la superficie boqueando, mirando hacia uno y otro lado, mientras Nacho se acercaba hacia donde yo me encontraba. La perdí de vista una vez más. Nadé mar adentro alejándome de los demás, volví y grité enloquecido culpando entre llantos a la noche y a la marea.

Cecilia no apareció y la imagen de su rostro sobre el agua iluminado y desdibujado por la luna es el que hoy, después de siete años, estoy perdiendo al salir de mis sueños.


Hoy es mi último día en estas playas y esta frente a mí la última marea. Mañana a las ocho y veinte de la mañana sale el micro que me llevará de nuevo a Buenos Aires. Después de todos estos años puedo decir que conozco los caprichos de la marea, pero no aprendí a llevarme bien con la luna. Nos acostumbramos a miramos poco y con recelo.

Llegué a las rocas más tarde que de costumbre con la noche pesándome sobre los hombros. Esta marea tampoco trajo a Cecilia, apenas este viejo dolor para acunar en mis brazos. Hace instantes apilé mis ropas en un montón dentro de una de las grutas. Ahora sopla un viento cálido que agita la espuma sobre las olas.

Avanzo por el murallón con la respiración agitada, saltando de a ratos en silencio entre las rocas artificiales con la luna tatuándome el pecho. Antes de llegar a la mitad del recorrido ya estoy totalmente empapado por las olas que rompen contra las rocas salpicándome. Sigo avanzando con los brazos abiertos tratando de mantenerme en equilibrio. Dos veces el mar hace que trastabille sobre alguna roca y resbale pero me incorporo para seguir. Cuando llego a lo que parece ser el extremo tengo el agua golpeándome a la altura de las rodillas. Miro hacia el cielo y adelante, en línea recta con el murallón, veo a la luna también con sus brazos abiertos, esperándome.

La luna se desprende del cielo y se deshace en miles de reflejos que se recuestan sobre las olas para acercarse hasta mí.

Sobre ellos me dejo caer.



Hace muy poco, cuando en Axxón 153 apareció "En compañía", en el marco del Especial Mi Propia Muerte, dijimos que Marcelo Di Lisio nació en San Martín en 1968, que está casado, es papá de dos hijos y que el tercero está por nacer... si no nació ya. No hay mucho para agregar, por lo tanto, o sí. La sorpresa de muchos de los que leyeron el relato mencionado es tal vez menor a la que se llevó el propio Marcelo, quien acaba de contraer una deuda con "sus" lectores, deuda que tal vez se incremente luego de "Pleamar".


Axxón 154 - Septiembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Realismo Conjetural: Argentina: Argentino).

            

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