SIMULADOR BIOLÓGICO

Aníbal Gómez de la Fuente

Argentina

I

La mayoría de las veces puedo encontrar un mundo nuevo en cada cosa; cortar la leña, ir a buscar agua, tal vez cazar algún animal pequeño, y, a veces, ir hasta el pueblo a buscar alguna mercadería que no puedo manufacturar por mis propios medios: piedra para afilar las hojas de los cuchillos, papel para escribir algunas cartas, un poco de vino, harina, azúcar, sal.

Encuentro un placer muy particular en esta independencia y, también, cierto grado de felicidad. Sin embargo, en mis pensamientos se manifiesta una preocupación con respecto a mi futuro. A pesar de vivir al día y en el presente, resolviendo todo lo cotidiano, me molesta pensar en la dolorosa realidad que vislumbro: en unos quince o veinte años estaré viejo. Hace ya mucho tiempo que decidí, con toda la fuerza con que puede decidir un hombre, vivir de esta manera.

No soy una persona religiosa. El tema religioso para mí no tiene sentido. Soy incapaz de concebir un ser todopoderoso y creador. Me sorprendo muchas veces con la inconsistencia de las creencias de la gente. La vida tiene significado en sí misma, sin necesidad de predeterminaciones o misiones ocultas.

Junto bastante leña, como para dos días. Pronto tendré que hacer la provisión para el invierno. La nieve a veces no me deja salir de la cabaña y tengo que estar preparado.

Voy al pueblo para canjear mis manufacturas por pequeñas comodidades; pero mi principal objetivo es traer al médico para que revise al tipo que encontré cerca del arroyo.

El gordo continúa durmiendo desde que lo traje y su respiración es cada vez más lenta. Estoy preocupado. Y lo que me preocupa no tiene que ver con algo que cualquiera podría observar a simple vista: su actividad cerebral no se parece a nada que alguna vez haya percibido.

Improvisé un jergón en el comedor de la cabaña y allí lo deposité luego de arrastrarlo hasta la casa con infinita dificultad. No me molesté en limpiarlo y ahora yace sucio, pringado con barro y pasto.

No me agrada la compañía pero la solidaridad en lugares solitarios es obligatoria; algún día, tal vez, necesite ayuda, y el gesto es como pagar por adelantado. Pero más que solidaridad, lo que me impulsa en esta actitud samaritana es la sorprendente configuración de las imágenes que recibo. El tipo está dormido y su actividad cerebral parece cada vez más errática; no, errático no es el término justo. No puedo reconocer los patrones a los que estoy acostumbrado y muchas veces no entiendo absolutamente nada de las imágenes que me llegan. Tampoco es como la rudimentaria actividad cerebral que puedo percibir de los animales, esto es muy distinto. Me doy cuenta de que lo que percibo del gordo es una complejidad desconocida que me fascina y, al mismo tiempo, me intimida.

Necesito que un médico lo vea. De camino al pueblo vuelvo a pensar en hacer la gran obra de ingeniería. La idea consiste en cambiar el curso de un arroyuelo para disponer de una fuente de agua continua. Sí, podría ser más cómodo, pero ir a buscar el agua en los viejos tachos tiene su encanto. Disfruto de la naturaleza virgen, no tocada por la mano del hombre. Esa es mi excusa para no encauzar el arroyo.

Siempre estoy atento al entorno y puedo apreciar cómo mi obra sobresale como un cartel luminoso en un pueblo pobre. El retrete por ejemplo, una pústula entre los árboles, o el lugar para el compus, o mi propia vivienda de madera arrancada al bosque. Al final, todo volverá a su lugar. Los años curarán las heridas al bosque, la casa y el retrete se derrumbarán y pudrirán. Será como si nunca hubiesen existido.

Antes de llegar al poblado siento la tensión en el ambiente, voces con sonidos estridentes, caras preocupadas, pensamientos apurados, idas y venidas. Mi percepción es cada vez más aguda, quizá por permanecer tanto tiempo en soledad. Escucho conversaciones entrecortadas que me pintan el panorama de lo que está sucediendo: esta noche será Año Nuevo.

A pesar de la fecha me acerco hasta la sala de primeros auxilios. Es una casa pequeña que está pintada de blanco con una cruz roja arriba de la puerta. Leo un cartel que dice "entre sin tocar" y empujo la puerta. Siento el típico olor a desinfectante que en casi todas las personas evoca asociaciones relacionadas con algún hecho poco feliz. Yo recuerdo cuando internaron a mi padre y la espera en la sala de la clínica

—Hola, ¿hay alguien? —digo en voz alta.

—Un momento por favor... ya estoy con usted —escucho la voz del médico que me llega desde atrás de una mampara—. ¿Cómo le va, Víctor? —me dice el médico mientras veo que se abrocha la bata—. Hace meses que no lo veo por aquí.

Es cierto. La primera y última vez que estuve con el médico fue para pedirle una inyección para sacrificar a uno de mis perros, hace cinco meses. No tengo armas en la cabaña, y aunque las hubiese tenido, jamás podría dispararle a uno de mis perros. Me sorprende que recuerde mi nombre y ensayo una pequeña búsqueda dentro de su mente.

—Tiene que pasar por mi cabaña —digo—, ayer encontré a un hombre cerca del arroyo. Estoy seguro de que necesita atención médica. Me parece que es grave. No se despertó desde el momento en que lo encontré y respira cada vez en forma más pesada.

—Estoy esperando a que llegue mi reemplazo; hoy no estaré de guardia; me tocó trabajar en Navidad —dice el médico, tratando de esquivar el bulto esbozando una sonrisa falsa.

—Es importante que venga... el tipo parece estar realmente mal —digo mientras continúo "mirando" algunas de sus últimas impresiones. Veo que recuerda mi nombre porque en el pueblo comienzan a imaginar cosas sobre "Víctor, el hombre que vive solo en el bosque". También encuentro la manera de presionarlo: algunos vecinos lo acusan de la muerte de un fulano por haberse demorado en el bar del pueblo—. Si no viene o se demora, podría morir —digo, buscando el tono y las palabras justas.

—Bueno, bueno... en una hora estaré por allí... la casa que está por la picada que baja hacia la izquierda, luego del puente ¿verdad?

—Así es. Lo espero —digo satisfecho por haber dado en el botón adecuado—, pero no se demore.

El camino de vuelta, por primera vez, se me hace un poco largo. Apuro el paso y canturreo para distraerme. Siento una urgencia que me hace caminar más rápido.

Dejo los paquetes en la mesa a un costado de la puerta y voy a ver cómo está el gordo. Parece respirar apenas. Ruego porque el médico llegue rápido. Las emanaciones mentales del gordo son ininteligibles. Podría ser un derrame cerebral, pienso, tratando de explicar los confusos pensamientos que percibo.

El reloj de pared marca las seis de la tarde cuando el médico aporrea la puerta de la cabaña un poco más fuerte de lo normal. Es su manera de manifestar la molestia por tener que visitar al paciente en la víspera.

Lo hago pasar e inmediatamente lo llevo hasta el gordo. Se arrodilla y empieza a examinarlo. Le toca el cuello para buscar el pulso. Saca el aparato para medir la presión arterial y le abre los párpados. El médico parece confuso.

—No parece estar muy bien —dice el médico—, hice bien en venir rápido.

La ansiedad me gana y me permito sondearlo para ver qué opina del paciente: percibo que no comprende qué es lo que le pasa. Decide inyectarle un estimulante para que reaccione.

Prepara la jeringa y toma de una ampolla un líquido de color transparente.

El médico clava la aguja y el gordo reacciona dando un respingo. En unos segundos comienza a tener convulsiones. Nos sorprende poniéndose en pie de un salto y corre hacia la salida. Da con el cuerpo contra la puerta y hace saltar la traba. Corre unos metros más y cae boca abajo.

El médico sale tras él y se arrodilla a su lado.

—¡Mierda! —dice el médico mientras se esfuerza por darlo vuelta—. ¡Mierda! —vuelve a decir, como única reacción, cuando ve que el gordo mueve un brazo en su dirección, ya convertido en filamentos exploradores que entran en su cuerpo. El médico no llega a apartarse antes de que el gordo lo alcance con el extraño apéndice.

Leo una confusa masa de pensamientos fusionados: siente dolor. Su mente trata de aprehender la realidad que se le escapa segundo a segundo. Escucha los ladridos de un perro que se acerca. Se pregunta si alucina. La respuesta llega cuando siente la nariz fría del perro que lo olisquea sonoramente. Reacciona en forma automática cuando el estúpido can muerde su carne. Sus manos rompen el cuello del perro en un violento gesto que me deja atónito.

Tiene que impedir el proceso de absorción a toda costa. Sus células contendrán la información de un humano inadecuado, excesiva para ser asimilada. El esfuerzo lo deja semi inconsciente.

El gordo derrite su cuerpo sobre el del médico, que sin entender lo que pasa trata de despegarse de la piel algo parecido a una miel espesa y urticante. Lo envuelve como si fuese una sábana.

Mi sondeo se hace cada vez más difícil. Esas mentes acopladas se alejan cada vez más de los patrones a los que estoy acostumbrado. Sin embargo, llego a entender parte de lo que está pasando.

ALFA21 tenía un humano en reserva y lo perdió. Esperó demasiado. Su repulsa hacia la asimilación hizo que pospusiera el proceso de absorción. La mala suerte decretó que su humano Tipo 47 muriese en un accidente, y no pudo encontrar otro para reemplazarlo. De todos modos, no sabía si podría soportar una vez más el horror de la asimilación.

Le duele el cerebro con la intensidad de una resaca. Es como un animal enfermo. Se siente débil, su cuerpo se está degradando rápido y se arrastra por el piso. Permanece tendido boca abajo. Siente un agudo dolor al extraer un brazo para palpar el suelo. Piensa: me estoy muriendo. Reconoce entre sus manos la gramilla y un zarcillo agresivo que perfora uno de sus dedos. Su cabeza puesta de lado, con la mejilla apoyada en el pasto, hace que su ojo derecho vea muy de cerca la tierra barrosa.

Así permanecen durante el tiempo que dura el proceso de absorción, sintiendo lo que para un humano serían repetidos orgasmos y la peor de las torturas.

Entre sus últimos estertores recobra el conocimiento. El simulador biológico no experimenta dolor alguno, y tampoco recuerda la asimilación. Toca el sanguinolento amasijo en que se convirtió su cuerpo y se siente desorientado. No recuerda cómo llegó a esa situación. Sus células confundidas rechazan a las del humano semi asimilado, y la degradación del sibio llega a su fin.

Me siento en el piso de madera en la puerta de mi cabaña y miro las estrellas. La inmensidad del firmamento me sugiere, como siempre, mi propia pequeñez. Y como siempre me siento solo. Más solo que nunca.

En el pasto sólo quedan los restos resecos de lo que había sido, hacía unas horas, un humano vivo y un simulador biológico. Un olor acre flota en el aire cercano a la cabaña recordándome a cada instante lo que acaba de pasar.

Luego de ser testigo de esto no puedo permanecer impasible. Infinidad de preguntas sin respuesta se instalan en mi cabeza con fuerza demoledora. A partir de este momento nada volverá a ser de la misma manera.

Sé que tengo que intentar encontrar a otros como el gordo pero me niego a aceptar esa responsabilidad. Sin embargo, esa la única manera de responder a las preguntas que burbujean en mi mente.

Ya no es un asunto que tiene que ver con lo que deseo, sino con lo que debo hacer.


II

Mi situación es similar a la de una computadora cuyos periféricos son de la generación pasada. La lentitud con que se transmite la información a través de la palabra me exaspera de tal forma que a veces tengo que tomarme unos minutos para recuperar la compostura. De la exactitud es preferible ni hablar. La verdad es que termino por acostumbrarme pero, a veces, el recuerdo de la posibilidad postergada hace que me sienta como un inválido.

Conocer los pensamientos de los demás es desagradable. Estar en un lugar y escuchar todas esas voces sonando dentro de mi cabeza es una sensación terrible, agobiante, agotadora. Pero lo peor no es escuchar esa confusión de "sonidos", si sólo fuera eso podría abstraerme, dirigir la atención hacia pensamientos propios; lo peor es la calidad de esos pensamientos: envidias, mezquindades, deseos solapados y mentiras. Sobre todo mentiras. Un desfile de miserias privadas. Recuerdo con nostalgia una época en la que mi habilidad aún no se había transformado en un enorme peso y podía divertirme leyendo los pensamientos de la gente.

Está claro que este conocimiento o habilidad me permite saber mucho sobre los demás, antes de conocerlos y de cruzar palabra. Para los ojos de cualquiera podría parecer una bendición, pero no es así. ¿Cómo podría enamorarme de alguien? De un primer vistazo sé más de una persona que está a mi lado que ella misma, conozco sus secretos y sus deseos me son transparentes.

En mi situación es muy difícil no rendirse a los deseos de manipular a las personas. Casi al instante conozco los botones internos que dispararán angustia, enojo, amor, pasión.

Puedo hacer todo el bien o el mal que deseo. Es cierto. Pero para mí el bien y el mal no tienen sentido. Mi habilidad me permite ver más allá de los hechos, de las manifestaciones de las personas. Saber las motivaciones, conocer todos los detalles que disparan una emoción, me dan el conocimiento verdadero del por qué de los actos. Una dimensión exacta de las intenciones del sujeto que observo. De esta manera sé a ciencia cierta el poco valor de los actos del hombre, lo endeble de su voluntad.

Hago memoria y trato de recordar alguna observación en la que no hayan intervenido las componentes "pasado histórico" y "estado actual", y no recuerdo un solo acto que esté libre de condicionamientos de esa naturaleza. No vi jamás una expresión de la voluntad en su forma pura, una manifestación de lo esencial, lo que me hace dudar de la existencia del ser, de aquello que supuestamente llega con nosotros al momento de nacer. A veces creo que los demás piensan que la libertad es posible porque no ven como yo.

No es necesario que me pregunte qué tiene fulano o mengano para que se fijen en él, o lo desprecien, o lo amen perdidamente: lo sé a la perfección. Cuando alguien viene a contarme algo, lo sé de antemano. Cuando alguien quiere ocultarme algo me lo revela claramente, me lo dice a cada instante.

A veces percibo ideas que me llegan en forma de concepto-sentimiento. Otras veces "escucho" el diálogo interior de una persona, una cantilena aburrida, monótona. También puedo sentir los estímulos físicos que recibe alguna persona a la que le presto mucha atención, pero casi nunca es satisfactorio. Cada una de estas maneras de percibir tiene sus distintos grados de dificultad, pero con el tiempo he llegado a dominarlas a la perfección. Me sería imposible describir la forma en que lo hago, tanto como a cualquiera explicar de qué manera siente que le pica un brazo.

Sólo puedo sorprenderme conmigo mismo. No logro bucear en mi interior como lo hago en el de los demás. Mis propios actos son un misterio y eso me maravilla. Un rico panorama de incertidumbres humanas puebla mi mundo interior. Afortunadamente.

Todo lo que he aprendido de los sibios me fue llegando en retazos; al comienzo, leyendo las mentes de sus víctimas en el momento de la absorción para tomar esa sustancia vital. Luego, aprendí con mucho esfuerzo a entender el extraño orden de sus mentes, paso a paso, lentamente. Cada pedazo de este complejo rompecabezas fue obtenido dolorosamente hasta completar el panorama de una verdad espantosa.

Es difícil leer la mente de los sibios, aún sigo aprendiendo de la observación; es como si hablaran otro idioma. Puedo reconocerlos gracias a su manera de construir los pensamientos. En el momento de la absorción, la mente del humano y la del sibio se mezclan. Puedo leer el conjunto que se fusiona y es en ese momento cuando obtengo más información, hasta que la parte humana desaparece, se apaga, y sólo el complejo mundo de los pensamientos del sibio queda presente.

Los humanos Tipo 47 desarrollan durante su vida, a partir de la química de su organismo, cierta materia sutil que es el alimento fundamental para un sibio. Al mismo tiempo, esta substancia asimilada en exceso les provoca un placer intenso y es responsable de la partenogénesis involuntaria que da origen a otro individuo de la especie.


III

Hay cuarenta y siete Tipos humanos, no más; esta categorización es de los sibios. Nosotros no tenemos la capacidad perceptiva que nos permita diferenciarlos. Los simuladores biológicos evolucionaron con la capacidad de percibir cierta materia sutil que es la que determina el Tipo. Para ellos, es absolutamente necesario poder hacerlo: los humanos Tipo 47 son buscados por todos los sibios desesperadamente.

El simulador biológico 22 de la línea ALFA está en el Fast Food Bar de la estación Retiro. Sin que se le escape detalle, da la impresión de comer con gusto una hamburguesa de carne sintética que parece un cartón corrugado saborizado. El sabor le da lo mismo, no tiene papilas gustativas. Se alimenta de un modo mecánico teniendo como único objetivo mantener el equilibrio energético de su cuerpo. Lo que ingiere debe ser orgánico, pero prefiere las carnes, que puede asimilar con mayor facilidad.

Un grupo de jovencitas capta su atención cuando entran al local. Todas ellas están vestidas con los pantalones de moda, color piel, los que se adhieren al cuerpo. Las chicas, que no tienen más de quince años, piden a la máquina expendedora los BurguerSim que estarán en sus manos en menos de diez segundos, como dicen los afiches digitales. Puede escucharlas claramente desde aquella distancia mientras estima si alguna de ellas es un humano Tipo 47 apto.

Desde el día de su nacimiento, hace 158 años, el sibio ALFA22 tomó sólo tres cuerpos. El proceso le resulta repulsivo y sólo recordarlo le provoca convulsiones; sin embargo, no tiene más remedio que hacerlo para prolongar su vida.

La búsqueda no rinde los frutos que espera: una de las cuatro muchachas es un humano Tipo 47 atrofiado. La mala alimentación y el constante bombardeo de estímulos nocivos aniquiló el desarrollo de esa materia sutil de la que se sirven los sibios para completar sus procesos biológicos, y de esa manera no es posible tomarla. Siente algo parecido a lo que un humano llamaría pena, pero no por la muchacha, sino porque no podrá alimentarse con ella.

Abandona el bar para recorrer la ciudad, como otras tantas veces.

Los afiches de propaganda no llaman su atención, no están preparados para individuos con sus características, de hecho están dirigidos y diseñados para otra raza. Su forma de observar es eficiente; de algún modo puede seleccionar lo que desea ver. Lo que él llama visión panorámica le permite elegir lo que le interesa de una imagen cualquiera a gran velocidad. Esta visión panorámica consiste en mirar sin enfocar la vista en ningún objeto, pudiendo tomar de golpe mayor información.

Camina por la ciudad incansablemente con tres objetivos muy claros: el primero es localizar su alimento, el segundo es encontrar a ALFA1 para aniquilarlo, y el tercero es estudiar y diseñar las armas necesarias para protegerse de otros sibios y cumplir su objetivo segundo.

Sigo a ALFA22 desde hace cuatro años. Es el simulador biológico al que más tiempo le he dedicado. De algún modo es especial.

Durante todos estos años aprendí a seguirlos sin que se den cuenta. Mis capacidades telepáticas me permiten escurrirme de su aguzada percepción. Estoy seguro de que si alguno se diera cuenta de que lo sigo me mataría sin dudarlo un instante. Son extremadamente cuidadosos en su impostura, pues saben el peligro que representaría el hecho de que los humanos conozcan su existencia.

ALFA22 camina incansablemente. No lleva un rumbo fijo; no puedo descubrir patrones en sus recorridas. Pienso que sólo desea contactarse con la mayor cantidad de personas, para aumentar las posibilidades de encontrar un Tipo 47. Por eso, recorre las estaciones de ferrocarril o los aeropuertos, y los lugares donde la concurrencia es más nutrida.

Camina con pasos perfectamente sincronizados y su acompasado movimiento adormece mis sentidos. Lucho contra el cansancio, contra las distracciones, contra la monotonía de su andar, que ponen en peligro el seguimiento; que me ponen en peligro. Estoy atento a cualquier cambio en su actitud pero rara vez pasa algo que llame su atención.

Entra en una casa de antigüedades. El vendedor, un carcamal de barba rojiza, lo mira a través del humo de su cigarrillo, con los ojos vacíos de los viejos vencidos.

—¿Que necesita? —dice el viejo.

—Estaba mirando la vidriera. ¿Tiene otras lámparas que no sean esas? —pregunta ALFA22.

—Solamente las que ve usted por ahí —señala en dirección a la calle, presumiblemente hacia el escaparate desvencijado. El tema de las lámparas es simplemente una excusa para tener unos segundos para estudiar el negocio, y hacer o no la pregunta que le interesa.

—Soy coleccionista de armas antiguas. ¿Tendrá algo que me interese? —dice el sibio.

—La venta de armas es ilegal. Se prohibió hace unos once años —responde el vendedor con tono ofendido.

—Le repito: soy coleccionista de armas. Tengo muy claro lo que se puede o no hacer —le dice al vendedor en un estudiado tono brusco. Si el vendedor tiene algo interesante se lo mostrará en la oscuridad del sótano.

—Tengo algo que tal vez le interese. No es exactamente un arma —el viejo lo mira con los ojos entrecerrados tratando de medir el interés de su cliente—, era un aparato que se vendía hace unos cuarenta años, para defensa personal. Sígame.

El viejo da media vuelta y se introduce en los laberintos de su local seguido por el simulador biológico.

El aparato cuenta con una batería de tamaño reducido que puede descargar sobre un atacante toda su energía. Una persona que reciba la descarga tendría un breve desmayo; esa misma descarga mataría a un sibio: la electricidad les provoca la liberación repentina de la materia sutil que necesitan para vivir.

—La llevo —dice sin preguntar el precio. El viejo le miente con respecto a que una de las compactas baterías de automóvil servirá como sustituto de la inservible que viene con el aparato. El sibio tendrá que procurarse una nueva con las características especificadas en la culata de la empuñadura.

El vendedor hace un paquete y se lo entrega a ALFA22.

El simulador biológico quiere revisar su nuevo juguete y dejarlo en condiciones. Supongo que no saldrá hasta mañana. Lo acompaño a uno de sus refugios; tiene tres en Buenos Aires, uno en Rosario, y uno en Córdoba.

Todos los de su especie nacen con los conocimientos del individuo a partir del cual se biparticionan. En realidad, el organismo originario decide en ese mismo instante los conocimientos que le insuflará al sibio resultante; por su parte éste decide el aspecto que tendrá. Casi todos optan por simular a un humano hembra, porque de esa manera la caza es más fácil.

ALFA22 es una anomalía. El sibio generador de su rama hizo pequeñas pero significativas modificaciones en las características de su linaje. ALFA22 siente repulsión hacia la asimilación y no puede alimentarse normalmente. Sólo puede hacerlo cuando su necesidad está en el límite. El hecho de la asimilación, en lugar de darle placer, de satisfacerlo, le provoca un dolor físico intenso y un desagrado psicológico muy cercano a lo inmanejable. El primero de los sibios que vi morir, aquel que murió en mi cabaña, era también del linaje ALFA. La astucia de ALFA1 consistió en generar a su "prole" con deficiencias de orden físico y psicológico con el objeto de evitar la competencia. De esta manera, ALFA22 es el único sobreviviente que conozco de los sibios "producidos" por ALFA1. Por eso, es tan especial y sus condiciones de existencia son fuera de lo común.

Los condicionamientos de ALFA22, impuestos en el momento de su nacimiento, hacen que sus emanaciones no sean las de un sibio común y corriente. Lo descubrí en una oportunidad en que se cruzó con otro sibio: éste no logró reconocerlo como a uno de su misma especie. Con el tiempo, esta característica se fue haciendo cada vez más marcada.

ALFA1 había pensado muy bien los cambios que le imponía a los descendientes de su línea; de no morir a causa de la falta de alimento, morirían en manos de algún sibio confundido: las emanaciones de ALFA22 son cada vez más parecidas a las de un humano Tipo 47.


IV

Estoy seguro de que si este conocimiento trasciende, los simuladores biológicos desaparecerán: toda la raza humana les daría caza hasta exterminarlos. No me siento capaz de tomar una decisión tan importante yo solo.

Tampoco logro dejar de preguntarme: ¿tengo derecho a eliminar la riqueza y la diversidad de la vida? A veces pienso que dar a conocer la existencia de este predador es lo correcto. Pero el respeto por la vida, sea de la naturaleza que sea, es uno de mis valores más caros y me siento atado de pies y manos. Creo que es necesario que otros tomen estas decisiones. Yo no me siento capaz.

A la vez, siento que traiciono a toda la humanidad permitiendo que sean "pastoreados" por los simuladores biológicos. Desde hace varios años, una enorme culpa toma forma en mi psicología, una culpa que aumenta a medida que transcurre el tiempo.

Estos pensamientos contradictorios no hacen más que contribuir a mi desesperación interior y eso incrementa mi impotencia. Una misma escena se repite en mis sueños infinitas veces: luego de la total exterminación de los sibios una turba viene a lapidarme.

Cada vez que mis pensamientos se encaminan hacia estos temas mi angustia crece, y mis procesos mentales se vuelven torpes y confusos. Me desestabiliza emocionalmente y a veces temo por mi cordura.

Enciendo un cigarrillo. Veo cómo se consume. Aniquila el oxígeno a su alrededor y produce dióxido de carbono. Es bueno para las plantas. La entropía. Todo hacia un menor orden. Todo decae. Las cosas se pudren, se enfrían, se degradan. Será un maleficio de algún creador inescrupuloso y cínico. Cuántas vidas.

Fantaseo con la muerte. Me invita a caer en sus brazos como solución. No soy nada. Nadie es nada. Todos son todo. Los juegos de palabras cobran vida propia detrás de mis pensamientos. ¿Qué decisión será la justa? ¿Cuál es mi destino? En África se mueren de hambre, no llegan a tener uso de razón, dejan este mundo, el mundo, sin darse cuenta de nada, salvo de su propia miseria.

Dios vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, dicen los católicos. ¿A juzgar qué? A juzgar si fulano se murió de hambre, a juzgar si mengano fue atropellado por un colectivo.

Es de noche y salgo a caminar. La puta de la cuadra me invita a pasar un turno. Sigo caminando. No paro. No paro. Me duelen las piernas de andar. Me siento acorralado y me doy cuenta de que no hay salida. El tiempo se me termina.

Se me quema la cabeza de tanto pensar. No puedo parar.

Vuelvo a mi casa, abro las puertas del garaje y salgo con el coche. Tomo la avenida Juan Bautista Alberdi a toda velocidad. Los semáforos están a mi favor. Creo que voy a poder adelantar la onda verde. Ahora voy cortando los semáforos en amarillo. Casi atropello a una persona. Casi choco a un taxi. Llego a la General Paz, tomo en dirección a Acceso Norte. Ciento Treinta. Ciento sesenta. Ciento noventa. Suena el teléfono celular. Una vez. Dos Veces. Diez veces. El sonido me despierta, me saca de mi somnolencia. Por supuesto no atiendo. No me interesa atender ningún llamado. Compré mi boleto para la muerte cuando nací. Es la condición de todo ser vivo. Me rebela, me da bronca y puteo.

Ya estoy en la Panamericana. Tomé la curva demasiado rápido y casi me salgo del camino. El sonido de las ruedas me excita. Otra vez ciento cincuenta. Ciento noventa. El puente de San Martín. El puente Pelliza. Fondo de la Legua. La bifurcación para Tigre. Tomo el ramal hacia Zárate.


V

Los humanos Tipo cuarenta y siete son cada vez menos numerosos, en consecuencia, a cada sibio le cuesta más obtener la sustancia que le permite realizar la partenogénesis que da origen a otro individuo de la especie; de esta manera la población de sibios se mantiene estable. La naturaleza encuentra la manera de estabilizarse, como si estuviera dotada de inteligencia.

Nunca hasta hoy vi a dos sibios interactuando. Jamás se relacionan porque no lo necesitan y, habitualmente, mantienen una prudente distancia. Leí en la mente de alguno el asesinato, pero sólo como último recurso. En general, se respetan los "cotos de caza".

GAMA está siguiendo a ALFA22. ALFA22 se da cuenta y se inquieta, aunque no lo demuestra. Este doble seguimiento me hace imaginar algo absurdo: un tercero observándome, siguiendo mis pasos muy de cerca sin que me de cuenta. Pienso en ello mientras no dejo de prestar atención a los sibios que se acechan.

Sé que GAMA no espera para tomar a un humano. Ni bien tiene uno a tiro, se alimenta. GAMA parece confundir las emanaciones de ALFA22. Lo reconoce como si fuera un Tipo 47 en las condiciones adecuadas para ser tomado inmediatamente.

—Hola. ¿Podemos hablar un momento? —dice GAMA1, que tiene aspecto de humano hembra. ALFA22 se da cuenta de que el otro sibio no lo reconoce.

—Hola —contesta automáticamente; lee en las emanaciones de GAMA1 sus intenciones y entiende lo que está pasando.

Sigue caminando a paso acelerado. En su interior se sobreimprimen avisos de alarma y cierto interés desconocido. GAMA1 lo sigue casi corriendo hasta ponerse a su lado. Está vestido de manera provocativa con una inequívoca intención de seducirlo.

ALFA22 toca el arma en su bolsillo mientras mantiene una charla. En menos de un segundo puede sacarla, destrabar el seguro y matarlo. GAMA1 no tendría tiempo de sorprenderse.

—Es cierto, estoy algo nervioso —miente ALFA22.

—Vamos a uno de esos gabinetes. Allí podremos charlar tranquilos. —Ningún ser humano podría resistirse a la invitación. ALFA22 acepta sin saber bien por qué.

Los gabinetes se alquilan por hora y son prácticos para hacer reuniones de no más de cuatro personas. Algunos los utilizan para hacer sexo, otros para ver DTV, incluso para estar solos un momento, además son baratos y están por todas partes. Los de categoría superior tienen servicios de cafetería y bar, chicas, chicos, en fin, para todos los gustos.

No tienen que caminar mucho hasta llegar a los gabinetes. Compran tickets para cuatro horas.

No los pierdo de vista hasta que entran en uno de los gabinetes. Me aseguro del número que les toca. Tengo que conseguir uno contiguo.

—Deme tickets para el ocho o el seis —le digo al empleado responsable de los gabinetes.

—El ocho está ocupado. No sé si el seis está disponible.

—Quiero el seis —le digo mientras pongo sobre el escritorio un par de tarjetas con créditos.


Ilustración: Chema Lera

—Realmente me compromete —dice el empleado, y sin disimulo toma las tarjetas.

Me hace pasar y me entrega una llave marcada con el número 6. Sin perder un solo segundo entro en el gabinete y cierro la puerta. Me concentro para percibir por detrás de la pared que tengo a mi derecha.

ALFA22 desea matar a GAMA1 con el aparato que le vendió el viejo. No sabe por qué aceptó la invitación de GAMA1 con tanta pasividad. Simula ser un ser humano común y corriente.

GAMA1 se quita el vestido. Se perfilan en la oscuridad unos redondeados pechos que se agitan con una simulada respiración entrecortada. Una luz que le da por detrás muestra el vello de su entrepierna como un intrincado bosque. La visión hubiera dejado sin aliento a un humano; ALFA22 entra en una suerte de ensueño.

ALFA22 acompaña la excitación simulada del otro sibio. Se deja sobar por todos lados. Lo desborda una sensación desconocida que no lo deja salir corriendo como en realidad quiere. Pierde noción de lo que está haciendo.

Cuando vuelve a tomar conciencia se encuentra en un estado de franca excitación. Las piernas abiertas de GAMA1 lo invitan a entrar con cada movimiento. Desea estar dentro de GAMA1; no como el macho humano que va en busca de esos escasos segundos de placer que dejan su cabeza vacía y le dan una falsa impresión de trascendencia, sino como una inequívoca manera de prolongar su vida.

Cuando lo penetra con su miembro simulado percibe en su cuerpo la metamorfosis que se da en el otro sibio, preparándose para la asimilación. Se da cuenta de que el haberlo penetrado supone una ventaja considerable, y pone toda su concentración en el apéndice dentro de su oponente. Desde allí se expande hacia todos lados, como prolongando hilos de sí mismo. Ataca la superficie del cuerpo que tiene en contacto. Percibe la desesperación de GAMA1: ahora sabe que la presa no era tal. Se funden el uno con el otro en un combate de químicas y voluntades que dura unas dos horas.

Todo ha terminado: percibo sólo la conciencia de ALFA22. Pero algo en su interior cambió durante el proceso.

ALFA22 está desorientado pero descubre que posee una energía especial, una vitalidad que horas antes no tenía. Se encuentra renovado, revitalizado, se siente un sibio nuevo.

No puede dejar de preguntarse sobre su condición, en una actitud que parece una costumbre humana adquirida. Reflexiona sobre sus deseos y motivaciones y descubre que ya no es el mismo. Todo el odio que sentía por ALFA1 murió durante el encuentro con GAMA1.

Se acomoda en uno de los sillones y en la soledad del gabinete siente que ya no tiene el deseo de acabar con el responsable de su antiguo dolor. Apoya sobre la mesa el arma con las baterías cargadas que tenía preparada para dar muerte a cualquier sibio que se le acercara. Mira el artefacto como si fuera nuevo, algo extraño que apareció en sus manos. Sabe que ya no necesita ese arma. Piensa en ALFA1 de otra manera, ya no como al generador de su dolor, sino como objeto de deseo.

Piensa que es como un niño humano que no sabe cuáles son sus posibilidades y sus limitaciones. ¿Tendré la capacidad de biparticionar? ¿Necesitaré de las sustancias de otro simulador biológico para poder sobrevivir? No lo sabe. Y yo tampoco.

Comprendo de pronto la importancia de lo que ha sucedido. Comprendo que un nuevo predador está naciendo.



Aníbal Gómez de la Fuente es programador de computadoras, gran jugador de go y tiene predilección por los relatos de gran complejidad psicológica. Pueden leer "Escultor de Cabezas" en el número 100 de Axxón y "Terapias alternativas" en el 143.


Axxón 155 - octubre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Psicobiología: Argentina: Argentino).

            

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