Editorial - Axxón 155

Queremos lo mejor y lo queremos ya
por Eduardo J. Carletti


¿Quién puede creer hoy en un futuro en el que todo será mejor?

No podemos pero, eso sí, queremos.

Hay una gran distancia entre lo que queremos y lo que podemos, más distancia que la que nos separa del borde de este Universo que estamos escudriñando con cada vez mayor profundidad, ahí donde casi todos los días descubren nuevas bestias innominadas.

Queremos, pero no podemos. ¡Cuán poco podemos!

Por qué negarlo, todos quisiéramos creer en un futuro espléndido, en la posibilidad, incluso, de un presente más feliz. Pero la mayoría de las personas en este mundo estamos con las manos más que atadas.

La felicidad, en este mundo que nos ha tocado, con sus crueldades, sus pesadillas cotidianas, los engaños que todo el mundo reverencia y los crímenes que todo el mundo tolera, es tan quimérica como las cosas absurdas que les damos a leer en estas páginas.

Cosas deformes e increíbles que están más allá de nuestro alcance, bordeando la irrealidad.

¿Qué bordea hoy la irrealidad?...

...La realidad, aunque suene paradójico.

¿Qué es hoy deforme e increíble?...

...La realidad es deforme (aunque no increíble, por desgracia).

El mundo de hoy es deforme. Nada más irreal —cuando lo percibimos— que la realidad que nos pretenden construir con la atmósfera de constante mentira que se ha impuesto en este mundo. Los gobernantes poderosos son unos genios de la falsedad que discursean más fantasía que la que hayamos leído en todas nuestras vidas sumadas.

De darnos de comer, ni hablar, pero eso sí, nunca nos falta la ración de horror de cada día.

Huestes de esta Tierra, dejemos de creer en esas fantasías. Construyamos otras, aunque sea difícil. Sí, se requiere mucha imaginación para creer en un futuro cualquiera, y mucha locura para creer en un futuro feliz.

En medio de esta catástrofe, debemos imaginar. Se impone imaginar. Nunca tuvimos más responsabilidad que ahora en imaginar esos mundos que deseamos pero no podemos.

¿Qué vamos a imaginar, sino? ¿Epidemias que matarían a 150 millones de personas? ¿Catástrofes lunares? ¿Impactos cósmicos que nos dejarán abrasados o congelados en segundos? ¿Un mundo injusto para pocos? ¿Una guerra global a causa de la extinción y apropiación indebida de los recursos?

¿Hace falta imaginar eso? Vamos... si se describe todos los días en ensayos, anuncios y editoriales.

¡Dejen de pensar en la destrucción de la Luna! Pensemos en construir.

¿Por qué no dejamos de hurgar heridas e imaginamos la forma de lograr mundos distintos?

A lo mejor logramos que estas quimeras locas y fantasiosas sean leídas por quienes deban construir la realidad dentro de un tiempo —nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros nietos—, y quizás les inspiremos ideas, como otros inspiraron en nosotros ideas tan buenas como la de los satélites geoestacionarios, los teléfonos portátiles y —bueno, dentro de un tiempo, si los muchachos que gobiernan no logran hacer volar el planeta en pedazos— el ascensor espacial.

La pregunta es: ¿qué se puede hacer para no quedar atado a un idealismo estúpido? Tal vez poco, pero no se puede descartar el efecto multiplicador de cualquier acto. Pequeñas cosas sembradas en terreno propicio... y a veces no tan propicio, fructifican. Los cactus del desierto y los líquenes que se aferran a la piedra son un buen ejemplo.

Existe una organización que realiza una campaña tan sencilla como utópica y sorprendente: insta a dejar libros en lugares públicos, en plazas y autobuses y trenes y bares. En la primera página del libro debe escribirse una dedicatoria al anónimo lector que lo recibirá, sugiriéndole hacer lo mismo y agregar su propio aporte. El mecanismo multiplicador en acción. Ofrecer un libro a un lector desconocido es un voto por la transgresión del pensamiento, un corte al nudo gordiano de la ignorancia. Ya sabemos que muchos de esos libros irán a parar a una biblioteca privada, pero otros no. Algunos recogerán la consigna y apostarán a otra actitud, a una posibilidad distinta. Un mecanismo original puede ponerse en marcha.

A su manera, Axxón también es un libro que se deja en el banco de una plaza o en el asiento de un transporte público. El modo electrónico de permanecer encendido como un faro supone proliferación de ideas, sugerencia de creatividad, ánimo de indagación. Si hay algo que ya aprendimos es que no lograremos nada chocando frontalmente contra ellos, contra los poderosos que sólo están interesados en sí mismos. Pero empezamos a vislumbrar que existen alternativas. La palabra escrita fue el grano infectado de todos los sistemas. Quemaron a Giordano Bruno y obligaron a retractarse a Galileo. ¿Alguien conoce el nombre de los verdugos y torturadores?

Eduardo J. Carletti, 1o de octubre de 2005
ecarletti@axxon.com.ar


            

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