HIPERCONSCIENTE

Andrés Diplotti

Argentina

Estalló un sonido crudo, como de algo que se rasga, y el cuero mordió la carne. Él, desplomado sobre la camilla, no se movió. Apenas pareció apercibirse de las personas que daban vueltas a su alrededor, ajustando las correas que le irritaban la piel de las muñecas.

La camilla estaba acolchada, y acolchadas estaban sus sensaciones. Tan distinto era aquello de la plancha. La plancha era dura, fría y nítida.

Las oyó hablar en medio de la niebla farmacológica. ¿Qué decían? ¿"Cuenta", le decían? No, eso había sido antes, mucho antes. Había sido sobre aquella plancha que le aplanaba la espalda, con aquellos fármacos que lo liberaban de ataduras más restrictivas que esas correas de cuero.

"Cuenta", le dijeron aquella vez. "Hasta diez". Era la rutina. Se removió sobre la plancha de acero, cerró los ojos y contó: "Uno, dos, tres..." . Al llegar al diez la plancha ya no estaba. No recordaba en qué número se había producido la transición.

Quiso volver a abrir los ojos, pero ya no tenía ojos. Y sin embargo, sabía donde estaba. Era una esfera. Una esfera vacía y oscura, de radio inconmensurable; y él estaba en el centro.

No, no estaba en el centro: era el centro. Era un punto, una entidad abstracta sin dimensión, equidistante de todos los sitios de la esfera. Si es que había esfera; si es que distancia y superficie no eran ilusiones creadas por su cerebro para no enfrentarse al infinito angustiante, inasible. Entonces cayó en la cuenta de que en un punto sin dimensión ni siquiera cabe un cerebro.

"Esto debe ser no existir", pensó sin darse cuenta que en ese mismo acto se contradecía.

Lo que vio a continuación no lo habría podido ver con ojos. Sobre el fondo oscuro comenzaron a destellar y a multiplicarse incontables manchas de luz. Las percibía a todas a la vez, como si tuviera un campo visual de trescientos sesenta grados; pero enseguida supo que aquí los grados no tenían más sentido que los centímetros o los parsecs.

Cada una de las diminutas máculas destellaba en todos los colores, desde el rojo al violeta; pero éstos, en vez de superponerse para componer el teórico blanco, parecían coexistir sin interferirse en el mismo punto ínfimo. Había otros colores tan extraños que escapaban al ámbito de la luz e invadían el del sonido y las sensaciones táctiles; o por lo menos así lo percibió él. Buscó, pero no pudo encontrar dos destellos que presentaran el mismo diseño en la distribución de sus tonos.

Eligió uno cualquiera y hacia allí dirigió las intenciones de su ser irreal. En el no-tiempo que tardó en alcanzarlo, pensó que todo era mucho más claro que en las veces anteriores. "Cuenta hacia atrás a partir de cien", le habían dicho en la primera ocasión mientras inhalaba desflurano. Claro que no terminó la cuenta; pero lo que debía ser la breve inconsciencia de una apendicectomía se transformó en algo mucho más interesante. Mucho más trascendente. Así fue como lo identificaron y lo incorporaron al programa.

La estrella multicolor estaba rodeada de siete anillos oblongos. No, no eran anillos: se concentró en un solo punto de uno de ellos y, con un gesto de su voluntad lejanamente emparentado con el acto de cerrar un ojo para ver algo cercano, pudo apreciarlo en sólo tres dimensiones.

Era una bola. Un planeta. Desde las capas superiores de la atmósfera hasta las profundidades del núcleo apreció diferentes matices, vibraciones, estremecimientos, escalas tonales. Intuyó que a cada uno de ellos debía de corresponderle un nombre como ozono, potasio, sólido o caliente; pero aún no era capaz de establecer las correspondencias.

Advirtió las crestas de un mar embravecido, congeladas en el instante que su mirada atravesaba. Con un simple ejercicio volitivo podía verlas avanzar o retroceder en su movimiento sinuoso; también podía ampliar su percepción y distinguir de un solo vistazo todas sus evoluciones. Igual que antes había visto al planeta en el anillo de la órbita, como si observara superpuestos los fotogramas de una película.

Enfocando más su atención, llegó a distinguir las partículas primordiales suspendidas en los intersticios del tiempo y el espacio. Tras efectuar lo que podría considerarse el equivalente supradimensional de un parpadeo, cambió la perspectiva y vio los potenciales que empujaban esas partículas por el entramado de las probabilidades. Parecían hilos, brillantes hilos de plata de delgadez inconcebible. En una dirección se bifurcaban y multiplicaban hasta el infinito, tejiendo una red inabarcable. En la otra tendían a converger hacia un único punto increíblemente remoto, pero no del todo inaccesible.

"¿Qué pasaría si...?", comenzó a preguntarse, y se detuvo con un sobresalto. Una de las hebras de potencial, aquélla en la que azarosamente se había detenido, acababa de moverse como si respondiera al pensamiento.

El susto le hizo abrir los ojos. La dureza y el frío de la plancha metálica le hicieron saber que volvía a tener espalda.

—¿Qué viste? —lo apremió alguien.

No habló de inmediato. Cuando lo hizo no fue para responder, sino para preguntar cuánto tiempo había pasado.

—Unos diez minutos.

No parecían haber sido diez minutos. En realidad, no parecían haber sido diez segundos ni diez siglos: podía evocar el orden exacto de los acontecimientos, pero los recordaba como si todos hubieran tenido lugar en un solo instante comprimido.

Se sacó la mascarilla y se sentó en el borde de la plancha. A medida que los científicos, técnicos y observadores se congregaban a su alrededor para oírlo, comenzó a relatar lo que había experimentado. Lo refirió todo con calma y de la mejor manera en que las palabras podían transmitir aquellas sensaciones, tan alejadas de la cotidianidad de la mente y los sentidos.


Ilustración: Bárbara Din

—Yo...

—¿Sí?

Quería decir "yo toqué algo", pero no lo hizo. A fin de cuentas sólo había modificado una línea de potencial, apenas una en todo el universo.

—Yo... la pasé bien.

Los presentes estallaron en un aplauso. El Programa de Hiperconciencia marchaba por los carriles del éxito; en no mucho tiempo las exploraciones lentas y costosas del cosmos, privativas de las grandes potencias económicas, serían algo del pasado. Todos los secretos del universo se develarían a los ojos de la Humanidad entera, sin restricciones de espacio ni de tiempo.

Espacio y tiempo. Materia y energía. Él había explorado sus variaciones y sus permutaciones. Había leído las letras con las que está escrito el cosmos. Desde aquella plancha había conocido el infinito; en esta camilla no podía moverse. No le interesaba moverse. Las moléculas extrañas que nadaban en su sangre lo mantenían sereno día y noche. Todo por una hebra. Una sola hebra.

El Programa de Hiperconciencia ya no existía. "Psicosis", dijeron. Clausuraron todo y pusieron a los demás dotados bajo observación. Los demás dotados volvieron a sus hogares; él no. Los médicos intentaron toda la farmacopea, los psicólogos agotaron el repertorio de enfoques. Pero nunca lograron que, mientras estuviera lúcido, dejara de aullar que él había puesto a la Luna Menor en el cielo.



Hablar de Andrés Diplotti en Axxón es como hablar del Big Ben en Londres... Así que no vamos a repetirnos y nos limitaremos a decir que acaban de asistir a la transformación de un ejercicio de taller en un cuento rico y complejo. Pero para los que no están demasiado familiarizados con la narrativa de Andrés, van algunas sugerencias: lean "Bumper Sticker y la princesa emplumada" (Axxón 154) o cualquiera de las entregas de Anacrónicas, empezando por la primera, claro. Sospecharán que hay más de un Diplotti. Estarán equivocados: Diplotti es único.


Axxón 156 - noviembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Argentina: Argentino).

            

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