EL LIBRO DE COCINA DE LOS MUERTOS

(Confesiones irredentas de un preso ante su última cena)

Alfredo Álamo

España

Escribo estas notas desde mi celda, en el monasterio de Santo Espíritu, antes de que los frailes vengan para llevarme ante el cadalso. Les he visto prepararlo en el patio desde el pequeño ventanuco que airea la estancia donde, por mandato de un tribunal eclesiástico al que no reconozco, me encerraron en espera de mi ejecución.

Pese a ser esta la última cena que me ofrecen, dista mucho de ser sabrosa. Hogaza de pan, vino y un trozo de carne salada. El joven Ferrán, recién incorporado al monasterio, trajo los platos en un evidente estado de nervios. Qué poco sabría él de muertes y ahorcamientos en los monasterios. Su bisoñez me excitaba de tal forma que le hubiese lanzado un buen bocado en la mano; lástima que el bozal de cuero que me habían apretado contra la boca sólo me dejara comer a pequeñas migajas.

Mientras degustaba lentamente aquellas viandas, el abad descorrió los cerrojos de la puerta. Era un hombre anciano al que le gustaba mostrarse severo, cuando los dos sabíamos que su juventud arrastraba pecados que no se lavarían ni con un lago de agua bendita.

—Conde —me dijo, llamándome por mi título—, disfrutad de vuestra cena, ya que mañana os reuniréis con Dios para ser juzgado.

Reí un poco detrás del bozal.

—Creo, Andréu, que me reuniré con el demonio en su propia casa. Pienso saltarme intermediarios que no pueden traerme sino aburrimiento.

Se puso rojo de la ira, me encanta sacarlo de sus casillas.

—Pese a tus palabras —dijo, controlando su carácter—, estoy en la obligación de ofrecerte confesión. ¿Deseas liberar tu alma de los pecados que la atormentan?

— ¿Y eres tú quién va a confesarme? —le espeté— No reconozco ni tu autoridad ni tu fe, a no ser que no sea esa creencia en el diablo que os atenaza cada madrugada en vuestros rezos infantiles. Tráeme papel y pluma, deja que sea yo mi propio confesor. Que Dios todopoderoso me juzgue y me condene, pero tú no tienes nada que hacer en el proceso.

La ira volvió a su rostro, se agarró al hábito como a un escudo y salió de la celda con paso apresurado. Utilicé mi mejor carcajada para despedirlo. Aún así, más tarde, trajeron a mi celda útiles para la escritura, herramientas que utilizo en este momento para glosar mis pecados, firmar mi confesión y no arrepentirme en absoluto de mis actos.

Ante todo, qué descortés por mi parte, no me he presentado. Vicente Borgia, Conde de la Vall de Bona. Dicen algunos biógrafos que mi familia es de Papas y nobles, otros que de demonios y herejes. Dejemos entonces las discrepancias a un lado, pues mi familia, de todas formas, no es el tema a tratar aquí. Baste decir que poseía unas pequeñas tierras y una buena renta, que mis padres estaban muertos y mis hermanos lejos. Siendo yo joven, apuesto y libre, pues libre es la natural condición del hombre, aprendí con rapidez las virtudes de la vida fácil y alegre.

Qué puedo decir; pues dada mi condición de noble y señor ejercía ciertos derechos, que algunos desinformados rufianes calificaban de malos usos, sobre campesinas e hijas de mercaderes que habitaban mis dominios. Nada inusual, he de confesar, pese a que los doctores que mi padre había dejado para mi guía e instrucción clamaran al cielo y maldijeran mis costumbres disolutas. Nunca en el castillo hubo menos de diez mujeres, y ninguna de ellas quedó insatisfecha ya fuera en trato, amabilidad o caricias. Aquí afirmo, sin género de dudas, que pequé de acción, omisión y pensamiento. Atenté contra los sagrados mandamientos, lo reconozco, pero nunca con intención de ofender al Señor. ¿No eran las hijas de Dios las que a mí venían? Durante los fríos inviernos, ¿no las acogía en mi seno? ¿no las alimentaba y concedía caprichos que aumentaban su felicidad y la mía? Pues a la iglesia, madre y santa, no pareció convencerle mi discurso. Fui llamado a consultas, reprochado y reprendido. Ni que decir tiene que prometí enmienda y que pagué varias bulas. Aún así, a mi vuelta, encontré el castillo vacío de mujeres y lleno de sombras.

Como era costumbre entre los jóvenes de mi época, caí sumido en la melancolía. Arrastraba mi figura por los pasillos de piedra y frecuentaba los jardines, languideciendo entre árboles frutales. Estaba aburrido, mortalmente aburrido. Pese a ocasionales escarceos con antiguas amantes, no lograba mantener la ilusión o la alegría en mi corazón más que por fugaces instantes.

Una tarde, mientras frecuentaba los jardines de nuevo en busca de alguna respuesta, vi a la mujer que iba a encauzar mi vida lejos de las convenciones del resto de los hombres. Vestía ropas de campesina, sucias y ajadas por el tiempo, y su rostro, marcado por el sol, lucía una sonrisa cautivadora y maligna. Venía del río, llevaba bajo el brazo la colada recién lavada. Estaba sudorosa y sus pechos subían y bajaban a gran velocidad, debido todavía al esfuerzo de apalear la ropa. Me miró de forma socarrona y se secó el sudor de la frente con el brazo. Estaba excitado y ella seguía mirándome.

— ¿Qué os pasa, mi señor? —dijo desafiante— ¿ya no os quedan fuerzas para una jovencita como yo?

Era arrogante y valiente, osada como ninguna mujer que conociera. Ni que decir tiene que la tomé allí mismo, en el jardín. Sin embargo, fui yo el que se sintió poseído y dominado por una sensación que jamás había sentido hasta el momento. Todavía abrazados, sobre un lecho de azahar, ella dijo las palabras que cambiaron mi vida.

—Muérdeme —susurró acercando su mano a mi boca.

Ahora pienso la facilidad con la que obedecí y si no fue aquella aparición un verdadero súcubo enviado por Satán para tentarme o mandado por Dios para probarme. De cualquier forma, mordí su mano; primero con ligereza, como un pequeño juego. Luego con ansia, con fuerza, con la rabia propia de los animales. Engullí la deliciosa carne de aquella mano rasposa y curtida, bebí su sangre con el mismo placer con el que me deleitaba en las mejores bodegas. Y ella no paraba de gemir con placer, así que, hundiéndome en el profundo deleite de la inconsciencia, me abandoné al instinto que ella marcaba.

Desperté vestido de su vida, roja como la luna cuando sopla poniente, bajo las estrellas de un cielo lejano. La cabeza me daba vueltas, sumida en las postrimerías del frenesí más absoluto. Reparé entonces en el cuerpo al que abrazaba, mutilado y destrozado. Pero no sentí repulsa o reparo, sólo agradecimiento. Caminé hasta el castillo de manera errática, saboreando los restos de aquella revelación.

Dediqué los días siguientes a meditar sobre aquella epifanía. Recordé las palabras del carpintero, "ésta es mi carne y mi sangre". Pero él era el hijo de un Dios, ¿acaso la comunión entre mortales podía ser diferente? Puede que estuviese oculta y prohibida durante siglos pero, y de eso no tenía dudas, yo había sido el elegido para resucitar aquella sagrada forma. La forma de la carne.

Arrendé mis tierras y junté un buen montón de oro. La palabra necesitaba ser divulgada por el mundo de los hombres. Crucé mis tierras visitando a antiguas damas con las que compartí el sacramento, despertando, como no podía ser de otra forma, cierto revuelo entre las familias y los sacerdotes. Descubrí entonces que la comunión era un acto demasiado real para los legos y los no creyentes. Fuera esta ceremonia de Dios o del Diablo, era necesaria cierta mesura para que no desapareciera de nuevo. Entonces junté a mis hermanos de sangre.


Ilustración: Duende

Éramos pocos al principio, hombres y mujeres jóvenes, que compartíamos cada noche el sacramento, mordiéndonos poco a poco en los brazos, los muslos, el pecho... marcas de amor fraterno que conducían a lujurias que cualquiera ajeno a los misterios de la carne no puede entender.

Atravesamos tierras de hombres, visitamos ciudades donde fuimos perseguidos, descansamos en viejos castillos abandonados. Por nuestro aspecto éramos confundidos con cátaros y otros herejes, de ahí ciertas leyendas sobre reuniones en las que niños pequeños eran devorados por sus madres. ¿Podía existir mayor amor que aquel?

Al cabo de los años nuestro número aumentó hasta tal punto que decidí volver a mis tierras. Desalojé a los arrendatarios y mi nueva familia ocupó las tierras que dejaron atrás. Crecimos. Adoptamos a nuevos creyentes y cada noche participábamos del sacramento.

Sin embargo, pronto llegó a oídos de la iglesia nuestra heterodoxia, nuestra herejía y, finalmente, nuestro ritual. Las voces de los obispos tronaron en sus iglesias, las cartas cruzaron países para llegar hasta el Papa. La firma del señor de San Pedro rubricó una bula de cruzada y pronto mis vecinos, con los que de niño compartí juegos y enseñanzas, reunieron sus mesnadas.

Resistimos en el castillo de mis padres hasta el final, la última noche comulgamos con todos los niños y las mujeres. Cuando ocuparon la plaza, pasaron a cuchillo a los que todavía respiraban. Menos a mí. Yo tenía que dar ejemplo, arrepentirme y dejar que el viento se llevara los ecos de mi herejía.

Resultó de aquello un juicio, pantomima de arlequines, en la que fui conminado a someterme al señor todopoderoso. Les increpé y escupí, pues ¿qué sabrían de Dios o el Diablo doctores tan alejados del sacramento? Incluso intenté comulgar con mi carne en su presencia, pero los guardias me lo impidieron. Luego me colocaron el ridículo bozal que todavía llevo.

Su justicia fue rápida, como siempre. Sería colgado del cuello hasta morir y luego mi cuerpo sería entregado a las bestias para que lo devoraran. Creían así menospreciar mis creencias. No me importó y de nuevo me negué a arrepentirme de mis actos.

Di con mis huesos aquí, en un monasterio cercano al lugar donde nací, a la espera de que los hermanos legos construyeran la horca que me llevaría al infierno. La luz clarea en el ventanuco, indicándome que llega el amanecer. Pronto resonaran los rezos de los frailes en maitines por última vez para mí.

Dejo constancia entonces de mi historia, de mis pecados y del secreto de la carne. Que no se olvide nunca la libertad y el amor, que se comparta siempre la sangre. Así como compartimos nuestras vidas con los hermanos, su sangre fue nuestra y nuestra su carne joven.

Cuando estire el cáñamo mi cuello y se nuble la visión, se que ella vendrá a buscarme. Y juntos, nos devoraremos el alma.



Ya lo estábamos extrañando a Alfredo Álamo... En los últimos números sólo le publicamos la ficción breve "Cassandra y el arquitecto" (152). Pero no está de más repasar que antes de eso fueron "Vivir del cuento" (148), "Vuelta al hogar" (145), "Deseos" (143), "Átomo Jack y el mercader de sueños" (138), "Dios del ácido" e "In vino Veritas" (135) y "De nuevo, el principio" (133). Por otra parte, este valenciano que acaba de cumplir 30 años, también gana premios de poesía (como lo demuestra su reciente Ignotus).


Axxón 156 - noviembre de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: España: Español).

            

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