HORIZONTE REFLEJO

Laura Nuñez

Argentina

I

Una ciudad en trazos de neón y reflejos sobre el vidrio, bajo una aurora boreal en blanco y negro y grisdesaliento que sólo alguien como Sonia puede percibir: la noche enciende las luces de los edificios y Buenos Aires se materializa tras la ventana.

Un millón de sensaciones reverberan en su mente, resuenan en su interior. Intenta calmarse pero le es imposible. Se sienta en el sillón, agitada. Demasiados hilos de pensamiento se entrecruzan, tejiendo eventos del día, frases dichas en la semana, sentimientos y contradicciones. Y por sobre todo eso los recuerdos; voces y miradas. Palabras escritas en el aire nocturno que Sonia no puede dejar de escuchar.

Sale al balcón a respirar. La noche la sacude: el contacto frío del viento sobre su piel deshace la aurora boreal que enmarca la ciudad y la deja a solas con sus sentimientos.

Entra al departamento a buscar su mochila. Guarda en ella algunas cosas: un libro de poemas, un cuaderno con notas de trabajo y los audinacs de Andrea. Usualmente le incomoda ver a los pluggers usando audinacs en público, la mirada y el cuerpo perdidos en una danza privada. Sinestesia retroalimentada sobre el canal auditivo. Pero esta noche no planea que nadie la vea. Irá al lago a sentir la música de la noche y a estar a solas. A olvidar algunos fantasmas, al menos por un rato.

La gente que pasa a su lado en la calle se transforma en un borrón desdibujado. Lo único real son las sensaciones que le llegan. Camina en una corriente empática de dudagris, miedoamarillo, amorvioleta, azuldevoción, mentiracelestehielocomolaniebla. Unos pasos mas allá algo cambia; la aturde la claridad con la que se dibujan las caras, los perfiles, las manos; la presencia física de los que intercambian miradas con ella. Encuentra el reflejo de su figura en los ojos ajenos: su propia tez aindiada, sus ojos negros y su andar seguro. Desea haber salido del departamento con los audinacs puestos para poder sentir la música de las miradas en esos rostros, del aire sobre su cara y sus brazos al caminar. Apura sus pasos para ocultar sus emociones, caminando rápido como si llegara tarde a alguna reunión.


Deja atrás la avenida y sus luces. Una de las rejas secundarias está sin candado; oxidada de años, cruje al abrirse. El lago está tan sereno como la noche y no hay viento. Desde el otro lado de la arboleda, llega amortiguado el sonido de los autos que pasan por la avenida. Saca los audinacs y revisa los parámetros en la pantalla fosforescente. La luz da un brillo fantasmal a sus manos. Recostada sobre el pasto, usando la mochila como almohada, pierde su mirada en las estrellas. Tantas estrellas allá afuera y adentro tanto vacío. A pesar de la caminata, tiene aún los brazos erizados y la piel fría. Se coloca el head set, los auriculares cubriendo los oídos y el plug en el zócalo de la nuca. Mira a su alrededor para comprobar que no haya nadie en las cercanías. Juega un momento con el control remoto y lo prende en la intensidad más baja, con un tema viejo que suele usar para los ejercicios de relajación.

Mientras mira los árboles en la orilla opuesta del lago se encuentra nuevamente con la vieja pregunta. Hay algo en su vida que no está funcionando. Quizás fuera lo de siempre, la necesidad de alguien con quien hablar al volver a casa: amigos, amantes... Sonríe, y un reflejo profesional le advierte que su Semana Anual de Planteo Existencial ha llegado, coincidiendo —no casualmente— con las vísperas de su cumpleaños. Piensa en su hermana trabajando en España y el océano se convierte en un abismo largo y vacío. Tres años sin verla. ¿Cuánto hacía que no hablaba con Gabriela? A ninguna de las dos le hubiera costado demasiado tomar un par de semanas para visitarse. Pero el problema no era de tiempos, se recuerda a sí misma.

El problema son los espejos. Las monedas de dos caras iguales y opuestas. El exilio obligado, para ver si en el internado les podían enseñar cómo ser normales. Así se los había explicado el padre de ambas cuando eran niñas, las contadas ocasiones en las que las visitaba. A veces se preguntaba cómo había podido superar su niñez sintiendo —y compartiendo empáticamente— la repulsión de su padre cada vez que las veía. Sus monstruitos, las llamaba, supuestamente con cariño. Sabe que si los recuerdos salen del cauce ordenado en que los mantiene, le costará detenerlos. Las memorias de esos tiempos son demasiado intensas, así que prefiere concentrarse en la secuencia y encauzar los movimientos de la música para equilibrar un poco su dolor.

La locura era el refugio de los casos fallidos, los inadaptados. El índice de suicidios era alto entre las mutaciones. En uno u otro momento, Sonia se había acercado a ambas alternativas, burbujas luminosas en las que sumergirse para encontrar la paz. En casos como el suyo, una desalentadora minoría, la adaptación se daba integrándose a la humanidad normal, renunciando a las posibilidades que las mutaciones prometían. Algunos anulaban sus habilidades gracias a las drogas supresoras.

Voidexamina, Irenex, Helintralina, Eiraxin, Tacitaserum. Una extensa lista de fármacos, con nombres confiables y bucólicos. Publicitados continuamente en los medios, un martilleo incesante. Recordaba un comercial donde la mutación era representada con velos infernales, que se iban plegando a medida que el paciente evolucionaba. Liberado de su infierno personal, finalmente llegaba a un campo abierto donde el grupo de sonrientes científicos de turno le daban la bienvenida a la raza humana.

El martilleo de la mayoría normal caía, una y otra vez, sobre las mutaciones: manotazos de ahogado intentando silenciar la evolución. «Detenernos, controlarnos», piensa con rabia amarga.

Paranoia, la diosa protectora que resguardaba a las mutaciones desde su infancia. Pero la suya era una protección que también se pagaba caro.

Quizás había podido mantener su estabilidad mental gracias a la separación. A que se había ido lejos de su padre y de todo ese odio contenido e inconsciente que era tan visible como su propia mano, abierta allí frente a su cara, delineada contra el cielo nocturno y las estrellas que las luces de la ciudad no alcanzaban a ocultar. Cierra los puños y observa la contracción de los músculos en su brazo. Abre sus manos. ¿Qué hacer?

Las estrellas no tienen una respuesta a su pregunta. No esta noche, al menos.


Los autos sobre la avenida recortan con sus faros la silueta de una mujer moviéndose en la orilla del lago. Instantáneas que la luz revela sobre un fondo de sombras, una tras otra, fragmentando el momento. La mujer gira componiendo los movimientos fluidos de algún antiguo arte marcial. Cada fotografía detiene el tiempo. Extiende los brazos, inclinada hacia adelante. Más luces. Gira y sus piernas parecen ser parte de la tierra. Faro. Luz. Sombras que se estiran en un intervalo cada vez más amplio. La mujer está sentada, mirando el lago.


II

Antes de salir para la oficina, llamó a Gabriela por teléfono. Las últimas noticias que tenía de su hermana eran que estaba viviendo en Barcelona con una amiga. Marcó el número y esperó. Se escuchó el mensaje del contestador, la voz de una española. Y el ruido de alguien que levantaba el auricular del teléfono.

—¡Sonia! —Las dos sabían siempre quién estaba del otro lado del teléfono. Gabriela nunca lo ocultaba.

—Sí, Gabu, ¿qué tal?

—Bien, Sonny, ¡qué ganas de hablarte que tenía! Ayer estuve pensando en vos todo el día, me alegra que hayas llamado. ¿Cómo estás?

—Bien, con mucho laburo. —Cómo explicarle, cómo pedirle: «Gabu, vení, por favor.» Pero las palabras no salen, se quedan atrapadas en su garganta.

—La semana que viene ya es tu cumpleaños ¿no?

—Sí, es el jueves. ¿En qué andás ahora?

—Estoy dando clases acá en la universidad, algo de medios visuales. Che, Sonny —se escuchó una pausa—, ¡qué lindo decir che! ¡Cuánto hacía!

Sonia sonrió. Siempre era tan fácil hablar con Gabriela, pero nunca lo recordaba hasta que la llamaba.

—Che, Sonny, me pedí unos días en la Uni, así que voy a estar allá para tu cumpleaños... ¿Vas a hacer algo?

—Este... no tenía nada pensado —dudó, no sabía cómo explicarle a Gabriela lo que le estaba pasando—. La verdad es que últimamente no ando muy bien.

—¡Qué raro, vos! Si no, por lo menos, salimos las dos a algún lado... ¿me puedo quedar en tu casa?

—Claro, no hay problema. Me va a venir bien que nos veamos.

Gabriela iba a hacer un viaje de quince horas para verla y lo único que se le ocurría decir era eso: "Me va a venir bien." Descargó toda esa frustración contenida en una patada contra el zócalo de la pared. La sobresaltó el ruido seco del golpe.

—No te preocupes, Sonny, cuando esté allá hablamos... Te llamo el lunes para avisarte a qué hora llego. Creo que todavía tengo la llave por algún lado, si no la encuentro te llamo, ¿okey?

—Sí, bueno. Veo si puedo pedir unos días yo también, así tenemos más tiempo. Medio difícil, porque estamos cerrando el modelo nuevo. Pero voy a tratar.

—Tratá, dale. Ahora no gastés más teléfono. Te llamo el lunes, petisa, un besote.

—Chau, chau. Un beso, cuidate.

Apenas colgó se sintió mejor.


Al llegar a la oficina la esperaba un mensaje de Andrea en el teléfono, invitándola a almorzar. Esteban la distrajo enseguida, con algunas consultas sobre los parámetros del nuevo prototipo. Después empezó a preparar el set de pruebas y a coordinar las entrevistas con algunos de los voluntarios para el laboratorio. Cuando Esteban la interrumpió para pasarle una llamada, había perdido el sentido del tiempo en la vorágine de la mañana. Dejó sobre el escritorio los papeles que estaba revisando.

—Para vos, Sonia —Puso en espera la llamada, pero continuó en voz baja—: Es Andrea, no parece muy contenta ¿le pasaste los resultados de las últimas pruebas?

—Sí, eso ya está. Me olvidé de llamarla para ir a almorzar, pasame. —Miró la hora, eran las 3 de la tarde. Ensayó su voz más inocente—: Hola Andy, disculpá, ¿ya almorzaste?

Del otro lado se escuchó la voz de Andrea, casi resignada.

—No, estaba por ir y después echártelo en cara. Siempre me hacés lo mismo... pero hoy tengo buenas noticias y te las quería contar.

—Te paso a buscar en cinco minutos por la fábrica, creo que todavía no cerraron el comedor.

—Apurate —canturreó, misteriosa— son muy buenas noticias.


Mientras bajaba las escaleras Sonia se preguntó qué era lo que la acercaba tanto a Andrea. Una casualidad, quizás. Las dos habían entrado a trabajar en SoundMind el mismo día, cinco años atrás. Durante el curso de inducción Andrea se había dado cuenta de que ella era émpata. Sonia la había sondeado superficialmente, para saber qué podía esperar. Le sorprendió no encontrar miedo, la reacción más común. Estar frente a una persona que podía conocer sus sentimientos, leer sus pensamientos o incendiar un edificio, solía ser una experiencia bastante traumática para los humanos normales.

La variedad de las mutaciones era amplia y lo único que tenían en común era lo imprevisible de su comportamiento. Las mutaciones corporizaban lo irracional y lo extraño. Lo peligroso. Especialmente para los que se habían criado hacía más de treinta años, antes de que las mutaciones afectaran a uno de cada diez nacimientos. Dos de cada diez, si se contaba el porcentaje de abortos espontáneos durante el embarazo. Algunos superaban ese recelo inicial con el trato, otros no se sobreponían nunca. Ahí estaba el asistente de Henríquez, que no le hablaba y evitaba tomar el ascensor con ella, si podía. Obviamente no con Henríquez presente. No era correcto discriminar a las mutaciones, y menos delante del gerente de Producción. No ahora, que la mayoría normal se encontraba a salvo de los monstruos gracias a las drogas supresoras, pensó con amargura.

En algunos países todavía se los esterilizaba para evitar que las deformaciones genéticas se transmitieran a las nuevas generaciones. Como si fuera una enfermedad. Se descubrió abrazando nerviosa la carpeta que llevaba, mientras esperaba el ascensor.

Andrea la estaba esperando en la puerta de su oficina. Traía una sonrisa incontenible y el pelo un poco más revuelto que de costumbre. Le tendió la mano, gesto que descolocó a Sonia por un momento.

—Mirá —fue lo primero que le dijo. Tenía puesto un anillo con una piedra iridiscente.

—Ah, qué bonito. —No, no era eso lo que Andrea quería mostrarle, no necesitó mirarla para darse cuenta de su error. Trató de disimular—. Siempre me gustó esa piedra. ¿Pero ése no lo tenías ya?

—No, ése no, nena. El nuevo —se rió—. Yo también, a quién le vengo a decir. —Sonia estaba por quejarse, pero Andrea reflejaba tanta alegría que...

—¡No! ¿Se casan? —Al lado del anillo con la piedra, había otro, una alianza. Parecía ser de alguna aleación de platino, brillando en reflejos azulconfianza.

Andrea asintió, radiante.

—Nos comprometemos, el casamiento es en un par de meses. Mike se quiere volver a Francia este año y me voy con él. —Miró el reloj—. ¿Te parece que vayamos al comedor? Con suerte todavía queda algún sándwich.

En el camino se cruzaron con Claudio Sánchez, el jefe de los ingenieros de Investigación y Desarrollo. Para variar, Sánchez la ignoró totalmente, pero se detuvo a preguntarle a Andrea:

—¿Va a estar Luis el sábado?

Andrea asintió, mientras tomaba a Sonia del brazo y seguían camino. Parecía indignada.

—Pluggers —susurró, cuando Claudio ya se había alejado—. Si no fuera porque es amigo de Mike... Él lo invitó a la fiesta del sábado y lo único que le importa preguntar es si va a estar el dealer ése. Y ni siquiera te saluda. —Se detuvieron en la puerta del comedor—. Vamos a hacer una fiesta el sábado para festejar el acontecimiento. Estás invitada: más te vale que vengas.

—Gracias, qué bueno.

Había tantas cosas que quería decirle: «Me alegro por ustedes, Mike es un buen tipo», y lo único que le salía era este "Qué bueno"; indiferente, frío. Las palabras estorbaban. Las palabras no eran suficientes para expresar la verdadera medida de la alegría que en ese momento estaba sintiendo por Andrea. Y quería decírselo. Hizo algo que casi nunca había hecho con un humano normal; que solía hacer con su hermana y algunos amigos, hacía mucho tiempo. Se fijó que nadie viniera por el pasillo y tomó a Andrea de la mano.

—Me alegro de veras. Quiero que lo sepas.

Le transmitió empáticamente las sensaciones que le había producido la noticia, desde la primera reacción —posesividadpérdida— hasta la imagensentimiento de Mike y ella juntos. De algo que se completatransforma en otra cosa, sobre la base primaria de alegría que estaba sintiendo por su amiga en ese momento. Andrea se quedó congelada en el lugar, sonriendo sorprendida. Abrazó a Sonia, que en un primer momento no lo sintió, tan inmersa estaba en la sensación y en cómo Andrea se amoldaba a ella. Se dio cuenta de que Andrea empezaba a llorar. Demasiada emoción. Se detuvo.

—Ey, Andy, vamos, no quise...

—No, no, es que estoy contenta —Se secó un poco las lágrimas—. Voy al baño un segundo. No te comas el último sándwich o te mato.



Ilustración: Barbara Din

Mientras pedía la comida se encontró reviviendo la sensación de transmitirle a Andrea sus sentimientos. ¿Era esto lo que faltaba? ¿Comunicarse en ese nivel? Había tomado la decisión de evitar este tipo de contacto desde que era pequeña. En el colegio había aprendido que era una decisión acertada. Encajabas mejor en el grupo si nadie sabía de tu problema. Pero mantener el control era difícil, más aún sin drogas supresoras. Una de las pocas cosas que le agradecía a su padre era el haber puesto a ambas en un programa de asistencia psicológica que no recurría a las drogas. Habían pasado de los psiquiatras a una terapia grupal, un tratamiento basado en ejercicios de relajación y autocontrol. Practicaba artes marciales por su cuenta, "para moverse un poco", como le decía a Gabriela cuando volvía de las clases toda transpirada y golpeada, pero contenta. No, contenta no era la palabra: tranquila. Con la mente tranquila, sin la invasión de los sentimientos de los que estaban a su alrededor. Sin hacer suyos el odio, el temor o el dolor que provenían de los demás. Pero la mutación también tenía sus ventajas y se obligó a pensar en ellas. Era difícil pensar en ellas, pero existían.

Había ventajas, sí. Algunos hasta lo consideraban un don. La sensación de comunicación completa de tus sentimientos, como un momento antes con Andrea. De conocer lo que la otra persona realmente estaba sintiendo. De disolverse en el otro. Pero a veces las ventajas dolían demasiado. La línea que protegía la identidad individual era más débil en las mutaciones. Eso aumentaba las posibilidades de perder el control frente a los humanos normales: y ahí hacían su entrada las drogas supresoras.

Los que consideraban a las mutaciones como un paso más en la evolución humana no entendían cuál era el verdadero problema. El dolor que causaba la mayoría de las veces. Para ella el costo había sido muy alto y, de haber podido elegir, hubiera preferido no pagarlo. Hay monedas con más de dos caras, pensó mientras se sentaba a esperar a Andrea.

En la universidad había aprendido a racionalizar lo que le pasaba, a analizarse y tratar a otros como ella como si fueran objetos de estudio. La solución era simple. Se había despersonalizado. Había matado una parte de sí a propósito, para salvar el resto. Ahora ya no estaba segura de que esta elección hubiera sido la acertada.


Durante la noche soñás algo que no podés recordar cuando te despertás a la mañana. La sensación es angustiante, tanto la del sueño como la del recuerdo inminente. Mientras te peinás, recordás que tenía algo que ver con un espejo. Un espejo roto. Caías sobre un espejo roto que reflejaba tu imagen, fragmentada. Apoyás la frente sobre el espejo del baño, buscando un punto de apoyo, pero lo único que sentís es el frío del vidrio contra tu piel.


III

La cuadra no estaba bien iluminada y le costó encontrar el número. La casa parecía haber sido abandonada varios años atrás. Verificó la dirección nuevamente. El frente se veía descuidado y en varias partes el revoque ya se había caído a pedazos. Pero la fiesta era allí, de eso no cabía duda. Se acercó a la puerta y escuchó el sonido amortiguado de la música. No había portero eléctrico, ni siquiera un timbre viejo. Probó golpear la puerta pero nadie abrió, aunque esperó un minuto que se le antojó eterno. Casi deseó que nadie viniera y poder así volver a su casa con un pretexto válido, pero le había prometido a Andrea que estaría en la fiesta. Giró el picaporte. La puerta se abrió, dejando pasar la música a todo volumen. Era música electrónica; un tema recurrente, repetitivo, de ciclos cortos que explotaban de pronto en secuencias más largas. Entró y cerró la puerta. Hubiera preferido quedarse del otro lado, en el silencio de la calle.

Una doble fila de velas iluminaba un pasillo que lucía interminable. Había vetas de musgo en la pared, manchas mullidas y oscuras sobre el ladrillo descascarado. Al caminar, su sombra las deformaba.

La sala de entrada contradecía totalmente la imagen que se había hecho de la casa hasta el momento. Placas de metal pulido cubrían las paredes y reflejaban opacamente tanto las luces del techo como las siluetas de los que estaban en el cuarto. Había otras dos puertas, cerradas. Una espejada, con gotas irregulares de vidrio fundido que reflejaban la luz de la habitación en varias tonalidades cobrizas. La otra puerta era de madera oscura. Alguien le alcanzó una copa de vino. Cruzó miradas con la mujer; tenía rasgos asiáticos y sus ojos eran tan transparentes como el agua. Sus emociones aparecían veladas y frías, como una tormenta eléctrica vista desde una habitación insonorizada. Sonia desvió la mirada, intimidada. Le recordó a un émpata que había analizado para un informe de la universidad, ahogado en drogas supresoras. Un tiburón muerto, varado en la playa.


Se decidió por la puerta de madera. Era una puerta deslizable. Se veían los nudos y curvas del árbol en cada listón; pulidos tan cuidadosamente que convertían a la puerta en una escultura. Se acercó para observar las vetas y el perfume de la madera la abrumó. Recorrió los contornos con la mano, disfrutando del roce. La puerta estaba húmeda en algunos sectores; sintió que su mano se entumecía y luego una sensación de calor se extendió por su brazo. Quizás alguna droga de contacto. No le importó y pensó que, probablemente, también eso fuese parte del efecto de la droga.

Alguien empujó la puerta desde el otro lado y Sonia quedó frente a Claudio. Una sensación —ajena— de sorpresa la invadió. Era extraño, nunca antes había percibido las sensaciones de Claudio.

—Sorpresa... —se escuchó decir en voz baja.

Claudio tenía una remera tejida y Sonia apoyó la mano en su hombro, quería sentir el tramado de la tela. Estaba un poco mareada, de eso podía darse cuenta. Sentía bajo la tela el calor de la piel de Claudio, que pareció transmitirse a la suya. Se encontró transpirando. La copa de vino se deslizó de su mano y se quedaron mirando el líquido rojo, cayendo y derramándose fuera de la copa, hasta que ésta estalló contra el piso en mil fragmentos. Claudio la tomó del brazo.

—Vení, sentate.

El sillón era muy mullido. Confortable. Cálido. Olor a piel. Rozó las manos de Claudio y recorrió con el dedo la línea de su cara. Apoyó la mano húmeda en el cuello de él. Por un segundo pasó por su mente el recuerdo de la droga en la madera. Decidió dejarse llevar y el eco de los sentimientos de Claudio la asaltó. Deseo. Él deslizó la mano por su cintura y le llegó la sensación táctil de los dedos recorriendo la seda de la remera y de la mano de él sobre los huesos de su cadera. Suspiró y lo miró a los ojos. El contacto con la mirada de Claudio le hizo pensar en un bosque, un silencio con vida propia. Sonia se concentró en rearmar el conjunto de sensaciones táctiles de Claudio. Cambió la sensación de la estructura ósea por su propia sensación cuando había tocado la madera de la puerta y se la transmitió. La mano de él se detuvo y le llegó nuevamente la sensación de sorpresa. Claudio miró su mano y la volvió a apoyar, esta vez presionando suavemente el plexo solar de Sonia y deslizando la mano hacia abajo. Ella imitó el gesto sobre el pecho de Claudio y le envió su propia percepción mientras su mano recorría los contornos de sus costillas, un lento serpenteo sobre su pecho. Él sonrió y se giró en el sillón, mirándola de costado. La atrajo hacia sí mientras se besaban, girando. Labios. Cuello. Piel. Las sensaciones se combinaban. Siguió enviándole sus propias impresiones y recibiendo las de Claudio, hasta que la sensación de curiosidad que provenía de él creció y ella supo que él iba a preguntarle algo. Él sacó un plug-stick azul del bolsillo y dos parches cutáneos, rectangulares, de un negro opaco. La posibilidad de que fueran supresores la inquietó por un momento, pero no tenían el sello de ningún laboratorio.

—No son supresores, es algo que me prepara un amigo. Tengo un stick que me gustaría que escuches. Es...

Las frases le llegaban en paralelo, no había continuidad en las palabras de Claudio. Esta noche necesitaba intensidad; no entendía si era un efecto de la droga o si era una emoción que alguien más en la habitación estaba viviendo. No sabía si estaba sentada con Claudio en el sillón o los estaba mirando desde la puerta, con los ojos líquidos de la mujer asiática.

Buscó la entrada del plug en su nuca y se inclinó sobre el hombro de él para que pudiera conectarlo. Quizás era esto lo que estaba buscando tan desesperadamente en los últimos meses y no podía encontrar. Primero sintió los labios de Claudio sobre el nacimiento del cuello y se estremeció. Escuchó el contacto del plug. La secuencia comenzó con una serie de pulsaciones bajas y tranquilizantes. Las sintió descendiendo por su espalda, aflojando sus músculos a medida que avanzaban. Reclinó la cabeza sobre el brazo del sillón, por sobre las piernas de Claudio.

Él se aplicó uno de los parches en el antebrazo, sobre una red de venitas azules. Tomó uno de los brazos de Sonia y lo acarició antes de pegar el otro parche en su muñeca. La intensidad de la música varió y pareció desdoblarse.

Casi sin pensarlo estaba transmitiéndole a Claudio las sensaciones que la secuencia le provocaba. Concentró su atención en uno de los dos caminos que la música había tomado, un reflujo de sonidos que le recordaba al movimiento de las olas sobre la superficie de un lago, golpeando contra las piedras en la orilla y mordisqueando sus pies. Sintió frío en las piernas, un río gélido que subía por su columna. Descubrió que no podía moverse, que estaba en el fondo de un lago desde donde se veía la silueta de la luna, como un disco ondulante que las olas deformaban. Sintió el calor de la mano de Claudio sobre la piel de su cadera, bajo la remera de seda. La otra pista de la música aparecía como una presencia oscura que se deslizaba en el agua, en giros a su alrededor.

Claudio observaba el efecto de la secuencia en Sonia. La droga del parche, una versión nueva de enhancer que Luis le había pasado, empezaba a actuar. Al principio, los contornos aparecían desdibujados; excepto el objeto en el que fijaba la vista, que ocupaba toda su atención y aparecía enmarcado por contornos tan definidos que marcaban el límite de la realidad. Quería observar los detalles: su cara, que ahora aparecía nítida y serena; sus manos, una de las cuales estaba apoyada sobre el pecho de él. La piel de su vientre era suave y cálida. Y las sensaciones que ella le enviaba de la secuencia...

Entrecerró los ojos y recostó la cabeza en el respaldo, mientras la droga entraba en la segunda fase y los sentidos externos se anulaban, dejando solamente la percepción del sentido del equilibrio. La ausencia de otros estímulos exteriores amplificaba y definía las impresiones que recibía de Sonia; la sensación de distancias abismales, los Otros rondando y rozando ocasionalmente la conciencia de ella, el vacío. Se sintió inmerso en el lago, mientras la pista principal se multiplicaba en otras cuatro secuencias que interactuaban en disonancia, confundiéndolos y hundiendo sus conciencias, convergiendo hacia una única pista. Unicidad. Conocía esta secuencia, él la había creado, pero nunca antes la había escuchado interpretada de esta manera. Sonia tenía que entrar al grupo. Eso fue lo último que pensó antes de hundirse en el trance.


Una mujer danzaba sobre la superficie del lago, desplegando una cinta de estrellas como un río de plata. Las ondas bajaban hasta el agua, confundiendo las estelas en el lago, ampliándose en espiral hasta ser toda una galaxia. Cegándolos en cada giro, unificándose de nuevo en una única estrella, brillante. Una nova en explosión.

Habían ido a escuchar la música de la nova. Y era una música como no habían escuchado antes. No era el agua del lago, ni los fragmentos brillantes de la estrella en explosión lo que los tocaba, atravesándolos. Eran ellos mismos, trazos incandescentes sobre una oscuridad infinita que se dibujaban por un momento antes de desvanecerse. La música tenía la ductilidad de la corriente de un arroyo, adaptándose a sus sensaciones; y la fuerza de la explosión, pulsante, los acercaba en cada giro de la secuencia, en una órbita compartida. Hasta que fueron uno.


Sentimientos confusos

(giros concéntricos)

Unificación / divergencia

(estelas que se cruzan / luces en el lago / nova en explosión)

(una gota de agua que perturba cada plano)

Una sonrisa / caricia / ojos

(manos que se rozan / azul de cielo / olor a madera / gusto a tus labios / tibieza)


Para Sonia las impresiones sensoriales aparecían, poco a poco, más definidas. La sensación de unidad había desaparecido. Buscó el plug y desconectó el stick, que ya no estaba transmitiendo. Sentía la mano de Claudio acariciando su pelo. Intentó mirarlo, pero todavía las imágenes aparecían borrosas. Algo en el reverberar de los sentimientos durante la secuencia la inquietó. Cerró los ojos y trató de comprender qué había pasado. Los émpatas podían captar y retransmitir las emociones de los demás, pero esto había sido algo compartido. La sensación de que Claudio había estado frente a la nova con ella, no solamente recibiendo sus impresiones sino también modificándolas, era demasiado real. No parecía un efecto de la droga. Recordó la aclaración de él, cuando ella había temido que le estuviera ofreciendo supresores. Por hábito, levantó un bloqueo. Aunque sabía la respuesta por adelantado, igual preguntó.

—¿Tenías un emisor para el stick? —La respuesta le llegó antes de que él empezara a hablar, como un eco. «No».

—No. Y tampoco tenía previsto que me drogara una bella chica, justo cuando me iba. —Bajó la voz, hablaba muy lentamente como si estuviese mareado—. Si ésa era tu siguiente pregunta. Hoy no tomé el supresor... Y eso sí es lo que estás preguntándote ahora y... —La impresión del sondeo, de otra mente filtrándose en sus pensamientos— ¿Cuánto hace que no usás una barrera? No debería estar diciendo esto en voz alta... permiso.

Pedir permiso, un reflejo común entre telépatas, pensó Sonia. Igual que su propia hermana. La sensación era parecida, aunque la imagen mental era muy diferente, como si Claudio hubiera sumergido la cabeza en el agua y la mente de Sonia fuera la pileta. No intentó evitarlo, aunque ahora estaba menos mareada y hubiera podido mantenerlo afuera. La imagen que Gabriela, su hermana, hubiera usado era la de un espejo, reflejando primero la imagen de Sonia. Las mujeres telépatas solían tener imágenes de enlace menos intrusivas que las de los hombres.

«Y una hermana telépata, además. Me imagino la desilusión de tus padres»

«Se supone que no tendrías que estar hurgando» Iba a agregar algo en voz alta, pero él la detuvo antes de que abriera los ojos.

«Shh... Andrea entró en la habitación... quedate quieta», esperó un momento y agregó: «La que te espera el lunes, ya está pensando en la cara que va a poner Esteban cuando se entere. Y sí, la droga del parche está diseñada para gente con mi problema. O mejor, nuestro problema.» —Parecía reírse, sonaba muy distinto a la persona que Sonia conocía—. «Ataca ciertas áreas del sistema sensorial y, combinado con el uso a largo plazo de supresores...» —Aquí una imagen mental, borroneada—. «Por eso estoy diciendo tantas incoherencias de prospecto, supongo... Y la mezcla con tus sentimientos no ayuda a poner las cosas en foco» Se quedó en silencio. Sonia podía sentirlo dentro de su mente, indagando. Decidió dejarlo.


Resonancia. Miradas. Ellas, las dos chicas que están entrando, te miran a vos, y yo soy vos. Andrea pasa y se sonríe, no mí concepto-Andrea, sino el tuyo. Tengo los ojos cerrados y a través tuyo me miro. Los abro y mi mirada cruza la tuya, y vos sabés. Y yo lo siento. Te siento. Retroalimentación. Es muy intenso y no puedo mantener mis ojos abiertos. Y los cierro y allí está el espejo. Y vos me decís que esto es sentirse completo. Lo que yo siento en vos, lo que vos pensás en mí. Me decís que te siga y los conozca. Que me complete en ustedes. Que los complete. Y me das una imagen nueva. Un cristal facetado, múltiples reflejos.


IV

Gabriela llegó el martes por la mañana. Sonia fue a buscarla al aeropuerto y le contó acerca del grupo mientras regresaban a la ciudad en el taxi.

La sensación era adictiva, reveladora y, en cierto modo, riesgosa. Fundirse en cónclave era una experiencia de la que Sonia había oído hablar en la universidad, pero nunca había conocido personalmente a nadie que lo hiciera. Mutaciones que se reunían y experimentaban compartiendo sus mentes, sus emociones. La suma de todas sus individualidades que daba origen a algo nuevo, un ser grupal. Pero también era desconcertante, perturbador.

En el grupo había tres telépatas, un controlador y otros tres émpatas además de Sonia. Carolina, una de las telépatas, le había explicado que los integrantes de un cónclave solían tener un nivel de control menor que las otras mutaciones que elegían mantenerse latentes. De nuevo, siempre había un precio por pagar. Muchos usaban drogas supresoras para evitar roces en la interacción diaria con los humanos normales.

—¿Tienen un controlador? —le preguntó Gabriela, mientras entraban los bolsos al departamento.

—Una chica, Eugenia. Me parece que es la novia del telépata ése que te decía, el que es más viejo. Creo que él armó el grupo original. Debe haber sido difícil, crecer hace cuarenta años, con todo ese odio... ¿Habías conocido algún controlador?

—Al poco tiempo de llegar a la Uni. Había un grupo de mergers, así le llaman allí a los cónclaves, que tenía problemas con uno. El tipo quería entrar al cónclave... pero estaba bastante loco. Cuidado con esa valija, nena, que ahí traigo tu regalito.

La valija fue ingresada al departamento con la mayor reverencia posible.

—No pensé que pudiera haber uno tratable. Pero esta chica parece bastante...

—¿Normal? —Gabriela se desparramó en el sillón, riendo— Ninguno de nosotros es normal, y por suerte no encontraron un remedio definitivo para eso... Sonny, necesito una ducha... y unos mates... y dulce de leche.

—Bueno, empecemos por el baño, sacá unas toallas del placard y dale. Yo me encargo del mate y el dulce de leche.


El grado de interferencia que los controladores causaban sobre el sistema motor era alto, tanto como para poder manipular los movimientos de casi cualquier persona a su antojo. Eran un grupo minoritario; y un problema hasta para las otras mutaciones. Poco o ningún control podía ejercerse sobre los controladores. Las drogas supresoras normales no les causaban gran efecto, eso equivalía a dificultades para los tratamientos de ajuste y generalmente terminaban desquiciados, si no muertos. Los casos terminales —incluso las lobotomías— eran frecuentes en este grupo.

—Espero que algún día encuentren algo que los ayude —dijo Sonia en voz baja.

Gabriela estaba secándose el pelo mientras hablaban. Detuvo el secador y la miró de una manera extraña. La imagen se formó en la mente de Sonia, como cuando eran chicas. Un espejo reflejando el rostro de Sonia, que cambiaba lentamente al de Gabriela mientras hablaba.

«A veces pienso que hay mutaciones que no deberían vivir. Ni siquiera me animo a decirlo en voz alta, y trato de no pensar en esto. ¿Sabias que el año pasado en España hubo veintipico de personas muertas por los de nuestra clase? No, no lo sabías» Sentía físicamente el enojo de Gabriela, y empezaba a recordar porqué no se veían más a menudo. «Sonny, dejá que abra por un segundo la caja de zapatos en la que vivís. Los controladores enloquecen y se transforman en asesinos seriales... ¿No suena casi humano? Las mutaciones no entrenadas tienen "accidentes". Émpatas que enloquecen a alguien, hasta que ese alguien se suicida. Lo mismo con los telépatas. El controlador ése que te decía, el de la Uni, casi hace que uno de los mergers se tire de una ventana. Lo pudo parar un tío de los del grupo... otros no tuvieron la misma suerte.» Sonia se mantenía en silencio. «Unos chicos telequinéticos en Alemania: dos hermanos, atravesando a toda la familia con los vidrios de un ventanal que habían roto, el padre les había gritado y eso los asustó... Un caso de espionaje industrial en Francia, ahí mataron al tipo, un telépata que había contratado la competencia»

La asustó la violencia contenida en su propia voz.

—No sé qué decirte, Gabu. Estoy cansada de que esto duela tanto.

—¿Todavía pensás en papá? —le dijo Gabriela, en voz baja.

—No, todavía pienso en mamá... en cómo la dejaron en el hospital y en lo consumida que estaba. En los últimos tiempos.

—Eso fue hace mucho.

—Sí, Gabu. Pero sigue pasando. Mutaciones incompletas —le envió el pensamiento por el enlace mental—. «Los que debieron haber sido abortados. Los que no tendrían que haber nacido.» La miró, sentía los ojos hinchados y calor en la cara. —Hay cosas que yo tampoco me animo a decir en voz alta.

—Pero aunque no lo digas, ahí está. El mundo es así y no va a cambiar porque lo ignores, Sonia. Somos mutaciones. No te digo que sea un don, pero tampoco es una maldición. Hay personas que logran vivir con ello. Nosotras no lo estamos haciendo tan mal, tampoco.

Sonia se miró las manos. Miró la ventana.

—Ya pasará.

—No —le respondió Gabriela, cortante—. No va a pasar.


Claudio la llamaba cada vez que se reunían. Las reuniones nunca eran fijas, pero Sonia encontraba que los días anteriores al cónclave parecían tener un marco especial de expectación y sombras. A veces se reunían dos o tres veces por semana, luego pasaban un mes sin verse. Paulatinamente, Sonia empezó a sentir que las reuniones eran decididas por el grupo; no mediante un mecanismo consciente, sino a través de una decisión que la conciencia grupal tomaba. Empezó a pensar en esa conciencia que parecía desarrollarse más en cada reunión y tomó el hábito de estudiar los papers que publicaban los investigadores acerca del campo de las mutaciones, algo que hasta ahora había evitado. Intentó escribir algo sobre la conciencia grupal, pero sentía que no podía analizar el fenómeno por lo involucrada que estaba.

Decidió hablarlo con Esteban en la oficina y preparar un trabajo en conjunto para presentar en alguna conferencia. Quizás algo se podría utilizar en SoundMind para nuevos proyectos. Después de las charlas con Gabriela intentaba tomar una perspectiva más comprometida acerca del tema de las mutaciones. Quizás pudiera hacer algo, encontrar algún sentido para todo esto. La caja de zapatos era demasiado pequeña para que ella se escondiera. La ciudad la llamaba. Algo la llamaba, quizás fuera su propio grito de ahogado.

—La conciencia grupal es, cómo explicarlo... —Se quedó callada mirando el grabador, quería organizar sus ideas antes de hablar con Esteban— Cuando el cónclave comienza, la identidad se diluye poco a poco. Algunos mergers toman drogas, es similar a los pluggers. Hace más sencilla la transición. La transición, es un buen nombre. Es como flotar en un mar de ideas propias y sentir que, de a poco, la corriente se hace extraña. Que no son mis ideas las que flotan a la deriva conmigo. Una inmersión en un mar de agua cálida. Disuelve el cuerpo, digo... la identidad... pero hay algo ahí... unidad, algo nuevo que espera... ¿Qué estoy diciendo?

Apagó el grabador. Se quedó pensando en cómo definir eso que pasaba cuando se iniciaba la transición y las conciencias del grupo se fundían en una. Cuando eso empezaba podía distinguir claramente las mentes de los otros; casi una mezcla de empatía y telepatía: los pensamientos de Claudio, su mente ordenada y rápida. Sus sentimientos, como una corriente de agua que corría rápida y la empujaba a la deriva. La mente de Carolina, un diamante filoso... Era peligroso derivar hacia esas aguas, frías, inhóspitas, llenas de asociaciones libres y estructuras de pensamiento cambiantes: edificios que se construían y eran demolidos en segundos. Las mentes de Mariano y Eugenia, invariablemente cercanas, marcando círculos alrededor del grupo. Manteniendo al grupo unido, acercándolos. Y los otros, armando el núcleo del cónclave, dentro de ese tejido dinámico, cambiante, vivo.

La primera vez se había mantenido al margen, simplemente observando y sintiendo las impresiones de la concienciaunión de las individualidades. Era extraño. Sentía que algo faltaba. La sensación le pareció frustrante: ¿Por qué siempre tenía que faltar algo? Pero el mismo Claudio había pensado en el concepto de completar algo cuando la había invitado al grupo.

Se le ocurrió que no había dinámica en los "pensamientos" de la mente grupal después de la transición. La mente grupal permanecía quieta, introspectiva. Pasiva. Flotando a la deriva. Le parecía un tanto estéril que después de lograr esa comunidad no pudieran compartir otras sensaciones. Pero, de todas maneras, la transición valía la pena. Cuando ésta terminaba dejaba de sentir al resto del grupo y de ser conciente de ella misma. Pero de la aniquilación de su identidad surgía una visión nueva.

Un olvido continuo, sin existencia propia. Se construían estructuras de pensamiento, bellas estructuras que aparecían en ese espacio; una combinación sinestésica ampliada por las habilidades de los integrantes del grupo. Colores metafóricos y texturas invisibles. Estructuras de pensamiento tan brillantes que dolía fijar la atención en ellas o estructuras dotadas de emociones, como fantásticas mantarrayas que giraban en círculos alrededor del grupo. Pero no eran sus mentes individuales las que las creaban. Las estructuras parecían estar ahí, y simplemente eran registradas por la conciencia grupal. En el cónclave sobrevolaban un mundo nuevo, interno y casi incomprensible.

—Había una estructura que parecía una tormenta de nieve, ¿la vieron? —preguntó Carolina, durante la cena después de uno de los cónclaves.

—O estática, o ruido blanco —agregó Claudio—. ¿No había un zumbido cerca? Daba un poco de miedo. La estructura era tan blanca que parecía un brillante.

Mariano se separó lentamente de Eugenia, apoyada contra su hombro. Le gustaba señalar ese tipo de errores en los demás, como reafirmando su diferencia de edad con el resto del grupo.

—Entonces no era blanca, era transparente.

Eugenia se recostó en la silla, cruzando sus brazos como si tuviera frío. Estaba pálida, y sus ojeras resaltaban entre los mechones de pelo claro.

—Era fría y traicionera, como el viento blanco en el sur. Si entrás no ves nada, y los copos te lastiman la cara y las manos. —Todos estaban en silencio y la manera en que Eugenia hablaba asustaba a Sonia—. Yo no vuelvo a entrar ahí, así que mantengámonos apartados de eso.

—¡Cómo si pudiéramos elegir qué es lo que vemos! —Mariano volvió a abrazar a Eugenia, silenciándola—. ¿Alguien pensó qué podemos hacer para controlarlo?

—Yo hablé con un amigo de mi hermana, que está investigando el tema en Stuttgart, una investigación extracurricular, claro. Nadie quiere que este tipo de cosas se discuta en los círculos de estudio normales —explicó Sonia.

Carolina la interrumpió:      

—¿Por qué no? Hay algo importante ahí, en ese espacio. Y estas reuniones no van a pasar desapercibidas por mucho tiempo más. En cualquier momento esto se va a filtrar.

Sebastián, otro de los émpatas, jugueteó con los reflejos de la luz sobre una botella de vino mientras agregaba:

—Podría ser que "ese espacio", como lo llamaste, Caro, no exista. Que las estructuras que vemos en los cónclaves sean una ilusión creada por nosotros. En todo caso, sí creo que hay una conciencia grupal que todavía no entendemos bien.

Por unos instantes nadie habló. Sonia quebró el silencio, que ya estaba incomodándola.

—Pero, Sebas, hay muchas coincidencias; están los comentarios que nos llegan de los otros cónclaves. La gente ésta de Stuttgart cree que hay una correlación entre los avistamientos en los cónclaves que las mutaciones están haciendo. Cada vez hay más grupos de mergers y, si ves los estudios que Eric está armando, hay tendencias, patrones que empiezan a repetirse. No es seguro y no puedo decirlo como profesional porque todavía no hay datos suficientes. Creo que es más lo que siento al respecto que lo que hasta ahora podemos comprobar racionalmente, pero creo que lo que vemos tiene existencia, de alguna manera, en algún lugar.

—No vamos a llegar muy lejos con corazonadas. —Mariano irradiaba duda mientras miraba a Eugenia. Había un punto frágil ahí, en el escudo que Mariano imponía sobre la controladora. Algo que Sonia se resistía a quebrar cuando habló:

—Pero tengo la corazonada de que esa estructura en particular, la nevada, es importante. Hay algo que me llama ahí, creo que les pasa lo mismo a ustedes. Me gustaría verla más de cerca, pero una vez que pasa la transición ya no tengo más control, no hay identidad —miró a Eugenia con curiosidad, ella era la única que no quería acercarse y también la única que había estado adentro, por lo que decía—. ¿Cómo te acercaste, Euge?

Las manos de Eugenia temblaban al apoyar el vaso sobre la mesa.

—Puede ser que lo haya soñado después del cónclave. Últimamente sueño mucho. Pero nada bueno —respondió, mientras se levantaba de la mesa—. Me tengo que ir, ¿venís Mariano?

—Vamos. Gente, después hablamos.

Mientras Claudio los acompañaba hasta la puerta, Sonia miró a los demás. Había algo complejo en la relación del grupo con Eugenia que todavía no entendía.

—¿Dije algo malo?

—Creo que Eugenia no nos está diciendo todo lo que le pasa en los cónclaves —respondió Carolina—. Siempre fue un poco introvertida, pero creo que la cosa empeoró desde que vos empezaste a venir. —Un momento después agregó, ocrecompasión —: Pobre Mariano.

Nadie dijo que lo peor que podía pasarle a un controlador era perder su propio control. Pero había demasiadas cosas que eran reales, a pesar de no ser dichas.


V

Trató de marcarse un rumbo al iniciar la transición, una tendencia que la llevara más allá del círculo que Mariano y Eugenia trazaban para mantener al grupo unido. Al principio era difícil. Eugenia se acercaba demasiado, entretejiendo sus pensamientos rápidamente con los de Sonia y evitando que entrara a la estructura.

Hasta que en uno de los cónclaves, ya parte de la conciencia grupal, tomó conciencia de su propia existencia. Sumergida en una inexorable sensación de dčjá vu, como si despertara en mitad de la noche porque alguien hubiese susurrado su nombre. Se separó del grupo, alejándose en dirección a la estructura. El núcleo del grupo se veía como un prisma cristalino, orgánico. Plata pulsante, líneas entrelazadas como en un símbolo céltico. No había rastros de los caracteres individuales en las sensaciones que recibía del grupo; la entidad parecía ser totalmente ajena a las emociones que se había acostumbrado a percibir en los demás. Había emociones allí, pero no podía entenderlas. Estaba sola.

Decidió explorar la estructura. A su alrededor las mantarrayas se movían suavemente. En un costado de la estructura, un zumbido ácido la detuvo. Había un cono de sombra sobre la superficie blanquísima y decidió acercarse a esa zona. Estaba caminando. Sus movimientos parecían lentos, fluidos. Miró sus manos, tenían un leve tinte azul y a través de ellas podía ver la pared de la estructura. Vaciló. No sentía la presencia de los otros a su alrededor. Una tenue llovizna de luz caía sobre la entrada y algunas gotas quedaron sobre sus brazos cuando cruzó el umbral. Ahora se encontraba dentro de un túnel, con una puerta frente a ella. Trató de entender si el lugar era una representación de alguna estructura interna de pensamiento o si era un lugar externo a ella, un lugar de existencia propia. Se acercó a la puerta, le parecía conocida. Era una puerta hecha de soledad y deseo, construida para ser cruzada. Lo supo en cuanto apoyó su mano en el picaporte. Un movimiento a sus espaldas hizo que lo soltara.

—Me perdí.

Una voz y, cuando giró, la silueta de una mujer se recortó a contraluz de la entrada. Una forma envuelta en gasas grisduda, rojorabia y hielofríotransparente. Volvió a escuchar la voz, pero no había labios que emitieran las palabras, solo el eco de algunos movimientos que desdibujaban la silueta de la mujer.

—Quiero volver. ¿Venís, Sonia? —era la voz de Eugenia, distorsionada.

—Yo quiero ver qué hay detrás de esta puerta, Eugenia.

La presencia de Eugenia la asustaba por alguna razón que no lograba definir. La puerta no parecía tener una llave. Tomó el picaporte.

—No, no la abras —había urgencia en las palabras de Eugenia.

Retiró lentamente su mano del picaporte. No había querido hacer eso, había intentado abrir la puerta.

—Eugenia, dejame. Quiero ver que hay.

—Yo ya vi, no hay nada. Está oscuro. Nos vamos.

—Bueno, entonces dejame ver, no va a pasar nada —volvió a poner la mano en el picaporte.

—¡No! —gritó Eugenia, haciendo que retirara la mano nuevamente. Maldita—. Quiero volver con el grupo. Lo que estás haciendo es peligroso.

Se dio por vencida. Sola no podía oponerse a la controladora.

—Está bien, vamos.

Caminó enojada hacia la salida, ignorando a Eugenia. Marcó el lugar en su mente. Iba a volver. Esa puerta encerraba algo, podía sentirlo.

Cuando retomó su propia conciencia, Claudio la estaba mirando.

—¿Qué pasó?

—Eug... —empezó a decirlo, pero Eugenia la miraba y la obligó a detenerse. Ahora la sensación de parálisis era bien física. No podía articular las palabras. Le envió una señal de alarma a Claudio. Tampoco podía pararse. Eugenia estaba evitando cada movimiento que ella intentaba. Respirar se le empezó a hacer trabajoso.

La imagen de Claudio, sumergiéndose en su mente.

«Durante un momento no estabas ahí con nosotros»

«Encontré un pasaje, pero Eugenia me frenó y ahora no me deja hablar»

Escuchó hablar a Claudio, pero casi no podía entender las palabras.

—Eugenia, cortala. ¿Qué te pasa?

Sonia sintió que podía volver a moverse. Se paró y caminó hacia la controladora. Le transmitió una sensación de odio tan intensa que Claudio se desconectó de su mente. Su propia reacción le pareció desmedida, pero la actitud de Eugenia era traición: un estilete clavado, allí, en el núcleo de las emociones más básicas.

—¡No vuelvas a hacer eso! Estás... estás... —No se animaba a decirlo, a aceptar la posibilidad de la locura en su propio grupo. Algo que Claudio había dicho le llamó la atención—. ¿Y Eugenia? ¿Siempre estuvo ahí?

Miró al grupo y entendió que la respuesta era sí. Entonces, ¿quién había estado con ella en ese lugar? Era Eugenia, estaba segura. Era ella.

Mariano se levantó y sacó a Eugenia de la habitación. Ella se dejaba llevar como si no le importara y Sonia no trató de establecer otro contacto. Se quedaron en silencio; intercambiando miradas e impresiones acerca de lo que había pasado durante el cónclave, esperando que Mariano volviera.

Cuando regresó se sentó y evitó mirarlos. Nunca se había visto tan desanimado.

—Eugenia sale del grupo, gente. Pensé que iba a poder integrarse pero me equivoqué. Esto no le está haciendo ningún bien.

Miró a Sonia y le transmitió un mensaje «No es tu culpa, ella estaba enferma desde hace tiempo». Sonia asintió en silencio.


Esa noche soñó que entraba nuevamente en la estructura. Un grupo de voces la llamaban. Usaban un nombre distinto, que no podía entender, pero sabía que se referían a ella. Era un nombre que evocaba seda suave y un cielo oscuro. Como un movimiento equilibrado, acelerado, inevitablemente continuo. Las voces eran extrañas y no entendía las palabras. Tenía que abrir la puerta, pero sintió miedo cuando apoyó su mano en el picaporte.

Ahora era la memoria de Eugenia la que la detenía, hablándole de miedo y de frío, y de traiciones. Las voces se transformaron en un murmullo. No entendía lo que querían decirle, y eso la ponía nerviosa. En el sueño, sabía que estaba al borde de comprenderlas. Sintió que alguien, del otro lado, hacía girar el picaporte. Lo soltó y se alejó, retrocediendo. Algo iba a abrir la puerta. Empezó a gritar. En el sueño no escuchaba su grito.

Se despertó, temblando, con una palabra en los labios.

—Vengan.


A la mañana temprano, mientras se vestía para ir a la oficina, Gabriela llamó desde España.

—Hola Sonny, ¿cómo estás? —sonaba preocupada.

—Bien, ¿vos qué tal?

—¿Todo bien? —Gabriela hizo una pausa—. ¿Segura? Esta madrugada soñé con vos, gritando... ¿Estás segura que estás bien?

El sueño. Ahora las imágenes volvían: la estructura, Eugenia, el miedo y lo otro que estaba detrás de la puerta. Retuvo la respiración y se concentró en recordar las imágenes del sueño.

—Se me había olvidado. Sí, soñé con una estructura que vimos en el último cónclave.

—¿Y que había muchas voces, y te llamaban?

Sonia se quedó mirando los edificios a través de la ventana. Expectante, la ciudad esperaba en silencio.

—¿Soñaste lo mismo, Gabu?

—No, yo no. Yo solamente soñé que vos estabas gritando. El que soñó con voces fue Eric, mi amigo de Stuttgart. Demasiados sueños para una sola noche, ¿no? Él también está investigando el tema éste de los mergers, ya te lo había dicho la otra vez que hablamos. Me llamó esta mañana y me contó lo de su sueño.

—¿Y él entró? Había una puerta en mi sueño y tenía que entrar, pero me dio miedo.

—Lo de él era parecido. Tenía que entrar a un pasaje, pero estaba oscuro y también sintió miedo. Después me va a pasar un mail con lo que soñó. Te lo paso cuando me llegue.

—Te llamo a la tarde y seguimos hablando.

Tenía que hablar con el resto del grupo. Iba a cortar la comunicación cuando Gabriela agregó:

—No voy a estar en casa esta noche, y creo que vos tampoco vas a estar en la tuya— No entendió el comentario.

—¿Por qué?

—Estuve llamando a un par de conocidos; todos los grupos de mergers están preparando reuniones para esta noche. Y tengo la sensación de que algo va a pasar, así que me voy a Stuttgart a ver qué es.

Algo va a pasar, Sonia repitió en voz baja. Algo va a abrir la puerta.


Llamó a Claudio, pero ya había salido para la oficina y la atendió el contestador. Una vez en el trabajo, no pudo ubicarlo hasta el mediodía. Fueron a almorzar juntos al comedor de la fábrica. Podía sentir una corriente de expectación viniendo de él y casi no la sorprendió el hecho de que no hubiera tomado sus supresores.

—Me llamó Carolina a la mañana, avisándome que nos reuníamos de nuevo hoy. Me pareció bien ¿vos podés?

—Sí... ¿por qué no me llamaste?

—Traté, pero me dio ocupado y me tenía que venir para acá. Sería cuando estabas hablando con Gabriela. Te dejé un mensaje en el contestador de la oficina.

Puso cara de terror.

—Me olvidé de escuchar los mensajes hoy...

—Ay, ¿en qué estás pensando? —él se la quedó mirando un momento, una zambullida breve. Continuó en voz baja, tomándola del brazo— ¿Una puerta? ¿Por qué tanto miedo con una puerta?

—No sé quién está atrás. Algunos conocidos de mi hermana tuvieron el mismo tipo de sueño. Y están preparando cónclaves para hoy.

—Voy a averiguar con Mariano.

—Está bien, pero que Eugenia no venga. —No quería que la controladora interfiriera esta vez. Claudio desvió la mirada hacia un costado. Algo estaba mal y no pudo evitar pensar de nuevo en lo que esperaba detrás de la puerta.

—¿Qué pasó?

—Carolina me dijo que la internaron esta mañana. Ayer a la noche trató de suicidarse.

Sonia sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

—¿Qué?

—Se tomó dos cajas de supresores. Y después trató de lastimarse con un cutter, pero estaba tan mareada que sólo se hizo unos tajos. Justo llegó Mariano a la casa y la encontró en el baño. Pudieron hacerle un lavaje de estomago a tiempo. ¿Pensás que es por esto?

—No sé, no conozco el caso. Algún problema tiene, parecería un cuadro esquizoide. No es una psicopatía rara entre los controladores.

Reflexionó en la relación que podían tener los sueños con el comportamiento de Eugenia. ¿Qué había detrás de la puerta? Gabriela le había listado por teléfono las teorías que se estaban discutiendo: el inconsciente colectivo. Extraterrestres o duendes (los irlandeses están locos; le había dicho Gabriela, riéndose). Un nuevo nivel de conciencia global. Una ilusión más del espacio de la conciencia grupal, creada por los mergers. Una nueva mutación. Nadie sabía qué era lo que estaba pasando. Quizás fuera eso lo que la había terminado con Eugenia.

Claudio interrumpió sus pensamientos.

«Abrir esa puerta es como abrir la caja de Pandora»

Sonia negó con la cabeza «Me parece que esa caja ya se abrió hace unos cuantos años»

«¿Y?... ¿Ahora sale la esperanza?» Claudio tomó una de las manos de Sonia. Estaba intentando hacerla sentir bien y ella no sabía cómo reaccionar.

«No, eso ya salió también»

Él intentó nuevamente«¿Entonces?»

«No sé, la caja está vacía o hay algo nuevo adentro»

«Quizás esta noche nos enteremos... o quizás no pase nada»


En el contestador de la oficina también la esperaba un mensaje de su hermana.

—Sonny, habla Gabriela. Te estoy llamando a tu casa en un minuto, por las dudas. Estoy en Stuttgart y todo es bastante raro. Empezaron el cónclave hace un rato y no se entiende nada de lo que percibimos del grupo. Los australianos están adentro desde hace tres horas y tampoco se lee nada coherente. Igual, un amigo de Eric dice que van a terminar saliendo, pero no puede ver nada más. Llamame cuando ustedes sepan algo.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la puerta de su oficina. No sabía qué pensar. Pero era obvio que había una decisión por tomar. Una decisión que ya no era individual.


Mariano inició el cónclave, enlazando a cada uno de los del grupo. Su imagen era auditiva, algo inusual para un telépata: el sonido de un gong, de un timbre abatido, tan bajo que podía sentirse físicamente. Sonia se dejó llevar por la estructura de la transición; el río que arrastraba sus conciencias. Pero esta vez era diferente, no sentía la presión de unificarse con el grupo que, las veces anteriores, hubiera sido el siguiente paso. Su identidad iba cambiando y pudo sentir cómo, lentamente, se sumaban a la suya las conciencias de los otros. La estructura se veía distinta. Lo que antes aparecía como puntos difusos de estática ahora era una superficie pulida, brillante, inmensa. La cascada de luz y la puerta se veían iguales, pero ella ya no era la misma.

Se detuvieron frente a la puerta, y escucharon. El tiempo se detuvo junto a ellos. Segundos, horas o días después, ciertas palabras pudieronser. Y una decisión fue tomada. Un paso más cerca del horizonte, un poco más adentro de ellos mismos.


Nos encontramos dentro de la estructura. Estamos aquí, en Buenos Aires / Stuttgart / Caracas. Estamos en Montevideo / Sydney / Singapur / Hokkaido. También en Rosario / Quito / Puebla. Nos detiene la duda, sólo un momento.

Giramos el picaporte.

Damos un paso hacia el túnel.

Cruzamos el puente.

Nadamos hacia la orilla opuesta.

Suavemente desdibujados, no hay contornos. No hay imágenes. Avanzamos.

Ahora entendemos las voces. Nos llaman. Nos dan la bienvenida.

Al fin llegamos. Aquí, ahora.

Somos.



Hace más de dos años, cuando presentamos "Los gatos más grandes" en Axxón 126, señalamos que Laura Núñez es argentina y que es experta en Seguridad Informática. Desde entonces hubo algunos cambios en su vida. Por lo pronto ya no vive en el barrio de Palermo... y en este cuento ha pasado de la magia y la sensualidad de los grandes felinos a los sentimientos de personas diferentes... Pero Laura no ha dejado de hacer lo que mejor hace: explorar territorios poco o mal cartografiados. Esperamos que el clamor de los que disfrutamos lo que escribe llegue a sus oídos y sus ojos y que pronto tengamos nuevas muestras de su talento.


Axxón 157 - diciembre de 2005
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Empatía: Telepatía: Argentina: Argentino).

            

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