EL CIELO DE LOS ÁNGELES

Fran Ontanaya

España

—Pero, ¿qué son?

—Ángeles, Chico.

Hacía frío en el campanario. Los hierros que lo cercaban se interponían entre nosotros y el vacío de la madrugada, dejándonos expuestos a la corriente que arrastraba las negras nubes, llenas de ceniza, llenas también de olor a muerte. Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogiéndose en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado sosteniendo el rifle.

Ya no había calor en aquel ambiente triste y gris. Lloviera o saliera el sol, en medio de la nieve o del huracán, había que velar el sueño de los que luchaban cada mañana por sobrevivir. Los ojos de Luis se achicaban, se le vidriaban, finas y duras arrugas se formaban en sus mejillas sin afeitar; pero no habría demonio en el mundo que le tentara a dormir antes de que saliera el sol.

Yo, Chico, observaba las calles a su lado a través de una lente nocturna.

—Creía que los ángeles eran buenos.

—Pues ya ves.

Luis no quitaba los ojos del cielo. El tiempo era turbulento, casi invernal. Las nubes no dejaban que el primer calor del día alcanzara las piedras de la ciudad. Había ruinas por todas partes, desmoronadas como grises castillos de arena. Una era entera se había quedado enterrada bajo ellas, miles de años convertidos en basura, en desperdicios. No dejará nunca de asombrarme cuántas cosas se echaron a perder, cosas que no veré en mi vida.

—Antes los ángeles no eran así. Eso es lo que papá y mamá decían.

—Ya lo eran, Chico. Cuando nació el primer mono los ángeles ya eran ángeles. Cuando murieron los dinosaurios, cuando la vida salía del agua... los ángeles ya eran ángeles cuando la Tierra sólo era polvo.

Entre los escombros, entre los muros partidos, había pequeñas sombras. Hombres y mujeres que se movían con pies ligeros, con los ojos abiertos, temerosos de lo que podía salir del vientre de las nubes. Aquellos eran los supervivientes. Su calor era el rescoldo de la hoguera en la que había ardido la humanidad.

—Pero se los comieron —dije—. Salieron del refugio y me dejaron solo.

Hacía una semana entonces, y hoy todavía lo recuerdo. Fue después del último ataque, mientras la unidad de Luis patrullaba buscando cadáveres de ángeles en las afueras de la ciudad. Encontraron a mis padres demasiado bien vestidos y nutridos como para haber soportado una década de horror. Eso hizo que Luis buscara en la casa, y así encontró el refugio. Me sacó en brazos, tapándome los ojos al pasar junto a los cadáveres tendidos en el jardín. Cuando las víctimas no oponían resistencia siempre aparecían así, intactas; los cuerpos quedaban vacíos, sin alma ni conciencia, y se morían de sed. Sólo entonces, cuando Luis me sentó en el interior de la tanqueta y me dejó jugar con su casco, me di cuenta de que estaba solo.

Luis se convirtió en mi hermano mayor. Todas las familias eran como la nuestra, en aquella época: meras colecciones de parches y retazos.

—No entiendo por qué salieron.

Luis se rascó un picor en la sien, bajo el casco. Luego juntó las manos entre las piernas como quien desiste de luchar:

—Antes los veíamos ir en masa. Eran miles, cientos de miles. Cantaban y levantaban las manos al cielo, que entonces era amarillo por la ceniza.

—¿Por qué?

—Querían morir en una mentira piadosa. Los ángeles llegaban, se arremolinaban sobre ellos como buitres, y después sólo había alas, gritos y chillidos... No se daban cuenta de lo que hacían, Chico. Buscaban el Paraíso en el lugar equivocado. No hay ningún Edén en el estómago de un ángel.

Yo dejé la lente y me volví:

—¿Por qué son tan malos?

—Porque tienen hambre. Los ángeles se comen el alma de los animales. Es por eso que tenemos que resistir: compartiremos el mundo con las ratas hasta que los ángeles se mueran de hambre.

—Pero... las almas no se comen.

—Ya, bueno, esa es otra historia. Voy a preparar café, ¿quieres?

—No.

Luis rebuscó entre los bultos que llenaban el poco espacio libre y lo reunió todo entre sus piernas: termo, cucharilla, un cazo viejo y desportillado, un saquito de azúcar, una pastilla de cafeína para hacer pasar el rastrojo quemado por café...

Las vistas eran lo único bueno del campanario, pensé, mientras Luis removía el brebaje infernal, siempre mirando al cielo. Ya no había edificios más altos que el campanario. Los habían demolido todos: para poder vigilar el horizonte, para que los ángeles no anidaran, para verlos cuando caían al suelo y había que correr a acabar con ellos. Desde allí se abarcaba la ciudad entera, o lo que quedaba de ella: al norte, al sur, al este, al oeste... todo un paisaje de desolación y ruina.

—Cuando la gente se muere —dijo Luis, tomando el primer sorbo de achicoria—, no se muere del todo. Queda algo, como las ondas del agua al tirar una piedra. Eso es la conciencia. Un nudo de energía, vacío de recuerdos.

Yo fruncí el ceño. Me costaba imaginar algo así.

—Oh...

—Y bueno, la gente se muere y su alma cae de la Tierra, como la estela de un barco de pesca. Antes, los ángeles volaban por esa estela y se comían las almas.

—Pero ahora están aquí.

Luis se bebió de un trago el resto del café, hasta los posos, sacándose de las muelas el amargo sabor a polvo, a ceniza, a cadáveres en piras de brillo hiriente y coloreado.

—Eso es porque Dios murió.

Yo estaba desconsolado. Ya no sabía en qué creer; en aquella semana dejé de entender más cosas de las que había comprendido sobre la realidad. Lo cierto es que viví embutido en el mundo de un cuento de hadas, dentro de un búnquer, hasta que alguien abrió la puerta.

—No, Dios sólo era un animal. Yo lo llamo así porque era él quien guiaba la bandada. Un día vieron el reflejo del sol en sus alas. Mandaron una nave a estudiarlo, pero algo salió mal, no sé bien qué. El guía se salió de la estela y fue atrapado por la gravedad. Los ángeles planean muy despacio, impulsados por el viento solar, así que no pudo evitar estrellarse contra la Tierra.

—Oh...

—Entonces la bandada perdió el rumbo. Empezó a seguir el rastro de las almas, multiplicándose por el camino. Y así, cada vez más hambrientos, los ángeles llegaron a la Tierra.

Y sus inmensas alas reflectantes para navegar en el viento solar se condensaron, y aún así cubrieron el cielo. Y su dura piel, que resistía el fuego ardiente, la radiación y los granos de arena que giraban en órbitas celestes, se endureció aún más, y se adaptaron al océano de nitrógeno, oxígeno, vapor de agua, dióxido de carbono, en el que se zambulleron...

Y no podían matarlos con armas convencionales, sólo derribarlos para correr después hasta ellos y herirles en los ojos, aquellos ojos del abismo, plateados y anormales.

Y los que eran alcanzados por los ángeles, morían sin morir. Y de los muertos, millones de muertos, nacían más ángeles, y caían como una plaga sobre los vivos.

—¿Cuándo se irán?

—No lo harán. Se quedarán aquí hasta morir todos.

El cazo del café estaba vacío. El estómago de Luis no podía estar mejor que antes, maltratado y encogido por el hambre.

Por las escaleras subía alguien. Ahora que Luis y él estaban callados, oyeron la respiración de dos personas entre las paredes de piedra.

—Relevo —dijo Pablo al entrar, sin aliento.

Detrás llegó otra voz:

—Buenos días.

Esther se llevó una mano al pecho de su vestido de enfermera: fieltro de prendas recicladas, que absorbía la sangre como un río seco la lluvia de una nube de mayo. Sus mejillas se habían ruborizado con el esfuerzo.

Pablo se hizo paso, diciendo: "perdón... perdón", y ocupó el lugar de Luis junto al fusil.

Esther. Esther, Esther... que luchaba por conservar la vida de los heridos, de los moribundos incluso, para que no cayeran en las fauces de los ángeles. Esther, que había visto tantos mayos agostándose entre sus manos. Esther, que abrazaba las almas de los soldados y las retenía en su regazo, interponiéndose entre ellos y la muerte.

—Buenos días —respondió Luis en el tono contenido de los enamorados—. Hay que llevar a Chico a la residencia. Me arreglaré un poco mientras, estoy lleno de mugre.

Eso era todo. Los dos estaban prendados, el uno del otro. Todos lo sabían, hasta el pobre Chico se había dado cuenta. Pero los dos tenían miedo, y no se atrevían.

Tenían miedo de que no pudiera durar, y no se atrevían a cruzar la mirada, bajando los ojos del cielo. No era fácil amar con la muerte sobre nuestras cabezas.


Desastre era el nombre de todas las calles tras el holocausto. Esther y Luis paseaban por esas calles, las calles del desastre, durante su breve hora de permiso. Y cada día veían nuevas historias entre el paisaje en decadencia.

Gente con la que no iba la guerra, ancianos, débiles, niños, enfermos, tarados, lisiados, desquiciados. Su esfuerzo era el mayor de todos, porque sobrevivían sin tener armas para sobrevivir. Sólo tenían miedo y unos ojos alienados, errantes, junto a una minúscula chispa de esperanza que alimentaban con recuerdos. Si tenían algo que olvidar, lo olvidaban entregándose a la rutina diaria: recoger madera y chatarra, acarrear agua y sacos de arena, levantar empalizadas para fortificar los refugios militares, cazar gatos, ratas, palomas. Con las palomas solían ensañarse; lo hacían por resentimiento, porque las alas blancas se habían convertido en el símbolo del mal.

No era aquel el escenario de una batalla épica, sino el de la realidad desfigurada. Junto al valor y la heroicidad estaba siempre la miseria, el miedo, la desesperación, sentados mano a mano como dos mellizos desiguales.

—Estoy tan cansada, Luis.

—Resiste. —Se detuvieron, mientras un par de niños que no llegaban a diez años cruzaban la calle, sucios, pateando entre el polvo la calavera de una cría de ángel—. Ya queda menos.

El rostro de Esther se transformaba en el de una anciana, ojeras, arrugas, sombras, los colores de la fatiga.

—El hospital es terrible por la noche, Luis. Hay camillas por todas partes, en el vestíbulo, en los pasillos. No tenemos calmantes, sólo alcohol. Los que pueden aguantarlo, beben y deliran bajo esa luz infernal de los candiles de gasolina, o se amontonan en la oscuridad y les entra el terror. Los que no pueden beber, aúllan hasta agotarse. Ahora todos tienen miedo de morir, de que los ángeles devoren su alma. Y no podemos hacer nada por aliviarles. Agonizan, se nos van, los traemos de nuevo. Amputamos las gangrenas, transplantamos hígados, riñones... de todo, los entubamos, los pasamos uno a uno por las máquinas. Sangramos a los desahuciados, les ponemos suero y los dejamos fuera desnudos, en el frío, para que aguanten un día más. Y cuando crees que no puedes más, cuando empiezas a flaquear, oyes las baterías en el techo y te das cuenta de que el tiempo sigue corriendo, y que por cada uno que se nos va, nacerá otro ángel para acecharnos. Es horrible, horrible de verdad, Luis. Cada día, cada hora, desde hace años ya... Y no se acaba nunca.

Por la avenida apisonada venía un camión, moderno pero gastado. Las maltrechas suspensiones se le hundían por el peso de la caja, llena con el plateado pellejo de un ángel. Debía de ser uno de los que caían en el campo, muertos de inanición, heridos por una esquirla o por un tiro afortunado.

—Paso, ¡paso! —decía el conductor, asomando la barba y los dientes rotos por la ventanilla. El parabrisas estaba lleno de polvo de ceniza y embarrado por los limpias. Los niños se hicieron a un lado. Uno de ellos tomó una piedra, un cascote, y la lanzó contra el pellejo del ángel. Rebotó sin hacerle un rasguño.

La piel de ángel era como la tela de araña. Nada que un hombre pudiera sostener le haría daño. Si hubiésemos podido estirar el pellejo de un solo ángel y cubrir con él la ciudad, habríamos estado a salvo. Pero no podíamos. Aunque la ciencia y la imaginación nos tentaran con ideas exóticas, a la hora de la verdad era lo real y no lo posible lo único que contaba. Teníamos que conformarnos con tender los pellejos entre cables de acero, como si fueran tiendas nómadas, y cubrir los edificios importantes como el hospital, la residencia y la iglesia, ahora convertida en fortín.

—¿Cuándo acabará esto, Luis?

—Pronto. ¿Te acuerdas del holocausto? Se multiplicaban por millones, y ahora, ¿dónde están? ¿Dónde aquel cielo tan lleno de alas que no veíamos el sol? Antes nos escondíamos en las alcantarillas, en los aparcamientos, les oíamos rascar la tierra... Antes ellos esperaban a que cayéramos, uno a uno, muertos de hambre, de sed; pero los que íbamos quedando cada vez resistíamos más. Ahora, es a ellos a quienes toca morir, y nosotros somos los que esperamos.

—¿Y si es demasiado tarde? ¿Qué pasará si el mundo está tan roto que nuestros...?

Esther se quedó trabada y Luis tuvo que terminar la frase por ella:

—Hijos.

—¿Cómo van a tener esperanza para seguir adelante, Luis? Fíjate, ¡fíjate!, está todo deshecho. Tendrán que trabajar toda su vida y nunca recuperarán ni la mitad de lo que se perdió... y sólo conocen la violencia y el horror...

—Pero nada de todo esto es nuevo. Cuando la peste, por ejemplo, no fue el fin del mundo. En Austwitz, en Hirosima y Nagasaki, en Sarajevo... en África todos los días. También allí había gente que no se desanimaba.

—Esta vez es tan horrible, Luis. No sé dónde van a encontrar las fuerzas para continuar.

—Pues... en los hijos. En los que tendrán la esperanza que no tendrán ellos, que no tenemos nosotros...

Pero costaba creerlo, claro. Cuando dos que se amaban tanto eran incapaces de sentir ninguna felicidad, ante el paisaje oscuro y gris que tenían delante, era difícil pensar que alguien volvería a ser feliz alguna vez. En realidad, mi presencia era lo único que conseguía arrancarles de la melancolía. Yo, que había conocido lo espantosa que podía ser la vida, y aún seguía teniendo curiosidad.

El holocausto de los ángeles dejaba hondas cicatrices, pero si los individuos no se podían curar, a la humanidad aún le quedaba una esperanza de regeneración.

Y era gracias a los niños.


Había gente en la iglesia al regresar.

Amanecía despacio, aquellos días, aunque el alba se alargaba durante mucho tiempo, el suficiente para quitarle toda la belleza. Justo cuando terminaba de salir el sol, un puñado de creyentes se reunía bajo las viejas piedras para escuchar al padre Manuel. Ahora la misa se celebraba casi todos los días, si Manuel estaba en condiciones. Aunque la gente ya se había cansado de rezar, algunos todavía encontraban un poco de consuelo; esa cosa tan humana que, por no ofender el impulso egoísta, se disfrazaba siempre con tantas formas y trajes extraños.

El padre Manuel era un hombre atormentado. Sólo los que estaban más concentrados en la ceremonia que en la expresión dolorida del hombre podían soportar una misa entera sin que se les formara un nudo en el estómago. Los dos se detuvieron en el portal. Hacía mucho que las puertas habían sido convertidas en leña; ocupaban su lugar sacos de arena y una fea ametralladora que todos debían rodear para entrar.

—Oh, no —exclamó Esther, sin alzar la voz—. Mira, es Celia. No la veía desde hace tiempo. Tiene un hijo enfermo.

—¿Le ocurre algo?

—Nunca había pisado una iglesia. Eso es que su hijo ha empeorado. ¿Me disculpas un momento?

—Sí, claro. Ve.

Luis la siguió, más despacio, y no pasó del umbral. Él no era creyente, y a pesar —o a causa— de las circunstancias, no parecía tentado de serlo, ni aún en la versión de macuto concentrada que gastaban los soldados. Se quedó mirando los mosaicos con mera curiosidad estética. Las imágenes de autoridad divina parecían enflaquecidas sobre las naves llenas de munición, sacos de comida, cajones de viejas medicinas y repuestos mecánicos; los mensajes de otro mundo eran sólo un hilo de voz entre las exhortaciones y los imperativos de la guerra. Aún quedaba sitio, sin embargo, para que una docena y media de personas se sentara ante el púlpito, sobre cajas de madera y alumbrada por quinqués, como si estuviera en un ritual minero.

Manuel estaba leyendo el Apocalipsis. Siempre volvía a él durante la misa, aunque era justo entonces cuando más parecía sufrir. "Y clamó con gran voz a los cuatro ángeles, a los cuales era dado hacer daño a la tierra y a la mar. Diciendo: no hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil...", decía con una voz que a veces se le iba una octava, como si se le clavaran las palabras en las carnes.

Por las noches, cuando Luis hacía guardia en el campanario, Manuel se encerraba en un cuartito del edificio anexo a la iglesia y se quedaba desvelado, leyendo durante horas. Leía obras de filósofos antiguos y algunos modernos, buscando las respuestas que su cabeza llena de dudas no encontraba en la fe. Pero, como don Quijote, las lecturas sólo empeoraban su mal. Aristóteles y Berkeley le conducían a un estado de melancolía lleno de suspiros y lamentos, pero cuando intentaba penetrar en las obscuridades ateas de Nietzsche se desquiciaba hasta quebrar el silencio de la noche con gritos y aullidos tremendos, casi inhumanos, discutiendo consigo mismo y con hombres que llevaban siglos muertos y, probablemente, digeridos por un ángel.

Todo esto dejaba exhausto al padre Manuel. Cuando daba misa por las mañanas lo hacía en un estado sonámbulo, rezando por inercia o tal vez por la presión de los ojos que lo contemplaban. Yo temía que un día, entre maldiciones infernales, les lanzara la Biblia a la cabeza, se rasgara las vestiduras y se marchara corriendo como un salvaje hasta perderse más allá de los campos yermos; tan hundido parecía su ánimo.

Pero ya habían pasado muchos años desde la llegada de los ángeles, por lo que sólo quedaban los que más resistían. Al principio, las dudas habían salvado la vida del padre Manuel. Y aunque parecía siempre al borde de la ruina, aguantaba, y lo mismo hacían muchos como él, de todos los credos e ideologías. La guerra nos igualaba a todos, y la desesperación, aunque destructiva, mantenía en marcha los motores de la gente.

—"Porque el gran día de su ira es venido. ¿Y quién podrá estar firme?"

El padre Manuel cerró su libro y se fue, sin decir más, mirando sin ver por donde pisaba. La gente empezó a levantarse, apenas aliviada de su peso. Esther fue de las primeras en salir. La señora Celia no se movió; desde allí Luis no la veía bien, pero se notaba que tenía los hombros hundidos.

—Vámonos a dormir. Estarás cansado.

—No, eh...

—Yo lo estoy.

Esther se lo llevó del brazo hacia la residencia militar.

—¿Qué te contó la señora Celia? —preguntó Luis, al cabo de un rato. Estaban en la calle principal y la gente ya se había dispersado.

—Su hijo murió hace un mes.

—Oh.

—Tiene un muñeco de paja. Lo ha vestido con sus ropas. Habla con él y lo trata como si estuviera vivo.

Luis se quedó consternado. Pero, en aquel momento, Esther se apartó para vomitar, y él tuvo que ocuparse de ella. Así que se olvidó de la señora Celia, que había perdido un hijo y los cabales, y se ocupó de su amada, que era poco menos lo que podía hacer.

Después de todo, las nuevas historias que veían cada día eran casi siempre iguales.


La noche. Las hogueras, el miedo, la gente que se refugia, las madres con sus hijos, los hombres con sus mujeres, los ancianos y los locos con sus fantasmas. El sol hinchado y tembloroso que desaparece entre las nubes de polvo, un espectro de sangre que se funde en la tierra dejando vía libre al horror.

De noche no los veíamos venir. El radar estaba averiado, los ángeles lo habían atacado varias veces y se nos acababan las ideas para volver a ponerlo en marcha. Los ángeles veían en la noche lo mismo que de día, pues miraban a las almas y no a la carne, así que la única opción era correr. Correr, escondernos, meter la cabeza bajo tierra y confiar en que aquella noche no, aquella noche los vigías se adormecerían poco a poco hasta salir el sol, y luego vendría el relevo, y nosotros saldríamos otra vez a respirar. Los ángeles eran lo bastante listos como para entender que su número se estaba reduciendo. Habían aprendido a evitar la luz del día; si atacaban, lo hacían en el crepúsculo del atardecer, cuando la gente estaba más cansada, cuando los rezagados aún no habían regresado de los campos. Migraban de ciudad en ciudad, esperando cogerlos desprevenidos. La gente se pegaba a un aparato de radio y esperaba noticias de los vecinos supervivientes, a veces los de una gran urbe, a veces un hombre solitario en las montañas con una escopeta y un aparato de radio, demasiado lejos de ningún lugar como para arriesgarse a ir andando.

A veces, los ángeles remontaban hasta la estratosfera y viajaban miles de kilómetros, para caer por sorpresa sobre un lugar.

—¿Son las alarmas?

Esther dormía siempre con Luis, en los barracones. Los dos tenían el turno de noche.

Los de ese turno estaban empezando a despertar, metiéndose sin ganas en los pantalones, calzándose unos zapatos hartos de caminar. Cuando oyeron las alarmas, sin embargo, todos se apresuraron a vestirse.

—Pablo. Tengo que relevarlo —dijo Luis, y a Esther se le fue la voz y sólo negaba en silencio—. Si no llego antes que los ángeles, tendrá que pasar toda la noche ahí, solo. No aguantará hasta que salga el sol.

—No. Luis, no. Por lo que más quieras, no vayas.

Luis paró un momento de vestirse y la besó en la mejilla.

—Busca a Chico y luego ve al hospital. Vamos, antes de que sea tarde.

—Luis, ¡ten cuidado!

—No es la primera vez que nos vemos las caras, los ángeles y yo.

Los dos se levantaron. Luis hacia la entrada, Esther hacia el ala infantil. Luis tuvo que luchar contra el torrente de humanidad que se introducía en el refugio. Era un torrente lento y triste, porque la gente estaba acostumbrada; ya no gritaban, ya no gemían ni se desorientaban presa del pánico. Corrían como criaturas que llevan toda la vida huyendo, siguiendo un camino demasiado conocido.

Luis se detuvo en un remanso a un lado del portal. Los soldados ya se apostaban fuera —gente de edades dispares, tanto varones y mujeres maduros como muchachos que se habían hecho hombres en la guerra—; todos miraban al cielo, hacia el ocaso irregular del polvo y las nubes dispersas que nunca dejaban lluvia. Aquí y allá se encendían las hogueras, que habrían de arder toda la noche para iluminar la ciudad. Los dos últimos focos, maltrechos, se calentaban sobre el hospital. Las baterías zumbaban y chasqueaban como las negras mandíbulas de unos perros del infierno, orientándose en la dirección del ataque.

Luis se asomó lo suficiente para atisbar la torre del campanario. Vio tras ella las alas de los ángeles, en el horizonte, reflejando de forma fugaz los agonizantes rayos del sol. Sólo eran dos y estaban muy lejos. Todos sabían que era una trampa. Todos sabían que los que no entraran ya, lo harían demasiado tarde.

—¡Luis! ¡Luis!

Esther, en el interior. Había cientos de cuerpos entre los dos.

—¿Qué? ¡Esther!

—¡Chico! ¡Salió del refugio! ¡Se ha ido al campanario!

—¡Quédate aquí! ¡Los ángeles están sobre la ciudad! ¡No vayas al hospital!

—¡Luis!

—¡Cuidaré de Chico!

—¡Luis...!

Fuera, los últimos ya corrían hacia el refugio, dispersos, los detalles se quedaban grabados en los momentos de terror: un anciano con una camisa de algodón a cuadros, un hombre de color con una mochila en la mano, una madre que tiraba de una hija ciega... Los soldados daban gritos y se preparaban para cubrirlos, pero por dentro eran tan de carne como todos, y estaban casi tan asustados.

—¡Paso! —dijo Luis, saliendo a la calle, metiéndose entre la gente y los sacos de arena—. ¡Paso! ¡Dejadme pasar!

Alguien protestó por un codazo. Alguien le dijo algo cuando empezó a cruzar la avenida a la carrera, pero Luis ya no escuchaba.

Y es que las alas ya se oían, y a él le zumbaban los oídos por la tremenda descarga de adrenalina que le decía: "¡cuidado!", le decía: "¡peligro!", le decía: "¡escapa! ¡Sobrevive!".

Arriba, en el campanario, donde hacía tanto frío aquellos días, un ángel que caía desde el cielo se posó y batió sus alas refulgentes a la luz de las hogueras. Desde allí veía los cientos de luces de las almas, que destellaban como estrellas sobre la tierra, mientras su cabeza enloquecía por el hambre. Una ráfaga de balas llegó hasta él, pero fue inútil, no lo harían caer ahora que estaba aferrado al campanario. Las baterías apuntaban en otras direcciones, aquí, allá, era imposible saber si los ángeles eran cuatro o eran cien.

Todavía había gente en las calles, y Luis lo vio mientras corría hacia la iglesia. Los ángeles, desesperados, se lanzaban a por ella. En cuanto tocaban tierra los soldados cargaban, apuntándoles al rostro, y la ciudad se llenaba de ruido con los chillidos de los ángeles y el tableteo de las armas.

Pero arriba, arriba en el campanario, Pablo y yo estábamos solos. Y el ángel estaba allí mismo, allí fuera. Se agachó y miró entre los hierros y los enrejados, intentó meter una zarpa por donde estaba el fusil y lo tiró al suelo. Pablo no se atrevía a acercarse, estaba muy asustado: sacó un revólver del cinto y le disparó a la larga y nervuda mano del ángel, que no era más que tres ganchos con los que se aferraban para copular, como aquellas manitas de los tiranosaurios. Las balas golpeaban la mano y hacían un ruido como el de un puñetazo en el abdomen, y luego caían convertidas en chapas. La carne del ángel se hundía como si fuera de goma, y seguro que le dolía, pero en la piel no quedaba marca alguna. Lo mismo podíamos intentar matar a un elefante con alfileres.

El dolor enfureció al ángel, y este empezó a tirar de los hierros, a doblarlos y arrancarlos como si fueran de mimbre. Caían sobre los escombros de la calle, emitiendo un ruido escalofriante.

Pablo me metió en las escaleras y detrás de mí vino él. En la oscuridad, bajando a tientas, sólo oíamos las alarmas, el ruido de las baterías antiaéreas, los gritos de los soldados y de los ángeles, el aletear de las alas y las uñas que rascaban la vieja piedra de la iglesia.

En esa oscuridad tan densa como el humo, en la planta, nos encontramos con Luis. Él estaba allí, en el portal, recortado contra la luz vacilante del exterior y los reflejos de los focos, y todavía me acuerdo muy bien. Nos llamó y fuimos hacia él. Con los nervios no pensamos en refugiarnos en los pequeños cuartos del edificio anexo, en el cuarto del padre Manuel o en cualquier otro. No pensamos en el ángel, que creímos que se quedaría allí arriba, aferrado al campanario, sin darnos cuenta de que eso no tendría sentido. Y así, como pasan las cosas en la guerra, nos dimos cuenta de repente de que estábamos envueltos en polvo y en escombros, y ya luego empezamos a comprender, cuando nos dolieron las heridas y los golpes.

El ángel estaba atravesado en el techo de la iglesia, arrancando todavía tejas, piedras y polvo, enganchado entre los cables de acero de los que colgaban los pellejos. Se debatía con una energía aterradora, no la energía química que animaba a los pequeños seres humanos, sino una mucho más fundamental, la misma con la que sostenían sus enormes alas en el espacio para navegar en el viento solar. Su piel se estiraba y hacía gemir los cables, sacudía la iglesia entera, los símbolos religiosos que todavía seguían allí temblaban como un espejismo persistente. El Cristo se torció, lleno de polvo, como flaqueando bajo el peso de la cruz.

Entonces, el ángel dejó de pensar en los cables e intentó llegar hasta nosotros. Entonces le vimos los ojos de la cara diurna, lechosos como los de un pez muerto. Estiró el cuello, aquella mole enorme, y bostezó un "oh" parabólico, una trampa, un sumidero que resplandecía con chispas eléctricas. Tendió uno de sus largos brazos de tres dedos hacia Pablo, que yacía conmocionado y ya algo ensangrentado entre trozos de piedra y teja.

—¡Chico!

Luis me sacó de allí. Me salvó la vida, igual que una semana atrás. Yo estaba malherido, aunque en ese momento no me daba cuenta, porque la hemorragia estaba dentro de mi cabeza. Y él también lo estaba, pero no sentía dolor de puro miedo. Tiró de mí con un brazo, sobre los escombros, hacia el portal. El ángel se retorcía, rugía y chillaba, rozaba los camales de Pablo. Los focos del hospital iluminaban la torre del campanario, interrogantes, pero allí no había nada que hacer, no hasta que pudieran librarse de los otros ángeles. Y nosotros estábamos solos, y Luis tenía una pierna rota y un brazo que también estaba mal, y ninguno de los dos tenía fuerzas para salir.

Estábamos perdidos, eso fue lo que creímos. Pero, de repente, entre los brazos de Luis, vi una puerta abrirse, vi un quinqué agitando la llama en la oscuridad...

—¡Bestia inmunda! ¡Ángel o demonio, seas lo que seas, me da igual!

Era el padre Manuel. Era el hombre atormentado, vestido con una camisa larga de dormir, y en verdad que era una figura quijotesca. Pero no había ilusión alguna allí, no había visiones: era la realidad, era el ángel casi libre de su trampa. Era el monstruo, eran heridos, eran las alarmas y los disparos, el fuego de las hogueras. Los que estábamos allí sentíamos cada hueso de nuestro cuerpo, la sangre golpeando en nuestras venas, no era una historia que nos estaban contando, era lo que nos estaba pasando aunque pareciera una pesadilla.


Ilustración: Germán Amatto

—¡Déjalos en paz!

El ángel vio al padre Manuel, o más bien su alma, y se volvió.

Luis aprovechó para hacer otro esfuerzo. Su brazo izquierdo parecía negro de tanta sangre que lo cubría; se apoyó en su pierna buena y se arrastró de espaldas, llevándome con él, hasta que tropezó con la ametralladora de la entrada. Entonces me dejó y tiró de ella, pero era un trasto muy pesado...

Y el padre Manuel corría hacia el púlpito, agitando el quinqué ante el ángel, intentando atraer con él a aquella criatura que antes había mirado con indiferencia el fulgor llameante del sol. Pero el ángel siguió su movimiento, se retorció entre los cables, e intentó atraparle...

—¡Con fe o sin ella, monstruo del infierno, voy a...!

El padre Manuel recibió un golpe tremendo y cayó medio de bruces. El quinqué se hizo añicos, prendiendo el queroseno y la manga de la camisa, pero el padre ya no se daba cuenta porque estaba inconsciente. Y el ángel se cernió sobre él.

Entonces, se oyó el crepitar del alma que desaparecía, y luego nada.

Había tanto silencio que pensé que ya me había muerto, y en verdad ese camino llevaba. El ángel se quedó quieto, sintiendo el inmenso alivio de su hambre saciada en parte. En parte, sólo en parte, así que pronto se movió otra vez. No nos había quitado los ojos de encima, los ojos de la noche. Cuando se volvió, todavía tenía la boca abierta.

Y eso es todo. Es lo último que recuerdo. Mi vista se enturbió, cerré los ojos, y perdí la consciencia. No la recuperaría en quince largos años.

Para mí, la historia de la guerra se terminó en aquel momento. No tras el fin del ataque, no cuando se acabó el sufrimiento. No cuando la primera muchacha salió a la calle y sonrió otra vez. Se acabó cuando el destino quiso que acabara, y no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

Todo lo demás me lo contaron, y me alegro de no haberlo vivido. Aunque me hubiera gustado estar allí, para ayudar, para recordarlo después. Sufrir la realidad no es tan malo como dormir sin sueños.


Es difícil aprender a tener veintitrés años, cuando la última vez que despertaste sólo tenías ocho, pero al final terminas por acostumbrarte. La fruta también madura en la oscuridad.

El mundo cambia mucho en quince años, y a eso también hay que acostumbrarse. Pero el ritmo de la vida es como un río impetuoso, y basta soltarse un poco de la orilla para verse enseguida arrastrado por él. Incluso en la postguerra había miles de cosas por descubrir: unas tan viejas como la humanidad; otras, como la camaradería y la esperanza, que se sienten más cuando se trabaja en un empeño común.

También se descubren las cosas que quedaron atrás.

Aquel día, Luis me salvó la vida, y salvó también la suya, al matar a un ángel en aquella iglesia. Si la gente dice que fue un héroe es porque lo merece, pero yo le conocí, y al fin y al cabo era un tipo normal. Nada se pudo hacer por Pablo y por el padre Manuel, que no eran mejores ni peores, pero la vida siguió adelante.

Luis perdió el brazo izquierdo. Su rodilla derecha se quedó rígida, los días fríos le dolía y no le dejaba caminar. Pero la vida continuó. Tiempo después, cuando casi habían pasado seis meses desde que se avistó el último ángel, Luis fue el primero en quedarse fuera al atardecer, sentado en una silla, ante el crepúsculo. Pasó la noche, salió el sol, y al despertar la gente de la ciudad se sintió libre.

Y la vida no se detuvo. Las flores se marchitan en la tumba de Esther. Murió hace dos inviernos, así que nunca volví a verla. Sufrió un cáncer cerebral por culpa de la radiación. Luis y ella no tuvieron hijos, pero él estuvo a su lado hasta el final. Y los engranajes de la vida giraron y giraron, y aún continúan haciéndolo.

Así pues encontré yo la vida al despertar. En marcha, en movimiento, llena de actividad. Eso es lo bueno, porque se puede dejar atrás el pasado, como si fuera sólo una pesadilla, y volver a empezar. Pero esta vez tiene que ser en serio. Las pesadillas no llegan cuando se está despierto. Cualquiera sabe las que rondan ahí fuera, y dentro también de nosotros mismos, esperando que llegue su hora. Es mejor soñar con un ojo abierto, vigilante siempre, puesto en la realidad.

Yo ya he dormido por una vida entera. Por eso voy a soñar con los dos ojos abiertos. Y, mientras tanto, tendré esperanza. La esperanza de los que la tenían puesta en el futuro, durante la guerra, pese a todos los ángeles y demonios que moran en la oscuridad.


Hemos leído a Francisco (Fran) Ontanaya Aparicio en Axxón N° 107 con "Después de todo, lo más inesperado". Pasó cierto tiempo hasta que nos volvió a visitar, en Axxón N° 146 (enero de 2005) con "El gato dormido". Pero entre tanto no permaneció inactivo, ya que lo hemos encontrado en Artifex, en la II Antología de Relatos "El Melocotón Mecánico", en Valis y en el Especial de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror # 3 de Parnaso. En su otra faceta, la de ensayista, Axxón le publicó "Superarse o morir en el intento, el criterio de la ciencia ficción", en Axxón N° 153.


Axxón 157 - diciembre de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Ciencia Ficción: Invasiones: España: Español).

            

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