POR AMOR

José Vicente Ortuño

España

La vejez empieza cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas.
Antiguo proverbio indio.


El viento invernal soplaba sin descanso en el exterior de la casona, colándose entre las ranuras de la madera centenaria de los ventanales. Todavía era mediodía, pero el sol parecía haber muerto, asfixiado por la espesa capa de nubes que cubría aquella tierra torturada, azotada por el viento y la penumbra perpetua, abandonada por hombres y dioses, pero habitada por fantasmas agonizantes y recuerdos amargos.

En un vetusto sillón frente a la chimenea del salón, un hombre de aspecto enfermizo dormitaba con un libro en el regazo, mientras un perro viejo de ojos llorosos, con el hocico apoyado en sus patas delanteras, reposaba a sus pies. El animal miraba sin ver las llamas de la chimenea, adormilado, ajeno al aullido del viento y al crepitar de las hojas que arrastraba, que azotaban como granizo los cristales de las ventanas. Las paredes del salón estaban cubiertas de estanterías de roble, repletas de libros. En algunos lugares se veían las mellas dejadas por la ausencia de algunos de ellos, probablemente los que se apilaban junto al sillón. El resto de la estancia carecía de mobiliario, como para hacer juego con los páramos tristes que rodeaban la mansión. En el jardín, abandonado a su suerte, los elementos y la vegetación, los árboles sin hojas montaban una guardia alrededor de una fuente cubierta de musgo verde grisáceo.

Gruesas gotas de lluvia comenzaron a flagelar los ventanales del salón, sobre los que todavía descansaban las barras doradas de las que en otros tiempos habían colgado bellos cortinajes. La lluvia arreció violentamente, convirtiéndose en un chaparrón denso que borró el paisaje.

El quejido de una puerta pesada al abrirse despertó al hombre, que parpadeó ante el brillo de las llamas de la chimenea. El perro, levantando apenas la cabeza, emitió un gruñido hondo y cargado de flemas; luego continuó dormitando. El siseo de unos pies cansados arrastrándose por el suelo de madera, consiguió abrirse paso a duras penas entre el ruido de la lluvia contra los cristales. Una figura encorvada avanzó lentamente a través de la penumbra grisácea del salón. Al llegar junto al sillón y entrar en el círculo iluminado por el fuego de la chimenea, se reveló el rostro ajado y consumido por los años de una anciana, cuyos ojos hundidos brillaron con el reflejo de las llamas. Sin mover apenas los labios dijo con voz cansada:

—¿El señor conde desea que le sirva la comida?

Las palabras se perdieron consumidas por las sombras del salón. El conde carraspeó y sin retirar la mirada del fuego que danzaba en la chimenea, contestó con voz irritada, molesto porque la misma escena se repetía por enésima vez.

—Sabes que no, Amelia.

—El señor conde ya se encuentra muy enfermo; debe alimentarse o acabará muriendo —dijo la anciana a pesar de que sabía de antemano la respuesta.

—¿Y para qué quiero vivir? —dijo el conde apretando con manos temblorosas el libro que descansaba en su regazo.

—Pero, señor... —insistió el ama de llaves.

—No, Amelia —interrumpió el conde secamente—, ya he vivido demasiado; déjame con mi soledad y mis recuerdos.

Dispuesta a continuar con la escena que habían representado tantas veces, la anciana se acercó a la chimenea y con visible esfuerzo añadió otro tronco al fuego. Removió los rescoldos con el atizador, creando una espiral de chispas que ascendieron por el tiro de la chimenea como luciérnagas anaranjadas. Dejó el atizador y, tras mirar unos instantes al hombre sentado en el sillón, abandonó el salón arrastrando los pies, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

El conde miró al fiel perro que, tumbado a sus pies, respiraba pesadamente.

—Amelia sigue sin entender mi deseo de morir —dijo dirigiéndose al animal—, no comprende mi agonía.

Suspiró débilmente, apenas le quedaban fuerzas y, sin embargo, su cuerpo se negaba a ceder a la muerte mientras se consumía lentamente.

Ante él, como en ocasiones anteriores, se formó una imagen entre las llamas de la chimenea. Una silueta que reconoció aún antes de terminar de aparecer, tan recordada, tan añorada, tan querida. Una mujer esbelta, con la cabellera negra que le caía suavemente sobre los hombros. Estaba vestida con sedas que ondulaban con un viento inexistente, ajena al viento que movía las ropas, lanzando destellos de luz espectral.

—Mi ángel —dijo el conde con un susurro salido del fondo de su alma que pareció que fuera a consumir su último aliento.

La visión se fue formando entre las llamas y el rostro, pálido y demacrado, se iluminó con el esbozo de una sonrisa triste. Una lágrima rodó por la mejilla apergaminada del conde y sus labios temblaron.

—Mi ángel —repitió levantando una mano escuálida hacia la silueta—. ¡Cuánto te echo de menos!

—Víctor, mi amor —oyó la voz de la aparición ondular hacia él—. Te estoy esperando.

—Laura, vida mía —dijo el conde tendiendo la mano hacia la imagen—. Espérame, por favor.

—Te quiero —respondió la visión desapareciendo tal como había venido y dejando el eco de su voz vibrando en el aire.

El conde dejó caer la mano sobre su regazo e inclinó la cabeza de nuevo. Lloró una vez más por la pérdida de su amada y por la muerte que no llegaba. Cerró los ojos y recordó los años pasados con Laura, la felicidad compartida. Aquellos años en los que olvidó quién era y durante los que sólo vivía para ella, para cuidarla, para amarla, para adorarla. Pasaba los días admirando su belleza y el brillo de sus ojos; saboreando la cálida dulzura de sus besos. Compartían sus vidas sin importarles quienes eran, de dónde procedían y lo que les depararía el futuro. El hombre enfermo de amor se durmió sumido en su pena y soñó con un pasado perdido que jamás volvería, repitiendo la historia que tanto dolor le había causado.


La lluvia siguió ahogando el ceniciento paisaje. Un relámpago estalló en el páramo, iluminando el salón con su destello y despertando al conde. El perro no se inmutó. El antiguo reloj sobre la chimenea llevaba varios años detenido; Víctor no quería ver cuán lentamente pasaba el tiempo y le había prohibido al ama de llaves darle cuerda. Pero sabía que en el exterior ya había caído la noche y la tormenta arreciaba estremeciendo la casona con sus azotes. Giró dolorosamente la cabeza para poder observar a través de los ventanales. Furiosos rayos seguían cayendo sobre el páramo, rompiendo la noche como latigazos.

Volvió su atención al libro que tenía en el regazo, pero no había luz suficiente para poder leer. No importaba, hacía siglos que lo había leído y no tenía interés en hacerlo de nuevo. Lo dejó sobre los otros que se amontonaban junto al sillón y volvió a sumirse en sus recuerdos, con la mirada perdida sobre la repisa de la chimenea, más allá del reloj. Su mente vagó de nuevo recordando los momentos felices que había vivido. La infancia junto a sus padres, que se habían amado siempre, sin importarles sus diferencias. Tal vez por eso, cuando conoció a Laura, creyó que estaba predestinado a encontrarla. Pero entonces no quiso pensar que él no era su padre y que Laura no era su madre, y que su destino podría ser diferente.


La tormenta fue amainando, ya solamente caía una lluvia muy fina. El sonido de un carruaje acercándose a la mansión sacó al conde de sus recuerdos. Suspiró disgustado; presentía quienes eran y sabía a qué habían venido. Seguro que Amelia los había llamado. Oyó voces en el exterior y pasos firmes entrando en la casa. Varias personas cuchichearon fuera del salón, luego callaron y la puerta se abrió con un leve quejido de las bisagras. Sonaron pasos seguros que se acercaban, seguidos por el conocido arrastrar de pies de la vieja ama de llaves. Dos figuras, una mujer y un hombre, rodearon el sillón hasta situarse frente a él.

El hombre retiró la capa de los hombros de su acompañante y junto a la suya y su sombrero, se las entregó a Amelia, que salió del salón con su andar cansino. Era un individuo alto e iba vestido elegantemente con una levita color marrón; aparentaba cuarenta años y lucía abundante cabello negro con hebras grises brillando en las sienes. La mujer parecía ser algo más joven y era de menor estatura que su acompañante; lucía un vestido de terciopelo azul oscuro con encajes y llevaba el pelo negro recogido en un sencillo tocado.

—¿A qué habéis venido? —dijo el conde sin levantar la mirada—. No os he llamado. Marchaos y dejadme morir en paz.

—No puedes morir —afirmó el hombre. Su voz grave llenó el salón de ecos—. Sólo conseguirás una agonía eterna.

—No me importa —respondió el conde bruscamente.

—Por favor Víctor, déjalo ya —dijo la mujer con voz suave y triste—, hazlo por nosotros.

—Vosotros ya tenéis lo que queréis —dijo el conde irritado—, en cambio yo he perdido todo lo que le daba sentido a mi vida.

—Pero no fue culpa tuya —intervino el hombre—, no pudiste evitar la muerte de Laura.

—No es cierto —respondió Víctor mirándolos con rabia—, pude haberla salvado aun en contra de su voluntad.

—Sabes que eso no hubiese sido correcto —intervino la mujer—. No debías obligarla a ser algo que no deseaba.

—Tal vez luego me hubiese odiado, pero al menos no hubiese muerto —replicó el conde amargamente.

—¿Y de qué te hubiese servido? Cada ser humano tiene derecho a decidir su destino —dijo el hombre posando su mano sobre el hombro del conde—. ¿Hubieses preferido que te odiase eternamente?

—No lo sé —contestó el conde con voz ronca.

La mujer, con un revuelo de faldas se arrodilló en el otro lado del sillón y cogiéndole una mano le habló dulcemente mirándolo a los ojos.

—Hijo mío, ¿por qué desprecias la vida eterna?

—¿De qué me sirve? —replicó el conde con tono cansado—. Madre, toda mi vida fui feliz hasta que... —la voz se le quebró—. Hasta que Laura murió al dar a luz a nuestro hijo. Desdeñó mi esencia vital, prefirió morir a ser como nosotros y se llevó a nuestro hijo con ella.

—Fue su elección —dijo el hombre—, no puedes reprochárselo. Un mortal tiene derecho a serlo.

—¿Pero por qué decidió por nuestro hijo? —dijo el conde—. Podría haberse salvado.

—Es posible, eso no lo puedes saber —dijo la mujer sin soltarle la mano—. Yo acepté de tu padre la inmortalidad y sé que no es una decisión fácil. Laura te amaba, pero no quiso faltar a su fe cambiando la naturaleza y el destino que Dios le había dado a ella y a su hijo.

—¿Pero acaso yo no significaba nada para ella? —sollozó mirando el fuego que crepitaba frente a él—. ¡Podríamos haber vivido felices durante siglos!

—Tal vez tengas razón —dijo el hombre, mirando tristemente la chimenea—, pero no debes morir por eso, ¡podrías encontrar de nuevo el amor!

—¡No quiero otro amor! —exclamó el conde furioso—. ¡Dejadme morir en paz!

—Hijo, sólo queremos tu bien —dijo la mujer tristemente—. ¿Crees que carecemos de sentimientos? Sufrimos por ti y no queremos ver como te consumes hasta morir.

—¡Marchaos! —replicó el conde volviendo la cabeza para no verlos—. Mi vida es mía y hago con ella lo que quiero.

La mujer se inclinó sobre el conde y le dio un beso en la mejilla.

—Yo te di la vida —le dijo en un susurro al oído—, no quiero ver como la destruyes. Adiós, hijo mío.

Luego se levantó y se alejó corriendo con el rostro surcado de lágrimas.

—Víctor —dijo el hombre—, ¡eres un estúpido egoísta!

—Laura fue egoísta, pero yo estoy dispuesto a morir por ella —replicó con rabia.

—¿Y de qué te va a servir? Si no pensaras sólo en ti te darías cuenta de que hay quien te ama y sufre por el destino que has elegido —apretó firmemente el hombro del conde y añadió—: Adiós hijo, aún te queda tiempo, si cambias de idea ven a buscarnos.

—Adiós padre, adiós madre —dijo el conde con voz apagada.

El hombre salió del salón con paso decidido, dejando descuidadamente la puerta abierta. En el recibidor su esposa y la vieja Amelia lloraban abrazadas. Recogió las capas y ayudó a la mujer a colocársela, luego él hizo lo propio con la suya y dando un último abrazo a la anciana, salieron a la oscura y fría noche. En el exterior la lluvia había cesado, pero el viento seguía aullando contra los aleros del tejado. El ama de llaves se quedó allí parada, recibiendo los embates del viento, hasta que la carroza se perdió en la oscuridad; luego cerró la puerta y volvió al salón.

—Déjame mujer —gruñó el conde con voz temblorosa al oír los pasos de la anciana.

—No, Víctor —dijo ella rodeando el sillón y parándose frente a él.

—¿Al fin me has perdido el respeto?—replicó él—. ¿Ya no soy el señor conde?

—No, Víctor, nunca te perderé el respeto, sería imposible, pero ya que has decidido tu destino —hizo una pausa y añadió tras tomar aliento—, yo he decidido el mío.

—¿Qué quieres decir? —interrogó el conde confuso.

La mujer, con gran esfuerzo, se arrodilló en el suelo frente a él, junto al viejo perro asmático.

—Aquí nos tienes, al perro y a mí —dijo señalando al animal—, los dos únicos seres que morirían por ti.

—No digas tonterías, Amelia —respondió sin comprender qué quería decir la mujer.

—¿Qué no diga tonterías? —dijo ella sonriendo tristemente—. ¿Te has visto a ti mismo? Podrías vivir eternamente y, sin embargo, vas a quedarte ahí sentado hasta consumirte en la nada, hasta que seas una vieja momia frente a un fuego apagado y te caigas a pedazos; o seas devorado por las ratas. ¿Y todo por qué?

—Lo sabes muy bien —respondió el conde—, por amor.

—Pues bien, yo también voy a morir por amor —replicó ella y se sintió liberada del peso la había oprimido durante décadas.

Víctor, sorprendido, la miró a los ojos por primera vez. Para él siempre había sido el ama de llaves, un mueble más de la mansión; una sombra que se movía entre las sombras.

—Sí, Víctor —sonrió—, mi señor conde, durante más de sesenta años he vivido para servirte, pero ¿alguna vez te has detenido a pensar por qué?

Desconcertado, Víctor no supo qué decir, pero con manos temblorosas, acarició el pelo blanco de la anciana y lo encontró suave y cálido. ¿Cómo había estado tan ciego para no ver que aquella criatura lo amaba? Ella sonrió levemente, disfrutando del contacto que había deseado durante tantos años y en sus ojos brilló una luz, como si en lo más hondo de su alma aún quedara una chispa de esperanza de ser correspondida.


Ilustración: Ferrán Clavero

—¿Eres capaz de dar tu vida por mí? —preguntó el conde—. ¿Estás segura?

—Sí —dijo Amelia—, he vivido con la esperanza de conseguir tu amor y si no lo voy a tener ya no me importa morir. Voy a sentarme frente a ti y verás como muero, porque te amo y no importa si no me correspondes.

Instintivamente el conde se incorporó en su sillón. Pasó delicadamente un brazo sobre los hombros de la mujer, la atrajo hacia sí, haciendo que se sentase en su regazo. Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro.

—Mi amor —susurró arrobada.

Cuando el conde Víctor Hunsterblich acogió a la anciana entre sus brazos, sintió el calor de su cuerpo y percibió su esencia vital. Por unos instantes se sintió como cuando abrazaba a Laura, pero no, no era lo mismo, él no amaba a esta mortal. Entonces, como si se viese reflejado en un espejo, tuvo un atisbo de comprensión. El amor no correspondido era lo que motivaba a la anciana a desear la muerte, pero ¿qué lo motivaba a él? Buceó en su alma y percibió la verdad, que ya no sentía amor hacia Laura, sino un vehemente despecho porque lo había abandonado. Durante mucho tiempo jugó a un juego perverso que sólo había traído sufrimientos a quienes lo amaban de verdad. Vio su destino y el poder de vida o muerte que tenía en sus manos. El deseo de vivir, el deseo de morir, la continuidad o el final. Abrazó con fuerza a aquella mujer que lo amaba tanto, que era capaz de dar su vida por él. Ella gimió al sentir los brazos que la estrechaban.


El amanecer se abrió paso entre la todavía espesa capa de nubes. Una nota de color se arrastró por el triste páramo e iluminó la enmohecida fachada de la mansión. Las ventanas reflejaron la débil luz del amanecer, resaltando la oscuridad interior de la casa. La puerta principal se abrió. Un joven Víctor Hunsterblich, vestido con ropas de montar y una capa negra sobre los hombros, salió de la casa. Durante unos instantes, parado ante la puerta miró el horizonte, respiró hondo y colocándose el sombrero, bajó ágilmente los escalones de la entrada; dirigiéndose hacia los establos. Unos minutos después, a lomos de un esbelto corcel, volvió frente a la entrada de la mansión. Detuvo el caballo y, quitándose el sombrero, murmuró:

—Gracias, Amelia.

Luego, dando media vuelta a su montura se alejó de la casona al galope, atravesando el paisaje gris hacia el horizonte iluminado por el alba, hasta perderse en la lejanía.

En la vieja casona, sobre el sillón frente a la ya fría chimenea, yacía el cuerpo exánime de la anciana ama de llaves, vacío, exprimido de todo vestigio de vida. Pero a pesar de la lividez de la muerte, una beatífica expresión de felicidad iluminaba su rostro. A sus pies el perro, con agónica y ronca respiración, también daba sus últimos estertores.



Se escribe (se escribió y se seguirá escribiendo) sobre la muerte, acerca y en torno a la muerte. Tal vez un día se descubra el campo unificado de las pulsiones literarias y se determine que no existe otro tema que ése. No obstante, José Vicente Ortuño, un valenciano cosecha 1958, tiene algo nuevo que decir sobre la muerte.
      Cuentos de José Vicente Ortuño en Axxón: Frankenstein 2004 (145), Responsabilidad (152), Tierra calcinada (155).


Axxón 158 - enero de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Inmortalidad: España: Español).

            

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