PLANETAS DE PAPEL

Claudia De Bella

Argentina

Lunes:

Jeremías entró en su pequeña oficina y encontró el parte semanal de enfermos y personal de franco junto al teclado de la telecomputadora. Se sentó, se frotó las manos aún adormecidas por el efecto del sedante nocturno y comenzó a transmitir.

Estaba cansado de los partes semanales, de los informes de otros, de los descubrimientos importantísimos que los demás empleados de la base lograban semana a semana, de los hallazgos casuales con que se topaban los exploradores a cada momento, de las decepciones sufridas al encontrar características inesperadas en la atmósfera o los minerales o los gases del planeta Ateredia.

Él, un operador de comunicaciones, un secretario de lujo, un vulgar empleado administrativo interplanetario, no debía hacer otra cosa más que transmitir los informes a la Tierra, por medio de la red interespacial, luego de corregir los errores de ortografía o de redacción de los científicos de la base. Los mensajes debían llegar listos para ser difundidos por la cadena TVM, que había comprado los derechos exclusivos.

Desde niño había soñado con los estrafalarios uniformes de los pilotos y con los adustos equipos de los técnicos, pero cuando le llegó el turno en la selección, los psicoevaluadores descubrieron que no sólo estaba excepcionalmente capacitado para el puesto de teleoperador, sino también que éste era el único cargo para el que estaba capacitado. Aceptaba esta función o se quedaba para siempre sin la oportunidad de ir a otros planetas. De nada le sirvieron los estudios de lingüística: los psicoevaluadores se regían por sus propias normas, avaladas por quién sabe qué conocimientos crípticos de los recovecos de la mente humana.

Así que tuvo que aceptar, pues el deseo de conocer otros mundos era mucho más fuerte que su amor propio. Dejó que lo vistieran con el insulso uniforme azul oscuro de teleoperador, hizo el curso de entrenamiento y esperó a que le asignaran un destino. Mientras tanto, como era costumbre, la Compañía Colonial New Horizons, sucursal Sudamérica, le pagó un sueldo y le brindó alojamiento y atención médica gratuitos en sus instalaciones de Rio de Janeiro.


Jeremías estaba medianamente conforme con haber conseguido de algún modo hacer realidad la ilusión de su vida; aún imaginaba que las emociones de la misión serían las mismas para todos, sin importar el puesto que se cubría. Ahora, después de dos años en Ateredia, sabía qué equivocado había estado.

Mientras tecleaba velozmente los apellidos y números de registro del personal incluido en el parte, Jeremías recordaba a los saltos todas sus experiencias previas al viaje de iniciación: su infancia en la ciudad—estado de Neuquén, sus estudios en Buenos Aires, su decisión de postularse como candidato para alguna de las Etapas de colonización de nuevos mundos. Entretanto, sus manos se movían independientemente del cerebro. A veces le gustaba imaginar que se las cortaban a la altura de las muñecas y que ellas seguían apretando las teclas, cumpliendo con el trabajo, mientras el resto del cuerpo, innecesario para la tarea, aprovechaba para flotar hacia lugares escondidos del universo. O de Ateredia.

Porque hasta el momento, en realidad, había visto muy poco de Ateredia. Los demás estaban tan ocupados (y cuando no lo estaban se dedicaban a descansar y relajarse lo más que pudieran) que nunca tenían tiempo para acompañar a un inquieto teleoperador a un paseo de reconocimiento, y menos aún a un picnic entre las malezas esponjosas del planeta. Y estaba prohibido que los teleoperadores o cualquier otro empleado administrativo se aventurara al exterior sin la guía de personal autorizado.

—¿Para qué te amargás? —solía decirle Varela, uno de los físicos de la base, que había nacido en Buenos Aires—. Acá la pasás muy bien. No tenés que pensar que a cada paso podés estar arriesgando tu vida, pisando algún yuyo que parece inofensivo y de repente se convierte en algo vivo que te quiere comer la pierna a mordiscones. Acá estás bien cómodo, seguro, sin riesgos. Nunca me enteré de un teleoperador que muriera en acción. Y además, pensalo, sos el que más sabe de Ateredia. ¿Acaso no transmitís todos los informes? ¿Acaso no sabés mejor que nadie lo que está haciendo el ruso ese que es la estrella de la base? ¿Acaso no conocés palmo a palmo la composición física, química, biológica y hasta patológica de este planeta aburrido? Estoy seguro de que sos el único que verdaderamente está aprovechando al máximo la expedición. Y sin arriesgar el cuero, acordate.

Jeremías lo miraba y no contestaba. Por un lado le estaba agradecido: Varela era uno de los tipos más sinceros de la base. Por el otro, esas palabras no hacían más que recordarle su papel de espectador, que aplaude o abuchea lo que hacen los demás pero nunca se atreve a intentarlo por sí mismo.

Terminó de transmitir el parte semanal y se recostó en la silla. Pensó en lo que aún le quedaba por delante: tres largos años, para cumplir con los cinco obligatorios que constaban en el contrato. Ya no estaba tan seguro de querer seguir viajando por planetas inexplorados siendo un intermediario entre la aventura y las cadenas de televisión.

Pero... ¿podría vivir de nuevo en la Tierra? ¿Dedicándose a qué? ¿A estudiar lenguas alienígenas que ya habían sido estudiadas en sus planetas de origen por los lingüistas especializados de las Compañías Coloniales? ¿O a estar encerrado en algún museo, pasando el plumero a las muestras de minerales enviadas por las bases? Tampoco esa idea era atractiva. No se resignaba a las aventuras de segunda mano.

Jeremías reflexionó un momento, con la vista fija en la pantalla. No lo satisfacía ni su realidad ni la posible realidad a la que tenía oportunidad de acceder. Se sentía inútil, obsesionado por la idea de que en algún momento había cometido una gran equivocación y que ya no había posibilidad de corregirla. Sería un fracasado y un frustrado en las bases, en la Tierra o en cualquier lugar.

Antes de deprimirse más, se puso a transmitir algunos informes que habían quedado pendientes de la semana anterior.


Martes:

Media hora después de haber sonado la campanilla de entrada todavía no había llegado nada de trabajo.

"Un día tranquilo", pensó Jeremías. Con la mente ausente, jugueteó con el teclado sin prestar atención a las palabras que se formaban en la pantalla. La máquina respondió:

—Preguntas personales al minianalista, por favor.

Jeremías levantó la vista y leyó lo que sus manos, autosuficientes como siempre, habían escrito. "¿Qué voy a hacer de mi vida?", decían las brillantes letras blancas. Pregunta personal. Jeremías se sabía de memoria el cartel que estaba colgado en el comedor de la base, junto al logotipo de New Horizons. "Señor Empleado: Recuerde que la Compañía lo provee de un minianalista de bolsillo antes de partir. Emplear las máquinas de oficina para evacuar este tipo de consultas será pasible de sanciones disciplinarias".

Bueno, el desliz no había sido tan grave. Esta era su primera falta. Recién a la segunda vez de cometerla la computadora pasaría la información al departamento Prevención.

Golpearon la puerta.

—Pase —dijo Jeremías.

—Hola. —Era Gadea, el agrimensor colombiano—. ¿Qué dices, Jeremías?

—Lo de siempre. ¿Algo de trabajo?

—Sí. Tienes que pasar todos estos, por favor. —Le dejó sobre el escritorio una pila de informes—. ¿Hay café?

—Ahí. Sintético. Pedí del otro pero todavía no me lo mandaron.

Gadea se sirvió una taza y se sentó en un banco neumático próximo al archivero de plástico, a la izquierda del escritorio de Jeremías.

Como sucedía desde hacía siglos, las oficinas administrativas siempre ofrecían a los hombres de acción un remanso de paz, una charla amable o un escondite seguro para descansar diez minutos con un café en la mano. Y para Jeremías este era, además de los informes, el único contacto palpable con la aventura que estaba más allá de los edificios curvilíneos de la base.

—¿Sabe Gadea? —dijo Jeremías—. Estaba pensando en lo aburrido que es mi trabajo.

—¿Qué? ¿Aburrido? Aburrido es tener que salir todos los días con este casco al hombro y transpirar bajo esos malditos soles gemelos, y no ver a nadie más que a media docena de locos echados en el suelo, manejando aparatitos. ¡Vamos, Jeremías! Tú aquí te sirves un café cuando quieres y nadie te viene a molestar cuando se te antoja tomarte un recreo. —Hizo un gesto ancestral, ése de llevarse el índice a la sien y hacerlo girar, indicando que algo falla en la cabeza de alguien—. Y ahora, cambiando de tema, me han dicho que...

Lo mismo de siempre. El mismo tipo de respuesta que Jeremías obtenía de todos los científicos, de todos los exploradores. De todos los afortunados.

El colombiando seguía hablando, moviendo apenas los músculos de su rostro moreno e impasible.

—...y parece que la Compañía lo está presionando para...

Mientras asentía de vez en cuando, sin oír lo que le decían, Jeremías pensaba en los paisajes de Ateredia, tan cerca y tan lejos, tan familiares gracias a los diagramas o descripciones que leía en los informes, y a la vez tan desconocidos.

Sabía que mil palabras no valían lo que vale un vistazo de cinco segundos, que cien gráficos no brindaban tanta información como un escozor de la piel al rozarse con un aire diferente, que un millón de diagramas no explicaban lo que sus sentidos podrían entender con tanta facilidad y sin entrenamiento previo.

—Bueno, ya me voy. Gracias por el café —dijo Gadea.

—Hasta luego —contestó Jeremías—. De nada. —Y volvió al trabajo.

Los informes del agrimensor lo mantuvieron ocupado hasta el cambio de turno.


Miércoles:

Varela había llegado a eso de las tres de la tarde, hora normalizada, trayéndole informes, y se quedó a tomar café. Al rato llegó Alicia, la asistente del ruso, que se instaló con su taza cerca de la ventana ovalada que daba al edificio de Suministros. Ella también era de Buenos Aires, así que al cabo de unos minutos la oficina de Jeremías se había convertido en una jaula de cotorras que añoraban los mismos lugares y que se contaban los últimos chismes.

La charla se había puesto tan jugosa que Jeremías tuvo que dejar de teclear para unirse a ella.

—¿Te imaginás? —estaba diciendo Alicia—. Lo pescaron justo.

—Pero no puede ser —respondió Varela—. ¿Sabés que yo a Fosatti lo conocí hace unos doce años, cuando estuve en la base de E-Ge? Era de lo más normal.

—Sería, pero después de doce años de viajar de base en base parece que algún tornillo le quedó en el camino —rió Alicia, echando hacia atrás su largo pelo negro—. Te digo que la que me lo contó estuvo hace un mes en la base de Seden entregando provisiones, así que fue testigo de todo el despelote. Fuente fidedigna, querido.

—¿Y de qué secciones sacó información ese Fosatti? —preguntó Jeremías.

—De todas las que pudo —continuó Alicia—. Hasta tenía un registro detallado. No sé, querría venderle los datos a la competencia.

—No puede ser —seguía diciendo Varela, mirando al techo—. Fosatti...

—Aprovechaba los cambios de turno —dijo Alicia, hablando a toda velocidad—. Diez, quince minutos por día. Calculá todo lo que averiguó en cuatro años.

—¿Y ahora? —preguntó Jeremías.

—Y... lo echan —contestó Alicia—. Pero primero lo mandan a Prevención y le borran del cerebro las informaciones confidenciales. Y nunca más va a poder trabajar en las bases. Gracias si lo dejan ser colono.

La Compañía era muy estricta. Toleraba muchas cosas, pero no la traición. Y era especialmente celosa de las informaciones internas. Si bien todas las computadoras de cada base estaban interconectadas y tenían bancos de datos y memoria comunes, estaba expresamente prohibido que un empleado de cualquier sección indagara en informaciones correspondientes a otra sección. Parecía un contrasentido, pero la política de New Horizonsincluía la confianza en su personal, confianza que se fundamentaba en el informe preingreso de los psicoevaluadores. Si éstos daban cuenta de la existencia de tendencias a la curiosidad excesiva o a la falsedad, el aspirante quedaba descartado, sin importar lo eficiente que pudiera resultar en sus tareas específicas. De este modo, el margen de seguridad era bastante aceptable, con un máximo de riesgo del 9,06%, cifra representada, hasta el momento, por un grupo de personas que habían cometido indiscreciones de menor importancia.

Y ahora Fosatti...

—¿Y él qué dijo? —preguntó Varela—. ¿No se defendió, no se arrepintió?

—Es de lo más gracioso —replicó Alicia—. ¿Sabés qué dijo? Que lo hacía para entretenerse. Que le agarró como una fiebre por conocer hasta el mínimo detalle de todo lo que pasaba en la base. Que nunca pensó en vender las informaciones. Que lo hizo porque estaba aburrido.

A Jeremías se le puso la piel de gallina.

—¿Cómo aburrido? —dijo—. ¿El no era...?

—Sí, era el jefe de exploradores de la base de Seden —dijo Varela, mirándolo—. ¿Quién te dijo que los exploradores no se pueden aburrir? ¿Viste, Jeremías?

—Pero nadie le creyó —seguía Alicia, sin permitir que los otros dos cortaran el hilo de su exposición—. Y sea o no sea verdad, los chicos de Prevención se van a encargar de sacarle los pajaritos de la cabeza. —Volvió a reír. Siempre se tomaba todo a risa.

—Bueno, mejor me voy —dijo Varela—. Después nos vemos. —Con su anatomía corpulenta y algo excedida de peso, cruzó en dos trancos la corta distancia que lo separaba de la puerta, presionó el botón que la abría y salió.

—Chau, Jeremías. Muy bueno el café —dijo Alicia, y también se fue.

Los dedos de Jeremías volvieron a las teclas, mientras su mente pensaba en Fosatti. Un explorador aburrido. ¿Qué no habría dado por ser explorador? Era el puesto más interesante de todos. Los exploradores se dedicaban a recorrer las zonas desconocidas del planeta en busca de probables peligros, antes de que los científicos llegaran a hacer los estudios. Debían hacer mapas de cada centímetro de terreno, indicando los lugares más estables y adecuados para el asentamiento de los equipos, como así también los menos confiables. Cada día era para ellos una nueva aventura, un desafío a su capacidad de asombro, una carga de responsabilidad por los que vendrían detrás. Si un explorador se equivocaba, podía resultar que uno o varios científicos obtuvieran datos erróneos, o incluso que se hirieran o murieran. Y esto último era lamentable, no sólo humanamente, sino también desde el punto de vista funcional. No era fácil conseguir personal para las bases. Un error así podía costarle el puesto a un explorador. Podía costarle, además, la libertad: estos casos por lo general terminaban en un juicio por homicidio culposo.

Trabajar de explorador era como caminar diariamente sobre el filo de una espada: el mínimo resbalón significaba el desastre. Jeremías no concebía la idea de un explorador aburrido. Fosatti, seguramente, había enloquecido. Los psicoevaluadores no eran perfectos, aunque lo parecieran.

"Sea como fuere", pensó Jeremías, "nadie está exento. Quizás voy a tener que decidirme antes de que el aburrimiento me vuelva loco a mí también".

Siguió trabajando.


Jueves:

Jeremías se encontró con Varela en el comedor, antes de iniciar su turno.

—Vení —le dijo el físico—. Vamos a sentarnos allá.

Con las bandejas del desayuno en las manos, sortearon unas cuantas mesas hasta llegar a la que estaba al fondo, en el rincón formado por la pared que tenía el logotipo de la Compañía y los ventanales que daban al edificio de Administración. Era la mesa preferida por todos, porque allí sentado uno no podía ver el logotipo a menos que se diera vuelta. Y si alguien encontraba esa mesa desocupada lo único en que no pensaba era en darse vuelta.

Se instalaron uno al lado del otro, de frente al ventanal, y comenzaron a deglutir el desayuno balanceado: proteínas, vitaminas y grasas en su justa medida.

—Extraño las medialunas —dijo Jeremías, mientras masticaba una barra gomosa que intentaba tener sabor a pan con mermelada. Únicamente en los días de franco se permitía a los empleados consumir alimentos naturales.

—¡Qué le vas a hacer! —exclamó Varela—. Hace tanto que como estas porquerías que ya ni me doy cuenta de la diferencia.

Jeremías lo miró. Varela era un tipo admirable; siempre de buen humor, siempre listo para dar un buen consejo o para levantar el ánimo. Tendría unos cuarenta y cinco años, calculaba Jeremías. Podía ser su padre, y en realidad a veces actuaba como si lo fuera. Tenía que sincerarse con él.

—Varela, ¿sabés qué pienso? —le dijo en voz baja—. Que voy a pedir transferencia..

—¿Transferencia? ¿Y adónde? Si estás podrido de tu trabajo va a ser lo mismo acá que en cualquier otra base. —Varela lo miraba y sonreía sinceramente, sin malicia.

—No, yo digo transferencia de Etapa. Quiero ser colono.

—¿Pero estás loco? —contestó Varela, dejando sobre la mesa el vaso de café—. ¿Vos sabés lo que es la vida del colono?

—Y... más o menos. Pero sé que pueden pisar tierra de planetas desconocidos y no solamente el piso de plástico de las bases.

—Me parece que estás exagerando. ¿De qué te sirve ser colono si lo que buscás es aventura? Yo te voy a explicar. —Los vivaces ojos celestes de Varela miraron a todos lados, como buscando espías, y luego continuó hablando en voz baja—. La Compañía te lo pinta todo de rosa, de un hermoso rosa pastel con florcitas color crema. Te cuentan maravillas de la vida del colono, los honores, el prestigio y todo lo demás. Pero cuando el chivo entra en el lazo la cosa es muy distinta. Sí, al principio es todo muy emocionante. Incluso, si sos de los primeros en llegar al planeta, al cabo de unos pocos años habrá montañas o llanuras o edificios con tu nombre y el de otros pioneros. Todo muy lindo.

—¿Y cuál es la contra, entonces? ¿Qué puede ser peor que cinco años apretando teclas?

—Por empezar, que el contrato de colono es por quinceaños, no cinco. Mala suerte si te arrepentís, porque en esa Etapa no se permiten las transferencias. Y si pretendés renunciar, podés hacerlo después de que haya transcurrido la mitad del contrato: siete años y medio, para ser exactos. Por otra parte, te la regalo vivir quince años en el mismo lugar, tratando de domarlo, de hacer crecer las cosas más insólitas y a veces fracasando año tras año hasta que te autorizan a abandonar el proyecto, metiéndole en la cabeza a tus hijos, si llegás a tenerlos, que ellos no son, digamos, ateredianos o kepnianos, sino que su hogar es la Tierra y que eventualmente tendrán que ir allá a estudiar o a vivir.

—Pero este tipo de problemas los puede tener cualquier persona que viva en un lugar apartado de las grandes ciudades de la Tierra, en las zonas de cultivo, y nadie se muere por eso.

—¿Alguna vez viviste en una zona de cultivo?

—No. —Jeremías se sentía bastante tonto.

—Entonces no sabés si lo aguantarías. La diferencia es que en la Tierra te tomás cualquier aerotransporte y te rajás. En un planeta a años luz de distancia no tenés las mismas opciones. Si te instalás allá es para quedarte allá, al menos durante siete años y medio.

Jeremías tomó un poco de café, pensativo.

—Sí, bueno —dijo—. Será sacrificado, pero no me vas a decir que no hay aventuras.

—Aventuras, claro. Todas las que puedas tener en equis cantidad de hectáreas a tu cuidado, y siempre que te quede tiempo para hacer otra cosa aparte de cuidar los sembrados, los animales y supervisar la explotación de minas. Pensá un poco. Sabés que los gobiernos de la Tierra mantienen las colonias por dos únicas razones: primero, para sacar gente de nuestro querido planeta; segundo, para tener suficientes alimentos para todos los que se quedan y también para los que andan desperdigados por el cielo. ¿Nunca te preguntaste por qué tu función de teleoperador no la ponen a cargo de una máquina? Sería mucho más lógico; las comunicaciones serían más rápidas. La razón es que es necesario que haya mucha gente empleada fuera de la Tierra, lejos de la Tierra, que no haga más bulto en la Tierra. Entonces, en vez de dejar a la máquina sola, ponen a una persona que maneje la máquina y con eso logran tener a uno menos ocupando un precioso espacio.

—¿Y? —Jeremías no llegaba a entender lo que Varela quería decir.

—Y entonces, si sos colono, mejor que te dediques a producir lo que la Tierra quiera y después soñá con todas las aventuras que se te ocurran. Ah... ¿y sabés cuál es el plazo mínimo para otorgar la independencia a un planeta colonizado?

Jeremías se encogió de hombros.

—No —dijo—. Ni sabía que había un plazo.

—Bueno, hay. Y es de ciento cincuenta años terrestres. Quiere decir que, pasado ese tiempo, la Compañía Colonial que se encargó del proyecto libera a todos los empleados que tenga en ese momento y éstos pasan a ser dueños y gobernantes del planeta en cuestión. Dejan de ser terrestres para convertirse en nativos. Por supuesto que esta medida se toma cuando los colonos lo solicitan. Hay otros que prefieren ser empleados, cobrar un sueldo y que la responsabilidad del gobierno y de la organización de la sociedad colonial quede en manos de sus jefes.

—¿Y todo esto qué tiene que ver con mi decisión? —preguntó Jeremías.

—Tiene que ver —contestó Varela, chupándose los dedos. Acababa de comerse un trozo de tarta de limón, versión New Horizons—. Voy a esto: mientras sos colono-empleado hacés lo que te mandan y te sacrificás bstante. Hay que tener un carácter muy especial para soportarlo. ¿Qué te parecería que después de matarte por sacar una buena cosecha, la Compañía la venda a precios siderales mientras a vos te paga el mismo sueldo de siempre? En segundo lugar, cuando sos colono-nativo, suponiendo que consigas que te transfieran a algún planeta que esté a punto de independizarse, tenés que sacrificarte tres veces más sin el apoyo logístico de la Compañía... y olvidarte de la Tierra. Ahora sos nativo y tenés que dedicarte a cuidar de tu propio mundo. ¿Estás preparado para cualquiera de las dos posibilidades? —Como bajando el telón de la conversación definitivamente, Varela se dio vuelta hacia el ventanal y siguió comiendo en silencio.

Jeremías lo pensó seriamente mientras terminaba el desayuno. Tenía veinticuatro años y una personalidad inquieta. La idea de una vida rigurosa, luchando contra los elementos naturales y abriendo caminos de la manera más difícil, poniendo el cuerpo y el sudor al servicio de los intereses de la Compañía no lo convencía. Nunca se sentiría satisfecho, como muchos otros, con sentir por las noches el cuerpo cansado y la mente vacía luego de una jornada extenuante de trabajos físicos.

Miró a Varela, que ya se levantaba para llevar la bandeja al mostrador automático, y dijo:

—Creo que me quedo.

El físico le guiñó un ojo. Después se alejó.

Jeremías recogió lo suyo y se apresuró a devolver la bandeja. Faltaban tres minutos para el cambio de turno.


Viernes:

Jeremías entró en la oficina con unos informes bajo el brazo. Acababan de dárselos en el pasillo, aun antes de que sonara la campanilla de entrada.

"Mierda", se dijo. "Menos mal que es viernes y que este fin de semana me toca franco largo". Se sentó frente a la telecomputadora y la encendió.

—Buenos días, lista para empezar —dijeron las letras blancas.

—Claro, siempre estás lista —dijo Jeremías en voz alta—. Lista para que allá en la Tierra se enteren de que existe un lugar llamado Ateredia. Alguna vez me gustaría que este planeta dejara de ser un nombre para mí, igual que para los que ven los informes por televisión.

Dejó de hablar, y se preguntó si estaría ya un poco loco. Los psicoevaluadores no miraban con buenos ojos a los empleados que entablaban conversaciones con sus máquinas de oficina. Prefirió no ahondar en el tema y comenzó a transmitir.

A media mañana vino Alicia, trayendo más informes. Se quedó un rato, tomó café, lo puso al día con los chismes de rigor. Cerca del mediodía apareció Agustín, el asistente del Jefe de Biología. Más informes, más café. Por la tarde lo visitaron dos o tres más, con y sin informes.

Cerca de la hora de salida, cuando Jeremías ya no esperaba más trabajo, el Jefe de Exploradores entró como una tromba, le dejó un par de páginas para transmitir, depositó su cuerpo atlético en el banco neumático y tomó su café, expresando sus quejas por lo agotado que estaba luego de un monótono día entre las arenas aceradas del desierto de la zona Norte-B. Se fue un minuto antes de que sonara la campanilla.

Y mientras tanto, durante todo el día, las manos de Jeremías teclearon lo que había que teclear, aunque su mente se debatía en una lucha interna de la que había que sacar algo en limpio. Una lucha que continuaba cuando Jeremías, después de cenar, intentaba conciliar el sueño en la litera anatómica de su compartimiento.

No era difícil enumerar las opciones: a) quedarse hasta completar el contrato y después renunciar, b) renunciar ahora, posibilidad que quedaba descartada pues la Compañía no permitía las renuncias antes de transcurrido el plazo contractual del destino y c) crearse una nueva estructura mental que le permitiera seguir siendo teleoperador por el resto de sus días y conformarse con eso.

Sin embargo, cualquiera de las opciones implicaba una sola cosa: nada de aventuras, nada de emociones. Dicho de otro modo: el derrumbe inevitable de la ilusión de su vida.

Logró dormirse simplemente porque el mecanismo de la litera le inyectó el sedante a la hora de costumbre.


Sábado:

En el Salón de Esparcimiento estaban todos. Algunos jugaban ajedrez, otros bailaban, la mayoría reía y trataba de no hablar de la Compañía. Por fortuna, los directivos habían tenido la delicadeza de no poner logotipos en este sector del edificio de Servicios, así que, haciendo un esfuerzo, uno hasta podía imaginar que estaba en cualquier otro lado y que había entrado en el Salón por elección propia y no porque era el único lugar adonde entrar.

Varela leía un videolibro, tirado en un sillón erizo igual a decenas de otros sillones que estaban distribuidos antojadizamente. Jeremías los veía e instantáneamente pensaba en la Tierra. Allí eran muy populares. Cualquier persona tenía por lo menos uno, ya que costaban poco y eran increíblemente cómodos. Cuando no había nadie sentado sobre ellos, parecían pelotas inmensas forradas de terciopelo. Y en realidad eran eso: esferas de espuma de goma cubiertas con tela que podía ser de cualquier color. El secreto estaba en el interior, pues el centro de las esferas había sido ahuecado según un diseño especial, de forma aproximada a la de un erizo de mar —de ahí el nombre—, lo que permitía que cuando alguien se dejaba caer desde un ángulo alto los bordes cedieran bajo el peso del cuerpo, adaptándose perfectamente a éste, y dejándolo cómodamente reclinado y contenido. Para lograr una posición más recta, bastaba con sentarse desde un ángulo más bajo para que el sillón volviera a adaptarse, ofreciendo esta vez un asiento confortable y un respaldo que sostenía correctamente la columna vertebral.

Era un diseño antiguo, del siglo XX, según recordaba Jeremías, y que en su momento había sido descartado por no disponerse de tecnología adecuada para el tratamiento de la espuma de goma. Al poco tiempo de uso, el material se deformaba y el sillón perdía sus dotes de adaptación anatómica. El creador de estos sillones, un brillante diseñador y dibujante llamado Roger Dean, nunca había logrado que sus inventos fueran producidos en masa... eran demasiado adelantados para su época. "Ahora", pensó Jeremías, "la Universidad Integrada de Ciencias del Diseño lleva su nombre".

¿Siempre era igual? ¿Siempre la gente chocaba contra una pared de granito al tratar de hacer realidad sus sueños?

Jeremías se acercó a Varela, pero lo vio enfrascado en la videolectura y decidió no molestarlo. Volviendo sobre sus pasos, se dirigió a la expendedora de bebidas del mostrador automático que estaba cerca de la entrada. Pidió una cerveza y se sentó en un erizo junto a la ventana de la derecha.

No había terminado de vaciar el vaso cuando Cecilia, la secretaria del laboratorio fitológico, vino a sentarse sobre sus rodillas. Era una castaña de baja estatura, pero con un cuerpo bien formado y siempre ansioso de ser acariciado. Tenía unos grandes ojos marrones que sonreían siempre y que por lo general tenían más cosas que decir que la boca de labios carnosos.

Todos la consideraban muy superficial, pero no lo suficiente como para privarse de una o más noches en su compañía. Cecilia, por su parte, no se cuestionaba tanto. Siendo como era vivía feliz.

—Hola —dijo Cecilia.

—Hola. ¿Qué contás? —contestó Jeremías.

—Nada interesante. Lo mismo de siempre. Y no quiero hablar de trabajo. Ya bastante me aburro en la semana.

—¿Vos también? —preguntó Jeremías, mientras le daba cerveza de su vaso.

—Claro. Decime, querido, ¿a quién le divierte su trabajo? Algunos se conformarán más rápido que otros, pero divertirse... no creo. —Se acomodó mejor, rodeando el cuello de Jeremías con un brazo.

—¿Me dejás que te haga una pregunta? Y después no hablamos más del tema.

—Está bien.

—Este también es tu primer destino. Y sos administrativa igual que yo. ¿No estás arrepentida? ¿Todo esto no es muy diferente de lo que esperabas?

—No. Nunca tuve una idea concreta de lo que podría ser la vida en las bases. Elegí esto porque estaba cansada de la Tierra. Además, me gusta el trabajo. Bueno, digamos que este trabajo me aburre mucho menos de lo que me aburriría ser, por ejemplo, psicoevaluadora o madre de familia o cualquier otra cosa.

—Lindo concepto —dijo Jeremías—. O sea que uno no puede elegir lo más interesante sino lo menos aburrido. —La besó en el cuello.

—Soy realista. Fijate lo que dicen todos. Los pilotos se aburren de ver estrellas, los científicos se aburren de investigar, los exploradores se aburren de explorar, los colonos se aburren de colonizar. Entonces, la cosa es seleccionar lo que te aburra menos, o lo que te haga sentir más cómodo. Nada más.

Este sí que era un enfoque diferente.

—Lo voy a pensar —dijo Jeremías—. Pero no ahora.

—¿Qué, tenés planes para esta noche? —preguntó ella, mientras le mordía el lóbulo de la oreja izquierda.

Jeremías no tenía planes, así que ella se encargó de sugerirle algunos. Ocuparon lo que quedaba del sábado en llevarlos a la práctica.


Domingo:

—Estás muy equivocado —dijo Varela, sentado frente a él.

El físico había pasado por el compartimiento de Jeremías a las once y media para avisarle que el almuerzo argentino de todos los domingos comenzaría a las doce. Pero se habían puesto a conversar de bueyes perdidos y ya eran las doce y veinte. A estas alturas, ninguno de los dos pensaba en las empanadas: discutían apasionadamente sobre el tenaz convencimiento de Jeremías de que tenía que existir aventura en algún lado.

—Creo que todos están mintiendo —había dicho el teleoperador—. No puede ser cierto que todos opinen que la vida es pura rutina, no importa lo que se haga.

—Estás muy equivocado —insistió Varela—. Hay que ver qué entendés vos por aventura. Para mí, es como un deporte peligroso. Hoy te sube la adrenalina porque escalás una montaña baja. Mañana necesitás una montaña más alta para sentirte igual. Pasado, ni la montaña más alta del mundo te provoca las mismas sensaciones. La gente se acostumbra a todo. Y cuando se acostumbra, si de verdad quiere aventuras, busca otra actividad que la mantenga conforme por algún tiempo, hasta que se transforme también en algo habitual y aburrido. Hacer algo distinto cada día no garantiza tener aventuras.

—Entonces está todo dicho —dijo Jeremías, ofuscado—. Uno es un gusano que se arrastra por la vida, siempre dependiendo de la rutina, incapaz de arrancarse las cadenas por más fuerza que haga.

—Tampoco —replicó Varela—. El error está en pensar que la aventura nunca puede estar a la vuelta de la esquina, que es necesario hacer algo fuera de lo común para encontrarla. La verdadera aventura está acá adentro —se señaló la cabeza con un dedo.

—Vos estás resignado, Varela —dijo Jeremías, consciente de su crueldad—. A lo mejor, a tu edad, lo cómodo o lo seguro es adaptarse a la monotonía.

Varela rió con ganas, sorprendiéndolo.

—Mirá, Jeremías —dijo Varela, inclinándose hacia adelante y apuntando un dedo firme hacia su amigo—, lo que vosno entendés es que a mí nunca me interesó la aventura como fin. A mí me interesa la física. Me quejaré de que me cansa la rutina del trabajo, pero te aseguro que cuando estoy controlando mis equipos o trabajando con mis fórmulas vivo la mejor de las aventuras: la de perder la consciencia del mundo exterior tratando de resolver algo nuevo o de comprobar algo conocido. Es un desafío intelectual que no tiene nada que ver con los horarios de trabajo. —Hizo una pausa, buscando la forma de decirlo más claramente—. El biólogo se pierde en su biología, aunque se queje de que se aburre de recoger muestras; el químico delira con su química, aunque diga que está cansado de rotular frasquitos. Cualquier profesión es eso: una buena dosis de tareas rutinarias y cortos períodos, frecuentes o espaciados, de gratificación intelectual. Si no hay gratificación, entonces sí te equivocaste. Pero si la hay... —dejó la frase en suspenso.

Jeremías no sabía qué decir. Se puso de pie y quedó enfrentado a su propia imagen, reflejada en el espejo tridimensional que estaba en la pared opuesta a la litera.

Alto, de pelo castaño oscuro y ojos negros, con un cuerpo moldeado por los deportes que siempre le había gustado practicar, con una anatomía que no estaba hecha para pasarse las horas sentado tecleando las palabras de otros, con una inteligencia que daba para mucho más, el Jeremías del espejo escrutó al original. Dentro de él había una necesidad innata de ver, de tocar, de sentir la realidad. Y de transformarla en palabras únicamente después de haberla percibido directamente, no antes.

Sin proponérselo, Jeremías recordó en ese momento al niño que había sido. El niño que, en su imaginación, había vivido las aventuras más excitantes en planetas desconocidos, las aventuras que en la realidad nunca existían. Que nunca podrían existir, porque miradas con ojos de adulto llegaban a perder la mayor parte de sus atractivos. Se preguntó qué era la madurez. ¿La superación de todo lo que se consideraba inherente a la infancia? ¿O la buena utilización de las características de esa etapa de la vida, la más plena, la más dispuesta a hacer del mundo un lugar comprensible y disfrutable? ¿Sería capaz de conseguir que las mismas aventuras que habían invadido su cabeza cuando niño volvieran a instalarse allí, haciéndolo ver las cosas desde otra perspectiva?

Volvió a sentarse en la litera, mientras Varela lo observaba sin decir nada.

Luego de unos minutos, Jeremías dijo, sin mucho entusiasmo:

—¿Vamos a comer?

—Sí, vamos —contestó Varela, al tiempo que se ponía de pie y caminaba hacia la puerta—. Deben estar esperándonos.

Caminaron juntos hasta el edificio de Servicios.

El almuerzo típico de los domingos era una conquista puramente argentina que en corto plazo se había extendido a las demás comunidades de todas las bases. Cuando los directivos de la Compañía entendieron que esas reuniones de compatriotas eran una válvula de escape y un factor de relajación para los empleados, las autorizaron en aras de un mejor rendimiento laboral.

La lejanía de la Tierra como ente planetario era mucho más soportable que la lejanía del propio país. No se podía extrañar a todo un mundo, pero sí a una ciudad, a una forma de vestirse, a un solo conglomerado de conceptos. Y los argentinos no lo habían sobrellevado por mucho tiempo. Apenas seis años después de la incorporación de sudamericanos a las Compañías Coloniales, los almuerzos argentinos ya eran habituales.

Conseguir alimentos naturales para preparar asado, locro o ravioles con tuco era más fácil que obtener los utensilios necesarios para su cocción. Pero tarde o temprano los comedores de las bases se habían visto invadidos por arcaicos implementos que asombraban a los no iniciados.

Este domingo le había tocado el turno a las empanadas. Y la experta era Alicia, que miraba con cara de pocos amigos a Varela y Jeremías mientras entraban saludando con la mano a los grupos de peruanos, colombianos o chilenos que disfrutaban de sus propios almuerzos típicos en islas de mesas enclavadas en el océano plástico del comedor.

—Muy bonito ¿no? —dijo Alicia cuando se acercaron—. La una menos cuarto.

El esquema de francos no había sido muy favorable. Los únicos asistentes a la comida, además de Varela y Jeremías, eran Alicia y Agustín, que todavía no habían comenzado a comer.

—Dale, Alicia —dijo Agustín, conciliador—. Serví unos vinos y dejemos los retos para después que me estoy muriendo de hambre.

Quizás no era lo mismo tomar vino servido de un recipiente de plástico en vasos de plástico, o ver las empanadas asépticamente conservadas en una de las termofuentes del mostrador automático. Probablemente no era igual. Pero ninguno de los cuatro lo notó. Comieron como si estuvieran consumando un rito mágico, en el que la efectividad del hechizo depende únicamente de los ingredientes que se agreguen y no del tipo de marmita que se use.

Cuando no hubo más empanadas, pero aún faltaba un buen rato para que se terminara el vino, llegó la hora de las confidencias. A su debido tiempo, Jeremías comunicó sus pensamientos a los demás.

—A ver qué les parece —dijo—. Uno se viene hasta acá para descubrir que no le gusta, pero que si deja esto va a ser un fracasado. ¿Cuál es el secreto de ustedes? A lo mejor me abren los ojos. No los veo demasiado apesadumbrados, y eso que hace años que viven así.

Los otros tres se miraron. Agustín se apresuró a decir:

—Pará, pará. Parece que tenemos un caso de crisis entre manos. —Levantó el vaso y bebió un trago de vino—. ¿Qué, no te funciona el analista de bolsillo?

—Vamos, Agustín —intervino Alicia—. Está hablando en serio.

Agustín se había excedido con el vino, pero no estaba borracho sino eufórico, cosa que por lo general le sucedía en los almuerzos de los domingos. Normalmente era un hombre reservado, pero el alcohol lo animaba a cualquier cosa, especialmente a elaborar teorías brillantes que divertían a todos. Verlo trabajar metódicamente en el laboratorio de biología y luego disertando sobre temas insospechados en la sobremesa era como ser testigo de la transformación de un sapo en príncipe.

—Mi querido amigo —continuó Agustín con voz de catedrático—, sus síntomas los conozco de memoria: aburrimiento, apatía y depresión. Un caso evidente de cajonitis aguda.

—Dejá de tomarme el pelo y hablá claro —reclamó Jeremías, apoyando los codos sobre la mesa—. Si no tenés inconveniente.

—Nadie te toma el pelo —dijo Agustín, divertido—. Ya les pasó a varios. Tenés que tener en cuenta esto: la primera pregunta que tenés que hacerte... y después la segunda, claro. —Jeremías comenzaba a pensar que estos desvaríos no lo llevarían a nada—. Primera pregunta: ¿quién inventó, diseñó y organizó las Compañías Coloniales? Segunda pregunta: ¿vos en qué país naciste? Eso es todo. —Agustín se volvió a servir vino mientras los otros tres lo miraban sin comprender.

—Seguí con las adivinanzas —observó Jeremías con un falso tono de amenaza— y lo único que vas a lograr es que te llevemos a la rastra a tu litera a dormir la mona.

Agustín miró al techo. —¡Qué falta de sagacidad, carajo! —Miró a su alrededor, a la gente que ya empezaba a dejar el comedor para disfrutar del resto de sus horas de franco—. Pensá un poco, Jeremías. Por ejemplo, las Etapas. En la Etapa Uno, tenemos al piloto recorriendo el espacio en busca de posibles planetas. Su vida transcurre en el puente de comando. Lo único que ve son las lecturas de las computadoras. Encuentra un planeta que puede ser colonizado. Lo estudia con los sensores, lo marca en el mapa, informa a la Tierra. Después reanuda su marcha. ¿Me seguís?

Jeremías asintió. Alicia y Varela escuchaban con interés.

—Muy bien —continuó Agustín—. El piloto está en su cajón. El cajón etiquetado "Descubrimiento". Todo está como debe ser.

—Interesante —acotó Varela, quien aparentemente había captado el mensaje.

—Sí, ¿no? —replicó Agustín—. Ahora, la Etapa Dos. La Compañía instala una base en el planeta. Envía exploradores, técnicos, científicos y administradores. En un lapso de cinco años, los empleados estudiamos el planeta desde todos los ángulos posibles, pero cada uno desde su punto de vista.

—Es cierto —agregó Alicia—. Todos trabajamos en forma individual, nos ocupamos exclusivamente de los aspectos relacionados con nuestra especialidad. No podemos comparar datos. Eso lo hace la central de la Compañía en la Tierra.

—Cada uno en su cajita, m´hija —respondió Agustín—, dentro del cajón que se llama "Exploración y Análisis".

Jeremías ya había entendido.

—A ver si yo puedo seguir —dijo—. Basándose en las conclusiones de la Etapa Dos, la Compañía envía a los colonos, léase Etapa Tres. Los colonos cumplen órdenes estrictas: se les dice qué sembrar, qué criar, qué explotar. Los hacen responsables de un pedazo de tierra y de lo que hay adentro. ¿Adivino bien si digo que el colono no puede desplazarse fuera de los límites de su territorio asignado sin autorización escrita o algo por el estilo? —Jeremías lanzó una carcajada, pero no sentía alegría, sino desencanto.

—Muy bien, alumno —dijo Agustín, aplaudiendo un par de veces—. Examen aprobado.

—Y el pobre tipo —finalizó Jeremías— vive el resto de sus días dentro del cajón etiquetado "Colonización".

—Nuestro secreto —puntualizó Agustín con un gesto que abarcaba a Varela, Alicia y a sí mismo—, si es que lo tenemos, es ser muy conscientes del cajoncito en que nos toca vivir. Una vez que lo conseguís, es mucho más fácil acomodarse lo mejor posible.

—Ahora lo veo todo muy claro —asintió Jeremías.

Al parecer, Varela y Alicia también acababan de descubrir algo, porque se quedaron en silencio, digiriendo esta nueva teoría de Agustín, muy fácil de deducir ahora que él se las había puesto ante las narices, pero invisible para ellos hasta un momento antes.

Jeremías creyó percibir en ese silencio un clima de rebeldía. ¿Acomodarse lo mejor posible? Algo dentro de él gritaba que no, quería arrastrarlo ahora mismo fuera de la prolija cajita que ocupaba en ese cajón etiquetado "Ateredia".

Estaba todo muy claro, sí. Las Etapas, la organización de las rutinas de trabajo, hasta la rigidez de los horarios de descanso, eran una réplica exacta de las mentes compartimentadas de los creadores de las Compañías Coloniales, los eternos —así lo parecía— controladores del Norte. Algunas personas, como él, jamás podrían vivir decentemente en un ambiente tan disímil a su estructura psíquica. Si se guiaba por la forma en que siempre había querido tragarse a la vida, debía pensar que nunca sería capaz de imponerse el modelo de las cajitas.

Su único y enorme cajón contenía todo lo limpio y lo sucio, lo viejo y lo nuevo, lo valioso y lo desechable. Sus cosas se entremezclaban y se fundían una con otra, y eso estaba bien. Recordó un episodio de su adolescencia, un sentimiento de incomodidad cuando su madre ponía orden en su caótica habitación.

—¿Qué tal esto que se me acaba de ocurrir? —dijo, con los ojos clavados en el suelo—. Para los exploradores de esta base, Ateredia es una sucesión de parcelas de terreno a explorar; para los biólogos es un grupo de muestras a estudiar; para los geólogos, un montón de cascotes a catalogar y así sucesivamente. Cada cual tiene un concepto parcializado del planeta. Nadie lo puede percibir globalmente. —Soltó una risita cínica—. Es de locos.

—Ateredia según yo: cantidad ilimitada de animalitos unicelulares en conserva —bromeó Agustín, haciendo que los demás evocaran el paisaje habitual del laboratorio de biología—. ¿Cómo? ¿Ateredia tiene cascotes? Recién me entero.

—¿Y para vos qué es Ateredia? —le preguntó Varela a Jeremías.

—Para mí es una descripción, un informe a transmitir. Un planeta de papel. De palabras, gráficos y diagramas.

Las palabras de Jeremías quedaron flotando en el comedor silencioso. Los cuatro argentinos habían quedado solos. ¿En la cajita etiquetada "Sobremesa"?

—Bueno, basta —dijo Varela, empujando la silla hacia atrás.

Alicia terminó el vino y se puso a recoger las cosas de la mesa, ayudada por Agustín.

Jeremías, todavía mirando al suelo, de repente comenzó a golpearse la frente una y otra vez con la palma de la mano. Cuando levantó la cabeza, Varela vio en sus ojos un nuevo brillo.

—¿Qué te pasa? —le preguntó.

—No, nada. —Con una extraña expresión en la cara, Jeremías preguntó a su vez—: ¿Fosatti es argentino?


Lunes:

Eran las cuatro de la mañana, hora normalizada.

Jeremías estaba sentado en el piso del compartimiento para evitar que la litera le inoculara el sedante, repasando todas sus reflexiones de la última semana y lo que había escuchado de boca de sus compañeros.

Con el cuerpo absolutamente relajado, la espalda apoyada contra la suave pared de isopor, los ojos abiertos en la oscuridad, veía ante sí dos claros senderos superpuestos que lo conducirían a la amplia avenida de su tan ansiada decisión.

Para ordenar mejor las ideas, tomó primero el sendero sugerido por Varela la mañana del día anterior, en ese mismo compartimiento. Analizándose un poco, trató de discernir cuáles eran los períodos de gratificación intelectual que había en su trabajo. No le resultó difícil encontrarlos: bastó que los separara de la maraña de tareas rutinarias en que estaban envueltos.

Había estudiado lingüística, había disfrutado de esos estudios. Sin dudas, le interesaban las palabras. Las mismas palabras que últimamente había creído odiar porque eran las que describían a Ateredia, las que se interponían entre él y la aventura como caricaturas de la realidad, como dibujos figurativos de los verdaderos paisajes del planeta.

Odiaba ser intermediario, tener aventuras de segunda mano, repetir como un imitador los relatos de terceros. Pero se sorprendió al descubrir que cuando trabajaba en un informe, corrigiendo errores de redacción, buscando armar las frases de la manera más simple y comprensible (quienes los verían por televisión no eran expertos en diversas disciplinas científicas), pensando en sinónimos, en giros, en construcciones gramaticales, se sentía... desafiado. No importaba quién estuviera tomando café o charlando en la oficina. Perdía noción del resto del mundo: sólo existían en ese instante las palabras, lo que ellas significaban, la síntesis y la expresión de las ideas. Gratificación intelectual.

Sí, un vistazo valía más que mil palabras. Pero el desafío era lograr comunicar con palabras exactamente los mismos datos que se obtenían con un vistazo. Quizás jamás sería del todo posible, pero la aventura estaba en intentarlo.


Ilustración: Germán Amatto

Aventura... la palabra mágica. Jeremías imaginó una aventura interminable, desarrollándose en un paisaje vivo que cambiaba con las generaciones, que cambiaba día a día, persona a persona: un paisaje de palabras.

Había muchas profesiones que podía ejercer. Trabajos en los que las máquinas, todavía, eran menos eficientes que los humanos: periodista, intérprete, escritor...

Jeremías respiró profundamente, aliviado, antes de meditar en el recorrido del segundo sendero. El que Agustín le había mostrado. El sendero de la independencia.

Era imperativo volver a la Tierra, a su país, para llevar a cabo su aventura personal. Fuera de cajones y cajitas fabricados por antiguos imperios para encerrar y enterrar la creatividad. Necesitaba un planeta de verdad en el que pudiera ser libre para recorrer y aspirar el aire y tocar el suelo. Para aprehender la realidad y conseguir así comprender mejor las palabras. Algo que jamás lograría si continuaba viviendo en planetas de papel, tan diferentes a los planetas de su imaginación.

Durante muchos años los hombres habían pensado en la unidad y en las causas comunes. Los pueblos relegados creyeron encontrar su lugar cuando las potencias decidieron incorporarlos a sus Etapas de colonización interplanetaria. Pero el precio a pagar era seguir aceptando modelos extraños a su forma de ser.

Jeremías fue consciente de que él no lo aceptaría. De que sería capaz de utilizar las palabras para exponer a sus semejantes las razones de ese rechazo y embarcarse en otra locura de aventurero: promulgar la defensa de proyectos propios aunque menos espectaculares, antes que de grandes emprendimientos ajenos que, por más meritorios que fuesen, no dejaban de usar a las personas como a herramientas descartables.

La Tierra tendría que moverse un poco y hacerle un lugar.

Se quedó soñando con su nuevo futuro, apenas capaz de contener sus ganas de empezar a vivirlo, hasta que oyó el zumbido del despertador de la litera.

Llegó a la oficina diez minutos antes de la hora de entrada, justo después de que saliera el teleoperador del turno noche. Apresuradamente, encendió la computadora y le ordenó informarlo sobre los descubrimientos del laboratorio de biología en lo que iba del semestre. La impresora llegó a escribir doce renglones de datos de archivo antes de que sonara la campanilla.

Jeremías arrancó la hoja y se la guardó en el bolsillo.

Diez, quince minutos por día serían suficientes. Luego de tres o cuatro meses se encargaría de dejar las pistas necesarias para que lo descubrieran. Después, alguna que otra sesión de lavado de cerebro en Prevención. Finalmente, despedido y enviado a la Tierra como un paria de la colonización interplanetaria. No lo dejaban renunciar, pero podía hacer que lo expulsaran.

Comenzó a transmitir informes, pero esta vez no dejó solas a sus manos. Se concentró en las palabras y se sintió satisfecho de ser capaz de manejarlas. Hasta que la Compañía lo despidiera tenía que hacer un esfuerzo para no dejarse embaucar otra vez por la rutina.

Y prepararse para la gran aventura.



¿Es posible escribir desde Argentina (o desde cualquiera de los otros países de América y España) una ciencia ficción creíble en la que seamos protagonistas y no los extras de la película? Acaban de ser testigos. Es posible.
      Cuentos de Claudia De Bella en Axxón: La puerta abierta (41), Amoité (48), Bosquedad (95), La Pancha (138), Leyenda (157), Salvación (157).


Axxón 158 - enero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Colonización: Argentino: Argentina).

            

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