FICCION BREVE (veintuno)

Varios

Segunda partida de Ficción Breve del mes. Es que hay tantos... y tan interesantes relatos... Esta vez vamos con nueve, que parece un buen número, y el rasgo distintivo es que... ¿que todas tienen menos de 1000 palabras? No, no es un chiste. Hay un rasgo distintivo; descúbranlo, es fácil.

Apostamos a la diversidad temática, a la búsqueda de enfoques originales, al uso de recursos no convencionales que promueven una literatura multifacetada. Podrán leer ciencia ficción clásica y experimentos que despegan los textos de las formas tradicionales. Hay de todo y para todos los gustos. Pasen y lean.

LA AMENAZA

Antonio J. Cebrián - España


Hermes se movía nerviosamente encaramándose sobre sus compañeras y pasando sobre ellas como si de una alfombra viviente se tratara. Intentaba desesperadamente alejarse de la masa y alcanzar suelo llano, donde pudiera iniciar el rastreo en busca de sendas químicas de esencia rojo rubí que la conducirían hacia la zona donde había surgido "el Problema". A pesar de ser sólo una hormiga, tenía plena consciencia de su responsabilidad y sus obligaciones dentro del grupo. No era sólo un soldado, como otros cientos de la Colonia, sino que ostentaba un cargo de responsabilidad en la gestión de situaciones críticas. Por eso, era de importancia capital que alcanzara cuanto antes la zona de la alerta.


El general Esteban La Orden se había alejado unos cientos de metros del helicóptero, hasta donde el torbellino de arena causado por la hélice se hacía soportable. Su viaje era de importancia crucial. Era uno de los miembros del alto estado mayor que había sido convocado con carácter de urgencia tras la llegada de aquellos inmensos objetos volantes de origen desconocido y ante la posibilidad de que fueran hostiles. No hubiera hecho detenerse al piloto a mitad de trayecto de no tratarse de una causa de fuerza mayor.


Hermes alcanzó el borde superior del hormiguero y siguió el rastro hasta la zona de la alerta. Tras entrechocar con varios exploradores e intercambiar los habituales protocolos químicos, alzó la mirada. Su escasa capacidad de visión le impidió distinguir nada, pero, era consciente de la presencia de algo inmenso porque la luz del Sol había quedado oculta detrás.


Mientras bajaba la cremallera del pantalón, La Orden escrutó el horizonte. A pesar de la lejanía de su destino, el colosal tamaño de aquellos objetos los hacía visibles en cientos de kilómetros a la redonda. Observó cómo la silueta, hundida entre las nubes se desplazaba lentamente. Se preguntó qué pasaría si eran seres hostiles. ¿Qué medida tomarían en primer lugar? ¿Se comunicarían para lanzar algún tipo de ultimátum? ¿Atacarían directamente destruyendo centros neurálgicos? ¿Qué sería lo más eficaz estratégicamente? ¿Las comunicaciones, los gobiernos y las sedes de los altos mandos? ¿Las instalaciones defensivas?...


Hermes se preguntó cuántos ínfimos integrarían aquella descomunal Colonia, si su inabarcable extensión estaría constituida a su vez por múltiples agrupaciones comunales y, sobre todo, si aquello tendría intenciones hostiles hacia la Colonia tal y como habían augurado los exploradores-analistas. Se había afirmado que su llegada ya había sido vaticinada hace tiempo por la Suprema y que fue consignada en algún lugar de mérito no despreciable en la parte Este de lo Profundo para posterior gloria de su infalible señora. Aunque esto no aportaba nada esencial puesto que a nadie le estaba permitido acceder a la parte Este para descifrar lo que allí estaba escrito.

Se preguntó cuál sería la primera medida que el Ente adoptaría en caso de tener un propósito hostil. ¿Interrumpir el flujo de cáscaras de semilla? ¿Neutralizar a los porteadores? ¿Borrar los rastros químicos, privando así a la Colonia de su infraestructura de conexión con el mundo exterior? ¿Infiltrarse en sus mentes y poseerlos para obligarlos a culminar por propia mano sus maquiavélicos fines?


El espectáculo de luz y movimiento que comenzó ante los ojos del general fue realmente extraño. Era difícil saber de qué se trataba. ¿Iban a abrir fuego? ¿A enviar un emisario mediante algún sistema lumínico o simplemente estaban tratando de comunicarse? Lo tranquilizaba la idea de que, aunque el alto mando no estuviera presente al completo, los procedimientos automáticos de alarma habrían actuado y las fuerzas defensivas estarían listas para operar con contundencia en caso de ser necesario.


A pesar de no poder observar directamente nada, la intuición química de Hermes le advirtió que algo estaba sucediendo. Algo se movía en las alturas. La respuesta estaba próxima. Esperó junto a los demás soldados. Si la actitud del invasor era amistosa, le ofrecerían toda su hospitalidad y todo el conocimiento acumulado durante años en la parte Este de lo Profundo. Pero si era hostil, se enfrentaría al inmenso y destructivo poder de sus ejércitos.


La Orden alivió la vejiga con precaución de no salpicarse los zapatos. Estaba tan absorto en la extraña e incomprensible coreografía que las colosales naves había iniciado arriba, entre las nubes, que no se percató de que había orinado sobre un hormiguero.


Antonio Cebrián nació en Albacete, España, en 1964. Es ingeniero informático, pianista y compositor. Ha sido finalista del Premio Pablo Rido, ganó el I Concurso Vórtice de Ciencia Ficción 2004 con "La ciudad de los muertos" y su relato "Como perros en la ciudad" apareció en Visiones 2004. En Axxón 147 publicamos "Los olvidados de Dios" y en Axxón 152 "El discípulo".



VENDEDOR AMBULANTE

Nora Calas - Cuba


Al Caballero de París, patrimonio ya extinto de la Ciudad de la Habana.


Tienes esa expresión de gato abandonado entre las ruinas de un edificio demolido. (De algún animado me viene la imagen). Demolido como tu cuerpo añoso que alcanzas a arrastrar en las estaciones del metro y del tiempo, tratando de vender tu mercancía. Pero tu mercancía no se vende, porque ya nadie quiere comprar esperanzas y sueños. Esas cosas son rezagos del pasado romántico que impuso alguna sociedad ingenua y cruel y ahora solamente figuran en viejas enciclopedias ciclópeas bajo un enmarañado significado. Tuerces la boca bajo el bigote en gesto imperceptible de resignación. Te pesa el bolso al hombro y la corbata te ciñe demasiado la garganta. Te acercas a la pared donde pende un anuncio traslúcido que ofrece recambio de neuronas en cuotas irrisorias a un ofensivo precio acumulado que nadie nota, porque casi todos ya han recibido al menos dos recambios en su vida, donde se les extirpa intencionalmente la curiosidad y la duda, quedando casi totalmente indiferentes a lo cotidiano y mucho más a lo inusual. El vidrio traslúcido te devuelve la imagen que no eres, lo que te quiere vender el recambio que no conoce tu cuerpo ni tu memoria. Desde el otro lado, te mira con afable prepotencia un hombre gris. Impecable traje oscuro y portafolios de cuero, zapatos carísimos que ni imaginas poder tocar con tus limitados créditos. El pelo y las cejas te recuerdan un antiguo personaje navideño. Antiguas tradiciones, obsoletas, infantiles. Ahora hay que mirar al futuro, llenar el bolsillo de tarjetas y deudas. El estrés es apenas una enfermedad del pasado. Ha habido tantas... Hurgas en tus bolsillos mentales una imagen que se te hace sinónimo de ésta, que te mira fijamente. Bajo polvorientas capas de recuerdos descubres una foto, estática figura de un hombre que te mira desde lo alto; tú saltas a su cuello con euforia y él te aparta. Lo miras otra vez y reconoces la imagen paterna que se aleja y te abandona, renegando de tu persistente costumbre de vivir ensoñaciones y deseos incomprensibles. Te aparta como una peste de su vida. Te interna en una clínica especial para personas con trastornos alucinatorios. Te niega y te olvida pronto en el próximo recambio. Nada anormal subsiste en una mente recambiada. Ni siquiera los lazos más cercanos. La sangre en estos tiempos ya no tiene el mismo significado. Los años son extensas vendas que van tapando heridas, cerrando pasadizos donde pueden aflorar recuerdos.

La imagen que cruza los ojos con los tuyos a través del cristal te dice algo. Te mira con desesperada súplica sacando las tarjetas del bolsillo de la chaqueta cara. Señala tu bolso cargado de sueños y esperanzas por tantos años ignoradas o rechazadas. Y tú, con gesto hipnótico y piadoso, le extiendes la bolsa abierta, desbordante de colores y olores prohibidos y perdidos, y el hombre gris y pálido del otro lado del cristal sonríe. Su rostro se ilumina con una imposible sonrisa que te obliga, incrédulo a mirar alrededor. La gente, ajena a lo cotidiano o inusual, sigue su camino indiferente. El hombre gris de la pared se ríe ahora a carcajadas mientras va sacando de la bolsa los sueños que fuiste guardando y ofreciendo por años. Saca esperanzas que flotan en el aire como serpentinas y las lanza. Mientras vuelan y se estrellan en la pared de enfrente se van disolviendo como tabletas de humo. Vuelve a sacar del bolso un ramillete, con viejos sueños de hombres que nunca crecieron, de mentes atrapadas en escenarios de antaño que nadie ya recuerda. Los aprieta entre las rudas manos de incrédulo y los lanza en sonoras y disparatadas carcajadas. Los sueños y esperanzas se estrellan contra el suelo sin colores. Se disuelven sin dejar rastro en el aire cargado de la estación subterránea. Pronto no queda nada en la increíble bolsa. Pronto no queda más que el eco de la risa de un padre olvidadizo y olvidado. Pronto no queda más que una larga lágrima en la mejilla de un hombre que ha perdido todo menos su imagen azorada frente a sí mismo. En medio de una multitud que no atestigua ni atestiguaría jamás porque jamás vio ni escuchó nada. Porque el hombre que cargaba la bolsa con contenido cascabelero, que se miraba en la pared frente a otro hombre idéntico y diferente al mismo tiempo, no sería más que una alucinación de sí mismo. Por eso nadie vio tampoco cuando el azoro te hizo retroceder y perder paso... cuando el tren te aplastaba entre los rieles, cuando los niños que corrían por la estación desobedientes se agacharon a recoger un pañuelo que olía a quimera... Nadie vio ni nadie supo nada, ni siquiera de estas letras que recuerdan vestigios de un personaje loco, una leyenda que caminaba como un fantasma entre la gente, repartiendo sueños y esperanzas renegados. Con tristes ojos de gato abandonado entre las ruinas de un edificio demolido.


Nora Calas, nació en La Habana, Cuba, en 1971. Estudió Licenciatura en Lengua Inglesa en La Habana y a los 16 años ingresó a la Asociación Hermanos Saíz como el miembro más joven de aquel momento, compartiendo actividades de taller literario con Yoss, Ronaldo Menéndez y Raúl Aguiar. Actualmente reside en Santiago de Chile, donde trabaja como secretaria bilingüe. Está casada y tiene una hija. "Vendedor ambulante" fue escrito en 1999 y es el primero de sus cuentos que la autora ve publicado.



ENGAÑADOS

Anado Uni - España


A los que dicen la verdad.

—Alto guapo y rubio —escribió de un tirón—. Y por dar más detalles, ya crecido. Mido 1'85, fibroso, atlético vaya. Me gusta el windsuf y lo práctico con asiduidad, soy matemático y me encanta el cine. ¿Y tú?

—Yo soy rubia también, mido un metro setenta, soy modelo de una agencia de aquí y me entusiasma la lectura y aunque no te lo creas, el cine.

Ambos rieron en la ventana de un privado del chat con un "Ja, Ja, Ja".

Habían conectado. Se reían juntos y pronto se hicieron inseparables. No se conocían y no sabían del otro más que lo que se contaban, y cogieron la costumbre desde el primer día de no decir más que mentiras.

Todas las tardes, a eso de las 19:30 coincidían con puntual embuste.

Llegó un momento en que ambos se preparaban nuevas trolas a lo largo del día, en el trabajo o haciendo la colada, en cualquier sitio, siempre con un papelito cerca donde escribir esa ocurrencia con pinta de verdad pero patraña.

Que esas nuevas ocurrencias tuvieran apariencia veraz se fundamentaba principalmente en los bulos precedentes. Cogidas de una en una no habrían convencido al más crédulo de una asociación universal de confiados, pero el que se sustentaran sobre un armazón de falsedades, labrado con el tiempo, con más o menos explicaciones según el tamaño de la bola, les había hecho además extraordinariamente audaces.

Así él se había hecho bombero nada más regresar de Africa, tras trabajar en el Masai Mara durante dos años filmando leones y hienas.

—Teme más a las hienas. Que se agrupan y ponen al escape a un par de leonas rápidamente. Son capaces de seguir el vuelo de un buitre hasta la caza recién abatida, y correr tras ella muchos kilómetros. Y con una que divise el cadáver, serán decenas. Se avisan entre ellas con sus risas.

Ella decía que había despreciado un contrato millonario con Lāncome, había tenido noticias que para determinados productos se utilizaban residuos animales. Simplemente tuvo que decidir, y fue leal a sus principios. No se puede ser del comité Greenpeace de España y aprobar esos procedimientos.

—Hoy sería más famosa, pero prefiero mi honestidad y no tener que reprocharme nada.

Ambos vivían con expectación como acogería la otra parte la nueva engañifa. No eran ni fueron desde el principio medidas y así las nuevas a pesar de parecer extravagantes o claramente exageradas tenían el apoyo de los éxitos anteriores. Porque además, sus conquistas y avances lindaban siempre con el triunfo y el reconocimiento. Habían ganado premios, viajes, medallas militares, concursos de la tele, certámenes literarios y hasta regatas en los mares.

—Hoy te escribo desde Australia. Hace un día estupendo. Me han propuesto en la escuela de tenis internacional que actúe de arbitro en la primera ronda del Open. Los contendientes no son muy conocidos. ¿Te suena Agassi? Juega contra un chico salido de la previa.

—Yo estuve ayer en la pasarela Cibeles. No veas que estrés entre bambalinas. Ropas de Dolce & Gabbana, no veas que exigentes son. No le dejan a una ni respirar.

Transcurrido el tiempo alguien propuso que se conocieran. Fue una idea impetuosa, nacida en el momento, quizá por la soledad o quizá porque esos ratos se habían hecho tremendamente importantes para ambos. Salió casual, como un cortafuegos entre nuevos engaños. Ambos quedaron mirando la pantalla, pasaron unos segundos de silencio en la consola y descartaron la idea.

—Nos vemos mañana —dijo él— y te cuento lo de mi experiencia al rescate, en las torres gemelas.

—De acuerdo, pero mañana un poquito más tarde, a menos cuarto que ruedo durante todo el día cine español.


Anado Uni es el seudónimo literario de un bilbaíno que ronda los treinta y acaba de aterrizar en un pueblo a 100 Km de Oviedo tras haber pasado casi toda su vida en Valencia. Coordina Annlea ("Aunque Nadie Nos Lea"), punto de encuentro para los perseguidos por la literatura, destinado a que ella les dé alcance...



DEMOGRAFÍA

E. Verónica Figueirido - Argentina


De acuerdo a los informes de la primera expedición, que apenas había pasado un par de días en el planeta, los nativos eran amistosos aunque algo tímidos. Pero nada los había preparado para lo que vieron cuando llegaron allí.

Las figuras esqueléticas que se asomaron por entre la espesura parecían más una visión dantesca surgida de la guerra que una cálida bienvenida. Con los ojos hundidos en calaveras apenas cubiertas por una capa de piel, miraban a los recién llegados con cierta indiferencia y algo de curiosidad.

Impresionados, los viajeros no atinaron a hacer nada más que retribuir su mirada en silencio, mientras los otros se acercaban a ellos y rondaban a su alrededor. Luego los nativos se marcharon, eludiendo a los visitantes como si estos no fueran más que un pedruzco que la marea no llegara a arrastrar.

Se alejaban los últimos, sin mirar atrás ni una vez, cuando los de la nave finalmente reaccionaron.

—¿Qué les habrá ocurrido? —se preguntaron, llenos de horror.

—Alguna catástrofe, seguramente —aseguró el medico de la nave—. Una guerra, o quizás una plaga que acabó con los cultivos. Se nota que están famélicos.

—Eso es evidente, doctor —respondió suavemente el capitán, con el tono con que uno habla con un niño pequeño. O con un retrasado mental.

El otro lo miró indignado. El capitán se dirigió a uno de los oficiales, una mujer de mediana edad que estaba ocupada comparando datos en la computadora.

—¿Hay algo que explique esto? —le preguntó.

Ella negó con la cabeza sin interrumpir su trabajo.

Los nativos pronto parecieron aceptarlos, al menos como parte del paisaje, ya que donde quiera que iban se encontraban a uno o varios, mirándolos, siempre mirándolos. Miraban con ansia y casi con desesperación cuando alguien se llevaba un trozo de comida a la boca. Nadie podía comer sin sentirse terriblemente mal por esos pobres infelices. No pasó mucho tiempo hasta que alguien, para aplacar su conciencia y creyendo hacer un bien, compartiera su comida con alguno de los nativos, sin tener en cuenta si este podía digerirla o no. En poco tiempo otros siguieron su ejemplo.

Los nativos devoraban los alimentos con avidez, y los expedicionarios, satisfechos de la ayuda que suponían estar prestando, les proporcionaban más y más comida.

Fue un error.

Una mañana se encontraron con que durante la noche había nacido una cantidad inusual de bebés. Al día siguiente la cantidad parecía haberse duplicado. Y al tercer día las criaturas nacidas dos días antes, para entonces completamente desarrolladas, comenzaron a tener su propia descendencia.

En un principio los expedicionarios observaron espantados la situación pero sin que se les ocurriera relacionar la repentina explosión demográfica con la entrega de comida a los famélicos nativos. Cuando se dieron cuenta quisieron enmendar su error, negándoles el alimento. Pero ya era demasiado tarde. El metabolismo de los nativos se había disparado, y el mecanismo que regulaba los nacimientos estaba fuera de control. Antes de una semana la población se había multiplicado varias veces, y el capitán de la nave consideró que había llegado el momento de partir.

A medida que la nave se elevaba, podían ver la marea de seres vivos que anegaba las antiguas instalaciones de la base.

No llegaron a enterarse de la feroz guerra que ocurrió a continuación, y la tremenda hambruna que siguió. La siguiente nave, casi dos siglos más tarde, halló una población diezmada y hambrienta. Todos, desde la capitana hasta el último tripulante, quedaron impactados por el aspecto casi cadavérico de los habitantes del lugar.

Alguno, movido por la compasión, compartió su ración del día con un par de nativos...


E. Verónica Figueirido fue una de las fundadoras del CACyF, en 1982, y ha colaboradorado con sus ficciones en Nuevomundo, Sinergia, Cuasar, Vórtice, Cygnus, Parsifal, Fobos y Solaris. Vive en Necochea, provincia de Buenos Aires, y nos ha enviado un buen número de relatos, por lo que seguramente la tendremos muy pronto de nuevo en Axxón.



EL ESCUPITAJO DEL YANACONA

Pedro Félix Novoa Castillo - Perú


A Víctor Pretell

"El tiempo no rehace lo que perdemos;
la eternidad lo guarda para la gloria
y también para el fuego"
Borges


Eras un yanacona insumiso que había logrado burlar las cachiporras inflexibles del Cuzco imperial. El hambre, el delirio y el odio consumieron en ese orden lo humano de tus facciones y lo apacible de tu andar. La sangre de tus hermanos había formado con la tierra un barro que considerabas sagrado, a esto se reducía tu teología. El destino era un látigo negro que desde el cielo, flagelaba tu espalda por todos lados. Ahora comprendo tu incredulidad en los astros.

Un conocido supermercado inauguraba una sucursal más en la ciudad. Los precios eran cómodos, las sonrisas eran gratis, la felicidad estaba siempre de oferta. Las caras en los afiches publicitarios eran blancas, eran bellas, eran buenas. Se me ocurrió que todo esto tendría mucho que ver con lo astral. Más precisamente con lo celestial. ¿Por qué no? Si los ángeles se le antojasen salir de compras, creo que tendrían que ir a un lugar como éste.

Redibujaste los Andes y sus inexplicables caminos. Cruzaste todo lo ancho del desierto para mojar tu macabro rostro en el río Rímac. El sol castigaba a sus adoradores: en la tierra sancochando los pies; en el cielo, inutilizando los ojos. Un yanacona con un apestoso aliento de miseria y odio se dirigía hacia ningún lugar. Lugar preferido para quien huye de la esclavitud.

Una descolorida señorita ensaya en su rostro una sonrisita plástica. "Quiere afiliarse a Master Card", me invita, haciendo brillar sus pupilas de polietileno. Me muestra una tarjetita multicolor. Le digo que había venido a buscar trabajo con una vergüenza comprensible. De pronto, me da la espalda. Puedo ver entonces, su enorme trasero atrapado en una microscópica falda azul. Antes de que se alejara, pude comprender que su cabello era largo, azabache y bello como su desprecio. "Hermoso", pensé. Pero olía demasiado a reacondicionador.

Tuviste miedo al ver la caverna; su boca negra y nefasta era tan honda como la noche, que caía desparramada por todo el valle. "Mejor guarida serían las estrellas" dijiste con los ojos locos mirando el cielo. Pero el frío con sus cuchillos, te obligaron a entrar. Mascaste un poco de hierba y sentiste algo de tierra en la saliva. Dos lágrimas abandonaban tu rostro contrahecho de yanacona.

Me dieron un uniforme del mismo color que la chica del tiránico trasero, un código de barras como nuevo nombre en una tarjeta que no debería jamás olvidar, un salario de mierda como la que irías a limpiar en los baños, y doce sensatas horas para pasear orgulloso mi escoba debajo de un ridículo sombrerito azul. Tres buenas razones para no hablar de ello en el resto de la vida. Pero no todo estaba perdido, aún me quedaba el oscuro consuelo de masturbarme de vez en cuando en los urinarios a medianoche.

En todo el tiempo que cobijaste ese cuerpo, habías aprendido a ser leal a tus manos, a tus ojos, a tus sueños, y jamás al universo. Cogiste al amanecer un extraño insecto que deambulaba a la entrada de la caverna. Supusiste que la cabeza sería agria y por eso decidiste morderle las patas traseras. "Buen desayuno para un yanacona insumiso", pensaste. De golpe, el instinto hizo que el bicho impusiera el respeto de su ponzoña en tu mano. El aguijón era frío, pero el veneno no. Se te descolgó un brazo, luego el otro, tus ojos nublados eran lo único que te sostenía. Comenzaste a soñar mucho, antes que tus rodillas cayeran a tierra.

El estropajo se volvió tan familiar, que se convirtió en la extensión natural de tu mano izquierda. Las cosas se complicaron cuando te hacinaron en la pulcritud de los servicios higiénicos para varones. Las personas, cuando se te cruzaban, esquivaban los ojos y sacaban sus fláccidos miembros, y preferían contemplarlos a ellos y no a ti. De vez en cuando alguien se tropezaba con tu hombro cuando estabas agachado recolectando papeles higiénicos por algún rincón. Sacudían su verga y no se molestaban en disculparse.

En tu sueño, yanacona, era un futuro y una lengua que no entendías. Como agua vertical una fantástica y cristalina pared te devolvía tu imagen. "Es magia de los adoradores del sol" pensabas. Eras tú con el pelo corto, con la misma expresión macabra en los ojos. Pero dentro de una vestimenta geométrica y azul. Algo empuñabas en tu mano izquierda, parecía el montículo resumido de la miseria. Algo te coronaba la frente, no era sólo un pedazo de tela azulado en forma de extraño chullo, era algo peor.

El yanacona, aún con chispas de ensueño en los ojos, tuvo el suficiente delirio para formar una piedra de saliva en la boca y lanzarla al sol. En su locura, el escupitajo lo apagó y derribó. Aquel instante de gloria hizo olvidar el rasguño que el universo formó en sus rodillas, después que cayó al suelo. No quiero el futuro si he perdido la insumisión, deseó. Y tuvo la sonrisa más hermosa de un muerto.


Pedro Félix Novoa nació el 19 de noviembre de 1974 en Lima, Perú. Ha publicado en su país, Chile, Argentina y España. Fue finalista con dos relatos en el Concurso Internacional de Cuentos de Ciencia Ficción del Fanzine Fobos y ambos aparecieron en Púlsares 2004.



SCIENTIA MILITARII

Yailín Pérez Zamora - Cuba


ALevantando polvo por el camino soleado que va hasta Verona pasaban las tropas de Nino delle Bande Nere rumbo a otra de sus lides festivas contra el Milanés, cuando vieron, sentada bajo el sol en una piedra y calentándose como un lagarto de lino verde, a una dama joven. Desde sus rodillas se estiraba hasta el camino un pañuelo azul recién comenzado a bordar.

"Un regalo del cielo" pensó contemplándola el primer hombre de los de a caballo, mano derecha del condottiero, y volvió grupas para informar de la nueva.

Nino reunió gallardía, la diestra sobre el pomo y riendas, y con la siniestra a la cadera dio el saludo que tenía para con las damas:

—Si vais hasta Verona y os puedo acompañar, será el día más sereno y feliz.

Y la dama asintió, y dobló cuidadosa el paño —donde ya se pintaban nubecitas— para subir a la silla.

Tuvieron buen tiempo entrando en la llanura de Verona, y como hallaron los oteadores un cerro limpio, acamparon cuando la tarde se hacía fría.

Tuvo un lugar la dama en la tienda del condottiero, sin dejar de bordar el paño que a Nino le pareció mayor cuando decidió recogerse después de haber acomodado a los suyos.

Se echó en su catre y desde ahí veía la chispa de la aguja subir y bajar, y un prado ahora tomaba sus colores, casi se olía, y ah estas buenas tierras de Italia para aventurear, ensoñó, con ese olor a todas las hierbas. Sin hablar, pues tenía a las damas por parlanchinas, que no se podía iniciar una conversación inteligente con ellas, y tampoco hacía falta, se acomodó en el silencio de la bordadora, que le daba para pensar. Noticias tendrá, algunas, de estos sitios. Pero ella, como si fuese una de las figuritas del tapiz, o esas siluetas que salen de pronto en los caminos, apenas sabía de lo que pasaba mas allá de la llanura, ni habían llegado hasta ella los destellos que de su genio militar daba pruebas.

Giovanni delle Bande Nere se puso a los pies de la dama sobre el mantel, y las hierbas de hilo fueron blandas a su cabeza en la falda; y algún tiempo antes de gastarse la vela se durmió, con sus manos blancas y fuertes peinando los ovillos como gato feliz.


Amanecía con niebla cuando llegó uno de los hombres, agitado porque al otro lado de las colinas se había sentido como un tronar o estampida de bestias, y vio cómo el río salido y feroz inundaba las tierras, cercándolos como un ejército por los flancos, y que mucho más lejos había visto tropas del Milanés, esperando quizás que nos rindamos, y que había encontrado esto.

Dio a Giovanni una jaula de pájaros donde daba vueltas un zorro de ojos dorados. La dama levantó la vista del pañuelo para fijarse en el zorro, el aire atento y los pelos de las orejas, y continuó su labor.

El condottiero se ajustó el tahalí.

—Escucha —dijo al mensajero— ningún hombre mío ha muerto en refriegas, y no porque seamos invencibles, sino porque los muertos no ganan dinero, y las ciudades tienen mucho que darnos todavía. Esto es lo que le vas a decir al Milanés: que el zorro encontrará cómo escaparse.

Y salió afuera, donde todos sus hombres ya estaban en pie y dispuestos. La dama lo siguió, llevando la cesta con hilos en las manos y el paño azul, verde y rojizo con todos los colores del día iba recogido en su hombro, para que no se enredara con sus pies al caminar.


Todavía se cuenta cómo en una jornada larga cruzó el río la Banda del condottiero toda con caballos y armas, enrollada bajo el brazo de su general, que llegó nadando a la otra orilla para clavar sus banderas.

En seco, Nino delle Bande Nere besó a la dama y dejó que ella alisara su melena. Y después la ayudó a tender bien estirado sobre la hierba el gran pañuelo azul en cuya ribera se sacudía un zorro, escapado feliz de una jaula abierta en la colina, para que todos salieran mientras se sacudían los hilos de la tela, prendidos como cabellos a sus lanzas y armaduras.

La noche fue tranquila para todos. Sólo al Milanés en su tienda ducal las pesadillas le quitaron el descanso. Al amanecer, entorpecido y con los ojos secos, vio brillando la hierba en la colina vacía, hilos verdes y amarillos ondulando al sol bajo un cielo de lino tejido.


Yailín Pérez Zamora es cubana, nacida en la Ciudad de La Habana en 1975. Se graduó en Gráfica en la escuela de artes plásticas San Alejandro. Escritora, pintora e ilustradora, ha sido publicada en la Antología Fantástica Reino Eterno, la misma que dio a conocer a Michel Encinosa Fú, Juan Pablo Noroña, Ariel Cruz y Vladimir Hernández.



MI PEQUEÑO PARAÍSO

Jorge Pérez Perri - Argentina


Veo mi flaca silueta difusamente reflejada en el vidrio. Llegó la noche y mientras escribo esto, la dorada y discontinua luz que irradia la gruesa vela que pude conseguir, ilumina apenas esta amplia y fría habitación en la que me encuentro hace mucho tiempo. No me incomoda la penumbra mortecina de la sala; imagino alguna otra época en que todo estaba bien, época que yo no conocí. A través del gran ventanal, la negrura allá afuera esconde toda la vida que acá adentro se consume poco a poco, como la parafina que el fuego va derritiendo, como la mecha que se agota y que en una hora no podrá alimentar la llama. Y todo estará a oscuras. Sólo aquella diminuta luciérnaga en el jardín hace un festín emitiendo su propia luz. Su insignificante relámpago me produce una notable envidia. Ella está viva y podrá estarlo mañana, y pasado mañana, y el día después. Quizás sea madre de otras pequeñas larvas que pronto volarán en la noche, generando su natural luminiscencia para atraer al macho, y así seguir perdurando. Me da envidia. Yo no pude ser mamá. Ninguna mujer logró serlo en los últimos ciento treinta años. Por eso la humanidad está desapareciendo.

Hace más o menos ciento cincuenta años que el planeta comenzó a dar aviso, a mostrar signos, pero nosotros no le hicimos caso. Primero alertaron sobre la falta de ozono en la atmósfera. Luego se habló mucho del recalentamiento de la tierra. Se hicieron proyecciones de eventuales catástrofes, pero nadie le prestó la necesaria atención. La reunión cumbre de los países más avanzados rechazó la propuesta de cambiar radicalmente los procesos industriales. Claro, nos les convenía perder sus dominios. No lo hicieron, y perdimos todos.

Las aguas del mar comenzaron a subir de nivel. Primero protegieron sus enormes ciudades con gigantescos muros de hasta diez metros de altura. Pero la fuerza del agua pudo más. Al hombre no le importó demasiado. Como animal de costumbre que es, mudó sus fabulosas ciudades costeras hacia terrenos más altos y allí siguió con sus viejas tradiciones. Los huracanes y tifones no amedrentaron su testaruda actitud. Tanto los largos veranos de calor infernal como los helados inviernos de hielo, frieron y congelaron a millones, pero el hombre confió en su suerte para sobrevivir. Pero ninguna ayuda les vino del Cielo. La Madre de todos nosotros, la Sabia Naturaleza, comenzó a producir el más grande acto de amor: sacrificarse para sobrevivir. Lo logró.

El agua de lluvia sufrió una extraña metamorfosis. Los primeros indicios de la mutación del líquido elemento provinieron de un pueblo en Australia. Todas sus mujeres, casi de un día al otro, quedaron estériles. La noticia dio vuelta al mundo en segundos, y nadie encontró una explicación. Al cabo de una semana, toda la gran isla fue tierra infecunda. Ninguna mujer pudo quedar embarazada. Tal epidemia se la conoció con las siglas WIS (Women Infertility Syndrome). Un científico descubrió el origen: el agua potable provocaba la necrosis del sistema reproductor femenino. Lo más curioso es que el WIS se contagiaba solamente en la raza humana. En pocos días las lluvias contaminadas habían caído sobre Oceanía, la mayor parte de Asia y muy pronto abarcarían todos los continentes. El terror se apoderó del planeta. Grandes compañías multinacionales comenzaron a extraer agua de los glaciares, icebergs y de los hielos continentales. Pero el operativo fue un fracaso. En el proceso de descongelado, el agua automáticamente mutaba su composición y se convertía en el peor veneno para la mujer. Se recurrió a la fecundación "in vitro" con todas sus técnicas, pero el WIS también trasformó su acción y produjo abortos espontáneos. Todas las técnicas resultaron infructuosas. La mujer jamás pudo volver a engendrar un ser humano. Recuerdo que la clonación tampoco pudo ayudar. Jamás gobierno alguno oficializó esta práctica y los pocos ensayos que se habían hecho a escondidas de la gente fallaron a los pocos años. Lo supimos cuando la noticia se hizo pública. Los niños clonados murieron antes de cumplir los cinco años. Los mocosos desaparecieron del planeta. Con ellos, toda la alegría.

Las especies animales comenzaron un enorme proceso de renacimiento. Hoy, a ciento treinta años de haber nacido el último ser humano, ellos comenzaron a ser los únicos dueños de este planeta. Como al principio. Hoy el ruiseñor canta día y noche, allí, escondido en su amado árbol. Ése que brota con todo su esplendor en mi verde jardín. De día veo a una oropéndola, con sus pichones que piden comida sin cesar. Ella los alimenta, los ama y les enseña a vivir. Qué envidia.

Escribo esto sólo para entretenerme. Garabatear mis emociones es un ejercicio. Quizás lo haga para no volverme loca, para hablar con alguien. Aquí estoy, con mis ciento treinta y cuatro años de vida a cuestas, totalmente sola en este pueblo ya muerto. Hace dos meses que falleció el penúltimo vecino. A mí no me queda mucho tiempo más. Quizás haya todavía alguien vivo allá afuera. Si lo hay, no le tengo celos. Yo estoy aquí, con todo el paraíso a mi disposición. Lo único que espero es despertar mañana para escuchar el canto de mis pájaros y la canción del follaje interpretado por el viento en el verde jardín, en mi pequeño paraíso.


Jorge Pérez Perri es argentino y tiene 40 años. De profesión analista de sistemas, canaliza su creatividad a través de la escritura. Publicó cuentos y varios ensayos en las revistas Afines y En Persona, distribuidas entre los afiliados a obras sociales. Está escribiendo una novela que planea publicar en el 2006 mientras sigue dedicándose a sus otros amores: el dibujo y la historieta.



SIRIO 3

Chinchiya - Argentina


—...comprenderá, entonces, Capitán, que tuve que divorciarme. No es que yo hubiese dejado de amar a mi esposo, es que, sencillamente, no soporto la soledad. —Sus grandes ojos verdes se humedecieron, pero su voz no tembló.

—Pero entonces —protestó el Capitán, que en este momento lo único que quería era terminar de reclutar gente para conformar la tripulación—, ¿quién me asegura que soportará la soledad esta vez?

—Nadie. Es ese mi mayor defecto, y mi mayor virtud. Puedo relacionarme con cualquier clase de seres. —La sonrisa había vuelto a la cara de esa extraordinaria y regordeta mujer, como la de una niña a la que le han prometido ir de visita al parque de diversiones del satélite más cercano.

—Déjeme ver si le entendí, señora Marshmellow: usted no hizo uso de la ley de bigamia porque esa ley no contempla matrimonios interespecies. Su esposo... digamos... su esposo "humano", se encontraba a unos cuantos años luz y...

—Exacto. Su trabajo hace que tenga que viajar mucho, no lo veo desde hace un tiempo prolongado. De hecho, nos hemos divorciado sin volver a vernos. —Marshmellow prosiguió, como para cortar el tema: —¡Ah! No me molesta que me llame señora, pero mi título correcto es Xclic-clic Ingeniera.

—¿Cómo dice? —exclamó el Capitán Beto Proteus.

—Mi actual esposo, Xclic-clak Shhhhmmmm —dijo pronunciando el nombre con mucho cuidado—, me explicó que aquí se utiliza el título de relación y luego la profesión de la persona...

—En realidad no me interesan las costumbres elperianas —se impacientó, cortante, Proteus—. La llamaré Ingeniera Marshmellow si le parece bien, ya que lo otro me parece impronunciable.

—De acuerdo —dijo, divertida, Marshmellow, acomodándose el cabello color cobre hacia un costado.

El Capitán respiró hondo, mientras leía los antecedentes laborales de Marshmellow en su escritorio. Ya estaba harto de hacer este trabajo de relaciones humanas, pero los recursos eran escasos por la destrucción de una de las colonias a mano de los separatistas, y había que adaptarse a las circunstancias.

—¿Puede explicarme de qué manera cree que califica para el puesto de Jefa de Plantel para la terraformación de Sirio 3?

—Capitán —dijo Marshmellow con voz de maestra de niños—: en los días que vivimos mi esposo y yo en su planeta, adquirí conocimientos que para la especie humana aún son sólo sueños...

El Capitán dejó que se explayara. Al parecer Marshmellow tenía una habilidad empática innata, que se había acrecentando gracias a su reciente matrimonio con un miembro de la sociedad elperiana.

Lo primero que hacían los elperianos al conocer a otro pueblo era casarse. El casamiento consistía en convivir con un elperiano para el resto de su vida, a lo cual se comprometían bajo pena de muerte. Los primeros días los esposos se enseñaban uno a otro a cocinar sus alimentos preferidos, y luego de un tiempo no establecido, procedían al contacto sexual.

—Mi caso no fue tan particular, verá usted: los elperianos son seres muy amables (en el sentido amplio de la palabra), y tienen mucho contacto entre especies. En verdad, son irresistibles —Marshmellow se ruborizó, agarrándose las manos, sin dejar de mover los dedos.

El Capitán Proteus, a pesar de su profesionalismo, no podía evitar la curiosidad de saber cómo se llevaría esa mujer tan voluptuosa con un ser que poseía diez mil lenguas cubriéndole todo el cuerpo y cuatro delicados tentáculos en lugar de brazos. A su pregunta, Marshmellow respondió:

—Xclic-clak Shhhmmm y yo pasamos muchas horas en la intimidad. La diferencia entre nuestros cuerpos es lo que nos lleva a explorarnos y disfrutar más. También nos alimentamos de cosas distintas, y sin embargo hemos encontrado un platillo que nos gusta mucho compartir: el spie de campo (un animal del tamaño de un conejo), que se puede servir con salsa de frutillas.

—Entonces, ¿usted tendría que viajar con su esposo? —dijo el Capitán, pensando en la reacción del resto de la tripulación.

—Por supuesto —dijo Marshmellow, inmutable— si vamos a fundar una colonia, no esperará que yo no tenga a mi propia familia conmigo. Le aseguro, capitán, que será lo mejor para el éxito en Sirio 3.

Fue entonces cuando sucedió. El Capitán se sintió invadido por una sensación inexplicable de bienestar, que le recorría como haciéndole cosquillas de la cabeza a los pies. Primero tensó el cuerpo, pero bajo la dulce e hipnótica mirada verde de Xclic-clic Marshmellow, se relajó.

—Su búsqueda ha terminado, Capitán Beto —la voz de Marshmellow era cálida y segura. Ella se acomodó en el respaldo de la silla, observándolo. Proteus sintió la conexión mental entre ambos, y cómo al principio podían compartir sensaciones y sentimientos primitivos. Experimentó hacerle silenciosas preguntas que tenían inmediata respuesta en forma de idea, y ella dejó que él paseara por su cabeza, curioseándolo todo, como si estuviera caminando por una exposición artística. Todo estaba a la vista para que él lo explorara. Luego el Capitán pudo ver en su mente cómo se desarrollaría la terraformación y el posterior asentamiento de la colonia en Sirio 3: gente trabajando con entusiasmo y coordinación, formando un equipo cohesionado y alegre. Y Proteus tuvo la impresión, no, la certeza de que Marshmellow sería una excelente Jefa de Plantel.

—De acuerdo, Ingeniera Marshmellow, está contratada. Por favor presione con su pulgar aquí... —Siguieron con los formalismos—. Bienvenida a bordo.

"Casi demasiado perfecto" se dijo el Capitán Proteus, estrechándole la mano.

Y contempló a la nueva Jefa de Plantel retirarse, mientras se rascaba una oreja.


Nota: Se lee mejor escuchando a los Chemical Brothers


Chinchiya es el nombre literario de Juana Gallego. Se acaba de recibir de Ingeniera Electrónica, y, si bien le gusta su cargo docente en la Facultad de Ingeniería de la UN de La Plata, aspira a trabajar en lo suyo. Su seudónimo proviene de la actividad que realiza en las guías argentinas (miembro de la asociación mundial de guías scouts) donde aprovecha para disfrutar de las actividades al aire libre. También fue hasta hace poco barman de su propio bar: "Arrakeno"; practica kung fu (Wu Shu moderno), le encanta leer ciencia ficción, y escribir.



UN MALOGRADO INTENTO DE SER HUMANO

Sandra Becerril Robledo - México


Hoy he estado reflexionando en la mejor forma de deshacerme de ti. Mi mente da vueltas y vueltas mientras pienso en tu horrible rostro. Me asquea la forma en la que masticas, salpicando con alimento a los demás. Me horroriza tu ojo derecho, más cerrado que el izquierdo; tu mirada: esos ojos que me ven, amenazan, regañan, intimidan. Nadie jamás me vio con esos ojos. Tu cabello me saca de quicio cuando el viento lo agita y se enreda en tus pequeñas, minúsculas orejas de las que cuelgan innumerables aros que suenan como campanitas entre ellos, interrumpiendo mi silencio. Me choca cuando resoplas con la nariz ¡esa enorme y desgarbada nariz! O la forma en que caminas, moviendo tus escurridas caderas de un lado a otro, queriendo dar la falsa ilusión de sensualidad. Me fastidia tu risa hipócrita, hipócrita y plástica. Cuando ríes, pareces un maniquí mal formado, pareciera que tu cara fue pintada por un patético artista que deseaba plasmar un payaso con la sonrisa grande, grande. Me molestan tus manos cuando estás en la máquina de escribir y se mueven como pequeños pero largos tentáculos, rematando con tus uñas disparejas por la mugrienta costumbre de mordértelas como animal y luego escupirlas dónde sea. Eres un cerdo, un marrano, un malogrado intento de ser humano, un error de la naturaleza, un mediocre animal que ocupa espacio en este mundo por ocuparlo. No debiste haber nacido, o al menos podrías haber salido a la calle para favorecernos a los demás con tu ausencia. Verte por ahí, no sólo ensucia el paisaje sino que lo contamina, lo ennegrece. Tu cara me hace tener ganas de vomitar en ella hasta mancharla toda como tú manchas mi vida con los estupidísimos comentarios que salen de tu ponzoñosa boca, de tu garganta que parece de sapo, de un sapo viejo, gordo y feo.

No quiero verte más, escucharte menos ¡Quítate de mi vista! Exijo que te borres de mi camino tal y como tu propio padre te borró del suyo. ¿Entiendes lo que te digo? Ni siquiera él mismo te quiso; te desechó como pañal maloliente, te pateó el trasero hasta cansarse y tú ni siquiera te defendiste. Eres débil, frágil, enclenque, enfermizo y tardo. ¡Y todavía tienes el descaro de exhibirte ante mí! ¡Ante mí! Nunca debiste haberlo hecho, porque te haré desaparecer, te romperé en mil pedazos; con estos puños atravesaré tu repugnante rostro hasta que sólo queden segmentos. Un ojo por aquí, otro por allá, la boca partida en dos, tu enorme frente dispersa en el suelo... te descuartizaré. Tu sangre me llenará de placer y podré disfrutarlo, tal y como tú te deleitas viviendo a costa mía. Te mataré ahora mismo.


Javier se arma de valor y tomando vuelo estrella su puño derecho en el espejo que lo ha estado observando fijamente. Los cristales caen por el suelo y él los pisa hasta dejar sólo pequeñas astillas. Se ríe con su risa hipócrita y plástica. Satisfecho, se da la media vuelta moviendo sus escurridas caderas de un lado a otro. Casi cuando va a salir del baño jura escuchar que del pedazo de espejo en dónde se reflejaba su ponzoñosa boca, salen las siguientes palabras: ¡Tú estas peor que yo imbécil! A ver ahora quién proyecta tu horrible rostro. ¿Crees que me da mucho gusto reflejarte? ¡Pues no! A todos les asquea la forma en que masticas, salpicando con alimento a los demás. Les horroriza tu ojo izquierdo, más cerrado que el derecho, tu cabello los saca de quicio cuando el viento lo agita...


Sandra Becerril Robledo, mexicana, nacida en 1981, fotoperiodista. Estudiante de la SOGEM. Ha publicado cuentos en: Época, Diario Nacional Deportivo, Fotozoom, Luz Directa, Voces de la Primera Imprenta, Reforma, Cuiria, Critica Literaria y diversos portales de Internet. Participó en la Antología de escritores hispanoamericanos, de editorial Bellvigraf, Argentina, Concurso "Juana de América". Fue finalista en el concurso Isaac Asimov. Actualmente cursa un diplomado en literatura fantástica con Ricardo Bernal.




Axxón 158 - Enero de 2006
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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