FICCION BREVE (veinte)

Varios

Volvemos a la forma tradicional. Y como estamos en verano, con mucha gente de vacaciones y otros leyendo con fruición la novela de Alejandro Alonso "Cronoelipsis" , les ofrecemos una pequeña colección de Ficciones Breves: son apenas once cuentos que se leen en menos de una hora, de un tirón. ¿Alguna vez hicieron la prueba? Esta es una buena oportunidad. Pero también pueden leerlos picando, claro.

LORDVIR

Sergio Mars - España


—Espero que valga la pena. La nanofísica de hoy, para variar, me interesaba.

—Oh, no te preocupes por eso, Álex. Te aseguro que no lamentarás haberte pelado esa estúpida clase... por más de una razón.

El aludido se encogió de hombros y respondió:

—Venga, acabemos de una vez, pero te advierto, si me has hecho perder el tiempo, vete despidiendo de ingresar en la Hermandad.

—Acompáñame.

Sin intercambiar más palabras, los dos muchachos subieron al segundo piso de la residencia. Pasaron por delante de varias puertas cerradas. En la pantalla de una de ellas parpadeaba: "No molestar. Estudiando". La habitación pertenecía a un colega de la Hermandad, y una de dos, o Álex lo conocía mal o el muy cabrón se había procurado mucho mejor compañía que él. Suspiró y estuvo a punto de tropezar con su guía, que se había detenido bruscamente frente a otra puerta. La pantalla representaba un grafitti, con el nombre Lordvir en un rojo rabioso; la sutileza no era una de sus virtudes.

Lordvir hizo pasar a su acompañante al cuarto, se dirigió hacia la mesa de trabajo y activó la pantalla mural en modo un sexto, idóneo para trabajar en 2D con cadenas alfanuméricas. Álex se recostó en la cama, contemplando con expresión aburrida sus manejos.

—¡Ajá! Aquí lo tienes.

—¿El qué?

—Joder, tío, el virus más cañero que hayas contemplado. Vas a zumba.

—¿Un virus? ¿Me haces perder el tiempo por un miserable virus? ¿Con eso piensas ganarte el acceso? No sé qué pandilla de perdedores te has creído que somos.

—¡Espera, espera! —suplicó Lordvir—. Aún no conoces sus propiedades.

Álex, que ya estaba a medio incorporar, se lo pensó mejor. La clase de nanofísica estaba perdida y no tenía nada mejor que hacer que reírse un poco de aquel payaso inepto. ¡Hey, hasta podía seguirle el juego! Le haría creer que tenía alguna posibilidad. Volvió a tenderse y le indicó que podía continuar.

El chico resopló de alivio y se volvió hacia la pantalla, aumentó a un quinto y maximizó varias ventanas antes de pasar a control táctil.

—Aquí tienes el virus que he diseñado —comenzó a exponer, señalándolo y desplazándolo a una esquina— y aquí —prosiguió— cuatro secuencias preexistentes, en las que me he basado para diseñarlo.

Con cuatro golpecitos rápidos situó los modelos en abanico en torno al inicial.

—Cada uno de ellos por separado es de lo peor que nos ha golpeado, por su capacidad infectiva, por su resistencia o por el daño que produce. ¿No sería genial reunir todas estas virtudes en un único agente? Sí, ya sé que partir de material preexistente no es tan zumbante —se apresuró a matizar—, pero, y aquí viene lo bueno, la conjunción de todas estas propiedades requeriría normalmente unas veinticuatro kas, cuando las máximas que pueden empaquetarse son unas diez.

Vaya, parecía que después de todo tal vez pudiera sacarse algo en claro de todo aquello. Álex se incorporó levemente para ver mejor la pantalla. Alentado por este gesto, Lordvir prosiguió su explicación:

—Tuve que entrecruzar pautas de lectura y aprovechar en ocasiones la misma secuencia en ambas direcciones, pero finalmente lo conseguí: nueve coma siete kas del peor virus que el mundo haya conocido. Mierda, hasta yo estaba acojonado. Cuando lo terminé decidí que incluso diseñarlo era criminal, así que alteré un poco el código para suavizar sus efectos e introduje un sistema de control, que elevó su tamaño hasta las diez coma cuatro kas, justo en el límite máximo. ¿Qué opinas?

—Déjame comprobar un par de cosas —respondió Álex.

—Todo tuyo —respondió Lordvir con una gran sonrisa.

Álex trabajó unos minutos testando diversas propiedades del virus. La verdad es que el trabajo parecía bastante bueno, nunca hubiera pensado que alguien con un apodo tan ridículo como Lordvir fuera capaz de realizar ingeniería de precisión como ésa. Sin embargo... Sí, ahí estaba el fallo que buscaba. Esbozó una mueca de feroz regocijo.

—No está mal —dijo con suficiencia—, pero no funcionaría tan bien como crees.

—¿Eh? ¿Qué dices?

—Mira, lo has compactado demasiado y carece de estabilidad. Su estructura lo hace extremadamente sensible a las mutaciones. Si corremos este simulador generacional... ¡Voilà! En apenas mil rondas de replicación por término medio pierde su capacidad infectiva.

—¡No puede ser!

—Compruébalo tú mismo.

Así lo hizo, comenzando a sudar copiosamente a medida que iban surgiendo los datos. Álex decidió echarle un cable:

—No te preocupes. El trabajo no es completamente inaprovechable. Tal vez aún puedas entrar en la Hermandad.

—No lo entiendes —le respondió el chico temblando—. Ya lo he liberado. Pensé que sería una buena broma. Estaba tan seguro de que era perfecto... Yo... Yo no quería...

—¡Cómo! ¡Maldita sea! ¿Dónde? ¿Cuándo?

Álex agarró por los hombros al muchacho y empezó a sacudirlo. Finalmente, consiguió que confesara entre balbuceos:

—Hoy mismo. En el aula de nanofísica. Generé la secuencia en los tanques de polimerización de nucleótidos y... y preparé un cultivo. Un mecanismo automático ya ha debido propagarlo.

—¡Joder!

De un empujón tiró a Lordvir al suelo y corrió varias simulaciones más. Los datos no auguraban nada bueno. El sistema de control por inactivación química quedaba inutilizado en unas doscientas rondas de replicación y lo que era peor, la reversión a la forma altamente patógena original ocurría de forma espontánea una vez cada siete mil. Aquello podía extenderse y provocar Dios sabía cuántas muertes.

—¡Maldito imbécil! ¡Hay que dar la alerta!

Álex se levantó de la silla y se lanzó a la carrera hacia la puerta, sin preocuparse de cerrar tras de sí. En su habitación, Lordvir seguía en el suelo, sin acabar de reaccionar del todo ante la catástrofe que había originado. Mascullaba excusas, con la mirada perdida en el vacío, más allá de la pantalla.

—Yo no quería... Se suponía que sólo provocaba una pequeña diarrea... Yo... Lo tenía todo controlado... Sólo quería... diseñar un virus, el peor virus que hubiera existido. No quería... no quería hacerle daño a nadie...


Sergio Mars es valenciano y está a punto de cumplir treinta años. Ha estudiado biología y muy pronto terminará la tesis que para su doctorado en genética. Ya hemos hablado de lo ecléctico de los intereses que lo mueven, que van de Tolkien a Greg Egan, de éste a Rider Haggard pasando por Michael Ende, Asimov, Poe, Bécquer, Clarke y Howard, sin olvidar a David Brin y Stephen King. Axxón lo ha publicado en varias oportunidades: "Ouija" (109), "La criatura" (111), "El jardinero del cielo" (118) y más recientemente "La sonrisa de Strauss" (154), además de un artículo en el N° 156: "El comportamiento berserker de los hobbits".



EL RETORNO

Enrique J. Layna Ordóñez - México


Es el treinta y siete. Les llamaré días por no tener otra palabra con la cual designar esta sucesión de instantes infinitos, cuya única medida es el ocultarse y despuntar de las tinieblas. La mañana gris bajo la bruma trae consigo la mala nueva: mi amado ha muerto en la oscuridad. Al fin el ayuno acabó con su escasa resistencia. Nunca con su templanza. Su mano siniestra aún aprieta la daga/crucifijo contra sus labios; la derecha, rígida, acuna genitales rígidos. Con mis manos escarbo la maldita arena que no deja crecer ni plantas ponzoñosas; algunos anélidos oscuros se me incrustan bajo las uñas. La fosa no alcanza mucha profundidad. Deposito su cuerpo y lo cubro lo mejor que puedo apisonando la arena; de cualquier modo queda un ligero túmulo, evidencia del volumen inerte de su cuerpo. Sigo mi camino sin dirección por esta tierra dura, buscando mi sombra para que me señale algún rumbo. Sólo desierto hasta el horizonte. Al final, la semiclaridad se rinde para dar paso a la verdadera tiniebla. Me dejo caer aquí, que es decir en cualquier parte, porque la planicie sin fin carece de rasgos distintivos. La luminiscencia del trigésimo octavo día me devuelve el horror. A mi lado yace el cuerpo yerto de mi compañero. Su cadáver siguió mi rastro durante la noche. Son sus despojos, aunque deformados. El amoratamiento indica su franca entrada al estado de descomposición, como si el contacto con la arena acelerara el proceso, como si el propio suelo reclamara el reintegro de sus componentes con la mayor celeridad posible. El rictus del rostro me hace pensar en su irónica sonrisa, que acaso podría expresar también una dolencia profunda. Lo entierro de nuevo. Ahora, a pesar de los gusanos, a pesar de las heridas en mis manos causadas por esta arena vidriosa, lo deposito más abajo. Busco algunas piedras para reforzar el trabajo y le doy el toque final cuando incrusto la daga sobre el montículo; diminuta cruz señalando el lugar en que espero repose mi amigo de manera definitiva. Ahora me apresuro hacia ninguna parte, sin confesar el deseo de alejarme del cadáver de quien ha sabido ser, además de compañero leal, mi guía y mi maestro. Me distancio de su corporeidad y de los recuerdos de otros tiempos. De su enseñanza y de su fe que me han dejado en este llano sin salida. El tránsito de claridad a penumbra tiene lugar sin cambios. La nubosidad sempiterna de esta tierra baldía me impide contemplar las estrellas. Sueño sin imágenes una ominosa presencia acechante, de la que sólo escapo gracias a la luz escasa de la mañana siguiente. Fatal desconsuelo; fiel a su promesa mi amante no me abandona. Luego de apartar la arena abrasiva y las rocas que aprisionaban su cuerpo, su piel destrozada revela algunos órganos por entre los huecos de su sistema óseo. Las bacterias hacen su trabajo mientras despiden olores repelentes. Le hablo sin conseguir respuesta. Su miembro es azulado, se mantiene erguido, afilado. Los ojos me miran y no ven, la mueca es risa burlona. Comienzo la labor por tercera vez. Con calma. Me tomo casi todo el día treinta y nueve ya sin esperanza, con la desilusión anticipada. Aunque sé que es un gesto inútil, lo entierro y entierro la daga en el corazón, pero esa víscera está en desuso, muerta. Ya ni siquiera me alejo. Intento escuchar; sin embargo; la fatiga me vence. Me despierta el peso muerto redivivo. Jirones de carne se agitan sobre mí, líquidos viscosos humedecen mi cuerpo; aspiro un hedor insoportable mientras él penetra mis carnes al ritmo sincopado del juego eterno. Mantengo los ojos cerrados pero mi mente ve. La frase sigue una ruta inexorable hacia mi conciencia: y resucitó al tercer día... y resucitó al tercer día... y resucitó al tercer día...


Enrique Javier Layna Ordóñez tiene 40 años, casi 41. Vive en la Ciudad de México, donde nació. Estudió periodismo en la UNAM pero no ejerce y vende plata para vivir. Actualmente está haciendo un taller de cuento de terror con Doris Camarena y Ricardo Bernal; de ahí surgió "El retorno", su primera colaboración en Axxón, pero no la última.



METEORITO

Adriana Alarco de Zadra - Perú


Sobre la corteza del planeta cayó un bólido. Los aldeanos lo observaron desde el pueblo al momento de cruzar el cielo. El objeto dejó una estría luminosa en el firmamento, al mismo tiempo que se producía un sismo de considerables proporciones. Se abrió la tierra, se alzó una polvareda increíble y se estremeció el suelo en los alrededores. La gente del lugar observó sorprendida que se verificaban desmoronamientos en los terrenos adyacentes. Se culpó del desastre al meteorito inesperado que nunca se encontró. Lo buscaron entre los basurales circundantes pero ninguna roca les hizo pensar que fuera un objeto diferente y espacial.

Los campesinos creyeron que el meteorito había producido rajaduras profundas y no se atrevieron a investigar cuevas ni honduras.

—¡Quizás qué espantos brotarán luego, desde adentro del mitologito caído del cielo! —se oyó comentar.

Al poco tiempo olvidaron el hecho y los agujeros abiertos en la zona periférica del pueblo, entre basurales y abrojos, se fueron llenando otra vez de tierra, maleza y piedrecillas.

Muchos días después, en la honda oscuridad, escapó de su escondrijo entre las rajaduras de la roca espacial, una espora que voló en el ambiente de una cueva subterránea. Era un minúsculo trozo de vida que deambulaba por el recinto oscuro. No era nada conocido allí donde se encontraba pues era insólito, único, especial, inexplicable.

Poco a poco, la humedad favoreció su crecimiento amorfo y veloz. Comenzó a parecer un embrión rudimentario que fue desarrollándose hasta que pudo pegarse a las paredes de la cueva. Meses después subió lentamente hacia la luz que se percibía al final del túnel, en la superficie. Una mancha informe trepaba por las paredes hasta que finalmente se aproximó a la salida bajo el resplandor de una luz increíble y se desparramó en la boca de la caverna.

No tenía conocimientos sobre lo que debía hacer. Estaba desarrollando su intuición y sensibilidad, adquiriendo conocimientos de la atmósfera que lo rodeaba, tratando de olfatear, percibir, palpar y probar. Debía buscar alimento, fuera de las primitivas sustancias que había devorado en las profundidades, para seguir creciendo. Las formas de vida son infinitas, pero este ser escapado del metal de un meteorito llovido desde lo alto, presentaba bajo la luz del sol un aspecto extraño, fascinante, inesperado.

Su formato irregular, sin semblante ni fisonomía, aparecía como el de un ser blando y palpitante de color cambiante. Excretó líquido morado y se movilizó por el nuevo paraje. La atmósfera lo calentaba y protegía sus sistemas biológicos mucho mejor que el lugar de donde provenía. Se sintió cómodo bajo la luz inusitada y empezó su lenta actividad y desplazamiento para encontrar lo que le hacía falta absorber para desarrollarse. Recorrió superficies rugosas y suaves, húmedas y secas. Encontró sustancias dulces, amargas, ácidas; asimiló algunas, escupió y expulsó otras de su materia intrínseca que se iba volviendo esponjosa.

—¡Debo sobrevivir! ¡Soy el único que queda de mi especie! —intuyó con las fibras más profundas de su ser.

Tomaba el color del suelo donde se movilizaba y pasó desapercibido a los otros seres vivientes que poblaban el planeta donde había llegado después de la terrible explosión. En las cercanías escuchaba rumores, sonidos extravagantes, armonía, y disonancias. Se deslizó y percibió matices claros y oscuros, humedad y calor, señales, movimiento y savia vital. Desplegó cartílagos en vez de huesos y siguió expandiéndose. En ese mundo que estaba experimentando, empezó a sentir paz y contento en lo más profundo. No advertía estallidos, ni calores infernales, ni peligros inminentes. Podía estar tranquilo, pensó. Era ya maravilloso poder elaborar ideas y desarrollarlas en beneficio de su supervivencia.

Así transcurrió su vida amorfa e irregular, sustrayendo gotas y savia de la tierra y de las sustancias que tocaba. Pasado mucho tiempo, cuando ya se sentía partícipe de este universo nuevo que lo rodeaba, percibió que un sujeto espeluznante y agresivo se acercaba y aspiraba su olor. Otras veces, al cubrirle la sombra de otros seres, se encogía y nadie se percataba de su organismo mimetizado. Éste, sin embargo, era grande y cruel, voraz y feroz además de perspicaz. Como no era rápido en sus movimientos, el agresor pudo seguirlo, husmearlo, lamerlo, examinarlo y después de un profundo análisis, se lo tragó de un bocado.

—¡Rex! —gritó una niña buscando a su perrito—. ¿Dónde te has metido? ¿Qué comes? ¡No debes engullir bichos desconocidos! ¡Te puedes envenenar! ¡Ven, ven, ven aquí, perrito!

Al día siguiente, Rex estaba muerto. Encontraron su esqueleto y su piel sin entrañas, devorado sus interiores por algo inexplicable, inconcebible.

Nadie adivinó que un ser de otros mundos había tragado a quien lo engulló. Una mancha amorfa siguió creciendo en la periferia donde había caído un meteorito. Quienes pasaban por las cercanías no se percataban de la masa informe que se abrazaba a las piedras del terreno y que seguía avanzando lentamente hacia el movimiento, hacia el rumor, hacia las esporádicas luces, con tesón, ansiedad y malignas intenciones de devorarlos.

El ambiente de este nuevo hogar lo hacía crecer rápidamente asimilando la potencia de los otros y esperaba a que llegara el momento de dividirse, de procrear y de arrasar con todo lo que tuviera energía vital. Podía considerarse un ser en expansión. ¡Había descubierto que en este lugar donde lo trajo el destino, disponía de infinidad de provisiones con qué alimentarse! Y se regocijó por su buenaventuranza.


Adriana Alarco nació en Lima, Perú. Es escritora, investigadora, traductora de inglés, italiano y castellano. Su producción ha estado orientada principalmente al teatro y al relato infantil-juvenil, campo en el que ha desarrollado una labor intensa. Ha escrito sobre temas tan variados como las plantas medicinales, los minerales peruanos y libros de viajes, aunque sin descuidar su interés por la ciencia ficción, herencia directa e incuestionable de su padre, el gran escritor Eugenio Alarco. En Axxón hemos publicado su relato "Los globos azules" (141).



EL CUARTO ANGOSTO

Analía Pascaner - Argentina


Lucas se hallaba parado en medio de la habitación mirando a su alrededor con ojos atónitos. Al comienzo sólo lo intuyó pero en ese momento estaba seguro de qué ocurría. La puerta había desaparecido totalmente: un listón de madera ocupaba su lugar. Sus labios se secaron y su garganta ahogó el alarido. El cuarto angosto de paredes claras se achicaba y lo comprimía. Las paredes se oscurecían a prisa, se acercaban amenazantes. El techo bajaba y se había tornado tan negro como la noche que observara por la ventana unos minutos antes. Comprobó que ya no había ventana; sólo un pequeño rectángulo algo más claro se hallaba en su lugar. Se sentía devorado y asfixiado por ese cuarto que se estrechaba cada vez más y más. Se empeñó en pedir auxilio, abrió su boca muy grande y procuró que el grito brotara desde lo más profundo de su pecho. Mas no pudo proferir sonido alguno, las paredes ya rozaban su piel.


Analía Pascaner Nació en Buenos Aires y reside en la provincia de Catamarca desde hace varios años. Estudió Psicología en la Universidad de Buenos Aires, es profesora de piano y se dedicó a la enseñanza. Ya radicada en Catamarca concurrió al taller de narrativa coordinado por la profesora Celia Sarquís. Le encanta leer ante el público y participó en varios cafés literarios. Integra el Grupo literario La Cueva y es la editora responsable de la revista literaria Escritos en La Cueva, primera publicación virtual de Catamarca. Algunos de sus cuentos aparecieron en las Antologías Escritos en La Cueva (2003, 2004 y 2005) y el libro La Noticia (Colección de literatura infanto-juvenil La Cueva, 2005).



CONTANDO PECES

Antonio J. Morata - España


Salí del agua con un humor de mil demonios. Ni siquiera se me pasó por la cabeza mirar si llevaba dinero encima. Con la puerta cerrada y yo afuera, no había forma humana de hacerse con alguno de los adaptadores respiratorios.

Recorrí a buen paso, casi corriendo, los seiscientos metros que separan la casa de Irma de la playa y me planté ante su puerta sin apenas darme un respiro.

Toqué el timbre.

Hacía mucho calor ese día y corría un aire desagradable. A la sombra del porche, la diferencia de temperatura era aún más pronunciada. Me estaba resecando demasiado rápido.

Acelerado, continué haciendo sonar el llamador, quizás más veces de lo correcto, pero nadie abrió.

Entonces caí en la cuenta. Ella estaría en el Centro, el sol estaba ya alto. Quise telefonearla y fue entonces cuando descubrí, con un cabreo superlativo, que no llevaba ni un céntimo encima. Las branquias se me hinchaban por momentos, irritadas del esfuerzo y el calor y la garganta me ardía, así que no tuve más remedio que dar media vuelta y volverme de carrera al agua.

Ella no regresaría a la casa hasta las siete. Me quedaban unas cuantas horas de estúpida espera. Todo un día desperdiciado por mi mala cabeza, y las puñeteras llaves perdidas en algún lugar del fondo del mar.

Me puse a contar peces.


Antonio J. Morata es un viejo conocido... como ilustrador. Podrán ver varios trabajos firmados como Elmo en Axxón. Pero Antonio también escribe cuentos tan insólitos ocmo efectivos. Dedicado a la gráfica y al magisterio desde que ganó la 6ª Muestra de Publicaciones Juveniles de Gijón (1978), ha sido además articulista en prensa, locutor, saxofonista de rock y publicista (director de arte) en Madrid. Hoy alterna sus carteles, folletos, ilustración de textos, cómics y portadas de ciencia-ficción con diseño de libros infantiles y de poesía.



RASABADÚ

Edgar Omar Avilés - México


Antes Rasabadú andaba por toda la bodega pregonando viejas noticias de cuando nació: "Fidel Castro ha muerto"; "Nada detiene el derrumbe de la Bolsa Mexicana de Valores" . Rasabadú en esos entonces no comprendía sus noticias, sólo gustaba de repetir lo escrito en el papel periódico con el que fue hecho en origami. Su voz, ahora sólo lamentos, era un chasquido como cuando se cambia una hoja.

Algunos escarabajos le aseguraban que el papel no podía tener vida, que no era natural, pero Rasabadú qué iba a saber de eso, si a duras penas entendíaque fue concebido por las manos hábiles de un velador que tiempo atrás había renunciado a la existencia. Otros, como la tarántula, lo veían con recelo y le decían: "Los dragones estornudan fuego". Rasabadú, mientras movía la cadera para que su cola se agitara de derecha a izquierda, respondía: "Pero yo no voy a estornudar nunca..." , intuyendo que eso del fuego era algo malo. Y continuaba con su caminar lento, cuidando que no se lo llevara el aire que se colaba por los vidrios rotos, con aquellas piernecillas rechonchas y sin articulaciones.

Pese a la cautela, a veces era zarandeado por el viento rugidor, y mientras esperaba estrellarse contra el piso agitaba las alitas atrofiadas de su espalda y les sonreía a todos desde las alturas.

Para el dragoncito, la bodega, llena de apiladas cajas polvorientas, era el mundo entero. Otros, como las moscas, sabían que existía algo más allá de la puerta, pero les gustaba mucho vivir ahí.

"Billy Corgan murió de sobredosis", les dijo a unas ratas, ellas sólo asintieron sorprendidas, pese a haber escuchado esa noticia decenas de veces y no saber quién fue Billy Corgan. "Todo indica que el nuevo Papa será estadounidense", le dijo a una cucaracha que estaba arriba de otra cucaracha.

Luego supo qué tan malo era el fuego cuando lo del corto circuito del viejo radio; se propuso nunca, pero nunca sacar aire tan fuertemente como para llamar al incendio que vivía, según la tarántula, en su vientre.

Ahora ya las noticias no le importan: hace una semana cayó un aguacero que se filtró por el techo de lámina; unas gotas le salpicaron en su hocico-nariz en donde se le hacían hoyuelos al reír cuando escuchaba a una golondrina. "Qué buen chiste", creía pensar, pero en realidad sólo eran trinos. Su hocico-nariz se corrugó con el agua... y se resfrió.

Ahora se la pasa debajo de una silla rota, con el dedo muy cerca de la nariz, presto a inhibir el estornudo fatal: no quiere unirse a Fidel, a Billy, al anterior Papa, a la Bolsa Mexicana y al velador. Para los demás tampoco será fácil, aunque quizá logren escapar, ¿pero Rasabadú cómo podrá evitar a Rasabadú?

De vez en cuando piensa en el radio: "Él sí tenía cosas lindas que contar", recuerda melancólico y de pronto le vienen en torbellino las imágenes de cómo sacaba chispas y se derretía.

Rasabadú quiere creer que cuando estornude escupirá confeti, mucho y de muchos colores. La tarántula dice que será fuego y que todos, hasta la bodega, morirán por su culpa. Lo único cierto es que él ya no tiene cabeza sino para estar triste y con mucho miedo.

Su resfriado aumenta, sus fuerzas menguan. No quiere morir derretido, no quiere acabar con el mundo entero.

"¿Será fuego o será confeti?", pregunta titubeante una mosca a otra, mientras ven desde arriba al dragoncito de papel: arrebujado, con las orejas ya sin gallardía, con la mirada seca de tanta nostalgia y aquellos temblores con que despierta de las pesadillas.

"Es cuestión de esperar", responde suspirando la otra mosca "sólo de esperar".


Edgar Omar Avilés nació en Morelia, Michoacán, México, en 1980. Es egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, en el DF. Recibió en 2002 el primer lugar en cuento breve de la Revista Punto de Partida, en 2003 el primer lugar en el premio Binacional México-Québec de cuento y ha obtenido menciones honoríficas en distintos certámenes de cuento, en ellos en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez 2004. Ha publicado en suplementos culturales, revistas y en antologías colectivas como Los Mejores Cuentos Mexicanos 2004, Ed. Joaquín Mortiz.



PALABRAS

Ricardo Acevedo Esplugas - Cuba


A Carmen R. Signes

—"Mayor Tom a Control de Tierra. ¿Me escuchan?"

Tierra... Creo que ya no usan ese nombre. Ni taxi, pirámide o Ghandi. Todo comenzó con el Contacto. ¡Sí! El ansiado contacto con una cultura extraterrestre: superior en todos los sentidos a nosotros. El hermano mayor que corregiría nuestros errores.

Llegó el día y escucharon la voz (que nunca olvidaré...) Los líderes y barítonos mundiales se suicidaron en masa. Los primeros por ser incapaces de concebir el discurso respuesta; los otros, por no tener los órganos idóneos.

...Y vieron su imagen, y eran inimitables: huelga de modelos Playboy. Los militares capitularon al sospechar, sólo al sospechar, los fabulosos medios de combate que se insinuaban tras la sugerente figura de la nave nodriza.

Los artistas más prácticos comenzaron a imitar: ¡Salvación! ¡Aleluya! Los Rollos del Mar Muerto y Picasso fueron sustituidos según los nuevos cánones estéticos; le siguieron Brasilia y el Taj Majal.

Logré escapar tomando el último empleo de astronauta ("¿Para qué conquistar el cosmos si ya nuestros hermanos de raciocinio lo habían logrado?" era el slogan de moda).

Compré pinceles y tinta imborrable antes de que fueran considerados obsoletos y me atrincheré en el "Mayor Tom". Durante dos años llené sus paredes con palabras que intentarían recordar a toda la Tierra (¿Cómo coño se dice "hola" en swahili?)

... los más irreductibles se refugiaron tras la cultura de la Mass Media. Pero al final MacDonald, Warhole, Barbie y Elvis fueron saboteados por la alucinógena manifestación alienígena, cuya cultura pop era la base de su ADN. Él círculo rojo sobre fondo blanco también cayó. Sayonara: Origami, manga, bushido, ceremonia del té...

Las nubes de spray caen como escarcha sobre el casco de la diminuta estación orbital, tatuada desde el generador: samovar, Pinochet, Nínive; hasta los minúsculos accesorios que revolotean nerviosos por los pasillos: fuego griego, Ho Chi Min, Guanabacoa... Millones de signos fueron devorados en fracciones de nanosegundos en la hoguera sangrante de las civilizaciones. Adiós Auschwitz, marcas tribales, milongas, Bradbury, Chanel No. 5, Bela Lugosi, Monte Athos...

Estoy frente al último resquicio en blanco y no sé lo que voy a escribir...


Ricardo Acevedo Esplugas nació en La Habana en 1969. Es técnico en construcción civil y ha realizado estudios de idioma inglés y de mercadeo y publicidad. Sus textos han sido publicados en la revista virtual +Irreal, es miembro fundador del taller literario de Ciencia Ficción "Oscar Hurtado" y miembro del Taller Literario "Juan del Casal". Ha obtenido premios en cuento y poesía en el evento Cuba Ficción 96 y obtuvo el segundo premio en narrativa en el Encuentro Municipal de Talleres Literarios de Habana Vieja (1997). Fue uno de los organizadores de los eventos 24 Horas Fantásticas 2003 y VillaFicción 2002. Dirige el fanzine literario miNatura.



NUDISMO INTEGRAL

José Carlos Canalda - España


Ser comerciante independiente tiene innegables ventajas; no estás sometido al arbitrio ni a los caprichos de nadie y puedes vagar libremente por todos los mundos de la galaxia sin estar sometido a más voluntad que la tuya propia. Para alguien con un carácter tan indómito como el mío, ésta es una bendición del cielo que no cambiaría por nada.

Pero también tiene, no cabe duda, sus inconvenientes, algunos de los cuales resultan ser bastante importantes como para no ser tenidos en cuenta. Y lo peor no son, como pudiera pensarse, las malas rachas que a todos nosotros nos ha tocado atravesar alguna vez. Como es sabido, el descubrimiento repentino de los motores hiperlumínicos provocó una expansión caótica y explosiva de la humanidad que se tradujo en la aparición de multitud de nuevas colonias en mundos vírgenes, cada cual sujeta a su libre albedrío —aún hoy el gobierno de la Tierra es incapaz de domeñar a la mayor parte de ellas— y, en muchas ocasiones, evolucionada según parámetros que cualquier visitante consideraría, como poco, heterodoxos, cuando no decididamente aberrantes. De hecho, la Gran Expansión permitió que todos los grupos sociales minoritarios del planeta madre, que hasta entonces habían vegetado cuando no habían sido abiertamente perseguidos, pudieran poner en pie sus propias y particulares utopías sin que nadie viniera a impedírselo.

Algunos fracasaron, otros fueron reconducidos hacia la normalidad y otros, por último, lograron salir adelante pese a todo pronóstico, consolidando sus peculiares maneras de entender la vida. Esto hizo que la vasta región de la galaxia colonizada por la especie humana, y en especial los mundos más alejados y por ello más a salvo de las corrientes imperialistas que desde hacía mucho dominaban en la Tierra, se convirtiera en un variopinto mosaico de culturas y sociedades capaces, según los casos, de escandalizar hasta al más templado.

Éstos suelen ser también los mundos en los que nuestra actividad es más rentable, ya que al tratarse de planetas aislados —la mayor parte de las veces voluntariamente— de sus vecinos, los comerciantes independientes somos su única fuente de mercancías y suministros provenientes del exterior, amén de los únicos extranjeros tolerados en sus particulares paraísos. En contraprestación, lo único que se nos exige es que respetemos escrupulosamente los tabúes locales, algo que no siempre resulta fácil dado lo estrambótico de sus costumbres.

Éste es precisamente el caso de Edén, un planeta rico en toda clase de materias primas, a la par que ávido de productos manufacturados procedentes del exterior, poblado por los descendientes de una secta religiosa radical que, en su fanatismo, pretendía retornar a las idílicas condiciones de vida que, según ellos, reinaban en el Paraíso Terrenal antes de que Adán y Eva cometieran el nefando Pecado Original. Sus intentos de imitación habían llegado a tal extremo que, argumentando que nuestros primeros padres iban desnudos, se habían convertido por decisión propia en la primera religión nudista integral, prohibiéndose cualquier tipo de vestimenta e incluso la menor pieza de tela capaz de cubrir siquiera una mínima parte del cuerpo. Y esto rezaba, por supuesto, no sólo para los nativos, sino también para los escasos visitantes a los que se les permitía la entrada.

Bien, no es que me importara demasiado tener que ir en pelota picada por ahí; aunque al principio puedas sentirte cohibido, al fin y al cabo el pudor por la desnudez no deja de ser un hábito cultural, y cuando todo el mundo anda igual que tú acabas acostumbrándote a ello. Tampoco me importó que, en una nueva vuelta de tuerca de su celo religioso, me obligaran a depilarme hasta el último centímetro de mi cuerpo dado que, según sus santones, el pelo no dejaba de ser un tipo de vestimenta natural tan reprobable ante los ojos de Dios como la artificial; me sentía raro, por supuesto, pero no se trataba de nada que resultara especialmente molesto. Además, el pelo no tarda en crecer de nuevo.

Lo que ya fue harina de otro costal, era el repudio, impuesto por los sectores más extremistas de su religión, de la propia piel, considerada asimismo como una indumentaria impura que impedía la comunión completa con Dios. Así pues, muy a mi pesar tuve que aceptar someterme a un desollado total, tal como era obligatorio desde hacía algún tiempo en el dichoso planeta. Por fortuna los cirujanos locales eran hábiles —cómo si no podrían llevar adelante tan desquiciada intervención— e inmediatamente después de arrancarte la piel te colocaban en su lugar una fina capa de un polímero transparente que protegía al desguarnecido cuerpo de posibles heridas e infecciones sin impedir la deseada exhibición del cuerpo ante la gloria de Dios, ya sin obstáculos de ninguna clase. Y eso me dolió bastante a pesar de la anestesia, amén de que resultaba turbador verse convertido en un atlas de anatomía ambulante.

Por fortuna, una vez concluidos mis negocios, ya estoy de vuelta en mi astronave, refugiado en la cálida soledad del espacio y libre al fin de imposiciones absurdas y caprichosas. Gracias a los metales valiosos que abarrotan la bodega, los cuales venderé a buen precio en lugares más civilizados de la galaxia, podré permitirme el lujo de no volver al maldito Edén en una buena temporada; tengo bastante aprecio a mi pellejo, y puedo asegurar que no es ninguna frase hecha.

Eso sí, antes de aterrizar será conveniente esperar a que se me regeneren por completo la piel y las uñas, no sea que me vayan a detener por escándalo público.


José Carlos Canalda, un Doctor en Ciencias Químicas nacido en Alcalá de Henares hace bastante menos de medio siglo, ha publicado con frecuencia en Axxón, por lo que esta vez nos limitaremos a señalar las cinco más recientes (que les conducirán a las demás): "El fin del mundo" (150), "Manuscrito encontrado en un manicomio" (150), "Con tuercas y a lo loco" (152), "Cara y cruz" (153) y "El efecto mariposa" (157). Y eso sin contar todo lo otro, que incluye la novela Camino de mil infinitos publicada en el Especial Eridano N° 3.



KHUL YORIÚ

Eduardo Laens - Uruguay


Maldita. Ingrata. Desleal. Supo encontrarme con la guardia baja. Reconozco que fue la tarjeta de cumpleaños más extraña que recibí. Viniendo de alguien como ella, debí desconfiar. Pero no había razón como para imaginar lo que esas líneas significaban.

Entre brindis y saludos comencé a notar la comezón en la nuca, casi el cuello, diría. Como cuando uno siente que un molesto bicho esta a punto de picarlo. Khul Yoriú. Cuando pregunté por ella, me dijeron que ya se había ido. No me sorprendí. Intuición habrá sido.

Antes de dormir intenté encontrarle un significado a la tarjeta, leyéndola una y otra vez. Pensé que era un juego de palabras, una broma sin sentido. Por respuesta tuve una noche de pesadillas terribles. De las que uno suele despertar a los gritos y asustado, excepto que yo no despertaba. Una y otra vez era torturado, mutilado y engullido por una bestia atroz de negros ojos y húmeda piel, cuyo contacto me revolvía el estómago.

Me desperté agotado, como si la batalla hubiera sido en tiempo real. La maldita nuca no cesaba de picarme, casi en la parte derecha del cuello. El espejo del baño me dio la respuesta. Tres puntos negros en la base de la nuca. Y entonces recordé la marca de ella. Necesitaba hablarle, pero sabía que no la volvería a ver.

Solo estaba la desquiciante tarjeta. Khul Yoriú. El solo nombre me sumió en tinieblas. Vi sus fauces que me engullían y grité. No había nadie. Sentía una presencia, pero no había nadie. Tuve que girar sobre mí mismo muchas veces para cerciorarme. Subí la persiana para permitir que el sol limpiara el aliento aciago de mi pánico.

Durante todo el día caminé sin sentido, con una presencia justo detrás de mí, como la premonición de un contacto que va a llegar, pero nunca ocurre. El giro abrupto de mi cabeza en busca de alguien (o algo) era mecánico. Otra puntada en el cuello. No necesité ver para saber que las marcas ya eran cuatro.

La barroca estampa de la biblioteca era el perfecto marco para mi angustia. Busqué información. Khul Yoriú. Las referencias eran pocas pero elocuentes. Religión, Magia Arcana, Demonología.

Khul Yoriú. Él es el primero. El aniquilador, el asesino. Ni Dios, ni el Diablo. El que siempre existió. El recolector de almas. Otra puntada. Otra marca. La catedral no sirvió de nada. Incluso postrado frente a la cruz, la sexta puntada me hizo gritar de dolor, la sima de mi desesperación. Volví a casa.

Solo en mi habitación me siento invadido. Esta cada vez mas cerca. No necesito voltearme. Sé que está.

Las alternativas son simples. Esclavo o alimento. Seguidor u ofrenda. Condena o muerte. Khul Yoriú. Ahora la tarjeta tiene sentido. Ella era esclava, seguidora. Pero me niego a ser otra réplica. La sexta marca me recuerda que no hay otras opciones.

¿Quién es capaz de dedicar su vida a condenar almas? ¿Podré hacerlo yo? El camino del mal. Séptimo pinchazo, Khul Yoriú.

Aunque afuera es de día, la oscuridad cubre mi cuarto. Oigo a lo lejos el jadeante fuelle de su respiración. Me envuelve. No está en ninguna parte, está en todos lados. Octavo punto negro, última campanada de mi vida, oscuridad total. Khul Yoriú.

Su garra toma mi cuello cuando la última marca aparece. El contacto frío y húmedo de su piel me da arcadas. No puedo reprimir el grito. El miedo me ganó. Soy un cobarde. Me rindo a él.

De todos modos no es imposible hacerlo. Khul Yoriú. Solo basta memorizar su maldito nombre nueve veces. Entonces él vendrá a preguntar cuál es tu decisión.

Ahora te digo "Gracias" por leer mis palabras. Espero te visite pronto. ¿Sientes la comezón en la nuca? No te resistas. Son solo nueve.


Hace pocos días, al presentar el Especial Mi Propia Muerte, dijimos que Eduardo M. Laens Aguiar nació hace 26 años en Montevideo, Uruguay, y que vive en Argentina desde hace 20. Pueden leer "¿Maldad?" en Axxón 157. Y habida cuenta de la actividad que está desplegando en el Taller 7 no deberá sorprender a nadie que los tengamos de nuevo muy pronto.



O LA MUERTE

Marina Ramírez Alcalá - España


Parecía mentira que el destino siguiera desollándose las piernas, arrastrándose por el terreno, intentando seguir pareciendo distante. No se daba cuenta de que sabíamos todos que estaba ahí, a nuestro lado, que era él y no el viento quien nos susurraba profecías de destrucción y muerte, quien nos instaba a terminar con todo de un momento a otro, por ejemplo, ya. Si las circunstancias no hubieran sido tan trágicas, sin duda nos habríamos reído de él. Pero ahí estábamos, rodeados por nuestros pensamientos, acosados por nuestras incertidumbres, con temor a volver la mirada no fuera a ser que nuestros miedos nos atacaran con los rostros de nuestros compañeros de viaje. Sí, éramos amigos, en otro tiempo incluso los mejores amigos que uno podría esperar en una época tan triste y demencial como la que nos había tocado, pero la temporada de caza había comenzado. Ya nadie era quien parecía, no podías fiarte de tu mejor amigo porque quizá fuera él quien comenzara, quien hubiera comenzado ya. Tensión. La tensión nos carcomía el estómago como resaca de insecticida, algunos de nosotros comenzábamos a padecer tics nerviosos, o una copiosa sudoración debido a la presión. Pero eso lo hacía aún peor porque no podíamos dejar de mirarlos de reojo como quien mira a un preso en la silla eléctrica, en un no pero sí, sí, vas a ser tú, cabrón de mierda, te lo mereces, bastardo grandísimo hijo de puta... no serás inocente hasta que la silla demuestre lo contrario. Porque no seré dios, pero hoy me apetece juzgarte, porque sé que serás tú, o si no contesta por qué te has secado las palmas de las manos tantas veces en la pernera del pantalón que comienza a ponerse húmeda; qué crimen has cometido para parecer a punto de llorar, por qué me miras rogando que aparte la mirada de tu rostro congestionado por el sufrimiento si sabes que no lo haré, que sólo consigues que intente más ferozmente desentrañar tus pensamientos. Ésos acababan derrumbándose, pero no por eso dejaban de ser, no podían dejar de ser meras marionetas, quizás cómplices, quizás sólo víctimas. Ya había muerto alguien, podía ocurrir otra vez. Todos lo presenciamos. Fue una de las derrumbadas, prefiero no decir su nombre, que poco a poco comenzó a respirar más y más fuerte, como si le faltara el aire, y a ponerse más y más colorada, hasta que sus ojos quedaron en blanco y se desplomó. Ninguno fue capaz de abandonar su puesto para correr a su lado, para saber si aún se podía hacer algo por ella, todos estábamos helados de miedo, todos sabíamos a qué habíamos venido. El tiempo pareció detenerse hasta que escuchamos el sollozo desesperado de alguien. Alguien gimió que si de veras nos merecíamos esto, pero aunque creí reconocer la voz preferí no volverme, yo tampoco veía la solución. Hacía rato que habían comenzado a sudarme las manos, lo único que me mantenía en pie era la esperanza de que nadie más lo notara. Y el tiempo giraba a nuestro alrededor con sorna, deslizándose entre nosotros, agusanando laberintos en nuestras cabezas. Alguien más acababa de morir. Preferí no mirar sus ojos, despedirme de ella con el rostro que recordaba, tan suave, tan seguro, tan suyo... tan mío. Creo que fue entonces cuando comencé a perder el hilo de mis pensamientos, deslizándose entre mis manos como los cabellos de ella, que nunca más volverían a ser rozados por el silencio. Las muertes comenzaron a sucederse a mi alrededor, nosotros éramos cada vez menos, alguien chilló pero pronto se apagó su voz, escuché una bofetada pero no sé si fue en su cara o en la mía, o en la de alguien más. Éramos cada vez menos. Desolación sembrada a mi alrededor, cuerpos caídos, derrumbados hacía horas o minutos, frescos o ya carcomidos por el tiempo. ¿De veras hacía tanto del principio, cuando jugábamos a ser personas sin futuro? No me interesaba la respuesta, aunque creo que puse las pocas energías que me quedaban en gritarla al cielo que no existía ya, tampoco. De repente, me di cuenta. Sólo quedábamos él y yo, nosotros éramos sólo dos, los demás yacían en un caos casi irónico, despectivo, cruel. Nos miramos. No había más qué decir, no había palabras entre él y yo que pudieran interponerse ahora, nada podría impedir que me matara, otra vez. Entonces fue cuando lo maté, sin remilgos, sin sentencias de muerte, sin dolor, mientras poco a poco yo también comenzaba a adentrarme en la inconsciencia de la muerte, sin resentimiento, sin más soledad, mientras nuestro juego se daba por terminado.


Marina Ramírez Alcalá nació el 1 de febrero de 1985 en Chiclana de la Frontera, Cádiz, España... y es todo lo que sabemos de ella, excepto que nos envió tres relatos y que los tres son interesantes...



SER DE LUCES

Saurio - Argentina


Calores cada vez más persistentes se adhieren al asfalto como larvas de algún chicle imposible transformando el laberinto de tumbas en espejismos sin desierto y el Muerto Paradigmático que fuma y sonríe desde el bronce mientras recibe la devoción de miles de fieles que lo han transformado en un santo o algo así, todo en conjunción con la efigie de una anciana milagrera que metros en diagonal más allá contempla desde lo alto como sus devotos compiten en arrojarle ramos de claveles y rosas, en un silencio que ensordece y una luz dominguera que endurece los grises y ajeniza los rituales de agradecimiento por los favores recibidos, como si embocar flores o encender cigarrillos a estatuas entornase siquiera las puertas del Paraíso o al menos detuviese las zozobras de lo cotidiano, y sentirse entonces un intruso entre iniciados, alguien que mira desde lejos y con sorna, con la ignorancia que da el conocimiento, preguntando lo obvio y sin respuesta bajo brillos filosos y temperaturas babosas.

Intentar siquiera poder conjeturar fragmentos infinitesimales de los pensamientos de quienes se acercan chuecos desde el crematorio tan sólo para depositar la palma de una mano sobre el bronce y persignarse con la otra o exclamar plegarias improvisadas y en este intento ser atrapado por apasionados que pese a ver una cámara de video siguen convencidos que uno es un periodista radial, escuchar diatribas sobre traiciones culturales y tiempos pasados que fueron mejores o por lo menos no tan peores, recibir estampitas de un gordo sudado que quizás lo insulta a uno en clave y que denomina al ídolo fatídico un "ser de luces", para terminar siendo víctima de un tour caótico por tumbas célebres llevado de la mano por una anciana que relata con la certeza que le da la fe milagros realizados tras la muerte por aquellos que la historiografía oficial sólo recuerda como cantores o poetas, y entonces adquirir repentinamente una iluminación que permite comprender por fin que no miente aquella adolescente cuando afirma haber llorado de pena cuando tenía dos años al ver la foto del Muerto en la portada de un disco y que eso la llevó a descubrir que ella era la encarnación de aquella noviecita que Él dejase en el Abasto cuando partió a seducir a Madame Yvonne, ni que exageran o rozan el morbo quienes afirman haber sobornado cuidadores para ingresar nocturnos en la cripta y llevarse un trozo de mortaja o un diente suelto o una falange, y tras esta iluminación salir a afirmar, con la furia de un profeta, que es verdad tanto su fallecimiento en el accidente aéreo como que aún hoy está vivo, oculto en alguna parte de algún país limítrofe, centenario, deforme y sin mandíbula, sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, tomando mates celestiales con próceres y futbolistas, ganando siempre en un hipódromo de ultratumba y que pasa su eternidad repitiéndose como un mantra, para nunca olvidarlo, que él cada día canta mejor.


Saurio. Me niego a decir una sola palabra más sobre Saurio. Lo incluimos en esta nueva entrega de Ficción Breve porque nos tiene amenazados con tirarnos encima a los japochinos y a los mongoles o a los esbirros secretos del Papa del cuento pasado, lo que es todavía peor. No le creemos un pimiento, pero por las dudas no nos arriesgamos. Los heliotropos huelen mal, pero él ya llenó el universo de heliotropos. ¿Qué se puede hacer para impedirlo? ¡Nada! Sí, señor Saurio, cómo no, señor Saurio, como usted diga, señor Saurio...




Axxón 158 - Enero de 2006
Cuentos de autores de habla hispana (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios países).

            

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