EL RÍO DEL MUNDO

Luis Saavedra

Chile

La verdadera esencia de las cosas es una invención del ser pensante o concipiente, sin la cual no sería éste capaz de representarse las cosas a sí mismo.
Nietzsche

La miseria es el río del mundo.
Tom Waits


El señor Vigo salta sobre las luces. Las abraza. Las consume. Parece que lo excita. No es que me importe mucho. Pero a veces me preocupa. La carne se le pone translúcida. Entorna los ojos. La piel se le ampolla. Luego se pone agresivo. Sin embargo, no hace mucho daño. Solo provoca escándalo. Vocifera en la cara de la gente. El señor Vigo no tiene modales. La mayoría lo ignora. Sobre todo Gustavo. Parece no verlo. Le digo que el señor Vigo le está hablando. Él no lo ve. Le indico cuando está a sus pies. Él no lo ve. En todo caso, no hay mucho que ver. Es tan pequeño. Al señor Vigo nunca le he entendido ni una palabra.

Quiero que me conozcan. No mucho. Pero me gusta que la gente sepa cosas de mí. De nosotros. Sí, también de Gustavo P. Yo soy Emil S. y somos un equipo. No hay mucha comunicación pero lo somos. Llevamos muchos tiempos juntos.

Hoy estamos de paseo. Me divierte ir de viaje. A Gustavo no. En realidad no le gusta nada. Hay veces que ni siquiera sé si algo le molesta. Nunca habla más de la cuenta. La mayor parte del tiempo tiene una mano sobre su corvo. Es lo único que le interesa. Nadie puede tocarlo, sólo él. Me confesó que convenció a alguien para que le forjara la hoja. Allá en 1986. Por un par de Rolex. Los consiguió con el mismo corvo. Tiene doble filo y uno de ellos es serrado. La cacha está hecha de anillos de plata alrededor del cabo. En el mango tiene una figura. Una calavera atravesada por un clavo. También un número: 1879. A los peruanos les espanta. La enfunda en una pata de cabra y le agregó una lámina de metal blanco. En ella lleva doce marcas. Es un hermoso corvo historiado. Gustavo P. es un cuchillero fino, limpio. No actúa hasta que tira la puñalada certera. Si tú fuiste una de las doce marcas ni siquiera lo notaste.

Yo no me quedo atrás. Pero no soy hábil. Prefiero la acción rápida a la lucha directa. Antes tenía una Rexio Standard calibre 14. Una cosa amenazante. Pero tenía que recargarse muy seguido. Me gustaba, pero era incómoda. Ya saben, no soy hábil. Probé con una Taurus PT-92 brasileña. También con un clon de ella que hizo Famae para los milicos. La FN750. Ambas de segunda mano. Comenzaron a atascarse al año. De modo que pensé: ¿para qué seguir usando sucedáneos si siempre el original será insuperable? Palabra del Señor. Hoy tengo una Beretta 92G Elite. Dos tonos de acero y 9 milímetros. Diez tiros que sirven para darle hasta los patos que vuelan encima. Se la compré a un viejo gendarme francés. Se cansó de tenerla llenándose de hongos en la estantería. Como buen francés prefería la propia PA MAS G1. Yo no llevo una mano sobre ella. Me basta con sentir su peso en el costado izquierdo.

A veces jugamos con Gustavo. El señor Vigo es el juego. Coloco unas latas a 10 metros. Les damos la espalda. El señor Vigo se esconde en una de ellas. Comienza el juego. Gustavo lanza su cuchillo. Yo uso la beretta. Casi siempre él es más certero. Pero yo siempre adivino dónde está el señor Vigo. La lata sale despedida a tres metros. El señor Vigo cae contra los arbustos. Muere. El juego se acaba. Gustavo es un mal perdedor. Noto su ira congelada. Ambos reímos para soltar la tensión. Gustavo siempre me pregunta por qué nos damos vuelta al principio del juego. No sabe nada de cómo funciona el mundo.

¿Dije que nos íbamos de fiesta? Bueno, no es una normal. No en lo absoluto. Si Gustavo supiese cómo le digo al negocio me miraría desde sus lentes oscuros. Reprochándomelo. Gustavo siempre tiene el pelo negro sucio. El rostro demacrado. Siempre tiene un olor como a azúcar quemada pegada a la chaqueta. Nunca tiene un color de piel saludable. La apariencia es lo más importante en este negocio. No lo sabré yo. Es como la imagen del mundo. Apariencias. Yo hoy me puse los bototos de punta ferrada. Así son más cómodos y no te aplastan los dedos de los pies. Llevo una chaqueta liviana para el viaje. El viaje, sí. Navego mucho buscando trabajo. Conocí a una chica en un grupo de conversación. El sitio estaba lleno de putos con nombres ajenos. Todos escribían monólogos. Nadie se comunicaba. Como un manicomio donde todos tienen máquinas de escribir. Cada cual teclea más rápido. Más fuerte. Más encerrado que el otro. La chica hablaba sobre ovnis y contactados. Parecía tener su propia audiencia. Contaba chismes interdimensionales. Fábulas para crédulos. Yo la contacté. Escribí que era muy cagón hablar de abducciones detrás de un teclado en casita. Ella no se enojó, los otros sí. Me taparon a chuchadas, pero yo como si nada. Escribí que no había nadie allá arriba. A menos que fuera un ruso en una cápsula de dos por dos. Nuevamente los putos me mordieron como perros. Incluso vinieron de otras conversaciones a morderme. Escribí que la mejor forma de morirse en vida eran esas comunidades de mierda sobre marcianos. Me divertí viéndolos babear de rabia. Pero ella no. Ella se mantuvo al margen. Luego me dijo que formaba parte de un grupo que hacía contactos reales. Ella es como una líder y todos escuchan cuando habla. Su avatar decía Helena31. Me reí. Como en Internet. Con esas estúpidas caritas. Emoticons=bobalicons. Me dijo que era verdad. Yo no pensaba creer en nada. Escribió enlaces hacia su trabajo. Tiene un sitio web de basura ovni. Artículos robados y mala redacción. Tiene páginas donde fomenta el contacto acampando en el interior. Cerca de la frontera con Argentina. Perfecto. Miré al señor Vigo. Asintió complacido. La cordillera es un escenario formidable. Toda la energía que habita allí. Todas las apariencias que la moran. Le dije que no iba a creer si no veía nada. Ella dudó. Me la imaginaba conversando con el señor Vigo. Preguntándole si yo era de fiar. El señor Vigo es un buen vendedor. Le diría que tengo los ojos verdes y el corazón tierno. No se movió nada en la pantalla durante un rato. Ningún perro monologó. Pero al fin cedió. Ella me invitó para hoy. Dije OK. Hoy es aquí, al lado de Gustavo. Con el señor Vigo amando en el fuego. Ennegrecido. Esperando en la noche. Frente a una fogata pequeña porque los "ufólogos" no quieren contaminar el cielo con la luz. También levantamos una tienda. Vinimos como a las siete de la tarde. En un furgón hecho chatarra. Después en mulas que te aplastan los huevos. Lomos duros que te raspan las manos. Los "ufólogos" son cuatro. Ella que se llama Helena. La otra se llama Ignacia. Uno se llama Alfonso. Otro, Eduardo. Están radiantes, pura energía. Es el efecto de los lugares con horizonte. Desean ver signos. Quieren verlos aunque no los haya. Ninguno tiene vida, todos buscan. La búsqueda hacia arriba, como en la antigüedad. Helena es bonita pero tonta. No entiende mis chistes. Cuánto lo siento.

¿Conté que somos fugitivos? No tanto. Gustavo salió legal. Pero yo me escapé. Vagamos durante cinco meses. De escondite en escondite. Pero era imposible estar encerrados. No en cuartuchos sobre bares de desnudistas de mala muerte. Donde la música suena todo el día. Salimos a buscarnos la vida. Encontramos problemas. Gustavo no pudo evitar usar el corvo en un coreano de Patronato. Asuntos de plata. Yo usé la beretta en un paco. Me hueveaba por saltarme una luz roja a las cinco de la mañana. Asuntos de borrachos. Otra vez al anonimato. Nos anduvimos ocultando en poblaciones callampas. Haciendo como que éramos pobres. Escondiéndonos entre la escoria blanca. Distribuimos marihuana prensada que nos pasaba una vieja. Luego seguimos con pasta base. Ahorramos bastante, pero era mal trabajo. Nos buscaban de ambos lados de la ley. Desaparecimos de nuevo. Somos de buscar otros horizontes. Vamos a cruzar la frontera por un paso cerca de aquí. Seguro que en Argentina la vida es más fácil para nosotros. Somos un equipo. Estamos bien entrenados. Las provincias están tan cagadas. Están hasta el cuello de piqueteros y otros moscardones. Somos la solución final. Es cuestión de sumar dos más dos. No nos va a faltar trabajo como escuadrón. Gustavo dice que eso les gusta a los argentinos. Las soluciones fáciles y que sean de otros. ¿De donde lo habrá sacado? Gustavo no sabe ni donde está Buenos Aires.

Helena me gusta. Mira al cielo y muestra el cuello blanco. Me gusta su cuello. El señor Vigo desea subirse en sus hombros. Pero es tan diminuto. Salta sobre sus pantalones y resbala. Eso lo enfurece y me mira. Yo no lo atiendo. Muestra sus dientes enfurecido. Dos hileras agudas. Luego pasa un pulgar bajo su barbilla. De oreja a oreja. La sonrisa eterna, le dicen. Corre hasta donde está Gustavo y se sienta. Como es habitual, nadie le ha notado. Prefiero dedicar mi atención a ella. Le hablo pero está más interesada en tomar café y mirar hacia arriba. Le explico que tuve formación en astronomía, no, que consideré ser astrónomo. Nombro de memoria algunas estrellas. Apunto a cualquier parte de la bóveda. Pero no resulta. Me responde automáticamente. Veo a Gustavo y me doy cuenta que siempre estoy rodeado de gente automática. Ignacia y Eduardo se llevan bien. Transmiten en la misma sintonía. Intelectual y emocionalmente. Alfonso es físico. O sea, está loco. Le conversa a Gustavo. Él no le responde. Me acerco. Debiera advertirle pero no lo hago. Le habla sobre reconocimiento de figuras por computación. De métodos de detección de movimiento. Gustavo solo mueve la cabeza, afirmando. Le sigue con la mirada. Alfonso nos muestra el monitor y lee el cielo. Su dedo se detiene en un punto que oscila. Quiere triangular una mierda. Tiene una corazonada. Busco a Helena, ella conversa. Pasa un minuto. El señor Vigo ha desaparecido. Al fin, Alfonso dice que hay movimiento en un sector del cielo. Todos se excitan. Trae más equipo, algún medidor de distancias, qué sé yo. La aguja salta como loca. Todos expectantes. Ignacia se pone blanca y toma la mano de Eduardo. A Gustavo le interesa un cuerno todo. Excepto el físico. Noto su obsesión, lo ha marcado. Helena me mira esperanzada. Yo le sigo el juego para ver si ahora sí. Le digo que quizás termine creyendo al final de la noche. Me sonríe. Sí, ahora sí. Me anoto un punto. La llevo aparte de toda la locura. Le pido que me cuente cómo han llegado hasta aquí. Como ella ha llegado hasta aquí. Digo, sin tener hijos ni un marido como una mujer decente. No se lo digo, lo pienso. Lo arruinaría. Me dice que ella es una contactada y casi me caigo de culo. Le digo que si es en serio y se pone seria. Trato de no cagarla y le pido que continúe. Dice que cuando chica la raptaron. No una, no dos, tres veces. Le pregunto a qué edad y fue a los catorce. Fue de noche. Me imagino a su viejo vestido de marciano. Vio una luz azul, intensa. Fue a la luz. No recordó nada hasta que tuvo veintiuno. Me pregunto cómo puede alguien vivir así. Con un secreto tan grande. Durante años y años. Apariencias. Antes era una chica silenciosa, aislada. Le molestaba que la tocaran. Sin novio, sin amigas. Un patito feo. Fue a un psicólogo, un vampiro de la mente. Le hizo una regresión y vio marcianos. Le dijeron que eran símbolos. Helena no creyó ninguna huevá. Ahora tenía algo en qué creer. Los marcianos eran pura paz, prometían amor. Eran gentiles como ángeles guardianes y no tenían tecnología. Solo tocaban cristales y las cosas funcionaban solas. Me entretengo mirando al suelo y pensando cómo será metérselo. Termina. Le digo que es una historia hermosa con mi voz hipnótica. Se le llenan los ojos de lágrimas. La abrazo y le digo que si creo en algo esta noche va a ser en ella. Genio. Alfonso llama desde atrás. Nada, solo una falsa alarma. Confirmó que era una estación espacial por un teléfono satelital. La búsqueda sigue.

El señor Vigo aparece a mi lado. De la nada. Me tira de los pantalones. Quiere llevarme al fuego. Su obsesión por la autodestrucción me llena de dudas. Muestra sus dientes afilados a Helena. Trato que desaparezca. Esquiva mis patadas. Helena sigue mi mirada y regresa a mi rostro. El señor Vigo ya no está. Le explico que creí ver algún ratón de campo. Se ríe. Me relajo. Helena me toma de la mano y pasamos cerca de la fogata. Gustavo no mira. Espera. Alfonso le da la espalda. Ajusta algún chisme. Vamos hasta donde Ignacia y Eduardo. Parecemos dos parejas que salen a comer juntas desde siempre. Le ofrezco cigarrillos a Eduardo, acepta. Ignacia mira a Helena y se sonríen. Ignacia está un poco entrada en años. Se le va el tren. Él me pregunta qué hago para vivir. Le digo que soy contador, no, jefe de contabilidad. En una empresa de exportaciones, no, que exporta frutas a Estados Unidos. El año pasado fui a Nueva York. Cerré un contrato por exportación de durazno blanquillo. Las mujeres escuchan educadamente, pero el hombre duda. "How was the weather by there?" , me dice Eduardo. Lo miro serenamente. Es un gordo de mierda con lentes culo de botella. Tiene un brazo alrededor de Ignacia. Es territorial. Se ve que es suya. Trato de acordarme de las pocas clases de inglés. No soy nada idiota, Eduardo. "Well, but a little cold", le respondo. Le sonrío. Mueve la cabeza asintiendo, paso la prueba. Todos reímos. Eduardo, hay una bala esperando con tu nombre. Hablamos un rato de los proyectos que tienen cada uno. Helena quiere formar un grupo con personalidad jurídica. Ignacia quiere estudiar marcianología en España y el hombre dice que espera trabajar en un banco. En el hombro de Eduardo aparece el señor Vigo. Su dedo índice apunta hacia la fogata. Por el rabillo del ojo veo a Gustavo levantarse. Está en visión de túnel. Mira hacia el físico. Alfonso retrocede hacia el instrumental. Sus labios se mueven. Los de Gustavo se vuelven una línea blanquecina. Eduardo sigue hablando de cómo terminó el Magíster de Informática en la universidad. Es como un molesto ruido de fondo. No tengo intenciones de que nada se precipite. Aún no. Alterno la vista entre la cara del gordo y la escena más allá. Helena, Ignacia y Eduardo se llenan la boca de sueños tontos. Anécdotas de colegio. Sonrío. Pero no me siento feliz. Gustavo se acerca y extiende la mano. La pone en el hombro de Alfonso. El físico se da vuelta y la retira. No alcanzo a escuchar nada con la cháchara del gordo. Me disculpo y me voy. Me dirijo rápidamente hacia el par. No sé que pasa por la mente de ambos. Conversan pero no los oigo. El físico se ve un poco excitado. "Hola", les digo y Gustavo pierde la concentración. Alfonso solo estaba perdiendo el tiempo explicándole cómo funcionaba el teléfono satelital. Mi compañero intenta dar con mi mirada, pero no le dejo. "Ya basta de charada", me dice directamente. Alfonso lo toma como que está decepcionado de la noche. Le explica que no todas las noches hay función. Hay que esperar el momento. Es justo lo que pienso. Alfonso es inteligente. Intuitivo y amable. Quiere enseñar. No sé qué hace aquí. Gustavo se está volviendo un pesado. Tomo una decisión y afirmo con la cabeza.

Helena está fumando y parloteando. La llevo aparte. No hay problema. Los tortolitos quieren estar solos. Me pregunta cuando voy a volver a Nueva York. "En septiembre", le digo automáticamente. Quiere ir conmigo. Es la niña de papá. Tiene treinta y un años y lo sigue siendo. Me pregunta cuánta gente tengo a mi cargo. Qué tipo de auto tengo. Si donde vivo es mío. Detente. Le explico que a veces las cosas no son lo que parecen. Apariencias. Que existen los lobos y las ovejas. "¿Qué?" , dice. La tomo tiernamente por los brazos. Cree que le voy a dar un beso y tiembla. Le digo que no tengo puta idea de contabilidad. Sigue esperando. Le cuento la verdad. Cuando termino está atónita. Miro hacia la fogata. Gustavo P. nos observa. Secretamente esperando por Alfonso. Helena mira a Gustavo y le cuento que él es un agente. Yo soy un agente. Somos un equipo, ¿recuerdan? Somos de la CIA. Un proyecto negro de la división 15. Evitamos contactos no autorizados a nivel global con inteligencias extraterrestres. Ella tiene la boca abierta y luego lanza una carcajada. No, Helena. Esto es verdad. La administración, no, la Administración nos trabajó bien. Durante quince años. En misiones en Turquía y China. Ahora estamos en Chile, vigilando a los grupos contactistas. Solo unos cuantos tienen posibilidad de hacerlo. Entre ellos el tuyo. ¿Por qué?, dices. Qué me importa, es mi trabajo. No deseo saber más cosas. Así es el mundo. Te rodean las apariencias. Liberarte de ellas es cortarte la cabeza. ¿Acaso me pregunto por qué desaparece el señor Vigo? Le digo que es necesario mantener a la humanidad separada. Es primordial. No todos allá afuera son ángeles. En realidad casi ninguno lo es. Sólo nuestros aliados. Nos protegemos. Tenemos bombas PEM de corto alcance y alteradores de microondas para las comunicaciones. Erosionadores de memoria y GPS de seis satélites para la locación. Un margen de 2 centímetros de error. En última instancia podemos llamar a los Aurora. Se encargan de alejar las naves. Ustedes son demasiado cándidos. La humanidad se ha vuelto un establo de vacas. Los últimos veinte años la Tierra solo ha conocido la comodidad. Autos lujosos. Playas y noches blancas. El dolor se guarda bajo la alfombra. Y el miedo en el botiquín del baño. Hoy todo es solución incolora. Creen que el carrusel de Darwin se acabó. Creen en la paz universal y firmarían alegres sus propias sentencias. Debilidad pura. Solo nosotros hemos conservado el instinto de supervivencia. Y cada vez somos menos. Esta noche no habrá fiesta, Helena. Saco la beretta y la encañono. Se la pongo en un pecho. Ahora soy yo quien sonríe. Gustavo mira la escena desde la fogata, cerca de Alfonso. Sigue esperando. Helena sigue sin creerme, pero ahora está asustada. Ignacia y Eduardo aún no han captado nada. Hacen planes para el futuro. El futuro no existe. Le vuelvo a explicar la situación. Me pide una credencial, es tan cándida. La Compañía no funciona de manera tan obvia. Para el mundo nosotros estamos muertos. Presiono la beretta más contra su cuerpo, donde está su pezón. Suavidad. Ojalá fueran otras las circunstancias. ¿No me puedes creer, Helena? No es una cuestión de creerme. Créele a la pistola. Qué irónico. Sí puedes creer en los putos extraterrestres que te lo metieron cuando pendeja. ¿Aún necesitas una prueba, qué tal un certificado? Entonces, sólo mira a Gustavo. Vamos, haz tu show. Ya no más apariencias. Gustavo se alza. Se saca la chaqueta y los lentes. Saca la pata de cabra. Desenfunda. A la luz del fuego parece un chamán en pleno vuelo. La fuerza de los Andes saliendo por sus ojos. Esos ojos completamente negros. Emite un grito que retumba en las rocas. Todos miran asombrados. Alza el corvo. Brilla a la luz de la fogata. En dos zancadas alcanza a Alfonso. Jadean. Los dos caen. Luchan. Para Gustavo es rutina. Se para. Tiene a Alfonso agarrado del pelo. Lo vuelve hacia la luz. Gritan. El corvo le atraviesa la garganta de oreja a oreja. Un chorro salta. Un metro de sangre negra. Un cuchillero fino. Alfonso cae muerto. Disparo dos veces al cielo. Se acabó el show.


Ilustración: Luis di Donna

El señor Vigo se me aparece en los peores momentos. Me provoca un fuerte vértigo. Gesticula pidiendo algo. Está alterado. No le entiendo nada. Le disparo pero se escabulle. Hijo de puta. Agarro a Helena de un brazo. Grito una advertencia a la pareja. Ellos no reaccionan. Vocifero para que se acerquen. La beretta los apunta. Nada de ideas tontas. Todos nos juntamos en la luz. Gustavo está sobre el charco negro de Alfonso. Se ocupa de sus asuntos. Todos evitan verlo. Ellas lloriquean de miedo. Repito todo por tercera vez. Ignacia y Eduardo me creen inmediatamente. Helena me mira despreciativa entre las lágrimas. Qué hermosa es así. Les explico que era necesario. ¿Alguien conocía a Alfonso? ¿Tú, Eduardo? Era retraído. Tenía una vida muy reservada. Bueno, era un espía. Se infiltró para recabar información de nuestra cultura. Es necesario estar alertas. Las apariencias engañan. Nos van a pasar a buscar. Hay una versión del Aurora que es un transporte de tropas. Ya he dado las coordenadas en mi GPS. "No diremos nada" , dice Eduardo. Estoy seguro. Pero no vamos a matarlos, Ignacia. No es necesaria más sangre. Vamos a esperar. "Helena, sirve café", digo. Helena ya no reacciona mucho. Lentamente se vuelve y saca el termo de una mochila. Saca jarros. Gustavo acaba y se dirige hacia mí. Hay veces que no puedo mirarlo directamente. Tiene los labios rojos. Le digo que revise el instrumental del físico. Se marcha. Mucho mejor. Miro la cara de Alfonso. Cenicienta y azul. La boca llena de rojo. La garganta ha dejado de borbotear. Pero el señor Vigo se ha encargado de extraerle hasta la última gota. Nadie ve al señor Vigo. Naturalmente. Le pongo un paño encima. Los muertos ya no me producen nada. Los vivos tampoco. Helena sí. Me ofrece un jarro pero no acepto. Tengo que estar concentrado. Nadie bebe. Ordeno que beban. Los va a tranquilizar un poco. Gustavo regresa. Me dice que hay un detector de microondas. Apunta a Orión. Todos despiertan un poco. Vuelven a tener interés. Sigue hablando. Detecta movimiento contra el fondo estelar. Me dice que tal vez sean las Oriónidas. Me habla en chino. Demasiadas explicaciones. Resume, Gustavo. "Hay un contacto en desarrollo" , termina. Se va de nuevo a los instrumentos. Eduardo abre la boca. Helena parece más angustiada que nunca. "No podemos permitirlo, en serio", digo. El transporte va a llegar antes y se acabó. Reclaman. Intentan amenazar con la beretta a la vista. Eduardo escupe su odio antinorteamericano. Nos da lo mismo. El resultado siempre está de nuestra parte. Nada de lucha ideológica. No hay que replicar. Eduardo aumenta el tono de voz. Ignacia lo abraza más fuerte, deteniéndolo. El gordo no puede aguantar su frustración. Se parece al señor Vigo, babeando de rabia. Da ejemplos. Panamá, Bahía de Cochinos, Guantánamo. Noriega, Saddam, bin Laden. El tipo es obvio. Pero no se tranquiliza. No puedo sonreír, me apesta. Helena interrumpe. Le pide que se calle. Es peor. La acusa de haberme traído. Que es una puta caliente. Son suficientes errores. Le disparo en una pierna. Eduardo cae, Ignacia aúlla. Helena me grita un "No" muy grande. Avanzo hacia él. Helena se me abalanza. Le pego con la cacha en la sien. Una fuera de juego. Ignacia se me tira. Es más difícil. Está muy gorda. La agarro con la mano libre la garganta. Hundo fuerte el pulgar en la mitad de la tráquea. Es un movimiento muy efectivo. Se desliza por mi cuerpo hasta el suelo. Busca aire. Otra vez Helena. Me enfrenta. Tiene un corte en la ceja. No me da pelea, pero me mira rabiosa. Bella, bella. Le doy un gancho en el estómago con la mano en cuña. También se derrumba. Ahora estoy contigo, Eduardo. ¿Te acuerdas de la bala? Quedan seis. ¿Cuál es la tuya? Gordo hijo de puta. Suda. Apunto en un ojo, luego al otro. Quiero ver qué agujero deja una 9 mm. "¡Basta!" , escucho. Me doy vuelta. Gustavo en los instrumentos. A lo lejos veo luces. Miro a Eduardo. El señor Vigo está a su lado. Hace el gesto con el pulgar de oreja a oreja. Le indico que no. Ya no hay tiempo.

"¡Los dos a la tienda, ahora!", grito. Ignacia y Helena ayudan a Eduardo. Lo incorporan como pueden. Lo meten en la carpa. Helena sale. Cierro la carpa. La llevo aparte. No me puedo aguantar. "¿Vai a violarme?", me dice. Es lo que quisieras, Helena. Pero no. Asuntos más importantes. Yo no soy de la CIA. "Lo sabía". No sabías nada. Ni una puta idea. Las luces se acercan. Envían autómatas de reconocimiento. No lo sabré yo. Que también vengo de arriba. Así es, Helena. Nací muy lejos de aquí, bajo otro cielo. No tengo nombre ni lo necesito, no, mi nombre no se puede pronunciar. Gustavo ni siquiera está vivo. Es un automatismo. Mi sirviente. La galaxia está en guerra. No físicamente. Es cultural. Nada de armadas ni ejércitos. Solo basta la sutileza del lenguaje. Nada más que un desvío en las rutas estelares. Esta guerra es la más sofisticada que se puede luchar. Los planetas primitivos se disputan. Como acá, solo es un cambio de foco. Pero la escala nos ha obligado a poner reglas. Una guerra que dura milenios, no, eones solo puede generar un caos incontrolable. Está la Era Galáctica, es como un gobierno de diferentes especies. Todas enemigas. La Era decide quien gana una batalla. La Tierra está en medio de dos civilizaciones. Una quiere dar regalos seductores. Quieren a la Tierra en la Era Galáctica. Quieren aliados explotables. Nosotros no podemos intervenir. No directamente. Pero reunimos pruebas. Buscamos avances tecnológicos artificiales. Conceptos muy adelantados. Contactos. Llevamos mucho material y necesitamos más. Cuando sea suficiente, levantaremos una acusación al Tribunal. La Era Galáctica dictará sentencia. Nosotros tendremos el tiempo de nuestra parte. No, Helena. No hay tiempo para preguntas. Hay que actuar. Tú eres la líder. Haz contacto. ¿No es lo que soñabas? Bien, tranquila. Cúbrete la ceja con el gorro, hace frío. Gustavo ya retiró el cuerpo de Alfonso. Debe haberlo tirado en un matorral. Acuérdate, nada de tonterías. Aquí viene la avanzada. ¿Tienes miedo? No lo tengas, es solo un show de luces. A ellos les encanta pavonearse. Mostrar la tecnología. Hacernos sentir que no tenemos oportunidad. De alguna forma es efectivo. Si eres terrestre tu única salida es ser su aliado. La avanzada se va, se reporta. No desearás que te lo cuente todo, ¿verdad? Este es tu primer encuentro real, Helena. Esta vez no son apariencias. No te lo pierdas. Esperemos un poco. Viene lo grande. Gustavo vuelve a mi lado. Somos tres. El señor Vigo aparece a mis pies. Me sonríe maquiavélicamente. Cuatro. Dos en la carpa, cagados de miedo. "¿Estás listo?", le digo al robot. "Comienza a grabar" . Me mira. Luego a Helena. Luego vuelve a su mutismo. Cinco minutos. Les gusta hacerse esperar. Aparece una bola de fuego. De la nada. Usando camuflaje. Es de día en un kilómetro alrededor. Un zumbido que muele huesos. Odio cuando lo hacen. Todo el misterio y la parafernalia inútil. Presentarse como dioses, ángeles salvadores. No como explotadores. La intensidad de la luz baja. Aparecen tres. Para occidente es la Trinidad. Largos, blancos, ojos amables. Un aura los rodea. Somos poderosos, quieren decir, vengan. Símbolos. Se acercan. Helena se hunde en sí misma, intimidada. La empujo para que vaya. ¿No los reconoces? ¿No son los mismos de tu niñez? ¿No tienes confianza? Triste. Les sonrío. Me miran pero siguen avanzando. Tal vez se hayan olvidado de mi cara. Se fijan en Gustavo. Les sonríe. Se detienen. De él se acuerdan perfectamente. El más grande extiende un brazo delgado, apuntándolo. Luego extiende la palma de la mano hacia nosotros. Los tres emiten una nota alta como una sirena. Gustavo les muestra el corvo, libre ya de la sangre profana. Hay otra sangre más preciosa con qué santificarlo. Hay cinco metros hasta ellos. Los atraviesa en dos segundos. Choca contra el vacío. Los otros dos seres comienzan a huir. Lentamente. Se tienen mucha confianza. Gustavo lo intenta otra vez. Pero no logra pasar el escudo. Helena huye de mí. Se pierde en la oscuridad. Maldigo. Me pongo de mal humor de nuevo. Apunto la beretta. Uno. La bala ni siquiera llega. Dos. La bala cae exánime a tres metros. Maldigo por segunda vez. ¿Qué siempre debe ser diferente? El señor Vigo me indica un punto rojo sobre el pecho del ser. Parece una gema. Me tira del pantalón. Está excitado y muestra una sonrisa de dientes agudos. Balbucea. Sus palabras casi me suenan inteligibles. Suaves y amenazadoras. Incitadoras. Me hundo en las palabras y casi lo comprendo. Su poder se traspasa. La bala ya no es una bala. Y no tengo nada que perder. Tres. La pistola habla mi idioma. La bala destruye el aire. El ser se lleva una mano al pecho. La gema se ha roto. Brota una linfa rosada. Sin ningún campo de fuerza, está a nuestra merced. Se desploma cuando Gustavo se le abalanza. Comienza lo suyo. Abre la boca. El ser también. De la boca de Gustavo surge un líquido rojo, espeso. Cae en la boca del ser. El corvo se hunde en medio del pecho. Apunto de nuevo más allá. Ya casi llegan a la esfera de fuego. Solo basta un tiro para que se desplome otro. Cuando cae uno el otro lo asiste. Tiempo suficiente para Gustavo. Estoy libre, soy el señor Vigo. Me doy vuelta. Veo la carpa abierta. Ignacia y Eduardo se van de la fiesta. No son los únicos. Con un sonido infernal, la esfera de fuego abandona la escena. Quedan solo los autómatas luminosos. Todos huyen como conejos. Primero los humanos. El ruido cubre las detonaciones. Ignacia cae con una mano en la espalda. Eduardo también cae. Es hora de cobrar. Corro extasiado, llego extasiado. Me siento desatado. Ignacia está muerta. Le aplasto la cara con un patadón de hierro. Bototos santos. Bien por ella. Eduardo trata de ocultarse entre los matorrales. Se arrastra como un perro atropellado. Le miro entre las ramas. El rostro deformado por el miedo. ¿Al fin lo has sacado del botiquín? Le caigo encima. "Qué tal, Eduardo", le gruño. ¿Dónde estábamos? El gordo se mea. Es un cobarde del carajo. Me pega puñetes con sus blandas manitos. Demasiada informática. Es algo casi tragicómico. ¿Qué será ahora? Una muerte rápida. Lo lamento, hay otros asuntos. Lo inmovilizo y le digo que se calle. Shhhh. Coloco el cañón en la cuenca de su ojo. Eduardo, si supieras. ¿Cuántos idiotas como tú me he tropezado en esta vida? ¿Cuántos que se creen dueños del mundo? ¿Solo por que dominas una computadora? Deliras, gordo de mierda. Shhhh. Babea, se queja. Mi peso lo inmoviliza. "How was the weather by there?". Averígualo tú mismo en el infierno. Shhhh. Disparo sobre el ojo. Deja de patalear al instante. Un flujo de líquido espeso sale del orificio. Nada más. Eduardo, aún muerto eres una decepción.

Voy por los seres, no, los míos. Los voy a matar a todos. Abandonarme en este planeta de tercera. Pensé que la misión había terminado. Dijeron que recién empezaba. Era para siempre. No los voy a perdonar. No saben lo difícil que fue. Aprender todo de nuevo. Gustavo ya se encargó de dos. Las vísceras afuera. Las bocas rojas. Los ojos bien abiertos. Está terminando con el segundo. El tercero es mío. Yo no tengo líquido rojo. Lo observo. Está en shock. Ausente. Parado como una marioneta. A pesar de toda la tecnología. Al final son nada. Roña, no, ganado de otra galaxia. Sin sentido de la supervivencia o la astucia. Tomo su garganta y aprieto. Abre la boca obedientemente. Para ti hay nada. Nada. Muere sin ceremonia. Sin honra, lejos del hogar. Siento como el señor Vigo fluye de mis manos. El frágil cuello se quiebra. La boca abierta hasta el final. Como un óvalo blanquecino del que se escapa el vapor. Sigo apretando. Mis dientes también están apretados. Gustavo me toca el hombro. Lo rechazo, espera. Parpadeo y se lo dejo. Me ataca un vértigo espectacular, tambaleo. Me alejo, las luces me siguen. Que vean todo. Queda un solo asunto. Qué negocio más complicado. Veo un movimiento de matas. Helena. Yo también puedo moverme a la velocidad de la luz. Corre delante de mí. Aterrorizada. ¿Por qué no te fuiste? ¿Volviste a rescatar a tus amigos? Demasiadas novelas. La alcanzo antes de la oscuridad total. Trastabilla y cae. Las luces vienen conmigo. Forcejeamos. La inmovilizo. Veo a través de sus ojos. Grandes, aterrados. Dudo un segundo. Tengo un segundo vértigo. Cierro los ojos. Veo un pulgar recorriendo la garganta de oreja a oreja. Agarro la beretta, le pego con la cacha. Su rostro desaparece entre el cabello. Se protege con las manos. Es inútil, estoy lleno de adrenalina. Continúo. La frialdad de dos tonos metálicos. Le hundo la nariz, los dientes saltan. La mandíbula suena como gravilla. Los ojos se le ponen blancos. La cara gotea de rojo. Espumea y luego muere. Está hecho. Las luces lo observan todo. Lo registran todo. Helena desfigurada, mi rostro desfigurado. Apariencias. Así es el mundo. Que vean de una buena vez. Vacío el cargador en una de ellas. Se deshace en chispas. Las demás no dudan un segundo. Se van. Se acabó.

Gustavo tiene a los seres amortajados. Envueltos para navidad. Las mulas se ponen nerviosas. Saben la preciosa carne que llevan. Gustavo ha hecho desaparecer a los ufólogos y sus cosas. Encendió una pira. En medio de ella salta el señor Vigo. Autodestructivo, destructor. Simula morir, simula estar vivo, simula simplemente. No sé cómo lo hace, pero es bueno haciéndolo. Gustavo se ha vuelto a poner la chaqueta. Los lentes oscuros en su lugar. Helena queda en una zanja. Sin pantalones. "Te vuelves débil", me dice. No le respondo. No soy débil. Para hacer negocios hay que ser fuerte. Todo es negocio. Si hay un comprador, todo en el universo tiene precio. Sobre todo en este mundo. Donde todo es mundano, incluso lo más excepcional. Miro las mortajas. Gustavo apaga la fogata. Las cenizas del señor Vigo ascienden en el aire. Hay una penumbra de amanecer. La beretta está pegajosa. La limpio con cuidado. Se llama Sandra. Ahora se llama Helena. Hasta una próxima vez. Tal vez me he vuelto débil. Estoy cansado, volvamos a casa.



Luis Saavedra V. nació en 1971 en Puente Alto, Santiago de Chile, y es ingeniero en informática. Se ha destacado como editor del fanzine Fobos y de los tres libros que recogieron los relatos ganadores del concurso del fanzine, denominados Púlsares. En Axxón publicó un cuento notable, "El payaso de porcelana" (140) y hace muy poco quedó finalista del Domingo Santos, por lo que nos atrevemos a pensar que tal vez hayamos perdido un editor (por un tiempo, siempre se reincide cuando se es pecador) para ganar un escritor.


Axxón 158 - enero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Chile: Chileno).

            

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