BURBUJA DE HUMEDAD

Libia Brenda Castro

México

Demencia era tener que reconstruir un cuadro de la vida de uno
preguntando a los demás
Philip Kendrik Dick

Andrea Apricot camina lentamente sobre la arena marrón, pisando con cuidado, para no raspar sus zapatos. El entierro fue largo y tedioso, pero el compromiso con Félix era importante. Es increíble las cosas que uno se ve obligado a hacer cuando está cerca de alguien tan solo, reflexiona, y sigue caminando detrás de los últimos dolientes.

Piensa en su propia madre, aún viva, cocinando alguna cursilada para su papá. Tener a la gente cerca no necesariamente es bueno siempre, pero dejar de tenerla, incluso por costumbre, tampoco parece tan buena idea. Mientras va pensando todo esto llega a la pequeña cápsula mortuoria donde transportaron el cadáver; a un lado está parado Félix, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cara quemada por el frío y el sol invernal, mirando hacia un punto indefinido. Andrea mira su perfil, sintiendo su dolor seco y desapasionado, le pone suavemente la mano en el brazo y lo llama por su nombre. Él voltea muy lento, regresando y —por un instante— Andrea ve los huesos debajo de la piel, las cuencas vacías de los ojos, los dientes en una perpetua sonrisa ácida, el tono amarillento de un hueso viejo, roído por la intemperie.

—¿Es algo terrible? Andrea...

—¿Eh?

—Te preguntaba si estar aquí te resultó muy difícil. Tu expresión en la cara... ¿Qué estabas viendo?

Andrea tuvo ganas de responderle "tu propia podredumbre vacía", en vez de eso le inventó una serie larga de pretextos, la impresión, la cercanía de la muerte, el entierro. Se despiden allí mismo, Félix aún tiene trámites legales que realizar y ella está harta de todo. Debe ver a Mario, su novio, esa misma tarde. Aborda el auto y le da la orden de ir a casa.

Al entrar Andrea nota, desde la sala, un olor a carnero en el horno, va hacia el cuarto de imágenes donde el señor Apricot dormita frente a la proyección; el ente holostático emite un especial del Discovery Channel en tres dimensiones, "la vida salvaje de antaño". Deposita un beso en la mejilla reseca de su padre y éste le pregunta, tomándola de la mano, si se quedará a cenar, casi son las seis.

—No puedo papá, tengo que encontrarme con una de las clientas, quiere que le haga un nuevo corte de cabello para una fiesta de noche, ya sabes cómo son. —Prefiere no decirle que se va a encontrar con Mario.

El viejo ríe como un motor sin aceite. —Las mujeres serán siempre igual de vanidosas.

En la cocina mamá Apricot termina la ensalada. El apéndice ayudante, un ente holodinámico, lleva y trae los utensilios necesarios para una cena de dos personas; ahora que el control central de la casa ha registrado la llegada de Andrea, éste se afana en una mesa para tres.

—Me voy mamá.

—No irás a ver a una de esas señoras con esa facha, hija. Ponte algo más alegre.

—La ropa para ir a un entierro nunca es alegre.

El ente pregunta si se quedará a cenar.

—Cámbiate entonces, te ves mucho más guapa cuanto vistes de colores, anda, pequeña.

Andrea ignora las preguntas de la máquina; puede distinguir cómo las canas descansan sobre los hombros de la mujer. —¿Cuándo vuelvo a pintarte el pelo mamá? Pareces una de esas señoras descuidadas, que sólo se ocupan de sus nietos.

—Ah, si me dieras nietos... pero ni siquiera te veo ganas de casarte. ¿Cómo se llamaba aquél muchacho?, recuerdo que era tan dulce contigo.

Andrea se enfada por haber sido ella quien sacara el tema. Lo único que desea es poder lograr que su mamá se vea menos decrépita, menos cansada y gastada. Le viene a la mente una escena de cuando era niña, entre semana, caminando por la banqueta, a la mitad del camino hacia la escuela; recordó que había olvidado un libro de ciencias naturales y corrió de vuelta a su casa; al entrar se topó de repente con una escena grotesca, su madre (en ese entonces tendría unos 36 años y se veía muy joven) estaba de rodillas, en el sofá. Su padre le mordía el hombro y la penetraba con fuerza. Ella jadeaba y, con cada embestida, su cabello se movía, como una extensión. Pensándolo bien no tenía mucho de particular, eran una pareja y su hija estaba ya camino a la escuela, no era raro que aprovecharan un rato antes de que él tuviera que irse también, estando fuera todo el día, trabajando. Durante las noches se cuidaban de no hacer ruido, para no molestar a la niña. Así que un poco de sexo fuerte, por la mañana, los pondría felices para lo que quedaba de la jornada. Sin embargo Andrea, que entonces estaba por cumplir los diez, no pudo apartar nunca esa sensación de asco al recordar la escena, en especial la visión del cabello de su madre, alborotado, golpeando la frente y las mejillas cada vez que su padre introducía su miembro con fuerza dentro de ella, gruñendo como un oso, haciéndola decir incoherencias con la voz entrecortada.

Todo esto pasa por su mente en una fracción de segundo, mientras acerca su mano para sacudir los cabellos grises de los hombros huesudos.

—Dile al ente omniholostático que controle mejor a sus apéndices, estoy harta de ver a ese ayudante tuyo corretearme por todos lados preguntando si cenaré aquí. En estos días pasaré por la casa distribuidora de belleza, te voy a conseguir un tono castaño muy bonito, te va a gustar.

Su madre ríe, como otro motor chirriante, y le pasa la mano por la cabeza, con una mano enjuta.

—Te preocupas demasiado por nosotros, tu padre y yo somos capaces de cuidarnos muy bien. Y aunque a ti no te guste mucho cómo trabaja nuestro control maestro, nos es muy útil. Se adelanta a nuestros deseos, casi podría decir que las máquinas nos entienden a la perfección.

Andrea sale de la cocina con una sensación extraña; se cambia rápidamente; una falda hasta las rodillas, zapatos altos y una blusa de lana. Se va sin despedirse y llama un taxi, dejando su propio auto en la cochera, junto al del matrimonio. Ya que están en el aire le ordena cambiar el curso, va hasta el departamento de Mario.

Dos horas después, en la cama destendida, le pasa la mano por el pecho, enredando un dedo en los vellos.

—Hoy me han pasado cosas muy extrañas.

—¿Como cuáles? —Mario fuma somnoliento, interesado a medias.

—Primero fue al terminar el entierro de la madre de Félix, durante un segundo tuve la impresión de estar viéndolo a él, muerto, parado allí en el panteón. Luego, en la casa, vi a mi madre vieja y vacía y a mi padre como una de esas momias desecadas de manera natural. Debe ser que estuve demasiado cerca de un cadáver, la madre de Félix era una señora muy simpática, me caía bien. Me impresionó mucho verla en ese ataúd, quieta, con la piel verdosa, la nariz y la boca llenas de algodón. No se veía real para nada. Más bien era como una muestra, un muñeco que hubieran puesto allí, para ver la medida del féretro. Pienso en mis padres y creo que algún día morirán, no me molesta la idea, aunque sé que será un golpe duro, de todos modos espero que no sea demasiado pronto. y definitivamente no quiero que luzcan así de mal, me encargaré yo misma de maquillarlos para su velorio.

Mario se incorpora a medias, tomando uno de sus senos con la mano libre. —Realmente has tenido pensamientos muy extraños hoy nena, mira que preocuparte por muestras de muertos y calaveras andantes. Mejor piensa en cosas más agradables, más vivas—. Apaga el cigarro en el buró y la besa en el cuello. Andrea se desliza un poco y siente su aliento vivo, un poco amargo por el tabaco, comienza a besarlo y cierra los ojos, dejando por un momento que su mente se abstraiga del mundo de fuera.


Es martes y Andrea debe ir a visitar a tres de sus clientas. Tintes, arreglo de uñas, masajes. Ser estilista y cultora en belleza es muy solicitado y con buen ingreso; le deja el dinero suficiente para no tener que conseguirse un empleo con horario fijo. Su pequeña terminal portátil le ayuda lo bastante; hace un escaneo de los rasgos de la persona y diagnostica una tendencia de color y estilo, ella se encarga de darle forma y de realizarlo ya sobre el cliente o la clienta. Si ahorra lo suficiente puede ir pensando en poner su propio salón. Mientras tanto llama a un par de cincuentonas para arreglar el horario y la tarifa, rutina de martes a jueves. Los demás días los pasa con Mario, con Félix o en las tiendas departamentales; no siempre hace compras, pero le gusta ver las tendencias modernas, para estar siempre al día. A veces se emplea también como consultora de imagen, las empresas la contratan para que asesore a sus altas ejecutivas y ejecutivos. La ropa que deben usar en diferentes ocasiones; brinda atención personalizada en lo que a cabello y maquillaje se refiere. Por lo general los hombres no se maquillan demasiado, un poco de polvo, arreglo de uñas y tintes. Las mujeres en cambio tienden a ser un poco más escandalosas. Pestañas muy largas y sombras brillantes en los párpados. A ella le gusta aparecer siempre muy profesional y muy arreglada; adora el estilo que está muy de moda, una mezcla extraña de sintéticos y piel real de vaca. Se considera a sí misma una mujer exitosa, aunque no llamativa, un buen promedio cuando las aspiraciones no rebasan un futuro sin tener que pagar renta, un vehículo y un par de salidas cada año. Sus amigas le tienen un poco de envidia, pero Andrea está segura de que se debe a que no son realmente amigas suyas, gente que conoce, simplemente.

Al terminar la rutina del día se va a casa, como siempre, besa a los dos viejos y se encierra en su cuarto; si es viernes sale a cenar o a bailar con Mario, una vida rutinaria y tranquila. No cree que su comodidad sea sacrificable. Félix le ha preguntado a veces por qué no se independiza, ya no es una niña de preparatoria, pero ella responde que está mucho mejor así, solamente coopera con algo de dinero, la pensión de su padre y la herencia que su abuelo paterno dejó son suficientes, así ella no tiene que encargarse de nada; no sabe de cambiar focos, llamar al plomero o transplantar begonias, sólo sabe de productos de belleza. También duerme con Félix, aunque Mario lo ignora; estuvo con él durante un tiempo, terminó por hartarse de tener que pagar la mitad de las cuentas y ayudarlo a ir al súper; además está su afición por ingerir substancias extrañas, anfetaminas algunas veces y barbitúricos otras, alguna vez ella misma tomó somníferos, pero fue solamente por recomendación del médico. Le tiene cariño, pero no soporta que sea tan dependiente de los demás, por eso lo dejó; insistía en que se casaran, pero ella se horrorizaba ante la idea de hacerse cargo de una casa completa, su marido y ella misma. Con Mario, si llegaran a casarse, sería muy diferente; él tiene suficiente dinero para ponerle una sirvienta de planta (una sirvienta humana, no uno de esos robots holodinámicos que chirrian todo el día de un lado a otro) y consentirla hasta el hartazgo. Andrea asocia más ese tipo de vida con su estilo. Félix le decía que incluso era extraño que trabajara siendo tan inconsciente del mundo en el que vivía. La llamaba inconsciente pero no se daba cuenta de su propia situación, o no quería hacerlo. Actualmente llevan una mejor relación que antes, sin el compromiso del noviazgo pero con muchas de sus ventajas, Félix sabe que tiene un novio más oficial. Si éste se enterara que aún está involucrada con su ex, la botaba seguro.

Así que su vida pasa tranquila; ahora que la madre de Félix ha muerto ella piensa en la muerte de sus propios padres, pero no se ocupa demasiado de ello. El día del entierro fue excepcional, con la atmósfera cargada de olor a velas y a formol y todo el mundo a su alrededor llorando, Félix mirando fijamente al vacío, sin haber dormido. Andrea llega a la conclusión de que es una mujer afortunada, bastante normal y sana. Últimamente se preocupa también por su salud, ahora que está dejando de ser una jovencita. Sabe que se verá bien incluso pasados los cuarenta y falta un buen tiempo para eso, pero no está nunca de más usar cremas especiales y hacer un poco de ejercicio; es parte de su imagen. Y la imagen es lo más importante de todo.


Ana recostada contra la pared fría, mirando un cuadro del mosaico. La han sacado de las paredes suaves, pero apenas importa, toda su vida transcurre entre dientes, navajas y mugre, por eso se resguarda. Son la siete de la noche, hora de cenar pequeñas piezas ovoides de colores. En las noches se encierra en la burbuja limpia y sueña con pájaros muy grandes, ruidosos, que vuelan sobre un campo amarillo, graznando canciones acerca de la suciedad y atacando un holograma que sisea y se descompone con cada picotazo. El holograma representa una cascada de agua limpia, ella tiene que llegar; si logra tocarlo quizá se limpie. Termina la noche y despierta, deseando una cascada azul.

Mira a través del cristal, el pasto se extiende casi hasta el horizonte, ondulando a veces. Abajo hay una pequeña mujer caminando, encorvada. Ana se retira de la ventana girando y mientras intenta recuperar el sentido del equilibrio algo abre la puerta. Una figura borrosa se acerca, con voz de pito, y repite la letanía de cada tarde. La tumba en la cama y le jala el cabello alborotado y corto; ella puede sentir cómo se abre paso en sus entrañas y se percata de la humedad y la inmundicia que van llenando todo alrededor. Criatura ha traído millones de hediondeces consigo; ella siente que se ensucia y quiere sacudirse de encima eso que la enmugra, pero solamente logra ponerlo más frenético. Luego está pendiente de la esquina, no quiere que se acumule nada allí, no quiere que se cumule nada en ningún sitio alrededor. Al desprenderse de ella, fantasma se queda un rato jadeando, le pregunta si sabe lo que tiene que hacer y Ana simplemente asiente con la parte sana de su cabeza. Siente horror ante la idea de que se le quede pegada la humedad de criatura y el otro lado de su propia cara se contrae de asco y sacude baba. Detesta la acumulación de células muertas; si lo permite el basurero será demasiado grande, más grande que ella y terminará por tragársela, igual que todo. Fantasma vuelve a decir algo y ella trata de contestar, pero está demasiado pegajosa para decir nada, abre muy grandes los ojos, viendo la mugre de criatura que se ríe un poco, soltando cascajos de bacterias. Ana quiere bañarse en la cascada azul, pronto, y volver a limpiar la habitación contaminada; criatura —que ahora está otra vez blanca y de pie— habla más desperdicios y le extiende puntos de colores con la mano, ella está ocupada, tratando de quitar toda esa substancia pegajosa de entre sus piernas. La figura insiste con las piezas de plástico de colores, Ana los traga como siempre y mira alrededor, las paredes empiezan a desprender otra vez un montón de restos, talla su camiseta contra la superficie dura, mientras todo lo demás se convierte en partículas danzantes, que salen disparadas a través de la cerradura, una vez que fantasma blanco se ha desvanecido, cerrando la puerta al salir.


Andrea tendrá que ir nuevamente al doctor, de otro modo seguirá sintiendo esa falta de sentido que parece invadirlo todo. Detesta las consultas, no lo puede evitar. Hace unos tres años que Javier E. se ocupa de atender a la familia, el doctor Alonso —su antecesor— se retiró dejando todo a su cargo. Hace más de un año que no lo visita. Detesta tener que ir a verlo porque después de recibirse como médico general hizo su especialidad en enfermedades y trastornos mentales, aunque se ocupa de algunos pacientes de tiempo y ahora consulta directamente en el Instituto de-Leary. Ella piensa que es un nombre humorístico, para una institución marcadamente psiquiátrica.

El consultorio es frío y con piezas claras y opacas. Cuando entra, un apéndice enfermero la lleva hasta el sillón de los pacientes y sale rodando de prisa. Javier —el médico bastante joven y pulcro— no la hace esperar casi nada; entra por una puerta lateral y extiende la mano, con su mejor sonrisa.

—Es un placer tenerla de nuevo por aquí, Andrea. —La barre con la mirada, consciente de que su propia imagen es excelente.

—Gracias doctor.

—Siéntese de nuevo y, por favor, llámeme por mi nombre, me hace sentir extraño que me diga doctor. Y bien, ¿sigue dedicándose a las cuestiones de belleza?

Andrea por toda respuesta teclea en su dispositivo portátil una breve orden y de inmediato sale una tarjetita de plástico que le extiende con la mano, orgullosa.

—Asesora de imagen, vaya, es excelente, pero no creo necesitar un estudio de color, muchas gracias —ríe cortés—. Y dígame, ¿ha tenido insomnio nuevamente?, recuerdo que hace año y medio me visitó, le receté unas pastillas para dormir, tuvo un breve periodo de ansiedad.

—No —sacude la cabeza—, pero no me encuentro muy tranquila; últimamente me parece que me estoy deprimiendo, eso no me gusta, no soy el tipo de mujeres que se deprimen.

—Bueno, tomando en cuenta que esta temporada está haciendo mucho frío, podría ser algo más bien ambiental.

—No lo creo, nunca he sido particularmente friolenta y en años anteriores la temperatura ha sido aún más baja, y nunca he tenido esta sensación.

—¿Quiere que hablemos? —Al decir esto señala el típico diván frente al sillón de respaldo alto. Ella se levanta con un poco de rechazo, camina en silencio y se recuesta.

—Hace unas semanas murió la madre de un amigo muy cercano, desde entonces todo lo veo diferente, la gente, las cosas, mi propia vida. Ya no me entusiasma hacer nada, ni siquiera ir de compras. Solamente quiero limpiarlo todo, me parece que las cosas están llenas de polvo. A veces miro a la gente, en especial gente vieja, y me parece que están cubiertos de suciedad y mugre, más de una vez les he reclamado a mis clientes la falta de aseo personal; es sólo por momentos. También he estado soñando cosas muy extrañas, obscuras, cosas que no había soñado nunca. No puedo dejar de pensar en mis padres y en cómo será cuando estén en el ataúd, fríos y en proceso de descomposición. Antes creía que el cuerpo humano comenzaba a descomponerse cuando moría, ahora me parece que es mentira, estamos descomponiéndonos permanentemente, al morir sólo se acelera el proceso, pero estamos siempre pudriéndonos, nuestro organismo se regenera a cada momento también, célula por célula, y al envejecer es más lenta y difícil esa regeneración, hasta que al fin nos vence y nos volvemos una masa putrefacta que se vuelve moho y nada al final. Me pregunto si tendrá algún sentido, vivir es una especie de transición solamente, algo pasajero, sería mejor que nos quedáramos sin nacer, ahorrándonos un montón de molestias. Si hemos de vivir para pudrirnos, mejor sería ahorrarse el trabajo...

—Me sorprende mucho que diga usted todas esas cosas, Andrea, es posible que esté pasando por una fase de paranoia menor. Creo que sería mejor que se tomara unas vacaciones, le afecta demasiado estar cerca de personas mayores y la muerte de la madre de ese amigo le afectó más de lo que piensa. Por el momento le voy a recetar un antidepresivo suave, un antiansiolítico y un somnífero, no parece que haya dormido bien últimamente. Aleje esas ideas pesimistas de su cabeza y salga de la rutina; la playa, por ejemplo, estar en un sitio cálido le hará bien, rodeada de gente fresca, de su propia edad. ¿Tiene novio? Seguramente estará preocupado, cuéntele lo que le he dicho y vayan de paseo, verá que eso y la medicina que le he recetado cambian su estado de ánimo.

El médico dice todo esto rápidamente, en tono profesional, pero Andrea no puede dejar de ver algo extraño en sus recomendaciones, parecen hechas a la ligera, son casi los consejos que podría darle cualquiera, sin que le hubiera cobrado por ello. Aún no ha terminado el tiempo establecido para una consulta y ella siente que está siendo víctima de una estafa, sin embargo obedece, porque una parte de ella está segura de que él tiene razón. Quizá es cierto y tiene un ataque de paranoia. Hablará con Mario, es posible que le ayude y hace mucho que no visita el mar.

Al salir a la calle, después de haber tomado su primera combinación de antiansiolítico y antidepresivo, se siente mucho mejor. Camina con aplomo, convencida de que pronto desaparecerán esas confusas imágenes de su cabeza.


Ana bocarriba, examinando el techo, casi toda la mañana ha transcurrido dentro de esa burbuja que logró crear, agarrándola del cielo raso en cuanto estuvo limpio, se desintegrará en cualquier momento, trayéndola de vuelta al aire que respiran todos en ese maldito lugar. Sabe que, si se descuida, si pierde la concentración, la burbuja se rompe. La puerta se abre, lentamente y una figura blanca, femenina, se acerca y se retira, danzando alrededor en un fastforward borroso, haciendo ruidos con la boca pegajosa.

—Es hora de la medicina, Ana, levántate por favor.

Se esfuerza por mantener la esfera intacta, ignorando al fantasma blanco, de sonidos estridentes, sucio e hipócrita. Algo entra, es la otra criatura, blanca también, asquerosa. Sus voces se enlazan, creando una comparsa horrenda y Ana tiene que taparse los oídos, eso la obliga a moverse, poniendo en peligro la delgada membrana que la separa de ellos. El fantasma-hembra sacude las manos y chilla, la criatura-macho esgrime un fragmento delgado y chilla también, en una frecuencia diferente. Ella se desespera.

—Lo que usted no quiere ver es lo peligroso de la situación, ella nos odia, mire cómo le somos repulsivos, se habrá fijado cómo nos mira, apenas puede enfocar la mirada y ya está destilando odio. Nosotros somos los normales y ella la loca, que no se le olvide. Ahora haga el favor de salir de aquí doctora, tengo que atender a mi paciente.

—Lo siento mucho, Javier, pero me han indicado que a partir de ahora, yo atenderé este caso. Parece que lo han descubierto, se le ha abierto un expediente y, mientras el caso se resuelve, yo me haré cargo de las pacientes mujeres, usted quedará solamente a cargo de los varones.

—¡Imposible! ¿De qué se me acusa?

—Abuso sexual.

—Esas son idioteces, ¿ha escuchado que alguna se queje?, no diga tonterías y salga de aquí, antes que la acuse de invadir un área fuera de su...

Ana grita, sonido animal que inunda todo, haciendo que los últimos restos de la membrana que la envolvía se desintegren. Está asustada y su burbuja se ha roto. Se repliega en un extremo de la cama, mirando a las dos figuras blancas que chirrian y se agitan. Se quedan momentáneamente en silencio, escurren opaco-viscoso, renuevan movimientos y ruidos, llenando el cuarto de saliva y polvo, se agitan alrededor; uno de ellos, el macho, se acerca amenazante. Ella grita más fuerte, cubre sus oídos, patalea. Los dos terminan por irse, Ana deja de gritar, sigue asustada. Al rato entran más fantasmas, máquinas grandes, amarran brazos y piernas, vendan su boca, llenándola con un trapo sucio, riegan polvo a su alrededor y encima; ella llora incapaz de sostenerse. El calcio se vuelve líquido por los pinchazos, comienza a dormir y siente que se hunde en gel. Antes de comenzar a soñar intenta recuperar la burbuja, sin conseguirlo.


—¿Cómo estás Andrea? —La voz de Félix parece llegar de lejos, Andrea lo mira, extrañada de que aún esté allí. De pronto comienza a notar tantos defectos en él que su cercanía se le vuelve insoportable.

—Creí que te había pedido que te fueras.

—Eso hiciste. No te busco solamente por el sexo Andrea, en serio me preocupas. Desde que comenzaste a ir a consulta hace unas semanas, con ese terapeuta, ese doctor de la familia... estás cada vez más extraña. ¿Qué drogas te recetó?

—Ni creas que te lo diré, podrías usar mis recetas para comprar tus propias porquerías. Vete, estás sucio, ¿te bañaste hoy?, no quiero verte Félix, déjame por favor, si tanto te molesta yo puedo pagar el cuarto.

—¿Ves a lo que me refiero? Normalmente tú no eres así.

Andrea opta por voltearse de cara a la pared e ignorar la voz de Félix. Un fragmento de su cabeza sabe que tiene razón. Mañana, cuando vaya a terapia, hablará de esto con Javier. Desde que está tomando esas pastillas se siente bien por un rato, pero se ha vuelto demasiado quisquillosa, incluso sus clientas le han reprochado el cambio. Cada vez que intenta hablar del asunto con Mario, con sus padres e incluso con el terapeuta, le cambian el tema y le dicen que todo es imaginación suya. Algo no está bien, pero no puede saber qué es. De un tiempo a la fecha le obsesiona la limpieza hasta un punto ilógico; limpia siempre todo una y otra vez, y se tarda mucho en llegar a las citas; cada vez que termina de peinar a alguien, de maquillarle o arreglar sus manos, siente un impulso insoslayable de bañarse, de quitarse todas esas células muertas que han debido pegarse a su piel después del contacto físico. Mario se ha disgustado con ella; hace semanas que no consiente que la toque; actualmente podría decir que odia el sexo, todo ese intercambio de fluidos le da asco, tampoco soporta muy cerca a sus padres. Algo no está bien, pero no sabe qué es exactamente, sólo lo sobrelleva gracias a la medicina. Mañana hablará de esto durante la sesión, no importa que su terapeuta intente cambiar el tema o soslayarlo, hablará con él.

Son apenas las tres; escucha el ruido de la puerta al cerrarse cuando Félix se va por fin; decide que no quiere estar más tiempo en ese hotel, apenas lo habrán limpiado, quién sabe cuántas personas entren allí cada día, es mejor si se viste y se va; en su propia recámara todo es pulcro y ordenado.

Al subir al auto le ordena volar a su casa. Desciende en la acera de enfrente y cuando se acerca a la entrada ve una escena totalmente extraña. Desde la calle puede ver por la vidriera de la sala, en el sillón están sentados Javier y Mario, su madre está en el loveseat y su papá se pasea de un lado a otro, inquieto. Los mira desde afuera como si fueran extraños, todos tienen en el rostro expresiones diferentes a las de siempre, sus padres no se ven tan viejos y tranquilos, Mario se ve mucho menos dulce, Javier no se ve tan profesional, más bien enfadado. Tiene miedo de entrar, de interrumpir esa especie de reunión secreta. Parecen conocerse bien entre ellos, se tratan con familiaridad, todos creen que está trabajando, suponen que llegará hasta la noche. De repente se da cuenta que está de pie, afuera de una casa que se le revela ajena; el frío hiere su rostro, quiere irse de allí, no puede creer lo que mira, debe ser alguna especie de error, una alucinación. Empieza a caminar de espaldas, alejándose del ventanal. Da la vuelta y, al llegar a la banqueta de enfrente, comienza a caminar. El ente holodinámico del vehículo se activa, avanzando lentamente con la portezuela abierta:

—Señorita, ¿desea volar hacia algún sitio?, ¿a dónde quiere dirigirse?... Señorita, no puede ir caminando, es peligroso... Señori...

Le ordena detenerse y quedarse donde está, el sonido de sus pasos se aleja, mientras la bocina del volante sigue con su letanía.


Ana de pie, con los ojos cerrados, escucha que la puerta se abre. Los pasos que se acercan son más suaves. Mira y fantasma está a unos metros de ella.

—Ana, por favor, necesito que me hables.

Los ruidos molestan. No le hará daño, como el otro, pero no quiere que se acerque. Da un paso hacia atrás y de nuevo la puerta.

—Doctora, le voy a pedir que se retire, esta no es su área.

—Desde ahora lo es. Están dando seguimiento a la demanda, tengo aquí la orden de no permitirle acercarse a esta paciente ni a ninguna.

Dos máquinas óxido se acercan, Ana cree que la volverán a atacar y siente miedo. Rodean a fantasma-macho, lo amenazan con su presencia. Fantasma-hembra agita algo delgado y blanco en la cara de la criatura, con rabia, se desprenden partículas de mugre color blanco. Fantasma-macho se aleja hacia la puerta, rápidamente, sin haberla tocado, se agazapa con rabia y sale, perseguido por las máquinas. Fantasma-hembra hace una mueca con la boca, enseñando los dientes. Todo es color blanco, borroso. Los trapos y las finas rebanadas de fibra. Ana se echa más atrás y su espalda choca con algo duro frío.

—Ana, yo no quiero hacerte daño y no dejaré que él se vuelva a acercar. Si lo hace, los apéndices holodinámicos lo golpearán, desde ahora tiene prohibida la entrada.

Golpes, ruidos sangrantes viscosos. Ana sólo quiere que la dejen en paz. Se acurruca, concentrándose en crear de nuevo la burbuja. Fantasma ahora no le hará daño, pero está sucio, blanco sucio que contamina y llena de polvo. Babas falsas mugrosas.


El timbre suena y Félix mira en la pequeña pantalla la figura de Andrea, está en el pasillo, mirando con un poco de asco el piso, como si estuviera lleno de basura. Abre la puerta.

—Hola. —Se hace a un lado para dejarla entrar y se queda parado junto a la puerta abierta, mirándola extrañado.

Andrea lo ve detenidamente, no recuerda cómo es que llegó a su departamento y no entiende por qué ha ido allí, hace meses que no lo visita, desde la muerte de su madre.

—Gracias —entra y se queda parada en medio de la habitación, mirando alrededor con cautela.

—¿Quieres sentarte? —Cierra la puerta.

—No.

—Andrea, ¿qué tienes ahora?, no te ves bien.

—Algo extraño. Hace rato, cuando me fui del hotel, llegué directamente a casa y vi a mis padres y Mario, estaban en la sala, y estaba también Javier.

—¿Por qué estaban todos allí?

—No tengo idea. Además hay otra cosa muy extraña. En la mesa de centro había un pequeño dispositivo de recuerdos, conectado con el proyector holostático de la casa; había varios cartuchos alrededor, algunos los recuerdo, son de hace años, cuando era niña, pero un par no los había visto nunca. Estaban abiertos sobre la mesa y las imágenes se sucedían. Todos en la sala estaban, no sé, hablando de algo relacionado con las grabaciones holográficas, no entiendo qué podrían haber estado discutiendo, pero estoy segura que no es la primera vez que se reúnen; después de todo creían que yo iba a llegar hasta después de las seis, siempre digo que voy a atender algunas citas de trabajo.

Félix se queda un momento pensando.

—Pues no sé, suena muy raro. A lo mejor es alguna estrategia del médico, hoy mismo me contabas que últimamente has hablado mucho de tu infancia con él.

—Entonces no entiendo por qué Mario estaba ahí, ¿y las imágenes? Son como un álbum familiar. Además parecían discutir algo importante, no me dio la impresión de ser una reunión de terapia, casi siempre se realizan terapias de grupo si se requiere y, que yo sepa, no se llevan a cabo en la casa de los pacientes. No sé, no sé ni siquiera por qué vine a buscarte a ti.

—Bueno, soy el único que no estaba en esa reunión. Oye, ¿quieres un café o algo? Puedo darte algún calmante, te ves alterada.

—No, no quiero más medicinas. Félix, tengo la impresión de que me hubieran traicionado, no sé qué voy a hacer. Todo el mundo me parece horrible y sucio a últimas fechas, tal vez tienes razón, tal vez yo no era así, es sólo que no consigo recordar cómo era todo antes. Parece que ha pasado mucho tiempo desde la muerte de tu mamá. Allí empezó todo, las cosas empezaron a ser extrañas desde el día del entierro.

—¿Por qué te sientes traicionada?, no entiendo qué te pasa, pero si puedo ayudarte dime cómo. La verdad no sé por qué te afectó tanto lo de mi madre, pero te conozco desde hace mucho y verte así es muy raro. De verdad, ¿qué quieres que hagamos?

—No sé, no sé qué podemos hacer. Todo esto y los sueños que he tenido en estas semanas... sueños extraños con pájaros y una niña. A veces me siento como desdoblada. Hace un par de días recordé algo de hace muchos años, y luego he ido atando cabos en parte por los recuerdos que tengo por las mañanas. Creo que me han estado mintiendo, mis padres, Mario, incluso el médico. —Andrea baja la voz y se acerca un poco a Félix, encorvándose—. Cuando era muy pequeña, tendría unos dos años, jugaba mucho con una niñita igual a mí. No me refiero solamente a que fuera de mi edad, realmente era como yo. La gente siempre decía lo lindas que éramos. No consigo recordar todo, son imágenes muy vagas, pero estoy pensando... estoy pensando que probablemente esa niña era mi hermana.

—¿Una gemela? Nunca me dijiste nada.

—Porque no lo había recordado, hasta hace poco. Estoy segura de que es real, no era una amiguita de la escuela ni alguna prima, vivíamos en la misma casa.

—Y, si es real, ¿qué pasó con ella? No estarás confundiendo tus sueños con tus recuerdos.

—Ahí es donde empiezo a enredarme, he hecho un esfuerzo, pero no consigo llegar a nada claro. Probablemente si hablo con mis padres ellos me digan de qué se trata.

—Bueno, ahora mismo puedo acompañarte si quieres, no es tan noche.

—¿Noche? No puede ser de noche, yo debo haber llegado a casa a eso de las cuatro, me vine caminando, sí, pero no pueden ser más de las cinco y media.

—Andrea son las nueve cuarenta. Te habrás quedado dormida en el hotel y llegaste a casa de tus padres más tarde de lo que piensas. ¿Estás segura de que viniste caminando directamente hacia acá?

—Pues, sí. Aunque... Félix fui al panteón, a ver la tumba de tu madre.

—¿La tumba? Eso sí que es raro Andrea. En fin, no importa, vamos a tu casa, podemos estar allá en menos de media hora.

Cuando llegan las luces están apagadas. Entran y un resplandor verdoso sale de la sala de proyecciones, el ente holostático proyecta esta vez un paisaje silvestre, una gran cascada de agua cae desde lo alto y se puede escuchar el canto de las aves, no hay nadie allí. Andrea comienza a sentir una desazón, sube las escaleras y entra en la recámara de sus padres, el apéndice del proyector central está representando la misma escena, el agua inunda un lago a los pies de la cama, flores amarillas se extienden sobre el suelo, Andrea atraviesa la imagen, se detiene a un lado del lecho, una parte de ella está dentro del agua, la otra se recorta contra un cielo azul y límpido. Pregunta en voz alta a dónde han ido sus padres. El ente holodinámico entra por la puerta, haciendo sonar sus ruedecillas y responde servil:

—Han salido a dar un paseo señorita, ¿desea algo de cenar?

Baja las escaleras rápidamente, perseguida por el apéndice solícito. Félix está saliendo de la cocina.

—Parece que no hay nadie.

—No, no están. Mis padres nunca salen de noche, hubieran podido dejar un mensaje al menos —Se sienta en una de las sillas del comedor, lo que es interpretado por el robot como el deseo de cenar, la máquina va hasta la cocina y empieza sacar cosas del refrigerador, enciende la estufa y prepara una charola.

—Vámonos Félix, no tiene caso seguir aquí.

En el auto Andrea ordena un rastreo.

—Dime en dónde está el vehículo de mis padres.

—Mi scanner arroja las coordenadas de la calle 22 al norte y 7 al oriente de mi vehículo hermano. El instituto de-Leary.

—¿Qué fueron a hacer al hospital de locos?

—Lo ignoro señorita.

—No te preguntaba a ti, auto estúpido. Dirígete hacia allá. Tenemos que llegar lo antes posible. Félix, ¿qué están haciendo allí? Voy a consulta con el doctor Javier en el ala norte de ese odioso edificio, pero es de noche, es demasiado extraño.

—No lo sé. Pero te dije en el departamento que iba a ayudarte como pudiera, sólo se me ocurre acompañarte hasta allá.

El resto del camino todo es silencio.


Aterrizan justo detrás del sanatorio, descienden y caminan hacia la parte de enfrente.

En cuanto cruzan los cristales de entrada el ente omniholostático del lugar les indica que no es horario de visitas ni de consultas. La voz metálica, que pretende ser femenina, les conmina a retirarse, no se atienden emergencias. Empiezan a acercarse un par de apéndices guardias, rodando sobre el suelo de mármol.

—Félix, a la derecha, al consultorio de Javier, estoy segura que allí encontraremos algo que nos pueda servir.

Al llegar la puerta está entreabierta. Andrea se queda afuera, esperando ver algo, mientras Félix va en busca de la persona encargada de guardia, seguido por los enfermeros. Javier está de pie, de espaldas a la puerta. Sus padres están sentados, su mamá llora.

—... por el bien de sus hijas, les digo que sería mejor internar a Andrea, tratarla con cuidado...

—Pero no es posible, no quiero que ella también acabe internada. —La voz chillona de su madre interrumpe el discurso del médico.

—No sería lo mismo, le puedo administrar un tratamiento más fuerte que el de hasta ahora. Ella cree que solamente le estoy dando medicinas contra la depresión.

—Es espantoso, el doctor nos lo advirtió, pero no lo podíamos creer.

Andrea se queda de pie, muy quieta, escuchando lo que dicen sus padres y el doctor, sin poderlo creer del todo. Su padre se ve abatido, muy diferente de la imagen que proyectaba esa tarde. Voltea buscando a Félix, pero no lo ve por ningún lado. El control maestro se ha callado. El extraño diálogo sigue.

—El doctor Alonso me encargó el caso muy especialmente; es por eso que la he estado tratando, igual que a su otra hija.

"Su otra hija", Andrea comienza a encontrarle sentido a esa frase, pero lo que empieza a formarse en su mente le asusta.

—Por eso es que le dijimos que estaba muerta. Usted no la vio cuando era muy niña, no había cumplido ni tres años.

—¿Lo ve usted doctor? Tarde o temprano ella se daría cuenta, mi hija no es tonta...

La mujer se ve totalmente abatida, sorbe la nariz con un gesto estúpido, mientras su esposo trata de calmarla y le alcanza un pañuelo.

—Además está ese muchacho, Mario —el padre habla por primera vez—, hizo mal en irse de repente, sin avisarle. Será un golpe duro para ella.

—Esta tarde habíamos llegado a un acuerdo —Javier los mira acusándolos—, no entiendo el por qué este ataque de conciencia.

Ana percibe rabia en su voz, sus padres están cediendo. Mario se fue, al ver que las cosas con ella se complicaban se fue. Siente que su miedo crece, empieza a entender y está cada vez más segura de que todos la traicionaron. Prefiere alejarse de allí, en busca de Félix, las voces se van quedando atrás.

Camina por el pasillo, temerosa de que suene la alarma del control. En eso ve a una mujer en bata que se acerca con paso rápido, examinando un block. Al levantar la cabeza y mirar a Andrea, con quien casi se tropieza, se paraliza, con una expresión de asombro y miedo al mismo tiempo.

—Ana...

—No me llamo Ana, ¿por qué me dice así?

—Lo siento mucho, usted es... es idéntica a una de mis pacientes.

Andrea siente que las cosas empiezan a explicarse, recuperando un poco de aplomo decide que esa mujer le inspira confianza. Voltea, en busca de Félix pero todo parece desierto alrededor.

—Es usted doctora, supongo. Me llamo Andrea, Andrea Apricot.

—Andrea. Yo acabo de ver el expediente de su familia, si viene conmigo le explicaré. ¿Cómo es que logró eludir a los apéndices enfermeros?

—No lo sé, venía con un amigo, pero ha desaparecido y los robots fueron tras él.

La doctora la guía por más pasillos y entran en un consultorio, muy parecido al del Javier, donde —supone Andrea— ahora mismo están él y sus padres, hablando del asunto que ella misma ha decidido averiguar.

—...mi hermana. Entonces tengo razón, últimamente he estado recordando mucho esa etapa. Era una niña idéntica a mí, pero si está muerta, ¿por qué no lo recuerdo?, y ¿por qué acabo de escucharlos hablar de ese modo en el consultorio?

—Porque te programaron para que así fuera. Bloquearon esa parte de tu mente Andrea. El doctor Alonso, el antecesor de Javier en este caso, estuvo de acuerdo con tus padres en que era mejor así, de ese modo evitarían que sufrieras toda tu vida el dolor de esa pérdida. Eras una niña y toda tu vida estaba por delante, ¿para qué torturarte con una muerte inútil?

—Entonces es por eso que me quieren internar...

—¿Internarte? No, esa debe haber sido idea de Javier, pero no te preocupes, ahora su licencia para ejercer está en juego, yo puedo testificar en su contra si es necesario, no creo que tengas que internarte, al contrario.

—Pero... ¿cómo pudieron jugar con mi mente de ese modo? Eso es ilegal, debieron haberme dejado con la verdad, en vez de vivir durante años con esta farsa.

—Yo opino igual que tú, pero acabo de llegar al instituto y es un poco difícil manejar estas situaciones. Pero además Javier es un corrupto, ahora mismo está bajo investigación, hoy en la tarde le han retirado el caso, probablemente regresaba de ver a tus padres, por lo que me dices. Se le acusa de abuso sexual de varias pacientes, tu hermana incluida.

Andrea abre mucho los ojos, en un gesto idiota y se queda callada durante un momento, intentando ordenarlo todo dentro de su cabeza.

—Igual que... entonces no está muerta. Está viva, está... está internada aquí.

—Sé cómo debes sentirte. Apenas he empezado a tratarla, su caso es muy difícil, su mente es diferente de la nuestra, no percibe las cosas de la misma manera. Puedo llevarte a verla, si quieres.

Duda por un momento y luego asiente. Al salir del consultorio y caminar al área de elevadores ve a Félix correr, perseguido por el par de apéndices-enfermeros de seguridad.

—Andrea, logré perder a los guardias un momento, pero me han encontrado cuando te buscaba, creí que estarías en donde te dejé, en el consultorio.

—Vamos a ver a mi hermana, Félix. Está viva, es cierto que tengo una gemela, sólo que no lo recordaba. La doctora nos ayudará.

La doctora ordena a los apéndices enfermeros que impidan el paso de cualquiera y los conduce hasta el ala de internos.


Ana mirando la luna que se cuela entre los cristales y la burbuja de plasma. El sueño de antes ha vaporizado, sustituido por imágenes de figuras coloridas en vaivén, chirriando y moviéndose tan rápido que son borrosas. Una mujer joven se distingue entre todos. La mujer es ella misma, sujeta de una lámina, como una figura de papel pegada a un cartón, marioneta.

La luz de la luna inunda toda la habitación, limpia gracias a sus esfuerzos. Ha logrado mantener la burbuja que se hace más sólida y resistente cada vez. Ese día no ha vuelto a aparecer la criatura-macho, solamente el fantasma hembra le ha llevado la cena; con una voz aguda e inarticulada, intenta decirle cosas que no logra comprender. Se cubre los oídos y los ojos alternativamente y se acurruca cerca de la ventana, cerca de la luna.

Un fantasma grisáceo entra, junto a él viene la marioneta de colores y la criatura-hembra de polvo blanco. Ella-títere que se queda de pie, mirándola estúpidamente. Ana se adhiere a la ventana, mirando a mujer-cartón, que posee su mismo rostro y sus ojos se encuentran. La criatura gris articula sonidos bajos y lentos, ininteligibles, pero Ana sólo pone atención a su propia imagen, en colores fuertes y vivos, siente la respiración de la marioneta, agitada, la mira a los ojos y avanza hacia ella, que está paralizada, de cara a la ventana, iluminada por la luz de la luna.

La burbuja se expande un poco, abarcando la figura de colores; tragándola la deja limpia y clara; Ana extiende una mano y su reflejo hace lo mismo. Siente el tacto reseco y le confiere su pulcritud. Ella-títere está casi limpia y Ana la acepta como parte de su burbuja, no la puede contaminar, no si es ella misma. Ambas figuras levantan las manos y juntan sus palmas. Ana sacude el polvo de la figura de cartón y la deja desnuda. No tiene arreglo, es una criatura echada a perder tiempo atrás. Recuerda el sueño de aves sobre agua y campo amarillo y observa en el rostro de la marioneta los picotazos que la vuelven un holograma en cortocircuito.

La figura gris se acerca, aullando con temor. Ana intenta repelerlo y atrae a su reflejo hacia la ventana. Un ruido estridente se derrama por las paredes y el techo, que logra mantener fuera de la burbuja con un esfuerzo. La luz del cielo ilumina ambos rostros y ellas dos se miran por un largo rato, las manos enlazadas, una de ellas babea viscoso-frío, la otra fortalece la burbuja. Son una y son dos, difíciles de distinguir o separar, dentro de la burbuja húmeda. Ana sonríe, por primera vez en mucho tiempo sonríe, abrazando a su yo títere. Ana comienza a reír de gusto, porque ha logrado liberar a su muñeca de cartón, limpiándola de las rebabas que la adherían. Ha podido penetrar la burbuja sin romperla. Ana tendrá compañía, ha recuperado su propio juguete...


Félix avanza hacia las gemelas que permanecen abrazadas, deben salir de allí. Agarra a Andrea del torso, separándola de la figura enclenque que se aferra a ella y casi la carga hacia la entrada. La doctora le hace un gesto para que se la lleve.

—Tienen que irse, yo voy a hablar con el matrimonio Apricot, también ellos tendrán que explicar muchas cosas. Pero ahora llévate a Andrea, no le hace bien estar aquí. Salgan directamente por la parte de atrás, para que nadie los vea.


Ilustración: Mauricio-José Schwarz

La doctora se queda de pie mirando cómo Ana y Félix se alejan por el corredor.

Ya en el elevador ella levanta la cara y lo ve, con la mirada perdida, sonríe un poco y se acurruca contra él, buscando cobijo.

—¿Estás bien Andrea? Vámonos. Está claro que tus padres creyeron que era lo mejor. Ella... ella está muy mal ¿no? No tiene cura. Pero tú estás bien, vas a estar bien. Sólo necesitas descansar y dejar esas drogas extrañas que te daba el doctor.

La voz de Félix suena queda, poco convencida, pero intenta con todas sus fuerzas ayudarla dentro de su propia debilidad. Ella siente que nace una especie de empatía hacia él, es débil, sí, pero no es malo, como los otros. Se aprieta más contra él, sintiendo que ya no es importante que esté sucio, puede limpiarlo, no dejará que la mugre se acumule. Y por ahora sólo quiere tenderse y dormir, soñar imágenes tranquilas.

Bajan del elevador y salen directamente a la parte trasera del edificio. El auto se acerca en cuanto los detecta. Con las luces encendidas.

—Félix, quisiera que camináramos, no está muy lejos, podemos ir a tu casa.

—Como quieras.

—Puedo ordenarle al auto que vaya solo hasta la casa de mis padres. Yo puedo irme contigo, allí no nos van a molestar, no nos van a contaminar, nadie tiene tu dirección.

Caminan en sentido contrario a la ruta del auto. Ella figura los observa desde la ventana, perpleja, mirando alternativamente entre el fantasma blanco que sigue emitiendo ruidos y ambos personajes de guiñol, que se alejan caminando por la calle, enlazados.

—Siento mucho que te hayas encontrado así con tu hermana, debe haber sido un golpe muy duro...

—Está bien, al fin estará en paz. No te preocupes, todo va a salir mejor de ahora en adelante. En cuanto lleguemos a tu casa la voy a limpiar, te limpiaré también a ti con la burbuja. No permitiré que la mugre llene nuestro espacio, verás, todo estará limpio, muy limpio.

Ambas figuras se pierden en perspectiva, desde la ventana, Andrea puede ver cómo se van llenando de polvo y suciedad, mientras es atrapada por los fantasmas que le inyectan cosas y babean sobre su cuerpo, por órdenes del fantasma-hembra. Se deja hacer, sabe que, en cuanto duerma, sus sueños serán agradables y de colores brillantes, como una proyección holográfica. Lo último que escucha son dos pares de pisadas, alejándose cada vez más, en la calle, mezcladas con los ruidos de sus bocas mugrosas y chirriantes, pero no le preocupa. Puede limpiarse.



Libia Brenda Castro (Puebla, México, 1974), ha publicado en las revistas Asimov, Azoth, Fractal, Sub, además de haber sido incluida en las antologías: Cuentos compactos, El hombre en las dos puertas, Ginecoides y en el Especial Philip K. Dick de Andrómeda. En Axxón 155 publicamos su relato "La mujer de nadie" y en la Ficción Breve (diecinueve) del N° 157 dos cuentos cortos: "Alas marinas" y "Viaje orbital".


Axxón 158 - enero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo Conjetural: Demencia: México: Mexicana).

            

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