LA CARTA

Soledad Véliz Córdoba

Chile

Simit Raste respiró profundamente, intentando calmar los latidos de su corazón. Ya daba media vuelta para comenzar a rodar camino abajo cuando vio una larga y alta figura a un costado del portal, antes del acceso a la ciudadela. Sin dudarlo un momento, y esperando terminar el trámite lo antes posible, comenzó a caminar hacia ella para preguntarle por el objeto de su viaje, pero a cada nuevo paso que daba la figura se estiraba horizontalmente hacia el portal como una sombra sobre el suelo, y por cada paso que retrocedía, ésta se replegaba sobre sí misma a su forma original. Sólo fueron necesarios dos intentos para que entendiera que no podría alcanzar la cabeza y hablarle. El hombre se peinó con los dedos la desgreñada barba, desempolvó su abrigo verde y restregó los zapatos contra el pantalón para quitarles la mugre. Respiró hondo y, apretando fuertemente el maletín contra su pecho, pasó a través del portal de la ciudadela Telaraña.

El interior era más caótico de lo que se podía adivinar desde afuera. Cerca de diez calles serpentinas partían de la entrada hacia todas direcciones, desafiando las leyes de la gravedad y la lógica. Sobre, bajo y entre ellas, pasarelas hechas con algo parecido a la madera colgaban de los miles de cables que taponaban el cielo con rígidos espacios matemáticos. La figura-sombra se materializó a su lado y aguardó cortésmente hasta que él terminó de observar todo para darle el saludo de la ciudad:

—Bienvenido traspasador del umbral, padecedor del vértigo —susurró con dificultad—, esta es la ciudadela Telaraña, "donde se tejen los intrincados momentos que vamos a olvidar". Espero que tengas una estadía vertiginosa.

Simit respondió con una inclinación de cabeza, que más pareció un tic nervioso, y le preguntó por Azag, el Guardián de la última generación, habitante de la Tercera Rueda. Pero la figura-sombra —cuyo único rasgo humano era la forma pues no tenía cara ni ropajes— se quedó en silencio por varios minutos. Simit la rodeó hasta el otro lado de la cara. "Tal vez ahí están los ojos," pensó. Fue cuando la figura susurró nuevamente sin moverse:

—Bienvenido traspasador del umbral, padecedor del vértigo; ésta es la ciudadela Telaraña, "donde se tejen los intrincados momentos que vamos a olvidar". Espero que tengas una estadía vertiginosa.

El recepcionista al parecer era sólo una máquina-trampa. Simit miró a su alrededor buscando más seres vivos.

—Debí haberlo imaginado —pensó en voz alta—, a esta ciudad sólo se puede entrar engañado. —Al recordar que su empleo estaba en juego tomó por la tercera calle de la derecha y caminó de cabeza por siete minutos y medio.


Esa mañana Azag el Guardián, luego de zamparse tres porciones de visualidis digeridas en tres contados segundos, bajó de la tercera viga donde había pasado la noche. De segunda y rojiza piel que denotaba su inferioridad, se sentó en el umbral de su capullo sin otra intención que contar las gotas de rocío añejas que destilaban de la noche anterior los cables de la ciudadela. Los demás Guardianes, todos de categorías inferiores, hicieron obvios comentarios a hurtadillas cuando pasaron ante él, pero ninguno de ellos le dirigió la palabra. En Telaraña la privacidad es tan respetada que podía decirse que no existe el espacio social. Finalmente, cuando todo el barrio quedó desierto y los capullos y pasarelas comenzaron su vaivén monótono al ritmo del viento, Azag sintió que alguien se acercaba. Por esos tiempos, y luego de numerosas discusiones de las que todos participaban de paso, la teoría más aprobada y aplaudida sobre el origen de la ciudad era que ésta no existía de verdad, y que todo era una invención de sus mentes. Azag comprendía poco de esta última idea, menos aún que las anteriores. Él siempre prefirió pensar que Telaraña era para protegerse de los huracanes de Miseria que arrastraron, y que siguen arrastrando de vez en cuando, a pioneros hasta el borde de los acantilados, entre los cuales terminó siendo construida; y que la mayor discusión que podría generarse a partir de eso era en cuál acantilado comenzó su génesis. Nada especial, nada mágico. Los Guardianes podían ser muy presuntuosos con respecto a su origen y suponía que estaba bien. Mientras los Observadores gobernaran Telaraña necesitaban de algo que les subiera la autoestima.

Fue por esta falta de milagros que se sorprendió al escuchar pasos sobre el puente que unía su calle con la pasarela principal. Y más aún cuando vio al visitante, como en el sueño. Con una forma semejante a la de él, un poco más enclenque y delgada, terminó de cruzar el puente y luego se quedó quieto y encogido por tanto tiempo que Azag pensó que estaba poniendo un huevo. Pero finalmente volvió a erguirse y se pasó los dedos por el mentón (había algo peludo en él, tal vez un parásito), acomodó su piel verde y limpió con saliva sus pies recubiertos con una categoría de cuero, para luego restregarlos unos contra otros, como las moscas. "Un ritual de iniciación", pensó el Guardián vivamente interesado por tal forma de vida, lamentando haber dejado en el capullo su libro de apuntes.

De pronto, el visitante lo vio y comenzó a acercarse rápidamente. Azag sabía que no podía pasar desapercibido como observador ya que su piel era tan llamativa como la verde de él, aunque parecía que el visitante no la limpiaba tanto, bueno, tal vez podría darle consejos...

—Disculpe... ¡hem!.. —dijo el visitante—. Usted no parece una máquina-trampa, ¿podría decirme donde está la Tercera Rueda?

—¿Máquina-trampa? —respondió Azag, ofendido—, ¿acaso parezco una mancha de tinta malestructurada, una cabeza escurridiza?

—¡No!, mis disculpas señor, sólo creí que no existían seres vivos, aparte de esas benditas máquinas en la ciudad. Me he topado con cinco hasta ahora y no ha sido nada agradable...

Realmente estaba asustado.

Azag sonrió tras la segunda piel, una primera sonrisa si se puede decir así. Le empezaba a agradar el visitante.

—Pues le entiendo —respondió con aires de sabiduría—. La ciudad queda vacía en las horas de trabajo, todos van a la fortaleza de Kilinma. Dos dimensiones de relleno y a la izquierda, ¿no le parece a usted una estupidez?

Pero el visitante le seguía mirando embobado, como si se le hubieran muerto los sentidos. Azag comenzó a ponerse nervioso, no se debía mirar tan de cerca a un Guardián:

—¡Oiga!, ¿está bien? —le gritó para sacarse esa mirada de encima. El rostro del visitante no tenía color y el orificio por el que hablaba estaba semiabierto, definitivamente como si algo se hubiera muerto ahí dentro.

—¿Esto, la ciudad.... se está moviendo? —preguntó el visitante con un hilo de voz.

—Claro, lo hace todo el tiempo, lo que pasa es que ahora se está acercando el tornado de Miseria, pasa todos los días y vuela una que otra cosa, pero los hilos están en constante renovación así que no se... ¡hey!... ¡oiga, visitante!, ¿qué hace allí en el suelo?

Simit Raste, el visitante, obviamente, no respondió.

Lo del vértigo, como la mayoría de los problemas de la infancia, no era culpa suya. Tuvo una infancia normal, una juventud normal y cuando comenzaba a creer que sería un hombre normal, el vértigo estaba ahí, esperándolo, como el compañero de juegos que siempre te pega en la nuca cuando los adultos no están mirando. No importaba cuánto tratara de explicarlo, a los demás y a sí mismo, el vértigo siempre ganaba. Tuvo que renunciar a ser trapecista, astronauta, limpiador de vidrios, paracaidista y suicida. Cuando tomó el empleo de cartero creyó que lo había superado, claro, hasta que apareció la carta y su jefe enviándolo a esa dirección imposible en medio de la nada.

Abrió los ojos con brusquedad, esperando encontrarse con la cara airada de su empleador, pero lo recibió el cielo azul de un día de verano. Nubes blancas como algodón, una con forma de bota, flotaban aquí y allá en perfecta concordia. Casi recordó los días felices en el campo de su tía; tal vez todo era un sueño y no había ciudadela Telaraña, ni huracanes ni cosas volando alrededor... Quería tranquilidad, como las nubes... las nubes estáticas.

—Es un bonito cuadro, ¿no?, un poco fantástico pero bonito. —La voz del Guardián lo trajo súbitamente a la realidad y la sonrisa bobalicona de Simit desapareció cuando se incorporó y vio al ser con su maletín en la mano, observándolo en cuclillas—. Menos mal que no te colgué de mi viga; parece que ustedes no se sostienen durante el sueño, pero no te ofendas, es una buena idea descansar así, de espaldas, porque puedes ver el cielo antes de dormirte, el cielo es lo mejor del cuadro. —Se detuvo un momento, como esperando la confirmación que nunca llegó y agregó—: Toma. Creo que esto es tuyo.

La criatura le entregó el maletín con indiferencia y se dirigió a un extremo de la habitación, de donde salía un olor sospechosamente agradable, tal vez la cocina. El Guardián mostraba una actitud muy diferente del primer encuentro, casi hosco. Simit observó estratégicamente la puerta pero el ser la había cerrado. De cualquier manera se sentía mejor y ya era hora de buscar al famoso Azag para salir de ahí antes de que el huracán lo arrasara todo. Sólo le había quitado las botas, que estaban a su lado, y le había depositado en una especie de colchón sujeto al piso.

El cuadro, que había confundido con cielo real, estaba pintado en el techo cónico y continuaba por las paredes y la habitación entera, que parecía ser toda la casa. Era una pintura clásica de niño en pre-escolar: el cielo azul, las nubes, unas gaviotas en forma de libro abierto, una casa con chimenea, el sol feliz, las montañas... excepto por la gente cercana a la casita. Estaban en la pared, cruzando la habitación, y no llegaba mucha luz de los tragaluces del techo a ese lugar.

Había algo demasiado familiar en el dibujo que obligó a Simit a acercarse y luego a retroceder, espantado: eran tres figuras pintadas, una roja, otra negra y la última y más pequeña de color verde, portaba un maletín. Sólo la figura roja miraba en su dirección, vestida con una suerte de capucha que le tapaba la cabeza con excepción de los ojos, sin pupila ni iris, que miraban fijamente a Simit. En sus manos sostenía una carta.

El Guardián le alcanzó un tazón de algo que no supo distinguir. El brebaje estaba bueno, aunque saliera humito verde del interior y burbujeara en su boca. Tenía un sabor parecido a la canela... El silencio rodeaba el lugar y nada hacía parecer que el huracán se acercaba. Al recordar el huracán pensó que su tiempo se desperdiciaba y que era mejor partir. Simit sonrió torpemente al Guardián, que lo observaba a su lado, y agradeciéndole por la bebida y los cuidados, se levantó para irse. Pero el Guardián le sujetó del brazo y con voz gélida susurró:

—¿No me entregarás mi carta?

Simit quedó petrificado, sin poder apartar la mirada de sus ojos, pero algo en ella, tal vez un destello o un guiño nervioso que casi se convirtió en una mirada humana, lo tranquilizó un poco.

—Yo soy Azag —susurró el Guardián, soltándole el brazo—, la carta es para mí.

Simit se imaginó que había una especie de sonrisa tras la capucha que cubría el rostro del dibujo en la pared, pensamiento que extrañamente le reconfortó. Y recordando que ni siquiera había mirado la carta cuando su jefe se la entregó, abrió el maletín y se quitó un gran peso de encima.

Podría haberse ido de inmediato, pero en cuanto la vio sintió que algo no andaba bien. Esta no era una entrega normal de cartero a cliente, sino algo más íntimo y personal. Fue por eso que, cuando Azag tomó la maltrecha carta entre sus manos y la dio vuelta para observarla bien, algo similar a un presentimiento recorrió su espalda. Sin embargo, la sensación no se hizo realmente patente hasta que se rompió el sello que la cubría y la música llenó el tenso ambiente.

Era una tarjeta de cumpleaños. La disfónica melodía de felicitaciones que salía de ella estaba deformada por los largos viajes que debía haber hecho, una vez redireccionada por la Compañía a la ciudad Telaraña. Simit recordó a su jefe advirtiéndole que esa carta era muy antigua y que el atraso de tantos años en la entrega era un grave problema para la Compañía. Por eso necesitaban que Simit fuera a la ciudad y no otro. Simit tenía buen dominio de las relaciones personales. Pero en ese momento apenas tenía control de sí mismo. Una vez terminada la melodía, que Azag había escuchado en absoluto silencio, una imagen holográfica apareció en la cubierta abierta de la tarjeta. Con espanto creciente, Simit se reconoció a sí mismo, un Simit quince años más joven y sonriente que le deseaba un feliz cumpleaños a su mejor y único amigo: Firias Dari.

—Siento que no podamos vernos, Firias, pero tengo exámenes de grado y mucho trabajo. Espero que nos juntemos luego para hablar un rato. Feliz cumpleaños... —dijo la imagen. En este punto la comunicación se interrumpía por una corriente de estática y la imagen desaparecía en el fondo blanco de la tarjeta.

El huracán de Miseria comenzó a azotar los capullos, pero dentro del hogar de Azag el tiempo parecía detenido. Simit no sentía la fuerza del vendaval rugiendo su tristeza sino que miraba sin respirar la tarjeta abierta en manos del Guardián. Finalmente soltó un resoplido de incredulidad y se desplomó sobre una silla. Oscurecía y las velas en cada tragaluz habían comenzado a encenderse paulatinamente y ahora toda la habitación parecía un funeral místico y antiguo.

—Sabía que vendrías, humano —rompió la voz de Azag, que aún no quitaba la vista de la tarjeta abierta—, por eso no fui a trabajar hoy. Por esperarte perderé mi hogar y tal vez mi vida, por esta pequeña carta de felicitación.

Simit se levantó e intentó arrebatarle la carta sin mucho éxito. Las palabras le salían atropelladamente de la boca y por mucho rato no se le pudo entender nada más que balbuceos. Cuando por fin habló, Azag había guardado la tarjeta entre su segunda piel.

—Esto es un error, Azag, esta carta no es tuya. Verás —la explicación se tornaba difícil de ahí en adelante—, es de un amigo, yo se la envié para su cumpleaños. Seguramente, debe ser un error.

—¿Por qué? —increpó Azag con dureza y calma. No había otro momento más propicio que ése para decirlo; de hecho la habitación parecía un velatorio.

—Porque Firias Dari está muerto. Murió el mismo día que yo envié esa carta. —Y en cuanto salieron esas palabras de su boca se dio cuenta de todo el tiempo que había pasado desde que había pronunciado su nombre por última vez. Firias Dari estaba muerto hasta en sus recuerdos.

Azag no emitió ningún sonido, no realizó ningún movimiento. Con el rumor de Miseria soplando en el exterior ninguno de los dos sintió los pasos que se acercaban ni el rumor oscuro de la puerta al ser forzada. De manera tan súbita como el estallido del huracán, cinco figuras negras, del mismo aspecto de Azag, penetraron en la habitación como cuervos arrastrados por la tormenta. Fue sólo un momento, porque luego desaparecieron en el aire, de forma tan rápida que Simit pensó que los había imaginado. Antes de que pudiera preguntar qué había sido aquello, Azag lo tomó del brazo y lo arrastró decididamente hasta un pequeño tubo en la parte trasera del capullo. Sin demasiadas ceremonias lo lanzó por él hacia un tobogán oscuro y frío y, dando una última mirada de despedida a la habitación y a la pintura, cayó por él. Azag le siguió por el tubo. El capullo quedó inmediatamente a oscuras.


—Los Guardianes, como denominamos a nuestra raza, no podemos soñar. Podemos dormir para descansar el cuerpo, pero nunca entrar a ese mundo onírico de nuestra mente. No es que este hecho afecte demasiado nuestras existencias, pues casi nadie en Telaraña sabe lo que significa, pero para mí, que tengo un par de sueños que recordar por noche, es algo importante. Por eso los pinto, los represento en el cuadro que viste en el capullo. Nunca cambian mucho, por lo que los conozco de memoria. En el más repetitivo de ellos tú venías con algo de mi pasado y me lo entregabas, sin saber que el pasado no era la carta sino tú mismo. Tengo razones para pensar que todos los Guardianes de Telaraña tuvimos una vida antes que ésta, pero que no podemos recordar.

Desde la plataforma flotante sobre un pedazo de la ciudad, ocultos por un piquete de roca del acantilado, se podía ver gran parte de Telaraña. El huracán ya había pasado y Simit olvidó su vértigo, interesado en escuchar al Guardián.

—Según la historia, los Observadores llegaron en el período más álgido de la ciudad, dispuestos a dominar el tráfico de visualidis que la ciudad atrapa cada día y que nos sirve como alimento. No sabemos de dónde vienen, pero estaban ahí desde que la ciudad fue creada. Los Observadores parecen ver algo más que no conocemos en los visualidis y por eso los controlan y nos alimentan con raciones que debemos ganar trabajando para ellos, en la fortaleza de Kilinma.

—Disculpa, Azag —interrumpió Simit cada vez más nervioso—, pero ¿qué tiene que ver todo esto con Firias?

Azag miró la ciudad extendida como una carpa gigante a sus pies y dijo, más para sí mismo que para Simit: —¿Qué impide que esta inmensa red también atrape a los muertos? No hay una respuesta real a lo que somos ni a lo que hacemos, pero mi raza está de acuerdo en que quiere investigarlo en libertad. Hay un secreto, tal vez un engaño sobre nuestras existencias, y la Rebelión que corre bajo los pies de esta ciudad quiere averiguarlo. Sacar a los Observadores del poder es un inicio, lo otro es aprender a recordar...


Ilustración: Duende

Simit contempló el porte del Guardián y algo le recordó el discurso que el padre de Firias había dado para su funeral. Nunca encontraron el cuerpo, pero donde se encontrara, Firias iba a estar cuando fuera necesario para empezar o ayudar en algo. Tal vez Azag tenía razón y la Telaraña atrapaba algo más que visualidis para digerir.

Azag se dio vuelta para mirarlo y su segunda piel brilló más por efecto de las lámparas en las pasarelas cercanas.

—Te voy a sacar de aquí —le dijo—, aunque digan que nadie sale de Telaraña.

Fue una huida terrible, Simit no recordaba ninguna situación similar en su pasado para comparar, saltando de umbral en umbral, en cada puerta, y corriendo por las solitarias calles de Telaraña. A cada momento las sombras parecían alcanzarlos en un juego de luces y callejones que casi le quitan las fuerzas para escapar, pero siempre existía una dosis providencial de suerte que los hacía cambiar de rumbo y alejarse del peligro fantasmal. Fue así como al fin llegaron a una especie de portal pequeño, frente al cual Azag se detuvo y abrió con una llave de su segunda piel. Simit apretaba el maletín contra su pecho y respiraba agitadamente, pero se mantenía firme.

—Atraviesa este portal y más allá saldrás a una parte del acantilado, sobre el camino principal. Estarás a salvo allí, ni siquiera ellos salen de Telaraña.

El cartero miró al Guardián con la garganta hecha un nudo. Los hombres como él estaban acostumbrados a las historias extrañas y difíciles. Después de todo era cartero. Pero la sensación de irrealidad de lo que había pasado era demasiado patente y, ahora que el peligro había pasado, amenazaba con intensificarse. Se apoyó en el umbral del portal que Azag había abierto dispuesto a huir cuando el Guardián lo detuvo:

—Siento pedirte esto Simit, pero son órdenes de mis superiores. Cuando salgas al camino habrá un Nurditú o ser de las profundidades esperando este mensaje. Por favor, entrégaselo y nos harás un gran favor. El último que te pido. —Y junto con decirlo le entregó un pequeño sobre amarillo.

—Para eso estamos —sonrió servicialmente Simit. Pero fue una sonrisa desgarrada y pálida. Preguntándose si estaría bien el abrazarlo para despedirse, tomó el sobre y rápidamente cruzó el portal sin mirar atrás, escapando de un muerto.


No le costó reconocer al alto y tosco ser negro que lo aguardaba en uno de los recodos del camino. Le entregó el sobre y, sin decir palabra, comenzó a avanzar camino abajo con el maletín junto a su pecho y las piernas débiles por el cansancio. Mientras se alejaba, en su mente veía la imagen de la ciudad con sus habitantes de ensueño, que desde el camino parecía más una mosca que una araña, depredada en vez de depredadora. No pudo evitar pensar que lo escribiría todo para que no desapareciera en el tiempo. Tal vez hasta le podría sacar algún provecho. El párrafo de inicio sería algo así: "La ciudadela de la Telaraña es un recuerdo que no existe para la mayoría de nosotros. Algunas veces, al observar la oscilación de las ropas tendidas al viento, un pedazo de memoria salta desesperada como a punto de recordar algo, pero casi de inmediato es ahogada por la muchedumbre de seres invisibles que corren a detenerla. La razón de tal misterio es que sobre su origen y existencia sus habitantes han hecho tal cantidad de teorías y suposiciones que se ha ido diluyendo lenta y fatalmente en retazos de discusiones sin sentido". Y tan absorto estaba en su reciente creación que apenas sintió la aguja venenosa del Nurditú clavarse en su cuello, mientras seguía caminando, sintiéndose cada vez más débil, balbuceando sobre amigos muertos y la mala calidad del correo en estos días tan modernos.



El servicio de correos de los sueños no es una empresa que inspire confianza. Por eso resulta aconsejable que las ficciones que atormentan a las jóvenes escritoras queden en nuestras manos... y en las de nuestros lectores.

Soledad Véliz Córdoba nació en Chile, tiene 23 años y es Licenciada de Psicología. Escribe e ilustra. Su relato "Maniquí" fue publicado en Fobos y ganó un concurso de la revista Macondo con "Respira al otro". Mientras asistimos a su consolidación como una de las grandes promesas femeninas de la literatura de ciencia ficción y fantasía de su país, le damos la bienvenida a nuestras páginas y prometemos más para dentro de poco...


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Ciudades: Chile: Chilena).

            

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