LÁPICES LACRIMALES

Pedro Félix Novoa Castillo

Perú

A Luis Bolaños

Un hombre, con el rostro y el cabello totalmente verde, yace echado en una lamentable cama. El aposento es lúgubre, las paredes son plomas y las ventanas negras; el tiempo se hace impredecible: probablemente sea el amanecer. El hombre del cabello verde está esnifando un polvo acre; se esfuerza haciéndolo con la mano izquierda, se detiene, cierra los ojos, suspira, vuelve a empezar. De pronto, al escuchar la proximidad de alguien empuña lo que queda del polvo y lo esconde debajo de la sábana.

Entra a la habitación Mr. User, un tipo calvo de gafas oscuras y terno lumínico. En la manga izquierda tiene un gran código de barras y en el pecho, a manera de insignia: el símbolo de "Recicled". Se aproxima con pasos tímidos, como si fuera un gato.

—Buenos días Mr. Verde ¿Cómo te sientes esta madrugada? —pregunta User como quien dice lo lamento.

—Estoy cada vez más tenue y cada vez más triste —responde desde la cama Mr. Verde, remangándose la pijama y mostrando un brazo verde claro.

—No vayas a usar los lápices lacrimales —previene Mr. User suplicante. Hace gestos dolidos y se sienta al pie de la cama.

—Es que necesito llorar —responde triste Mr. Verde. Con la mano derecha saca un lápiz y comienza a dibujarse lágrimas en el rostro.

—Las lágrimas no disminuyen las penas, sólo dejan huellas en la cara... y en el alma.

Ambos guardan silencio. Se miran como buscando palabras.

—Antes había agua hasta para llenar gruesas lágrimas —dice Mr. Verde nostálgico—. Mares de penas —agrega.

—Sí, lo sé —replica con frialdad Mr. User—, lo leí en un libro de historia, hasta se escribían poemas. Ahora es diferente, tienes que conformarte con la dosis de agua que el estado asigna.

Acaba de decir esto y mira a cualquier parte, como reprochándole al vacío. Como lográndolo.

—El estar triste me ha dado sed. ¿Te quedará algún catete?

Mr. User rebusca en sus bolsillos, saca una jeringa.

—Es del mercado negro. Temo que esté algo contaminada —advierte. Tiende el catete a Verde.

—No importa, necesito el líquido —responde y recibe lo ofrecido todo al mismo tiempo. De inmediato se inyecta el catete en el pecho.

—El agua alivia el desierto del corazón. Pero la sed no está sólo adentro, está en todas partes.

Mr. User mira patético a cualquier lugar.

—Voy a morir pronto, Mr. User.

—¿Y qué puedo hacer?

—No se me ocurre nada. Todos mis pensamientos están puestos en el dolor.

—¿Te parece bien que organice un funeral? —pregunta User, ensayando una falsa sonrisa.

Se quedan sin decir nada. De nuevo las palabras sobran, las esquivan, prefieren por un tiempo nuevamente el silencio.

—Me parece que es lo más usual en estos casos —contesta Mr. Verde y vuelve a dibujarse lágrimas con el lápiz.

—Te he dicho que dejes en paz esos malditos lápices —implora User, entre suplicante y recriminador.

Mr. User observa la mano izquierda de Verde.

—¿Qué empuñas?

—El dolor, Mr. User, empuño el dolor.


En una habitación similar a la anterior, pero esta vez las ventanas tienen protectores cuyas imágenes son paisajes selváticos. Hombres y mujeres, todos calvos, semidesnudos y con gruesos anteojos oscuros retozan felices en las coloridas láminas. A lo mejor sea atardecer.

Entra Mr. User por el lado izquierdo realmente apurado. Llega al otro extremo y vuelve a regresar. Zigzaguea un par de veces más. Se detiene en el centro. Atrás hay una mesa rodeada de cuatro monitores de computadoras a manera de asientos.

—Tengo que organizar el funeral del color verde. —Se coge la barbilla. Sin soltarla continúa su zigzagueo. Esta vez más lento, como midiendo sus pasos, como escogiendo sus pensamientos.

Ingresa un androide bicéfalo con cuatro brazos. Mr. User lo ignora, sigue en lo suyo. Se detiene en el extremo izquierdo del cuarto.

—Tengo que organizar el funeral del color verde. —No abandona su barbilla.

—Ya encontramos el lugar ideal Mr. User —responden en coro las dos cabezas del androide.

User los mira alegre. Abandona la barbilla. —¿Qué carpa de ozono tiene? —pregunta.

Una de las cabezas, adelantándose a la otra que se queda con todas las ganas de responder, dice con voz aflautada:

—Carpa piramidal de ozono versión Milenium X, autorizada por el Ministerio Ambiental con oxígeno suficiente para dos semanoides y medio. Cuenta además con tejado superdeslizante para las molestas lluvias ácidas, con termostato enfríaparedes incluido y con protectores de ventanas con paisajes sugerentes. Todo certificado por la asociación ambientalista "Recicled is Love" y por el Ecology...

—Institute Interplanetario —interrumpe la otra cabeza a su colega de cuello.

—Gracias Alfred, gracias Albert; son muy amables chicos. Yo quisiera añadir a todo esto algo excéntrico, algo como... —mira intercaladamente a las dos cabezas.

—Ya lo tengo, User —exclama la cabeza que se supone es Albert—. Puedes incluir el alquiler por algunas horas de un CANINUS. Uno de aquellos ejemplares que todavía quedan en las reservas. Creo que en otros tiempos se llamaban Pedros, y que estaban incluidos en los animales domésticos...

La otra cabeza, Alfred, riéndose en complicidad con User, corrige:

—¡Cómo vas a decir Pedros! Se ve que el que te programó tenía problemas ortográficos o que conocía de animales tanto como nosotros del planeta de reciclaje, cuyo nombre es Hiedra.

—Temo que el programador también hizo lo suyo en tus circuitos —dice User a Alfred—. Los animales que ahora se conocen como CANINUS, y que sólo se encuentran en las reservas o en las mansiones de los acaudalados programadores, eran conocidos como perros —mira a Albert— y el planeta que los cobijó de donde también proviene mi raza —mira a Alfred— se llama Tierra. Y era parecida a esta réplica artificial en donde estamos, antes de convertirse en el basurero de chatarras que ahora es.

—Disculpe por el lapsus electrónicus —implora Alfred en actitud abyecta—. Probablemente se trate de un virus que me ha pasado este cachivache. —Mira con desprecio a Albert—. Es la desventaja de compartir un cuerpo. Uno termina contaminándose con los defectos del otro.

Albert mira indignado a Alfred.

—Que seas dos versiones más actualizadas que yo no te da derecho a insultarme. Desde que te instalaron a mi costado, me haces la vida imposible. —Las cabezas se miran mutuamente—. No soportas que yo tutee a User, no toleras los errores que tú jamás tendrás porque eres de una tecnología más reciente. Acaso no puedas comprender que yo he sido programado así... —mira a User—. Me daría el permiso de hacerme un cortocircuito.

User mira molestísimo a Alfred. —Última vez que deprimes a tu compañero; es la cuarta amenaza de cortocircuito en menos de una semana. ¿Acaso no te instalaron un poco de consideración? Él no está programado para la depresión. Comprende: es una versión algo antigua. Pero me he encariñado con él y con sus errores ¿Codificado, Alfred?

—Codificado, User.

El androide tiene ambas cabezas caídas.

—Les ordeno que olviden los agravios y que sean felices.

Las dos cabezas sonríen. En medio de grotescas maniobras con los brazos logran abrazarse. Se besan apasionadamente.


En la habitación anterior, ahora User está sentado encima de un monitor frente a cinco latas de conservas. Se coloca un par de guantes, escruta los códigos de barras, la fecha de vencimiento; asiente con la cabeza, comienza a descorrer el precinto de seguridad de la lata más gruesa. Es posible que la tarde continúe.

De pronto, como recordando algo, ¡Alfred, Albert!, grita.

Entra el androide bicéfalo apurado, un par de manos están cogiendo un enorme martillo, las otras dos empuñan un largo desarmador.

—Lo estuve pensando un poco mejor. Creo que mis gastos no permitirán el lujo del perro en el funeral.

—Felizmente la confirmación del pedido al SERVIDOR será todavía en veinte seudominutos —responden las cabezas a dúo.

—Bien, no lo confirmen. Quiero solamente una mascota inteligente y punto.

—¿Qué marca? —pregunta Alfred.

—Cualquiera.

—Mitsuthisi, la marca líder en sistemas inteligentes —responden las cabezas al unísono—. El androide señala con sus cuatro índices el gran emblema de dicha marca que tiene en medio del pecho.

—Supongo que esa fue una respuesta de fábrica —responde User con una sonrisa de medio lado—. Fidelidad cibernética.

La cabeza llamada Alfred decide especificar algunos detalles:

—La firma Mitsuthisi brinda la mascota inteligente CANINUS X-2 con una tarjeta de sonido capaz de reproducir 4.500 versiones de ladridos diferentes con subwoofer incluido en las mandíbulas. Cuenta además con 50.000 gates de memoria, capaz de almacenar 8.500 rutinas de piruetas y 900.000 distintas oscilaciones de cola. Sus Ojos son LCD de mercurio inane, puede videar o tomar fotogramas de 5000 x 5000 pixels de resolución. Reconoce automáticamente la voz del usuario a 1000 spaces a la redonda. El sistema es compatible con...

—Cualquier modulador de mando —interviene Albert— cuyo precio es de tan sólo 200 credit, con opción a refinancia...

—Es suficiente —interrumpe User algo incómodo—. Acaso creen que jamás he leído un manual de mascotas inteligentes. Yo he tenido una infancia normal.

En su habitación, el color yace muerto. Está totalmente desteñido. Sí sirve de algo: quizá comience a anochecer.

Entra Mr. User seguido por el androide bicéfalo que trae cargando en sus brazos una mascota inteligente.

—Enciendan los hologramas —ordena User sentándose al pie de la cama.

—¿Cuántos, User? —preguntan a dúo las cabezas.

—Unos cinco.


Ilustración: Elmo

El androide presiona algunas teclas que, a manera de escamas, le cubren una de las manos. Aparecen cinco personas llorando alrededor del difunto. Suelta también a la mascota.

—Es sorprendente cómo los hologramas dan la impresión de que las lágrimas son liquidas —advierte Alfred, sorprendido. El perro comienza a aullar.

—En un tiempo lo fueron, estimado Alfred. Lo leí en un libro de historia, hasta se escribían poemas de ello: "...las lágrimas son de agua y van al mar", algo así decía.

—¿Y a qué sabrían? —preguntan las cabezas.

El perro aúlla en un tono metálico. Falta ecualizar el surraund o el bass.

—Tenían el sabor del desierto, decía en un verso —responde User.

El androide bicéfalo lo mira extrañadísimo.

—No me pregunten qué es un desierto —agrega User al sentirse escrutado por aquellos cuatro ojos—. Lo he visto virtualmente. Habría que ir hasta la Tierra y coger un puñado y lamerlo, pero es una locura porque desierto también significa soledad, y para conocer su sabor no es necesario lamerlo.

Las cabezas se miran aún más confundidas. El perro deja de aullar, ensaya movimientos de cola.

—User, creo que es tiempo de tu discurso de despedida —advierte Albert.

—No soporto ese tuteo —refunfuña entre dientes Alfred por aquella familiaridad.

—Es cierto —responde User. Se pone de pie, colocándose en medio de los hologramas, a un lado del cadáver—. Hoy nos reunimos para despedir al amigo, al hermano. El polietileno que te envolverá no podrá emplasticar jamás tu recuerdo. Quedarás para siempre en nuestra memoria virtual. ¡Verde que te quiero Verde!, como dijo un antiguo poeta. Los paisajes de nuestros ancestros se tiñeron de ti, su felicidad junto a sus corazones también. ¡Adiós Verde! Pinta al cielo con tu belleza, aquí has teñido nuestro dolor.

User hace gestos al androide. Alfred lo comprende, presiona algunas teclas. Los hologramas lloran más intensamente, hasta gimen desconsolados. El cadáver deja caer el brazo izquierdo, que queda colgando al filo de la cama. En el extremo del brazo un puño aprieta.

El androide mira el detalle del puño que sigue sin desasirse:

—¿Qué empuña? —preguntan.

—Es un poco de tierra —responde User—, solía esnifarlo a escondidas.

—Ahora lo comprendo, el color Verde vivió dentro de ese terrible vicio —asegura Alfred, como si estuviese descubriendo una gran verdad.

—Los salvajes que aún quedan en la tierra haciendo la revolución ecológica contra el gobierno del plomo y sus aliados, la practican. Consideran a ese vicio como el más bello de todos, aman lo que queda de la selva y quieren...

—Que las computadoras sean hechas de madera—interrumpe Alfred a User—. Me parece estúpido que una sarta de salvajes pelee por unos cuantos retazos de vegetación. El plomo y sus programadores deberían acabar con esas alimañas... El gobierno debería ser más duro con los sediciosos.

—No debiste decir eso —recrimina Albert a Alfred en voz susurrante—. Definitivamente a ti no te han instalado la consideración. Acaso no recuerdas que User acaba de salir hace unos meses de un centro de rehabilitación de ese vicio ecológico.

El silencio nuevamente. Nadie parece atreverse a romperlo.

User saca un lápiz y se dibuja lágrimas en el rostro. La mascota comienza a brincar estúpidamente. El androide bicéfalo decide imitar el puño del difunto, ovilla sus manos. Las dos cabezas miran los cuatro puños y no le encuentran ningún significado. Hacen un grotesco rictus. Los hologramas presentan ciertas fallas en el llanto.

User suspende sus trazos faciales, mira apenado a las dos cabezas.

—No es el puño que aprieta a la tierra. Es la tierra que se esconde en un puño lo que me da tanta tristeza —concluye con tanta pena que se le resbala el lápiz lacrimal.

Los androides miran lo caído, tampoco le encuentran ningún significado. El lápiz lacrimal se queda ahí botado, esperando que alguien lo vuelva a coger para usarlo, ya que hay abundantes lágrimas por trazar todavía.



Viejas formas de llorar, y nuevas formas. Porque la tristeza y el dolor nos seguirán acompañando, ¿no les parece?

Pedro Félix Novoa nació el 19 de noviembre de 1974 en Lima, Perú. Ha publicado en su país, Chile, Argentina y España. Fue finalista con dos relatos en el Concurso Internacional de Cuentos de Ciencia Ficción del Fanzine Fobos y ambos cuentos aparecieron en Púlsares 2004. Ha obtenido premios y menciones en varios concursos, lo que lo ubica entre las figuras más promisorias de la literatura fantástica de su país.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Androides: Perú: Peruano).

            

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