EL TRIBUNAL

Mariano Cáceres

Argentina

Honorable tribunal, asumiré mi propia defensa para decir lo que ya dije: no había nada que yo pudiera hacer para ayudar al prisionero.

Ahí estábamos los dos, esa fría mañana, en el todavía oscuro pabellón. Él esperaba acostado en su camastro, yo de cuclillas, colgado a mi espalda el Mauser. En unas horas vendrían a buscarlo para llevarlo a la cámara.

Sin embargo, eso no tuvo nada que ver con el hecho de que lo haya dejado tomarme la mano, como denunció el guardia de turno. Lo dejé tomar mi mano porque necesitaba su confianza, incluso a pocas horas de su muerte. Soy consciente de las consecuencias de lo que hice, pero también de la importancia de la información que yo buscaba.

Lo habíamos encontrado durante un rastrillaje por la zona de Wissembourg, en busca de franceses rezagados. Al principio lo confundimos con un cadáver. Estaba quieto, hecho un ovillo sobre la nieve. Pero cuando nos acercamos a él, alguien lo tocó con la punta de su bota y el hombrecito se quejó. Fue un extraño sonido. Se sentó y miró los cañones que le apuntaban al rostro. Respondió a nuestras preguntas con mirada azorada; por su acento era evidente que no era alemán. Tampoco francés. Ni judío; no parecía tener miedo. Creo que no comprendía cabalmente la situación en la que se encontraba.

Pese al frío, vestía la misma camiseta que llevaba puesta esa mañana, en su celda. Su piel era extremadamente pálida y la surcaban zarcillos de venas moradas. Sus hombros eran angostos y todo él me causó una profunda impresión de fragilidad. Reconozco que lo compadecí. Como compadecería a un perro baleado que se demora en morir.

Días después, de regreso en el campo, supe que el prisionero había sido interrogado sin obtenerse resultados. No participé de esas sesiones, ni me fue contado por nadie: los gritos del hombrecito rebotaban en las paredes metálicas de los pabellones.

"¡Machinfago! ¡Machinfago!", gritaba, "¡ese acero me hace mal, amigos, en serio daña, ¿no ven, no ven?, me daña!", lloriqueaba, "perculatas, piedad... amigos de mí, por piedad, perculatas... Hay... verjena... ¡sale mía, me hace daño, verjena!—suplicaba.

Fueron esas extrañas palabras, reproducidas con la mayor fidelidad de que fui capaz en los cuadernos que oportunamente presenté como pruebas durante el transcurso de este juicio, las que llamaron mi atención y motivaron que, al cabo de una semana de interrogatorios y aislamiento, y de gritos y ruegos y palabras desconocidas, solicitara yo a mi superior, Herr Coronel Loewenthal, permiso para proceder con el interrogatorio. Pensé que el prisionero tal vez estaba entrenado para soportar las torturas, pero que si me autorizaban a emplear métodos no convencionales quizá lograra sacarle algo de información.

La primera vez que me acerqué a su celda, estaba en posición fetal sobre su camastro. Pero no dormía, y dudo mucho de que alguna vez lo hiciera. Me miró con extrañeza y no sé qué le dije, pero comenzó a llorar. Otro día me explicaría que eso no era llorar, sino, como le diríamos nosotros, indagarme, dijo. Creo que se refería al efecto que tiene una sonda, es decir, provocar una reacción en el otro para estudiarla luego. Después de indagarme, entonces, de comprenderme, de absorberme, como dijo textualmente, le parecí "simpático" y me aprobó. Por su parte, me causó la impresión de no entender, todavía, el motivo de su detención y de los interrogatorios. En cierto sentido, me recordó a la manera de hablar de los niños.

Varias noches las dediqué, después de cumplir con mis labores en el campo, a acercarme y hablar con ese hombre. Incluso sacrifiqué horas de mi descanso, por entender que el prisionero podía brindarnos alguna información de utilidad. Por ejemplo, a diferencia de quienes lo habían interrogado los primeros días, yo entendía que su asombrosa resistencia al frío extremo tenía que ser estudiada. Una medicación que produjera ese efecto serviría para crear un ejército capaz de resistir un ataque a Rusia, y creo que esto solo es suficiente para justificar mi interés, estrictamente objetivo, en ese individuo.

Me mostró las cicatrices en su cuerpo, a través de las cuales pude corroborar lo que ya sabía acerca de los eficaces métodos de interrogación utilizados por mis compañeros. Sus delgadas muñecas estaban surcadas por las correas de cuero que lo habían afirmado en la sala de tortura.

Las respuestas que obtuve de él son, en todos los casos, antojadizas y dispersas, como si el individuo desvariase y no pudiese prestar atención a mis preguntas. Viene al caso citar por ejemplo que no conseguí que me dijera su nombre. No se negaba a dármelo, al contrario, siempre se mostró amable y bien dispuesto. Era, más bien, como si yo no fuese capaz de hacerme entender por él, o como si él fuera incapaz de comprender lo que significa un nombre. Como sea, anoté sus respuestas por escrito y de ellas informé debidamente a mis superiores. No agotaré la paciencia de los miembros de este tribunal; basta con una muestra:

"El recuerdo primer que tengo, amigo de mí, es correr en campos que ustedes llamar dorados, aunque no lo eran, con luz del sol cayendo sobre mis alas desnudas".

"Yo era apenas niño... aunque nosotros no caemos niños, no... al brumaniar el año, también brumaniamos nosotros, simplemente. Y para ustedes, todavía yo soy un niño".

Semejantes respuestas no pudieron ser consideradas por mis superiores como otra cosa que el digno producto de un enfermo mental. De manera que decidieron retomar las sesiones clásicas de interrogatorio.

"¡Machinfago con él!", rieron mis compañeros mientras torturaban su cuerpo. Y mientras más el hombrecito les decía, menos le creían, y más lo golpeaban, cortaban, quemaban. Pero como la guerra nos abastece de prisioneros con información mucho más valiosa y, sobre todo, creíble, dejamos de darle importancia. Finalmente, se ordenó su muerte, en la cámara de gas, junto a los prisioneros comunes que llegan del sur.

Decidida su suerte, con el correr de los días todos en el campo lo olvidaron y el prisionero pudo descansar. Como no se me había ordenado en ningún momento lo contrario, continué acercándome a su celda por las noches.

Considero que en este punto no he desobedecido ninguna orden directa de un superior. He entregado a la comisión investigadora los dos cuadernos que completé con dichas conversaciones, a la espera de que sean de provecho para el Reich.


Ilustración: Oscar Capristo

Cito textualmente de nuestra última conversación, realizada en la medianoche anterior a la mañana en cuestión, mientras esperábamos que lo vinieran a buscar los guardias:

"Lo que más extraño, amigo, en estos campos lejanos, es la emoción que me llenaba cuando nuestras tres lunas bañaban en azul plateado la infinita llanura... Espectáculo, dirían ustedes... no encuentro palabras para contarte..., es como asomarse a un acantilado, cantilar, le decimos nosotros, a esa perplejidad de sentir que lo observado nos observa".

Aunque ya era flaco como una rama cuando lo encontramos, había adelgazado mucho y se le notaban los huesos.

Buscó mi mano con una débil ansiedad y le facilité la tarea acercándosela. Dado el estado de debilidad en el que se encontraba el detenido, no consideré arriesgado hacerlo; de ninguna manera estaba en condiciones de encarar una fuga física, como ya he dicho. En este momento es cuando el guardia nos vio.

Esa última noche permanecimos en silencio la mayor parte del tiempo. En cierto momento, su mano se crispó en la mía, y de nuevo se quejó. Se esforzó por mirarme a los ojos y yo me desplacé para facilitarle la tarea. Me acerqué lo más que pude. Sus ojos eran muy grandes y amarillos. "Cantila conmigo una vez más, amigo", susurró apenas. "Sí...", le dije,"...amigo". Y nos quedamos callados, asomado el uno al otro. El sonrió en una mueca. Después su mano se aflojó y lo solté. No había nada que yo pudiera hacer para ayudarle.

Permanecí un largo rato sentado en el suelo, tal como indicó el guardia de turno. Pensaba en problemas personales, y si mis hombros temblaban, como se ha declarado aquí, era únicamente a causa del frío, hizo mucho frío la noche de ayer.

Después me levanté, cerré con llave la celda y salí del pabellón. El eco de mis pasos rebotó en las paredes hasta que estuve bien lejos.

No volví a verlo.

Diré lo que ya he dicho, honorable tribunal: lo que haya pasado con su cuerpo esa mañana supera mi entendimiento.



Viajeros de lugares remotos, desconocidos, inaccesibles. ¿Cuántos de ellos habrán pasado por nuestro mundo sin que hayamos sido capaces de comprender en lo más mínimo quienes eran, a qué habían venido?


Mariano Cáceres nació en la Argentina en 1973 y escribe regularmente desde hace cinco años. Próximo a recibirse de licenciado en Comunicación Social, alterna su trabajo de periodista institucional con la producción literaria y el envío de cuentos a concursos. El Tribunal es su primer cuento publicado en Axxón, y el segundo en un sitio web.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Viajeros: Argentina: Argentino).

            

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