EL ESPEJO DE VALUSIA

Patricio Alfonso

Chile

—Quédate aquí.

Así me lo había dicho, mirando la escayola de las paredes, con esa manera suya lejana, ausente y a la vez tierna, y yo me quedé, y separamos pieza. Y al cabo me fue gustando porque se veía toda la bahía, y a lo lejos Viña, y más lejos todavía, Reñaca y las dunas de Concón. En cambio, la pieza de él (desde ese momento la pieza de él, la pieza en la que habíamos estado cohabitando, compartiendo, conviviendo desde que nos instalamos en esta casona de Cerro Alegre huyendo del farragoso tráfico de Santiago) era un cuarto oscuro, que si no le hubiésemos puesto el espejo en el cielo raso no hubiese habido modo de alegrarlo un poco. Me refiero al otro, al grande que vino con la mudanza. Porque esa misma mañana, el mismo día en que me dijo "Quédate aquí" , con esa manera suya ausente y a la vez tierna, yo me acordé que era sábado y le propuse:

—¿Por qué no bajamos al plan? Podríamos ir a dar una vuelta a la feria de antigüedades y después almorzar en el Almendral.

Aceptó encantado. Y es que a los dos nos fascina todo lo que huela a cachureo y mercado persa, escarbar entre libros y revistas viejas, volver a la casa cargados con paquetes de primorosos objetos inútiles, botellitas, trozos de maquinaria, estiletes y abrecartas labrados por un artesano tres veces muerto. Era fresca y soleada la mañana de otoño en la Plaza O'Higgins. Mientras él husmeaba entre Veas, Penecas y Playboy de los sesenta, yo no podía dejar de mirar al viejo del tenderete del lado, un anciano de cabellos albos e innegable aspecto de semita, un ser que parecía tan arcaico como las antigüedades que ofrecía: bibelots, tocadores del siglo XIX, alfombras de Boukhara y Samarcanda, pisapapeles de cristal veneciano. Y el espejo. Mi vista se prendió a él y se olvidó de todo lo demás. Tenía un marco de madera tallado en forma de sinuosas espirales, y juro no haber visto una madera como aquella. Verdosa, con insinuadas zonas negras que parecían las marcas de la piel de un animal, y un inusitado brillo rojizo. Alargué una mano para tocarla, y la retiré de inmediato. La sensación que tuve fue la misma que cuando pequeña, la vez que un tío que vivía en una zona rural ofreció a mis dedos una culebra que había cogido en el campo. Incluso creí sentir que la textura de aquel marco era sutilmente escamosa. Él se acercó, y también cayó bajo la fascinación del espejo. Pero no miraba la madera. Miraba la luna. Una luna que parecía negra, negada para devolver la luz, y en donde se movían raras sugerencias de paisajes lejanos, de mundos espectrales más allá del tiempo. Cuando seguí la ruta de sus ojos, tuve la sensación de caer en un abismo de vórtices infinitos. La voz del viejo me sacó de la hipnosis.

—Procede de Valusia —dijo.

—¿De dónde? —preguntó él.

—De Valusia —repitió el anciano con voz pausada.

—¿Dónde queda éso?

El viejo hizo un gesto entre afable e impaciente.


Ilustración: Aradano

—Si quieren llevárselo, se los dejo barato. Ya me estoy aburriendo de él.

Qué rico; almorzar en El Almendral, congrio frito y vino blanco; llegamos temprano a ubicar una mesa. No compramos nada más en la feria porque la adquisición del espejo nos dejó tan embobados que salimos de ahí contentos como unas pascuas; lo llevábamos envuelto en papel de diario amarrado con pita plástica; no hallábamos la hora de volver a la casa para desenvolverlo. Él lo sacó, lo miró una vez más largamente, puso un tremendo clavo para colgarlo en la pared frente a la cama donde nos tumbamos a hacer el amor reflejados en el otro, en el de arriba, y donde nos tomamos otra botella de vino blanco heladito.

En la noche yo me quedé dormida, agotada de sexo y de alcohol, pero tengo el sueño liviano, y escuché el crujido que hizo el catre cuando él se levantó, y por la luz que entraba por la puerta vi que estaba absorto mirando el espejo. Yo iba a preguntarle, iba a prender la lamparilla, pero el sueño me venció y me quedé dormida de nuevo. Y fue al otro día cuando él me dijo: "quédate aquí", con esa manera suya ausente aunque tierna, y me trajo la cama para acá, y él se quedó con el catre de campaña que tiene de cuando fue marino. Me limpió la pieza, me la decoró primorosamente y me trajo el espejo grande. A mí al principio me dio rabia y pena separar pieza, pero después me fue gustando, porque se veía toda la bahía, y a lo lejos Viña, y más lejos aún Reñaca y las dunas de Concón. Y le propuse:

—¿Porqué no te vienes tú también para acá?

Me besó en los labios sin contestarme. Pero jamás pasó una noche aquí. Y si venía a hacerme el amor, lo que ocurría cada vez menos, siempre se volvía a su cuarto. Y yo tengo el sueño liviano, y a veces escuchaba los ruidos que venían de su pieza. Hasta que un día no pude más, y me levanté para ir a ver. La otra pieza era muy oscura, pero ahora estaba toda iluminada con una luz verde que no era la de la lamparilla. Me quedé estupefacta cuando vi que la luz salía del espejo, y más todavía cuando a través de la luna contemplé ese paisaje que no era de este mundo, esos páramos verdes y pantanosos y esa ciudad de piedra con agujeros como madrigueras, y de ellos saliendo esos seres, seres como serpientes, aunque con rasgos humanos, y arriba iluminando esa estrella verdosa cuya luz salía del espejo ante el cual él permanecía de pie, inmóvil como si estuviera congelado. No me atreví a decir nada y me volví a acostar, aunque no pude volver a dormir en toda la noche, y al otro día él estaba como siempre, cariñoso con ese distante cariño suyo.


Dormí todo el día, falta de sueño como estaba, y en la noche me hallaba despejada, con la cabeza lúcida, y pensaba que todo había sido una pesadilla. Pero volví a escuchar los ruidos, los mismos ruidos que la noche anterior, y me volví a levantar, y fui a espiar y vi de nuevo la luz verde, la ciudad en el espejo y la estrella coronando el paisaje espectral. Pero ahora él estaba en la cama, y no estaba solo, no. Algo estaba sobre él. Era como una serpiente, pero tenía senos y cara de mujer, y enroscaba su cuerpo en torno al cuerpo yacente y desnudo de él. Mi primer impulso fue gritar, hacer algo para salvarlo de ese ser espantoso, pero entonces ví su cara cuando ella acercó a su boca la lengua bífida que entraba y salía de la suya. Y vi que lo que había en su rostro era placer, un placer infinito. Me volví a mi cama y oculté mi rostro entre las sábanas.



Nadie duda de que los espejos son portales a otros mundos, y que hay tantos mundos como espejos.

Patricio Alfonso es chileno. Ha colaborado con Fobos y Alfa Eridiani y ganó el Concurso de Cuentos de Ciencia Ficción del Departamento Cultural de la Municipalidad de Talagante, en Noviembre de 1999. Es miembro del Grupo Freaks, que se dedica a la difusión del género fantástico, y realiza un taller de literatura de CF en el Pueblito del Parque O'Higgins, en Santiago.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Portales: Chile: Chileno).

            

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