YASÍ YATERÉ

Alejandro Ferreyra

Argentina

Era un día de calor, de esos muy pesados a fines del verano, cuando se están acabando las vacaciones. Ellos eran una familia de la ciudad que hasta entonces había salido de vacaciones sólo a los lugares turísticos clásicos, playas o sierras. Fueron semanas de ahorro y silencios cómplices, hasta que un domingo, después del mediodía, con los platos ya vacíos sobre la mesa del almuerzo, le contaron a la niña sus planes de vacaciones.

Papá Jorge y Mamá María habían decidido gastar unos pesos y alquilar una cabaña en Misiones, cerca de los saltos de uno de esos ríos frescos y torrentosos que corren en la selva...

—Muchísimo calor..., treinta y pico de grados a la sombra, un sol que fríe las ideas, pero la selva verde está siempre presente, llena de pájaros, monos, víboras, mariposas, flores...

—¿Arañas? ¿Arañas también? —preguntó entre asustada y divertida Clarita.

—Sí... arañas y cascarudos, escarabajos y hormigas... y moscas y mosquitos —asustaba divertido Jorge, mientras con los dedos hacía cosquillas en el cuerpo de la niña, que se escurrió y corrió hacia mamá.

El comedor se llenó de risas y pasos que tropezaban entre sí.

Papá la perseguía en cuatro patas por el suelo y murmuraba arrastrando las palabras.

—...bichos que te pican sobre la ropa, zarzas y ortigas que si las tocás te queman. O te llenás de ronchas coloradas...

Y María, tan rubia como su hija, abrazó sonriendo a Clarita, aunque su mirada viajó seria y sin sonrisas hacia Jorge.

—Pero el aire está lleno de perfumes, el viento te refresca en la sombra, los miles de colores de las aves libres pasan por arriba tuyo —recitó como si fuera una plegaria de protección—, el río de agua limpia y fresca, pájaros que pescan desde los árboles y peces saltando en las cascadas...

—¿Y árboles de cuchillos? —Ya segura en los brazos de la mamá desafió al papá—; ¿telarañas de miguitas de mantecol tampoco?

—Sin cuchillitos, el mantecol se lo come Clarita, la nena chiquita que deja miguitas... y ahora vas a ver qué pasa con esas miguitas.

Así, entre juegos y bromas, Clarita se fue durmiendo.


Días después partieron hacia el norte. Su destino era un complejo de cabañas en medio de la selva, a orillas de un río que corre encajonado entre barrancas de tierras rojas.


Cuando llegaron al lugar, don Jaime, un paisano de diente de oro, grandote y medio colorado, típico mestizo de polaco o alemán con india guaraní, los llevó a pasear por el complejo para que eligieran una cabaña. Era una época de muchísimo calor y el complejo nuevo no era muy conocido, por lo que casi no había turistas, pero aún así insistieron en estar donde nadie los molestara.

Jorge había elegido quedarse en la cabaña más lejana, pero más cerca del lugar donde el río formaba una pequeña ensenada. En ese punto, junto a las barrancas, parecía descansar un momento antes de doblar al oeste, lo suficiente como para formar un pequeño vado pedregoso, al sur del cual estaba la selva más virgen y espesa.

—Bueno, che patrón, este es su "bungalou"; está medio lejos de las demás casitas, pero también es el de mejor vista al río. Era la antigua casa de mis abuelos, por eso es ruidosa en la noche. No, no son fantasmas, los mboguá duermen en el monte. Pero eso sí, tenga cuidado con su niñita, mire que acá el río corre medio encajonado y la corriente puede ser brava. —El pulgar gordo señalaba detrás de ellos una hilera de hortensias rosadas que contrastaban con el celeste del cielo, asomándose encima de ellas.

—Muchas gracias, don Jaime. Se escucha el bramido desde acá —asintió Jorge—. ¿Y cómo hacemos con el desayuno? Nos gustaría darle leche fresca a Clarita. Y la verdad, es que somos muy remolones en vacaciones... —Mientras él sonreía, Clarita saltaba tomada de su mano, fascinada por los cantos de las aves y los chillidos de los monos en la selva cercana.

—Mire, si quiere le mando traer un par de litros de leche recién ordeñada, en la madrugada... Bueno, no me pongan esa cara, tampoco. Mi pibe es de confianza, pasa y se la deja inclusive en la heladerita, así no se tienen que despertar tan temprano. Y cuando se levantan ya está bien fresquita, ¿le parece?

—Pero no todos los días, con un par de litros día por medio podemos estar bien..., con que las deje acá en los escalones alcanza, sólo Clarita toma leche y...

—Mientras la "yervan" y la guarden en la heladera sí... Más no por la calor que hace estos días, ¡uf! —resopló acalorado don Jaime mientras alzaba la vista al cielo brillante—; no veo la hora que lleguen las lluvias.

Jorge caminaba tranquilo por la galería de piso de madera oscura, bien cepillada, acompañando a don Jaime. La conversación se hizo casual mientras rodeaban la casa, bajo esa sombra fresca; afuera el sol de la tarde calentaba los macizos de flores en el jardín, que defendían a la cabaña de la selva verde. Una carretilla con macetas cubiertas de flores rojas y amarillas ponía una nota de color al lado del sendero por donde habían llegado. Desde el jardín, por un par de escalones de madera que crujieron muy suavemente a su paso, subieron a la galería que corría alrededor de la casa. Jorge se detuvo, sorprendido y señaló un platito de plástico en un rincón; era de un rojo desteñido, gastado por el uso con un poco de yerba mate, dentro de una pequeña bolsa abierta de tela clara.

—¿Qué es eso? ¿Ahora los gatos toman mate? —preguntó Jorge, ligeramente socarrón.

—¡Ah! No —sonrió don Jaime mostrando su diente de oro—, es para el duende, el Yasí Yateré, que suele verse por estos parajes a veces y así nos trata bien.

El hombre de la ciudad rió a carcajadas. —Duendes, y fantasmas también —siguió riendo.

—No se ría, che señor, los mboguá se pueden molestar...

—Los boguá, y los watusi también...

—Papi, ¿me puedo agarrar la bolsita, para guardar piedritas? —Colgada de los pantalones estaba Clarita, divertida, haciendo morisquetas.

En la distancia, un chillido se alzó estridente. Se interrumpió de golpe la risa.

—¿Oyó, don Jaime?

—Será algún carayá. —El diente de oro ya no sonreía; ahora era de un amarillo más opaco—. Pero ché señor, es cierto que el Yasí Yateré viene para acá buscando yerba pa'cebarse unos mates o tereré...

—Bueno, vaya tranquilo don Jaime, nos vamos a cuidar de las yararás, la Yasí y las moscas. —Palmeó la espalda del hombre y entró a la cabaña de la mano de Clarita. El paisano se quedó mirando al suelo mientras sus nudillos apretaban blancos el sombrero.


La tarde cayó de fuego sobre los árboles.

Con los últimos rayos Jorge acomodó los sillones de mimbre para que apuntaran al ocaso. Adentro, María terminaba de abrir las valijas. Clarita se acercó con el plato rojo y la bolsa de tela en las manos.

—Clarita, acordate todas —remarcó Jorge—, pero todas las mañanas de poner las miguitas de las comidas en ese platito rojo, así vemos los pájaros bien de cerca.

El plato tenía restos de pan y galletitas.      

—¿Así papi?, ¿y dejamos el platito acá adentro?

—No seas boba, lo dejás sobre el pasto. Los pajaritos viven en los árboles como los monos. Ah, Clarita, la bolsita podés usarla, pero cuando nos vayamos se la tenés que devolver a don Jaime.

Clarita agitó su melena afirmativamente y salió al jardín. Caminó haciendo equilibrio con el plato, mientras bajaba de uno en uno los escalones de madera. De la casa ahora llegaba la música de una radio, mientras algunas luces se comenzaban a encender con el brillo blanco del lucero.

En ese momento salió María, con un aerosol en la mano, un vuelo de falda blanca y la sonrisa sencilla.

—Jorge, ¿te ponés un poco de repelente?... No quiero que me despiertes rascándote cada cinco minutos.

—Bueno, es el problema de estos lugares, los bichos... —cerró los ojos mientras recibía la llovizna sobre la cabeza. María, se sentó encima de él para untar su rostro con repelente. Su mano se distrajo en una caricia sobre la sombra de la barba.

—Es hermoso acá —dijo mirando los árboles con sus cimas de oro por los rayos de sol demorados en las ramas superiores.

—Sí, tenés razón. Mañana me afeito, a primera hora...

—¡Pero si no me quejé!... Además, como no hayas traído en tu riñonera un adaptador para el enchufe, usarás navaja...

—Podría usar la guadaña con la que mantienen tan lindo este jardín; mirá que ordenadas las hortensias, el sendero de polvo de ladrillo...

—Cuando dije hermoso miraba la selva, los jardines los disfruto en el barrio..., a vos siempre...

Se escuchó un pie liviano detrás de María.

—Mami, me pican los bichos; ¿tenés "pelente"?

—Acá, Clarita, cerrá los ojos que te llueve el repelente de "mostros" y bichos...


Durante largo tiempo paseó por las selvas. Venía desde el sur, cada vez más civilizado, donde los bosques se habían cubierto de nubes de humo. Los bosques eran nuevos manchones de árboles, ordenados en filas; eran árboles extraños que no sabía cómo llamar. Hubo un tiempo que conocía cada corteza y cada rama con los ojos cerrados. Ahora sus ojos oscuros se habían convertido en un lodo rojo, y la plata y oro de su melena se había opacado en el sol de las llamas. El barro de los ojos se había secado en los campos, ardiendo mientras huía a la par de los aguará guazú. Sus largos cabellos perdieron vida atravesando el vapor de los arroyos, donde habían agonizado sus amigos, los agutí.

Al caer la noche, apoyó la espalda contra el tronco de un lapacho y se dejó resbalar hasta el suelo. Sus piernas arqueadas temblaban de cansancio.

La sed aumentaba con las horas. Estaba muy débil. Sólo podía pensar en saciarse. Sopló y agitó desganadamente el mate, oyendo las ramitas resecas en su interior, pero no era la lluvia de abril acercándose en marzo, apenas era una calabaza coloreada de terracota, rojos, ocres y algunos trazos amarillos.

El bosque estaba muy oscuro y silencioso.

En las sombras dentro de las sombras de la noche, una luna clara se adivinaba, más que verse. Resopló cansado. Se detuvo y aguzó el oído. Oyó que venía abril saltando en los montes lejanos, más lejos aún, junto al río sin orillas, entre las ramas de los árboles enormes, camino al norte sobre los rápidos del río encajonado. Llegaban las lluvias, tenía sed pero no tenía yerba. Y recordó que estaba cerca de la aldea de sus amigos; allí podría conseguir yerba mate. O a un sol más allá, había otra cabaña donde siempre le habían dejado yerba mate.

Así que se irguió sobre su bastón de oro y se puso su sombrero de ala ancha, por si apretaba el calor por el camino. Y siguió caminando mientras silbaba una melodía.

Era casi el mediodía; el sol reflejaba y quemaba en el alambrado, del otro lado un claro invadido de cardos con flores azules. Entre los desgarros de la tierra se aferraban algunos yuyos y en el centro un montón de "fierros" amarillos y aros negros bramaban escupiendo polvo al cielo claro. Iban cruzando su senda una vez, volvían sobre sus pasos y escarbaban el suelo buscando algo, guiados por uno de los gringos de cabeza amarilla.

Del otro lado se veían unas manchitas marrones tras la nube de polvo. Caía la nube y se adivinaban los "gurises" aferrados a las piernas combadas de sus madres, las cabezas gachas de los hombres. El viento seco se llevó el lamento de la tierra, arrastró el polvo colorado; el viento secó el llanto, el grito de los chicos; se alzaba en el aire el murmullo de la gringada.

Todo el ruido le dolió en los oídos y, saltando despacio, se escondió en su sombrero y volvió a la sombra fresca. Esperaría la noche, cuando se fueran los gringos y sus máquinas.

Ya no habría recuerdos de la aldea para entonces, sólo hastío y sed para empujarlo más allá, hacia el río y la cabaña ribereña.


Clarita oyó el rasguñar de las ramas de los árboles en el techo y se despertó de golpe. No había luz, pero no le importó, su papá decía que ella era su luz de cada día. Y así se dormía todas las noches, en la oscuridad solitaria de su cuarto, en el edificio de la ciudad, lejos, al sur, junto a un río calmo. Pero ahora estaba en la casa de madera quejumbrosa, enclavada en la selva. Había mosquitos y una suave canción.

Se irguió y prestó atención. Silencio. Y si afinaba el oído, el rumor del río. Apoyó de nuevo la cabeza dorada en la almohada, para seguir durmiendo. Otra vez la canción, pero llegando desde afuera. No era la radio. Se bajó de la cama y corrió en silencio a la ventana. El crujido de las maderas del piso se confundía con las ramas rozando el techo. Observó la noche atentamente, ocultándose tras la cortina floreada de girasoles. Nada.

En puntas de pie, volvió a la cama y al meterse entre las sábanas, nuevamente una leve brisa trajo aquella melodía. Algo triste y algo veloz. Se repitió, alzando y bajando como el martín pescador que su papá le había mostrado esa tarde desde el barranco del río, cuando el pájaro se zambulló en las aguas brillantes para volver a volar con una pieza de plata en el pico.

No puede ser, ¿quién hace la música?

Descalza, pisó el suelo de madera con suavidad. Tomó una linterna de su mesa de luz y salió. ¿Acaso no era ella como esa chica que peleaba contra monstruos en la tele? Además, no sea que se despierten mamá y papá y me reten por salir en la oscuridad. Ellos no quieren que salga, pero yo ya soy grande y valiente... Bueno, a veces, pero no creo que una cosa así de bonita me haga mal.

Al abrir la puerta que daba a la galería vio y se supo vista. Cantaba y parecía que la canción era su nombre y muchos más. Subía y bajaba en los sonidos, era un ave y una sombra desconocida con un sombrero de alas anchas. Un enorme árbol y un yaguareté y un lagarto de miles de patas y una señora joven de larga cabellera, luego una niña de cabello de oro blanco. Un rayo de la luna llena se coló entre las nubes.

En aquel momento se clavaron las miradas. Las niñas se vieron inundadas de luz de luna. Clara avanzó hacia ella misma.

Una lechuza cantó afuera, en la noche y se abrió la puerta del dormitorio, muy despacio. María, levantó su mirada y vio a Clarita avanzar lentamente en la penumbra. Ella sonrió a su hija y alzándola la acostó entre ella y su esposo. Seguramente alguna pesadilla nocturna la había despertado. No advirtió que la niña tenía en su mano una varita dorada, caprichosamente agujereada en ambos extremos.


El muchacho avanzó chapoteando en el barro debajo de la tormenta que se iba alejando. Llovía apenas, mientras al norte se apagaba el ruido de los truenos. Llevaba en sus manos dos botellas verdes llenas de leche. Era el mediodía y ya era tarde para la entrega, y hacía un par de días que no les traía la leche recién ordeñada. Le extrañó que no estuvieran las botellas vacías en la galería. Temió, más que la tormenta que lo había encerrado en su casa, la furia del patrón por su falta.

Silbó y llamó desde los escalones al pie de la galería.

Sólo se oyeron, respondiéndole, gritos de aves en los árboles. Caminó por la galería rodeando la cabaña, hacia la pequeña cocina en la parte trasera, observando las puertas y ventanas abiertas de par en par, de cara a la selva. Las cortinas colgaban hacia fuera, empapadas por la lluvia reciente. En la galería no estaba el plato rojo con yerba.

—Patrón, le dejo otras dos botellas. —Al abrir la puerta de la heladera vio otro par de botellas llenas—. Raro, dos días y ninguna vacía. —Cerró la heladera y se dirigió curioso a los dormitorios abiertos; sus botas húmedas dejaban un rastro de barro seco.

Lanzó un grito, un solo, largo aullido. Huyó de la cabaña y se perdió en el silencio de la selva, sólo interrumpido por el chapoteo de las pisadas atropelladas, hacia la picada por donde había venido. Resbaló en el barro y siguió y siguió, huyendo hacia las casas, gimiendo con los ojos desorbitados.


La cámara se eleva al cielo acompañando el vuelo de unas moscas.

—Listo, pibe, salí de acá. Pero acordáte que esto se ve recién a la noche en la tele. Si se ponen, que sino se las mandamos a Esto Pasó.


Ilustración: Luis Di Donna

El gendarme empuja suavemente a su compañero hacia la puerta y se vuelve hacia el casero. Saca un cigarrillo y lo enciende con un fósforo. La chispa ilumina sus bigotes y se refleja en los oscuros ojos achinados.

—A ver, contáme, che, ¿cómo fue la cosa? ¿Dónde está la pendejita?

—No sé, "usté" sabe cómo es la selva por acá. La selva tiene sus gentes y las respetamos.

—¿Así que el duende? ¿Otra vez como el mes pasado, por los esteros? ¿Y no le dijeron a la gente ésta que se cuide?

—Sí, pero estos "facultativos" creen sabérsela' toda'...

—Bueno, voy a mandar a rastrillar el monte. No toqués nada que ahora traen los perros. A ver si tenemos suerte y aparece allá adentro del monte. Otras veces pasó...

Camina hacia la puerta, mirando el piso de madera manchado de barro.

—El río está cerca ¿no? A veces se llevan a alguien los remansos... —Murmura sobre el cigarrillo—. Pibe, vení, mejor borrá todo o nos metemos en más kilombo.

—¿Y qué hacemos con ellos, Chavez? —pregunta el otro gendarme desde el dormitorio, zumbón, como las moscas gordas que vuelan ruidosamente de fondo.

—¿No me oíste, ché Piscuí?, no toqués nada, salí de ahí y no pisés sobre ese rastro de barro. Y sacáme las macetas de la carretilla de ahí afuera. —Se acuclilla y mira callado el rastro del pequeño pie descalzo que entró y salió del domitorio en penumbras. Desde allí observa imaginándose el momento. Ellos vestidos con sus piyamas, el ventilador de techo siseando en la habitación, igual que en este momento, insuficiente para alejar los insectos. La noche cerrada y tal vez la tormenta que llegaba agitando las cortinas. Desde el vano mira la cama matrimonial.

La puerta está entreabierta, y mientras se acerca ignora los ruidos, la respiración, el volar de los insectos, el rugido apagado del río. Camina y ladea la cabeza un instante hasta elegir acercarse por el lado izquierdo, donde adivina una forma femenina en las sombras. La madre. En seis pasos, rodeándola, está a su lado. La contempla. La selva invade con sus sonidos, los insectos volando, el río crecido. El silencio está lleno de ruidos salvajes.

Sobre la cama los dos cuerpos están abrazados. Cubierta casi hasta los hombros por las sábanas blancas está la pareja aún dormida, ella apoya su cabeza en el hombro de su compañero. El brazo de él se estira en cruz bajo su cuello, acunándola. Un abrazo eterno de cabellos y piel reseca sobre los huesos. Bien abiertas las cuencas contemplan la puerta. Los ojos inmóviles son un amasijo de palitos y yerbas secas. Una lágrima había corrido trazando una línea roja en cada mejilla.

Gira y sale al día gris. Sigue caluroso. —¡Ah!... poné de vuelta el platito con la yerba. La leche me la llevo para mis pibes.



Un descanso agotador: lo fantástico local puede ser tan inquietante (o más) que los monstruos foráneos.

Alejandro Ferreyra, 41 años. Es Analista de Sistemas y escritor aficionado, pero antes de eso, lector enviciado de ciencia ficción, fantasía, poesía y surrealismo. Si bien estas dos formas de expresión son las habituales en él porque le brotan más sencillamente, esta aprendiendo a escribir prosa en el Taller 7. Hasta ahora sólo había publicado un cuento corto en Necronomicón N°5, pero últimamente ha incursionado en los mitos locales que lo asustaron de niño para crear cuentos de fantasía como el que acaban de leer.


Axxón 159 - febrero de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Mitos locales: Argentina: Argentino).

            

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