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VISITA AL EXTRANJERO
por Ezequiel Gaut vel Hartman

 

Sobre la novela corta de Albert Camus El extranjero pesa con frecuencia un equívoco que ha llegado a oscurecer tanto la naturaleza del relato como la intención que tuvo el autor al componerlo. El error consiste en suponer que El extranjero debe valorarse en clave de realismo cuando se trata de una novela especulativo-filosófica.

Una definición preliminar y meramente operativa de realismo, circunscripta únicamente a los fines de este artículo, sería la siguiente: El realismo consiste en que en una ficción dada, tanto el comportamiento de los personajes, como la descripción del entorno, deben coincidir con lo que nosotros conocemos y definimos cotidianamente como "realidad" . Es decir, una obra realista es tal cuando mundo y personaje se inspiran en la realidad. Si se toma esta definición como parámetro y se analiza el libro a partir de ella, se puede llegar a entender que el origen de esa mala lectura a la que hacía referencia es inevitable al tiempo que esperable en una amplia población de posibles lectores.

La estructura del relato consiste, desde el inicio, en un contrapunto entre las dos esferas mencionadas en la definición. Éstas se explicarán y definirán mutuamente, cada una en contraposición a la otra. La primera de ellas es la del mundo: Iniciamos la lectura y nos topamos con un mundo conocido; el paisaje abunda en sensaciones físicas, todo se organiza en torno de lo sensitivo. Este inicio produce en el lector la impresión de que está ante un universo exterior y objetivo. La descripción naturalista del entorno es el primer factor que induce, con todo derecho, a pensar la obra dentro de la pauta del realismo.

La segunda esfera a tener en cuenta es, entonces, la del personaje: Por su posición dentro del relato y su actitud vital podemos comprobar lo dicho anteriormente acerca de que ambas esferas, en este libro, están signadas por la oposición. Lejos estamos aquí de la novela romántica donde los límites entre mundo y sujeto son borrosos, y donde los personajes están en perpetuo y conflictivo intercambio con su entorno. Para el extranjero, por el contrario, el mundo es algo ajeno, objetivo, completamente exterior a su propio yo; algo que se contempla desde una ventana. Su punto de vista es casi exclusivamente perceptual; para él la vida consiste en lo sensorial; lo que se vive es lo que se percibe con los sentidos; el calor el frío, el fastidio, el placer, el cansancio, el hambre, el sueño, éstas son las dimensiones de la realidad para el protagonista; para él, el acto de pensar es apenas un ejercicio de enumeración de sensaciones. Desde el comienzo la intención es mostrarnos a un sujeto común y corriente; al extranjero le ocurre lo que a cualquiera: trabaja, come, duerme, un día su madre muere y debe concurrir al velorio, etc. Y si a todo esto le sumamos las características del entorno antedichas, tenemos entonces como resultado que el relato se ajusta perfectamente a nuestra definición preliminar de realismo. De la conjunción de estos dos factores nace el equívoco; reconocemos el entorno de la ficción como semejante al de nuestra realidad cotidiana (primer factor), al tiempo que nos reconocemos en un personaje que es como cualquiera de nosotros (segundo factor), sujeto a las mismas cosas, impregnado por la misma realidad; y por eso nos identificamos con él. El autor, claramente, quiso que esto sucediera, y la única forma de lograrlo era describiendo al extranjero únicamente en aquellas características que lo mostraran semejante a cualquier persona, siendo esta identificación indispensable para que la novela funcione y produzca efecto. Sin embargo, para aquellos lectores que no capten la dualidad del personaje (esa oscilación entre su realidad y su imposibilidad) esa misma identificación va a oscurecer la naturaleza compleja del personaje, y si esto sucede, se pierden el sentido y la intención del relato. En el libro, el polo del personaje-como-cualquiera-de-nosotros es el que está acentuado. ¿Cómo no iba el lector a concluir entonces legítimamente que está ante una novela realista? El otro polo, el del personaje como hipótesis, es el aspecto subyacente, y sólo es accesible luego de concluido el libro, mediante una reflexión esmerada, paciente y sutil. Es la intención de esta nota ayudar, guiar, propiciar esa reflexión.

En lo que sigue intentaré demostrar dos cosas. 1) el efecto buscado por la narración se produce a partir de la comprensión de la dualidad del personaje y 2) el libro queda entendido sólo a medias si no se observa esa dualidad.

Ya antes de que el suceso central de la novela tenga lugar, el lector lo anticipa. La muerte del árabe nos es mostrada como un acto meramente mecánico; el calor sofocante empuja un movimiento, el reflejo del sol sobre el cuchillo encandila los ojos, el disparo es apenas un eslabón en una cadena de actos físicos. Una articulación se cierra sobre una pequeña palanca de metal y a unos pocos metros algo que estaba caliente empieza a enfriarse. Casi se podría decir que la relación entre sol, luz y disparo está signada por una lógica de tipo homeostática.

El lector admite el punto de vista del personaje y participa con él del crimen... aunque, claro, si acompaña realmente la óptica del extranjero y si realmente ha funcionado la identificación, ya no puede considerarlo un crimen. ¿Y qué es un crimen? A partir de este acto, que obviamente constituye el episodio central de la novela, queda claro que la intención del libro no es reflejar, sino estimular en el lector la indagación y la crítica; problematizar lo cotidiano. El relato nos invita a reconsiderar lo usual a partir de la identificación con un personaje que desconoce las normas. Si el extranjero fuese un personaje únicamente realista hesitaría en el momento de matar, sabría que está trasponiendo una prohibición, aparecería el miedo al castigo. Pero de eso se trata justamente El extranjero: de un elemento extraño (en el sentido de ajeno) en un lugar conocido. No se trata de un hombre que desconoce la etiqueta de un lugar al que acaba de llegar. El extranjero es extranjero del mundo; esa es su extranjería, no la de un francés en el África. Y esta condición del personaje es lo que vuelve a la novela especulativa. Por esto el libro no puede ser considerado como meramente realista; el personaje no sólo es realista, sino también hipotético, pues desconoce lo que para un personaje planteado desde el realismo llano sería absolutamente necesario e indispensable conocer: los valores socialmente aceptados. Un personaje realista tendría lo que al extranjero le falta: el sentido común, es decir, la noción compartida en común con la gente sobre lo que está permitido y lo que está prohibido.

Pero más allá de en qué categoría debe enmarcarse la novela (es decir como valorarla) está la novela misma; y su intención es hablar del mundo; el personaje, el extranjero, es apenas la excusa ¿Cómo procede filosóficamente el autor? Del siguiente modo. Habitualmente no se distingue entre un acto material y su valor o signo; decimos que algo es un crimen queriendo significar tanto el acto mismo como el valor que corresponde socialmente a ese acto. Alguien que da limosna es piadoso, el que roba es ladrón. Las palabras no sólo describen actos, también llevan carga moral y hasta prescriben la reacción que se debe ostentar ante ellos. Escuchamos algo en radio o televisión sobre un violador y no podemos evitar pensar (o tal vez no pensar, sino sentir): execrable, o bien: basura, o lo que sea. La lista de sinónimos sería interminable. Las palabras son el recurso por el cual la sociedad trasmite valores a sus sujetos; las palabras enseñan a valorar los actos en un sentido o en otro. Cuando un acto es descripto por una palabra no sólo nos imaginamos la materialidad de ese acto, sino también la carga social que le corresponde, que se podría simplificar a grandes rasgos en la polaridad bueno-malo.

El personaje funciona dentro del relato como una hipótesis de trabajo a partir de la cual se estructura la indagación filosófica sobre la naturaleza de lo que nos rodea. El autor construye un personaje deliberadamente rengo para el que sólo la dimensión de lo sensible tiene realidad, no la de las ideas; las palabras no suscitan en él la carga moral que se supone tienen que significar. Se trata de un personaje amoral y el lector, de la mano del personaje, conoce y prueba la amoralidad; se vuelve extranjero. Pero la palabra amoral no debe suscitar la sensación malo; si esto sucede es porque no se está produciendo el distanciamiento que el libro propone. Es este tipo de lectura, que detecté una y otra vez indagando a propios y ajenos, la que motivó la escritura de este artículo. Mi preocupación esencial es el hecho de que en cierto número de lectores la novela falla, rebota; no produce el efecto esperado e, incluso, sucede exactamente lo opuesto de lo que el autor pretendió.

El personaje mata. Y es juzgado no por el acto de matar, sino por el hecho de que al cometer ese acto ofende un mandato social, una idea que la sociedad considera valiosa. La verdad es entonces ni más ni menos que la opinión mayoritaria; la verdad es lo que acordamos decir (juzgar, valorar) sobre los actos desnudos. El mundo de la novela (y el nuestro) no sabe nada sobre los actos reales; está encerrado en sus propios dichos, aislado del mundo en sí. Nuestro mundo cotidiano desconoce los hechos en su realidad profunda; lo único que sabe sobre esos hechos desnudos es lo que dice de ellos; una desconexión circular; tautológica.

Que algunos lectores, al cabo del relato, se identifiquen con el jurado que condena y que esa condena les satisfaga y les produzca una sensación de que se ha hecho justicia, representa el fracaso absoluto del relato y de las intenciones del autor. Para aquellos lectores que no se identificaron con el personaje sino con el mundo, la novela no fue más que un relato realista; una variante extraña del género policial en el que se comete y condena un crimen. La intención filosófica del autor quedó, de ser este el caso, trunca. Conocí a más de una persona que había entendido el libro así. A una de ellas, cuando pregunté si lo había leído, contestó que sí. Y agregó con mirada reprobatoria: "Es el del hijo que no llora en el funeral de la madre ¿cierto?"

Cierto.

Puede parecer que El extranjero narra la historia de un hombre, pero en realidad la mirada y la intención están puestas, en primer término, sobre el mundo. No el de la ficción, claro, sino, a través de ella, sobre el nuestro de cada día; normativo, prescriptivo, lleno de valores, de ideas sobre lo bueno, lo malo, lo justo, lo injusto. Y aquí, un hombre hipotético que desconociera ese corpus sería un loco o un criminal. No es necesario fijar si uno u otro. Varios años después de la publicación de El extranjero, Michel Foucault exploraría la idea de que tanto el criminal como el loco, son para la sociedad figuras similares.

A través de los ojos del extranjero vemos los valores que conocemos cotidianamente como algo artificial. Y de esta artificialidad se desprende algo perturbador: lo que vale, sólo vale porque creemos que vale; porque decidimos en tanto sociedad, atribuirle valor. Todo aquello por lo cual nos movemos, no es más que la suma de un montón de creencias infundadas, arbitrariedades y convenciones. Ideas apenas, que subsistirán mientras tengan algún grado de aceptabilidad dentro de la sociedad. Sobre esta base el autor nos invita a redimensionar la realidad y a nosotros mismos. Y aquí vuelvo a la cuestión del género: El personaje protagonista de El extranjero no es realista ni pretende serlo, pues no podría existir en la realidad una persona —o al menos no podría llegar a ser un adulto perfectamente adaptado, que es como se nos muestra al extranjero— capaz de ignorar, hasta el punto en que el personaje ignora los tabúes, prohibiciones y valores con que la sociedad real impregna a todos los individuos. Y por valores entiendo cosas inmateriales (es decir, ideas) que son consideradas valiosas por la sociedad; cosas que bien pueden estar corporizados en actos, objetos materiales, instituciones o costumbres o, por el contrario, permanecer en estado líquido en forma de pensamientos o creencias.

Si pesa sobre el libro cierto grado de incomprensión, esto acaso se deba a que operan sobre los lectores esas mismas fuerzas que el libro cuestiona: las fuerzas de la Tradición, la Ley, las Creencias, el Sentido común y todo aquello de lo cual, en mayor o menor medida todos participamos; a fin de cuentas todos somos parte de la sociedad, y considerar que un asesinato es algo tan neutro como comer o andar en bicicleta no es un ejercicio que a la mente le resulte fácil, ni algo sencillo de sentir para espíritu alguno; una idea así es contraria a todo lo que positivamente sabemos. Pues las representaciones colectivas se extienden y permanecen en el tiempo gracias a los individuos que somos su soporte material y que, antes de morir, habremos contribuido a perpetuar. Viven y, como todo aquello que vive, quieren persistir en su ser. La reflexión es enemiga de la creencia y El extranjero es un libro reflexivo en el sentido más drástico en que se lo pueda ser. Aquellos que estén más comprometidos con los valores socialmente instituidos serán o bien los que no entiendan, o bien los que combatan al libro. Pero para los que son partidarios de no sujetar el pensamiento a nada ni a nadie, la novela puede ser útil, en el sentido en que toda deconstrucción puede serlo. Si la conexión con la novela resulta exitosa, esto fructifica en el lector de modo tal que pueda considerar dos dimensiones donde antes sólo veía una. Comprendemos, gracias al relato, que el rechazo que sentimos surgir ante un asesinato, violación, incesto, o robo, no proviene de esos mismos actos, sino de la forma en que somos educados para interpretarlos. El crimen no porta carga propia, la misma noción de crimen, nos enseña la antropología, varía de sociedad en sociedad. Pero más allá del valor que la sociedad le atribuya a las cosas, éstas existen. Se puede hacer ficción como hacen la mayoría de los autores y jugar desde adentro de los valores, poniéndolos en contradicción con otros valores, creando dramas, tragedias, comedias, o lo que sea. O se puede hacer lo que hizo Camus: patear el tablero, proponer la ruptura total, cuestionar la existencia misma de los valores. Esto es lo que vuelve al libro tan subversivo, tan duro, tan especial. En él se hace la afirmación más terrible e inaceptable que pueda hacerse: la vida humana no tiene valor per se; la vida es la vida y nada más; y el valor que se le atribuya es apenas una idea. La verdadera dimensión de los hechos en sí, la verdadera forma del mundo, la vemos a través de los ojos del extranjero; visitamos con él un país extraño en el que, sin embargo, hemos vivido desde siempre. Intuimos que la visión torcida es la nuestra, no la de él. La humanidad se la pasa jugando un juego ridículo que sólo es posible en tanto existan bandos (también imaginarios) que sostengan valores de algún tipo. Es el juego de los juicios por el cual nos aprobamos a nosotros mismos (y yo me pregunto: ¿es eso indispensable?) y reprobamos a los demás. ¿Y si nos desprendiéramos de esas ideas? ¿Y si dejáramos de creer? ¿Cómo sería la vida si nos levantáramos de la mesa de juego? ¿Qué ganaríamos? ¿Qué perderíamos?

Ilustrado por Valeria Uccelli
Axxón 159 - febrero de 2006

 
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