PROCÓNSUL

Fernando José Cots

Argentina

Prólogo

Con motivo de la filmación un corto publicitario necesitábamos un mueble viejo para hacerle algunas modificaciones. Pancho dijo que, en la piecita del fondo de su casa, tenía un mueble de las características pedidas.

Fuimos, lo vimos y, pese a estar algo arruinado, lo aprobamos. Lo llevamos al taller y le sacamos la tapa de atrás para arreglarlo.

Y ahí estaba el manuscrito, envuelto en plástico, lleno de tierra. Las hojas estaban amarillentas, un poco secas, pero aún legibles. Las revisamos y me quedé con ellas para leerlas más a fondo.

Y lo que leí me sorprendió, como les sorprenderá a ustedes; ya que lo que sigue a continuación es una transcripción de dichas hojas. Sólo me queda, antes de dejarlos sacar sus propias conclusiones, hacer una pequeña reflexión.

Si mis deducciones no están mal hechas, los acontecimientos relatados tuvieron conclusión en junio de 1966 y tal vez comenzaron en enero de ese año o diciembre del año anterior. ¿Y quién no recuerda la famosa "oleada" de 1965?

¿Estuvo a punto de cambiar la historia? ¿No sentíamos —yo, por lo menos— ese verano un aire diferente?

Prefiero que lean. Luego, si les parece, les daré mi opinión.


I

Yo todavía no lo creo.

Yo, que me escapaba de la escuela porque no me gustaba estudiar, que me la pasaba cazando y pescando.

Yo, que según las viejas del pueblo iba a terminar igual que mi padre, preso y lejos.

Eso sí, era mi padre, ya que de mi madre dijeron lo suyo.

Yo estoy escribiendo.

Y estoy escribiendo mi historia, una historia que es importante para todo el mundo.


II

Con Gianna nos conocíamos desde chicos. La vida de ella era bastante parecida a la mía. Hija de gringos, la madre se fue con otro, el padre se vino abajo... las viejas del pueblo decían que éramos tal para cual.

De muy chicos nos escapábamos al monte, solos. Incluso no jugábamos con otros chicos porque las madres los tenían "penados" de juntarse con nosotros.

A nosotros nos tenía sin cuidado.

Habíamos descubierto un lugar donde el arroyo formaba una "olla". Los días de verano nos bañábamos ahí. La vi crecer, me vio crecer. La hice mujer y me hizo hombre. Así, casi sin darnos cuenta.

Y si en ese momento nos hubieran preguntado qué íbamos a ser de grandes, creo que no habríamos tenido respuesta.

Sólo seguir ahí, para siempre. Viviendo de la caza, del monte... hacernos una tapera para el invierno y que el pueblo se fuera a la mierda.

Porque si algo era seguro era que no pasaríamos hambre. No necesitábamos a nadie y nadie nos quería. Nos queríamos nosotros... y no necesitábamos más.


III

Basile llegó al pueblo y fue el comentario de todos. Era un hombre viejo, de mirada dura, callado, amable. Siempre parecía muy triste.

Un año antes había caído otro, un tal Pérez, que había contratado gente y había construido una casa en las afueras del pueblo, cerca de la sierra. El padre de Gianna había trabajado en la construcción, decía que tenía agua fría y caliente, un tanque de reserva, un depósito, chimenea y una enorme reja sobre el techo... que después sabríamos era una antena.

Cuando estuvo terminada le pusieron en la puerta el nombre de «Procónsul». Nadie sabía qué quería decir y Basile jamás lo dijo. A los pocos días llegó un camión con mucha gente. Descargaron muebles y cajones y se fueron, Pérez con ellos.

Y desde ese día se quedó Basile.

Como ya dije, hablaba poco. Se daba con poca gente. Lo más que dijo fue que había venido a descansar, que había trabajado mucho.

Contrató a María Nieves para que le limpiara la casa una vez a la semana. Ella nos comentó que tenía un mueble lleno de libros. Y los demás muebles eran pocos, pero muy buenos.

Lo más raro era un aparato a perillas y un motor que tenía guardado en un depósito. Después me enteraría que era un aparato de radio y un generador de electricidad.

Nunca pidió al fiado en el almacén, siempre pagaba. Cada tanto venía a verlo un hombre en motoneta, lo visitaba por una hora o dos y se iba. Supongo que él debería traerle la plata.

Tardamos en darnos cuenta. La moto era siempre la misma, la ropa también, pero el hombre no siempre era el mismo.

Una vez el Crisanto reconoció a uno como un cabo que estaba en el cuartel cuando él hizo el servicio.

Cuando la gente no sabe, inventa. Y como Basile no respondía ni a las preguntas más directas, sólo sonreía y se iba, la gente inventó.

Así, Basile pasó a ser un militar que se había retirado por algún problema, otras era un preso que había delatado a su banda y que por eso se lo tenía escondido, otras que era un alemán de la guerra... o un ruso... Cualquier cosa se decía.


IV

Algo más, algo que al principio no le dimos importancia. Y francamente no sé si la tendrá. Sucedió después de la llegada de Basile y dio lugar a otros comentarios.

Al Moncho le escribió la hermana, que vivía en Cosquín. Le había conseguido un trabajo muy bueno; así que alzó su mujer, sus hijos, sus pocas cosas y se fue.

También se fue la Dionisia. El hijo había hecho plata y se la llevó a vivir a Córdoba con él.

Así se fueron los únicos que tenían parientes fuera del pueblo. Eso si no contamos a Gianna y a mí. Pero la madre de la Gringa no iba a venir a visitarla. Y mis padres, cada uno por su lado... tampoco.

Los demás salían, sí, para las ferias; pero era un ir y volver. Y Pedro, el hijo de don Juan, que iba a San Javier a traer cosas para el almacén.

¿Por qué me acuerdo de esto ahora? Será mejor que cuente cómo empezó todo.


V

Fue el día del cumpleaños de Gianna. Sólo ella y yo nos acordábamos. Cumplía los quince y yo ya los había cumplido para el invierno pasado.

Estábamos en la olla, bañándonos. Yo había puesto una trampa en el monte, cerca. Era seguro que un bicho caía en cualquier momento.

No podría decir en qué momento me di cuenta. Gianna estaba parada en medio del agua, seria, con la mirada perdida. Pensé que estaría triste porque el viejo estaba en el quinto pedo y no le había dicho nada.

—¡Gringa! ¡Feliz cumpleaños! ¡Alegrate un poco!

Me miró raro.

—¿Qué te pasa? —insistí—. ¿Estás triste?

—No... no es eso. Me siento rara.

Me preocupé.

—Che... no habrás quedado... ¡No irás a tener un chico, digo!

—¡No sé! ¿Y si fuera así, qué?

No tuve tiempo de responder. Un ruido se escuchó arroyo abajo. Me puse de pie en el agua.

—¿Un bicho?

—No —dije—. Por el ruido es gente.

—¡La ropa! —gritó mientras se tapaba con los brazos.

—¡Callate! ¡Dejá la ropa! ¡Tenemos que escondernos!

La arrastré como pude y nos escondimos en la maleza. Hoy lo pienso y creo que fue lo mejor. Si hubieran sido otros los que venían, aún nos hubiesen dado tiempo de vestirnos y habrían sabido qué hacíamos en ese sitio. No hubiéramos podido volver jamás.

Ocultos, yo esperaba que quien fuese pasara de largo, sin escuchar el grito de Gianna. ¿Pero quién podría ser? En todo el tiempo que llevábamos viniendo —y veníamos desde los cinco años— no había visto a nadie por esos sitios que consideraba míos y de la Gringa.

Quien fuese, venía por el curso del arroyo con paso firme y tranquilo. Y llegó. Era Basile. Venía vestido con ropa gruesa y botas. Y su cara estaba más triste que otras veces.

Comenzó a rodear la olla. Nosotros ni respiramos. Lo mirábamos por entre las ramas y era seguro que él no podía saber que estábamos ahí; no habíamos dejado nada a la vista.

Pero se detuvo. Miró hacia nosotros y tuve la sensación de ser visto por él. Era su mirada, más triste que nunca. No nos dimos cuenta cuando siguió su camino. Cuando "desperté" , Basile estaba trepando la cascadita, yendo hacia los orígenes del agua.

Me di cuenta que Gianna se ponía de pie. Sólo cuando yo también me paré supe que la Gringa iba detrás de Basile. ¡Así nomás, sin ponerse nada!

Me fui tras ella tratando de pararla, pero tropecé y caí al agua. Cuando reaccioné, ella ya estaba llegando al punto donde Basile había desaparecido.

Creo haber escrito que veníamos desde chicos al lugar. No sabíamos lo que eran los zapatos ni los necesitábamos. Teníamos los pies duros para las piedras y las espinas. Pero la velocidad que llevaba Gianna era demasiada.

Me esforcé y también trepé la cascadita. Y en ese momento se me ocurrió que yo tampoco había ido antes por allí.

Cuando llegué arriba, me encontré con algo que jamás habría esperado ver. Gianna y Basile estaban frente a frente, mirándose a los ojos, serios los dos, como dos personas que recién se conocen y deben trabajar juntas (y bien sabe Dios que así era).

Recuerden que Gianna estaba desnuda, que momentos antes casi había perdido la cabeza al pensar que podían verla. Y ahora, ni ella ni Basile parecían darse cuenta.

—Así que habías sido vos... —dijo Basile.

—Debe ser, señor.

Basile me miró, serio.

—Él no.

—Él viene conmigo —dijo la Gringa y me abrazó. Basile se encogió de hombros y avanzó arroyo arriba. La Gringa me llevaba de la mano. Yo me dejaba llevar, sabiendo que ya no entendía nada. Todo era raro, sin sentido. La Gringa y yo, en pelota, caminando atrás de Basile. Cualquiera que nos hubiese visto hubiera creído estar loco. Yo el primero de todos.


VI

Llegamos a la parte alta. Apenas había unos cuantos yuyos y se veía casi toda la sierra, pero no el pueblo. Ahí quedamos.

—Ahora hay que esperar.

Y no esperamos mucho. Apareció.

De dónde vino, no sé. Era una Estrella Errante. Yo las había visto muchas veces en la sierra. De noche brillaban con una luz rara, de día tenían el color de las ollas nuevas. Volaban como los picaflores, sin hacer ruido. Hasta el momento no sabía qué podían ser.

Pero nunca antes las había visto tan cerca. Era enorme y se acercaba muy rápido. Me asusté tanto que estuve a punto de salir corriendo. Creo que no lo hice por Gianna. ¿Qué habría pensado?

La Estrella se posó a algunos pasos de donde estábamos. Pude ver que, de verdad, estaba hecha de metal como las ollas. Tras un momento se abrió un costado, quedó como una puerta y una escalera para subir.

Gianna avanzó decidida. Cuando iba a mitad de camino, mi miedo por ella fue más grande que el que sentía por mí mismo. Quise detenerla, pero Basile me detuvo.

—Dejála. Tiene que entrar sola.

—¿Por qué?

—Porque sólo ella tiene que aprender, vos no.

—¡Gianna! ¡Volvé!

Pero la Gringa ya había entrado.


VII

Se estaba poniendo el sol cuando salió de la Estrella Errante. Tenía una luz rara en los ojos. Sonreía. Se acercó a mí y me besó con cariño. Luego lo miró a Basile.

—Ya está.

—Bien, nena, vamos a casa. Los días que vienen van a ser bravos.

Cuando volvimos a pasar por la olla, nos vestimos y desarmé la trampa. Era de noche cuando entramos al pueblo y a la casa de Basile. Nos invitó con una cena ligera y nos dejó su dormitorio. Él, dijo, dormiría en un catre en la habitación central.

A la noche lo sentí hablar por la radio. Hablaba con alguien que parecía ser muy importante. Decía que tenía al «Procónsul». No sé qué sería, pero tenía la sensación que se refería a Gianna.

Gianna durmió bien. Yo no. No estaba acostumbrado a dormir en una cama... y me sentía mal. No sabía en qué podía terminar todo esto.


VIII

Vivimos tres días en la casa de Basile. No salíamos para nada, así que no sé si en el pueblo supieron que estábamos ahí.

Basile salía de vez en cuando y algunas veces preparaba la comida. Cuando hablaba, lo hacía con Gianna. Y siempre parecía hablar con otra persona, con alguien que estuviera atrás de Gianna.

Aunque todavía no lo sabía, así era.

La Gringa estaba diferente desde aquella tarde. Seguíamos juntos, pero me miraba como quien mira a un bebé. En algún momento pareció tener una gran pena, pero me abrazó y se le pasó enseguida.

Yo no sabía qué hacer.


IX

El más chico de los Maidana entró corriendo al pueblo.

—¡Soldados! ¡Vienen los soldados!

Yo aproveché y me asomé a la ventana. El más chico de los Maidana estaba en medio de todos. Yo no podía oír de lo que hablaba, pero señalaba como loco el camino de entrada al pueblo, hacia donde comenzaba a mirar la gente.

Y empezó a sentirse el ruido. Nosotros, que el mayor ruido de motor que habíamos escuchado era el de la chatita de Pedro, la moto del que venía a visitar a Basile o el camión donde le trajeron los muebles, no pudimos menos que impresionarnos. Los perros se volvían locos, los caballos apenas se podían contener. El ruido nos volvía sordos a todos.

Llegaron primero tres camiones con soldados, luego dos camionetas chicas que decían «Jeep» en la carrocería. Y cerraban la marcha dos camiones más con soldados.

En la primera de las camionetas «Jeep» venían dos oficiales; pero en la segunda, por estar cubierta, no se veía bien quién venía adentro.

Yo salí por una ventana y me metí entre la gente, creo que nadie supo de dónde venía yo. Los soldados de todos los camiones bajaron y formaron un círculo frente a la casa de Basile. Nos empujaban afuera sin consideración. Ni a don Juan, que es el intendente, lo respetaron.

Las dos camionetas «Jeep» se pusieron en medio del círculo de soldados. De la que estaba cerrada bajaron dos hombres. Uno de ellos me impresionó. Era alto, de cuerpo muy grande. Tenía el pelo corto y muy blanco. Vestía un uniforme casi del color del cielo y lleno de adornos, parecía altar en día de procesión.

Pero fue el otro hombre el que impresionó a la gente, no sé por qué. Sobre todo a don Juan, quien pareció olvidarse que lo habían empujado.

Era un hombre muy viejo, muy arrugado, de pelo blanco y se movía con mucha calma. Vestía de traje, así que se distinguía de todos. Al lado del primero parecía muy pequeño.

El viejo miró en derredor, descubrió a don Juan y lo llamó por su nombre. Don Juan se hinchó como si estuviera en una ocasión importante. El viejo ordenó que lo dejaran pasar.

Y acá quiero hacer ver algo. La orden fue dada con fuerza a los oficiales; pero éstos, antes de obedecer, miraron al grandote como esperando la orden de él. El grandote, sin embargo, miraba con desconfianza al viejo y a don Juan. El viejo tuvo que repetir la orden, la que fue cumplida de mala gana.

Se notaba el desprecio que los soldados tenían por el viejo de traje, por más que lo trataban de "señor" y le obedecían; en cambio parecían romperse todos por el grandote que apenas los miraba.

Don Juan llegó al lado del viejo y se pusieron a hablar. Vi que Basile se había asomado a la puerta de la casa. Me di cuenta que lo interesante iba a pasar adentro... con Gianna; así que me apuré a volver antes que los soldados no me dejaran.


X

Gianna estaba sentada en una silla, en la habitación más grande de la casa. Frente a ella había varias sillas, todas puestas como para que, quienes se sentaran, quedasen mirando a la Gringa.

—Sentate allá. —Me señaló un banquito alejado. Me senté ahí, resignado, sin saber lo que iba a pasar.

La puerta se abrió y entró Basile, detrás el grandote y el viejo, y los dos oficiales cerrando la marcha.

—Insisto, señor —venía diciendo uno de los oficiales—. No había por qué darle explicaciones a ese tipo.

—Es el intendente —respondió serio el viejo.

—¡Pero es un civil!

—¡Yo también soy un civil! ¡Que no se le olvide!

El oficial apretó los puños y se calló. Mientras, el grandote se había sentado frente a Gianna y la miraba con una mirada terrible. Daba miedo. Pero la Gringa le devolvía la mirada sin temblar siquiera.

Todos se sentaron frente a Gianna, menos Basile quien se sentó entre la Gringa y los visitantes.

El grandote me descubrió, primero se sorprendió y luego me miró con asco. Habló a los oficiales en un idioma que no entendí. Éstos se levantaron y avanzaron hacia mí.

—¡Él se queda!

La Gringa se había puesto de pie, furiosa. Los oficiales la miraban con miedo.

—¡Ya lo oyeron! ¡Él se queda donde está!

El grandote hizo una seña de resignación, los oficiales volvieron a su lugar y no me miraron más.

—¿Qué es lo que quieren ustedes? —preguntó el viejo.

—Queremos una embajada, aquí —contestó la Gringa con tranquilidad.

El grandote tocó a Basile en el brazo. Éste le habló en el mismo idioma. El grandote se puso como loco, empezó a gritar y se puso de pie. Basile trataba de contenerlo, los oficiales lo miraban con miedo, el viejo lo miraba con asco.

Y la Gringa ni se amoscaba. Lo miraba seria, como si él no pudiera hacerle nada, como si ella pudiera reventarlo de un tincazo.

Eso pareció entender el grandote, quien se fue desinflando. Se sentó, tomó aire y más calmado largó una frase. Esta vez fue Basile el que se puso a temblar. Miró a la Gringa con miedo.

—¿Es cierto lo que dice?

—¿Qué?

—Que la semana pasada cortaron la luz en Ñuyor...

—Fuimos nosotros. Y lo seguiremos haciendo con otras ciudades.

Basile tradujo. El grandote preguntó algo y Basile volvió a traducir.

—¿Por qué?

—Porque ahora ganamos nosotros. Y ahora decimos que queremos una embajada. Y ustedes no pueden decir que no.

Cuando Basile tradujo, el grandote explotó peor que antes. Lo que siguió fue muy confuso. Salvo Gianna, que estaba tranquila, entre el viejo y Basile procuraban calmar al grandote, pero ellos tampoco estaban calmados. Los dos militares también intervinieron y por un rato todos estuvieron gritando sin entenderse.

Cuando se calmó todo, el grandote se había retirado a un rincón, parecía un chico encaprichado. Los demás volvieron a su sitio. El viejo encaró a Gianna. Hablaba pausado.

—¿Por qué eligieron este sitio?

—Es un lugar de la Tierra, como cualquier otro.

—Bueno... no es tan así. En este lugar apenas hay caminos, no hay comunicaciones... ¡Lo pueden saber desde los recuerdos de la niña!

—Sabemos más. Sabemos que están divididos en zonas de administración que se llaman países. Sabemos que esta administración es bastante despareja. Sabemos que hay partes respetadas y otras que no lo son. Y lo que nosotros queremos es que no haya lugar sin importancia en este planeta. Por eso empezamos nosotros... en cuanto a la comunicación, no se preocupe. Cuando pasen...

La Gringa vaciló, parecía no saber lo que iba a decir. Finalmente se le iluminó la cara y siguió.

—Cuando pasen veinte años, no reconocerá este lugar.

—Soy viejo, no creo vivir tanto. Pero ustedes no están hablando como embajadores, están hablando como conquistadores.

—No somos conquistadores. Reclamamos lo nuestro. Lo nuestro no es su planeta. Él lo sabe bien.

Y señaló al grandote. El viejo también lo señaló.

—¿Por qué él... y sus jefes no quieren la embajada? ¿Por qué se oponen?

Gianna hizo una pausa.

—Todavía no puedo decirlo; pero cuando tengamos la embajada, podremos trabajar para contarlo todo.

—¿Contar qué? ¿Cuál es el secreto?

—Hay verdades dolorosas. Pero ninguna verdad es insoportable, sobre todo si se la sabe decir.

—¿Entonces? No entiendo...

—Lo entenderá... y no le gustará. Pero usted no debe tener miedo. Sólo él debe tener miedo. Él y sus jefes.

Y señaló al grandote.


XI

Todos, menos el grandote, se despidieron de Basile y de Gianna. Se fueron, pero quedaron dos camiones con sus soldados al mando de un oficial. Después me enteraría de que ninguno, en realidad, era soldado. Todos eran de cabo para arriba.

Armaron un campamento a la entrada del pueblo. Cada semana venía un camión con comida y soldados nuevos, y se iban otros. Nunca quedaron los mismos soldados por más de quince días seguidos. Apenas se daban con la gente, no compraban en el almacén. Uno de ellos se volteó a Gladys y lo levantaron en peso. Francamente, no había nadie en el pueblo que no se hubiera volteado a Gladys. Pero ellos no querían que los soldados tuvieran con nosotros más que el saludo.

Los lunes y los martes venía un camioncito «Jeep». Venían los oficiales que habían llegado el primer día, cada vez acompañando a uno o dos tipos distintos. Nunca vino dos veces el mismo, como tampoco volvieron el viejo y el grandote.

Yo siempre estaba en las reuniones de la Gringa. Algunos de los visitantes hablaban en cristiano, pero de una forma muy rara. Otros hablaban en el idioma raro y Basile traducía. Y aunque nunca pude entender lo que decían, me di cuenta de que algunos no hablaban bien ese otro idioma.

Yo tenía la sensación de que se estaba armando algo grande... y la sigo teniendo todavía. Quienes fueran los que hablaban por la Gringa, no iban a tardar en dar la cara a todo el mundo.

Los demás días Basile, Gianna y yo nos íbamos a las sierras. En el lugar de siempre bajaba la Estrella Errante, la Gringa entraba, Basile y yo esperábamos afuera. Cada vez que salía yo la notaba más y más rara.

Mientras duró el calor, Basile volvía solo al pueblo. Gianna y yo nos quedábamos en la olla, luego volvíamos. Cuando empezaron los fríos volvíamos los tres. Ahora ya todos saben que vivimos en lo de Basile. Ahí pasamos todo el tiempo. Todos se dan cuenta, también, que la importante es Gianna, no yo.

El padre se acercó un día, con cara seria, y le empezó a reclamar a Basile por su hija. Ahora se venía a acordar...

Basile lo miró serio y lo llevó aparte. No sé lo que hablaron, pero sí me di cuenta de que Basile hablaba muy firme, en tanto que el viejo de Gianna se apichonaba cada vez más. No volvió más. Algunas veces lo vimos de lejos, pero nos esquivaba con miedo. Gianna no lo extrañó nunca.

Y algo más, que a mí mismo me sorprende. Yo, que apenas había aprendido a leer, que no se me daba por leer ni la etiqueta del vino, empecé a leer con Gianna la biblioteca de Basile. ¿Por qué lo hice? No sé.

Entre los cuarenta libros de Basile había un diccionario. Basile nos enseñó a usarlo cuando no entendíamos una palabra. Al principio nos tenía que explicar mucho, pero después nos arreglábamos solos.

Más que nada, tenía Poesía. Pablo Neruda, Antonio Machado, Raúl González Tuñón, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges... había también cuentos, novelas. Algunos libros no eran ni una cosa ni la otra. Un tal Churchill había escrito cuatro libros muy gordos que me asustaron de entrada, lo mismo que un tal Toynbee. ¿De dónde habrán sacado esos nombres?

Con el tiempo, creo que me voy a leer los cuarenta libros. Sé que mi vida no volverá a ser la misma. Así vivimos hasta hoy, Gianna y yo. Nada más que recibiendo a la gente que viene y visitando la Estrella Errante.

Basile dice que, cuando vuelva el verano, los que viven en la Estrella Errante saldrán a la vista de todo el mundo.

Ya no tendrán que hablar por medio de la Gringa, pero no la abandonarán, ni a mí tampoco. Sé que somos importantes. ¡Quién lo hubiera dicho!


XII

Y creí que todo estaba terminado, pero no es así. Debo volver a escribir, contar lo que ha pasado. Porque jamás me imaginé que las cosas terminarían así.

Sé que tenemos hasta la noche, así que será mejor que cuente todo lo que pueda. Basile, que leyó mi escrito, dice que lo dejará en alguna parte para que alguien, alguna vez, pueda encontrarlo.

Eran las seis de la mañana, una noche muy fría, cuando golpearon la puerta en forma muy fuerte. Gianna y yo nos pusimos algo encima y salimos de la pieza. Basile ya se había colocado el pantalón. Todavía medio dormido manoteó su revólver y gritó con voz de sueño.

—¡Quién es!

—¡Soy yo, señor Basile! ¡Don Juan!

Nos miramos extrañados. Don Juan era el tipo más tranquilo del pueblo. Para que llamase así a esta hora, debía ser algo muy grave. Basile abrió y entró un don Juan asustado, furioso, temblando.

—¡Señor Basile! ¡Esta gente! ¡Tiene que decirles algo!

—¿Qué gente?

—¡Los soldados!

Don Juan hablaba en forma muy confusa, pero pudimos entender su historia. Esa madrugada su hijo Pedro había preparado la chata para ir a San Javier, como hacía cada tanto, para comprar provisiones.


Ilustración: Ferran Clavero

Pero apenas llegó a la altura del campamento militar encontró que el camino estaba cerrado. Los soldados lo habían obligado a bajar y volver a pie. Don Juan, desconcertado, fue al campamento acompañado de Pedro. Apenas quiso reclamar, dos soldados lo sujetaron, otros dos sujetaron a Pedro y el resto se ensañó con Pedro a golpes, hasta que lo desmayaron.

Como pudo, el pobre viejo había llevado a su hijo de regreso y luego había ido a verlo a Basile. Lo último que le había dicho el que mandaba a los soldados era que ya nadie saldría del pueblo.

Basile escuchó con atención y miró a Gianna.

—Avisá lo que está pasando, muchacha. Yo voy con este hombre, a ver qué más averiguo.

Basile continuó vistiéndose. Gianna volvió a la pieza y yo la seguí. Con el frío que hacía, si ella tenía que meterse en el monte yo la iba a acompañar.

Ya estaba casi vestido cuando me di cuenta que la Gringa se había vuelto a acostar. Tenía los ojos abiertos y estaba más rara que nunca.

Comprendí que ya no se movería de la cama, así que decidí acompañar a Basile. Llegué a la puerta justo cuando él salía con don Juan.

En la puerta, Basile pareció despejarse del todo. Sujetó del brazo a don Juan. Tenía una mirada rara.

—Don Juan... ¿Hay armas en el pueblo?

—Bueno... y tengo unos rifles, veintidós, claro. También escopetas.

—¿La gente?

—Hay escopetas y rifles, pero no mucho.

—Escúcheme. Trate de juntar a todos los hombres capaces de manejar un arma. Si no tienen armas, déle alguna de las suyas. Junte toda la munición que tenga. Que se reúnan todos en mi casa, en silencio.

—¡Pero señor Basile! ¿Cómo... ?

—¡Dije en silencio! ¡Mire lo que le hicieron a su hijo!

—¿Pero qué está pasando?

—Me temo que esté pasando lo peor. ¡Apúrese!

Don Juan salió corriendo. Basile avanzó hacia la salida del pueblo, escondiéndose en las casa. Para su desgracia, nuestro pueblo tiene pocas casas, así que llegó un momento que, entre la última casa y el campamento había un espacio demasiado grande. La luz del amanecer todavía no existía, pero si Basile avanzaba un poco más sería demasiado visible.

Debió pensarlo así y decidió jugarse.

—¡Mayor Robledo!

Se oyeron ruidos del lado del campamento.

—¡Quién vive!

—¡Basile!

—¡Avance con las manos en alto!

—¿Qué está pasando? ¿Por qué hacen esto?

—¡Cumplimos órdenes! ¡Venga acá!

—¡Explíquese primero!

—¡No tengo que darle explicaciones a ningún civilacho! ¡Venga acá, carajo!

Yo estaba un poco más retirado, así que pude ver que, desde el lado del campamento, algunas sombras entre las sombras se acercaban. Basile no preguntó más. Disparó sobre las sombras varias veces y se oyeron algunos gritos. De inmediato respondieron con tiros, pero Basile corría de regreso a su casa... y yo también. Ambos llegamos juntos.

—Por ahora no hay peligro... —dijo jadeando—. Si tuvieran órdenes, ya habrían atacado.

—¿Entonces?

—Entonces... van a esperar. Pero ya les dieron órdenes de no dejar salir a nadie.

Basile corrió hacia el aparato de radio. Lo encendió y esperó a que se calentara. En eso apareció Gianna en la puerta de la pieza. Basile la miró ansioso.

—¿Y... ?

—Nos están atacando.

—¡Dios! ¿Cómo pudieron?

—Conocían nuestros puntos débiles. Esperaron hasta encontrar el momento.

—¡Estamos perdidos!

—No se ha perdido todo. Esperábamos algo así.

—¿Y?

—Aprovechamos el momento y provocamos una mutación general.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace diez años.

—¿La podrán corregir?

—No podrán contra todos.

—Pero podrán masacrar a los que sobresalgan... —dijo Basile en forma sombría, más para sí que para la Gringa.

—Se transmite de padres a hijos, no la podrán detener.

Basile no pareció prestar atención a las últimas palabras de Gianna. Vio que el aparato ya estaba caliente y comenzó a operarlo. Manoteó el micrófono pero se detuvo, pareció pensarlo mejor y lo dejó de lado.

Alguien golpeó la puerta. Fui a abrir y entraron don Juan y los hombres del pueblo, todos con escopetas y rifles, algunos con revólveres. Hasta Pedro estaba, lleno de moretones y apretando su rifle con las manos hechas garras.

—¡Que pasen! —gritó Basile. Tanto él como Gianna se impresionaron de ver a Pedro. La radio habló y Basile volvió a ella. Los hombres se acomodaron en silencio mientras oíamos.

—Libro Azul... —decía una voz muy clara parecida a la del mayor que mandaba a los soldados—. Conteste, Libro Azul. Aquí, Enola Gay. Conteste. Esperamos órdenes, cambio.

Basile modificó algo y una voz más lejana, desconocida, se dejó oír.

—Aquí Libro Azul. Atención, Enola Gay. Operación Dos Banderas comienza a las mil horas. Cambio.

Basile volvió a cambiar y volvió la primera voz.

—Libro Azul. Aquí Enola Gay. Solicito permiso para adelantar la operación Dos Banderas. Nos han descubierto. Cambio.

Otro cambio y la segunda voz.

—Negativo Enola Gay. No podemos adelantar la cobertura. Analicen posible poder de fuego...

Basile volvió a manejar la radio, un poco más complicado, y se oyó música. Una marcha militar. Se la oía con mucho ruido. En un momento una voz comenzó a hablar dirigiéndose a la "ciudadanía" hablando de la recuperación de no sé qué cosa. No pude oír mucho porque de inmediato Basile apagó el aparato con furia. Quedó pensativo, con bronca.

—Enola Gay... Dos Banderas... ¡Hasta para eso hay que ser hijo de puta! ¡Nos van a borrar!

Recién pareció darse cuenta que estaban los hombres mirando. Avanzó hacia ellos con angustia en la cara.

—Se dieron cuenta... ¿No? Cambió el gobierno.

Hizo una pausa.

—Ustedes se preguntarán qué es todo esto... les voy a contar.


XIII

Basile respiró hondo y siguió.

—Ustedes siempre se preguntaron quién era yo... bueno, soy un apicultor. Crío... criaba abejas. Tenía colmenas en San Marcos Sierras.

—No está muy lejos —acotó don Juan.

—Un día se enfermó mi mujer. Estuvo seis meses agonizando hasta que se me murió. Me sentí tan mal que, después de enterrarla, me fui a las sierras por un tiempo. No quería ver a nadie. Allá, solo en las sierras, encontré un plato volador.

—¿Un qué... ?

—Ustedes los conocen como Estrellas Errantes. En realidad, son aparatos de una civilización avanzada, algo que no podrían imaginar jamás. El asunto es que... me hice amigo de ellos. Volví a mis abejas y cada tanto me hablaban... Me enriquecieron el alma.

—¿Pero qué tiene que ver con lo que está pasando?

—Ya llego a eso. Un día me hablaron. Iban a darse a conocer al mundo, a relacionarse con los gobiernos, con los pueblos... y necesitaban un intermediario, alguien que hablara por ellos.

—¿Y lo eligieron a usted?

—Casi... En realidad, yo debía relacionar a los gobiernos con el verdadero embajador, alguien a quien ellos habían elegido. A ella.

Señaló a Gianna. Todos la miraron con asombro.

—Por eso vino primero el viejo. El otro, el del uniforme azul, venía por las Naciones Unidas. Después vinieron embajadores de otros países. Por su lado, la gente de los platos voladores se hacía ver por todos lados. Llegaron a cortar la luz de la ciudad más grande del mundo, luego la de otras ciudades. Parecía que, por fin, los gobiernos iban a aflojar, que íbamos a tener una embajada.

—Pero el gobierno nunca dijo nada.

—Los gobiernos dijeron siempre que los platos voladores eran ilusiones. Jamás quisieron reconocer la verdad.

—¿Por qué?

—Porque tenían miedo.

—Pero... si tenían miedo era por algo. ¿Por qué no le dijeron a la gente por qué tenían miedo? La gente habría entendido...

Basile sonrió con una sonrisa triste.

—Es que... eso es lo que no querían, que la gente entendiese.

Hizo una pausa.

—Hay una sola cosa a la que teme un poderoso, y es a perder su poder. Ellos lo saben bien, porque vienen del mismo sitio.

Todos lo miramos sin entender.

—Sé que es difícil... sobre todo acá. ¿Nunca se preguntaron por qué la gente es tan loca, por qué el mundo anda a las patadas? ¿Por qué a veces nosotros mismos no sabemos para dónde ir? Porque adentro de nosotros tenemos algo que nos pelea.

—Perdone, don Basile —interrumpió don Juan—. Pero acá están pasando cosas serias...

—¡Esto también es serio! ¡Es la vieja historia del Paraíso Terrenal! El hombre fue expulsado del Paraíso cuando comió el Fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Y desde entonces está haciendo un camino a los tropezones. Nosotros no somos iguales a los hombres del pasado, ni siquiera a los que hicieron nuestro país... ¡y eso que apenas hay ciento cincuenta años de diferencia! Les estoy hablando de miles, de millones de años. Un tiempo en que el hombre ha venido creciendo cada vez más rápido. Y a veces, como ahora, la gente de las Estrellas Errantes ha ayudado a acelerar ese crecimiento.

—Pero... ¿Por qué? ¿Cómo?

—Cómo... no lo entiendo. Por qué, porque quieren un ser humano que crezca lo suficiente como para formar parte del Universo. Una especie inteligente como la nuestra, pero bestializada, es un peligro para toda la Creación. Hasta que no crezcamos, no podremos verles la cara.

—¿Y quiénes dicen que no... quiénes están haciendo esto?

—Son como la gente de las Estrellas Errantes, pero muy diferentes. Tan diferentes que no puede explicarse. Sí saben lo que quieren. Quieren que el hombre vuelva a ser un animal, un animal semi inteligente, para algunas tareas no muy brutas. Pero, más que nada, lo que quieren es el sufrimiento del hombre. No me pregunten cómo, pero de cada ser humano que sufre ellos se alimentan. Y cuando el sufrimiento alcanza niveles enormes... tampoco se hartan. Devoran el alma.

—¿Ellos mandan a los soldados?

—Sí... habíamos logrado arrinconarlos. Obligarlos a que nos dejaran un espacio. Habría sido una victoria enorme, en veinte años habríamos conseguido lo que en otras circunstancias nos habría llevado doscientos... ¡Dios, lo que hemos perdido!

Basile lloraba.

—¿Y ahora qué va a pasar?

—Ya lo ven... lo sacaron al viejo. ¡Pobre, tanta esperanza que tenía! Tal vez hasta lo hayan matado... como nos van a matar a nosotros.

Todos nos sobresaltamos.

—Tienen orden de atacar a las diez. Nos van a matar a todos, hombres, mujeres, niños, viejos... Vamos a ser los primeros muertos de un huracán de sangre. Porque seguirán matando. Buscando niños como Gianna, que estén un paso más adelante del hombre.

Los miro a todos, tenía una mirada terrible.

—Por eso los hice armar. Yo sé que con escopetas y rifles no vamos a poder vencer... pero al menos que no se la lleven de arriba. Y sobre todo... —recalcó— ...que no crean que pueden capturarnos vivos. Recuerden que se alimentan del sufrimiento. Del menor sufrimiento. Si los capturan con vida, les juro que desearán la muerte.

—¿Quiere decir... —preguntó don Juan con un nudo en la garganta— ...que nuestras últimas balas deben ser para nuestras mujeres y nuestros hijos?

—Están condenados a muerte de todas formas. Pero si ustedes creen que existe algo que se llama alma, es conveniente que mueran rápido. Para que el alma quede entera. No crean que van a ser compasivos dejando con vida a sus seres queridos. Ya lo dijo uno, hace mucho, que serían benditos los vientres secos.

Don Juan ya parecía otro.

—¿Está seguro que tenemos hasta las diez?

—Bastante...

—Van a ser las siete. Juntemos a todas las familias y ataquemos por sorpresa...

—No, no será necesario.

Gianna había hablado. Los miraba a todos con la mirada más distante que nunca.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Basile.

—Los niños podrán salvarse. Los vendremos a buscar, no todavía, pero los protegeremos hasta entonces.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que venga la noche de nuevo. Pero será mejor que se junten todos frente a la casa.

Una luz afuera nos distrajo. Nos asomamos al exterior y vimos que una Estrella Errante estaba suspendida en el cielo iluminando todo.

Todos salieron a buscar a sus familias. Basile y los demás, las mujeres incluidas, pelearán hasta la muerte. Pero los niños estarán a salvo, con Gianna y conmigo... lo que no sé es a dónde nos llevarán.

Basile me ha pedido que aproveche el tiempo, que termine de anotar todo y se lo deje. Él lo esconderá para que alguna vez alguien lo encuentre.


Acabo de leer las notas del chico. Hago estos comentarios antes de esconderlas, con la esperanza de que alguna vez sean encontradas.

Estoy sorprendido. Él no se dio cuenta, pero cuando lo encontré con la muchacha, jugando a Adán y Eva, era un adoquín. Sólo le faltaba ponerse bajo una montura y relinchar.

Sé que jamás entró en la nave, pero también fue influido y evolucionó. No tanto como Gianna, pero será su adecuado compañero. No reconoció al viejo, no se lo expliqué, pero no importa. Ya se enterará algún día.

Hablé a solas con la muchacha. Ella, su compañero y los otros niños, unos veinte en total, irán en la nave y regresarán cuando estén dadas las condiciones.

No pasará lo mismo conmigo y los demás del pueblo. No pueden llevarnos porque nos destrozarían. Deberemos quedarnos a pelear hasta la muerte.

Tal vez algún día encuentren nuestros huesos y los cimientos carbonizados de nuestras casas, pero pasará mucho tiempo para que podamos descansar en la paz de la justicia.

Ya no queda tiempo, debo esconder estas notas.


Epílogo

Cuando terminé de leer y releer las notas, me puse en contacto con Pancho. Era indispensable saber de dónde había venido el mueble.

Pancho lo único que supo decirme fue que perteneció a su abuela. A la muerte de ésta, le había venido con la herencia. La madre de Pancho no recordaba el mueble de su época de soltera, lo que indicaba que la viejita lo recibió después. Sería uno de los muebles de Basile, que fue vendido tras el saqueo.

Los datos son muy pobres para saber, con exactitud, cuándo y dónde sucedieron estos acontecimientos. Tal vez cerca de San Javier, provincia de Córdoba, y en las fechas expuestas en el prólogo. Supongo que jamás podremos saber dónde estaba el pueblo, cómo se llamaba, si quedó algo de su memoria.

Tal vez acampen allí, sin saberlo, turistas "de aventura". Tal vez descubran los restos de Basile y los otros y los confundan con indios... o con las víctimas de un malón, si descubren también los cimientos de las casas. Quizá algunos campamenteros hayan descubierto la olla e imiten a Gianna y el muchacho jugando a Adán y Eva.

Y quizá vean algún plato volador que ya no aterrizará.

Todo lo harán ignorantes de esta historia que sucedió hace tanto tiempo, en algún lugar perdido, donde estuvo a punto de cambiar la historia de nuestro mundo.

Sólo me queda una reserva, algo que no me puedo sacar de la cabeza. El viejo, el primer visitante de Gianna. ¿Será el que usted y yo pensamos? Porque alcanzó a vivir bastantes años. ¿Por qué jamás dijo algo?

Si era él, claro.

Pienso también en la gente del pueblo, los imagino peleando por sus hijos, por su memoria, por su muerte digna. Los primeros muertos del huracán de sangre que vaticinó Basile.

Queda esperar que algún día Gianna, el muchacho y los demás chicos revelen el misterio. Mientras, nos queda un largo camino.

Porque, como dijo Basile, hasta que no crezcamos no podremos verles la cara.



¿Estamos preparados para crecer? En el caso de que eso sea posible, ¿deseamos hacerlo?

Fernando José Cots es argentino, vive en Córdoba, tiene 56 años y escribe ciencia ficción hace bastante tiempo. Sus trabajos comenzaron a publicarse en Sinergia en la década de 1980 y tras un largo silencio reapareció en Axxón, donde se han conocido su novela Quilino (119) y los relatos "Caracoles" (123), "La noche de la rata" (137), "Rechazo" (146) y "Obertura para dioses locos" (147).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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