CRÓNICA DE LA MASACRE

Claudio Amodeo

Argentina

—Si le hablan de sufrimiento, no les crea. Si le hablan de dolor y de torturas, ríase; porque no existe ni existirá nada en esta tierra que alcance la envergadura que tuvo aquella masacre que nos tocó vivir en carne propia. Le cuentan sobre un enemigo invisible, terrorífico y fatal pero nada le dicen de uno que usted puede ver todos los días de su vida y que, sabe, no puede combatir con sus propias manos. Eso es terror, eso es sufrimiento. Ver como sus hijos le son arrancados de los brazos y sentir el corazón estallar en el pecho, atravesado por una lanza; ver a sus amigos masacrados en la plaza pública y a la gente en la que creyó alguna vez, apoyarlos y afirmar ciegamente con sus cabezas. Eso es dolor.

Nada le pueden contar los libros sobre la vida y la muerte porque fueron engendrados desde ojos ajenos. No crea lo que le dicen, no acepte lo que le ofrecen. Escuche mis palabras unos minutos, tan sólo, y va a ver con esos ojos vírgenes suyos que nada puede ser tan terrible que merezca su miedo.

El anciano pausó un instante su voz quejumbrosa y su dicción prolija y frunció el rostro como si recordar le doliera. Luego abrió bien grandes los ojos para observar con detenimiento a su interlocutor.

—¿Es usted el médico? —le preguntó.

—No. No lo soy —respondió el hombre sentado enfrente—. Vine para oír su historia.

—¡Es verdad! Mi historia. Que es una historia terrible pero digna de ser escuchada. No será defraudado.

La lámpara se balanceó por el ingreso de una brisa fresca y la luz jugó en los rasgos seniles del anciano, en su cabello ralo y albo, en su barba escasa y en sus ojos acuosos y cansados. También el rostro del hombre que escuchaba se iluminó con intermitencias, mostrando una mirada serena y pensativa, plasmada como un imposible sobre los rígidos rasgos caucásicos que parecían hablar de un pasado duro y de un presente de resignación.

—Eran tiempos difíciles y escasa la energía que nos impulsaba a continuar adelante. Yo tenía mi título de licenciado en letras que nada pudo frente a la conquista de los Ignotos, y acabé armando cabezas explosivas como la mayoría de los hombres de aquellos años.

Nadie tenía derecho a elevar su nariz por encima de los hombros, y mirar a un Ignoto a los ojos era causante de fusilamiento inmediato. Recuerdo cómo temblábamos de terror cuando uno de ellos cruzaba frente a uno de nosotros, en los talleres, buscando tan sólo una falla, un pequeño error que justificara su sadismo. Chasqueaban sus apéndices en el aire como látigos para vernos vibrar del miedo y obligarnos a trabajar más rápido. Existía en el ambiente un constante hostigamiento psicológico que acababa derrumbándolo a uno.

Eran días sangrientos donde la vida humana valía menos que la ropa que uno vestía y donde un plato de alimentos se cuidaba a muerte.

Los Ignotos sólo se preocupaban por mantener bien altas las reservas de armamentos que luego utilizarían en sus continuas guerras en mundos remotos. Nosotros éramos apenas elementos serviles que debíamos producir catorce horas al día sin detenernos siquiera para ir al baño.

Orinarse encima era humillante pero la mayor vergüenza era no poder mirar los rostros de nuestros hijos cuando nos devolvían al hogar para descansar. Eso era terrible.

El anciano se cubrió el rostro con una mano nervuda y gastada.

—Mis tres niños eran muy pequeños y aún no les eran útiles en las fábricas, por eso los mantenían encerrados en sus casas, con su madre, esperando el día que fueran mecanismos pragmáticos, elementos que encajaran en sus máquinas de muerte.

Una tarde, que pudo ser cualquiera, que pudo ser ayer, cuando me cambiaba de ropa en los vestuarios para ingresar a mi ocupación diaria, apareció un sobre en el bolsillo de mi mameluco. Al abrirlo vi que era una carta pobre y atemorizada que hablaba de libertad con muy poca coherencia y de planes con escasa, sino nula, luz de razón.

Supe de inmediato que ese papel me metería en problemas y por eso me lo comí allí mismo y salí de los vestuarios como si nada, bajo la vista cómplice de compañeros que buscaban en mí un indicio de apoyo.

Los ignoré porque sabía perfectamente qué buscaban y porque no deseaba ser parte de su plan suicida. Yo era demasiado inteligente para creer en sus palabras. Demasiado.

Una nueva pausa interrumpió el relato del anciano y éste se mostró perdido.

—¿No es usted el doctor?

—No lo soy.

—¿Y por qué me dio los medicamentos hace un rato?

—Yo no le di nada —respondió el hombre tranquilamente—. Sólo vengo a oír su historia. Es todo.

—¡La historia, claro! Los medicamentos y la historia. Son como las dos caras de una misma moneda. Son opuestos y ambos me mantienen con vida. Creo.

Mis compañeros me buscaron toda esa tarde para que los apoyara en su rebelión frente a los seres dominantes que nos tenían cautivos en nuestro propio mundo, pero yo esquivé sus miradas insinuantes una y otra vez, hasta que tuvieron que convencerse de que nada obtendrían.

Y así, con esa decisión firmemente anclada en mí, regresé a casa.

A la mañana siguiente encontré los cuerpos decapitados de mis compañeros, desangrándose en la plaza central de la fábrica, expuestos como advertencia a todo aquel que desoyera a los Ignotos y sus fustas.

Entonces supe que luego vendrían por mí. ¿Sabe por qué? Porque sus cabezas no estaban allí, porque las exprimían con sus maquinarias demoníacas y extraían todos sus pensamientos y cavilaciones. Obtenían nombres, lugares, fechas, todo.

De todas maneras caminé hasta mi puesto y cumplí mi cupo de armamento explosivo del día. Los malditos esperaron que trabajara hasta la última hora para aprovecharme al máximo. Luego, en lugar de llevarme a casa, me maniataron antes de que pudiera intentar escapar, me trasladaron a un sitio apartado y me arrojaron a la oscuridad de un sótano.

Una lágrima rodó por el rostro arrugado del anciano y el hombre que escuchaba se conmovió. Deseó poder enjugarla pero mantuvo su postura y dejó que ella encontrara por sí misma su destino sobre la superficie de la mesa.

—Días enteros pasé en esa oscuridad y silencio absolutos. Grité y chillé constantemente pero nadie me oyó. Estaba hambriento y sucio y me dolían todos los huesos del cuerpo. Quería morir.

Entonces vinieron por mí y me llevaron a la máquina del pensamiento. Agradezco que lo hayan hecho con el resto de mi cuerpo unido a la cabeza.

Ese aparato era aterrador, un sillón cilíndrico de metal frío con un respaldo detrás, coronado con un casco de hierro, similar a una silla eléctrica. Demasiado parecido a una silla eléctrica.

Me sentaron allí sin decirme nada, y moviendo rápidamente sus tentáculos hacia todas partes, me conectaron el casco, ajustaron los grilletes en los tobillos y las muñecas y activaron el equipo sin vacilar.

Una corriente de energía atravesó mi carne y me calcinó la cabeza. Parecía que iba a estallar y que la sangre escaparía a chorros de mis venas. Entonces aliviaron un poco el castigo y luego volvieron a la carga. Y en ese momentos los pensamientos afloraron en mi cabeza uno tras otro y su máquinas endiabladas registraron todo lo que pudieron leer allí.

Y yo sufriendo en esa silla eléctrica lloré tristemente al ver la imagen de mis hijos mirarme a la cara al regresar del trabajo cada día. Y lloré también porque supe que irían por ellos luego. No dejaban cabos sueltos. Todos deberíamos morir.

Cuando ya no serví para nada más me echaron a un lado y cargaron en la máquina a mi esposa, que también había sido capturada. Pude verla e identificarla pero no tenía las fuerzas para levantar siquiera la cabeza. Y activaron la máquina y su cuerpo se sacudió frenético, y el chisporroteo de la energía me cayo encima y me quemó el cuerpo, pero más me quemaba por dentro verla y no poder hacer nada.

Su cerebro se frió allí. No pudo soportar la tortura y falleció mientras se retorcía del dolor.

Las lágrimas del anciano fluyeron incontenibles y el hombre enfrente de él no pudo menos que cubrirse el rostro. Había dolor en su corazón.

—Tiraron su cuerpo muerto en un hoyo en el campo y a mí me tiraron en otro. Y me abandonaron para que muriera. Era cuestión de horas o tal vez apenas minutos. Supongo que se confiaron porque me vieron muy maltratado, pero no creo que haya sido piedad. No lo creo.


Ilustración: Tut

¡Oiga! ¿Qué hace usted acá? Usted no es el médico —gritó el anciano cambiando súbitamente de tono.

—No lo soy. Vengo por la historia.

—¡Bah! Esa maldita historia no vale nada, ¿por qué no se va y me deja en paz?

—A mí siempre me interesó. No me canso de escucharla.

—¡Que no se cansa! ¿Y cuándo la oyó antes? ¿O acaso es uno de ellos usted también?

—¡No! Tranquilícese —agregó el hombre poniéndose de pie.

—¡Váyase! ¡Váyase! ¡Guardias!

El hombre se asustó y quiso abrazar al anciano para que dejara de gritar pero éste lo alejó lanzando golpes al aire.

Llegaron varios enfermeros y se apresuraron a sedar al anciano.

—¿Está bien señor Ramírez? —le preguntó uno de ellos al hombre agitado y desaliñado.

—Sí, sí. Gracias. Es que tuvo otro de sus accesos paranoicos —y agachando la cabeza añadió—: Igualmente ya me voy. Es demasiado para un solo día. Siempre es demasiado.

El hombre se alejó del conjunto de médicos y enfermeros que atendían al anciano superviviente recordando sus terribles palabras y martillándose la cabeza con ellas una y otra vez. Los Ignotos y su supuesto yugo sobre la humanidad eran una metáfora alucinatoria perfecta para ocultar la triste y dura realidad que el anciano debió haber atravesado en aquellos días infames para el país. Aquellos días de torturas, persecución y muerte. Aunque la realidad misma bien podría ser una alucinación que ocultara a los Ignotos y su ocupación del mundo. Era una rara manera de verlo, pero no imposible.

El hombre meneó la cabeza.

Regresaría al día siguiente, se dijo, después de todo aquel anciano era su padre, y él el único hijo que sobrevivió a la masacre. Lo visitaría al día siguiente para escuchar con atención la historia de los Ignotos y de su madre y hermanos, como lo había hecho en los últimos treinta años; y su padre lo volvería a confundir con el médico y lo echaría nuevamente a patadas. Como todos los días.

O casi todos.


La memoria es volátil y a veces funciona como si no hubiera estado involucrada en los hechos que pretende haber registrado. O los hechos mienten y tratan de burlar a la memoria.

Claudio Alejandro Amodeo nació el 6 de noviembre de 1977 en la ciudad de Buenos Aires. Cuando tenía catorce años se animó a presentar algunos relatos en importantes editoriales; fueron aceptados, pero no leídos. Por algún tiempo se dedicó con intensidad a jugar al ajedrez, actividad en la que se destacó, con buenos resultados en torneos juveniles. Luego se impuso el estudio y se recibió de Técnico en Electrónica y Analista de Sistemas de Información, gracias a lo cual hoy tiene un medio de vida y tiempo (no todo el que quisiera) para desarrollar su carrera literaria. En Axxón publicó: "La chica de rojo" (149), "El libro de las predicciones" (153), "Carrusel fantasma" (155), "Por favor, no leer" (159).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopías: Memoria: Argentina: Argentino).

            

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