EL UMBRAL

Oliverio Coelho

Argentina

Cierta tarde indiferenciable de todas las anteriores, recibí el primer llamado. Dudé, la chicharra me resultó un elemento hostil, una interrupción en mi calculada intimidad. Observé el teléfono como si bastara un objeto —ése— para descifrar la muerte en fuga. Dejé que los timbres se sucedieran, como fallas en el tiempo, hasta desaparecer.

Me encontré paralizado junto a una ventana que enmarcaba una calle apagada. El cielo estaba gris y removido por una corriente de nubes lechosas. Algunos hombres agotados erraban por las aceras apoyándose en las paredes, en las persianas de negocios clausurados o en las vidrieras maltrechas. Como en un suburbio, cada hombre se confundía con un posible mendigo por el modo balanceado de andar, por su ropa o por alguna deficiencia física. Me sorprendió no haberme resignado aún a la costumbre de descubrirlos afuera. De cuándo en cuándo verlos me sorprendía. Muy esporádicamente sentía miedo aun sabiendo que estaban allí para hacer su vida y no para vigilarme.

Todos los hombres tarde o temprano terminaremos así. Nunca he sabido hacia dónde van. Nunca pregunté por qué. Nunca me interesó el contacto con los vecinos, ya que también ellos podrían haberme interrogado si yo les preguntaba. Me incomodaba suponer que podían saber algo que yo no, y por esa razón obvia nunca investigué. Pero sin duda a ellos no saber los humillaba tanto o más que a mí.

Después del llamado me preocupó, no tanto el anonimato y la eternidad primitiva de los desguarnecidos de enfrente, sino el recuerdo de mi madre. Ellos, es cierto, me asustaban, ante todo porque no tenía con quién hablar de su existencia, y porque de un día para otro cualquiera podía agregarse a la procesión al salir a la calle y perderse en el laberinto de túneles, pasadizos y corredores de la ciudad. Todavía —no me avergüenza confesarlo— no estaba preparado para admitir que ellos existían. En cambio no poder determinar en ese momento cuándo había muerto mi madre, cuántos años de rutina y soledad habían pasado desde entonces, me horrorizó sobremanera. Temí que entre ella y yo mediara la misma eternidad postiza que paría e impulsaba a los hombres de abajo. Intenté buscar algún indicio que me permitiera saber... Nada. Una zona de silencio de la que sólo participaban vecinos insondables. No recordaba tener partidas de defunción, testamentos, recortes necrológicos.

La intermitencia explosiva del teléfono me salvó de la debacle moral. Me quedé paralizado en el lugar. No, no podía negar que otra vez alguien, del otro lado, me buscaba. Hacía días que no recibía ni siquiera un llamado equivocado. Quizás atender fuera una decisión oportuna. No corría riesgos; lo más trágico podía resultar que después de tanta expectativa alguien pidiera por un hombre que no era yo. O que algún vecino intrépido se atreviera a consultar quiénes eran los de enfrente. O que mi madre, desde el más allá, llamara para sanear mis dudas. Me incliné, descolgué el tubo y me limité a escuchar lo que sucedía del otro lado. Una mujer de voz temblorosa preguntó agresivamente por el señor Reti, y casi sin preámbulos me habló de un objeto que podía interesarme. Yo, que he pasado mi vida —quiero decir, los años posteriores a la fuga de mamá— recuperando objetos devaluados por el tiempo y por los coleccionistas profesionales, me sorprendí primero de que me atribuyeran la nobleza de un oficio —preservar objetos en favor de la propia humanidad—, y luego de que una mujer se hubiera dirigido a mí, un solitario que había mantenido en absoluta reserva su pequeño vicio. Nunca nadie había tenido acceso a mis objetos... Traté de no imaginar cómo ella podía saber tanto acerca de mis cualidades intangibles.

Protesté, el ofrecimiento me resultó una acusación disfrazada de burla, y de inmediato lo rechacé. Sin embargo, no tuve valor suficiente para cortar; excitado por la situación, le pregunté su nombre. Hacía tiempo que no preguntaba por algo y escuchaba una respuesta en boca de una dama. Como si la voz se le atrancara entre los labios, ella jadeó una palabra: Laura. Apunté su número de teléfono y prometí llamarla en unos días, después de haber reflexionado debidamente sobre el asunto. Del otro lado ella me dijo "claro, como quiera", y cortó. Me invadió un orgullo pospuesto e inflamado durante años. Quedaban tan pocas mujeres... ¡y justo a mí me tocaba una! ¿No habría una trampa? ¿Por qué yo? ¿Y ellos...?

Tres horas más tarde, inseguro, sin saber si quería hablar con Laura, con un vecino o simplemente con cualquier individuo, marqué el número. Temí que atendiera otra persona, que la Mujer se hubiera esfumado y yo me viera en la embarazosa situación de darle a un hombre insípido una explicación que no había preparado. A cualquier persona en la misma situación le habría bastado una pregunta para lograr su cometido. Yo, en cambio, temí no poder arreglármelas para formular un pedido del tipo "¿está Laura?" sin demostrar de antemano el derecho que tenía a la interrogación. Cuando el desasosiego aumentaba y en un acceso de pánico me disponía a renunciar al llamado y a esa mujer anónima, del otro lado se arqueó la misma voz desgranada y masculina. Pactamos un encuentro en su casa. No hubo tiempo para proponer preguntas o dudar; al cortar quedó entre nosotros la comunidad indescriptible de quienes están a punto de transgredir una ley. Y así como no recordaba cuándo había muerto mi madre, noté, casi con orgullo, que había perdido la cuenta de los días que había pasado sin salir a la calle. Aunque claro, perder la cuenta de los días de encierro porque afuera están ellos, no es lo mismo que olvidar, por misteriosas influencias, cuándo había perdido al ser más querido.

Al día siguiente desempolvé un traje que en mi prehistoria, es decir, en mi juventud, usufructué obsesivamente en mi trabajo... Naturalmente, quehaceres de oficina. No podría haber soportado otro ámbito. Mis mejores épocas transcurrieron en un archivo. No recuerdo cuándo ni dónde. Sería una dependencia municipal, muchos legajos, expedientes podridos, polvo, jefes de aspecto grasiento y enormes cejas canosas. Recuerdo, sí, que por ese entonces ya casi no quedaban mujeres; nuestra labor en realidad era inútil, intrascendente, un pequeño consuelo, como cualquier trabajo, preservado estratégicamente por el Estado para proteger a algunos hombres de la declinación del resto. En el archivo, si no recuerdo mal, trabajábamos diez señores melancólicos y corpulentos, de ademanes amortiguados y mirada inexpresiva, y una anciana huraña que ya no era una promesa orgánica para el Estado y de la que ningún hombre deseaba apoderarse. Lo esencial para soportar trabajos de alta exigencia moral era saber pactar con la farsa. Por eso duré hasta la desaparición de mamá; incluso habría obtenido alguno de esos ascensos ficticios si no hubiera sido por ella, digo, por su ausencia indomesticable. Qué su hijo no recordara la fecha... ¡Y que ese olvido arrastrara y justificara tantas omisiones! Todo aconteció tan precipitadamente que no podría definir la desgracia en una sola pérdida. ¿Debería haber conservado la esperanza de que ella regresara algún día? ¿Debería haberme dedicado a reconstruir la memoria?

Tampoco recordaba las calles de la ciudad; en los últimos años había crecido tanto que si uno se echaba a andar en algún momento llegaba a la frontera de algún país vecino. Aquel día, por temor a perderme y a que un grupo de desgraciados abusara de mí, invertí el excedente de mi pensión en un taxi. Me pareció tan elemental no recordar; tan justo que creí nunca había sido de otro modo: no podía indicar épocas en que la memoria hubiera sido realmente necesaria entre los hombres. Si Laura no me hubiera llamado e invocado, también habría olvidado mi nombre, me habría extinguido sin él. Pero quizás por eso apareció ella en mi vida: para restituirme el nombre, para que no me arrastrase el anonimato. Quizás por esa razón fui elegido.

A la hora señalada estuve en la puerta de una casona en decadencia —por lo demás, creo, todos los edificios históricos de la ciudad están deteriorados—. Por una mezcla de curiosidad e inseguridad me mantuve suspendido en el umbral durante minutos. Se sucedieron expectativas irrealizables, recuerdos y sueños que elaboraban debajo de la rutina una insuperable trama subterránea, hasta que por fin toqué el timbre. Creo que presioné más de lo debido. Por supuesto: así se anuncian los hombres pudorosos y puntuales.

Una mujer de elegancia añeja abrió de inmediato, como si hubiera estado esperando del otro lado de la entrada. Se presentó como Laura, y rápida, sin asomarse, temerosa de que la vieran los de afuera, me hizo pasar. Casi decepcionada de que yo hubiera cumplido con la invitación y además hubiera sido puntual, me condujo a través de un corredor opaco. Los ambientes eran amplios y conservaban en el polvo un lujo remoto, lastimado, una onírica frialdad de posguerra.

El conjunto me resultó decepcionante. Quizás hubiera pasado tanto tiempo sin ver a una mujer, que en mi memoria las había trasformado en animales lentos y fabulosos. Puedo afirmar, a pesar del contacto limitado que mi generación ha tenido con la sustancia femenina, que lo importante es que una mujer emule alguna forma zoológica: una garza, un cisne, una pantera, una cigarra. Laura apenas tenía afinidades con el mundo animal. En realidad ella prefería el universo inanimado; la espalda desafinada, las caderas deprimidas y las pantorrillas chatas señalaban de inmediato —y esto lo habría percibido cualquier persona atenta— a una mujer empecinada en asemejarse a un objeto. Con la misma convicción disimulada evitaba la cortesía. Andaba por el corredor y transponía entradas y reducidos jardines de invierno como si yo la persiguiera y ella estuviera obligada a huir.

Por fin nos detuvimos en un salón donde todos los muebles estaban amordazados por fundas de gasa negra. Había un aire levemente rancio, a madera húmeda y alquitrán. Me indicó un sillón y con voz ronca, como limada por la fricción del continuo falsete, ordenó que tomara asiento mientras ella traía algo para beber. Traté de aprehender los detalles del ambiente, pero a medida que avanzaba en la contemplación, los objetos, las sombras residuales, los rincones, se multiplicaban y en este retroceso de la cualidad en favor de la cantidad, volvían vertiginosa la penumbra. De pronto me vi solo en el sillón. Busqué a Laura con la mirada. No había percibido sus pasos en fuga. ¿Dónde había ido? Al rato regresó con una bandeja de mimbre, una botella y dos copas de coñac. Pensé que aunque ella intentara lo contrario, se portaba como una buena anfitriona.

Hubiera querido decirle que no... que me disgustaba el alcohol, no quería ponerla en peligro: una copa, dos copas, y luego, como en casos reiterados durante años, la envidia, la necesidad de apropiarse de la mujer, privar a los demás de ella, ¡y finalmente el crimen! Esta explicación la habría ofendido más, de modo que en cuanto me pasó la copa me la eché de un trago para no sufrir reiteradamente en cada sorbo la posibilidad de perder los cabales. Ella me observó con cuidado, ejecutando una habilidosa disección que no provenía del ímpetu amoroso sino de una insolente muestra de superioridad; parecía ajena al riesgo que en nuestro mundo una mujer corre ante un hombre. Recién habló cuando apoyé la copa vacía sobre la mesa:

—No pregunta nada. No parece ansioso. Soy una mujer. ¿Usted qué cree? ¿Que ésta oportunidad la tienen todos? Disculpe, acabo de notar que le faltan varios dientes —se acarició la cara para subrayar el asombro—. Si lo hubiera sabido llamaba a otra persona.

Asentí ensimismado. Tuve la impresión de que ella no le hablaba a la persona que yo creía ser. ¿Unos cuántos dientes? ¿Cuándo y cómo los había perdido? Que yo recordara, me faltaba solo uno. Disimuladamente, mientras ella diluía los ojos y exponía la sonrisa en una expresión angelical provocada sin duda por algo que ocurría a mis espaldas —mi propia incertidumbre—, me introduje el meñique en la boca y lo deslicé intentando extraer de la sumatoria de los intervalos entre cada diente la solución al interrogante, o mejor dicho, a la ofensa. Noté que en efecto eran más los dientes que me faltaban que los que todavía poseía. Me resultó imposible formular una ecuación pertinente para definir el mapa de mi dentadura. Laura no sólo estaba en lo cierto, sino que además tenía derecho a la incomodidad y a la piadosa indignación: si yo mismo al salir de casa hubiera percibido tanto desatino, habría preferido quedarme en el cuarto, frente a la influencia de ellos. ¡Pero cómo era posible...! De un momento a otro ellos no me parecían tan inmorales... Mientras más frotaba el meñique contra las encías, se me hacía inocultable la afinidad: ellos, como yo, no sabían recordar y por eso caminaban; quizás en un futuro lejano yo también vagara con la ilusión frustrada de un rumbo.

—Si no pregunta lo echo —dijo ella poniéndose de pie y señalando una puerta—. No soporto que en vez de hablar se toque la boca. Es una falta de respeto. Usted no es la persona indicada. Miles desearían estar en su lugar. No sea ingrato. Usted es muy distinto a la persona que ayer me prometió con su voz. ¿Está seguro de que es el mismo? ¿No hubo algún malentendido?

No faltaba más: que quisiera convencerme de que yo no era quién debiera haber sido. Me revolví en mi asiento. Sentí que el coñac me ardía en el estómago. Enseguida deseché el primer impulso; no podía levantarme y estrangularla como tantos desmemoriados que no han tolerado el valor y el significado de una mujer. Tenía ante mi una ocasión que quizás no volviera a presentarse: huir de ellos, recuperar recuerdos, conservar indeleble mi nombre, humanizarme en una mujer. Hice un esfuerzo, pensé que la vida y los recuerdos eran escasos. Consideré la ventaja innegable que en ese momento tenía sobre el resto de los hombres. Balbuceando le pregunté por qué me había llamado. Sin entusiasmo, me respondió que durante tiempo recabó información sobre coleccionistas; un traficante de objetos a quien no podía mencionar le había dado mi teléfono definiéndome como a uno de los últimos hombres: un inocente respetuoso, un moralista. Había decidido llamarme con absoluta confianza. Pero no esperaba encontrarse con un ser inseguro cuya mayor debilidad estaba, no en la decrepitud, sino en pretender caber en el hombre que había sido: durar entre el presente y el pasado para que la inminente desposesión fuera menos dolorosa, casi un acto de negligencia. La única alternativa real que le quedaba a los refugiados de mi clase era el futuro. Se notaba que estaba en tránsito y que en cualquier momento, si no reaccionaba, si no barría con alguna causa verosímil la inversión del tiempo y el espacio en la que vivíamos sumidos, no podría resistir la influencia de ellos. Cuestión de días, semanas, y caería en el imán; la resistencia, por más tímido y lúcido que fuera, se esfumaría ante el poder cíclico de la representación. Todos nosotros cederíamos. En un futuro no muy lejano todos los hombres estarían de pie, deteriorados, deambulando frenéticos por las calles hasta desfondarse los talones.

Hice silencio para superar esa advertencia hostil. Enseguida se me ocurrió que ella mentía y aprovechaba mi presencia para rejuvenecer. No creía estar tan expuesto y tan próximo a lo que ocurría del otro lado. Por otra parte nadie podría haberle dado mi número... ¿Pero podía ser de otro modo si cuando llamó ella ya sabía quién atendería? ¿Cómo conocía mi debilidad... mi vicio por objetos indeseados... prohibidos? ¿Habría tenido algún contacto con mi madre? Decidí proseguir el diálogo y abordar la cuestión más adelante, cuando hubiera superado el miedo y la impotencia que me generaban sus profecías.

—Está bien, vamos al grano —dije con un poco de coraje fingido—. Si me va a hacer un ofrecimiento, hágalo ahora. Sino me voy, y sabe lo que eso puede significar. Usted misma lo ha dicho, estoy casi del otro lado.

Laura me miró pensativa y satisfecha por mi repentino atrevimiento. Supo que con su ofensa había rasgado el velo que ocultaba, detrás de una apariencia insulsa, al desvirtuado coleccionista: un irreverente monstruo de tocador incapaz de una confidencia tierna. Se puso de pie, caminó cautelosa hacia una puerta, y estudiando desde ahí mi expectativa, me instó a que me acercara. Obedecí con sobreactuada lentitud. Esta vez el coraje fue inútil. De espaldas, a pesar de la ropa anticuada, ella me resultó una mujer cautivante. Comprendí que cada parte —los hombros, las piernas, las caderas— cedía su fealdad atormentada para conformar un cuerpo radiante ante el cual prosternarse.

Avanzamos por un nuevo corredor más áspero y húmedo que los anteriores. Lámparas tenues proyectaban sobre las paredes una luz arcillosa. Desembocamos en la puerta del fondo. Ella me miró compasivamente, como si no me creyera preparado para presenciar lo que había del otro lado. Yo retuve la mirada en su boca, ajeno al desafío de transponer la puerta. En los labios estaba la evidencia de su juventud; a pesar de obstinarse en lo contrario, a pesar de afearse y vestirse a la antigua, una golosa inmadurez delataba sus rasgos fértiles. Me inquieté: hacía tiempo que no tenía tan cerca a una mujer joven. Un verdadero y comprometedor privilegio. No quedaban muchas y era comprensible que ella tratara de ocultar su condición para no correr riesgos. Entre ellos no había ni siquiera mujeres mayores. Eran tan pocas que el Estado las protegía, las preservaba para asegurar el futuro de la especie. Las escasas mujeres en libertad corrían riesgos extremos, como ser raptadas o ser víctimas de ingenuos crímenes pasionales. Aunque matar a una mujer era mucho más grave que matar a un humano y estaba sancionado con pena de muerte, cualquier hombre, en cuánto poseía una, se tomaba el derecho de asesinarla por temor a la humillación. Como nunca, pesaba entre nosotros la vergüenza de ser hombres. He aquí por qué ellos, a pesar de no reproducirse y estar predestinados a la extinción, parecían cada vez más.

Desde mi visión humilde y algo herética, faltaban mujeres porque ya no había hombres capaces de rebelarse y soportar su costo, es decir, la impotencia a la que nos habían sometido durante siglos. Ellas sin duda existían en algún lado. Las románticas seguían escondidas en el corazón de las ciudades, en las zonas viejas, empeñándose en el género, negándose a perder su reino catastrófico. Laura era una de las románticas: o se había fugado del territorio paralelo ideado por el Estado para asegurar la continuidad de la especie, o nunca, desde que había sido implementado este sospechoso plan de urgencia y amparo, había sido descubierta por algún escuadrón de solitarios.


Ilustración: Valeria Uccelli

Lo cierto es que pasamos a un cuarto que no parecía tener nada particular. Carecía de ventanas y tenía el aire acogedor y mullido de los depósitos largamente clausurados. Contra las paredes había estantes y ménsulas que soportaban todo tipo de objetos prohibidos. Uno a uno fui reconociéndolos y cotejándolos con los que yo poseía en una habitación similar, sin ventanas, en el fondo de mi casa. Laura impidió que me acercara demasiado a las reliquias. Me sugirió que me sentara. Obedecí y entonces tomé conciencia de lo que podía significar una mujer. Avizoré lo incomprensible, un vértice del misterio. Creo que otro en mi lugar no habría resistido y habría tratado de apropiarse... Yo, en cambio, me contuve e intenté conducirme de un modo razonable; no tenía motivos suficientes, aunque sí deseables, para comportarme como ellos. Me pareció que estaba ante un sueño milagroso y que un movimiento desatinado podía desplazarme hacia el despertar, hacia la ventana neutra, irreal.

Permanecí fijo en mi lugar para superar la incertidumbre. Ella se acomodó en otra silla y me señaló una caja de costados plásticos y una superficie de vidrio convexo en el frente. Fascinado, reconocí el objeto. Había oído hablar al respecto; avezados coleccionistas, tiempo atrás, cuando vivía mamá, me lo habían referido con cierta exaltación mística.

—Mírelo de cerca si quiere. Pero no lo toque.

Me acerqué y lo inspeccioné. Enseguida, por el tipo de perillas y la chapa esmaltada, deduje que era de los primeros que se habían fabricado. No quise interponer preguntas que desvanecieran el aura que destilaba el tesoro. La presencia de ella junto a ese objeto inmerecido desató mi curiosidad: ¿cómo Laura había pasado tanto tiempo en cautiverio, sin ser descubierta? ¿Cómo no había sido delatada? ¿Y cómo yo no había deducido aún mi función en la escena, las causas de la invitación?

Se me ocurrió que con un poco de voluntad podía precipitar su desgracia. Me bastaba con salir a la calle y denunciarla ante ellos: presentarla como una mujer joven que sobrevivía refugiada en el misterio. De pronto me detuve y sentí serenidad ante un recuerdo: ella me había prometido un objeto. Para corregir mi ingratitud, le confesé que apreciaba realmente su invitación; hacía tiempo que nadie me hacía tan dichoso, tan humano. Ella asintió a todo y duplicó el enigma con su reserva. No aludió al objeto ni a lo que en ese momento me resultó un absurdo: la promesa de destinármelo. ¿De qué manera podía ofrecérmelo? No, ella no iba a hablar; era obvio, yo debía encontrar el modo de apropiarme de él... No se tomaría el atrevimiento de facilitarme la conquista a través de un vulgar ofrecimiento. La cuestión era más dificultosa de lo que había calculado. Sin duda Laura estaba dispuesta a perderlo, pero a cambio de algo... a un costo lógico y convenido:

—Laura, ¿usted tiene conciencia del riesgo que está corriendo?

—Sí, claro —todo en ella pareció encenderse—, para eso lo llamé, ¿o no?

—Quisiera ayudarla, aceptar... pero no sé.

Ella jadeó en señal de comprensión. Naturalmente, el problema, el impedimento, por decirlo así, eran ellos: cómo no obedecer al llamado si el hecho de contemplarlos día a día ejercía una influencia irresistible. Pensé que una posibilidad —la más lógica—, era estrangular a Laura y llevarme el objeto. No había ningún peligro en actuar bajo la inercia de una moral desequilibrada. Equivalía a obedecer un impulso absolutorio. Otra alternativa era negociar. Le juraba absoluta reserva y todo estaba resuelto: su vida —si todavía le interesaba vivir— quedaba transitoriamente resguardada. Enseguida descarté ésta idea; me resultó extorsiva, un modo de no inclinarme ni por un lado ni por otro. Lo más sensato era ofrecerle a cambio lo que yo consideraba pertinente: un poco menos de lo justo. No ser ni cobarde ni temerario, hacerse pasar por mediocre o idiota siempre es ventajoso.

Le pregunté si tenía pensado algún trato al respecto. Ofendida, como si la hubiera amenazado o insultado, contestó que me correspondía pensarlo en su lugar, ella no podía hacer propuestas. Dudé. En el fondo me pedía auxilio; su soledad debía ser más atormentada que la mía. También ella, a través de las rendijas de la ventana, debía verlos errar día y noche. Y sin duda sufría porque de un momento a otro todo podía cambiar: o era rescata por patrullas especializadas en protección femenina —espías infiltrados entre ellos para acopiar información—, o perecía en las garras de algún desesperado que no podía tolerar lo que representaba una mujer.

Entre los hombres ya nadie acostumbraba a salvar mujeres. De cualquier manera estaban condenadas y expuestas a un mal que se auto regeneraba y preservaba la expectativa de los verdugos: la delación. Tratar de salvar a una implicaba, naturalmente, condenarse, traicionar al resto de los hombres. Cualquier intento hubiera sido inútil, contraproducente. Además Laura había elegido una vida de refugio. En fin, la única forma de vida. Yo no podía quedarme... Nunca podría poseerla mientras ellos, afuera, erraran sonámbulos tras el pasado de alguna mujer. No debía acompañar a Laura en el dolor, en el secreto. Mi fidelidad no duraría, no. Bastarían semanas, a lo sumo tres meses, para que la ansiedad me empujara a la barbarie. Y entonces sí... me perdería en el asfalto, en el resplandor, en las suturas de niebla. Creí comprender el por qué de tantos espectros impenitentes. No podía aceptar el objeto a semejante costo aunque su fastuosidad mereciera sacrificios de cualquier clase. Nunca llegaría a disfrutar de él. Así son los objetos prohibidos; su atracción reside en que uno cree estar siempre a punto de disfrutar de ellos, y cuando se retira siente, entre los intervalos de un bienestar desmigajado, la presión del vacío. Un soplo. Un suspiro. Y luego otra vez la necesidad de ese objeto. De modo que, si no iba a gozar enteramente ni de él ni de Laura, y por el contrario iba a estar a aprisionado en la postergación, no valía la pena exponerme a la tragedia. No podía predecir o controlar mi reacción después de días de convivencia. Me desagradó la posibilidad de mezclarme con ellos. Calculé que por ambicionar esa reliquia me exponía a perder mi modesta colección, mi reino.

—Laura, disculpe, no es que desprecie su ofrecimiento, pero no puedo, no puedo quedarme.

Su rostro expectante se distendió y cada gesto pareció diluirse en puntadas. Todo en ella encarnaba la decepción, el miedo, el arrepentimiento. Después de esa honrosa negación dejé de sentirme inofensivo: pesaba entre sus ojos como un potencial traidor; me obligaba a sospechar de mi comportamiento, y en ello yo encontraba un logro, un elogio ilimitado. Laura se volvía aceleradamente frágil. Mejor irse, irse con el objeto, sin lastimar a mi benefactora. Ella no atinaría a resistirse al robo por temor al escándalo. ¿Pero era necesario humillarla? Podía ofrecerle a cambio algo más sencillo para encubrir una trampa, una promesa, y no sentirme ingrato ante la oportunidad concedida: visitarla semanalmente y amenizar su soledad. Cuando estaba por formular la propuesta, ella emergió desde un rincón del cuarto:

—¿Piensa que yo lo aceptaría conmigo, estorbándome? No sea estúpido, ya tengo suficiente con mi soledad —me dirigió una mirada caníbal, programada para ese instante—. ¿Imagina si su soledad se sumara a la mía? Por favor, la soledad no se concilia ni se traiciona. Siga su intuición.

Enseguida pensé en ellos... Ese fue mi primer impulso: impregnarme en esa masa pastosa y fría de hombres que sólo eran una estela de aliento. Creí comprender: Laura no quería ser humillada en la calle ni en los territorios del Estado. Quería la paz, un final digno, casi amoroso. En fin, obtener algún privilegio de su propia muerte. Pocas mujeres tenían la suerte de morir en privado, en su propia casa, y en manos de un hombre inocente para quien el tesoro, y no la desesperada perdición, velaba el crimen con un raro hálito amoroso. A nadie podía negársele el derecho de morir humanamente. El suicidio era indigno, un final inapropiado para una mujer; después de semejante sacrilegio, el pasado, los secretos, los anhelos elaborados en el cautiverio, la melancolía, quedarían anulados. En Laura todo pasaría a ser absurdo. Su cuerpo, su promesa, serían desmantelados por un error ingrato. De todas formas las mujeres eran tan pocas que nunca ninguna se habría atrevido a una apuesta similar. Era mucho más que un suicidio: en una mujer habrían sido abolidos cantidad de hombres. Por eso, a pesar del aislamiento y la nostalgia, ninguna de ellas lo hacía... Nunca habían sentido realmente lo que significaba sobrar en el mundo.


Transité la casa veloz y con el objeto a cuestas. No quise pensar, empantanarme en preguntas. Sólo anhelé la salida, el futuro inmediato que creí me depararía la reliquia. Me topé con la misma sala enorme, el aire estático, de animal embalsamado. Luego los sillones hermosos e indescifrables. Atravesé sucesivos jardines de invierno y me desvié por corredores que me condujeron a cuartos intactos y polvorientos que tenían en la clausura algo ilícito... la eternidad. La casa parecía deshabitada desde hacía tiempo. No había huellas que señalaran el pasado de Laura. Preferí no volverme atrás. No corroborar aquel terreno sagrado de luz marchita. Tenía el objeto, era suficiente, no necesitaba saber más. No necesitaba salvarme. Atrás la penumbra se ramificaba y expulsaba sombras, manchas húmedas que deshacían el fasto de aquel paraíso deshabitado. Yo avanzaba y en cada ambiente hallaba reiterada la misma aridez, los muebles velados, mis propios pasos que sonaban bárbaros y extraían, de toda aquella naturaleza refugiada, una simetría fantasmal.

Por fin di con una salida. No recordé haber entrado por la misma puerta. Había anochecido en un cielo bajo y sin estrellas. Una luna excesiva se refractaba en el metal de la ciudad. En la oscuridad discerní el tránsito incansable de un racimo de ojos opacos. El viento removía el olor hinchado, a azufre y óxido, adherido a la niebla. Oí pasos fluidos, inidentificables. En la escena había algo dulce, conmovedor, como si alguien partiera con toda la inconsolable sabiduría a que puede aspirar un hombre que sin saberlo está regresando. Bajé el objeto, descansé y respiré largamente protegido en el umbral.



Si por fin logra dar con la salida no se le ocurra pensar que entró por esa misma puerta.

Oliverio Coelho nació en Buenos Aires en 1977. Publicó poemas, cuentos y reseñas en antologías y en revistas literarias de Argentina, México, España y Cuba. Entre otras distinciones, recibió el Premio latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (Gob. Puebla, CONACULTA, México) y el Primer Premio de novela en la Bienal Internacional de literatura de Puerto Rico. Su primera novela, Tierra de vigilia (2000) se editó en Argentina, México y Puerto Rico. En el 2002 obtuvo en Venezuela el Premio único Bienal latinoamericana de literatura José Rafael Pocaterra por el libro de cuentos Los que se quedan, de próxima publicación. Publicó la nouvelle "La víctima y los sueños" (2002) y las novelas Los invertebrables (2003), Borneo (2004) y Promesas naturales (2006). Reside en Buenos Aires.


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Argentina: Argentino).

            

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