DIVULGACIÓN: La segunda expedición de Byrd

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Desesperación
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
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NOTA DEL AUTOR:

No hace mucho tiempo superé mis 100 artículos (entre Divulgación y Zappings) publicados en Axxón.

Diversas obligaciones me impidieron entregar un artículo especial, que ofrezco hoy, como homenaje atrasado a los lectores, en dos partes sucesivas.

Así, pues, presento en este número este extraordinario ejemplo (tal vez el más pasmoso de la historia del descubrimiento) de amor a la ciencia, voluntad de sacrificio, fe inquebrantable y desprecio por la propia vida en aras del conocimiento.

Los párrafos en letra menor, indentados y en negrita proceden directamente de los diarios personales del protagonista. Los comentarios entre corchetes me pertenecen.

M.D.S.


Hemos hablado —desde esta ínclita tribuna y en los Zappings de Axxón— de los límites últimos de la resistencia humana.

Hemos recorrido la indomable voluntad de sobrevivir que han demostrado muchos hombres, desde Onoda, Minagawa e Ito (los últimos san-ryu-schajaponeses) hasta la férrea determinación de Pablo, el hombre que luchó décadas para salvar a los últimos bisontes, pasando por la increíble odisea del teniente Steeves, sólo comparable con la de los rugbiers uruguayos abandonados a su suerte en la cordillera de los Andes.

Pero el caso que retrataremos hoy aquí es tan difícil de creer, tan desesperante y dice tanto acerca de la naturaleza humana, que dejará a los lectores aturdidos, consternados y pensativos como dejó al autor de este artículo.

Estamos, por fin, frente a una hazaña humana que fácilmente podría ser tildada de imposible, si no fuera porque ocurrió en verdad, es parte de la historia de la aventura humana, y fue alcanzada por un hombre solo, librado a sus propios medios, durante larguísimo tiempo, en el ambiente más inhóspito, hostil y carente de recursos que haya existido jamás en el planeta Tierra.

Acompáñenos a conocer la inconcebible historia de la Base Antártica Avanzada Bolling y de su solitario habitante quien, contra todo pronóstico racional, consiguió sobrevivir para contarnos su aventura.


El almirante Richard Evelyn Byrd (y su segundo nombre nos explica por qué firmaba todos sus papeles sencillamente "Dick Byrd" ) nació en Winchester, Virginia, el 25 de octubre de 1888. Hijo de una familia de sólida raigambre sureña (era hijo del fundador de Richmond), Byrd estudió en la Universidad de Virginia para ingresar luego a la Academia Naval de los Estados Unidos, de la que egresó como guardiamarina a los 24 años de edad. Aprendió a volar durante la Primera Guerra Mundial y se convirtió en un pionero de la aviación naval mundial. Su principal preocupación fue diseñar métodos para asegurar el vuelo sobre aguas abiertas, para lo cual diseñó numerosos prototipos de instrumental, muchos de los cuales se siguen utilizando hoy en día.


Richard E. Byrd

Pero, sin duda, se recuerda mucho más a Dick Byrd por su portentosa faceta de explorador y pionero en regiones desconocidas. Su fama era tan grande que en 1925 se le confió el comando del equipo de vuelo de la famosa expedición ártica de MacMillan. En 1926, Byrd y Floyd Bennett informaron haber alcanzado el Polo Norte en su famoso vuelo transpolar desde Spitzbergen, aunque algunas evidencias modernas parecen sugerir que en realidad no pasaron sobre el polo sino cerca de él.

En 1927, Byrd y tres compañeros realizaron un espectacular vuelo transatlántico, que granjeó más fama y celebridad al ya famoso explorador.


Byrd (izq.) y Floyd Bennett

En 1929 la atención de Byrd se volvió hacia las tierras antárticas. Organizando una eficiente y enorme expedición, estableció en la costa de la Antártida Neocelandesa una base permanente a la que bautizó Little America. En esa primera expedición descubrió las Tierras de Rockefeller y la Tierra de Mary Byrd (a la que bautizó con el nombre de su esposa) y fue capaz de sobrevolar el Polo Sur por primera vez.

Nombrado contraalmirante en 1930, Byrd comenzó a pensar en regresar a la Antártida en 1933. Su nuevo viaje sería, a no dudarlo, la experiencia más importante de su vida.


Finalmente, llegó el año 1934, y con él la decisión, largamente planeada, de pasar el invierno antártico solo en una base ubicada a 80° 08' de latitud sur.

"Sin duda el mundo piensa que es algo hermoso llegar a un polo, o a los dos polos si se quiere", escribe Dick. "Miles de hombres han dedicado la mejor parte de sus vidas a llegar a un polo o al otro, y muchos de ellos han muerto en el camino. Pero entre el puñado de los que efectivamente han alcanzado los 90° de latitud, dudo que ni siquiera uno de ellos haya encontrado en el espectáculo del polo mismo algo especialmente inspirador. Pues es poco lo que hay que ver: en un extremo de la Tierra, un punto matemático en el centro de un océano enorme y vacío, y en el otro, un punto igualmente imaginario en medio de una gigantesca meseta vacía y barrida por los vientos. No es llegar al polo lo que tiene valor, sino lo que se aprende —de valor científico— durante el camino, además de llegar allí y ser capaz de regresar... vivo".

Pero... ¿qué es lo que Byrd pretendía aprender con esta loca decisión? La culpable, como la mayoría de las veces, fue la meteorología.


Todos los seres humanos se interesan y se preocupan por la meteorología; el agricultor cuyas cosechas dependen de las lluvias, los consumidores cuya hambre depende de esas cosechas, la economía cuyas variables dependen de sus precios, las industrias que motorizan al agro, los marineros cuya seguridad es juguete de las tormentas e incluso el simple turista que quiere planear un viajecito a Mar del Plata, todos ellos están obligados a leer, comprender y confiar sus destinos a un pronóstico meteorológico certero.


Pero en 1930, el papel de los polos en la meteorología global era totalmente desconocido y, por lo mismo, aún no comprendido.

Se sabía, sí, que los polos son fuentes inagotables de corrientes de aire frío que fluyen, incesantes, desde el Ártico y la Antártida hacia las regiones tropicales, que unas grandes corrientes de aire caliente, más altas que las anteriores, hacen el camino contrario, y que las interacciones entre ambas crean el intercambio térmico que es, esencialmente, el responsable de la climatología terrestre.

Pero la dinámica exacta de la meteorología polar no había sido adecuadamente estudiada. Para 1934 —cuando Byrd escribe— sólo doce expediciones polares habían rendido algunos datos útiles. Todos los registros provenían de bases antárticas costeras, de barcos que navegaban el océano cerca de la Antártida o de sus islas o por pequeños grupos de hombres que habían hecho una o dos rápidas incursiones tierra adentro.

Escuchemos: "Meteorológicamente, el interior de la Antártida era una incógnita. Ninguna estación fija había sido instalada jamás en la Antártida profunda. Nunca se había efectuado ninguna observación en los largos meses invernales, y los datos recogidos por expediciones montadas en trineos —muy fragmentarios— cubrían sólo los relativamente benignos meses del verano. Sin embargo, tierra adentro, allí donde no existe la influencia moderadora de los mares que rodean al continente, existía el frío más terrible del planeta. Era allí donde debían buscarse las verdaderas condiciones de la Antártida. Y fue allí donde me propuse instalar la Base Avanzada. Allí, donde se crea el clima".

La Teoría del Frente Polar, muy en boga durante aquellos años y que no ha cambiado sustancialmente en el siglo XXI, explicaba la circulación atmosférica exactamente como la describe Byrd en su diario, y, como se comprende, había que probarla mediante observaciones detalladas in situ. Para ello, alguien tendría que pasar un invierno completo en Base Avanzada. Pero había que planear la expedición completa y construir una base capaz de mantener con vida a sus habitantes durante el inconcebiblemente crudo invierno antártico de tierra adentro.

Estas cosas eran la especialidad de Byrd.


Byrd tenía como meteorólogo jefe al doctor Bill Haines, que ya lo había acompañado en su anterior expedición antártica, y el marino norteamericano decidió que el departamento meteorológico de su expedición sería el que tendría la prioridad en cuanto a hombres, presupuesto y equipos.

La idea directriz del planeamiento fue que Base Avanzada (como su nombre lo indica) tendría que estar muy, pero muy alejada de la costa de la Antártida. Byrd y Haines decidieron, por lo tanto, que la ubicación más adecuada sería al pie de las Montañas de la Reina Maud.

Dicho así, es posible que el lector piense: "Sí, muy bien. La Reina Maud". Sin embargo, esas montañas se encuentran a 640 kilómetros de la costa. Entre ellas y el mar se interpone la diabólica Barrera de Hielo de Ross, surcada de grietas de cientos de metros de profundidad, que ninguna expedición importante —ni siquiera la anterior de Byrd— había sido capaz de atravesar hasta el momento.


La Barrera de Ross, Little America y Base Avanzada

De modo que Haines y Byrd debían llevar varias docenas de toneladas de suministros y pertrechos desde el mar hasta las montañas, atravesando 640 kilómetros de terreno de grietas, en tractores oruga cuya capacidad de carga, en esas condiciones, era completamente desconocida hasta por su propio fabricante.

"Cualesquiera que eligieran habitar semejante lugar tendrían que aceptar la idea de soportar las temperaturas más extremas de la naturaleza, una larga noche tan oscura como la del lado oscuro de la Luna y un aislamiento que ninguna fuerza humana sería capaz de quebrar al menos durante seis meses", confiesa Richard.

A 640 kilómetros de la costa, los riesgos, peligros y complicaciones de una base antártica costera —"normal", podríamos llamarla— se intensifican unas mil veces. Esto se debe, sobre todo, a la imposibilidad (máxime en 1934) de transportar grandes cantidades de suministros a través de la Barrera de Hielo. Aún si todo salía bien, más que bien, incluso si todo salía perfecto, hubiese sido imposible poner en Base Avanzada más de tres hombres.

De manera que tres fue el número elegido por Byrd desde un principio: tres hombres solitarios, expertos, inmunes al frío, a la soledad y a la oscuridad. Sólo tres. "Ocupada por tres hombres así", razona Byrd, "Base Avanzada no iba a resultar un sitio demasiado difícil".

Desafortunadamente, se equivocaba.


En 1933, Byrd puso manos a la obra. El puntapié inicial del proyecto Base Avanzada era, por supuesto, diseñar la cabaña que debía albergar a los hombres durante la interminable noche polar. Para ello, reclutó al suboficial de los marinesVictor Czegka. El infante de marina haría los planos y Paul Siple, veterano de la anterior expedición antártica de Byrd, se ocuparía de calcular con exactitud los materiales de construcción y los pertrechos y abastecimientos que necesitaría albergar. Como se comprende, la tarea de estos dos hombres era crítica. Un pequeño error de diseño en el edificio, un ligero defecto en el cálculo del combustible para la calefacción o en la cantidad de alimentos, y los tres ocupantes de Base Avanzada sufrirían una muerte horrible. Un ebanista de Boston, Ivor Tinglof, construyó —aunque cueste creerlo— Base Avanzada en la terraza de su apartamento de Boston, ajustándose a los planos y especificaciones de Siple y Czegka. Así, pues, el buque insignia de la expedición, "Jacob Rubbert", zarpó de Boston en octubre de 1933 rumbo al Océano Antártico, llevando cuidadosamente embaladas en su bodega las secciones del edificio de Base Avanzada. Los tripulantes ignoraban todo acerca de ella, incluso el propósito de la expedición: "Aparte de Bill Haines, Siple, Czegka y yo, nadie más en el buque tenía más que una vaga idea acerca del objeto de la cabaña", puntualiza el jefe de la expedición. "Yo había hablado poco, porque la experiencia me había enseñado que las regiones polares tarde o temprano destruyen el plan mejor diseñado". Sin embargo, al comienzo de ese largo y peligroso viaje de 24.000 kilómetros hasta la Antártida, Byrd había decidido ya que él mismo sería uno de los huéspedes de Base Avanzada. Esta decisión le costó trabajo: pensó al principio que no tenía derecho a arriesgar su vida. En medio de la Gran Depresión de la época, había debido endeudarse hasta el límite para financiar la expedición. Su muerte o su desaparición sumiría a su esposa y a sus hijos en la más desesperante de las miserias. Como jefe de la expedición, estaba al mando de dos barcos, cuatro aviones y más de cien hombres, que quedarían sin quien los orientase y los mandase, aislados en el campamento base de Little America, si a él llegaba a sucederle algo. Sin embargo, escribe: "Por otro lado, era difícil ver que un jefe pudiera pedir a otros tres hombres que corrieran voluntariamente un riesgo que no estaba dispuesto a correr él mismo".


En su libro Discovery, Byrd narra la llegada de la expedición a Little America. Luego de tres meses y medio de navegación, la pequeña flota entró en la Bahía de las Ballenas el 17 de enero de 1934. Durante más de 5 kilómetros el almirante luchó por llevar a sus barcos hasta la costa, en medio de la gigantesca bahía llena de trozos flotantes de hielo. Pero, una vez en la costa, comprobó que los problemas no habían hecho más que comenzar. Entre la playa oriental de la bahía, donde habían desembarcado, y el edificio del campamento base en sí, había un kilómetro y medio de hielo de presión. Dejemos que Richard E. Byrd en persona nos informe acerca de esto: "Oleada tras oleada de hielo levantado y quebrado, atravesado por profundas grietas, abismos y zonas de aguas abiertas, con el fondo a 640 metros de profundidad. Para quien nunca haya visto hielo de presión, resulta difícil imaginarse lo que es. La franja que nos separaba de Little America me hizo pensar en un mar azotado por un huracán, petrificado en el momento culminante de la tormenta: olas de 12 metros de altura desde el pico hasta el valle. Pero las mareas y corrientes trabajaban sin descanso en la base del hielo. Se podían oír sus quejidos y aún verlo moverse a simple vista en una docena de sitios. Un lugar que hoy permitía un paso seguro mañana era una grieta sin fondo".

Byrd despachó los aviones para examinar el campo de hielo de presión y varios hombres con esquíes para caminar sobre él. La ominosa conclusión fue que ni los tractores para nieve y ni siquiera los perros podrían llegar al edificio.

No se trataba de un problema menor: no se podía intentar la instalación de Base Avanzada desde los buques. Había que tener un campamento base. La situación era tan grave que Byrd estuvo a punto de decidir abandonar definitivamente Little America para construir una base completamente nueva en la orilla occidental de la bahía, renunciando al equipamiento, infraestructura y comodidades ya instaladas por su expedición anterior.

Justo a tiempo, un equipo de esquiadores regresó explicando al marino que habían descubierto un paso seguro. "Seguro" era un eufemismo por "posible", ya que el paso tenía 11 kilómetros de largo (daba enormes rodeos, recuérdese que los barcos estaban a solo 1,5 km de Little America en línea recta) y estaba lleno de peligros potenciales. El hecho de que en su diario, cada vez que Byrd se refiere a ese paso escriba "Camino de las Penurias" da una idea clara de su peligrosidad y dificultad.

Dice el insigne explorador norteamericano: "Durante dos meses completos, todos los días, veinticuatro horas al día, luchamos con la carga entre los barcos y Little America, variando de camino para hacer frente a las siempre cambiantes condiciones del terreno. Tuvimos que construir puentes sobre las grietas, mientras el mar azotaba el hielo que dejábamos a nuestras espaldas. Algunos días, el sol de medianoche, siguiendo sin prisa su ruta circular alrededor del cielo, nos iluminaba todo el tiempo. Entonces hacía calor, y los hombres tenían que desnudarse hasta la cintura y nuestros 150 perros sufrían por la temperatura y se revolcaban, desesperados, en el hielo".

Pero otras veces la situación era la opuesta: las ventiscas aullaban, cegando a los hombres, que se veían obligados a ir a tientas, tocando con las manos una fila de banderolas que señalaban el camino. En otras oportunidades llegaba la niebla, lechosa y casi sólida, y el mundo se convertía en un cristal completamente opaco.

Luego de este penoso proceso, toda la carga estuvo estibada en Little America y los barcos pudieron partir por fin. Era el momento que Byrd había esperado para dedicarse a planear la instalación de Base Avanzada, pero, agotado como todos los demás, no se había percatado de un importante detalle: casi era demasiado tarde. Se encontraban ya a las puertas de marzo, el brutal invierno polar se aproximaba, y tanto él como sus subordinados estaban tan consumidos que era muy improbable que lograran hacerlo antes de que el clima los borrara de la faz de la Tierra.


Mientras transportaban los pertrechos a Little America, Base Avanzada había sido ensamblada, a modo de prueba, en el medio del campamento base. Uno de sus diseñadores, Paul Siple, se había hecho cargo de ella para probar los equipos de calefacción y ventilación. Ambos eran extremadamente críticos. No hace falta explicar lo de la calefacción, pero como los equipos de radio funcionaban a motor y la estufa con combustible, también era perentorio que el flujo de aire de la cabaña se renovara constantemente. Caso contrario, sus habitantes morirían asfixiados.

La disyuntiva de Byrd era difícil. Hacía entre -30 y -35°C y, en marzo, las expediciones antárticas están normalmente regresando a casa. Richard y sus hombres, por el contrario, estaban en la costa antártica, planeando internarse más de 600 kilómetros en el continente mientras el otoño dejaba paso al invierno y a la noche de seis meses que vendría con él. Los cuatro tractores habían sufrido muchísimo en los interminables trayectos a través del Camino de las Penurias, y todos necesitaban reparaciones, cambios de piezas y una revisión mecánica a fondo antes de pensar siquiera en intentar la travesía. No se podía pensar en los perros: muchos de ellos se habían ido con uno de los expedicionarios (el capitán Innes-Taylor) en una expedición de instalación de bases (depósitos de combustible y alimentos, principalmente) hacia el sur. En Little America sólo quedaban los débiles y los enfermos. Aunque hubiesen sido los mejores, es obvio que una partida de perros árticos no puede transportar 7 toneladas de suministros a lo largo de 640 kilómetros de hielo atravesado de grietas.

Byrd pensó en llevar la carga por avión, pero el más grande de los aparatos, un Fokker, se estrelló en esos días y quedó destrozado. Sólo otros dos podían transportar cargas: un Cóndor bimotor (crítico para la supervivencia de la operación, al que Byrd no podía arriesgar) y un pequeño Pilgrim, de escasa capacidad de carga. Para empeorar la situación, sus tripulantes se extraviaron en la niebla, y los hombres de Little America perdieron un precioso día buscándolos por todas partes.

Tendría que ser, pues, con los tractores.


Curtis-Wright T-32 Condorde la Expedición Byrd

La expedición disponía de cuatro: tres Citröen 10-20 franceses y un Cletrac 20-40 norteamericano. Los pequeños vehículos galos no tenían potencia suficiente para trabajar 24 horas al día en la Barrera de Ross. El Cletrac, que sí la poseía, era tan pesado que convertía a las grietas ocultas en un peligro letal.

Nunca nadie había intentado antes trabajar con automotores en la Antártida; y ciertamente era la primera vez que se pensaba en enviar tractores tan al sur. Byrd no tenía, por lo tanto, datos fiables en los cuales basar sus decisiones. Ni los mismos fabricantes de los snowcats habían soñado en probar sus motores a menos de -50°C ni habían analizado el comportamiento, agarre y adherencia de sus orugas en arena. Esto es porque los fríos extremos granulan la nieve, que comienza a comportarse como arena seca de una duna.

El mecánico de Byrd, llamado Demas, comenzó a trabajar en tres de las máquinas, mientras su equipo reparaba la cuarta, que se había incendiado.

Byrd, presa de la desesperación, decidió que el viaje de 640 kilómetros hacia el sur resultaba imposible. "Si los tractores podían avanzar 340 kilómetros hacia el sur, habrían efectuado un milagro. Y yo estaba ya dispuesto a conformarme con 240 o menos".

Pero sus penurias no habían hecho más que comenzar.


El joven ingeniero de radio, llamado John Dyer, cayó desde una antena de 14 metros que estaba intentando reparar. Sólo sufrió lastimaduras en una pierna, pero derribó la antena.

El navegante Rawson tuvo que ser operado de una infección de estreptococos en la garganta.

El fotógrafo aéreo, Pelter, sufrió una grave apendicitis y tuvo que ser operado bajo condiciones espantosas...

...¡Y el cirujano que lo operaba, en un movimiento involuntario, derribó una lámpara de kerosene, iniciando un incendio que amenazaba destruir Little America!

El fuego devoró el depósito de instrumental médico: mientras el cirujano seguía operando, varios hombres intentaban apagar el incendio de su quirófano y otros tantos trataban de despertar a los doce que dormían en la barraca continua y corrían peligro de morir abrasados...

Ni los cuatro tripulantes del Fokker estrellado, ni Dyer, Rawson ni Pelter murieron ni sufrieron graves heridas (y los 12 durmientes lograron ser rescatados)...

Pero ni siquiera la feliz resolución de estos aterradores incidentes llevaron la calma al almirante Byrd y a su sufrida tripulación.


Los restos del accidente

El hecho era que Little America estaba a punto de desprenderse de la Antártida y salir a la deriva, con todos ellos a bordo.


Es que la Barrera de Ross no está fija como está fija la tierra, ni está anclada a una placa tectónica como sucede con los continentes. La Barrera es una capa de hielo de 90 metros de espesor, que se apoya en ciertos puntos en escollos y acantilados submarinos, pero que flota libremente en el resto de su extensión. De ningún modo forma parte integrante del continente antártico. Es en realidad, además, un enorme glaciar o ventisquero, un enorme río de hielo que, como todos los ríos, está permanentemente arrastrándose hacia el mar. El hielo proviene de la Meseta Antártica (el centro del continente), se desborda por los pasos de las Montañas de la Reina Maud, y llega hasta la costa del mar. La presión de las mareas y las tempestades, ayudadas por el ciclópeo peso de la masa de hielo, hacen que grandes fragmentos se rasguen, se quiebren y se desprendan, y este es el origen de los icebergs que pueblan los océanos australes. La pesadilla era posible: Little America estaba a sólo 1.200 metros del agua.

La formación de icebergs es en realidad consecuencia de la desintegración física del continente antártico; aunque Byrd y los suyos no sufrieron los efectos del calentamiento global que observamos hoy, los grandes calores de febrero de 1934, cuando luchaban con su carga por el Camino de las Penurias, habían reblandecido el hielo, que con rapidez se preparaba para desprenderse.

Dice Byrd: "El hielo de presión comenzó a alejarse de nosotros, llevándose con él el cemento de hielo que mantenía en posición a nuestra sección de la Barrera. Enormes grietas se abrieron todo alrededor de Little America, y cada día crecían un poco más. Por la noche, en el silencio, uno podía sentir que el piso de Little America se alzaba suavemente debido a la marejada que chocaba contra su base, muchos metros debajo de nosotros. Las olas estaban destrozando el hielo viejo, y el hielo nuevo apenas tenía tiempo de formarse. Con mi jefe científico, el doctor Poulter, hicimos un largo viaje en tractor por encima de la barrera, al norte y al este. El ruido de las olas parecía un trueno, aunque el mar estaba bajo nosotros a través de 20 metros de hielo, y una vez oímos, distante, el tremendo whooshde un trozo enorme de la Barrera que cedía".

Es de imaginar la preocupación de Byrd y los suyos. Lo peor era que no podían evitar que el desprendimiento sucediera, y, si sucedía, no podrían tampoco hacer nada al respecto. Cuando se ponen en juego fuerzas naturales así de monstruosas, el ser humano puede cumplir sólo dos papeles: el de testigo impotente o el de víctima.

Pero Byrd no estaba dispuesto a irse a la deriva hasta ahogarse frente a la costa de Brasil con todos sus edificios, pertrechos, hombres e instrumental: reunió a su tripulación en la sala de rancho, les explicó la situación y les pidió opiniones y sugerencias acerca de lo que les convenía hacer.

Los hombres arguyeron que el peligro derivaba de la suposición de que la Barrera de Hielo se estaba desintegrando, lo que no podía probarse. Por lo tanto, entre todos decidieron quedarse como estaban, pero precaviéndose de la destrucción llevando una tercera parte de sus pertrechos hasta la parte alta (y más sólida) de la Barrera, a 1.500 metros al sureste de Little America. Allí escaparían si el banco en que se asentaban se hacía a la mar. Esto implicó, primero, sacar los snowcatsdel taller donde Demas los estaba reparando, y, en segundo lugar, perder dos días preciosos acarreando suministros hasta lo alto del terreno firme.

Como se comprenderá, los hombres, las bestias y las máquinas quedaron más exhaustos que antes, y con menos tiempo por delante... en vano.

Apenas concluida la tarea, el mar se calmó, la temperatura bajó de golpe, cesó la disgregación del hielo y la recongelación subsiguiente dejó el terreno tan firme como antes.


A la medianoche del 15 de febrero, los hombres de Little America desarmaron las secciones de Base Avanzada que habían construido en el campamento base, las cargaron en los tractores, y se prepararon para ponerse en marcha hacia el sur.

Como se recordará, Innes-Taylor se había ido hacía tiempo con los mejores perros para abrir un camino hacia el sur, jalonándolo con líneas de vida, banderas señalizadoras y depósitos de víveres y combustible para los que vinieran tras de él. Esta línea de supervivencia medía 285 kilómetros desde Little America hacia el sur, y la expedición debía ahora seguirla escrupulosamente. Innes-Taylor y los animales estaban al extremo de la línea, y en esos momentos se preparaban para regresar a Little America.

Desde Little America hacia Innes-Taylor, la expedición que transportaba a Base Avanzada llevaba 9 hombres. Ellos eran Dick Byrd, Siple, el carpintero bostoniano Tinglof, el jefe June y el mecánico Demas, más otros cuatro. Construirían Base Avanzada y tres de ellos se quedarían allí a pasar el invierno.

Pero, mientras los tractores avanzaban trabajosamente por la inmensidad helada, a Richard Byrd le entró una sensación de espantoso pánico: él en persona había supervisado la carga del combustible, los alimentos y los pertrechos en los tractores, y ahora, rehaciendo los cálculos, descubrió que la cantidad transportada no sería suficiente para que tres hombres sobrevivieran durante todo el invierno.


Los contratiempos, peligros y desastres arreciaron durante el trayecto que separaba a Little America del final de la línea Innes-Taylor. Desesperados de frío, cegados por las ventiscas y enloquecidos por las dificultades que ofrecía el terreno, los tripulantes de los tractores batallaban incesantemente por sus vidas y por cumplir con su objetivo.

A 38 km al sur de Little America, dos de los vehículos casi cayeron en una zona de grietas invisibles; a 80 km encontraron una hondonada que bautizaron "Valle de las Grietas" , poblada de grietas ciegas (es decir, cubiertas con una película de hielo) que habían sido lo suficientemente sólidas como para soportar el peso de los trineos de Innes-Taylor pero no para los pesados vehículos a motor. Esto obligó a Byrd y a los suyos a dar un larguísimo rodeo hacia el este.

A 107 kilómetros del campamento base, llegó el desastre: un cigüeñal del Cletrac, cristalino y quebradizo por el frío, se rompió, dejando al vehículo más allá de toda posibilidad de reparación. El Cletrac representaba, por ser el más grande, el 50% de la capacidad de carga total de la expedición, por lo que Byrd y sus hombres debieron trasladar la suya y redistribuirla en los tres Citröen. Tuvieron que abandonar al tractor americano y seguir adelante como pudiesen.

Al detener los motores para ahorrar combustible, el espantoso frío hizo que el lubricante de los motores, cárters y diferenciales se pusiera duro como caucho: tendrían que pasar horas calentándolo con los sopletes para que los vehículos se pusieran en marcha nuevamente. Debieron quitar a mano el hielo de las mangueras de nafta. El agua se congelaba en los radiadores y sus tubos metálicos estallaban, por lo que deberían pasar el resto del viaje calentando nieve en las cocinas para reponer el refrigerante que caía al piso casi tan rápido como lo colocaban. Cada vez que tocaban una pieza metálica demasiado pequeña como para manipularla con guantes (los tornillos son ejemplos típicos), una pequeña porción de carne de las yemas de los dedos se quedaba pegada al metal helado. La sobrecarga de los tres tractores, para colmo, hacía mucho más peligrosa la travesía sobre grietas ciegas.

El 21 de marzo de 1934, por fin, los sufridos nueve hombres alcanzaron uno de los depósitos de combustible que Innes-Taylor había instalado para ellos. Se hallaban a 197 kilómetros al sur de Little America, a 80° 08'de latitud sur y 163° 57'de longitud oeste. Era imposible seguir adelante. De los tres tractores que les quedaban, los tres tenían rotos los radiadores, ninguna de sus baterías funcionaba correctamente, los generadores auxiliares estaban agotados, y uno de los vehículos iba sin faros delanteros. Avanzar más era suicida.

Mientras discutían, desolados, lo que correspondía hacer, escucharon ladridos desde el sur. Era el capitán Innes-Taylor, que regresaba con sus trineos. Hablar con él no consoló a Byrd.

El esforzado colaborador traía consigo sólo raciones suficientes para que los perros comiesen un día más y, de no haberlos encontrado o si hubiese errado al siguiente refugio, se hubiera muerto con sus peludos compañeros. Relataba, además, un pesadillesco raccontode espantosos fríos y temibles ventiscas más al sur.

No, no había modo. No se podía seguir. Dando órdenes a June de que regresara adonde habían abandonado al Cletrac para recoger la parte de la carga que se había abandonado y traerla aquí, Byrd decidió que Base Avanzada se instalaría junto a este depósito, no a los 640 km que había querido. Los meteorólogos —no muy deseosos de seguir adelante— dictaminaron que la distancia sería suficiente para las observaciones que se debían realizar.

En las horas siguientes a la llegada al depósito y al encuentro con el capitán, Byrd hizo un nuevo recuento de las provisiones y llegó a su heroica decisión. Escribe: "Base Avanzada sería ocupada, inevitablemente, por un solo hombre".

Byrd decidió regresar a Little America para preparar todo y traer algunos suministros más, y de inmediato, dejando a algunos hombres para que comenzaran a ensamblar la Base Avanzada, se puso en marcha hacia el norte.

Hacía 46,6° centígrados bajo cero, y ese mismo día apenas comenzaba el otoño.


Byrd decidió dejar sólo un hombre y no dos —para lo cual las provisiones le hubiesen alcanzado— porque su experiencia polar le decía que "dos" no es un buen número de hombres para soportar un largo período de aislamiento. Las peleas, la depresión, las neurosis y el malhumor se soportan peor entre dos que por uno solo. Solo, uno no tiene con quien pelear, a quien odiar ni a quien responsabilizar por los errores, las fallas, los hechos fortuitos o por los accidentes. Todo esto compromete el éxito de la misión y pone en peligro las vidas de ambos. La historia de las expediciones polares están llenas de ejemplos de este tipo de situaciones.

"Tenía que ser un solo hombre, y ese hombre sería yo mismo", dice Richard Byrd. "No podía conformarme con la idea de pedir a un subordinado que se quedara allí en mi lugar".

Pero, no siendo un especialista, ¿podría Dick Byrd cumplir con las tareas esenciales para llevar adelante a Base Avanzada? Él creía que sí: "La base era un proyecto mío. Además, Dyer me había enseñado los conocimientos elementales de comunicaciones por radio para que pudiese permanecer en contacto con el campamento base, y Haines me había mostrado el modo de atender a los instrumentos meteorológicos que, en cualquier caso, eran en su mayor parte automáticos".

Byrd no durmió esa noche, la noche en que tomó la decisión más difícil de su vida. Tuvo que poner en orden sus asuntos, y adaptar su mente a dos angustiosas ideas. La primera era que, si fracasaba, dejaría a su familia sepultada en deudas, sin un centavo y con la vida arruinada para siempre. La segunda era que, fracasase o no, al quedarse en Base Avanzada dejaría a los 55 hombres de Little America sin jefe, sin guía y sin apoyo durante todo el invierno. Sin embargo, se convenció de que ellos sabían lo que tenían que hacer y lo harían, con Byrd en Little America o sin él.

Pero: ¿quiénes eran estos hombres? Permitamos que el mismo Byrd nos los presente: "Dejé a cargo de Little America, nombrándolo Segundo Comandante, al doctor Poulter, el jefe científico. Tendría a sus órdenes un equipo aguerrido y capaz de cuidarse. Los dos terribles meses en el Camino de las Penurias los había endurecido y enseñado mejor que cualquier libro o jefe; incluso a los hombres jóvenes e inexpertos. Había entre ellos un firme núcleo formado por veteranos de mis anteriores expediciones. Subordinado inmediato de Poulter sería Haines, que, al igual que Demas, estaba llevando a cabo su tercera expedición antártica. El oficial ejecutivo, Noville, había servido a las órdenes de D´Annunzio durante la guerra, había sido Superintendente de Correos Aéreos y había llegado conmigo al Polo Norte y efectuado el vuelo transatlántico. Nombré a June Jefe de Personal: él había sobrevolado conmigo el Polo Sur. Bowlin era el segundo piloto. Había servido 16 años en la Armada. Innes-Taylor era un as de la aviación y había luchado en los duelos aéreos contra los Zeppelines en los cielos de Londres. También había recorrido el Yukón como miembro de la Real Policía Montada del Canadá. Siple era científico, gran líder y explorador. Petersen me había acompañado en mi anterior expedición antártica. Era un gran fotógrado, operador de radio y esquiador profesional. Von der Wall, marino, había sobrevivido al ser torpedeado su buque en el Atlántico, y Bob Young, otro marino británico, era veterano de la Batalla de Jutlandia. Rawson, el más joven e inexperto del grupo, tenía sin embargo en su haber cuatro expediciones árticas. Estos eran los jefes, pero los demás eran también como ellos".

De modo que era improbable que hubiese problemas en Little America durante la ausencia de Byrd.

Ahora llegaba el momento de despedirse oficialmente.


Dada la calidad de los hombres que dejaba a cargo, Dick no creyó necesario escribirles una complicada Biblia de reglamentos y órdenes. Si era preciso, los orientaría por radio desde Base Avanzada. Por lo tanto, su carta final a su tripulación consta sólo de tres páginas escritas a máquina. Les ordena trabajar al máximo, cuidar y economizar los abastecimientos, seguir las normas de seguridad y mantener una férrea disciplina. Concluye diciendo: "Cada hombre tiene derecho a ser tratado en forma justa, y se ordena a los oficiales tener presente este hecho. Aquí no hay distinción de clases como en la civilización. Lo que sea o haya hecho cada hombre en su patria no tiene ninguna importancia aquí. Quien haya fracasado allí puede rehacerse aquí, y no será juzgado por el cargo que ocupe sino por la forma en que colabore con los objetivos finales y por el modo en que haya cumplido su tarea, ya sea ésta importante o humilde".


La última orden de Byrd fue leída a los hombres en Little America en la mañana del 22 de marzo de 1934. Noville le empaquetó sus objetos personales y lo ayudó a prepararse. Byrd llevaba a Base Avanzada solamente sus varias docenas de libros, un traje de vuelo de cuero, un sextante, dos excelentes cronómetros, su equipo de afeitar, su colección de discos de pasta y muy poca cosa más.


Ocio en Base Avanzada: Byrd con su biblioteca

No hubo ceremonia de despedida, porque nunca las había en las expediciones de Byrd. Cuando el almirante subió al Pilgrim que lo llevaría volando a su helada morada, el cocinero le gritó: "¡Recuerde, Almirante! ¡Nada de distinciones de clase en Base Avanzada!".

La temperatura era de -41,6°C y descendía. Aunque el aceite del avión había sido calentado con sopletes, se enfriaba rápidamente, motivo por el cual los pilotos Bailey y Bowlin estaban impacientes.

Despegaron a las 10:35 de la mañana: una rápida mirada al paisaje dijo a Byrd que el Mar de Ross estaba helado hasta el horizonte, y que todo peligro de desprendimiento había cesado para Little America, al menos hasta el verano siguiente.

Hacia el sur se veía la línea Innes-Taylor: una gran bandera anaranjada cada 500 metros, y un gran mojón de nieve cada 40 kilómetros coronado por un penacho anaranjado montado en cañas de bambú. Una gran línea de banderillas transversales señalaba la posición de la atalaya para el caso de que un viajero extraviado pasara a su lado sin verla. Estas montañas de nieve ocultaban los pertrechos que el capitán había dispuesto allí para la primavera.

Más adelante divisaron el Cletrac, y vieron a Demas y Hill, aún ocupados en descargar de él lo que quedaba, hacerles señas con la mano.

Por último, un punto negro en la distancia evidenció el lugar adonde se dirigían. Estaban llegando a Base Avanzada.


Durante más de tres semanas, Innes-Taylor, sus hombres y sus animales habían soportado temperaturas inferiores a los -45°C. Los cierres de sus bolsas de dormir se les habían roto, lo que provocó que se formara el hielo en su interior, impidiéndoles dormir. Sus 24 perros se veían tristes y mal nutridos, por lo que Byrd comprendió que debía instalarse lo antes posible para que ellos pudiesen regresar a Little America.

Bowlin y Bailey partieron con el avión un cuarto de hora después de dejar a Byrd, porque temían que el frío les apagara los motores y no pudiesen volver a encenderlos.

Dick Byrd echó una mirada a las obras preliminares: entre Siple, Tinglof, Petersen, Innes-Taylor y sus subordinados Paine, Ronne y Black, habían realizado ya un pozo rectangular de 4,5 metros de largo, 3,3 de ancho y 2,4 de profundidad, y estaban entonces colocando las secciones del piso.

Todas las partes que componían el edificio de Base Avanzada estaban numeradas, por lo que sólo había que colocarlas en su lugar según los planos y atornillarlas.

La cabaña completa quedaría así enterrada, de modo de quedar a salvo de las tormentas de nieve y del viento, que sepulta inmediatamente cualquier objeto que sobresalga.

El peligro ahora era no terminar la cabaña durante el día, ya que las tormentas solían presentarse de noche, y Byrd no deseaba despertarse por la mañana sólo para descubrir que el viento había vuelto a llenar el foso. A -45°C, todos trabajaron como desesperados para terminar el miserable edificio.

La labor era brutal, pesadillesca. A las 5 de la tarde la noche cayó. Hacía 51,7° bajo cero. Los hombres estaban obligados a estudiarse mutuamente buscando evidencia de las floridas lesiones en los rostros que anunciaban una quemadura de hielo y fácilmente podían conducir a la gangrena y la muerte.

"—Tienes una flor, Petersen", decía alguien, y el nombrado debía frotarse la cara quemada con manos que rugían de dolor cuando se quitaba los guantes.

A esa altura de la lucha, los faroles de parafina se apagaron cuando el combustible se congeló. Richard lo intentó con su linterna eléctrica, pero las baterías estaban heladas y no funcionaban. La oscuridad total cayó sobre ellos.

Pero no podían detenerse. El termómetro seguía bajando y a Base Avanzada le faltaba aún el techo. Si dormían esa noche a la intemperie, todos morirían.

Resultaba imperioso completar la faena, pero los hombres estaban en muy mal estado. Mientras Tinglof buscaba a tientas dos sopletes a gasolina y los encendía para alumbrar el trabajo, el almirante observó que los guantes mitones del ebanista estaban rígidos por el hielo y que casi no podía usar las manos con ellos puestos, pero tampoco podía quitárselos. En un momento en que se vio obligado a hacerlo para clavar algo, el comandante de la expedición vio que la piel estaba cubierta de grandes e hinchadas ampollas amarillas, purulentas. Las manos de Siple estaban iguales. El cuerpo y el casco de Paine eran una sola masa rígida de hielo, tanto, que apenas podía girar el cuello. Y el termómetro seguía bajando.

Ronne tenía los labios ensangrentados: la sangre pugnaba por salir pero se congelaba de inmediato. El aire helado quemaba los pulmones bajo la necesidad respiratoria del esfuerzo, y la tripulación completa —un concierto de toses— parecía un pelotón de tuberculosos.

Byrd debió salir del foso a buscar algo: en menos de un segundo sufrió la congelación del mentón, la nariz y las mejillas. A esas temperaturas, la sangre se congela dentro de las arterias y deja de circular. Si uno no hace algo de inmediato, la gangrena, la septicemia y la muerte son consecuencias seguras de la lesión.

A la una de la mañana la temperatura era de -52,7°C y ellos acababan de asegurar el techo.

El foso era más ancho de lo necesario: debía alojar también una especie de galería o veranda de 60 cm de ancho y ubicada en el lado oeste, que daría a Byrd acceso a un sistema de túneles. Los mismos serían sus depósitos y almacenes. En el extremo del techo de la galería, Byrd había hecho colocar una puerta trampa de su invención. Accesible mediante una escalera, se abría hacia arriba empujándola. Pero, previendo que el viento pudiese acumular demasiada nieve sobre ella y que fuera imposible levantarla, al retirar dos pasadores la misma caía hacia abajo por su propio peso. En teoría, no había peligro de quedar sepultado vivo en una ventisca.

Sin embargo, los problemas no se detenían. Richard observó que parte de las piezas de madera que componían la cabaña se habían combado durante el largo viaje en la húmeda bodega del "Jacob Rubbert" , y ya era imposible ajustarlas perfectamente. Una de ellas era la única puerta del alojamiento, la que daba a la veranda sepultada. Nunca consiguió el almirante cerrarla del todo.

Pero no era la única falla: "Descubrí que nos habíamos equivocado al calcular la profundidad del pozo. En lugar de quedar al ras de la superficie, el techo sobresalía más de 60 centímetros sobre ella. Esto favorecería una molesta acumulación de nieve, pero el error no tenía remedio".

Innes-Taylor observó, sin darle mucha importancia, que se le había congelado un pie. Siple, que había terminado de instalar la estufa y llenarla de combustible, la encendió. Byrd le dio masaje con las manos desnudas, y Paine, abriéndose la chaqueta, hizo que el capitán pusiera el pie congelado contra su vientre, hasta que entre todos lograron que la sangre recuperara su forma líquida y volviera a circular entre formidables ramalazos de dolor.


Dick posando en Little America

"Usted va a morir congelado en esta tumba, almirante", mencionó con alegre tono Petersen, una vez que Ronnes, Innes-Taylor y Paine hubieron salido para dormir en sus sacos, junto a la cabaña. No había espacio para que todos juntos durmieran bajo techo.


A la mañana siguiente, los despertó el ruido de las bocinas de los tractores. Eran June, Demas y los jóvenes Hill y Skinner, que traían las últimas piezas de equipo recuperadas del Cletrac que habían debido abandonar.

Con todos sus subordinados presentes, Byrd decidió que debían partir y abandonarlo lo antes posible. Estaban delgados y demacrados como fantasmas; sus trajes árticos estaban cubiertos de aceite y lubricantes congelados. Las manos eran poco más que muñones, y las de Demas y Hill estaban quemadas por el frío y les faltaban partes de la carne que se habían quedado pegadas en el metal de los motores. Las uñas de ambos se habían podrido y se les caían al menor contacto contra algo: las puntas de sus dedos estaban negras. Todos sangraban por mil lugares, y quedaban ocultos tras una máscara sólida de sangre helada, dura como el vidrio. No podrían aguantar más de un día. "—Quiero que todos salgan de aquí en 48 horas", bramó el responsable de la expedición.

Les quedaba aún una última tarea, que no sería tan difícil entre 15 hombres: cavar y fundir los dos túneles de depósito, que se extenderían, cada uno, 11 metros al oeste desde los dos extremos de la veranda o galería sepultada. Tendrían 90 centímetros de ancho y la altura suficiente para que el almirante pudiese caminar erguido.

Al final de un túnel colocaron la letrina, almacenando a ambos lados las cajas de provisiones todo a lo largo del túnel. Tuvieron cuidado de colocar las etiquetas hacia fuera, para que Byrd pudiera distinguir el contenido sin necesidad de moverlas una por una.

En el otro túnel colocaron los tambores de combustible, arrojando luego el resto de las provisiones a la galería a través de la "puerta-trampa Byrd".


El inventario de suministros con que Byrd tendría que afrontar, por primera vez en la historia humana, un invierno antártico completo muy lejos tierra adentro, no era pobre pero tampoco fastuoso.

Tenía 350 velas, 10 cajas de pastillas de alcohol sólido para encender fuego, tres linternas con 10 baterías cada una, 425 cajas de fósforos de seguridad de madera y de cera, dos faroles a parafina, un farol de presión o "sol de noche" a gasolina de 300 bujías, un saco de dormir de cuero forrado con piel y otro de plumón o duvet.

Poseía, además, una sola silla plegable con un almohadón inflable (donada por la tripulación de los tractores: uno de ellos debería traquetear con su culo contra los duros bancos todo el camino de regreso a Little America), dos cocinas Primus, nueve bombas de agua contra incendio, un extintor Pyrene, tres baldes de aluminio, dos lavamanos, un calendario, dos espejos, un felpudo, dos cepillos para quitarse el hielo y la nieve de la ropa, dos candelabros, 36 lápices, una lata de 19 litros llena de papel higiénico, 400 servilletas de papel, una caja de tachuelas y otra de gomas elásticas, dos resmas de papel para escribir, tres cajas de jabón, viruta metálica para lavar los trastos, una jarra térmica, dos mazos de naipes, tres metros y medio de hule, pedazos de amianto y dos paquetes de escarbadientes. Eso era todo.

Pero Byrd tenía que alimentarse durante 6 meses completos —en el mejor de los casos—. Sus provisiones consistían en 166 kg de carne, 364 de verduras, 34 bolsas de sopa, 81 kg de conservas de frutas, 41 de frutas secas, 28 kilos de postres y 500 kilos de otros alimentos, incluyendo cereales. Esperaban que con esto le bastara, porque era todo lo que tenían para dejarle.

Mientras los hombres estibaban los pertrechos en los túneles, Waite instalaba la antena de la radio, un dipolo de 60 metros que colgaba entre cuatro cañas de 4,5 metros de alto. Byrd y Siple montaron los instrumentos meteorológicos: Un ayudante, Dustin, dijo: "—Dios mío... Es mucho equipo para comprobar lo que ya sabemos: ¡que hace un frío del demonio!".


Al día siguiente, 23 de marzo, Base Avanzada estaba casi lista para asumir sus funciones de base meteorológica más austral del mundo.

Entonces, todos decidieron ofrecer un banquete de despedida al capitán Innes-Taylor y su grupo, que partirían primero hacia Little America. El cocinero Corey había entregado a Byrd tres tesoros que el almirante deseaba conservar: un pavo y dos hermosos pollos. Pero los hambrientos hombres, luego de semanas y semanas de alimentarse sólo de una sopa espesa que llamaban con el vocablo inuit hoosh, tomaron por asalto la despensa del túnel y los descubrieron. "Consiguieron hacerme ceder esos majares escogidos de mi alacena", escribe Dick. ¿Cómo negarles ese gusto después de ver su sacrificio y su voluntad indomable durante tantos días?

Innes-Taylor fue elegido chef, pero la tarea de cocinar las grandes aves no era fácil: la carne estaba dura como las planchas de acero de un acorazado. Hubo que cocinarlas a chorro de soplete. Nueve hombres se sentaron, de piernas cruzadas, sobre el helado suelo. Los otros cinco, que no tenían lugar, comieron de pie.

Pero la cena de gala demostró ser prematura. Por la noche los azotó el viento del este, que a la mañana se había convertido en una ventisca con una visibilidad de menos de 50 metros. El viento, a -33°C, cortaba las carnes como una navaja de afeitar. Innes-Taylor no podría salir. Byrd decidió, entonces, esperar al día siguiente.

Esa noche, como la anterior, durmió con diez hombres en una cabaña calculada para tres: "Tinglof dormía debajo de la mesa; Black, acurrucado detrás de la estufa; Waite, bajo mi litera; June, sentado en un rincón; y los demás, tendidos como momias en sus sacos de dormir, cubriendo el suelo de una a otra pared. Jamás olvidaré esa noche. Mis huéspedes formaron tal concierto de ronquidos que me vi finalmente obligado a salir de la cabaña" , recuerda el almirante.

Al escucharlo subir, los perros de Innes-Taylor, Paine y Ronne comenzaron a aullar, con ese sonido cargado de desafío, desolación y lucha con que la naturaleza les hace decir "aquí estoy y estoy vivo" en sus hogares natales del Lejano Norte. "Era un sonido tenso y vibrante que dominaba a la voz del viento. Entonces se alzó nuevamente, esta vez con el mismo tono del vendaval, pero más rico y compuesto de muchas voces" , escribe Richard. "Tres equipos de perros atados en filas paralelas, espaciados a lo largo de cables de amarre extendidos entre estacas profundamente clavadas en la nieve. Se calmaron cuando me vieron entre ellos, apareciendo en la oscuridad. Tal vez el saber que todavía había seres humanos con ellos los tranquilizó. Al recorrer los cables con la linterna en la mano encontré a cada perro enrrollado como una pelota, con el lomo contra el viento y el hocico apretado contra la panza, y con la nieve arrastrada por el viento formando una muralla aislante en torno a él. Era espantoso verlos así tan avanzada la estación, pero nada podíamos hacer al respecto. Tendrían que esperar a que el tiempo mejorara. El viento aflojó por un momento, una nube se disolvió y, por primera vez en esa noche, vi sobre mi cabeza un claro cielo poblado de estrellas. El tiempo parecía estar mejorando. Si esto era cierto, mañana los perros estarían viajando con Innes-Taylor hacia la seguridad de la costa. Jack, el enorme perro jefe, propiedad de Paine, pareció comprenderlo. Apenas las estrellas aparecieron en el firmamento, se puso bruscamente de pie y se sacudió la nieve del lomo. Entonces soltó el indescriptible aullido vagabundo del lobo gris. En un instante, los 24 perros estaban despiertos y, uniéndose a su líder en el gemebundo coro, llenaron la Barrera de un melancólico aullido que no contenía sin embargo tristeza, sino hambre, deseo y desafío. No había duda de que al día siguiente tirarían de los trineos con entusiasmo".


El 25, domingo, amaneció claro y tranquilo. Los perros debían irse. Hacía 44,4 grados bajo cero, y el noruego Ronne, Paine e Innes-Taylor se despidieron y desaparecieron hacia el horizonte.

Base Avanzada estaba en medio de una enorme planicie completamente llana, que permitía observar, en un día claro, la perfecta redondez del horizonte en los 360°.

Un rato después, Demas, Hill y Skinner, que no se resignaban a perder el Cletrac, se dirigieron a él en uno de los Citröen a ver si conseguían repararlo. Los otros dos tractores se quedaron aún en Base Avanzada con Byrd para ajustar los últimos detalles. Estaban June, Petersen, Mlack, Dustin, Siple y Waite, el último de los cuales concluyó sus transmisiones de prueba con Little America, confirmando que todo estaba correcto. La radio funcionaba perfectamente. Byrd se quedaría solo, es cierto, pero no aislado. No era en absoluto lo mismo. La diferencia era igual a la que existía entre la vida y la muerte: un universo de distancia. Siple, por su parte, terminó de probar la estufa, que también funcionaba.

Encontrar la frase adecuada para la despedida costó mucho al almirante. Mientras vacilaba pensando en qué decir a sus hombres, June le resolvió el problema: "Bueno, almirante. Hemos hecho más o menos todo lo que había que hacer, y sospecho que muchas otras cosas que no hacían falta, así que ha llegado la hora de irnos".

Comieron de pie sus almuerzos a mediodía y se prepararon para partir. Hacía -53,3°C, y los dos Citröen estaban completamente enterrados bajo la nieve. Tardaron mucho en sacarlos, y aún más en conseguir que arrancaran: "Aún calentando el cárter con sopletes, y envolviendo los chasis con carpas de lona para que no perdieran tanto calor, pasaron dos horas antes de poderlos poner en marcha", escribe el explorador jefe.

Se fueron a las 5 de la tarde, dejando a Byrd solo y pensativo en su cabaña, la "tumba en la que moriría congelado" según el risueño Petersen.


Sin embargo, a las 7 de esa misma tarde, el ruido de unas orugas llamó la atención de Richard Byrd. Eran los dos tractores que regresaban. "Esto me causó un perturbador sobresalto, porque estaba ansioso por saberlos en la seguridad de Little America", dice. Pero habían hecho bien en volver: apenas a 6 kilómetros de Base Avanzada, el radiador del tractor de June se congeló. Al abrir la tapa, June se quemó una mano con el agua hirviendo. Al tratar de frotársela, se le congeló la otra. Con una mano quemada y la otra congelada, sólo le quedaba la posibilidad de volver a la cabaña de Byrd para darles una oportunidad de mejoría en un ambiente más tibio.

Los tripulantes de los snowcatsdebieron quedarse hasta el día siguiente, y tuvieron que dormir vestidos.

Pero no todos. Demas no permitió que se apagaran los motores de los tractores, y ordenó a Waite y a Dustin que se quedaran despiertos toda la noche y los mantuviesen en marcha. Les dijo con brusquedad: "Si les permiten que se detengan, todos nos quedaremos aquí hasta la próxima primavera". Y todos sabían lo que ello significaba: los alimentos sólo alcanzaban para un hombre y allí había doce.

A medianoche, Byrd salió de la base y esperó el amanecer haciendo compañía a los desdichados que velaban los camiones.


No pudieron partir hasta el miércoles 28 de marzo de 1934, y esa vez no regresaron. Las manos de June estaban casi curadas, y era tiempo de que enfilaran a Little America. Por el camino se encontrarían con los hombres que trabajaban en el Cletrac y se los llevarían consigo. También alacanzarían a Innes-Taylor y los suyos en sus trineos, quienes seguirían a los tres snowcats.

Pero Byrd estaba igualmente muy preocupado. Tenía miedo de que lo desobedecieran. "Me preocupaba la posibilidad de no haber sido lo suficientemente insistente al ordenar que quedaba prohibido cualquier intento de salvamento si mi radio dejaba de funcionar. Si yo caía en el silencio, nadie debía abandonar Little America para venir a buscarme, al menos no hasta la primavera. 'Les doy estrictas órdenes de no venir a buscarme hasta un mes después de que el sol regrese'. Para asegurarme, les repetí la misma orden antes de que June y los suyos partieran por segunda vez".

Byrd se quedó de pie en la trampa Byrd, mirando a los Citröen que iban empequeñeciéndose en la lejanía: "Sus capots rojos y sus superestructuras cubiertas de lona eran una imagen vistosa", escribe. "June puso rumbo directamente al norte, hacia el sol del mediodía, tan grande e hinchado y tan bajo en el cielo, que si no hubiese estado al norte podría haberse confundido con un sol poniente. La temperatura era de 45,5°C bajo cero".

Byrd bajó, tratando de acallar sus sentimientos con el trabajo. Iba a medir la velocidad del viento, pero no pudo. "Ese fue el único momento de mi vida adulta en que me sentí completamente desamparado. Y, obedeciendo a un impulso del cual no tuve tiempo de avergonzarme, subí corriendo la escalera y volví a asomarme por la puerta trampa. ¿Por qué? Ni aún ahora lo sé. Tal vez para dar una última mirada a algo vivo y en movimiento. Los tractores ya estaban ahora a cierta distancia, pero podía oír el sonido de sus bocinas despidiéndose y el estrépito de los eslabones de sus orugas, transmitidos por el helado aire cristalino. Miré, miré hasta que el ruido se apagó; miré hasta que los camiones desaparecieron definitivamente, miré hasta que sólo quedaron las volutas de humo de sus escapes suspendidas en el aire. Miré hasta que se me congelaron los pómulos y la nariz y me vi obligado a bajar. Y en ese momento, mientras me deslizaba escalerilla abajo, tuve otra desagradable sorpresa: al ayudar a cargar los tractores, me había caído y golpeado el hombro. Ahora que me había quedado solo, comenzaba a dolerme como mil demonios".


Durante las primeras horas en la soledad de Base Avanzada, Byrd decidió ordenar su cabaña y los túneles, tarea a la que llama "limpiar mi establo de Augias". Concentrado en limpiar y acarrear, se olvidó el dolor del hombro, pero, cerca de medianoche, se percató de que no podía mover el brazo derecho y de que había hecho todo el trabajo con el otro, como un manco. Su cena de esa primera noche la constituyeron una taza de té y un par de galletas. Ahora podía caminar sin tropezar con carga, objetos y latas. "Mañana desempaquetaría los libros y colocaría en su lugar los suministros médicos. Más tarde, el combustible y los alimentos".

Su responsabilidad principal, sin embargo, era el instrumental meteorológico. Al fin y al cabo, para eso estaba él allí y por eso se habían sacrificado sus hombres al extremo. Decidió montarse una rutina: cada hora los inspeccionaría y tomaría registro de sus mediciones, aliviando de este modo la interminable soledad y el espantoso vacío de meses que lo esperaba. Apenas tomada esta decisión, como él mismo apunta en su diario, "ya comenzaba a considerarlos con la mirada cálida y disimulada que se reserva para los buenos amigos".


Foto autografiada del almirante Byrd

Antes de dormir, el almirante hizo una inspección visual de su cubículo y un inventario grosso modode sus franciscanas posesiones. "No era un mundo hermoso, pero lo que vi era bueno".

A la débil luz del farol que colgaba de un clavo y a la mancha de luz de la lámpara de presión, el solitario marino observó el que sería su universo durante los siguientes meses, que medía cuatro pasos de este a oeste y tres de sur a norte.

Vio su litera en la muralla norte, suspendida a 90 centímetros de altura para aislarla del suelo, con la cabecera contra la pared este. En una pequeña mesa a los pies del catre estaba el registro, un cilindro giratorio con plumas dentro de una caja de vidrio, que dibujaba en forma automática líneas que representaban la fuerza, velocidad y dirección del viento. El registro se relacionaba eléctricamente con la veleta y el anemómetro ubicados en el exterior, y funcionaba con pilas secas que se encontraban debajo de él.

Un armario en el rincón sudoeste contenía el transmisor y el receptor de radio principales, con un manipulador telegráfico para transmitir. Byrd podría recibir voz, pero sólo podía transmitir Morse. Dyer había montado personalmente el transmisor, que tenía un oscilador autoexcitable de 40 vatios, con un receptor superheterodino de fabricación comercial. La fuente de energía que los hacía funcionar era un generador a nafta de 350 vatios de potencia y 16 kilos de peso.

Sobre estos equipos se encontraban los de emergencia. Si los principales fallaban, Dick debía utilizar dos transmisores de 10W movidos a manivela, cada uno con un receptor a batería que duraba 100 horas. Al tope de todo, un pequeño armario con repuestos para las radios.

Vio también la pared este, cargada con seis estantes: los relojes y cronómetros arriba de todo —también para alejarlos del suelo frío—, y los de abajo llenos de libros, comida, herramientas y Dios sabía qué más. En el muro sur, la ropa del almirante: overoles, botas esquimales (muklukks) forradas de piel, parkas y pantalones. Sobre una caja de alimentos, Dyer le había dejado su vieja victrola para que pudiese escuchar sus discos.

La mesa del centro de la cabaña era una simple tabla sobre caballetes, y Byrd colocó en una caja dos exquisitos jamones que le había enviado su madre desde Virginia. Más tarde bautizaría a esta caja "la heladera" , porque cualquier cosa que se colocara en ella quedaba instantánea y firmemente congelada.

Entre la puerta y el registro se encontraba el equipo más vital de Base Avanzada, el mismo que, de faltar o fallar, condenaría a muerte a su ocupante: la estufa. Era una estufa común, de dos tapas, igual a las de los trenes de vapor, sólo que había sido modificada para consumir hidrocarburos en lugar de carbón. Dice Byrd: "Tenía un quemador redondo sobre la parrilla y un tanque de combustible por gravedad de unos 12 litros de capacidad". La tal estufa quemaba "solvente de Stoddard", un subproducto de la destilación del petróleo que estaba a mitad de camino entre la parafina y la nafta.

Tanto como el calor, una adecuada ventilación de los gases sería también vital para Byrd. Si el monóxido de carbono no se eliminaba convenientemente, moriría. Y la ventilación era, en efecto, el punto más débil de Base Avanzada. El mismo almirante describe esto de la siguiente manera: "De la estufa salía la chimenea, que subía verticalmente hasta llegar a unos 60 centímetros del techo. Allí se curvaba y corría a lo largo de la pared para salir por un orificio practicado a los pies de mi litera. Al llevar el tubo de esta forma a través de toda la habitación, nosotros creímos estar instalando una especie de radiador que aprovecharía la temperatura de los gases para darme calor, pero en realidad, luego descubrí que no era más que una torpe y chapucera improvisación". Byrd pagaría muy caro este error suyo.

Dos o tres secciones del caño se habían extraviado en el transporte entre Little America y Base Avanzada, y los hombres descubrieron con espanto que los únicos repuestos que poseían eran de otra medida. Tuvieron que adaptar latas de 20 litros para realizar las uniones, abriendo ambos extremos para que calzaran. Escuchemos: "A pesar de ser ingeniosas, esas conexiones no eran a prueba de fugas. Esta planta de calefacción de aspecto tan inocente poseía sobre mí un poder de vida o muerte. Llegaría el momento en que me preguntaría cómo había podido ser tan estúpido como para no ver lo que estaba tan claramente a la vista". A lo que Byrd se refiere en este párrafo es a que, cuando la cabaña que sería Base Avanzada fue armada en Little America y puesta a funcionar a modo de prueba durante seis semanas con Paul Siple y Charlie Murphy durmiendo en su interior como conejillos de Indias humanos, ambos comenzaron a manifestar malestares y dolores de cabeza, que atribuyeron a las emanaciones de la estufa. Byrd desoyó esta advertencia, muy grave si se toma en cuenta de que en Little America el edificio estaba armado sobre la superficie y no enterrado como en su localización definitiva. Por lo tanto, en el campamento base estaba mucho mejor ventilado de lo que estaría bajo tierra. Además, el almirante erró al diagnosticar la causa del malestar de los hombres: no lo atribuyó a un defecto del tiraje sino a un quemador fallado, que mandó a reemplazar por uno hecho a mano por June. Incluso el insensible de Petersen sufrió dolores de cabeza, náuseas y vómitos en una oportunidad en que estuvo largo rato dentro de la cabaña.

Byrd vio todos los problemas pero no supo relacionarlos con sus causas. Honesto como siempre, hace su mea culpaen sus papeles: "Como nadie más se quejó de sensaciones raras, decidí que lo de Petersen se había debido a una descompostura de estómago. Es verdad que el aire interior siempre tenía un olor enfermizo, como a aceite, pero todas las estufas de petróleo hacen lo mismo. Ahora [Byrd escribe, ya solo, en Base Avanzada] era algo más notorio debido a las emanaciones que se filtraban por los tubos mal calzados de la chimenea de escape".

Siple y Byrd pensaron de que la ventilación eliminaría los gases y neutralizaría sus efectos perjudiciales. La teoría era la siguiente: el sistema de ingreso de aire fresco consistía en un tubo en forma de U, uno de cuyos brazos sobresalía un metro por encima del techo de la cabaña. Descendía por la cara exterior de la pared oeste, pasaba debajo del edificio y penetraba por un orificio en el piso. Este brazo de la U estaba ubicado en el centro de un pilar de madera para aislarlo, subía verticalmente desde el suelo y terminaba a 30 cm. del cielorraso. El aire frío debía ingresar a la cabaña desde el exterior por simple gravedad, mezcládose con el aire más tibio de la cabaña y circulando por convección natural. Si esto no ocurría, el aire frío caería al piso y allí quedaría, inmovilizado. Un caño de hierro galvanizado de 3˝ pulgadas, ubicado en el techo, era el supuesto encargado de eliminar el aire viciado. Como se ve, todo dependía de que las ideas de Siple y Byrd sobre "flujo gravitacional" y "convección natural" fueran correctas. Byrd mismo no estaba tan seguro, pues escribe: "Yo había deseado realmente agrandar ese agujero de salida, pero no me atreví a hacerlo. En caso de vendaval, el viento siempre tiende a extraer el aire de una cabaña, y probablemente devolvería por su presión los gases malsanos de la estufa directamente a la habitación".


El trimotor de la Expedición Byrd

Byrd no observó efectos adversos durante aquel primer día que pasó solo en Base Avanzada. Cuando puso la mano sobre el tubo de entrada de aire, en el pequeño pilar del centro de la cabaña, notó un flujo continuo de aire frío que provenía del exterior.

Al parecer, el sistema funcionaba bien.


En aquella primera noche, solo en Base Avanzada, Byrd durmió bien. Apagó la estufa, se desnudó, colgó su ropa sobre la silla y sufrió un desagradable sobresalto cuando sus pies tocaron el piso helado. Abrió la puerta para que se ventilara la cabaña y se metió de un salto en su bolsa de dormir. "El saco estaba helado al principio, como siempre, por la condensación de la humedad de mi cuerpo".

De pronto, una duda cruel comenzó a atormentarlo. No recordaba haber visto en la cabaña su reloj ni su libro de cocina. El reloj no era problema: poseía un reloj de pulsera y tres cronómetros para reemplazarlo. Pero el libro de cocina... Byrd no era cocinero: en su casa había personal doméstico, en la Armada y en sus expediciones también, y no le hacía ninguna gracia la idea de pasarse los próximos siete meses comiendo siempre lo mismo. Podía hacerse, tal vez, unos huevos con jamón o un hoosh de pemmicam(sopa de carne seca y molida, charquicán en polvo, pero comprendió que, si no encontraba el libro o si lo había olvidado en Little America "tal vez tendría que elegir entre morirme de hambre o enloquecer lentamente, condenado a una dieta de cereales y corned beefenlatado". Por suerte, el cocinero Corey le había dejado una docena de abrelatas dispersos entre los alimentos del túnel, para garantizar que no se le extraviaran todos a la vez.


Byrd y la estufa en base Avanzada. Obsérvense las mínimas dimensiones del lugar

29 de marzo

Anoche, cuando terminé de escribir, observé una mancha oscura en el piso, bajo la estufa. Se había roto el tubo de combustible. Tuve miedo del incendio, apagué la estufa y comencé a buscar un caño de repuesto. No lo encontré. Por fin, conseguí arreglar el tubo con cinta adhesiva del botiquín. Resultado: me pasé la noche en vela hasta las 4 de la mañana, con un frío terrible y la estufa apagada. Dentro de la cabaña hace 50° bajo cero. Al tocar el metal, el frío me arrancó la carne de las yemas de tres dedos.

Hoy se cumplen 22 años de la muerte del capitán Robert Scott. Murió aquí mismo, en la Barrera, a la misma latitud a la que yo me encuentro. Lo admiro como admiro a muy pocos hombres y, tal vez mejor que muchos otros hombres, estoy hoy en situación de comprender por lo que tuvo que pasar...

30 de marzo

No podré tener paz hasta que sepa que mis dos tractores llegaron con bien a Little America. La culpa es mía: los retuve aquí demasiado tiempo. Dentro de dos días me comunicaré por radio y sabré lo que ocurrió. Estuve tratando de ordenar los túneles, pero el hombro me duele terriblemente y me quedan aún varias toneladas de cosas que levantar y guardar. Me las arreglo con una mano, apoyando las cosas en la cadera.

31 de mayo

¡No tengo reloj despertador! ¿Cómo voy a hacer mis observaciones? Esto me deja perturbado, porque siempre pude despertarme a la hora deseada con sólo pensar en ello al acostarme. Pero hoy me pasé media hora, y ayer una hora. Tengo que hacerme una rutina, que debe depender de los instrumentos meteorológicos. Hay ocho en funcionamiento continuo, de los cuales el que más me importa es el registro.


Byrd tenía que dar cuerda diariamente al mecanismo de relojería que hacía girar el tambor del registro, para que las plumas pudieran escribir en el papel continuo. Tenía dos termómetros (uno interno y otro externo), un barómetro, un higrómetro para medir la humedad y un termómetro de mínima.

"Cada mañana a las 8 en punto", recuerda Dick Byrd, "y nuevamente a las 8 de la noche, tenía que subir a la superficie a tomar nota de la temperatura mínima registrada, después de lo cual debía sacudir enérgicamente el instrumento. Luego permanecía cinco minutos observando la Barrera para anotar el estado del cielo, el horizonte, el porcentaje de nubosidad, la claridad, la cantidad de nieve arrastrada por el viento, la dirección y velocidad del mismo y cualquier otro dato atmosférico. Más tarde volcaba todos estos datos en el formulario 1083 del Servicio Meteorológico de los Estados Unidos. Diariamente, entre las 12 del mediodía y la 1, tenía que cambiar las hojas del registro y del termógrafo interno. Todo el tiempo tenía que estar reentintando las plumas y las almohadillas que las alimentaban, y también debía dar cuerda a diario al mecanismo del termógrafo. Los lunes hacía lo mismo con el termógrafo externo y el barógrafo".

Tal era la rutina meteorológica de Byrd. Si cumplía con su labor correctamente, todos los datos quedarían registrados sobre papel y todos los meteorólogos del mundo se enterarían, por fin, de cómo funcionaba el clima en el Polo Sur. Consultando sus registros, cualquier profesional podría hacer predicciones más correctas y acertadas, y el fin último de la expedición estaría cumplido.

Pero Byrd seguía con el corazón en la boca, por dos cuestiones. Uno: ¿habrían llegado a Little America sus compañeros? Y Dos: ¿sería él capaz de hacer funcionar las radios y hacerse entender en su rudimentario Morse? Lo dudaba: "A pesar de las órdenes que yo había dado, y a las promesas de obedecerlas, yo sabía que ambas serían violadas si Little America permanecía mucho tiempo sin poderse poner en contacto conmigo. Y si Little America decidía efectuar mi rescate en pleno invierno, el resultado podía ser una terrible tragedia. Era mucho lo que dependía de mi capacidad de mantener las comunicaciones con ellos".

A las 10 de la mañana del domingo de Pascua de 1934, con un vendaval del sudeste que trajo el calor (esto quiere decir que la temperatura pasó de -44,4 a -31,7°C, todo un Verano de San Juan), Richard se dispuso a prepararse para hablar con Little America.

Dos horas antes de la hora fijada, fue a buscar el generador naftero que alimentaba el transmisor. Su lugar de operación era un nicho excavado en el muro del túnel de alimentos, porque no podía hacerse funcionar dentro de la cabaña debido a los gases de su escape. Pero, por supuesto, todo el sistema estaba congelado. Byrd lo arrastró hasta la habitación y colocó el pequeño motor sobre la silla, cerca de la estufa. Durante una hora y media esperó que se descongelara, y luego llenó el tanque con mezcla para dos tiempos (nafta y aceite). Llevó entonces la máquina a su lugar del túnel, tratando de ponerla en marcha antes de que todo volviera a congelarse. Arrancaba tirando de una cuerda, y lo hizo al primer tirón. Eran exactamente las 10 de la mañana.

Byrd volvió corriendo a su cabaña. El aparato estaba sintonizado en la banda de 100 metros. Cuando lo encendió, las válvulas se iluminaron y los indicadores le dijeron que todo funcionaba bien. Entonces, la voz clara y bien modulada de Dyer resonó en la cabaña solitaria:

"—KFZ a KFY. KFZ llamando a KFY, conteste. Adelante.

Con la desesperación temblándole en las manos, el almirante operó el manipulador telegráfico:

OK, KFZ. TODO BIEN. ¿CÓMO ESTÁN LOS QUE IBAN EN CAMINO?

Esta vez, la voz que Byrd oyó era la de Charlie Murphy:

"—Todos los hombres están bien. ¿Cómo está usted?".

El aliento se le escapó en un largo suspiro. Los tractores habían llegado a Little America y ya estaban a salvo. Manipuló:

BIEN. TRABAJO DURO. VIENTO 48 KM. NIEVA. VIENE VENDAVAL.

Charlie rió:

"—Creo que incluso John entendió lo que acaba de transmitir. Aquí no está nevando aún, pero viene viento del este".

La extraña conversación voz-Morse duró sólo 20 minutos. En esa primera transmisión decidieron el horario de las comunicaciones: martes, jueves y domingos a las 10 de la mañana. Si Byrd no estaba en el aire, habría llamados de emergencia a la misma hora.

Charlie se despidió:

"Dyer le pone un 0 como telegrafista, pero yo creo que merece usted más que eso...".

SOY EL MEJOR TELEGRAFISTA AL SUR DEL PARALELO 80.

Eso fue todo. Tendría que mejorar si pretendía que lo entendieran bien.


El lunes 2 de abril, el barómetro descendió bruscamente, y a las 5 y media de la tarde la aguja desapareció bajo el borde inferior de la hoja. Byrd observó que el viento aumentaba, y que la nieve en polvo comenzaba a caer por el tubo de ventilación, formando sobre el suelo de su cabaña una montaña cada vez más alta.

El miércoles 4 el viento continuaba, pero el barómetro comenzó a subir. Para consternación de Richard, ese día descubrió que el techo del túnel del combustible comenzaba a hundirse por el peso de la nieve acumulada. La pesadilla de que se derrumbara, dejándolo atrapado en el extremo del túnel o de que lo hiciera con él en la cabaña y sin acceso al combustible, lo obligó a apuntalarlo con cajones de mercaderías y dos grandes vigas de madera de 2 x 4 pulgadas, a pesar del horrible dolor que le causaba el hombro derecho. Byrd sabía que el frío que seguiría al vendaval fundiría entre sí los copos nuevos, formando un duro puente de nieve congelada sobre el techo del túnel: casi con seguridad no se derrumbaría. El termómetro marcaba 21,1° bajo cero, lo que era casi templado comparado con los -50 de marzo, pero el viento cortaba la piel. Esa noche no cenó.

Pero la peor de sus pesadillas se haría realidad al día siguiente.


5 de abril

Esta mañana, al despertar, me di cuenta de que el ruido del viento había cesado, aunque seguía entrando nieve en polvo a través del ventilador de salida y junto a la chimenea de la estufa. Me vestí rápidamente y subí de prisa la escalera para la observación de las 8 de la mañana. Pero, cuando empujé con mi hombro sano la trampa Byrd, ésta se negó a ceder. Muerto de sueño, rígido de frío y muy asustado, insistí empujando con toda la fuerza que pude. La compuerta no se movió. Recordando entonces mi propio mecanismo de doble acción, quité los dos pernos pasantes e intenté tirar hacia abajo. Nada. Incluso cuando salté de la escalera y quedé colgando de la manija de la compuerta con todo mi peso suspendido de ella, la puerta trampa siguió cerrada. Era muy grave. Me solté y caí al piso de la veranda, diciéndome: "Estás jodido. Ahora estás jodido. Estás realmente jodido, con trampa doble acción y todo".

Con la linterna busqué una viga de 2 x 4, y utilizando el brazo bueno comencé a golpear la tapa, como si la viga fuese un ariete vertical. Luego de 15 ó 20 minutos de duro batallar, conseguí abrir la puerta apenas un poco; apoyándome en la escalera y empleando toda la fuerza de mi espalda contra la trampa, logré finalmente abrirla lo suficiente como para salir al exterior. Una vez en la superficie, pronto descubrí la causa de la dificultad. El día anterior, mientras trabajaba en el túnel de los alimentos, la puerta de la cabaña había estado abierta un largo rato. El aire tibio del interior había ablandado la nieve alrededor de la compuerta, y, después de apagar la estufa, el borde derretido se había congelado de nuevo, soldando la misma. Además, se habían acumulado 70 cm de nieve nueva sobre ella. El montón de nieve se había juntado detrás del tubo de ventilación y del soporte de los instrumentos, que en un viento del este quedaban del lado del viento con respecto a la trampa.


El almirante Byrd acababa de salvar su vida milagrosamente: bien podía haber quedado sepultado vivo hasta la primavera, y él lo sabía perfectamente. Por lo tanto, ocupó todo el día en golpear, excavar y serruchar el molesto y peligroso montón de nieve, en un intento de nivelar la superficie alrededor de Base Avanzada.

Pero lo más importante era otra cosa: agenciarse otra salida, una alternativa que le permitiese escapar en caso de un nuevo fracaso de la puerta-trampa Byrd.

Decidió abrir un agujero en el túnel de las provisiones —orientado al oeste—, cavando un nuevo túnel en ángulo recto con él, o sea, hacia el sur. Los vientos del sur son raros en la Antártida; la nieve y el polvo son traídos casi siempre por los vientos del este. "Puesto que me resultaba imposible impedir que la nieve se acumulara a barlovento de los tubos de la estufa y la ventilación, del alojamiento de los instrumentos y la cabaña misma, y por lo tanto, sobre mis dos túneles, la salida más lógica era abrir un tercer túnel hacia el sur, alejándose de la zona de acumulación de nieve".

Byrd empezó su obra a mitad de camino del túnel despensa, justo frente al nicho del generador de la radio. Necesitaba que tuviese de 9 a 11 metros de largo, 1,8 m de alto y 1,2 de ancho. Era un trabajo terrible. Debía excavarlo a entre 60 y 90 centímetros de la superficie. Cuando llegara al extremo, abriría una chimenea que llegase a 30 centímetros del suelo, fácil de romper si la trampa Byrd se quedaba trabada otra vez. Pero sabía que, en las condiciones en que se encontraba, sólo podría excavar 30 centímetros al día. Era poco, pero mucho mejor que morir enterrado vivo.


El otro problema era el abastecimiento de agua. Como es obvio, se trataba de derretir nieve, pero no es una tarea tan simple como parece. Con suprema inteligencia, Byrd aunó las dos tareas en una extraña simbiosis, y su túnel de escape se convirtió a partir de entonces en su principal fuente de agua. En vez de picar la nieve y destruirla para quitarla con pala, la cortaba con la sierra en bloques de tamaños adecuados para sus baldes y amontonaba estos ordenadamente en la galería como si fueran ladrillos.


Diagrama de Base Avanzada. A la derecha, la cabaña, de la que se proyectan los túneles. El del norte es el del combustible; el del sur, la despensa. Frente al generador puede verse el túnel de escape

Pero obtener agua era un trabajo fatal: pronto llegó a odiarlo y a angustiarse al pensar que debía hacerlo día tras día. Por empezar, la proporción de agua obtenida era ruinosamente escasa. Ocho litros de nieve rendían apenas dos litros de agua. Segundo, era un proceso lentísimo. La nieve estaba tan congelada que llevaba varias horas de dejarla sobre la estufa para lograr que retornara al estado líquido. Con uno de los grandes baldes sobre la estufa, Dick no podía cocinar ni usar su horno para nada más. Era un tormento constante, pero también representaba su supervivencia.


6 de abril

He vuelto a dormir bien, pero aún no puedo recuperar mi capacidad de despertarme a voluntad: esta mañana erré por más de 45 minutos. Aunque mantengo las claraboyas todo lo limpias que es posible para aprovechar la escasa claridad que aún queda durante el día, cuando llegue la noche polar no tendré quien me despierte. Las claraboyas están escarchadas casi siempre; cuando enciendo la estufa, el aire caliente sube y derrite la escarcha, que entonces gotea formando pequeñas estalagmitas sobre el piso helado. Utilicé el termómetro: pude demostrar que cuando estoy sentado, entre el nivel de mis pies y el de mi cabeza hay una diferencia de temperatura de entre 5 y 15 grados.

7 de abril

El día de seis meses ya se extingue. Incluso al mediodía, el sol sólo se alza unas pocas veces su propio diámetro sobre el horizonte, y se muestra frío y apagado, apenas suficiente para proyectar sombra. El cielo oscuro irradia una tristeza fúnebre. Estoy en el espacio entre la vida y la muerte. Esto es lo que verá el último ser humano sobre la Tierra justo antes de morir.

8 de abril

Los instrumentos meteorológicos fueron diseñados para un clima más templado. Me causan problemas, mi hombro está inválido y todo ello complica mis preparativos para pasar la noche austral. Pierdo tiempo con pequeñeces en forma continua: aunque no haya nieve en el aire, por ejemplo, descubro que el tubo de ventilación de salida se llena de hielo cada tres o cuatro días, posiblemente de condensación. Tengo que vigilarlo, o moriré. Ese hielo maldito no sale a golpes, por lo que tengo que sacar el caño de su agujero, llevarlo abajo y dejarlo sobre la estufa. Al tubo superior de la estufa comienza a pasarle lo mismo. Cuando la estufa está encendida y bien caliente, el hielo se derrite y el agua sale por un agujero que hay en el fondo. Por suerte el registro, que se encuentra debajo, tiene una tapa de vidrio. Si no, ya se me hubiese arruinado hace mucho. He atado una lata allí abajo para recibir el agua, pero debo vivir pendiente de esto, porque si los tubos se obstruyen...


Mientras penaba con estos problemas que amenazaban su vida, Richard estaba obligado a seguir trabajando en sus dos proyectos principales: el túnel de escape y el ordenamiento de sus posesiones. A efectos de no cansarse y aburrirse, a mediados de abril comenzó a rotar las tareas, trabajando sólo una hora en una y pasando a continuación a otra. Cavaba el túnel de fuga, luego separaba los porotos de la carne y los tomates, hacía sus observaciones del clima, ordenaba la cabaña y colocaba en sus lugares precisos el combustible.

El asunto del combustible era, como es obvio, sumamente crítico, y le preocupaba tanto que muchas veces gastaba combustible en la iluminación artificial para trabajar en el túnel correspondiente aún por las noches.

Pero el combustible no escaseaba: los tractores le habían dejado 350 litros de gasolina para el generador de la radio, colocados en dos grandes tambores ubicados en el extremo del túnel, 1.400 litros de solvente de Stoddard para la estufa (en tambores de 45 litros cada uno que pesaban unos 45 kilos) y 720 litros de parafina, distribuidos en cuatro tambores de 180 litros y 240 kilos cada uno que le garantizaban la iluminación durante un largo período.


El frío era un fantasma constante, y las consecuencias de la exposición a él provocaban todo tipo de pequeños —y grandes— trastornos. El propio almirante lo explica en estos términos: "El frío hace cosas curiosas. A 45 grados bajo cero, las linternas eléctricas se apagan en la mano. A los 48,3°C bajo cero, la parafina de los faroles se congela, y la llama se seca en la mecha. A -51,1°C, el caucho se vuelve cristalino, al igual que los cables y alambres. Por debajo de los -51°C, el frío encuentra la más microscópica gotita de aceite lubricante, la suelda y paraliza el instrumento. A esa temperatura, si sopla la menor brisa, el aliento se congela al salir de la boca y se aleja haciendo un ruido como de cohetes chinos. El viento helado quema los pulmones si uno tiene la respiración alterada por el trabajo físico".

Pero el peligro no habitaba sólo en las temperaturas extremas, inferiores a -50°: el único anestésico del que Richard disponía —novocaína— se congeló e hizo estallar sus ampollas en las temperaturas relativamente moderadas del mes de abril. El líquido de los extintores de incendio hizo lo mismo. Las botellas de tomate triturado se le rompieron. La parafina y el Stoddard fluían espesos como melaza. Los alimentos en lata debían pasar todo el día sobre la estufa para descongelarse.

Y los instrumentos. "La escarcha se congelaba eternamente en los contactos eléctricos de la veleta y en los vasos del anemómetro. Tenía que salir al exterior y trepar al poste de cuatro metros donde estaban, muchas veces tres o cuatro veces al día, para poder limpiarlos. Era un trabajo horrible, especialmente de noche y con tormenta. Cuando bajaba, invariablemente tenía congelado un dedo de la mano, o el pie, o la nariz, o una mejilla".

Como no podía cerrar bien la puerta de la cabaña, la temperatura caía a extremos espantosos en cuanto Byrd apagaba la estufa al irse a dormir. Dependiendo de la temperatura de la superficie, al despertarse lo hacía en un ambiente que estaba entre -23 y -40°C. Las botas y las medias estaban rígidas por la congelación del sudor del día anterior, y debía ablandarlas con las manos para poder ponérselas. La carne de los dedos se caía al tocar el metal helado de la estufa o el farol para encenderlos, usara o no guantes y mitones. La carne nueva crecía en el lugar de la perdida, pero durante varios días permanecía tierna y sensible. Las plumas de los instrumentos se congelaban y sólo dibujaban líneas rectas, torcidas, borroneadas, o los cilindros se detenían sin razón aparente al helarse el lubricante de los ejes. "Aprendí a adelgazar la tinta con glicerina para evitar que se congelara, y a reemplazar el aceite de los instrumentos por grafito, que lubrica menos pero no es tan sensible al frío", explica lacónicamente Dick Byrd.


"Me hubiesen expulsado de la Academia Naval si me hubieran visto cocinar así", se lamenta. Casi no desayunaba más que té y galletitas de harina integral. El almuerzo salía de una lata: jugo de tomate, galletas esquimales y carne o pescado...¡fríos! Normalmente se trataba de corned beef, lengua o sardinas.

Pero como cocinero, Richard Byrd era un desastre. Con sentido del humor digno de mejor causa, relata sus desventuras en estos términos:

"El Incidente de la Harina de Maíz: en un caldero eché lo que me pareció una razonable cantidad de harina, le agregué un poco de agua y lo coloqué sobre la estufa para que hirviera. Este simple procedimiento dio a luz a un monstruo con cabeza de Hidra. La mezcla comenzó a hincharse y a secarse, secarse e hincharse en medio de extraños ruidos, resoplidos y gorgoteos. Inocentemente agregué más agua, más agua y luego más agua, hasta que el caldero se convirtió en una especie de Vesubio en erupción. La dotación completa de ollas y sartenes que poseía fueron lamentablemente insuficientes para contener la marea de pasta que inundó la cabaña. Se deslizó por la estufa. Salpicó el techo. Me cubrió de pies a cabeza. De no haber sido yo un hombre resuelto, hubiera perecido ahogado en polenta. Tomando la vasija con los guantes, corrí con ella a la veranda y la arrojé al fondo del túnel. Allí siguió durante largo rato arrojando su infame lava dorada hasta que el mordiente frío calmó su cráter".

Luego vino "El Desastre de las Habas Secas":


10 de abril

Es sorprendente la cantidad de agua que pueden absorber las habas y el tiempo que tardan en cocinarse. A la hora de comer tenía suficientes habas a medio cocer como para indigestar a toda la tripulación de un gran buque de guerra...

"Mi primer postre de gelatina salió rebotando como una pelota de goma cuando intenté cortarlo con el cuchillo".

12 de abril

Y tú, que te has sentado en mil elegantes banquetes...

"...no podía haceme ni una tortilla. Se me pegaban las tortillas de tal forma que tenía que despegarlas de la sartén a golpes de cincel. No sabía qué hacer".

15 de abril

He estado cocinando mis habas secas durante tres horas con el agua más caliente que he podido lograr. Son las nueve de la noche, estoy muerto de hambre, y todavía están duras como el granito. Pero me he juramentado a cumplir mi firme propósito: descubrir su punto de reblandecimiento, aunque deba quedarme en pie toda la noche.

17 de abril

¡ENCONTRÉ EL LIBRO DE COCINA! Estaba en una bolsa de lona llena de instrumentos de navegación, y lo hallé hoy por la mañana. Mi grito de alegría fue tan fuerte que me avergoncé, porque comprendí que era el primer sonido que salía de mis labios en más de 20 días. Ningún libro de rutas mercantes llevado por el mar a las manos de un náufrago fue jamás estudiado con tanto ahínco y concentración. Lamentablemente, sin embargo, debo aceptar que no resuelve todos los misterios de su abtrusa arte. ¡No me dice, por ejemplo, cómo evitar que las tortillas se peguen a la maldita sartén! Hoy me comuniqué por radio con Charlie Murphy, y le pregunté si había alguien en Little America que conociese la respuesta. Charlie dijo: "Ahí me agarró, almirante. Jamás cociné nada en toda mi vida. ¿Por qué no intenta cambiar de dieta?". PREGUNTE AL COCINERO, transmití. "Dick", contestó él. "Aunque usted estuviera muriendo de hambre, yo no confiaría en ese hombre". PREGUNTE A ALGUIEN, insistí. "Le diré lo que haremos", dijo Charlie. "Le preguntaré a Oscar, el cocinero del Waldorf. En un asunto tan grave como este, no quiero correr ningún riesgo".

"Catorce días más tarde, tal como me lo había prometido, Charlie me leyó un verdadero tratado sobre tortillas que el tal Oscar había escrito especialmente para mí. Resultó que el secreto consistía en enmantecar la sartén. Así pude, por fin, cocinar prescindiendo del cincel".


Aparte de las hilarantes desventuras culinarias de Dick, la anotación de su diario del 17 de abril incluye un asunto mucho más perturbador para él:

Hoy ocurrió otra cosa importante: el sol se fue. Espió sobre el horizonte al mediodía, y con ese gesto impaciente se puso por última vez. No siento nada en particular a raíz de haber perdido el sol, ni siquiera envidia por los muchachos de Little America, que tendrán una noche invernal apreciablemente menor. "Si el sol no se hubiese ido", me consolé a mí mismo, "eso te hubiese dado algo serio en que pensar, porque hubiese significado que el eje de la Tierra apuntaba en una dirección equivocada, y que el Sistema Solar se estaba haciendo trizas".

18 de abril

Durante varias horas continué en el exterior nivelando la nieve, y sacando bloques del túnel de escape. En un momento me resbalé y caí pesadamente sobre el hombro herido. Me dolió como el demonio. Aparentemente tengo una quemadura en los pulmones a causa del aire frío, porque me arden mucho al respirar. La temperatura bajó 15 grados. La linterna se me congeló y se apagó mientras yo estaba afuera. Esta mañana encontré más hielo, enormemente duro, en el caño de la estufa. Perdí muchísimo tiempo rompiéndolo. Tendré que hacer algo al respecto.

Los problemas de Byrd con la ventilación no habían hecho más que comenzar. A fines de ese mismo mes de abril, el explorador comprendió que el tubo gravitacional de ventilación (aquel que llevaba la forma de una U) había comenzado a fallar. No cumplía su tarea de ingresar aire fresco del exterior y distribuirlo uniformemente por Base Avanzada. Cuando la estufa estaba encendida, el aire de la parte alta de la habitación se calentaba, mientras que el piso y los rincones permanecían cubiertos de hielo. Como pintorescamente lo describe el militar: "Uno o dos pasos en cualquier dirección me hacían pasar del calor del Ecuador a los fríos polares. Yo quería una distribución más pareja de la temperatura, pero más imperiosamente necesitaba el aire fresco".

Los que hizo Byrd fue derribar el pilar de madera que asomaba en medio del piso de la cabaña ("tropezaba con él una y mil veces" ) y reformó totalmente el conducto de ventilación. Tuvo que trabajar hasta las 3 de la mañana —hay que considerar que no tenía secciones de tubo de repuesto, por lo que se vio obligado a utilizar latas vacías. Sus únicas herramientas eran un martillo, una sierra y una pinza— y luego, aunque la reparación se veía horrible, pudo disfrutar de un poco más de aire y de menos diferencias de temperatura.

La noche polar ya se enseñoreaba en base Avanzada.


21 de abril

Esta mañana fue el momento más difícil. Si ya es horrible comenzar un día de trabajo en la oscuridad, en mi situación es aún peor. Uno puede tratar de tomarlo racionalmente, pero a la larga la combinación de frío y oscuridad van debilitando el cuerpo gradualmente. El pensamiento se vuelve lerdo, y el sistema nervioso responde haciéndose más lento aún. Me lleva varios minutos despertarme del todo, parezco estar perdido en el frío interestelar, perdido y desesperado. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? La habitación es una oscuridad blanda, inconcreta.

22 de abril

Lo primero que hago al levantarme es encender la estufa. El combustible suele estar bastante congelado, y me toma diez minutos pasarlo del tanque al quemador. Me hago un té caliente, caliento hielo con tabletas de alcohol, de las cuales necesito seis para encender el fuego. Hoy noté, antes de las 8, que la presión bajaba, y que la temperatura estaba por debajo de los 40° bajo cero. Tuve que calentar la linterna sobre la estufa para descongelar las pilas. Sin molestarme en encenderla hice el camino que me conocía de memoria: un paso para salir a la veranda, dos a la izquierda, seis arriba por la escalerilla. La puerta trampa se resistió a abrirse, pero sólo un poco. Seguía oscuro. Aunque continuaré utilizando los términos "día" y "noche", ninguno de ellos era adecuado para la sombría palidez de las mañanas sobre la Barrera. Al mirar a mi alrededor, comprendí mi soledad y el abandono en que me hallaba.

Más tarde ese mismo día (alrededor de las 9 de la mañana), Dick debió comenzar con los agotadores preparativos para comunicarse con Little America. Terminó unos minutos antes de las 10, con el tiempo justo para hacer una observación de las auroras (no vio nada, estaba nublado) para zambullirse luego dentro de la cabaña. Allí estaba la voz de Dyer, llamando a KFY. Él permitió que Byrd pusiera en hora sus cronómetros retransmitiéndole un "top" desde el observatorio de Greenwich. Así, el prisionero de los hielos pudo ajustar todos sus instrumentos.

Luego, como de costumbre, a trabajar cavando en el vital túnel de escape. Mientras se esforzaba en el helado hueco, Byrd escuchó un espantoso estruendo que lo hizo sobresaltar: "Parecía que muchas toneladas de dinamita hubiesen explotado en la Barrera", anota. "Basándonos en registros sismográficos, habíamos descubierto que Base Avanzada yacía sobre un estrato de hielo y nieve de más de 230 metros de espesor. Sentí que la Barrera se movía ligeramente sobre este manto de hielo, y la linterna osciló, colgada de su clavo en la pared. Esto se conoce como 'terremoto de Barrera', y se debe a la contracción de la nieve de las áreas subyacentes".


Byrd, caminante incansable y amante de los largos paseos, encontró un problema para estirar las piernas en Base Avanzada. El edificio, de 3 x 4 pasos, no le permitía hacer el ejercicio que él sabía imprescindible para su salud, pero caminar en el exterior tenía también sus grandes riesgos: "Casi nunca me atreví a alejarme de la vista del anemómetro o del montículo de nieve de tres metros de alto que señalaba el depósito que había preparado Innes-Taylor. Éstos eran los dos únicos puntos de referencia que tenía entre Little America y el pie de los montes de la Reina Maud. Si el viento comenzaba a soplar repentinamente o si la niebla se abalanzaba sobre mí, podía perderlos en un instante".

El almirante norteamericano estaba sujeto, según sus propios escritos, a tres peligros principales. El primero era el de incendio. No olvidemos que su cabaña y sus túneles estaban repletos de materiales combustibles. Segundo: perderse en la Barrera. Por último, el riesgo de lastimarse o caer enfermo, especialmente dada la circunstancia de que una operación de rescate desde Little America podía causar la muerte de todos los involucrados.

Él estaba bastante seguro de que no se enfermaría: los médicos de Nueva Zelanda le habían efectuado un prolijo examen de salud, y todo en él estaba bien. La Antártida es un continente sin microbios, por lo que es imposible contagiarse una enfermedad infecciosa... salvo que el hombre la traiga consigo desde otra parte. Se han visto hombres temblar de fiebre, presa de la malaria, a menos de 40° C bajo cero. Habían contraído esa enfermedad en el trópico. Una vez, en Little America, un desaprensivo abrió un cajón de ropas viejas donde vivían algunos virus, y cincuenta hombres cayeron en cama con la gripe en medio de la noche invernal.


Busto de Byrd en Nueva Zelanda, en el punto extremo sur de la isla, mirando a la Antártida

Con respecto al primero de los peligros, Dick ejercitaba un cuidado extremo para evitar los incendios: minuciosamente revisaba todo, apagaba la estufa y los faroles antes de salir al exterior y también al acostarse, y, en fin, tomaba todas las precauciones que razonablemente debían tomarse para minimizar los riesgos.

Incluso intentó precaverse contra el peligro de extravío, que era el que más lo preocupaba. Describe de esta manera sus preparativos: "Al norte y al sur de Base Avanzada delimité un camino de 100 metros de largo, al que bauticé 'cubierta de paseo'. Hundí cada tres pasos una caña de bambú, sobre las cuales tendí una fuerte cuerda. Incluso en las peores condiciones meteorológicas podía ir y venir a lo largo de la cubierta de paseo, tanteando la soga con la mano como si fuera un ciego. Tuve que hacerlo en muchas ocasiones, cuando el aire estaba tan lleno de nieve que la visibilidad terminaba en la visera de mi capucha. Esa cuerda era una débil línea recta a través del caos".

Richard Byrd ampliaba su "cubierta de paseo" siempre que podía: cuando el tiempo era bueno y salía a caminar, llevaba siempre bajo el brazo un hatajo de varillas de bambú —en cantidad conocida— y clavaba una cada 30 pasos. Cuando se le acababa el hato, simplemente volvía sobre sus pasos recogiendo las varas, y la última lo dejaba a 30 pasos de su "cubierta de paseo". "Las varillas pesaban muy poco, y yo podía fácilmente llevar conmigo un conjunto suficiente para un paseo de 400 metros de largo. Aunque con frecuencia cambiaba la ruta, eso no significaba nada. No importa en qué dirección fuera, el paisaje era absolutamente idéntico en todas direcciones. Podría haber caminado 280 kilómetros al este hasta los Montes Rockefeller, 480 al sur hasta los de la Reina Maud o 640 km al oeste hasta las Montañas de la Tierra de Victoria del Sur sin ver nada diferente".


Dick E. Byrd en la tapa de Time

El sistema de las varillas de bambú parecía ser a prueba de fallas, y lo fue...

Hasta que falló.


Un día en que estaba de buen humor, Byrd decidió dar un paseo más largo que de costumbre. Estaba oscuro y el aire tenía un poco de nieve, pero el Robinson Crusoe antártico no consideró que hubiese motivo para preocuparse. Paseó alegremente durante una media hora, y, cansado, se dio vuelta para regresar. Pero... ¡no había nada! ¡Ninguna varilla de bambú por ningún lado, hasta donde alcanzaba la vista! "Totalmente abstraído en mis pensamientos, había colocado la última y había seguido adelante hasta perderla de vista. Me había alejado de las cañas de bambú, y ahora, preguntándome en qué dirección quedaba la cabaña, me daba cuenta de que no sabía qué distancia había caminado, ni hacia dónde".

La situación era grave: si no conseguía regresar pronto, moriría a la intemperie en el curso de ese mismo día. A la luz de su linterna, revisó el terreno, en la esperanza de que sus pisadas hubieran quedado impresas en la nieve. Pero el suelo era de hielo duro, totalmente refractario a las huellas. "Me sentí horrorizado. Como siempre sucede, mi primer impulso fue correr. Conseguí dominarlo, y, con toda la frialdad de que fui capaz, pasé revista a mi situación".

La única herramienta de que disponía era su linterna. Con ella imprimió en la nieve una flecha que apuntaba en la dirección por la que había venido. Byrd recordó que al salir de Base Avanzada había echado una ojeada al anemómetro, que indicaba viento sur. El viento le daba ahora en la mejilla izquierda, la misma en que le había dado en el momento de la partida. Si la suerte le jugaba a favor y el viento no había rotado en el ínterin, al menos ahora sabía para dónde quedaba el sur.

Le faltaba un punto de referencia: a puntapiés arrancó pedazos de hielo de la Barrera de Ross y formó un montículo de 45 centímetros de alto junto a la marca de la flecha. Tardó mucho y se cansó realizando esta tarea. Cuando culminó, levantó la vista y observó que la suerte le sonreía otra vez: el cielo, que había estado nublado, se estaba despejando y le permitía observar las estrellas. Vio dos que estaban precisamente en línea con la dirección en que había estado caminando al detenerse: "Para hablar en términos de navegación, esas estrellas me dieron la altura, y el montón de nieve me dio la amarra. Comencé a caminar con cuidado, con la mirada fija en las estrellas, avanzando cien pasos. Entonces me detuve. Iluminé con la linterna a mi alrededor, pero no vi nada más que la infinita extensión de la Barrera".

No podía seguir adelante por temor a perder su montón de nieve, única referencia en las cercanías. Retrocedió los cien pasos caminados... ¡pero el montículo no estaba! ¿Se había extraviado otra vez? En ese caso, era su fin. Por un instante, la mente de Byrd se balanceó al borde del abismo del pánico. En ese preciso momento, la luz de la linterna encontró el hito a veinte pasos a su izquierda. Es de hacer notar lo catastrófico de la falta de puntos de referencia: al caminar 100 pasos, se había desviado 20 sin darse cuenta. La caminata en la Barrera tiene una tasa de error del 20%, y uno no se percata de ello.

"'Ahora sí que estás perdido', me dije, y me sentí abrumado, pero comprendí que tenía que ampliar mi radio de búsqueda, o moriría. Al alargar mi radio, posiblemente nunca encontrara el camino de regreso, pero si no lo hacía, con certeza nunca lo hallaría. No había otra alternativa excepto morir congelado, y tanto daba helarse a 5.000 metros de Base Avanzada como hacerlo a 5. En la salida siguiente torcí el rumbo 30° a la izquierda, y después de caminar cien pasos, no vi nada. Formé otro pequeño montón de hielo en el punto de los cien pasos y, desesperado, decidí caminar treinta pasos más en la misma dirección".

Al llegar al paso 29, Byrd se topó, a 10 metros de distancia, con la primera caña da bambú. Estaba salvado: "¡Ningún marinero náufrago, al divisar una vela en la distancia, puede haber sentido una alegría mayor!" , escribe el almirante.


Así llegó el mes de mayo, en plena noche polar. La Luna iluminaba sólo una mitad del cielo; la opuesta estaba negra como el carbón. En el extremo opuesto, la luz reflejada del sol hundido bajo el horizonte iluminaba como una llama. Durante los primeros seis días de ese mes, la temperatura se mantuvo en promedio a -55,5°C, y nunca subió a más de -40 en todo el mes. Pero Byrd estaba obligado a seguir con sus observaciones meteorológicas.


1° de mayo

Durante mi paseo vi un halo lunar, el primero desde que me encuentro aquí. La luna parecía irrealmente brillante, y luego un sutil cambio en la calidad de su luz me hizo elevar la vista. Una penumbra se extendía sobre la superficie de la luna, y, mientras observaba, un sistema de círculos luminosos se formó en torno a ella. Instantáneamente la luna quedó rodeada de círculos concéntricos de colores, como un arcoiris envolviendo a una brillante moneda de plata. La amplia banda exterior, de 19 diámetros lunares, era de color verde manzana. Este extraordinario efecto duró cinco minutos. Luego los colores desaparecieron, y una docena de rayos de una aurora brotaron del borde mismo de la luna, para desaparecer también al cabo de unos momentos.

3 de mayo

Hoy vi una estrella al sudoeste, tocando el horizonte. Era de un brillo tal que me deslumbraba. La primera vez que la vi, hace varias semanas, tuve la fantástica idea de que alguien me hacía señales. Es una estrella curiosa, que aparece y desaparece a intervalos impredecibles, como el pestañear de una luz.

He tenido que trepar al poste de la veleta dos veces. Que se me hielen las manos, la nariz o las mejillas, o incluso todas juntas, mientras estoy en el poste, es algo a lo que me he acostumbrado. Pero hoy, para variar, sufrí la congelación del mentón.

Dos días después, Richard decidió dar un paseo más largo, siguiendo el dipolo de la antena de radio. El cable se había congelado: tenía una capa de hielo que Byrd apenas podía rodear con los dedos, y el peso de la escarcha lo hacía colgar en grandes combas entre los postes. Previendo tener deseos de pasear, el explorador había plantado una caña veinte metros más allá del poste más lejano de la antena, para que sirviera de señal si no veía el palo. Ese día, 5 de mayo, estaba allí de pie, cuando recordó que había dejado la estufa encendida. Se dirigió hacia el último poste de la antena, cuando el mundo se derrumbó bajo sus pies. "Tuve una horrible sensación de caer, y al mismo tiempo de ser arrojado a un lado. Cuando me recobré, estaba tendido en la nieve, con los pies colgando sobre un abismo sin fondo: la boca de una grieta abierta".

Byrd estaba agarrado de una débil cornisa, y no se atrevía a moverse por miedo a que cediera. Luego, centímetro a centímetro, se izó hasta que estuvo totalmente apoyado en hielo firme. Había caminado por el techo de una grieta ciega, cubierta por una capa de hielo que no puede distinguirse del hielo real, a sólo 50 metros de su cabaña. Dick golpeó el techo con la varilla de señalización, y vio que en algunos sitios se rompía y en otros no. Muchas veces había caminado sobre ella. De hecho, en el camino de ida hasta la varilla la había atravesado. Tal vez ahora había pasado sobre su único punto débil. Tendido boca abajo, apuntó su linterna hacia el interior de la grieta: no tenía más de un metro de ancho, pero sus paredes se separaban más abajo formando una gigantesca caverna subterránea. Era tan profunda que Byrd no alcanzaba a iluminar el fondo con la luz de la linterna. Los muros cambiaban de color del azul al verde esmeralda. Este último era hielo de mar. "La suerte me había hecho atravesarla perpendicularmente: si lo hubiese hecho a lo largo de ella, sin duda me habría precipitado al fondo. Para no volver a cometer el mismo error, me llevé dos varillas de bambú y las clavé a ambos lados de la boca de la grieta, delante del agujero".


El almirante Richard E. Byrd había salvado su vida milagrosamente por dos veces: una al extraviarse y otra al pisar la grieta. Le quedaban aún al menos cinco meses de soledad en la Barrera de Ross.

Podía felicitarse por haber tenido tanta suerte, pero en realidad, lo peor de su experiencia estaba aún por llegar.


(Conclusión en Axxon 161)



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