ESCAQUES TRES-D

Carlos A. Duarte Cano

Cuba

El reloj marcaba las tres de una típica madrugada otoñal parisina, y Josué Valiente esperaba el primer RER hacia los suburbios, sentado en un frío y sucio banco de la estación de Montparnasse. La niebla, que ocultaba el otro lado de la calle, le sacaba el poco ánimo que le quedaba, y la frialdad, clavándose en su cuerpo como un cuchillo, desgarraba mucho más que piel, carne y huesos.

Había perdido el último RER hacia su hotel, pero un taxi era un lujo que no podía permitirse, por lo que se dispuso a pasar lo que quedaba de noche de la mejor manera posible. De a ratos leía el periódico o estudiaba los horarios de los trenes, como si estas actividades fueran en realidad algo importante y no meras parodias con la única finalidad de tratar de acelerar el tiempo. El tiempo, el puñetero tiempo y su puñetera cualidad de andar siempre única e inexorablemente hacia delante, de escurrírsele entre los dedos y negarle una segunda oportunidad cuando más la necesitaba.

Como un grotesco deja vu, una y otra vez retornaba a su mente la partida de ese día. Se sentía muy bien con la posición hasta que los números en el reloj digital se achicaron por debajo de los cinco minutos. A partir de ese instante la cercanía al cero en el fatídico conteo regresivo le impidió concretar la ansiada victoria. Debió haber pasado por alto media docena de continuaciones ganadoras, hasta desembocar en ese estúpido final de libro. Peón de ventaja con alfiles de distinto color y, para colmo, el maldito peón coronando en la columna torre, en una casilla del mismo color que el alfil contrario. ¿Resultado? Tablas. Tablas y adiós clasificación para el Campeonato del Mundo. Tablas y adiós al primer lugar con sus diez mil euros, que si bien no lo hubiesen convertido en un hombre rico, le habrían permitido al menos subsistir un tiempo para seguir dedicándose a la pasión de su vida.

Por su obsesión por el ajedrez le habían levantado varias novias en su primera juventud, pérdidas suplidas a destiempo por desmoralizantes urgencias manuales en el baño. Por el ajedrez, había perdido un matrimonio, dos trabajos, algunas amistades y un perro. Por él había cambiado los juegos de pelota, los libros de ciencia ficción y la música de los Beatles. ¿Y cómo lo retribuía la cruel Caissa? Negándole los primeros premios en cuanto torneo participaba, concediéndole sólo después de un largo y agotador esfuerzo el pergamino de Gran Maestro. El gran Bobby lo consiguió a los quince, Garry y Lazarito Bruzón a los diecisiete. Él tuvo que esperar a la vergonzosa edad de treinta y un años para obtenerlo.

A los siete años lo consideraron un genio en su escuela primaria porque le ganaba con facilidad a los niños de sexto grado; a los doce comenzó a ganar en los juegos escolares y los entendidos le auguraban un futuro brillante; a los diecisiete fue el campeón juvenil de su país y entre los cinco mejores jóvenes ajedrecistas del mundo. A los treinta y nueve era un fracasado, uno del montón. Como jugador profesional apenas si ganaba lo suficiente para cubrir sus necesidades. Su vida sentimental era otro fracaso. Si no fuera tan pendejo se tiraría delante del primer RER de la mañana.

El anciano desembocó por la entrada de la estación y torció en dirección a su banco. Vestía un atuendo raro, como pasado de moda. No se atrevió a definir una edad para el personaje. A juzgar por la barba, el pelo cano y las arrugas de su piel, podría frisar los setenta. Pero por otra parte, irradiaba una extraña energía y tenía el halo de vitalidad característico de una persona mucho más joven. Traía entre sus manos un cofrecillo de metal pulido y sin más ornamentos que su propio brillo. Se sentó a su lado con aire displicente y silbó una tonada desconocida.

Josué se preguntó por qué razón, entre tantos bancos vacíos, el viejo cabrón vino a escoger el suyo. No parecía uno de esos viejos que van de terminal en terminal pidiendo limosna. Quizás sólo buscaba un poco de simpatía y solidaridad humana. ¡A buen árbol se venía a arrimar!

Ya estaba considerando seriamente mudarse de banco antes de tener que aguantarle la descarga al viejo, cuando éste se dirigió a él en perfecto español:

—Señor Valiente, es menester que intercambie algunas palabras con usted.

El intempestivo abordaje lo dejó tan estupefacto que a punto estuvo de provocarle un infarto. Miró al anciano, con un signo de interrogación en el rostro, y preguntó:

—Mi viejo, ¿usted quién es y de dónde me conoce? Porque le juro que es la primera vez que lo veo en mi vida.

—Señor Valiente, no es necesario buscar tantas explicaciones. Digamos que soy un admirador de su juego. Es usted un jugador de mucha fuerza, pero que lamentablemente carece de la chispa del genio. Sí, querido mío, ese extra que distingue a los campeones: el golpe de vista para distinguir la combinación ganadora en medio de un marasmo de posibilidades; o la capacidad de descifrar los pequeños secretos de una posición, y descubrir la ruta hacia la victoria, allí donde el resto de los mortales se conforma con unas insípidas tablas.

—Usted sí que es bueno dando ánimo, mi viejo. Hace un minuto dudaba si debía lanzarme de cabeza ante el próximo tren; ahora estoy seguro.

—No se apresure, joven, la vida aún le reserva muchas alegrías. Y créame, no es un simple cliché para consolarle. Precisamente, vengo a mostrarle algo que cambiará su vida de manera radical.

El anciano colocó el pequeño cubo metálico encima del banco entre su cuerpo y el ajedrecista. Uno de sus dedos se deslizó por la cara superior del objeto describiendo una trayectoria en forma de S. En la tapa del cubo apareció una abertura circular y de su interior brotó un haz multicolor que se materializó entre los dos hombres.

<0>Aquello era un tablero de ajedrez, no cabía la menor duda. Las piezas eran las normales y su disposición sobre el tablero también, pero, y aquí venía el aspecto bizarro, no era un tablero de dos dimensiones, sino de tres. Tenía ocho columnas de ancho por ocho de largo con los escaques alternos claros y oscuros como todo tablero de ajedrez que se precie de serlo, pero tenía además ocho columnas de altura. En resumen, era un tablero cúbico o volumétrico. Otro detalle que llamó su atención fue que las piezas no estaban dispuestas en la forma acostumbrada sino que seguían un patrón desconocido.

—¿Esto qué coño es, mi viejo? —espetó Valiente, cuya sorpresa iba creciendo por momentos—, ¿una proyección holográfica o algo parecido?

El viejo adoptó un aire doctoral y respondió con su vocecilla aflautada, mucho más juvenil de lo que indicaba su aspecto.

—Maestro Valiente, está usted en presencia del primer modelo de Ajedrez Tridimensional Kerniano diseñado expresamente para su uso en la Tierra.

—¡No jodas! ¿Esta mierda es sólida? ¿Lo puedo tocar con mis manos? —Sin esperar respuesta extendió la mano y tomó el peón blanco en la columna "e". Lo levantó hasta la altura de sus ojos y lo examinó incrédulo. Luego lo adelantó hasta la casilla e4.

—OK, ajedrez tridimensional, he oído hablar bastante de eso antes, aunque confieso que nunca vi algo parecido a esto pero, ¿cómo son las reglas para jugar?

—Verá usted, en honor al ajedrez, las reglas son muy sencillas, maestro. Al inicio de la partida las piezas se mueven de la misma forma que en el juego clásico, sólo que aquí pueden moverse también hacia arriba, a excepción de los peones. Los peones permanecen restringidos a las dos dimensiones conocidas.

—Parece simple.

—Pero luego todo se va complicando. Los ciento veinticinco cubos centrales del tablero forman lo que llamamos "zona de incertidumbre". En esta área los desplazamientos de las piezas ya no siguen los mismos patrones del ajedrez. La comprensión cabal de las normas que rigen sus movimientos, así como de la táctica y los planteamientos estratégicos del juego, requiere de un intelecto muy superior y la aplicación de una lógica diferente a la del ajedrez.

—¿Y usted me la va a enseñar?

—Para bien o para mal no tengo tiempo para explicarle todo en detalle. Puedo tratar de enseñarle algunos elementos primarios, pero el resto tendrá usted que irlo asimilando por sí mismo, de forma autodidacta.

La mirada de Josué peregrinó con parsimonia del tablero al rostro del viejo y sus ojos negros se entornaron con expresión incrédula.

—Señor, espero que esto no sea un chiste de mal gusto.

El anciano sonrió con indulgencia

—Comprendo perfectamente sus dudas, pero le aseguro que no sólo el juego es real sino que el asunto es mucho más serio de lo que usted se imagina.

—¡Pero esto genera una posibilidad incalculable de movimientos!

—¡Exacto! —repuso el viejo mirándolo satisfecho—. Precisamente por ello revitalizará el juego. ¿En qué se ha convertido el ajedrez hoy día? En una competencia de memoria. Los maestros como usted van a jugar con miles de variantes en su cabeza. El espacio para la creatividad se ha ido reduciendo cada vez más. La proporción de partidas con resultado tablas es cada día mayor. En fin, el ajedrez está en crisis y yo le estoy ofreciendo la posibilidad de renovarlo.

El ajedrecista volvió su atención al cubo, fascinado por la disposición tridimensional de los escaques. Las piezas flotaban serenas en sus casillas como invitándolo a comenzar una partida. Extendió la mano para tomar un trebejo y lo desplazó a placer por el traslúcido escenario. Durante unos quince minutos asaeteó al viejo con preguntas sobre las reglas del juego y el sistema de notación. A medida que iba comprendiendo algunos pormenores sus ojos parecían recuperar su brillo como por arte de magia.

—Vamos a ver, ¿cómo se anotaría esta jugada? ¿Acaso Dd55?

—Exacto, joven, exacto; es la notación más natural para un ajedrecista bidimensional. Con solo añadir una coordenada más a las dos tradicionales ya se tiene la notación 3D.

—¿Y si ahora muevo la Dama para la casilla e54 ¿ le estaría dando jaque al rey negro?

—Ese es otro detalle, los jaques sólo se permiten cuando las piezas están en el primer nivel. No se admiten los jaques aéreos.

—Mmm, bien pensado, pues de lo contrario el rey no tendría defensa alguna. Dos preguntas más, mi viejo: número uno, ¿quién es usted?, y número dos, ¿por qué yo?

—Se lo explicaré. Aunque me arriesgo a que me tome por un demente —en realidad me es indiferente la opinión que le merezca mi condición mental— será suficiente con que tome el juego nuevo con la seriedad y el entusiasmo que merece.

El anciano se reclinó hacia atrás en el banco y comenzó su historia con una veta de picardía en sus ojillos pardos. Hizo una pausa teatral y le espetó a quemarropa:

—Lo primero que debo decirle es que no pertenezco a este mundo. Este cuerpo es sólo un receptor temporal que estoy usando para facilitar el contacto... Sí, ya le advertí que me tomaría por un orate, pero guarde esa sonrisa socarrona y déjeme terminar... Todo comenzó hace ya más de un siglo aquí, en la Tierra. Nuestros exploradores comenzaban a estudiar su sociedad. Para recopilar información de forma inadvertida, nuestros científicos idearon el método de la Sinapsis Neuronal Profunda (SNP). Expresado en un lenguaje vulgar, este procedimiento nos permite tomar el control de una mente humana desde cierta distancia...

—¿Algo así como la telepatía? —terció Josué

—Lo que ustedes llaman telepatía, y que en este planeta han logrado esbozar con timidez, es sólo el prolegómeno del SNP. El SNP permite un control total de la mente humana, aunque raras veces operamos así. Por lo general, lo que hacemos es recopilar información desde la perspectiva humana e incorporarla a nuestro acervo.

—Vaya, vaya, diga mejor espionaje —lo interrumpió Josué—. ¿Y dónde están nuestros derechos humanos?

—Diantre, espionaje es una palabra que tiene una acentuada connotación negativa en su cultura, Maestro. Nuestras intenciones no han sido nunca aviesas. Sólo estudiamos su sociedad y analizamos científicamente sus posibilidades de desarrollo y trascendencia.

—¿Y dice que desde hace un siglo están en eso?

—Exacto, exacto, desde el año 1860.

—¿Cuáles son sus conclusiones?

—En sentido general muy negativas, la humanidad va derecho a la extinción.

Josué se sobresaltó, pero no deseaba que el viejo interrumpiera la explicación. —Siga, por favor.

—Es de libro de texto, un ejemplo clásico de civilización desequilibrada. Energía atómica en manos de irresponsables que no ven más allá de sus narices... y del humo que despiden sus automóviles. Hice mis estudios avanzados en ese tema apasionante y... —hizo una pausa como recapacitando— pero nos hemos desviado del tema original, volvamos atrás. Mi primera visita de investigación a la Tierra se realizó en 1892. Establecí el SNP con un niño en una pequeña isla bastante atrasada. Así comencé a recopilar información y trasmitirla a mi Mundo.

»Todo marchaba de forma normal hasta el día en que conocí el ajedrez. Tan sólo vi jugar una partida y desde entonces no he podido sacar el juego de mi mente. El placer que produjo en mi intelecto fue tan intenso que me convertí en adicto, y jugué todo lo que pude mientras estuve en estado SNP. Hasta que un día me llamaron de vuelta y partí... Pero conmigo llevé este magnífico juego para difundirlo entre los míos.

—Y entonces, ¿qué pasó?

—Pues, al principio todo transcurrió de forma excelente. Mis congéneres se excitaron muchísimo con el juego. Pero después de un período inicial de intensa fiebre ajedrecística, la afición comenzó a declinar con rapidez.

—Pero, ¿por qué tan pronto?

—No se ofenda, Maestro, sé que los terrícolas están muy orgullosos de su nivel intelectual e inteligencia, pero el nuestro es bastante superior. Para ponerle un ejemplo ilustrativo, entre nuestro cerebro y el suyo hay una diferencia comparable a la que existe entre ustedes y sus primates no humanos.

—Ajá, muy didáctico, puedo tratar de vivir con eso, ¿y entonces qué?

—¿Se da cuenta? En diez años dominábamos el juego con un grado tan elevado de maestría, que el 99% de las partidas terminaban en tablas.

—Entiendo, se morían de aburrimiento, como en el juego del cruz y raya.

—Exacto, exacto, excelente analogía, Maestro.

—Después de lo que acaba de contarme parece una burla cruel de su parte que me llame Maestro. No le llegaría ni a la suela de los zapatos al peor de sus aprendices.

—No es comparable, Maestro, ya le expliqué las diferencias en la capacidad de procesamiento entre los cerebros de nuestras especies. El asunto es que me puse a pensar cómo salvar al juego de la muerte por tablas, algo que en realidad había avizorado desde mi estancia en...

—Espere —interrumpió Josué—, Bobby Fischer se pasó el resto de su vida diciendo algo parecido y proponiendo el sistema "Random Fischer"....

—Sí, sí, estoy al tanto —lo interrumpió el viejo—, se trata de un juego en el que el orden de las piezas mayores se escoge de forma aleatoria antes de cada partida. No era una mala idea pero muy inferior a la solución kerniana del ajedrez 3D.

—Entonces, ¿hay alguna conexión entre usted y Fischer?

—Para nada, para nada.

—Pues bien, supongamos que le creo toda esa sarta de disparates, qué hay con mi segunda pregunta. ¿Por qué yo?

—En primer lugar es mi propósito retribuir a los humanos por haberme enseñado el ajedrez. ¿En qué se ha convertido este juego hoy día? En una competencia de memoria, ya se lo dije. Los maestros como usted van a jugar con miles de variantes en su cabeza. El espacio para la creatividad se ha ido reduciendo cada vez más. En fin, el ajedrez está en crisis también en su planeta y yo les estoy ofreciendo la posibilidad de renovarlo. Tan sólo eso sería motivo suficiente para mí pero hay más, mucho más. —El rostro del viejo se tornó más grave, sus inquietos ojillos se clavaron en las pupilas de Josué y, después de una pausa breve continuó—. Este juego, amigo mío, no es una frivolidad de esas que abundan en este planeta para matar el tiempo... y la inteligencia añadiría yo. Visto a través de un prisma filosófico significa un reto monumental para el intelecto humano. Para dominarlo necesitan incorporar una lógica de pensamiento muy diferente y un nivel de raciocinio y ética muy superior al actual. Nosotros, los kernianos, pensamos que esto los puede a ayudar a trascender como seres racionales. Este "experimento" ha sido objeto de gran debate en mi planeta y las opiniones son divergentes, pero en una cosa coincidimos: si ustedes los terrestres logran dominar el juego, significa que pueden tener todavía un futuro como especie. Más que un juego, Maestro Valiente, le estoy confiando una semilla.

Valiente dejó escapar un silbido nervioso

—Vaya, usted me ha puesto el listón demasiado alto, temo que termine por defraudarlos ¿se puede saber por qué me escogió precisamente a mí?

—En primer lugar porque usted es un ser apasionado con el ajedrez, una persona que lo siente en cada átomo de su cuerpo, y confío en que se enamorará también de esta forma de ajedrez, logrará comprenderlo y será clave en su difusión.

—De acuerdo, pero deben haber millones de gentes en el mundo que interpreten el ajedrez como yo. ¿Cuál es la otra razón?

—La otra razón, mi querido Maestro Valiente es digamos... sentimental, porque usted es cubano.

Josué frunció el entrecejo, inquisitivo.

—¿No lo adivina? —preguntó el viejo—. Recuerda que le conté hace un rato que me enviaron a una pequeña isla a cumplir mi misión.

—Aaah, entiendo, usted vivió en Cuba y por eso quiere que sea un cubano el que difunda su juego.

—Exacto, sería un pequeño tributo a la isla donde aprendí a jugar.

—Me parece conmovedor, pero hay un detalle práctico que no sé como se resolverá.


Ilustración: Endriago

—¿Cuál?

—Usted ahora me deja el juego, e imagino que también un manual elemental para hacer viable la tarea.

—Eso haré, joven, pero sólo con lo elemental. No lo despojaré del profundo placer intelectual de descubrir los detalles del juego, de incursionar por primera vez en sus numerosas avenidas teóricas.

—De acuerdo, pero mi punto es otro. ¿Cómo cree usted que yo, con la reducida capacidad mental propia de mi especie, me las arreglaría para producir el tablero 3D y las piezas?

—Eso también lo tuve en cuenta, Maestro. —El viejo le entregó a Josué una tarjeta de presentación.— Cuando regrese a Cuba contactará con el ingeniero Ignacio Wong en esta dirección. Este amigo ha sido inducido con los conocimientos necesarios para crear y reproducir el juego. Sólo tiene usted que sugerirle la idea.

—¿Sabe que si esto funciona nos haremos de muchísimo dinero?

—Lo entiendo, pero también sé que no es el dinero su principal aliciente, por eso le escogí.

Valiente sonrió y realizó un gesto asertivo con la cabeza.

—Bueno, supongo que debo estarle muy agradecido; hace un rato pensaba con toda seriedad en el suicidio y usted me ha logrado entusiasmar con la idea del nuevo ajedrez.

—Los kernianos no nos equivocamos con la gente, ni siquiera cuando se trata de terrícolas, las criaturas más impredecibles con las que nos hemos topado en esta galaxia.

El anciano se puso de pie, y extendió una mano abierta a Valiente quién se la estrechó con fruición.

—Es hora de que me marche, la conexión con mi mundo será dentro de quince minutos y no puedo perderla. Para recoger el tablero sólo debe levantar la caja y la retracción será automática. Para volver a abrirla ya vio usted cómo lo hice, pero si lo requiere se lo repetiré.

Como si lo hubiera hecho toda la vida, Josué tomó la cajita y la guardó con mucho cuidado en su maletín de mano. El viejo lo observaba con los ojos impregnados de una profunda ternura.

—Sólo quisiera pedirle un favor antes de desaparecer.

—Usted dirá, mi viejo.

—Se trata del nombre del juego...

—¿Acaso no le cuadra Ajedrez 3D Kerniano?

—No suena mal, pero le ruego que lo divulgue con el nombre de Capablanca 3D, en memoria de un amigo muy, muy cercano. —El viejo le dedicó una sonrisa un tanto melancólica antes de desvanecerse literalmente en el aire.

Josué Valiente lo contempló callado y luego se dejó caer otra vez en el banco sucio y frío. «Así que Capablanca 3D» pensó y en ese momento vio la luz. ¡Por supuesto! ¡Quién otro podría ser! Nació en La Habana en 1888; aprendió a jugar ajedrez a los cuatro años mientras miraba a su padre jugar, nadie tuvo que enseñarle a mover las piezas; a los doce años fue campeón de Cuba; a los veintiuno derrotó con claridad al temible Marshall en un encuentro memorable. Ese mismo año venció en el supertorneo de San Sebastián frente a los mejores jugadores de la época. A los treinta y dos finalmente fue campeón mundial. "La máquina de jugar ajedrez" le decían, porque durante diez años no perdió una sola partida. De pronto, en la cúspide de su carrera, cedió el título de forma inexplicable en Buenos Aires frente a Alexander Alekhine y... nunca volvió a ser el mismo.

Todo coincidía en la historia del viejo: la fecha de su llegada a Cuba, su genialidad, que eclipsaba a todos sus contemporáneos, la enigmática merma en su rendimiento a partir del match de Buenos Aires, su teoría sobre la muerte por tablas del ajedrez...

Eran las cinco y media de la madrugada. A lo lejos un gallo anunciaba la inminencia del nuevo día. Pronto llegaría el RER. A pesar del tremendo reto que tenía por delante, o tal vez por ello, la niebla, que todavía ocultaba el otro lado de la calle, ya no provocaba en su ánimo la misma desesperanza.



¿Juega usted al ajedrez? ¿No juega? ¿Pensó alguna vez que su falta de interés en la materia ha puesto el futuro de la Tierra en peligro?

Carlos Duarte Cano nació en La Habana el 23 de octubre de 1962 en plena crisis de los misiles. Obtuvo la licenciatura en Ciencias Biologias en la Universidad de La Habana en 1985 y desde entonces se he dedicado a la investigacion en el campo de la Biotecnologia aplicada a la salud humana. Tiene mas de 50 articulos científicos publicados pero esta es su primera obra de ficción en ver la luz, por lo que resulta muy apropiado que tenga que ver con el juego que ama y ha practicado desde la niñez y sea, al mismo tiempo un homenaje a una figura gigante del ajedrez cubano y mundial.


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Ajedrez: Cuba: Cubano).

            

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