JUGAR CON FUEGO

Marcelo di Marco

Argentina

El rigor de la mañana se deslizaba entre las sombras del dormitorio. El mundo era apenas un copo que flotaba tétricamente en la eternidad del universo de hielo. El globo caía más y más. Ignacio abrió los ojos cuando el témpano estaba por sumergirse en un mar de glaciares. Supo que la Tierra acabaría de hundirse para siempre en el frío de ese océano.

El sigilo de la claridad y de la helada se hacía un lugar, se adueñaba de la habitación. Leyó en los dígitos del radio-despertador que eran las 08:00, día domingo. Mariana dormía apretando los dientes. Graduó al mínimo la lámpara que se descolgaba del techo. Se incorporó despacio y la miró. Los restos de la pintura le formaban aureolas alrededor de los párpados. Los ojos vibraban rápidamente de un lado a otro. Tiritaba.

Pensó si no estaría soñando con la imagen que lo había despertado a él. Desde que comenzó a estudiar los fenómenos, este tipo de coincidencias se daban frecuentemente entre ellos. Le vio piel de gallina en el brazo, contempló la tersura de su pecho. No quiso cubrirla con la colcha. La recordó en la fiesta del Alvear, el oro y el bronce del Roof, la copa de champagne que sostenía como una princesa. Los suizos se habían deslumbrado. Vio su vestido de satén. Parecía una sombra más, en el suelo.

¿Por qué haría tanto frío?

Apagó la luz y se levantó en silencio. Se puso una robe de chambre, fue hasta el living y descorrió automáticamente el cortinado. Miró hacia Quintana. Nadie. La llovizna había atrapado al paisaje de la avenida. Una mujer de impermeable y un chico con un afgano salieron de la confitería de enfrente, abrieron paraguas. Algo le llamó la atención. Desde la altura podía distinguirlo con dificultad. Al perro parecía faltarle una pata. Rengueaba bajo el agua, delante de la mujer de rojo y el chico.

Se pasó las manos por los costados. Seguro que el imbécil de Rómulo había olvidado activar la calefacción. Otra vez. Ya era tiempo de dejar el piso. Si en la semana se ponían a buscar, a comienzos de la primavera estarían mudados.

Un quejido vino del dormitorio.

Se asomó en la penumbra. Mariana estaba bien, posiblemente se trataba de una reedición de la pesadilla. Arrastrando las chinelas cruzó el living, abrió la puerta de servicio y levantó La Nación. Sobre la mesada de la cocina desplegó el diario. El frío volvió a cruzarlo. Descubrió que una de las ventanas había quedado abierta. Después de desayunar, se darían una vuelta por el sauna del edificio. Ya era tiempo de despertarla. Puso a bajo volumen una selección del Mikrokosmos de Bartók. Encendió un cigarrillo y se sirvió dos medidas de Napoleón con un poco de agua, como aperitivo para el desayuno. Coñac fine l'eau, según le había dicho Mallmann una vez. Miró sus máscaras. África. Colgaban por la pared, a un lado del hogar, junto con las armas. Cuchillos, revólveres y pistolas, arcabuces, una catana samurai. Haciendo girar la copa en la concavidad de su mano, se dirigió hacia el estudio. De pie, sorbiendo la calidez de la bebida, contempló los objetos y símbolos que coleccionaba dentro de una vitrina. Casi todos eran instrumentos utilizados en rituales de magia. Magia del Egipto. Sistros de madera, bronce y oro, un cáliz en rojo y plata, un disco con alas que representaba el círculo del sol, una cruz ankh y uncaduceo con sus dos serpientes, símbolo de la sabiduría. Había, además, emblemas de animales, fragmentos de jeroglíficos grabados en piedra y un ejemplar de Ellibro de los muertos apoyado en un atril.

Apagó el cigarrillo. Sacó del estante el caduceo y miró los rubíes que figuraban los ojos de las culebras. Había astucia en ellos. Sopesó la vara y la colocó en su lugar de la vitrina.

—Ojos como de puta de Hollywood —dijo, antes de salir del estudio.

Quedaba un trozo de bacon en la heladera. Batió huevos con un poco de pimienta y gotas de Tabasco, les agregó leche y los frió en la grasa de la panceta. Untó todo en dos rebanadas de pan Westfalia con manteca y empezó a comer. Aunque estuvieron un tiempo en México, Mariana nunca había podido acostumbrarse a esa delicia.

Comenzó a prepararle su desayuno. Últimamente había empezado a notar que la cocina lo tranquilizaba. Lo sedaba. En el fondo era una suerte que la paraguaya ya no viviera con ellos y que ahora viniese sólo tres días a la semana. De todos modos, tendría que conseguir alguien con cama adentro para reemplazar a Gracia. Por lo menos; hasta que abandonaran el dúplex.

Microondeó el café, sacó dos tostadas de la tostadora y fue hasta el dormitorio. La encontró sentada en el borde del colchón, armándose con paciencia un cigarrillo de marihuana. No dejaba de tiritar. Le castañeteaban los dientes y los pechos le bamboleaban. Se había puesto un slip de seda lleno de alforzas y moñitos. Realmente era una puta de lujo. La música de piano les llegaba desde el living, con toda su tenuidad.

—El café se enfría. Mejor fumátelo después.

Yahace frío. Vení. Dame un beso.

Se acercó. Sintió que una corriente helada le arañaba el espinazo. Se inclinó para encontrar su boca. Un pliegue de la robe desparramó las hebras que Mariana había estado liando tan dificultosamente. En parte, cayeron sobre el parquet, al lado de la cama. Otro poco contrastaba en la laca de la mesa de luz.

—¿Qué hiciste, boludito? —dijo Mariana cuando pudo zafarse de su lengua—. Ahora vas a tener que levantarla vos.

La erección ganaba terreno. Le gustaban sus desafíos, lo calentaba que le dijera boludito. No cualquiera le decía boludito a un Gerente de Sistemas de su nivel. Se quitó el cinturón de la robe de chambree improvisó un látigo anudando uno de los extremos. Bajo su instrumento de tortura de juguete, ella se puso en cuatro patas a recoger la marihuana como una esclava de película.

—¡Y una por una! ¡Una por una levantala, puta! —ordenó el gerentito de los sistemas, que ya iba a ver esa arrastrada qué clase de boludo era, qué joder. Esa cheta, esa zángana que toda la vida había sido bancada por el papi y que ahora era prácticamente de su propiedad. Mantenida, prostituta de su casa para siempre. Pensar en eso, en el poder y el control que ejercía sobre ella, le hacía tener erecciones sin contención. Una vez se encerró jadeando en el toilette de su despacho, como un pendejo.

Descubrió sin sorpresas que Mariana se lo había puesto en la boca. Lo tomaba con cuidado, por la base. Lamía despacio el glande, deslizaba la lengua a todo lo largo del tronco, de arriba a abajo. Le tiró del brazo, hacia atrás, suavemente. Lo hizo caer sobre el acolchado. Encaramada sobre su pecho, agarró con toda la mano el miembro y lo dirigió hacia la entrada de su vulva. Un toque, sólo un roce entre los labios. Sintió el calor, la humedad del flujo. Lo besó con toda la lengua, llenándole la boca. Intentó avanzar y ella se lo impidió sin dejar de besarlo, arqueando un poco las caderas hacia arriba. No tardó en invertir el movimiento y engulló la cabeza, muy despacio. Se la oprimió durante un momento, la expulsó apenas, volvió a tragarla.

—Hacé... que duela —susurró.

Completamente penetrada, se incorporó y apoyó las rodillas en su pecho. Le recordó la loba de Roma, con las oscilaciones que describían los pechos colgando sobre su boca. Intentó retardar el clímax. Pensó en Rómulo, en Rómulo El Ineficiente, el encargado del edificio que esa mañana los había dejado sin calor de hogar. Toda esa mañana, todo ese domingo. No pudo controlarse. Mariana gritó súbitamente al acabar. La besó. Abrazados, pronto se quedaron dormidos.


Y en aquel territorio de sombras entrevió una imagen, una fugacidad. Un juego que se diluyó en su inconsciente como una gota de lava en una hoguera.

Eran las 09:30 cuando se despertaron. Llovía como nunca.

Mariana tuvo escalofríos. Empezó a levantarse pero Ignacio la agarró de la cintura.

—Pará —dijo—, vamos a jugar a otra cosa.

—No puedo más del frío. Dejame buscar un edredón.

Él no le hizo caso.

—¿Te acordás de la vieja que vimos en Roma? —preguntó.

—Cuándo.

—En el último viaje. Hacé memoria.

Mariana se puso a pensar.

—Aquella bruja —insistió Ignacio—, la que encontramos en Piazza di Spagna.

Ella estiró la mano, abrió el cajón de su mesa de luz y sacó un paquetito de plástico lleno de hebras de marihuana. Mientras se dedicaba a armar los charutos, trató de recordar a la vieja. Negó una y otra vez con la cabeza.

—La que estaba en la escalinata —dijo Ignacio—, la que te pidió unas liras a cambio de leerte la mano.

Mariana se iluminó. Pasó la lengua por los bordes del papel y dijo:

—Pero el que más bola le dio fuiste vos, acordate.

Prendió los dos cigarrillos con un encendedor de mesa y le alcanzó uno a Ignacio.

Combatieron el frío abrazados, se pusieron a charlar sobre aquel esperpento. Recordaron cómo les había cantado vida y milagros del pasado de cada uno de los dos: el accidente de equitación que Mariana había sufrido antes de cumplir los doce; la fuga del hotel que Ignacio había protagonizado en Mendoza junto con los otros rugbiers del equipo; la paliza que había recibido cuando su padre se enteró de lo del aborto (no el de Mariana, sino el de la chilena que trabajaba en la casa); el día en que tuvo que acatar, a los ocho años, la orden de deshacer las valijas que se había preparado "porque nadie lo entendía"; la noche cuando Mariana se había agarrado de las mechas con Ardilla por culpa de una cuestión de prioridades respecto de un par de americanos. La bruja era un oráculo. Resumió sus historias al detalle. Aún no habían terminado de creerlo.

—A mí —dijo Mariana—, hasta me agarró un poco de miedo.

Se negaron a que les leyera el futuro. Caminaron silenciosamente por Vía Condotti, rumbo al hotel, durante un par de horas. Una vidriera les llamó la atención, un negocio de libros y artículos de ocultismo. Detrás del mostrador, un chino fumaba de pie. Desde la calle se podía percibir el olor a viejo, a comida. Antes de que Ignacio entrara, Mariana le apretó la mano y le dijo que lo esperaría afuera, en el café de enfrente. Volvió media hora después, cargando libros; la mayoría, encuadernados en cuero. Trataban sobre magia y adivinación: apuntes sobre los arcanos del Tarot, globos de cristal, ideas sobre la radiestesia, un ejemplar del IChing, en francés.

—Con lo de la magia —comentó Mariana mientras exhalaba el humo—, yo te hacía sacando conejos de una galera.

De nuevo en Buenos Aires, Ignacio se había encontrado frente una descomunal avalancha de trabajo, con el Directorio preparando otro recorte al borde de la locura. Abrumado, tapado de papeles, casi olvidó los libros. Poco después empezó a hojearlos, los miraba de tanto en tanto. Cuando todo volvió a la normalidad, se puso a leer en serio, a estudiar. Y a practicar. En semanas aprendió a entrar en el nivel Alfa sin dificultades. Dos meses más tarde había logrado crear un círculo de fuerzas en el centro de su estudio, guiado por las enseñanzas del Dr. Papus y basándose en las experiencias de Agrippa y de Eliphas Lévi. Lejos de interesarse por la evocación de los muertos, prefería los rituales que sólo exigían poder de concentración. Los rituales que permitían obtener de la gente lo que la gente no suele dar.

—Muchas de las cosas que logramos en la vida —comentó— se las debemos a esos ritos que vos, no bien empecé, calificabas como pura mierda.

La observó detenidamente, y después de un momento dijo:

—¿Nunca te preguntaste por qué, de un día para el otro, le entré a caer bien al hijo de puta de tu viejo, por ejemplo?

Mariana comenzó a llorar despacio, sin dejar de dar pitadas a su porro.

—Y ahora qué te pasa —preguntó Ignacio.

El viento parecía querer triturar las ventanas del dormitorio. El frío se había intensificado.

—Nada —contestó, apagando la colilla—. Juguemos a lo que vos querías jugar. ¿Qué era?

—Una pavada. Un ejercicio de concentración, de control mental, algo que desde hace tiempo quiero probar. ¿Nunca escuchaste hablar de las salamandras? .

—¿Lo que salamandra non da, natura non presta?

Ignacio tosió humo, en medio de un ataque de risa.

—Salamandras, gnomos, ondinas —explicó—. Los elementales, espíritus de la naturaleza en los que creen las brujas. Para la Wicca...

—¿La qué, dijiste? —interrumpió Mariana, arrugando la nariz.

—La Wicca, la religión de los brujos.

—La Wicca—repitió ella.

Mariana no había entendido nada. Ignacio lo comprendió de inmediato. No pareció importarle; continuó hablando.

—Para ellos —dijo—, la existencia de todos esos bichos es el principio fundamental de la creencia mágica. El mundo, en ciertos planos astrales, está poblado por seres de puro espíritu que representan a cada uno de los cuatro elementos de la naturaleza.

—¿Y?

—Actúan sobre ellos, prestan su ayuda a quien los invoca.

Mariana se apoyó sobre un codo y lo miró a la cara.

—Las sílfides —siguió Ignacio— son las del aire, las más difíciles de ver y de dominar. Una vez le presté ayuda a un banquero conocido mío por unos pocos pesos. Más que nada como experimento.

—Me imagino.

—Andaba atrás de una azafata de Aerolíneas, mucho más joven que él, que lo tenía de la nuca al muy imbécil. Primero, para que empezara a embalarse, le hice una falsa tirada de Tarot habiendo antes averiguado un montón de datos ocultos del tipo.

—Se habrá quedado mudo, el pobre.

—A cada "acierto" abría los ojos como huevos.

—Farsante... —sonrió Mariana.

—Me levanté de la mesa y al rato volví con dos agujas de coser cuero, de más o menos 15 centímetros cada una. Previamente, yo ya había entrado en Alfa, lo cual me permitió conectarme mucho más fácilmente con las sílfides. Hasta ese día, nunca las había podido ver. Son... como de gasa, hermosas.

—¿Y entonces?

—Agarré un hilo rojo y até las dos agujas en forma de cruz, concentrándome en una foto de la mina que me había traído el viejo. Mi objetivo era que, con la ayuda de las sílfides, la energía pasara a las agujas para poder sellar, atar, la feliz unión de la bella y de la bestia. ¿Entendés? Cada uno de ellos estaba representado por cada una de las dos agujas, que serían cargadas por mi fuerza de concentración y por el poder de las sílfides, sobre todo. ¿Me seguís?

Mariana asintió en silencio.

—A la semana me llamó el viejo, chocho, saltando en una pata: que por fin se le había dado, que era la mejor mina de su vida, que a mí, figurate vos, había que hacerme un monumento.

—¿Y qué es lo que querés que hagamos ahora?

—Hace un frío de cagarse, ¿no es cierto?

—Sí. Hace media hora que quiero ir a buscar algo más abrigado. Pero, ¿eso qué tiene que ver con las brujas, las salamandras y todo el rollo que me contaste?

—Te explico. Las salamandras son los espíritus del fuego, así como los gnomos son los de la tierra. Las sílfides, ya te lo dije; del aire, y las ondinas, del agua. Si la mina que se estaba apuntando mi cliente resultaba ser una camarera de Buquebús, entonces yo tendría que haber invocado la fuerza de las ondinas. Hoy, como el pelotudo de Rómulo se olvidó de prender la calefacción y nos estamos cagando de frío, debemos invocar la salvación de los espíritus del fuego, las salamandras.

—Quisiera haber estado grabando todo esto.

—¿Por qué? No creés para nada en lo que estoy diciendo. ¿Por qué no te acercás un día un cachito a la parte de arriba de la biblioteca?

—¿Por? —preguntó Mariana—. ¿Qué hay allá arriba?

—Libros, boba. ¿Qué va a haber? Pero libros especiales.Lo que traje de Europa, y muchas cosas que también pude comprar acá. La Sabiduría Antigua está compendiada en esa parte de la biblioteca. ¿Tenés ganas de hacer el experimento, sí o no?

—Okey. Pero antes, dejame comer algo.

Él se negó.

—Estar en ayunas es una condición ideal para los ejercicios mágicos.

—Sí —retrucó Mariana—. Y para morirse de hambre, también.

Ignacio fue hasta el living. Vio leños de quebracho apilados en el hogar.

—Inútiles —dijo.

Seleccionó un compact con música del teatro kabuki, volvió al dormitorio, quemó incienso y se zambulló en la cama.

La casa parecía hecha de hielo, aceptaba la invasión de aquellas voces de otro mundo, de aquellos sones del Oriente. Había parado de llover, pero el planeta quería semejarse a ese copo de nieve, a esa esfera de hielo en descenso que Ignacio había soñado.

En posición de loto, pidió a Mariana que le encendiera un Gitanes. Inspiró dilatando el abdomen y soltó el aire muy lentamente. Ella lo observaba. Segundos después, Ignacio cerró los ojos.

—Alcanzámelo después de darle tres pitadas.

Mariana lo hizo.

Ignacio tomó el Gitanes, lo pitó a su vez, extendió la mano e inmediatamente apagó el cigarrillo en la palma. Mariana gritó y él, entre carcajadas, le mostró. Ni una sola herida. Ni rastro de quemadura.

Mariana se incorporó de un salto.

—¡Cómo lo hiciste, hijo de mil putas! ¡Decíme cómo lo hiciste!

No contestó. Sólo sonreía, entre resuellos. Se puso a mirarlo como si recién lo hubiera conocido. Parecía un gladiador. Tenía la frente cubierta por vides de transpiración. Le brillaban los músculos de los hombros. Vio poder en él. Y vio también esa mirada... ¿Cómo habría hecho para que la piel de la mano no se le abriera por el fuego de la cigarette?

Se tendieron en la cama, boca arriba. Pasaron algunos momentos de silencio.


Ilustración: Aradano

La mirada...

—Ignacio... —llamó en un susurro.

No tuvo respuesta.

Con la vista en las molduras del techo, comprendió que sería mejor dejarlo en paz. Más de una vez había tenido que frenarlo, intentando rodearle el cuerpo con toda la fuerza de sus brazos, para que no siguiera estrellándose la cabeza contra la pared, entre alaridos. Y esos ataques siempre habían empezado con esa mirada.

Y las historias aquellas de los —¿cómo lo llamaba él?— gnomos y salamancas y toda esa basura por el estilo...

De pronto, Ignacio se dio vuelta y la miró. Sintió que se le erizaban los pelos de los brazos. Todo el frío del cosmos parecía haberse cristalizado en la habitación. La agarró de la muñeca y la atrajo hacia él.

—Ahora te toca a vos —dijo, con una voz que nunca le había escuchado—. Yo te voy a acompañar.

Y le pidió que se relajara, que respirara hondo, sin interrumpirse, con total tranquilidad.

Y la acompañó.

Y le enseñó.

Le enseñó cómo concentrarse, le contó entre susurros el aspecto como de lagartija con ceniza que tienen las salamandras. Le dijo que, si podían invocarlas, combatirían el frío, entrarían en calor, probarían su poder y la cooperación de esos espíritus del fuego. Se imaginaron, demasiado vívidamente, en medio de las palabras de Ignacio, inducidos por la marihuana y por la música del kabuki, que sus propios cuerpos ya no los contenían, que estaban vacíos de órganos, huecos, eviscerados. Rodeados por un ardiente, inmenso, infinito mundo de fuego. Comenzaron a aspirar, a absorber la eternidad de ese fuego, concentrándola en cada uno de sus vanos corazones. Era agradable: la sensación de frío iba alejándose de ellos. El estado de absoluta relajación hacía que todo fuese perfecto. El calor. El calor, más y más. En un momento de lucidez, las mentes de Ignacio y de Mariana convinieron en que ni remotamente era aquello como el sauna del edificio, ni por asomo. Y el sudor, como licuándolos de esencias egipcíacas, en contemplación de rojizas masas vivientes, sin forma, de ráfagas musicales y de móviles vegetaciones de colores jamás vistos por ningún hombre. La irritación —¿imaginaria?— de las fosas nasales, la pesadez, el hundirse en un océano de fuego perpetuo, el flotar tomados de la mano, girando en el lago de humo rojo, nadando suspendidos en fuego con esos animales, los reptiles de seis patas y miradas humanas, pegajosos lagartos varanos, gigantescos, prehistóricos, escabulléndose entre las rocas. No podían, no querían parar toda esa vieja magia que atravesaba al mundo con el cascabeleante sonido metálico del sistro, con sus ondas de calor, de ardores eternos, de líquidos ácidos, evaporados con la temperatura concentrada por todos los soles que giraban para siempre en su marcha por todos los universos.

Por siempre jamás.


Siguieron absorbiendo fuego y más fuego, lo hicieron durante todo el día, toda la noche del domingo, toda la mañana del lunes. Hasta que por fin entró al dúplex la leal muchacha del Paraguay, la diligente sirvienta que, recién a mediodía, después de descubrir dos indóciles y grandes manchas como de brea ensuciando las sábanas, optó por echarlas en el lavarropas con la incipiente esperanza de que el polvo Ala cumpliera con lo suyo y de que los señores no le hicieran demasiado escándalo cuando volviesen de vaya una a saber dónde.



De todos los juegos, los juegos con fuego parecen ser los más peligrosos. Tal vez porque entre ganar y perder sólo media una letra.

Marcelo di Marco nació en Buenos Aires, Argentina, el 18 de octubre de 1957. Es escritor, editor, ensayista y docente. Enseña literatura creativa en el Taller de Literatura Fantástica en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires y coordina el Taller de Corte y Corrección. Tres cuentos en Axxón: "Final de fiesta" (149), "Que Dios y la Patria" (150), "Acaso una figura humana" (152).


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Magia: Argentina: Argentino).

            

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