EL REGRESO DEL CAPITAN RAYO

Pablo Dobrinin

Uruguay

El caso del Capitán Rayo fue sin duda uno de los más emotivos que me tocó vivir en mi carrera como inspector de policía.

Al igual que en muchas oportunidades, la aventura comenzó con una señal del videófono, una aciaga madrugada de julio. Sin salir de las sábanas, encendí el aparato.

El rostro inexpresivo de Liechtenstein apareció en la pantalla.

—...Hola. —Me sentí tonto frente al sonido cavernoso de mi propia voz. Mi aspecto a las 3 A.M. nunca fue agradable, pero a él no pareció importarle.

—Siento molestarte a esta hora —se excusó el jefe de policía de Montevideo—, pero es importante. Asesinaron a Cosentino, el dueño de Imagen T.V. Cable.

—Ajá...

—El homicida preparó todo para que pareciera un suicidio, pero hay detalles que lo delatan. Investiga.

—Sí. ¿Dijiste que era importante, verdad?

—Cuidado —me previno Liechtenstein adivinándome la intención—, es importante, pero no tan importante. No han matado al presidente o a un legislador. Así que ya sabes, si la investigación te conduce a la Ciudad Vieja, debes suspenderla de inmediato. ¿Comprendido?

—...

—¿Comprendido?

—Sí, claro.


Luego de vestirme, y mientras bebía mi café compuesto, me quedé mirando un buen rato por la ventana. Aquel decimonoveno piso me ofrecía una buena perspectiva. La Ciudad Vieja, con su notable fusión de estilos arquitectónicos de los siglos XVIII, XIX, XX, y XXI, descansaba en la niebla.

Después que la inundación —producto del derretimiento de los polos— la convirtió en una nueva Venecia, las propiedades se vendieron a precios que en otra época hubiesen resultado irrisorios. Pronto el lugar no tardó en llenarse de marginados y delincuentes. Si la zona portuaria siempre había sido un lugar peligroso, ahora lo era mucho más.

A esa hora de la madrugada costaba imaginarse que durante el día el lugar se transformaba en un punto de atracción turística. Tan pronto como una rendija de sol se dibujaba en la niebla, podía escucharse el monótono chapaleo de unos remos. Los visitantes vagaban por la ruinosa ciudad en parsimoniosos botes, que dejaban blandos surcos en el agua, mientras las melancólicas notas de los músicos callejeros les hacían creer que acababan de entrar en un sueño...

Pero la noche era otra realidad. Un acuerdo entre Los dueños del Agua y la policía prohibía a estos últimos entrar en la Ciudad Vieja. Los dueños del Agua, como los había bautizado la prensa, constituían una mafia dedicada al contrabando, la droga y la trata de blancas, que gozaba de una total impunidad, producto de la situación política existente en ese momento. El Estado estaba muy ocupado en lidiar con los revolucionarios que pretendían el poder como para consumir energía en esos asuntos. A la policía le interesaba que los traficantes no se unieran con los sediciosos —juntos podrían resultar mortales— y si encima recibía alguna compensación económica... Sin embargo, el equilibrio político era muy inestable: lo único que obstaculizaba la tan temida asociación era la rivalidad entre los jefes de ambas bandas.

Para mí, un simple inspector de policía, la Ciudad Vieja era el sitio que siempre me estaría vedado. Se supone que la costumbre convierte a los hechos anormales en normales, pero yo me resistía a aceptarlo. Mientras miraba la ciudad y pensaba en todas estas cosas, no alcanzaba a imaginar que la investigación que tenía por delante habría de ponerme cara a cara con mis convicciones.

Tenía trabajo que hacer, de modo que me abroché la campera y bajé por el ascensor.

La niebla era densa y húmeda. Al introducirme en mi Borges III me sentí feliz de escapar de ella. Los argentinos construían excelentes autos anfibios; ellos sí que sabían de inundaciones. Mi vehículo estaba equipado, además de todos los accesorios de rigor, con un radar 3D que me facilitaba manejar en condiciones atmosféricas tan adversas.


Cuando era niño, mis padres se habían afiliado a Imagen T.V. Cable, de manera que muchas de las horas felices de mi infancia se las debo a este servicio.

La empresa, además de ofrecer canales internacionales, tenía el suyo propio. Era la primera vez que pisaba los estudios, y no pude menos que esbozar una sonrisa. El lugar me resultó mucho más pequeño de lo que lo había imaginado, pero más atractivo. El corredor principal, bañado por una luz blanca e intensa, era como un túnel del tiempo. En cada pared se podían apreciar fotografías, imágenes holográficas y estereogramas de los espectáculos que habían hecho historia.

No se trataba de un cable con muchos abonados, porque de otra forma los revolucionarios no hubiesen tardado en coparlo para enviar sus mensajes proselitistas. Sin embargo, la violencia no tardó en alcanzarlo.

El dueño de I.T.C. estaba tirado en el piso de su oficina, con la cabeza destrozada y una Hiroshima-pocket en su mano derecha. Sobre el escritorio encontramos una nota manuscrita que rezaba: "Querida Lucía, quiero que sepas que esto era algo que tenía que hacer. Besos a Maggy y Laura". Un forense me explicó que, tras un examen, se había llegado a la presunción de que era homicidio. Generalmente, cuando alguien se suicida de esa forma, por efecto de la implosión en el caño del arma quedan rastros de sangre y cabellos, además de la sangre en la mano que hizo el disparo.

Ese día, acompañado por un par de policías, entrevisté al personal de los tres turnos. Nadie había presenciado el crimen, pero la mayoría afirmó que la tarde anterior un hombre había amenazado de muerte a Lucas Cosentino. Aunque varios funcionarios vieron al sospechoso, sólo uno sabía su nombre.

El sub director de programación, que se identificó como Antonio Luna, se acarició la barba canosa y señaló:

—Se llama Rogelio Almada. Trabajó hace años aquí.


—Rogelio Almada... —leí en el monitor del PC del Borges III. ¿Por qué querría un pizzero asesinar al director de I.T.C.?

El Bar Centenario era viejo, pequeño y oscuro. Y naturalmente, tenía ese aire de desamparo que suelen tener los bares viejos, pequeños y oscuros. Cerca de la entrada dos ancianos intercambiaban CD-ROMs, en un rincón un joven daba giros conectado a una consola de realidad virtual, en otro una prostituta ajustaba costos con un cliente.

El propietario era un gallego llamado John Pérez que tosía continuamente y mostraba una lengua roja que parecía de trapo. Pensé en sugerirle que comiera en un negocio que no fuera el suyo, pero estaba para cosas más importantes. Me condujo hacia la cocina y, haciendo un ademán de como quien señala un florero, me dijo:

—Coff, coff, ahí lo tiene.

Era un hombre mayor de cincuenta años, vestido con un gorrito y un delantal blancos. Estaba junto al horno y transpiraba copiosamente.

Rogelio Almada dejó de amasar y me miró. A pesar de que tenía el rostro semi cubierto de harina, experimenté la sensación de que ya lo conocía, aunque no podía precisar siquiera una fecha o un lugar. Se mostró intrigado por mi presencia, pero no parecía tener miedo y me acompañó sin resistirse.


Bajo las luces potentes de mi despacho, sus facciones me resultaron aún más familiares, como si lo conociese de toda la vida. Después que le expliqué la situación se limitó a contestar:

—Yo no lo maté.

Estaba seguro de que contestaría algo así, pero igual me quedé sorprendido. No fue por lo que dijo, sino cómo lo dijo. Había un matiz especial en esa voz que la distinguía del resto. De hecho, esas cuatro palabras que pronunció bastaron para erizarme la piel.

—¿Dónde estaba en el momento del crimen? —pregunté para escucharlo hablar.

—Era mi día libre, estuve en mi departamento leyendo un libro de Roberto Bayeto y escuchando X F.M.

—¿Solo?

—Sí.

La voz tenía una impostación y una dicción naturales que la hacían deliciosa. Yo había guardado para siempre aquel registro en mi memoria.

—¿Por qué fue al canal y amenazó de muerte al director?

—Él me insultó —respondió ofuscado.

—¿Qué ocurrió exactamente?

—Fui a pedirle que me alquilara un espacio para hacer un programa, y se burló de mí.

Ya no tenía dudas de dónde lo conocía, pero quería que él me lo dijera.

—¿Qué clase de programa?

—Intentaba revivir "Las Aventuras del Capitán Rayo" —confesó con cierto resquemor.

A partir de ese instante, un montón de imágenes asaltó mi mente. El "Capitán Rayo" con su traje rojo y azul salta de un edificio, lanza poderosas descargas con sus manos, enfrenta al demente "Cirujano" que esgrime una motosierra, lucha cuerpo a cuerpo con media docena de traficantes... De pronto sentí que los frescos aromas de la infancia dilataban mis pulmones. Yo llegaba de la escuela, tiraba la mochila a un rincón y me sentaba a ver Las Aventuras del Capitán Rayo, mientras mi madre me servía la merienda.

Embelesado por estos recuerdos, repetí una frase característica de mi héroe favorito:

—"Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar".

Rogelio Almada, que en ningún momento había perdido su dignidad, sonrió con orgullo:

—¿Usted miraba el programa?

—¿Que si miraba el programa? —exclamé olvidándome de mi rol de inspector de policía—. ¡No me perdía ni un episodio! Una tarde, el equipo de ustedes fue a filmar al Cerro...

—Es cierto. Perdimos cerca de una hora intentando hacer callar a la multitud de niños que se había amontonado para vernos grabar.

—...Yo estaba entre ellos.

—Oh.

—Cuando llegué a casa y le conté a mi madre que en la esquina estaba el Capitán Rayo, pensó que estaba inventándolo todo y no me creyó. Me puse a llorar entonces y... Pero dígame, ¿por qué desapareció el programa?

El rostro del hombre perdió todo su brillo, y la voz se hizo pausada y grave.

—Yo alquilaba el espacio. Al principio al director de I.T.C. no le pareció una buena idea, pero finalmente lo aceptó. ¡Imagínese, un super héroe uruguayo! En aquel momento fue algo inédito. No tenía mucho dinero, pero con ingenio compensaba la falta de recursos. En ocasiones lograba muy buenos efectos especiales. Tuve un considerable éxito; llegué a estar primero en el rating de programas infantiles.

—¿Y qué pasó después?

—A los seis meses se venció el contrato con el canal. Yo había pagado quinientos pesos, y esperaba pagar una suma similar, pero el director dijo que ahora el programa valía mil quinientos. Fue una jugada muy sucia. Después de todo, si el espacio se cotizaba mejor, era debido al alto rating. Creo que otro canal sobornó a Cosentino.

—Entiendo. A partir de entonces quedaron enemistados.

—Sí, pero yo no lo maté.

—¿Qué ocurrió después?

—No me quedaba mucho dinero. Y todos los canales ya tenían sus espacios cubiertos, así que emprendí cualquier oficio. —Rogelio Almada tragó saliva y bajó la vista—. Trabajé en una casa de ropa deportiva, y cuando ésta se fundió entré a la pizzería.

Cerré los ojos durante un instante, pero no pude aceptar semejante idea. El Capitán Rayo vendiendo medias y haciendo pizzas. Sencillamente era irritante. Ese hombre en verdad tenía talento; pertenecía a la televisión. Merecía mejor suerte. Pero en el fondo no me extrañaba, este país siempre fue ingrato con sus artistas.

—¿Por qué regresó al canal después de tantos años, a pedirle a Lucas Cosentino que le renovara el contrato?

—¿No se fijó que este año se produjo un nuevo boom en la industria del cómic de super héroes? —preguntó Rogelio como si se tratara de algo que fuera de dominio público. Hacía años que yo no compraba "Comic Scene", y no estaba al tanto sobre el tema, pero le creí.

—¿Reconoce que amenazó de muerte a la víctima?

—¡Sí, pero sólo se lo dije porque estaba molesto! —Noté un ligero temblor en las mejillas de Almada—. Él dijo que yo estaba viejo y gordo y que nunca más volvería a ser el Capitán Rayo.

Miré al hombre sin poder ocultar mi tristeza. Era cierto, estaba algo subido de peso —aunque sin llegar a ser gordo— y tenía cincuenta y ocho años. Su problema no era nuevo, le había pasado a muchos actores antes que a él, y le va a pasar a muchos otros todavía. Pero es tan difícil reconocer cuando el tiempo de uno ha terminado...

Cada vez que recuerdo a Rogelio, sucio de harina y transpirando por el calor del horno, siento que me hierve la sangre.


La investigación posterior reveló hechos que complicaron aún más la situación del sospechoso. En mi fuero íntimo pensaba que él era inocente, pero todo parecía indicar lo contrario. Cuando examiné la esquela que supuestamente Cosentino dejó a su familia, me di cuenta de cosas muy importantes. En primer lugar, el autor de la misma había olvidado despedirse de Celika, la hija más joven; cuando se levantó el programa del Capitán Rayo, ella aún no había nacido. En segundo lugar, la letra no correspondía a la de Cosentino, sino a la de Almada; comprobamos esto analizando viejos guiones del Capitán Rayo. En tercer lugar, el sospechoso no tenía una coartada y había amenazado de muerte a la víctima.

Y pese a todo, yo creía en su inocencia. Sé que puede parecer una tontería, pero necesitaba creerle.

Si el principal accionista moría, el siguiente pasaba a tener el control de la empresa. En este caso el siguiente no era otro que Antonio Luna. Decidí hacerle una visita.


Luna vivía en una mansión situada en las afueras de la ciudad. En aquella zona últimamente se habían producido enfrentamientos entre la policía y los revolucionarios. Mientras avanzaba por Camino Maldonado —en aquel entonces debió llamarse "Río Maldonado"— temí verme envuelto en una nueva batalla, pero sólo me topé con las luces de varios autos y omnibuses "103" que parecían deslizarse en la niebla. El paisaje era de mi gusto. A los costados de la "calle" se levantaban interminables casas prefabricadas de plástico, ilustradas con imágenes de Boris Vallejo, Richard Corben y Gonzalo Palmer, entre otros.

En la esquina de Camino Maldonado y Florencia, sobre una resistente estructura de plástico, se levantaba el formidable caserón. Conecté los dispositivos de seguridad del Borges III y salí al agua. La casa era blanca, enorme y asimétrica, del tipo de las que imitan la estética de Dalí.

Después de identificarme frente a las cámaras de video instaladas en el frente de la casa, se abrió una puerta hexagonal permitiéndome el acceso.

—Bienvenido, inspector —dijo una voz.

Antonio Luna vino hasta mí desde uno de los ángulos del recibidor. Vestía una túnica negra con elefantes blancos de patas muy largas que terminaban en punta. Me ofreció la mano y una sonrisa, pero sus ojos no podían mentirme.

A instancias del dueño de casa, me senté en una réplica del sillón de Dalí. Luna me sirvió un scotch, se sentó frente a mí en un asiento más convencional y señaló intentando parecer natural:

—Trataré de serle útil en su investigación, ¿qué es lo que desea saber?

Antes de responderle, una imagen llamó mi atención. El hombre lo notó, porque de inmediato repuso:

—Ah, me trae tantos recuerdos... ¿Usted me vio alguna vez?

—Sí —contesté sin apartar la vista de la holografía del "Cirujano" que había en una de las paredes. El villano estaba parado en una pose que nada tenía que envidiarle a los clásicos dibujos de John Byrne o Jim Lee.

—Era un buen personaje.

—Cierto. Hacía muy bien su papel. Tenía un primo más chico que se asustaba cuando lo veía por televisión.

Luna se rió con una extraña satisfacción, y preguntó:

—¿Y usted? ¿También se asustaba?

—No —contesté con una seriedad que obligó a mi interlocutor a bajar la mirada—. Nunca me asustaron los villanos de televisión. Dígame, ¿quién cree que mató a Lucas Cosentino?

—Almada es el principal sospechoso, ¿no es así? —respondió elevando su rostro.

—¿Realmente cree que él lo hizo?

—Un hombre frustrado —apuntó Luna sosteniéndose el mentón con una mano que casi le cubría la boca— puede ser capaz de cualquier cosa.

—Comprenderá que usted también es sospechoso.

—Sí... —sonrió incómodo—. Yo podría de esa manera asumir la dirección de la empresa. Pero, a mi edad y en mi posición, el dinero no es tan importante.

Naturalmente, no le creí. Aunque quizás estaba siendo muy subjetivo. El "Cirujano" es el villano y el "Capitán Rayo" es el héroe, así es como siempre ha sido y no hay nada ni nadie que lo pueda cambiar...

Estuve interrogándolo durante veinte minutos, pero no pude averiguar más de lo que ya sabía. Sin embargo, a poco de retirarme, aprovechando la estática en las cámaras de vigilacia que el motor de mi auto producía al ser encendido, saqué un diminuto transmisor "abeja" de un bolsillo y lo dejé en el piso. Esperé a que esta unidad inteligente se colocara en el chasis del vehículo de Luna y me marché de allí.


En el cruce de Ocho de Octubre y Bob Kane, me encontré atrapado en un humo bordeaux que se enredaba en la niebla. Un par de explosiones me provocaron sendos sobresaltos y no atiné a otra cosa que no fuera acelerar. Una moto acuática cruzó justo frente a mí, levantando una buena cantidad de agua negra que por unos segundos me oscureció la visión. Cuando el parabrisas estuvo limpio vi a dos jóvenes con los rostros tan hinchados que parecían a punto de estallar. Uno de ellos logró saltar al agua, el otro cayó de rodillas, cubriéndose los ojos con las manos. Estuve a punto de chocar contra dos motos acuáticas que venían a contramano, pero hice un rápido viraje hacia la derecha y apreté el freno. Las veloces máquinas se estrellaron contra tres autos anfibios de la policía que les cerraron el paso. El impacto fue tal que por un instante los rebeldes quedaron suspendidos en el aire como los habitantes de un sueño.

Luego aparecieron cuatro patrullas y lanzaron un gas celeste, inocuo, que no tardó en disolver el gas bordeaux.

Ajusté la frecuencia del radio e intercambié unas palabras con el jefe de la operación.

—No se preocupe, inspector —dijo con tranquilidad—, está todo en orden.

—Nada anormal, supongo.

—Usted lo ha dicho.


Guiado por un impulso, fui hasta la librería "Ruben". Mi amigo Carlos Rosas me atendió con su especial deferencia, y entre un montón de revistas antiguas de "Superman" y "Batman" encontré lo que estaba buscando: los cómics del "Capitán Rayo".

—Sólo quedan dos ejemplares —señaló Rosas— y eso gracias a que hace un mes una viuda nos vendió cerca de cuarenta números.

—No sabía que hubiera tanta demanda —comenté sorprendido mientras sostenía entre mis manos aquella reliquia. Las páginas denunciaban el paso del tiempo y la tinta había perdido parte de su brillo, pero, a pesar de eso, todavía podía apreciarse el arte de Ernesto Cantonnet.

—Si hubiese sabido que estabas buscando este material, te lo habría reservado.

—La verdad es que ni yo mismo lo sabía. Me sorprende que haya gente que lo recuerde.

—Para muchos el personaje sigue tan vivo como antes.

—Eso creo...


Entre las páginas de una de las revistas encontré un recorte de periódico. El artículo daba cuenta del éxito de la serie televisiva, y explicaba que "Antonio Luna —que interpretaba al Cirujano— había decidido abandonar el programa por discrepancias artísticas con Rogelio Almada, productor y protagonista de Las Aventuras del Capitán Rayo".

No era mucho, pero suficiente para dejarme pensando.

Estaba escuchando unos viejos CDs de "Riff". En una mano sostenía una hamburguesa de carne verdadera, ya fría, y en la otra, un cómic que devoraba con avidez. En ese momento sentí la señal del videófono.

Lo miré con disgusto y finalmente atendí.

—Hola —saludó Liechtenstein.

—¿Sí?

—¿Ya sabes quién mató a Lucas Cosentino?

—No estoy seguro. Rogelio Almada es el más comprometido, pero tengo que seguir investigando.

—...Bueno, pero no exageres. Agilita el trámite, ¿comprendido?

—Eso intento.

Fin del diálogo entre el cerdo y la papa.

Después de terminar los cómics y la hamburguesa, apagué la música, fui hasta el dormitorio y me tiré en la cama. Pero no descansé; cuando uno ha adquirido ciertos hábitos es muy difícil abandonarlos, sobre todo si son una necesidad. Encendí el PC y le ordené que me contara las noticias.

El logotipo de servicios fúnebres "Los Angelitos" invadió mi pantalla. Luego, el conductor del informativo emergió de una réplica digitalizada de una "calle" Montevideana —donde por supuesto el agua era verde y no negra— e hizo su presentación de rigor.

—"Mi nombre es Jorge Latoso —un hilo esmeralda le corrió por la frente— y estoy aquí para contarles los principales acontecimientos ocurridos en Uruguay y en el mundo".

Acto seguido, Latoso se elevó en un vuelo vertical hacia un límpido cielo, viró hacia la izquierda, la derecha, describió unos giros imposibles, y finalmente, cuando su rostro cubrió la pantalla, sus ojos dieron paso a la primera noticia.

—"Esta mañana se encontraron dos punguistas y tres violadores muertos en la esquina de Ballard y Bayeto. Antes de ultimarlos, los ejecutores les amputaron las manos y los penes, respectivamente." —La cámara se paseaba con parsimonia por el escenario del crimen. Los cuerpos flotaban en el agua como ropa sucia.

—"La policía cree que se trata de una de las bandas callejeras que se han dedicado a limpiar la ciudad de delincuentes. Las autoridades seguirán investigando."

Sonreí con desprecio; no esperen mi colaboración. Las "bandas callejeras" habían comenzado hacía sólo seis meses, pero ya eran un fenómeno generalizado. Algunas tenían nombres muy pintorescos como Los Vengadores, Las Sombras Sobre el Agua o Los Sueños de Giger. La policía estaba muy ocupada en lidiar contra los revolucionarios y había descuidado sus funciones ordinarias. Ante esta situación, la mayoría de los barrios tenía ya su "banda callejera", integrada por los propios vecinos. Por lo general eran hombres sanguíneos que no tenían otro interés que no fuera vengar a un familiar. Puede parecer censurable la justicia por mano propia, pero les aseguro que era una necesidad. Si a mí me tocaba investigar un crimen por el estilo, simplemente hacía la "vista gorda", y si un policía novato intentaba averiguar algo, lo llamaba a solas y trataba de desasnarlo.

Las siguientes noticias estaban referidas a los enfrentamientos de la policía y los militares contra los revolucionarios. Las batallas eran siempre sangrientas y moría mucha gente inocente. No había forma, mientras los "zares" de la droga siguieran financiando revoluciones que no tenían más ideales ni más plataforma política que llegar al poder para vender sus porquerías, íbamos a tener guerra para rato.

Como de costumbre, nadie hablaba de Los dueños del Agua, parecían no existir. Todo el mundo sabía de ellos, pero un silencio a veces cobarde, a veces cómplice, los hacía invisibles. Ellos siempre van a estar, me repetía, pasarán los gobiernos, las revoluciones, las proclamas de triunfo y los discursos de crisis, y al final, cuando pase la tormenta y se disipe la niebla, sólo quedarán ellos, tan enteros y erguidos como al principio.

El rostro digital de Jorge Latoso se apoderó de mi monitor y señaló con su tono inexpresivo:

—"Si desea informarse de las violaciones de esta jornada presione F1, si desea saber los resultados de los últimos partidos de Waterball presione F2, si desea saber quiénes serán las estrellas invitadas a la mayor fiesta celebrada en Punta del Este presione F3, si desea ver nuestro especial de Los Bloopers Más Sangrientos presione F4, si desea..."


Esa noche tuve dificultades para dormir.

Me desperté de madrugada, nervioso, y traté de calmarme fumando un poco.

Quizás me hacía falta una mujer. Hacía apenas una semana que un desgraciado había degollado a Alejandra con una navaja para robarle un paquete de carne vegetal.

Ella tenía un hermoso cuerpo que me hacía olvidar mi frustración de policía honesto en una sociedad corrupta. Era además una buena compañera; acostumbrábamos a reírnos juntos de Liechtenstein. El jefe de policía de Montevideo solía llamarme durante la mañana para consultarme por cualquier estupidez, así que Ale dormía desnuda ofreciéndole su sexo al ojo del videófono. El viejo empezaba a tartamudear, se ponía colorado, se excitaba mucho... En el fondo creo que él la extrañaba más que yo.


Era una noche tranquila, sin gases, ni bombas, ni gritos; apenas la caricia del viento sobre la superficie del agua. La luna oscilaba como un reloj derretido de Dalí.

Un vagabundo pasó frente a mí, hablándole a un interlocutor imaginario. La única frase que le entendí quedó colgada en el aire durante unos segundos. Él dijo: "usted a mí me va a respetar".

En la puerta del bar "Centenario" había dos prostitutas de catorce años ofreciéndose por poco dinero, unos créditos para entrar en la red o una dosis de coca.

Estaban tan flacas que sólo podrían haber excitado a un enfermo mental. A una de ellas le habían reconstruido la nariz y parte de la cara. Resultaba obvio que la cirugía era obra de la sanidad pública, porque el plástico era de baja calidad.

Al llegar a la puerta ambas se apartaron.

El interior del local estaba lleno de roña; uno debe ver Montevideo de noche si desea saber cómo es en realidad. El humo de los porros me hizo pensar en el olor de una mujer que sueña con un bosque. Algunos escondieron la cabeza, otros se apartaron, unos pocos me miraron con desprecio.

En una esquina había un muchacho dando giros de 360 grados en su consola de realidad virtual. Me pareció que era el mismo que había visto en la mañana, y hasta llegué a suponer que había permanecido ahí desde entonces. Pero aquello resultaba imposible... aunque ahora no estoy tan seguro.

Estaban escuchando "Master of Puppets" de "Metallica", y se hacía difícil mantener una conversación. Pese a todo, el gallego lengua de trapo entendió que quería hablar con él y me hizo pasar a la trastienda.

En la cocina un hombre casi tan veterano como Almada estaba sacando una pizza con muzzarella del horno. ¿Quién será ahora —me pregunté—, acaso un talentoso dibujante de cómics?

Le expliqué al gallego que necesitaba saber si su anterior pizzero había tenido alguna conducta extraña que lo convirtiera en sospechoso.

—Pues sí que tenía algo coff... coff... extraño. Una vez entré a la cocina a ver por qué coff... se demoraba tanto con una condenada pizza coff coff... y lo encontré hablando solo y haciendo movimientos raros...

—¿Qué hacía?

—Me parece que estaba loco... coff... tiraba patadas y piñazos al aire y decía "no hay criminal que se me resista" y coff... cosas así.

Sentí que algo se aflojaba en mí. No sé si fue porque estaba descubriendo la humanidad del héroe de mi infancia, o porque todo parecía indicar que él era el asesino.

—Lo peor coff... es que la pizza se quemó —agregó el gallego como si aquello pudiera importarle a alguien.

Cuando me dispuse a salir, lengua de trapo se adelantó un poco y me advirtió:

—...Espere.

—¿Qué ocurre?

—...Coff, no hay nadie en el bar... coff... coff... seguro que lo están esperando afuera. No me extraña que lo reconocieran, yo mismo lo vi en el informativo. Le indicaré una salida.

Caminé por unos retorcidos corredores y subí una escalera. El gallego agregó a modo de despedida:

—Ahora nadie lo verá, coff, coff, se está formando una densa niebla que no se disolverá hasta dentro de dos horas y cuarenta y cinco minutos.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté mientras comenzaba a abrir una puertecita que daba a la azotea.

—Coff, coff, descuide —respondió con displicencia— soy licenciado en meteorología.


Estaba furioso. Sabía que era algo normal, pero no me había pasado por la cabeza que pudiera ocurrir ahora. ¿Cómo imaginan que me sentí cuando vi a Jorge Latoso diciendo a todo el mundo que Rogelio Almada era el asesino del dueño de I.T.C.? Armé terrible revuelo en la comisaría. Estaba seguro que algún policía inútil le había vendido información al noticioso. Presioné a varios efectivos e insulté a muchos, pero sólo conseguí irritarme aún más.

Subí al Borges III y corté el vidrio negro del agua durante un par de kilómetros. En momentos así, yo llamaba a Alejandra y entre sábanas viejas y descoloridas me rellenaba la cabeza de silencio. Pero ella no estaba. Y quizás fuese mejor así, porque eso me obligaba a actuar.

Sonó el teléfono. Estaba casi seguro de que sería Liechtenstein para decirme que iban a meter preso a Rogelio Almada, que la investigación estaba concluida y que me dejara de joder.

—Creo que hay algo que debe saber, inspector —señaló el médico forense.

—¿De qué se trata?

—En las uñas de Cosentino encontramos restos de pintura blanca, del tipo que usan Los dueños del Agua.

Después de hablar me quedé unos minutos sin saber qué hacer. ¿Se trataba de una buena o mala noticia? Por lo pronto Almada podía salir beneficiado, pero desde otro punto de vista la investigación quedaba automáticamente cerrada.

Apoyé la cabeza en el respaldo y traté de no pensar. Y en ese preciso momento la historia comenzó a cambiar: la computadora, que registraba la señal del transmisor "abeja", me avisó que Antonio Luna se dirigía a la Ciudad Vieja. Todo se explicaba. Probablemente Luna había contratado a un matón profesional perteneciente al grupo de Los Dueños del Agua. Otra vez el teléfono.

—¿Sí?

—¿Inspector?

—El mismo.

—Habla el agente Bermúdez...

—¿Qué ocurre?

—Rogelio Almada se escapó de su celda.

—¡¿Qué?!

—Sí, señor. Pidió un vaso de agua y cuando el guardia se lo fue a dar lo derribó de un piñazo, tomó las llaves y se fue.

Me quedé paralizado.

—...

—Inspector, ¿está ahí?

—...Sí, pero debe estar confundido, el Capitán Ra..., digo, Rogelio Almada tiene cincuenta y ocho años.

—Parece estar en buena forma, señor.

—No movilice ningún efectivo. Voy a encargarme personalmente del asunto.

—Como diga, señor.

—Bermúdez...

—¿Sí, señor?

—El prisionero, antes de escapar, ¿no dijo algo como "Mira, tengo el arcoiris dentro de mi vaso"?

—Sí, eso fue exactamente lo que dijo, pero ¿cómo lo supo?

—Bermúdez, ¿qué edad tiene usted?

—Veinticuatro, señor.

—Olvídelo, no tiene importancia.


¡Lo hizo! ¡Se había escapado de la misma forma que hacía treinta años, en uno de los episodios televisivos! Les confieso que me emocioné. ¿Qué se supone que debía hacer; arrestarlo, abrazarlo, pedirle un autógrafo? El Capitán Rayo... ya no hacen viejos como aquellos.

Aceleré y me dirigí al domicilio de Rogelio Almada. Estaba seguro de poder predecir sus movimientos.

El hombre vivía en una ruinosa pensión del barrio Sur. Las manchas de humedad evidenciaban que años atrás el agua había alcanzado niveles más importantes. Las grietas de las paredes, los líquenes que avanzaban como largos dedos y el aspecto general del revoque parecían indicar que de un momento a otro la construcción se precipitaría a las aguas.

Subí por los escalones de mármol hasta llegar a un sombrío corredor. El sitio olía a orín de perros. No esperé a que me abrieran, tiré la puerta de una patada.

Rogelio Almada estaba terminando de ponerse su traje de Capitán Rayo.

Contuve el aliento.

—Será mejor que me acompañe —dije al fin.

—No voy a ir con usted.

—¿Qué es lo que pensaba hacer?

—Atrapar a Antonio Luna. El mandó matar al dueño de I.T.C.

—¿Cómo lo sabe?

—Estoy seguro —respondió Almada poniéndose la capucha—. Él trabajó conmigo como "El Cirujano". Pero yo lo eché por usar una motosierra verdadera; el desgraciado lastimó con ella a dos utileros. Desde entonces me odia... Al tiempo regresó con dinero a I.T.C. y compró una parte.

—¿Por qué no me lo contó antes?

—De todas formas no me hubiese creído.

Me acerqué.

—Ya nada importa. Poco antes de venir para aquí me enteré que Luna está asociado con Los Dueños del Agua. La investigación llegó a su fin.

—¡No, inspector! —aseveró el hombre dándome un empujón que me arrojó al piso—. ¡Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar!

Escuché el ruido de pisadas sobre la escalera y luego una moto acuática que abandonaba el lugar.

Me sacudí la mugre de la ropa, espanté un par de sapitos que se habían adherido a mis pantalones y salí. Afuera había una densa niebla.

Cuando encendí el monitor del Borges III el vehículo era un punto en el horizonte. Al menos tenía la certeza de que se dirigía a la casa de Luna. Me di cuenta de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. El destino había querido que el Capitán Rayo y el Cirujano se encontraran en una esquina, sólo un par de calles más adelante. Luna debió notar que lo seguía, porque de inmediato hizo un espectacular viraje y corrió a refugiarse en la Ciudad Vieja. Traté de alcanzarlos, pero me fue imposible. El Cirujano entró en el dominio de Los Dueños del Agua y, ante mi asombro, el Capitán Rayo lo siguió incluso allí. Detuve el auto y vi como el veterano de cincuenta y ocho años se perdía en la blanca oscuridad.

Entonces comprendí cómo había logrado escapar de la cárcel y luego tirarme al piso. No se trataba de fuerza física, ni de una gran técnica, sino de algo mucho más importante que lo ennoblecía, algo que la mayoría de las personas mueren sin haber conocido jamás.


Ilustración: Endriago

No podía dejarlo solo. Tomé aire, encendí el motor, aceleré a fondo y traspuse la puerta de la ciudadela.

Ya no tenía miedo, estaba eufórico, y de una forma extraña me sentía bien, por primera vez en muchos años.

El Capitán Rayo perseguía a su oponente sobre una de las plataformas de plástico que sirven de vereda. Para cuando detuve el vehículo y salí al frío de la noche, ambos ya habían entrado en un viejo edificio. Saqué el arma y corrí hacia ellos. En el trayecto una figura me distrajo un par de segundos: un niño no mayor de nueve años con una horrible cicatriz que le cruzaba el rostro. Tenía los ojos grandes, bien abiertos, y me miraba con odio, como si yo hubiese matado a sus padres. La imagen duró un par de segundos, pero alcanzó para incomodarme.

Después de subir muchos escalones, el Capitán cayó sobre mí. No creí que pudiera reincorporarse, pero simplemente se apretó con una mano las costillas doloridas y continuó su ascenso. Al llegar arriba una sombra me saltó encima, tirándome contra una puerta y haciendo que mi pistola rodara escaleras abajo. Mi adversario —que no era otro que un integrante de Los Dueños del Agua, con la clásica pintura blanca que le cubría el rostro y las manos— me tomó de la solapa y me dio un golpe durísimo en la cara y luego otro en la boca del estómago. Le contesté con un puñetazo que me permitió mantenerlo a cierta distancia y recuperar un poco de aire. Aunque estaba aturdido vi al Capitán peleando con el Cirujano. No había descargas eléctricas ni motosierras, pero allí estaban nuevamente, en la batalla más decisiva de sus vidas. El tipo que me había atacado sacó una navaja y se encaminó con decisión hacia la espalda de su adversario. Eso me obligó a reaccionar rápidamente, lo tomé del cuello y le di tres veces la cabeza contra la pared hasta dejarlo tirado en el piso. El Capitán Rayo remató el gran combate que venía protagonizando con un certero derechazo que puso a dormir a su rival.

Nos miramos como si hubiésemos trabajado juntos desde siempre. Rogelio Almada no podía ocultar su satisfacción; parecía como si una risa contenida se le escapara entre los labios.

Esposé a los delincuentes y los conduje hacia afuera. Los cuatro nos dirigimos hacia mi vehículo anfibio. La luna no resaltaba más que una huella digital en un vidrio, y sólo estaba la blanca noche, el viento y el mar. Pero entonces Los Dueños del Agua aparecieron por aquí y por allá, multiplicándose una y otra vez. Sentí un sudor frío en la espalda. Una sensación de pánico se apoderó de mí. Fue como si la realidad se hubiese fragmentado para luego quedar congelada en una imagen caótica. Ahí estaba yo en un lugar donde no debía estar, en una situación que nunca había imaginado, junto a un personaje que sólo podía existir en un programa de televisión de hacía treinta años.

Una figura blanca se desprendió de la niebla como una pieza de un rompecabezas y avanzó hacia mí. El viento de la noche arrastraba aromas oscuros y húmedos como pesadillas.

El jefe de Los Dueños del Agua se me paró enfrente, con sus dos metros de altura y sus anchas espaldas. Su gabardina imitación piel de elefante se agitó al igual que la cola de un animal.

—Usted no debería estar aquí, inspector.

La voz me ataba como un hilo invisible. Volví a ver al niño que tenía la horrible cicatriz. No había Capitán Rayo, ni Cirujano, ni justicia de ningún tipo. La realidad eran las palabras que salían de la boca de aquel hombre, los ojos del niño, los cabellos de la niebla enroscándose en la conciencia y la soledad de aquel que ha dado un paso equivocado.

Cuando parecía que el último episodio estaba por llegar a su penoso final, un enorme lanchón cruzó la puerta de la ciudadela levantando un ala de agua negra.

Se abrió una puerta en la superficie oscura y blindada y descendieron más de veinte hombres empuñando armas de grueso calibre. Enseguida, ante el estupor de todos, el que parecía tener la máxima autoridad increpó al jefe de Los Dueños del Agua:

—Déjenlos ir.

No hacía falta ser muy inteligentes para darse cuenta de que se trataba de una "banda callejera".

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó el hombre de la gabardina gris.

—Somos "La Banda del Capitán Rayo" —contestó la voz.

Rogelio Almada respiró hondo y sus ojos adquirieron un brillo húmedo. Apuesto cualquier cosa a que ése fue el momento más feliz de su vida. El grupo debía estar formado por gente que en su niñez miraba las aventuras del Capitán Rayo. Cuando lo vieron en las noticias, comprendieron que era hora de devolverle parte de todo lo que él les había dado. Esforcé un poco la vista y creí distinguir a varios amigos del Cerro, entre ellos a Carlos Rosas.

Luego de un pesado silencio, el jefe de Los Dueños del Agua repuso al fin:

—No voy a defender a su prisionero, inspector. Él hizo un "trabajo" por su cuenta, sin consultarme, y eso no está permitido. Esta vez pueden irse, pero no los quiero volver a ver por aquí.

Nos marchamos lentamente, saboreando el triunfo.

Ni bien abandonamos la Ciudad Vieja tuvo lugar el reencuentro con los amigos de la infancia, y el Capitán Rayo, ante la insistencia de todos, se dedicó a repartir autógrafos.

Lo que ocurrió más tarde es bien conocido por la cobertura que le dio la prensa; el Cirujano y su socio fueron condenados a largos años de prisión. En cuanto a Rogelio Almada, recibió una oferta de los nuevos dueños de I.T.C. —que aceptó con el mayor de los placeres— para hacer la voz del Capitán Rayo en una versión de dibujos animados que no tardó en alcanzar los primeros sitiales de popularidad.

Finalmente, creo que el cambio más grande se produjo en mí mismo y en la gente que después me siguió. Comenzó una mañana como tantas, cuando ya fui capaz de valorar la experiencia que había tenido. Mientras tomaba el desayuno, dirigí mi vista hacia las brumas que flotaban sobre la Ciudad Vieja, y murmuré:

—"Es hora de que alguien ponga las cosas en su lugar."



Los héroes de su infancia (y de la mía) están de vuelta; y harán su trabajo, aunque nunca nos hayan asustado los villanos de la televisión.

Pablo Dobrinin nació en Montevideo, Uruguay, el 21 de mayo de 1970. Se graduó en el Instituto Profesional de Enseñanza Periodística en 1990. Cursó tres años de Literatura en el Instituto de Profesores Artigas. Ha conducido programas culturales en la radio y colaborado con cuentos, poesías, entrevistas, artículos y ensayos en las revistas Punto de Encuentro, Diaspar, Balazo, Pasaporte, Humornautas, Estado de Humor, Días Extraños, Cuásar, Asimov Ciencia Ficción, y la revista de estudios literarios Espéculo (dependiente de la Universidad Complutense de Madrid), entre otras. Junto a Enrique Abelenda preparó una antología (en dos tomos) de ciencia ficción uruguaya que aun no ha sido editada. Recientemente Domingo Santos decidió incluir un cuento suyo en un volumen de relatos hispanos que editará Espiral. En Axxón N° 160 se publicó un artículo de su autoría llamado "El carácter político de la ciencia ficción uruguaya".


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Comics: Uruguay: Uruguayo).

            

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