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EL PLANETA DESCONOCIDO (Forbidden Planet)
a cincuenta años de su estreno
La irresistible tentación de ser Dios
por Silvia Angiola

 

La mejor edad para verla por primera vez es a los siete u ocho años, si es posible con el ojo virgen de Viaje a las Estrellas, Perdidos en el Espacio o La Guerra de las Galaxias. En esa etapa tan bien predispuesta para la maravilla, aunque se escape alguna inferencia (recuerdo a mi tía, entonces estudiante de Psicología, tratando de explicarme qué era el "monstruo del Id" ), imágenes como la persiana de la casa de Morbius, la máquina de los Krell, o el tigre disolviéndose en el aire lograrán el mayor impacto. Permanecerán en los suburbios de la mente largo tiempo después de ser olvidadas, irradiando su influencia sobre nuestros gustos, guiándonos en cada elección, transformándonos imperceptiblemente en lo que somos.

A la década de los '50 se la conoce como "la edad de oro del cine fantástico", no tanto por la calidad de sus productos sino por la oleada de películas de ciencia-ficción que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Estos filmes estaban atados a las ansiedades de su tiempo: exponían la paranoia originada durante la Guerra Fría hacia el Otro (el no-americano), encarnado en seres extraterrestres que amenazaban con invadir el territorio, la mente o ambos. En general se trataba de películas de bajo presupuesto que no aspiraban a marcar ningún viraje en la historia del cine. En este escenario, El Planeta Desconocido emergió con características especiales. Su temática no incluía a un nuevo enemigo cósmico tratando de aniquilar a la humanidad: los propios terrícolas transportaban la semilla de la destrucción a un planeta remoto. La Metro Goldwyn Mayer, espoleada por el entusiasmo del productor Nicholas Nayfack, la bendijo con un presupuesto suntuario, convirtiéndola en uno de los primeros tanques de la historia de la ciencia-ficción cinematográfica. Primera (y última) película del género del director Fred M. Wilcox, que se había hecho famoso por Lassie Vuelve a Casa. Primera aparición de Robby el Robot en el cine. Primera banda sonora de un filme compuesta íntegramente por música electrónica. Guión de Cyril Hume, basado en una historia escrita por Irving Block y Allen Adler, basada a su vez en... La Tempestad, de William Shakespeare.

La última obra que completó el poeta inglés está plagada de fantasía y de lirismo y es, quizás, la más autoreferencial. Próspero, legítimo duque de Milán y estudioso de las ciencias ocultas, es destituido y desterrado por su hermano Antonio, con el beneplácito del rey de Nápoles. Es cierto que el aristócrata, más inclinado a los afanes intelectuales que a otra cosa, había descuidado bastante sus obligaciones como Jefe de Estado. Próspero termina en una isla que ni siquiera figura en los mapas con la única compañía de su pequeña hija Miranda. Se vale allí de las artes mágicas para someter a su servicio a Ariel, un espíritu del aire, y al monstruo Calibán, habitante original de la isla. Doce años después, el hechicero levanta una tempestad fantástica que atrae a sus enemigos a la isla para consumar su venganza. La tragicomedia examina la relación íntima entre conocimiento y poder, y los peligros que surgen cuando el afán del saber absoluto no está acompañado por una sólida disposición humanitaria.

Shakespeare maduro habla a través de Próspero y se compara con un mago, capaz de sacar mundos y seres fantásticos de la nada. "Estamos hechos de la misma sustancia que los sueños", dice Próspero, una de las frases más hermosas que se hayan escrito en la literatura universal. Pero la magia es fugaz por naturaleza: desaparece en el mismo momento en que termina la obra, dejando al autor desarmado y a merced del público.

El crucero C57D de los Planetas Unidos, al mando del comandante John Adams (Leslie Nielsen), llega al planeta Altair IV para investigar la suerte corrida por un grupo de científicos-colonos enviados allí veinte años antes. Ya cerca del planeta reciben por radio una exhortación a no aterrizar de parte de quien se presenta como el Dr. Edward Morbius (Walter Pidgeon), el filólogo de la antigua expedición.

La representación de los vuelos interestelares en El Planeta Desconocido es muy curiosa. De acuerdo a la película en el siglo XXIII el hombre se ha lanzado a la conquista del universo piloteando ¡platos voladores!. Para los autores de ciencia-ficción de los años '50 los OVNIS representaban una forma de tecnología avanzada e incomprensible. Mostrarlos manejados por seres humanos es indicio de una gran confianza en el progreso tecnológico.

Es interesante repasar la historia de Belerofonte, el héroe griego cuyo malhadado nombre llevaba la nave que condujo a Morbius y a sus compañeros al planeta Altair IV. Belerofonte, con la ayuda de Atenea y del caballo alado Pegaso, había vencido a la Quimera, un monstruo que asolaba los campos de Licia. Después de tal hazaña su fama y su ego crecieron proporcionalmente. Pensó que, teniendo a Pegaso, nada le impedía llegar al Olimpo y vivir con los dioses. Durante el vuelo, Zeus envió un tábano para picar al caballo y Pegaso se desbocó, provocando la caída al vacío del héroe. El desdichado Belerofonte padeció de lo que los antiguos griegos llamaban "hibris": un sentimiento desordenado que hace que un hombre desee más de lo que le corresponde, y que indefectiblemente, acarrea un severo castigo.

Robby el Robot recibe a los indeseados visitantes y conduce al capitán, al primer oficial Farman (Jack Kelly) y al Doctor Ostrow (Warren Stevens) hasta la casa de Morbius. Robby no es ni grácil ni elegante1 pero sin duda es uno de los robots con más sentido del humor de la historia del cine. Y aunque no se menciona explícitamente, responde a las Tres Leyes de la Robótica de Isaac Asimov.

Morbius se comporta como un anfitrión impecable, un maestro de ceremonias que presenta una tras otra las maravillas de su reino a los huéspedes. Incluyendo a su hija Altaira (Anne Francis), luego de un malogrado intento de ocultarla a las miradas masculinas. La sensual niña, igual que Miranda en La Tempestad, nunca ha visto a otro ser humano además de su padre. Son los únicos habitantes del planeta: Morbius cuenta que los demás tripulantes de la Belerofonte fueron despedazados por una "fuerza maligna" que acecha en Altair IV, a la que sólo él, su esposa ya fallecida y su hija parecen ser inmunes.

El correctísimo comandante Adams, repartiéndose entre la casa de Morbius y la nave, se apresta a conquistar a la princesa del planeta. Paralelamente, los temores de Morbius se convierten en realidad: el monstruo invisible que destruyera a la dotación de la Belerofonte veinte años antes, el Calibán de Altair IV, despierta para matar otra vez.

Obligado por las circunstancias, Morbius debe revelar la obsesión que lo ha mantenido atado al planeta: se considera el guardián y el heredero de los tesoros de los Krell, los antiguos habitantes de Altair IV. Después de librarse de enfermedades, guerras e injusticias, después de recorrer a gusto el espacio, en el más alto grado de la escala evolutiva, este pueblo de casi-dioses había desaparecido por completo en el transcurso de una sola noche.

En los veinte años transcurridos desde el aterrizaje de la Belerofonte, Morbius había logrado desentrañar el alfabeto de los Krell, había aprendido su historia, y había utilizado su avanzada tecnología para duplicar su capacidad intelectual. Se podría decir que el doctor ya no es humano: como Próspero con su magia, Morbius transpuso los límites que le imponía la naturaleza.

La más sorprendente creación de los Krell es una máquina subterránea inmensa, que funciona a la perfección dos mil siglos después de la catástrofe, capaz de autorepararse y de esperar por toda la eternidad a alguien dispuesto a usar la energía de sus 9200 reactores nucleares. Una máquina diseñada para responder a los impulsos cerebrales de los Krells materializando al instante cualquiera de sus pensamientos. Una máquina capaz de convertir los sueños en realidad. Y Morbius no está dispuesto a transferir semejante poder a los monos peligrosos e irresponsables que son sus congéneres.

Esa noche el monstruo ataca otra vez al crucero de los Planetas Unidos cobrando varias víctimas. Y se hace visible apenas, delineado por los campos de energía que intentan proteger a la nave. Una bestia colosal y feroz, uno de los pocos monstruos del cine que no desilusiona cuando por fin aparece2.

El Doctor Ostrow, científico al fin igual que Morbius, no puede resistir la tentación de probar en carne propia el método Krell de expansión de la inteligencia. El precio es muy alto, pero consigue transmitir al comandante Adams la clave de lo que pasó con los Krell, con la tripulación de la Belerofonte, y de lo que está pasando en ese mismo momento en Altair IV. "¡Monstruos del Id!" grita el buen doctor antes de morir. El Id: pronombre latino con el que se conoce al Ello de Freud, la más antigua de las instancias psíquicas. Es el área más oscura e inaccesible de nuestra personalidad, la que alberga los impulsos agresivos y sexuales, y los deseos reprimidos. El Id nunca renuncia a un deseo, nunca se detiene, no se rige por las normas morales ni por las leyes humanas. El Id, largamente olvidado por los sabios Krell, los mató a todos en cuanto pudieron materializar sus deseos, los conscientes y los inconscientes. Morbius se dedicó a cultivar su mente racional, obsesionado por la persecución del conocimiento. Pero al mismo tiempo que crecía su coeficiente intelectual, su parte primitiva se volvió más poderosa, y, materializada por la máquina de los Krell, se lanzó a satisfacer los impulsos reprimidos del doctor. "Este engendro de tinieblas es mío", dice Próspero respecto a Calibán, al que odia y maltrata porque trató de poseer a Miranda. Conscientemente Morbius atribuye las muertes a una fuerza ajena que habita en el planeta, sin notar, excepto quizás en sus sueños, que el monstruo de celos y violencia ataca a aquellos que amenazan su paraíso y quieren separar a su hija de él. Cuando comprende la verdad, con el monstruo implacable ya dentro de la casa para castigar a la hija y al amante, Morbius grita acongojado: "¡Culpable! ¡Culpable! ¡Mi yo maligno está en la puerta y no puedo pararlo!".

Para regresar a la civilización, Próspero renuncia a su venganza y promete no volver a usar la magia. Morbius, pese al dolor que le produce lo que involuntariamente ha hecho, no está dispuesto a dar un solo paso atrás: sabe que fuera de Altair IV ya no hay nada para él. Ni volverá a asesinar ni dejará de ser el único dios del planeta. Quebrado pero impenitente, será él quien decida el destino de toda la sabiduría y de las maravillas de los Krell.

Después de medio siglo, El Planeta Desconocido sigue siendo una película de ciencia-ficción refinada, inteligente y enteramente disfrutable. Para muchos el mayor atractivo radica en su carácter seminal: es fácil reconocer su influencia en incontables series y películas posteriores. Para otros, tiene el corazón de un Shakespeare y el poder de reciclarse con cada generación, como se reciclan los dilemas morales que han inquietado a los hombres de todos los tiempos. ¿Hasta dónde nos dejarán avanzar los dioses en nuestra búsqueda de conocimiento, en nuestro deseo de superación, en nuestro anhelo de ser como ellos?. Pregunta a la que ciertamente la ciencia-ficción le ha dado múltiples respuestas.


NOTAS:
1 - Los actores Frankie Darrow y Frankie Carpenter debían moverse con un traje de casi 50 kilos.
2 - El afamado director de efectos especiales de la Disney, Joshua Meador, fue"prestado" a la MGM con la única finalidad de dibujar al monstruo. Se dice que lo hizo parecido al león rugiente que presenta las películas del estudio.


Ilustrado por Valeria Uccelli
Axxón 161 - abril de 2006

 
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